Robert
Arlt
(1900–1942)
Historia del señor Jefries y Nassin el
Egipcio
El criador de gorilas
(1941)
No exagero si afirmo que voy a
narrar una de las aventuras más extraordinarias que pueden haberle
acontecido a un ser humano, y ese ser humano soy yo, Juan Jefries. Y
también voy a contar por qué motivo desenterré un cadáver del
cementerio de Tánger y por qué maté a Nassin el Egipcio, conocido de
mucha gente por sus aficiones a la magia.
Historia ésta que
ya había olvidado si no reactivara su recuerdo una película de Boris
Karloff, titulada “La momia”, que una noche vimos y comentamos con
varios amigos.
Se entabló una
discusión en torno de Boris Karloff y de la inverosimilitud del asunto
del film, y a ese propósito yo recordé una terrible historia que me
enganchó en Tánger a un drama oscuro y les sostuve a mis amigos que el
argumento de “La momia” podía ser posible, y sin más, achacándosela
a otro, les conté mi aventura, porque yo no podía, personalmente,
enorgullecerme de haber asesinado a tiros a Nassin el Mago.
Todo aquello
ocurrió a los pocos meses de haberme hecho cargo del consulado de
Tánger.
Era, para entonces,
un joven atolondrado, que ocultaba su atolondramiento bajo una capa de
gravedad sumamente endeble.
La primera persona
que se dio cuenta de ello fue Nassin el Egipcio.
Nassin el Mago
vivía en la calle de los Ni—Ziaguin, y mercaba yerbas medicinales y
tabaco. Es decir, el puesto de tabaco estaba al costado de la tienda, pero
le pertenecía, así como el comercio de yerbas medicinales atendido por
un negro gigantesco, cuya estatura inquietante disimulaba en el fondo
oscuro del antro una transparente cortinilla de gasa roja.
Nassin el Egipcio
era un hombre alto. Al estilo de sus compatriotas, mostraba una espalda
anchurosa y una cintura de avispa. Se tocaba con un turbante de razonable
diámetro y su rostro amarillo estaba picado de viruelas, mejor dicho, las
viruelas parecían haberse ensañado particularmente con su nariz, lo que
le daba un aspecto repugnante. Cuando estaba excitado o encolerizado, su
voz se tornaba sibilante y sus ojos brillaban como los de un reptil. Como
para contrarrestar estas condiciones negativas, sus modales eran
seductores y su educación exquisita. No se alteraba jamás visiblemente;
por el contrario, cuanto más colérico se sentía contra su interlocutor,
más fina y sibilante se tornaba su voz y más brillaban sus ojos.
Él fue el hombre
con quien mi desdichado destino me hizo trabar relaciones.
Me detuve una vez
a comprar tabaco en su tienda; iba a marcharme porque nadie atendía
el mostrador, cuando súbitamente asomó por encima de las cajas de tabaco
la cabeza de reptil del egipcio. Al verle aparecer así, bruscamente,
quedé alelado, como si hubiera puesto la mano sobre el nido de una cobra.
El egipcio pareció darse cuenta del efecto que su súbita presencia
causó sobre mi sensibilidad, porque cuando me marché “sentí” que
él se me quedó mirando a la nuca, y aunque experimentaba una tentación
violenta de volver la cabeza, no lo hice porque semejante acto hubiera
sido confirmarle a Nassin su poder hipnótico sobre mí.
Sin embargo, al otro
día volvió a repetirse el endiablado juego. Deseaba vencer ese complejo
de timidez que nacía en mí en presencia del maldito egipcio. Violentando
mi naturaleza, fui a comprar otra vez cigarrillos a la tienda de Nassin.
Como de costumbre, no había nadie en el mostrador; iba a retirarme,
cuando, como si la disparara un resorte fuera de una caja de sorpresas,
apareció la cabeza de serpiente del egipcio.
Me entregó la
cajetilla de tabaco saludándome con una exquisita inclinación, y yo me
retiré sin atreverme a volver la cabeza entre la multitud que pasaba a mi
lado, porque sabía que allá lejos, en el fondo de la calle,
estaba el egipcio con la mirada clavada en mí.
Era aquella una
situación extraña. Antes de terminar violentamente, debía complicarse.
No me equivoqué. Una mañana me detuve frente al puesto de Nassin. Éste
asomó bruscamente la cabeza por encima del mostrador. Como de costumbre,
quedé paralizado. Nassin notó mi turbación, la parálisis de mi
corazón, la palidez de mi rostro, y aprovechando aquel shock nervioso
apoyó dulcemente sus manos entre mis manos y teniéndome así, como si yo
fuera una tierna muchacha y no un robusto socio del Tánger Tenis Club, me
dijo:
—¿No vendréis
esta noche a tomar té conmigo? Os mostraré una curiosidad que os
interesará extraordinariamente.
Le entregué las
monedas que en justicia le correspondían por su tabaco, y sin responderle
me retiré apresuradamente de su puesto. Estaba avergonzado, como si me
hubieran sorprendido cometiendo una mala acción. Pero ¿qué podía
hacer? Había caído bajo la autoridad secreta del egipcio.
No me convenía
engañarme a mí mismo. Nassin el Mago era el único hombre sobre la
tierra que podía ejercer sobre mí ese dominio invisible, avergonzador,
torturante que se denomina “acción hipnótica”. No me convenía huir
de él, porque yo hubiera quedado humillado para toda la vida. Además, mi
cargo de cónsul no me permitía abandonar Tánger a capricho. Tenía que
quedarme allí y desafiar la cita del egipcio y vencerlo, además.
No me quedaba duda:
Nassin quería
dominarme. Convertirme en un esclavo suyo. Para ello era indispensable que
yo le obedeciera ciegamente, como si fuera un negro que él hubiera
comprado a una caravana de árabes. Su invitación para que fuera a la
noche a tomar té con él era la última formalidad que el egipcio
cumplía para remachar la cadena con que me amarraría a su
tremenda y misteriosa voluntad.
Impacientemente
esperé durante todo el día que llegara la noche. Estaba
angustiado e irritado, como si dos naturalezas opuestas entre sí
combatieran en mí. Recuerdo que revisé cuidadosamente mi pistola
automática y engrasé sus resortes. Iba a librar una lucha sin cuartel;
Nassin me dominaría, y entonces yo caería a sus pies y besaría el suelo
que él pisaba, o triunfaba yo y le hacía volar la cabeza en pedazos. Y
para que, efectivamente, su cabeza pudiera volar en pedazos, recuerdo que
llevé a lo de un herrero las balas de acero de mi pistola y las hice
convertir en dum—dum. Quería ver volar en pedazos la cabeza de
serpiente del egipcio.
A las diez de la
noche puse en marcha mi automóvil, y después de dejar atrás la playa y
las murallas de la época de la dominación portuguesa, me detuve frente a
la tienda del egipcio. Como de costumbre, no estaba allí, pero de pronto
su cabeza asomó tras el mostrador y sus ojos brillantes y fríos se
quedaron mirándome inmóviles, mientras sus manos arrastrándose sobre
los paquetes de tabaco, tomaban las mías. Se quedó mirándome, así, un
instante, tal si yo fuera el principio y el fin de su vida; luego,
precipitadamente abandonó el mostrador, abrió una portezuela, y
haciéndome una inmensa inclinación, como si yo fuera el Comendador de
los Creyentes, me hizo pasar al interior de la tienda; apartó una
cortinilla dorada y me encontré en un pasadizo oscuro. Un negro
gigantesco, más alto que una torre, ventrudo como una ballena, me
tomó de una mano y me condujo hasta una sala. El negro era el que
atendía la tienda de las hierbas medicinales.
Entré en la sala.
El suelo estaba allí cubierto de tapices, cojines, almohadones,
colchonetas. En un rincón humeaba un pebetero; me senté en un cojín y
comencé a esperar.
Cuánto tiempo
permanecí ensimismado, quizá por el efecto aromático de las hierbas que
humeaban y se consumían en el pebetero, no lo sé. Al levantar los
párpados sorprendí al egipcio sentado también frente a mí, en
cuclillas. Me miraba en silencio, sin irritación ni malevolencia, pero
era la suya una mirada fría, tan ultrajante por su misma frialdad que me
producía rabiosos deseos de execrarle la cara con los más atroces
insultos. Pero no abrí los labios y seguí con los ojos una señal de su
dedo índice: me señalaba una bola de vidrio.
La bola de vidrio
parecía alumbrada en su interior por un destello esférico que crecía
insensiblemente a medida que se hacía más y más oscura la penumbra de
la sala. Hubo un momento en que no vi más al egipcio ni a las espesas
colgaduras de alrededor, sino la bola de vidrio, un vidrio que parecía
plomo transparente, que se transformaba en una lámina de plata
centelleante y única en la infinitud de un mundo negro. Y yo no tenía
fuerzas para apartar los ojos de la bola de vidrio, hasta que de pronto
tuve conciencia de que el egipcio me estaba transmitiendo un deseo claro y
concreto:
“Ve al cementerio
cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una jovencita.”
Me puse de pie; el
negro gigantesco se inclinó frente a mí al correr la cortina dorada que
me permitía salir a la tabaquería, subí a mi automóvil, y, sin
vacilar, me dirigí al cementerio.
¿Era una idea mía
lo que yo creía un deseo de Nassin? ¿Estaba yo trastornado y
atribuía al egipcio ciertas monstruosas fantasías que nacían de mí?
Los procedimientos
de la magia negra son, a pesar de la incredulidad de los racionalistas,
procesos de sugestión y de acrecentamiento de la propia ferocidad. Los
magos son hombres de una crueldad ilimitada, y ejercen la magia para
acrecentar en ellos la crueldad, porque la crueldad es el único goce
efectivo que les es dado saborear sobre la tierra. Claro está; ningún
mago puede poner en juego ni hacerse obedecer por fuerzas cósmicas.
“Ve al cementerio
cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una jovencita.”
¿Era aquélla una orden del mago o una sugestión nacida de mi desequilibrio?
Tendría la prueba
muy pronto.
Encaminé mi
automóvil hacia el cementerio cristiano. Era lunes, uno de los cuatro
días de la semana que no es fiesta en Tánger, porque el viernes es el
domingo musulmán; el sábado, el domingo judío, y el domingo el domingo
cristiano.
Llegando frente al
cementerio, detuve el automóvil parte de la muralla derribada hacía
pocos días por un camión que había chocado allí; aparté unas tablas
y, tomando una masas y un cortafrío de mi cajón de herramientas,
comencé a vagar entre las tumbas. Dónde estaba sepultada la jovencita,
yo no lo sabía; caminaba al azar hasta que de pronto sentí una voz que
me murmuraba en mi oído:
“Aquí.”
Estaba frente a una
bóveda cuya cancela forcé rápidamente. Derribé, valiéndome de mi
maza, varias lápidas de mármol dejé al descubierto un ataúd. Sin
vacilar, cargué el cajón fúnebre a mi espalda (fue un milagro que no me
viera nadie, porque la luna brillaba intensamente), y agobiado como un
ganapán por el peso del ataúd, salí vacilante, lo deposité en mi
automóvil y me dirigí nuevamente a casa del egipcio.
Voy a interrumpir mi
relato con esta pregunta:
—¿Qué harían
ustedes si un cliente les trajera a su noche, un muerto dentro de su
ataúd?
Estoy seguro de que
lo rechazarían con gestos airados, ¿no es así? De ningún modo
permitirían ustedes que el cliente se introdujera en su hogar con el
cadáver del desconocido.
Pues bien; cuando yo
me detuve frente a la casa del mago egipcio, éste asomó a la puerta y,
en vez de expulsarme, me recibió atentamente.
Era muy avanzada la
noche, y no había peligro de que nadie nos viera. Apresuradamente el
egipcio abrió las hojas de la puerta, y casi sin sentir sobre mí la
tremenda carga del ataúd, deposité el cajón del muerto en el suelo y
con un pañuelo, tranquilamente, me quedé enjugando el sudor de mi
frente.
El egipcio volvió
armado de una palanca, introdujo su cuña entre las juntas de la tapa y el
cajón, y de pronto el ataúd entero crujió y la tapa saltó por los
aires.
Cometida esta
violación, el egipcio encendió un candelabro de tres brazos, cargado de
tres cirios negros, los colocó sesgadamente en dirección a La Meca, y
luego, revistiéndose de una estola negra bordada con signos
jeroglíficos, con un cuchillo cortó la fina cubierta de estaño que
cerraba el ataúd.
No pude contener mi
curiosidad. Asomándome sobre su espalda, me incliné sobre el féretro y
descubrí que “casualmente” yo había robado del cementerio un ataúd
que contenía a una jovencita.
No me quedó ninguna
duda:
El egipcio se
dedicaba a la magia. Él era quien me había ordenado mentalmente que
robara un cadáver. Vacilar era perderme para siempre. Eché mano al
bolsillo, extraje la pistola, coloque su cañón horizontalmente hacia la
nuca de Nassin y apreté el disparador. La cabeza del egipcio voló en
pedazos; su cuerpo, arrodillado y descabezado, vaciló un instante y luego
se derrumbó.
Sin esperar más
salí. Nadie se cruzó en mi camino.
Al día siguiente,
al pasar frente a la tabaquería del egipcio, vi que estaba cerrada. Un
cartelito pendía del muro:
“Cerrada porque
Nassin el egipcio está de viaje”.
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