Robert
Arlt
(1900–1942)
Los bandidos de Uad-Djuari
El criador de gorilas
(1941)
Era siempre el mismo y no otro.
Cada vez que Arsenia
y yo pasábamos por la plaza de Nejjarine, sentado bajo una linterna de
bronce, calado al modo morisco que adorna a la fuentecilla del “fondak”,
veíamos a un niño musulmán de ocho o nueve años de edad, quien al
divisarnos, se llevaba la mano al corazón y muy gentilísimamente nos
saludaba:
—La paz.
Excuso decir que la
plaza de Nejjarine no era tal plaza, sino un hediondísimo muladar,
pavimentado con pavoroso canto rodado. En los corrales linderos trajinaban
a todas horas campesinas de las cabilas lejanas, acomodando cargas de
leña o de cereales en el lomo de sus burros prodigiosamente pequeños.
Pero este rincón,a pesar de su extraordinaria suciedad, con su arco
lobulado y un chorrito de agua escapando de la fuente bajo el farolón
morisco, tenía tal fuerza poética, que muchas veces Arsenia y yo nos
preguntábamos si al otro lado del groseramente tapiado arco no se
encontraría el paraíso de Mahoma.
Y digo que teníamos
tal impresión, porque Arsenia Spoil, estudiante de arquitectura, también
estaba de acuerdo en que la belleza de aquel rincón estaba determinada
por el farolón de bronce. Arsenia y yo nos habíamos conocido en el hotel
Continental, donde nos alojábamos. Esta era la razón por la cual
salíamos todas las tardes juntos. Sin embargo, muchos honorables devotos
de Mahoma creían que éramos novios en viaje de bodas, y, naturalmente,
sus ofertas iban siempre dirigidas a mí. Lo más notable del caso es que
yo no estaba enamorado de Arsenia ni Arsenia pensaba en enredarse conmigo.
Sin embargo, los que nos veían se decían:
—íQué felices
parecen! íCuánto deben quererse!
No estábamos
enamorados. Tampoco sospechábamos que podíamos estarlo algún día.
Hablábamos con entusiasmo y grandes gestos porque Fez nos entusiasmaba,
porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos
ardientes motivos de ensueño.
—La paz...
Era el maldito niño
musulmán que nos saludaba correctamente. El pequeño, después de
saludarnos, se sentó muy gravemente a la orilla de la fontana y se puso a
mirar, con el gesto pudoroso de una niña, sus sandalias amarillas de piel
de cabra que le colgaban de la punta de los pies desnudos. Se tocaba con
un pequeño fez rojo, muy elegantemente ladeado a un costado de la cabeza,
y una chilabita que era la mar de graciosa.
“¡Maldito sea el
niño y su gracia!” me decía yo.
El dichoso
pequeñito, cada vez que nos veía, se llevaba la mano al corazón y nos
saludaba ritualmente.
—La paz...
Arsenia estaba
encantada con el chiquillo.
—¡Vea usted qué
gracioso! —me decía—. ¡Qué bonito! ¡Qué educado!
Yo escuchaba esos
elogios con el aire displicente del que de ninguna manera participa de
ellos. El dichoso niño jamás se nos acercó como otros niños a
ofrecernos ni guitarras de caparazón de tortuga (tortuga sintética
fabricada en Alemania), ni carteras moriscas, bordadas a máquina en
Cataluña, ni puñales con leyendas coránicas repujadas en las
Vascongadas, ni servicios de fumar estampados en París. El niño, como un
caballero, en cuanto nos veía se llevaba las manos a los labios, a la
frente y al corazón, y de allí no pasaba.
Yo, que sin razón
alguna me jactaba de conocer a los orientales mejor que Arsenia, le
decía:
—El niño ése
debe ser un granujilla de la peor especie. Me resulta cien veces más
hipócrita que esos otros truhanes que le cargosean a uno ofreciéndole
“recuerdos” apócrifos.
—No hable así de
ese inocente —me respondía Arsenia, malhumorada. Y con gran fastidio de
mi parte, le enviaba un beso al niño en la punta de sus dedos. Y el
inocente nos seguía por la callejuela con la larga mirada de sus ojos
aterciopelados.
— Dónde vivirá
ese muchachito? —me preguntaba Arsenia.
—Supongo que en
cualquier caverna...
—¿Por qué no le
llama?...
—En fin..., si
usted quiere...
—Sí...
Llámelo...
¿Qué otro remedio
me quedaba? Esa mañana, en cuanto llegamos al triángulo de Nejjarine,
llamamos al niño. A nuestras preguntas respondió que se llamaba Abbul y
que se ganaba la vida guiando a los turistas.
—¿A dónde guías
tú a los turistas? —dijo Arsenia.
—A la Casa de la
Gran Serpiente.
—¡La Casa de la
Gran Serpiente! ¿Qué es eso?
—Pues, escúchame,
señor, y verás —dijo el niño—. Mi padre, que es un excelente hombre
de la cabila de Anyera, tiene una serpiente de once varas de largo metida
en un pozo cubierto con una tapa de vidrio. Todos los días, a las diez de
la mañana, la serpiente devora un cabrito vivo. Siempre hay forasteros y
turistas que tienen curiosidad de ver cómo la Gran Serpiente se traga un
cabrito vivo, y qué es lo que hace el cabrito en el fondo del pozo cuando
ve que la Gran Serpiente se le acerca con la boca abierta...
Yo miré a mi amiga
como diciéndole: “¿No le decía yo que este niño es un canallita de
solemnidad?”. Pero Arsenia ni se dignó mirarme... Inclinada sobre el
niño que se miraba púdicamente la punta de las amarillas sandalias,
dijo:
—¡Qué horrible!
¡Eso debe ser terrible!...
El pequeño Abbul se
sonrió como una tímida colegiala, y respondió:
—La serpiente abre
una boca espantosa y el cabrito llora en un rincón... Siempre la boca del
pozo está rodeada de turistas...
—Es horrible —insistió
Arsenia. Y acordándose de mirarme, dijo: —¿Qué le parece si
fuéramos?
—Vamos.
—Tú nos
acompañas —le dije al niñito modosito como una colegiala. Y los tres
nos pusimos en marcha, mientras que Arsenia, un poco histéricamente, se
creía obligada a decirme:
—Yo creo que no
voy a soportar eso: Creo que me voy a desmayar. Pero ¿será cierto,
Abbul, que la serpiente tiene once varas de largo?
El niñito musulmán
aseveró gravemente:
—Once varas. Puede
tragarse a una oveja gorda, reventarlo a un caballo, dejarlo triste a un
elefante.
—La policía no
debiera permitir eso —dijo Arsenia. Y agregó estremeciéndose: —¿Queda
muy lejos de aquí?
—iOh no señora!
—dijo el pequeño Abbul—. Cruzando el Uad—Djuari, en el camino de
Fez a Taza.
—Si tomáramos un
automóvil...
—No —replicó el
niño—. En quince minutos de camino estaremos allí.
Entramos en un
túnel que era una callejuela, cuyo torcido rumbo, techado de arcos de
ladrillos estaba poblado de misteriosas figuras. Dejamos atrás la
ensangrentada puerta de Bab Merod, en cuyas saeteras se exponían las
cabezas de los ajusticiados. Nos detuvimos a beber unos refrescos en una
choza de juncos a la entrada del cementerio de Bab Fetoh. Bajo un
gigantesco árbol, de espesas hojas verdes, grupos de mujeres embozadas
charlaban animadamente y bebían té verde que un esclavo negro preparaba
allí a la orilla del socavón, en una cocinilla de bronce cargada sobre
su espalda.
El niñito musulmán
caminaba delante de nosotros, y Arsenia y yo, sumergidos en nuestros
pensamientos, que giraban encantados alrededor del paisaje, nos alejamos
insensiblemente de las murallas de la ciudad.
Poco después nos
cruzamos con varios tuaregs arrebujados en el lomo de sus camellos, y de
pronto nos encontramos frente a un puentecillo rústico, de troncos verdes
que cruzaba el Uad—Djuari, río de las Perlas. La lonja de plata viva se
perdía en la oscuridad ramosa de un bosquecillo próximo.
—¿Queda muy
lejos?
—No —respondió
el niño—; queda allí junto al molino de aceite.
Habíamos entrado en
un camino completamente bloqueado de retorcidos olivos que, súbitamente,
se trocó en un sendero áspero y salvaje. Arsenia tenía las mejillas
ligeramente encendidas. El maldito niño caminaba ahora dando largas
zancadas. De pronto, los cascos de un caballo resonaron a nuestras
espaldas; nos volvimos y pudimos ver un grupo de moros que parecía brotar
del olivar. No me quedó duda. Eran bandidos. Quise echar la mano al
cinto, pero uno de aquellos vigorosos desalmados precipitó su caballo
sobre mí; su mano derecha esgrimía un garrote; sentí el cálido aliento
del potro en mi cuello, y si no me hubiera encogido a tiempo, creo que ese
demonio me hubiera roto la cabeza de un estacazo. Levanté los brazos, y
uno de los bandidos me despojó de mi revólver. Entonces el jefe del
grupo me dijo que podía bajar los brazos.
El mocito musulmán,
recatado y vergonzoso como una niña, había desaparecido.
Arsenia y yo nos
mirábamos estupefactos. Comprendimos. Habíamos caído en una trampa.
Estábamos secuestrados... ¡Secuestrados a las puertas de Fez... ¡Qué
horror! Acongojados emprendimos la marcha rodeados de aquella gavilla de
ladrones, con renegrida barba encrespada en el mentón y cimitarra de
dorada empuñadura al cinto.
¡Secuestrados a las
mismas puertas de Fez! Parecía mentira.
Abría la marcha un
bandido de larga lanza apoyada en el estribo de su potro. Por momentos,
los beduinos se confidenciaban, acercando las cabezas protegidas por
albornoces listados de brillantes colores. Yo había tomado del brazo a
Arsenia, por cuyas mejillas encendidas rodaban lágrimas de terror. Pero
no pensaba en ella. Pensaba en mí; pensaba que mi familia no pagaría ni
un céntimo de rescate por mi persona. Luego me reproché mi egoísmo y me
puse a pensar en la situación de Arsenia. Era quizás aún más
desesperante que la mía en aquel país en que aún se compraban
esclavas...
Finalmente, cruzando
el boscoso aceitunal, llegamos a una choza cuya sólida puerta abrió un
esclavo semidesnudo. Arsenia y yo entramos. El interior de nuestra
prisión, en contraste con el miserable aspecto exterior, estaba
decentemente aderezado. Finas esteras adornaban los muros. Sobre las
alfombras del suelo estaban desparramados algunos almohadones, y en una
pequeña mesa escarlata había una cajetilla de cigarrillos turcos.
Arsenia se dejó
caer sobre un almohadón y comenzó a llorar silenciosamente. Yo me senté
a su lado y traté de consolarla.
“—Querida
Arsenia, no llore. Esta gente se limitará a pedir un rescate. Nada más.
El que puede perder la cabeza en esta aventura soy yo, porque mi familia
no pagará un céntimo, porque no lo tiene... Usted quédese tranquila...
No tema...
Arsenia encontró
fuerzas para sonreír entre sus lágrimas, y dijo:
—¡Nunca, Alberto,
nunca! Yo no lo abandonaré. Usted tenía razón. Ese niño...
—¡No me hable del
niño, por favor!
Súbitamente se
abrió la puerta y apareció el jefe de los bandidos. Con gran sorpresa de
nuestra parte, este bribón era un francés de pequeña estatura, calvo
como un farmacéutico y con gafas cabalgando sobre una nariz sumamente
respingada. Se detuvo en medio de la habitación y dijo:
—Señorita,
caballero: tanto gusto.
Nos pusimos de pie.
El jefe de los bandidos prosiguió en correcto francés:
—Señorita,
caballero: entre las numerosas personas acomodadas que visitan Marruecos
existe un ochenta por ciento que dice: “Lástima enorme que la
civilización, la gendarmería, los jefes políticos, el protectorado y el
ferrocarril hayan hecho desaparecer a los bandidos. Lástima enorme no
vivir en la época en que uno se encontraba con una terrorífica aventura
a la vuelta de cada zoco”. Pues bien: yo y estos honrados creyentes que
los han secuestrado a ustedes nos hemos dedicado a explotar la emoción
del secuestro. Detenemos violentamente, como si fuéramos bandidos
auténticos, a las personas que por su idiosincracia nos parecen
inclinadas a las ideas románticas, y luego las ponemos en libertad sin
exigirles absolutamente nada a cambio de esa libertad que por un
dramático momento creen haber perdido. Si los “secuestrados” gustan
remunerarnos por el trabajo que nos hemos tomado para emocionarles y
proporcionarles una aventura que podrán gustosamente narrar en su hogar,
nosotros recibimos agradecidos lo que quieran regalarnos. Si no quieren
remunerarnos, les deseamos igualmente feliz viaje y ponemos a su
disposición el automóvil que para los turistas tiene la casa.
Y abriendo la puerta
nos mostró un modérnisimo “limousine” detenido a la puerta de la
choza.
—¿De modo que
ustedes no son bandidos? ¿De modo que podemoas irnos?
—Así es,
caballero... —El jefe de los bandidos echó la mano a su reloj, y
agregó: —Van a ser las doce y media. A la una se almuerza en el hotel
Continental...
¿Qué otra cosa
podía hacer? Eché mano a mi bolsillo.
—¿Cuánto le
debemos? —repliqué entre hosco y contento, pues no soñaba en salir tan
fácilmente del paso.
Monsieur Lanterne,
que así se llamaba el jefe de los bandidos, sonriose amablemente y dijo:
—Doscientos
francos... Una bagatela en moneda americana. Va incluido el viaje de
vuelta en automóvil.
Al otro día, cuando
pasamos con Arsenia por la plazuela de Nejjarine, sentado bajo el farolón
de bronce de la fuente estaba el maldito y pudoroso niño del “fondak”.
Al vernos, bajó los ojos como una tímida colegiala, y como si no hubiera
sucedido nada, dijo, llevándose la mano al corazón:
—La Paz...
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