Robert
Arlt
(1900–1942)
Desde la otra vida
El criador de gorilas
(1941)
Fernando sentía la incomodidad de
la mirada del árabe que sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en
el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su
nuca. Sin poderse contener se levantó y a riesgo de pasar por un demente
a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo:
—Yo no le conozco
a usted. ¿Por qué me está mirando?
El árabe se puso de
pie y, después de saludarlo ritualmente le dijo:
—Señor, usted
perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre
sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole a la espalda era que
estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en
estos momentos estaba pensando en matar a su novia.
Lo que decía el
desconocido era cierto. Fernando había estado pensando en matar a su
novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y
le dijo:
—Siéntese. Me
sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo.
Fernando se dejó
caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la
terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la
vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul de
agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un
transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que
una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda,
gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que
un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero
árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita,
reiteró:
—Estaba
precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante
a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y ya vi repetidamente
que usted pensaba matarla.
Fernando, sin darse
cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el
desconocido le decía. El árabe continuó:
—Cuando
desapareció la nube roja, vi una sala junto a una mesa dorada había dos
sillones revestidos de terciopelo verde.
Fernando ahora
pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle
datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín
del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le
parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó:
—Junto a usted
estaba su novia con el tapado bajo el brazo —y acto seguido el
misterioso oriental comenzó con un lápiz a dibujar en el mármol de la
mesa el rostro de la muchacha.
Fernando miraba
aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y
aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizá
estaba viviendo un ensueño. Quizá estaba loco. Quizá el desconocido era
un bribón que le había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este
granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a
Lucía.
El árabe
prosiguió:
—Usted estaba
sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: “Tenemos
que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así”. Ella le dijo
eso y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella
le dijo eso?
Fernando asintió,
mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca,
extrajo un cigarrillo, y dijo:
—Usted y Lucía se
odian desde la otra vida.
—...
—Ustedes se vienen
odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones.
Fernando examinó el
cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos
en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo
de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una
tristeza tremenda le aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe,
con una naturalidad terrorífica, proseguía:
—Usted quiere
morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte
que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y
que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno
le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podría
odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente
se odian ya.
Todo ello era
cierto. El hombre de la chilaba prosiguió:
—¿Quiere usted
venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió
entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo
Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas.
Fernando comprendió
que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el
desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema.
Golpeó el gong, y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las
esteras hacia la mesa, recibió el duro “assani”, presto como un galgo
le trajo el vuelto, y pronto Fernando se encontró bajo las techadas
callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de
gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de
grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche y puestos de té
verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos.
Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de
Yama el Raisuli.
Tell Aviv levantó
el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la
de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel
apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su
amo; la puerta, entonces, se abrió aún más, y Fernando cruzó un patio
sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos.
Tell Aviv abrió una puerta y le invitó a entrar. Se encontraban ahora en
un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro, una
fontana desgranaba su vara de agua.
Fernando levantó la
cabeza. EL techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra,
estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se
cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un
cojín, exclamó:
—Que la paz de
Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu
generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime
y valiente. No has dudado de mi amistad.
Y como si estuvieran
perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el
negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado
entre las manos:
—Rakka, trae la
pipa —y dirigiéndose a Fernando, aclaró:— Fumarás tu entrada en el
plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la
que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio.
Algunos minutos
después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una
pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó
definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente,
se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las
tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y
penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma,
cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba ni triste ni contento,
pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje
tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol
allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra.
Más allá de la
marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos
extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se
detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado
albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al
cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa.
Un pesado yatagán
colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se
extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque. Fernando se
echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de
los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz
parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado.
Como Tell Aviv le
había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de
un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se
encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y
las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue
que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una
hermosa silla de cuero labrado. No se veía al dueño del caballo por
ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba
melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de
terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje.
No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una
boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y
amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por
la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas
ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó
posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua,
probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo
trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber
cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del
interior del vientre de la boa!
Fernando examinó el
filo de su yatagán —era reciente y tajante—, se aproximó a la boa,
inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El
golpe fue tremendo. Cercenó no solo la cabeza del reptil, sino los dos
pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente.
Entonces Fernando,
considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido
devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no
debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el
vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico
albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un
bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí: era una talega
de seda.
La abrió, y por la
palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates.
Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante
algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al
infortunado desconocido.
Luego se dirigió a
la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de
una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte.
Su día había sido
satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo
en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una
fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el
Profeta evidentemente le protegían.
No estaban ya muy
distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas
torres y los centinelas con las pasadas lanzas paseándose detrás de los
merlones.
De pronto, por una
de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un
hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando.
Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose
reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no le conocía,
sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando,
porque exclamó:
—Hermanos,
hermanos, mirad el caballo de mi hijo.
Los hombres que
acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano
prosiguió:
—Ved, ved, su
montura. Ved su nombre inscripto allí.
Recién Fernando se
dio cuenta de que, efectivamente, en el ángulo de la montura estaba
escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto.
—Hijo de un perro,
¿de dónde has sacado tú ese caballo?
Fernando no atinaba
a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano,
que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje
ensangrentado, exclamó:
—Hermanos...,
hermanos..., ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar...
Inútil fue que
Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre
él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el
sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura,
adolorido.
Transcurrieron así
algunas horas; de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros le tomaron
de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies.
Luego a latigazos le obligaron a subir los escalones de piedra de la
mazmorra, a latigazos cruzó los negros corredores y después entró a un
sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora
yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros
recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un
gong y dejaron de azotarle. El anciano que le había encontrado en las
afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en
compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando
exclamó:
—Lucía, Lucía,
soy inocente.
Era el rostro de
Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba
viviendo en otro siglo.
El anciano lo
señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo:
—Hija mía: este
hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida
venganza de él.
—Soy inocente —exclamó
Fernando—. Le encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de
la boa. Lo sepulté piadosamente —y Fernando, a pesar de sus
amarraduras, se arrodilló frente a “Lucía”. Luego, con palabras
febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. “Lucía”, rodeada
de sus eunucos, le observaba con una impaciente mirada de mujer fría y
cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando, de rodillas
frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada
hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre sus palabras. “Lucia”
lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo:
—Afcha, échalo a
los perros.
El esclavo corrió
hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete
mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso
incorporarse, escapar, gritar otra vez su inocencia.
De pronto sintió en
el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su
mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y... El negro de Nedjel
le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv
dijo:
—¿No me
reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para
hacerte despedazar.
Fernando se pasó la
mano por los ojos. Luego murmuró:
—Todo esto es
extraño e increíblemente verídico.
Tell Aviv continuó:
—Si tú quieres
puedes matarla a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la
otra vida.
—No. Volveríamos
a crear una cuenta para la próxima otra vida.
Tell Aviv insistió:
—No te costará
nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso.
Fernando volvió a
rehusar, y, sin saber por que, le dijo:
—Eres más
saludable que el limón y más sabroso que la miel pero no asesines a
Lucia. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre.
Y levantándose,
salió.
Salió, pero una
tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si
Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él
sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma
noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó a
Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires.
Aquí le encontré
yo, y aquí me contó su historia epilogada con estas palabras:
—Si no me hubiera
ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme
despedazar por los perros no tuvo nombre...
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
