Robert
Arlt
(1900–1942)
Rahutia la bailarina
El criador de gorilas
(1941)
En el arrabal morisco de Tetuán,
en la callejuela de Dar Vomba, precisamente junto a los arcos que la
techan dándole la apariencia de un subterráneo azulado, vivía hasta
hace pocos años Ibu Abucab, comerciante y fabricante de babuchas.
Algunos niños, de
nueve y diez años, respectivamente, trabajaban para él. El babuchero era
un hombre de baja estatura, morrudo, con ojos como manchados de leche y
tupida barba sobre el pecho.
Ibu Abucab había
repudiado a su esposa, Rahutia, cuando ésta cumplía dieciséis años.
Sospechaba que ella, desde la terraza de su finca, le engañaba con su
vecino Gannan, el platero.
Sin embargo, no
había tenido oportunidad de olvidarla. Mientras los niños moros
recortaban las sandalias, Ibu recordaba pensativamente el compacto cariño
de Rahutia y sus caricias espesas. Ciertas imágenes le roían la
conciencia como los agudos dientes de un ratón. Era aquélla una
sensación de fuego y enloquecimiento que le cubría los ojos de blancas
llamaradas de odio.
Rahutia, después de
refugiarse en Fez, se dedicó a la danza. En pocos años se hizo famosa en
todos los bebederos de té que se encuentran yendo de Uxda a Rabbat y de
Tremecen hasta Taza, la vieja ciudadela de los bandidos.
Las danzas de esta
mujer fea eran un temblor de rodillas y crótalos que exaltaban a los
espectadores. Presagiaban la muerte y el zarpazo de la fiera.
Ibu Abucab odiaba a
su mujer, pero la odiaba consultando sus intereses, y, precisamente,
fueron sus intereses los que le impidieron cortarle la cabeza cuando
sospechó de ella.
Ahora Ibu Abucab
prosperaba. Dentro de algunos anos, con ayuda de Alá, se enriquecería, y
podría, como otros vecinos, mantener un harén. También la humillaría a
Rahutia.
Pero una noche, a
las diez, en el mismo momento que se disponía a cerrar su tienda, entró
a ella un joven. Ibu Abucab comprendió que su visitante pertenecía a la
aristocracia indígena, pues su chilaba era de muy fina lana, y de su
espalda colgaba una capa con capucha revestida de seda. Una barba fina
sombreaba el rostro del desconocido, que, llevándose las manos a los
labios, saludó:
—La paz en ti.
—La paz.
El joven dijo:
—Tú no me conoces
a mí, pero yo te conozco a ti. Soy hermano de El Mokri.
Ibu Abucab barruntó
que tendría que tratar un asunto grave, y se excusó:
—Permíteme que
cierre mi tienda, y estaré contigo.
Y acompañó a su
visitante a la trastienda.
El joven dejó sus
babuchas a la entrada, y avanzando descalzo por el suelo esterillado, se
sentó en cuclillas en un cojín. Luego encendió un cigarrillo, y su
mirada dura se paseó por la habitación revestida de tapices hasta la
altura de sus hombros.
Nuevamente entró
Ibu, y también descalzo, fue a sentarse frente al hermano de El Mokri. No
sabía quién era El Mokri, pero su instinto le advertía que aquel joven
sentado frente a él y fumando un cigarrillo egipcio podía tener
influencia en su vida.
El comerciante
inclinó la cabeza sobre el pecho y reposó las manos sobre el vientre. El
otro dijo:
—Yo no imitaré a
los gatos que rodean un pedazo de pescado y maúllan inútilmente. . .
¿Conoces a El Mokri?
Ibu Abucab tuvo que
convenir que no conocía a El Mokri.
El joven, cruzado de
brazos, reconsideró al comerciante. Por más que se esforzaba por ocultar
el desprecio que le inspiraba ese hombre, la hostilidad traslucía de él.
Finalmente exclamó:
—El Mokri murió
por culpa de tu mujer Rahutia.
El babuchero repuso,
fríamente:
—Rahutia no es mi
mujer. Hace tiempo que la repudié a causa de su mala conducta.
El joven aclaró su
posición en Tetuán:
—Mi hermana
Fátima es “mulett ettal” del Califa. Habla con sinceridad: ¿Por qué
no le cortaste la cabeza a tu mujer?
Ibu Abucab se mesó,
pensativamente, la barba. De modo que el desconocido era hermano de una
favorita del Califa. Aquel hombre podía hacerle mucho daño. Respondió
con dignidad:
—Un humilde
babuchero no puede manchar con sangre las esteras de su tienda.
El joven encendió
otro cigarrillo, y continuó, obcecado:
—Por culpa de
Rahutia, mi hermano ha muerto. Esa sepulturera ha hecho daño a muchos
hombres.
El joven decía la
verdad, aunque la cólera lo cegaba. Prosiguió:
—Allí tienes al
hijo de Ber, enjuto como un perro, y loco como un camello cuando llega la
primavera. Y también Alí, que ha despilfarrado en el Tremecen la
hacienda de su padre... Tú no me conoces a mí, pero yo te conozco a ti.
El comerciante
pensó que podía responderle a ese energúmeno que él no era Rahutia,
pero las palabras del joven, en vez de ofenderle, despertaban el odio
doloroso enterrado en el fondo de su pecho. En verdad que lamentaba ahora
haber dejado con vida a aquella mujer, cuando un pocillo de veneno lo
hubiera simplificado todo. El joven, pálido de ira, continuaba:
—¿No es una
iniquidad que tales abominaciones ocurran y que la responsable sea la
mujer de un babuchero?
Ibu Abucab miró el
rostro del joven atormentado, y experimentó piedad por él. Repuso:
—¡Qué puedo
hacer yo!. . . ¿No la he repudiado acaso por su mala conducta?
El joven insistió:
—Debiste haberle
cortado la cabeza...
Melancólico, repuso
el babuchero:
—Sí; pero no se
la corté.
El joven insistió:
—¿Por qué no
tomaste ejemplo del piadoso Mohamet, que mató a su mujer a palos cuando
supo que le era infiel? Dogmático, repuso el babuchero: —El Profeta ha
dicho que no debe golpearse a una mujer ni con una rosa.
El hermano de El
Mokri repuso rápidamente:
—Cortarle la
cabeza es diferente.
Ibu Abucab intentó
la suprema defensa:
—Estaba escrito.
El visitante no se
dejó apabullar por la respuesta:
—¿Puedes jactarte
tú de haber amarrado al camello a una buena estaca?
Con esta frase de
Mahoma el joven le quebraba las patas a la fementida teoría de la
Fatalidad. En efecto, el Profeta ha escrito que el creyente no debe
abandonarlo todo en las manos de Alá sino después de asegurarse que ha
cumplido minuciosamente con todas las precauciones que un hombre precavido
debe observar.
El babuchero
comprendió que la Fatalidad marchaba a su encuentro. Entornó los ojos
hacia los tapices del muro, y finalmente, descargando su pecho en un
suspiro, preguntó :
—¿Que puedo hacer
yo por tu hermano muerto y el honor de tu familia ?
El visitante se puso
de pie, aderezó la capa sobre su espalda, y con los ojos dilatados,
acercando el rostro al pálido semblante del comerciante, dijo :
—Invítala a tu
mujer que venga a tu tienda mañana a la noche... Dile que un hombre de
Taza te ha ofrecido un collar de perlas. Ella es conocedora de piedras
preciosas, y querrá verlo...
Salió el hermano de
El Mokri... El comerciante se prosternó en dirección a La Meca, y
comenzó devotamente su oración :
“En nombre del
Clemente, del Misericordioso...”
Rahutia, la
bailarina, había corrido a través de las decepciones con el mismo gesto
doloroso de un guerrero que tiene las sienes atravesadas por una saeta.
Su corazón estaba
empapado de odio a los hombres.
Era una mujer
pequeña, sombría y delgada, de manos ardientes y labios fríos. Su
rostro, endurecido por la adversidad, inspiraba respeto, pero cuando
sonreía, súbitamente su alargado semblante se llenaba de tanta luz e
ingenuidad que hasta a los granujas más recios les temblaban las manos.
Había bailado en Taza, la ciudad de los bandidos ; conocía todos
los bebedores de té, desde Uxda a Rabbat, en Tremecen. Un cadí
enloqueció al perderla. Aunque su carrera de bailarina había comenzado
en los tugurios de Tánger, que están arrimados a las murallas de la
época de la dominación portuguesa, su sensibilidad la había convertido
en una danzarina que hacía aullar a las masas cuando se presentaba en los
tabladillos.
¿Qué era lo que
atraía de esa mujer fea ? ¿Acaso su corazón, más seco que la
arena, y un tedio cargado de versatilidad, o su enorme desprecio por el
dinero, que la tornaba tan grande e inconquistable como el mismo Califa,
que todos los viernes acudía a la mezquita, seguido de un escuadrón y un
descabalgado caballo de guerra ?
Esta era la mujer
por quien se había perdido El Mokri. El Mokri había ido a Fez, encargado
de una misión oscura acerca del Sultán. Conoció a Rahutia en un
cabaret, y perdió la cabeza. Un mes después se ahorcaba en la casa de la
bailarina.
Rahutia se encogió
de hombros. Los hombres eran locos. Sufrían cuando eran felices por miedo
a perder la felicidad. Ella no se encadenaría jamás a nadie.
Pero después de
siete años volvió a Tetuán, a vivir en la entrada de la plazuela de la
calle de Attarin del Suk el Fuki. ¿Qué era lo que la atraía de aquel
espacio empedrado con guija de río? . . . Durante todo el día se oía
disputar allí a las campesinas del Borch con los esclavos negros, cuyas
motas estaban cubiertas por redecillas de conchas marinas. Las parras
sombreaban con sus pámpanos las paredes encaladas y las piedras manchadas
de aceite.
Rahutia vivía
allí, a la entrada de un túnel, donde constantemente flotaba una
crepuscular luz azul; en una casa cuya puerta de cedro estaba defendida
por agudas puntas de hierro como la carlanca de un mastín. Frente a la
casa, de las vigas que abovedaban la calle, colgaba un inmenso farolón de
bronce, tallado al modo morisco. Servía a la bailarina una criada de
color de chocolate, con la luna y las estrellas tatuadas en la frente, en
las mejillas, en el dorso de las manos y en los talones.
¿Por qué Rahutia
había vuelto a Tetuán? Ella misma no hubiera podido contestarse a esta
pregunta. La atraía el arrabal moruno, el batir de los tamboriles durante
las noches de esponsales y la tristeza de la vida de todos aquellos
esclavos, mientras que ella no era una esclava, sino que estaba libre,
definitivamente libre...
El ex marido, el
babuchero, no le inspiraba curiosidad ni odio. Era el hombre que acumula
dinero, mueve parsimoniosamente la cabeza y trata de estar bien con todo
el mundo porque así conviene a sus intereses. Sin embargo, Ibu Abucab
debía despreciarla. Jamás había intentado comunicarse con ella. Bajo
ese silencio, probablemente se consumía un amor humillado y cargado de
rencor. Quizá la hubiera olvidado, pero cuando pensaba que a ese hombre
de ojos lechosos le había regalado dos años de matrimonio, su
sensibilidad se crispaba de soberbia y frialdad. No; Ibu Abucab no la
olvidaría nunca.
De manera que
aquella mañana soleada no se extrañó cuando después de muchos años,
vio entrar a su casa a la vieja Menana, nodriza de su ex marido. La
anciana, después de saludarla e informarse de un montón de bagatelas,
fue al asunto:
—Ibu Abucab desea
verte. . . Un hombre de Taza ha dejado en su tienda un collar de perlas, y
quiere mostrártelo, pues sabe que tú entiendes de piedras preciosas, y
él en cambio no conoce sino pellejos y babuchas.
Rahutia miró una
mancha de luz sobre el alto muro encalado, luego fijó la mirada en su
esclava, que derramaba un odre de agua en un ánfora de bordes dorados, y
respondió, calmosa:
—Dile que iré
esta noche.. .
Cuando Rahutia, en
compañía de Ibu Abucab, pasó a la trastienda del comercio comprendió
que no tendría que examinar ningún collar.
Un negro, con
bombachas anaranjadas y chaleco verde, custodiaba la puerta por donde
había entrado. Soportaba una alfombra arrollada bajo el brazo. Del centro
de la alfombra salía la punta de una espada. En un cojín permanecía
sentado el hermano de El Mokri. El joven no se dignó responder el saludo
de la mujer, pero, dirigiéndose al babuchero, le dijo:
—Tú puedes
aguardar afuera.
El babuchero salió
sin pronunciar una palabra.
Rahutia miró en
derredor. Estaba en presencia de misteriosos enemigos. El negro corrió la
cortina de la entrada, y Rahutia, después de examinarle despectivamente,
le preguntó:
—¿No eres tú el
aguatero que chilla como una mujerzuela todas las mañanas frente a la
tienda de Alí?
El negro no
respondió una palabra. Bajo el sobaco soportaba la alfombra arrollada, de
cuyo centro salía la punta de la espada.
El hermano de El
Mokri intervino:
—¿Tú eres
Rahutia, la bailarina?
Rahutia miró
fríamente al joven:
—No has respondido
a mi saludo ni me has ofrecido asiento. Tu apariencia es la de un señor,
pero tu conducta es más grosera que la de un esclavo.
El joven se
levantó, las mejillas ruborizadas de furor:
—Yo soy hermano de
El Mokri, el hombre que por tu culpa se mató en Fez. Te he condenado, y
he venido a cortarte la cabeza.
Rahutia avanzó
serenamente hasta un cojín, se dejó caer allí, levantó los ojos hasta
el pálido semblante del joven:
—¿De modo que tú
eres hermano de El Mokri? ¿No has sido tú quien, en Tremecen, mandó
echar veneno en mi baño?...
—Soy yo...
Rahutia hizo jugar
los alambres de oro que se arrollaban a sus muñecas; luego, cruzándose
de piernas y mostrando sus pantalones de seda recamada de plata, apoyó el
mentón en el puente de las manos entrelazadas. Reflexionó un instante:
—Hace mucho tiempo
que me persigues. ¿Qué puedo hacer yo por ti?
—¡Hacer por
mí!...
—Naturalmente. Tu
hermano ha muerto de muerte que se dio con sus propias manos, y tú me
persigues queriéndote cobrar con mi vida. ¿Qué calidad de hombre eres
tú?
Rahutia hablaba sin
cólera, con la triste lentitud de una mujer que ha presenciado demasiados
sucesos para ignorar que el Destino los resuelve casi siempre de un modo
inesperado y en un minuto muy breve.
El hermano de El
Mokri estalló:
—Yo soy un señor
y tú eres una hiena de sepulcros. ¿Cómo te permites hablarme en ese
tono? No estoy aquí para cambiar contigo palabras inútiles. He venido a
cobrarme con tu vida la vida de mi noble hermano. .
Una ola de sangre
subió hasta las sienes de Rahutia. Dominó su cólera, y dijo:
—Haz salir a ese
esclavo, y te diré muchas cosas.
El joven vaciló.
Rahutia sonrió:
—Tienes miedo de
una bailarina.
El joven hizo una
señal al negro, y el aguatero salió con su alfombra y su espada.
—¿Qué tienes que
decirme?
Rahutia se levantó
y fue a sentarse junto a su enemigo. El capuchón de su capa blanca se le
había caído sobre la espalda, y su cabello enmarcaba con finas ondas su
rostro largo y fino, encendido por una llama de madura gravedad. Con
firmeza puso la mano sobre la espalda del joven:
—Yo no lo empujé
a la muerte a tu hermano. Tu hermano traicionaba por igual al Califa y al
Sultán. Tu hermano me encontró cuando el hacha del verdugo estaba muy
cerca de su cabeza. Se comunicaba con Alí, el negro de Taza, agente de
Abd—el—Krim. Quería huir del Magrebh y llevarme consigo. Yo no le
amaba. . . ¿Por qué iba a seguir a un hombre que ya estaba muerto? Tu
hermano se había enredado con extranjeros terribles. Tu padre lo supo, y
antes que el Califa le cubriese de vergüenza, vino a Fez y visitó a El
Mokri, amenazándole matarle con sus propias manos si él no lo hacía. Y
cuando tu hermano, borracho de kif, se ahorcó en mi casa, todos los
lavadores de escudillas de Fez dijeron: “La culpable es Rahutia”.
El joven
reflexionó:
—Tus palabras son
graves e increíbles. ¿Qué pruebas tienes? Mi padre ha muerto. Mi
hermano también. Los franceses han fusilado al negro Alí. ¿Cómo
creerte?
Rahutia frunció el
ceño.
—Yo ignoraba,
cuando venía hacia aquí, que encontraría al enemigo de mi vida.
Hablaba, pero sus
manos continuaban jugando con las ajorcas de oro.
El hermano de El
Mokri se sintió afectado por esa calma. La bailarina le dominaba a su
pesar con aquella infinita serenidad.
—Estás mintiendo.
—Mírame a los
ojos.
El hombre apartó
los ojos de un versículo que en oro culebreaba en el tapiz, y los fijó
en la mujer.
Aquel rostro largo,
fino, que había besado apasionadamente su hermano lo perturbaba.
¿Mentiría ella o no?. . . Iría a caer entre sus garras. Lo atraía. A
través de la tela de su chilaba sentía que la temperatura de aquella
mano tan ardiente se iba filtrando a lo largo de su ser como un filtro de
aborrecida y ansiadísima debilidad.
Apelando a su
voluntad, estranguló la ola de emoción que se le subía a los ojos, y,
entristecido, fatigadísimo, habló como a través de un sueño, con
palabras muy pesadas:
—Que Alá me
condene si eres inocente...
Rahutia comprendió
que no debía esperar más, y una ajorca de oro cayó de su mano y rodó
por el esterillado. El hombre se levantó y corrió hasta la ajorca, se la
entregó a la bailarina, y Rahutia, más angustiada que nunca, bajó la
voz:
—Te diré algo
terrible. Algo que te convencerá. Tu hermana puede dar testimonio.
Y su cabeza se
inclinó hacia el oído de su enemigo, que también acercó la cabeza a
los labios de la bailarina.
El brazo de la mujer
cortó el aire como la correa de un látigo, y el mozo tuvo en el corazón
la sensación de la cornada de un becerro. El puñal de Rahutia se había
clavado en su pecho, quiso gritar, pero únicamente pudo morder la palma
de aquella mano ardiente y perfumada que le amordazaba. Y mientras las
sombras de la muerte llenaban sus ojos, alcanzó a escuchar aún aquella
dulce voz femenina que le decía:
—Te he dicho la
verdad..., toda la verdad...
El cuerpo del
moribundo se desplomó sobre los cojines, y Rahutia retiró su mano
ensangrentada por la cruel mordedura. Miró en derredor.
Levantó una
cortinilla y entró a una pequeña habitación donde había un operario
dormido. De allí pasó al jardín: un escalerilla de ladrillo, sin
pasamano, conducía a la casa de Gannan, el platero. Las estrellas lucían
como faroles en el alto cielo; las palmeras recortaban el espacio
semejante a fatigados abanicos.
Rahutia corría a
través de las terrazas como un fantasma; las mujeres de otros harenes la
veían pasar, pero con esa solidaridad cómplice que liga a todas las
musulmanas, fingían no verla...
Finalmente llegó a
un jardín cuyos “parterres” desbordaban sobre las antiguas murallas,
saltó un parapeto, bajó por una escalerilla, pasó frente a un soldado
español, y se encontró en la calle negra que conduce a los montes. Con
rápido paso se internó en la sombra de África.
Y así como Rahutia,
la bailarina, desapareció de Tetuán.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
