Reinaldo Arenas
(Aguas Claras, Cuba, 1943 - Nueva York, 1990)

Algo sucede en el último balcón (1963)
Adiós a Mamá (De La Habana a Nueva York) (1995)


Un pájaro, cantando sobre
los hilos del tendido eléctrico.
Si yo pudiera, también can-
taría así, hasta desgañitarme.


      Ahora el hombre miraba para la calle (enjaulada por miles de hilos que cumplían distintas funciones). Y se puso a pensar. Ningún ruido llegaba hasta el balcón donde el hombre pensaba. De la calle subían voces, ronquidos de motores y conversaciones inexplicables, imprecaciones y chillidos, música que no era música, sino un ruido más en el desconcierto de los ruidos, retazos de himnos y desfiles, silbidos y jerigonzas... Pero todo ese escándalo se iba disolviendo entre los pisos más bajos, de modo que en el último, donde él se encontraba, solamente hubieran podido llegar los rezagos de un ruido extraordinario que nunca se producía... El pájaro cantaba, sobre los hilos de telégrafo, o de teléfono, o del tendido eléctrico. El pájaro estaba como pegado a los hilos y el hombre le sacó la lengua y lo amenazó con las manos; pero el pájaro no se fue, y siguió cantando. No importa, en seguida se hará de noche y tendrás que largarte, dijo el hombre en voz alta. El pájaro alzó más su cantaleta, de modo que el hombre tuvo que hacer un gran esfuerzo para poner en orden sus pensamientos de acuerdo con el tiempo. Pero la tarde, excluyendo a ese animal estúpido, se prestaba para pensar. De pie, junto al vacío, el hombre sentía las ideas ir y venir; y algunas veces se quedaban por un rato jugando frente a él, que las veía acercarse como pequeñas llamaradas. Y comenzó el recuento.
       Un coro de ideas fijas rodearon al hombre y lo dejaron desnudo. Una de ellas, muy arrugada y gruesa, se le tiró a la cabeza desde la azotea del edificio, y el hombre se encogió, y se hizo muchacho. Se vio, desde arriba, correr por las calles pregonando periódicos en una bicicleta destartalada, huyéndole a la madre que le perseguía con el palo de trapear, muerto de risa y soñando que se caía... Allá arriba, las ideas aparecían y desaparecían, cambiando de indumentarias e instrumentos, llorando o soltando extrañas carcajadas, arrastrándose por el piso o alzando el vuelo, cantando o tocando cornetas, moviendo las nalgas o haciendo ademanes indefinibles, de manera que todo fue un batallar de furias insólitas que en enrevesado trajín caían incesantemente a la calle llenando, aunque invisibles, las aceras... Era el mediodía y la madre estaba sentada en el sofá, en el centro de la sala. Tu padre ha muerto, dijo cuando entró el muchacho. Tu padre ha muerto, dijo. El muchacho fue a lavarse las manos en el palanganero, pero la palangana estaba seca. Se paró en puntillas para ver si quedaba alguna gota de agua en el fondo y entonces el palanganero se fue al suelo y la palangana soltó el esmalte. ¿Cuál padre?, preguntó el muchacho. La madre llegó hasta él y le pegó en la cabeza con la palangana, descascarándola aún más, de manera que el recipiente quedó hecho una lástima; una lástima que empezó a dar gritos mientras soltaba los pedazos. Rompiste la palangana, dijo la madre. Rompiste la palangana... Era la hora en que no es de día, pero tampoco es de noche; la hora en que las cosas cambian su figura, aumentando o disminuyendo su tamaño, sacándose del fondo todas las sombras que durante el día habían permanecido agazapadas y que ahora podían estirarse hasta unirse y formar una sola sombra. Desde su atalaya, el hombre pudo ver el sol sumergiéndose, entre estertores y una gran humareda, en el mar. Abajo, el muchacho se las arreglaba para cruzar la calle sin que los vehículos lo aplastaran. Se escurrió entre dos rastras, hizo chocar a varios automóviles, atropelló a un viejo que al llegar a la esquina murió de furia; al fin, salió ileso. Llegó a la casa, corrió hasta el baño y comprobó con horror que se estaba volviendo un monstruo: todo lleno de pelos donde él nunca se había imaginado que podrían salir. Con los brazos en alto fue hasta el espejo, luego fue corriendo rumbo a la máquina de coser, tomó las tijeras y se arrancó hasta las pestañas y las cejas. Y más tranquilo salió al patio. Pero al otro día le sucedió lo mismo, y aunque no pudo decírselo a nadie sintió unos deseos enormes de ponerse a dar gritos... Los gritos, que no se dieron, llegaron hasta el hombre que batallaba con las ideas en el último balcón, ya que eran ruidos extraordinarios. El hombre, furioso, tiró un grupo de ideas al vacío; y el muchacho quedó transformado. Así llegaron los angustiosos días de la adolescencia, sin tener un real para meterse en el cine, fumando a escondidas y mastur- bándose con la cara de una muchacha pelada al rape. Tienes que trabajar, dijo la madre; con el inglés que sabes puedes conseguir trabajo. «Joven», puso en el periódico, «con amplios conocimientos de inglés desea trabajar»... Arriba el hombre había echado a andar. Caminaba rápido de una a otra esquina del balcón; a veces se asomaba por la baranda. Las luces comenzaban a aparecer... Al otro día llegó el aviso de que se presentara en una fábrica de aguardiente. Fue, y aunque se dijo no me da la gana de que me suden, cabronas, cuando llegó a la fábrica ya tenía las manos empapadas. Con ellas chorreando caminó por entre columnas de botellas que le desviaban el rumbo, dejando a su paso pequeños charcos. Pero el empleo no dio resultados. Sí, era cierto que dominaba el inglés, pero ahí no estaba la cuestión. El idioma estaba bien, pero hubiera bastado con saberlo chapurrear; es más: no convenía que lo supiera hablar tan bien, y mucho menos en ese tono shakesperia- no. ¿Cómo iba a convenir ese tono trágico e isabelino en la garganta de un muchacho cuyo trabajo consistía en ir hasta los barcos de turistas y convencerlos («como fuera») para que lo acompañaran hasta la fábrica de aguardiente y, una vez allí, se emborracharan? En eso consiste tu trabajo. Convencerlos, ganártelos, arrastrarlos hasta aquí para que se beban nuestro ron. Son veinte pesos al mes... El balcón se nubló por un momento con millares de ideas de todos los tamaños que con sus alas membranosas rozaban al hombre, lo cargaban y lo zarandeaban, elevándolo hasta el techo y depositándolo otra vez en el piso. Entonces, el hombre se recobraba y seguía andando, abriéndose paso con las manos, resoplando y encendiendo cigarros... El primer día logró arrastrar a un americano viejo y abstemio, quien pensó que el muchacho lo llevaba a visitar un museo; al otro día cargó con dos jóvenes que no bebían y que lo que ansiaban era entrar en un prostíbulo; al tercer día llevó a dos mujeres flacas y altísimas que sí se emborracharon, no pagaron y quisieron acostarse con él. Al cuarto día lo botaron, aunque, eso sí, le dieron el importe por sus tres días de trabajo. No sirve para esta clase de empleo, oyó que decían mientras él se agazapaba tras un montón de botellas. Es un muchacho sin sangre; nos hace falta alguien más vivo que traiga a la gente como sea y que no tenga pena de nada. Y que no tenga pena de nada. Y que no tenga... Ahora todo no fiie más que un desandar vertiginoso hasta llegar al mismo punto donde había empezado el recuento, mejor dicho, donde lo terminaría... Se vio entrando y saliendo de restaurante en restaurante, de farmacia en farmacia, de cafetería en cafetería. En fin, un desfile de trabajos inútiles e implacables que le atrofiaban las hermosas imágenes del porvenir formadas en otro tiempo. En todo el recorrido, el momento de mayor sosiego fue el de la muerte de su madre. En cuanto lo supo se fiie para el patio (lugar donde se desahogaba de los grandes acontecimientos). Ha muerto, dijo. Se murió, dijo. Entró en el cuarto y la vio con un rostro tranquilo, como nunca, mientras vivía, se lo pudo ver. Él mismo cargó con la caja y pagó el entierro. Todas las tías estaban posadas sobre el panteón, cerradas de negro. Vio el cuadro e imaginó a un aurero devorando a un animal podrido. Ven acá, muchacho, le dijeron llorando las auras. Y él salió huyendo por entre las cruces, y se perdió entre los últimos barullos del día. Algo le decía que se había salvado. Alguien le gritaba por dentro que se había liberado, que ya no sería un hombre oscuro que se muerde los labios y a cada rato recibe una llamada donde se le informa que todo está bien. Y corría por entre la gente. Y quería empezar a gritar: al fin ha muerto mamá. Y lo gritó. Y era como si le hubiesen quitado de encima un carapacho enorme que lo había estado aplastando desde el mismo momento en que nació... Se casó, cambió de trabajo, tuvo hijos, se fue del país. Continuó trasladándose de lugares, huyéndole a un hambre infatigable, eliminando la posibilidad de un descanso, de hacer algo verdadero. Siempre amarrado a la condenada rutina de las horas, pero esperando... Y la vejez fue instalándose hasta en los rincones más mínimos de su cuerpo. Por los periódicos llegaron noticias excitantes sobre los últimos acontecimientos de su tierra. Una revolución, qué sería eso... Regresó con toda la parentela. Allá arriba, la batalla con los seres membranosos casi concluía; la mayoría había huido; otros se daban por derrotados y desaparecían en el aire. Sólo los más enormes quedaban, implacables, amenazando con sus picos. Se oyó el alboroto de los niños en la sala y a la madre que cerraba la puerta del pasillo. Han llegado, dijo el hombre. Y con un gesto hizo desaparecer a todas las alimañas. Pero las más poderosas se treparon enseguida por las paredes, por los caños de desagüe y, decididas a permanecer, se interpusieron entre el hombre y la puerta. El escándalo de los niños dejó de oírse. Ahora sólo hablaba la mujer, pero él tampoco la oía. Estoy seguro, decía. Estoy bien, decía. Estoy tranquilo. Y palmoteaba contra las ideas que, cobrando forma de mosquitos, zumbaban en sus oídos, le aguijoneaban el cuello. Con gran trabajo entró en el recuento de los tiempos actuales. Había recorrido en brazos de esas alimañas toda su vida, y se veía ahora tranquilo, con el triunfo (¿era ésa la palabra?) que atenúa lo horrible de todo envejecer. Volvió a oír el estruendo de los muchachos. Estoy bien. Aquí está la casa, mi casa, y, detrás de la puerta, mi mujer y mis hijos. Disfruto de un buen retiro. Aquí está la casa. Y pasaba las manos por las paredes, como si fuera un animal manso... Se oyó la voz de la mujer que lo llamaba. Ya voy, dijo él. Ya voy, ya voy. Y tanteó en la oscuridad tratando de encontrar la puerta. He aquí la paz: casa, retiro y un tiempo invariable. Y un tiempo invariable, repetía como queriendo impulsar los pasos con la palabra. Y un tiempo invariable, dijo nuevamente, deteniéndose. Luego se acercó otra vez a la baranda. Allá abajo, tras las redes metálicas, hormigueaban las luces, en pleno apogeo... Se oyeron voces que el hombre no oyó. Gesticulando como un bataclán, pasó los pies por la baranda, quedando sujeto a la reja con una mano. Así se dejó desprender, sin apuro, como quien se sumerge en una piscina desde la misma superficie del agua. ¿Es que no vas a entrar?, preguntó su mujer desde el comedor. Y salió al balcón. Oh, dijo la mujer, levantando una mano que no fue a posarse en ninguna región del rostro, sino en el cuello. Así entró en el comedor y, en forma decidida, comenzó a servir la comida... El hombre, reventando hilos, astas y anuncios lumínicos, descendía con una sonrisa picara. Haciendo añicos las últimas bombillas, cayó de cabeza sobre el lomo de un auto, rebotando tres veces... El muchacho, desde la acera, lo vio llegar al suelo y hacerse trizas. Tomó entonces su destartalada bicicleta y siguió pregonando los periódicos, pero con más entusiasmo. Estaba satisfecho por haber disfrutado de aquel espectáculo que sólo había visto en algunas películas cuando (rara vez) tenía el peso para la entrada.
       El pájaro, espantado por el golpe, se fue haciendo círculos por el cielo completamente rojizo que ya iba descendiendo. Al fin se posó sobre el tendido eléctrico de una calle de barrio. En la oscuridad se le oyó cantar por un rato.

La Habana, 1963



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar