Robert
Arlt
(1900–1942)
“Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte”
El criador de gorilas
(1941)
—¿Te llevaré a visitar el
palacio de El Menobi?
—No.
—¿Y el palacio de
Hach Idris ben—Yelul?
—No.
—¿No deseas
conocer una joven de ojos de luna y rostro de diamante?
—No.
—Por Alá —gimió
el lameplatos—. ¿No quieres nada entonces?
Piter se irguió
ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado
belfudo que, con un fez ladeado sobre la rapada cabeza hacía un cuarto de
hora que estaba allí importunándole, y le respondió:
—Sí, quiero que
me dejes en paz.
El guía miró
cavernosamente en rededor satisfecho de que en el Zoco Chico no se
encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:
—Pues cuídate de
ese hombrecillo que te acompañaba ayer. Le ha dicho a un mercader de mi
amistad que has envenenado a tu mujer.
Piter miró cómo la
magra silueta del guía se alejaba, perdiéndose tras los tumultos de
bobalicones que se movían frente a la ochava del correo inglés.
¿De modo que la
historia había corrido? Ahora se explicaba las significativas miradas de
la criada del hotel, y la respetuosa aprensión del hotelero hacia sus
maletas. No había sido suficiente abandonar El Havre. La absurda novela
del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta Tánger. Inútil
que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no creían
en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades
innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de
que ella no había intentado suicidarse, sino componer una farsa
dramática que se resolvió siniestramente por sí misma.
Buscando la paz, el
médico dio un salto hasta Tanger. Sabía que los hombres de la costa no
eran hipócritas como sus conciudadanos, pero a pesar de todo no resultaba
agradable llevar a las espaldas semejante reputación. Y volvió a
preguntarse si se quedaría en Tánger o marcharía a Casablanca o Fez,
porque por el momento los señorones del Biti el—Mal no parecía que
tuvieran intención de ocuparle. Sin embargo, algunos lo saludaban. Su
historia debía andar en todas las bocas.
Piter no
experimentó angustia. En aquella ciudadela amurallada, de calles
tortuosas, de sinagogas sombrías de mezquitas con ciegos en los pórticos
y de freiduría de pescado, en cierto modo era ventajosa una mala
reputación. En África, sin honradez, se puede llegar a alguna parte.
Un asno pequeño se
detuvo junto a su mesa. Piter le acercó un terrón de azúcar al hocico.
El animalito lo recogió alargando el belfo. De pronto apareció un
campesino que espantó al jumento con grandes movimientos de brazos. Una
muchedumbre cubierta de verticales colores cruzaba el zoco de ed—Dajel.
Mujeres con pantalones y fumando largas boquillas. Funcionarios con
turbante violeta, esclavos de piernas desnudas, aguateros con un odre
suspendido a un costado, niños de tahona cargando una tabla con panes
sobre la cabeza.
Una negra gigantesca
como tres barriles encimados se detuvo brevemente a su lado. Tenía el
rostro cubierto con un paño blanco. Le dijo al tiempo que se inclinaba
como recogiendo algo del suelo:
—¿Tú eres el
médico? Mi ama Zobeida quiere hablarte. Sígueme.
La negra se alejaba
sin volver la cabeza. Piter comprendió que tras la invitación de la
esclava se ocultaba una aventura de consecuencias. Dejando un real
español en la mesa del bar, se lanzó en persecución de la mujer.
Semejante a una fragata, la negra avanzaba por la empinada callejuela de
los Plateros. Algunos mercaderes, sentados con las piernas cruzadas sobre
cojines a la puerta de sus tenderetes, la saludaban conceptuosos. Al
llegar a una fuente, la negra entró en un corredor enyesado de celeste.
La noche caía rápidamente. La esclava, imperturbable como el destino,
seguía su marcha a través del dédalo de pasadizos y Piter andaba tras
ella como si en esto le fuera la vida.
Finalmente entraron
en una callejuela resplandeciente. En cada portal un desarrapado freía
pescado o vendía canela. La callejuela, techada con gruesos troncos de
árboles, estaba cargada de una atmósfera de especias, de queso y cuero
en fermentación.
Hombres de todas las
tribus del Magrehb se arrimaban a los mostradorcillos. Las mezquitas
mostraban tremendos pórticos donde hormigueaban los fieles; en una
esquina dos juglares se batían con espadas de madera estimulados por una
multitud de desarrapados. La negra desapareció en la curva de un
pasadizo. Nuevamente se encontraba ahora bajo el cielo estrellado. En
aquel corredor solitario se veían inmensas puertas claveteadas como la
poterna de una fortaleza, y la esclava extrajo una llave de dos palmos de
largo de debajo de su manto y se detuvo frente a una puerta. Piter, como
si estuviera soñando, la siguió.
Se encontraban en un
jardín. El aire estaba rayado por los negros troncos de las palmeras. Una
gran fragancia de azahares lo llenaba todo. La esclava desapareció y de
pronto, bajo el enyesado abierto al jardín, apareció Zobeida. La cabeza
cubierta por un velo, la estatura sorprendente, el rostro de cutis oscuro,
aniñado.
—¿Tú eres el
médico? —susurró la mujer.
—Sí.
—Entra.
Piter se encontró
en una habitación esterillada, el suelo alfombrado cubierto de
almohadones. Pequeñas mesitas laqueadas de rojo ponían al alcance de la
mano chucherías de bronce. El aire aromatizaba simultáneamente a
sándalo, a jazmín, a incienso y azahar. Piter se sentía embriagado de
una esencia misteriosa más sutil, que parecía flotar permanentemente
bajo el volumen de los olores inmediatos. Espingardas de cañones
niquelados y culatas con incrustaciones de nácar adornaban las panoplias
de los muros. Zobeida le mostró un cojín y Piter se sentó al mismo
tiempo que ella. La muchacha cogió un estuche de plata y le ofreció un
bombón.
Tenía olor de
almizcle, sabor de grasa, frialdad de menta. La muchacha se quedó
mirándolo largamente, como si aquilatara sus malas virtudes. Luego:
—¿Tú eres el
médico que envenenó a su mujer?
—¿Quién te ha
dicho esa mentira? —replicó con suavidad Piter.
Zobeida sonrió. Lo
examinaba con tremenda confianza.
—Eres hermoso como
la buena suerte. ¿Te gustan las piedras preciosas?
Tomó un cofrecillo
de marfil, hizo girar la llavecita, levantó la tapa. En un fondo
aterciopelado centelleaban pequeños cristales azules, gemas de biseles
amarillos, poliedros de agua.
Piter, completamente
desinteresado del cofrecillo, pues no entendía de piedras preciosas, lo
apartó suavemente.
—¿En qué puedo
servirte?
Zobeida dejó la
arqueta y con aquella inmensa intimidad que emanaba de su modo de ser,
como si hiciera mucho tiempo que lo conociera a Piter y no dudara de su
discreción en los tratos, dijo:
—Necesito un
veneno bondadoso como una enfermedad.
—¿Qué harás con
él?
—Dárselo a beber
a mi marido.
—¿No te agrada tu
marido?
—No.
—Yo no puedo darte
veneno. Las leyes me lo prohíben. Además te descubrirían y te
llevarían a la cárcel. O tu padre, para lavarse de la deshonra, se
vería obligado a cortarte la cabeza. Zobeida se rió.
—En Tánger ya no
se corta la cabeza a las mujeres. Te daré un gran puñado de piedras.
—No me interesan
las piedras. ¿Quién es tu marido?
—Sidi Fodil, el
cambista del Zoco Chico.
—No le conozco.
—Es un mal hombre,
de genio vivo. Tiene una joroba en la espalda y un turbante más grande
que una piedra de molino en la cabeza.
—No le conozco.
—Ayúdame, tú que
tienes la sabiduría. ¿No te soy agradable?
—Es inútil que me
insistas, Zobeida.
Ella no se resignaba
a no cumplir su deseo. Tomando una rodilla entre sus manos, busco otro
rumbo.
—Embrújale,
entonces.
—¿Que le embruje?
—Sí.
Piter iba a negarle
la existencia del embrujo, pero pensó que su pretensión iba
desencaminada. Ella no entendería sus razones. Fingió.
—¿Qué me darás
si lo embrujo?
—Me casaré
contigo. Tú me llevarás a Francia, y me enseñarás a leer y escribir
como saben todas las francesas. Entonces podré salir a la calle sin
cubrirme el rostro.
—¿Cómo sabes que
soy médico?
—Se lo dijeron a
Aischa en el ed—Dajel cuando tú pasaste la otra noche. Que te escapaste
de tu país porque envenenaste a tu mujer.
Piter trató de
mirar al fondo de aquellos ojos verdosos.
—¿Te gustaría
casarte conmigo?
—Sí.
La negra entró en
la habitación. Zobeida le dijo al médico:
—Aischa ha sido mi
nodriza.
La esclava habló
algunas palabras en árabe con su ama.
Zobeida se puso de
pie.
— Tienes que irte.
¿Es cierto que embrujaras a Sidi Fodil?
—Sí. Mañana
mismo.
—Bueno; ahora
vete. Mañana, Aischa pasará por ed—Dajel a la hora de hoy. Síguela.
No la hables. Y extendiendo sus brazos se colgó de su cuello y le besó
las mejillas.
Cuando Piter
escuchó que la puerta se cerraba tras él tuvo la impresión de que
acababa de despertar de un sueño. Echó a caminar como si anduviera sobre
un suelo de algodón. De pronto, de debajo de un arco se desprendió el
guía que lo había importunado en el zoco. Como siempre, comenzó:
—¿Quieres visitar
el palacio de Hach Idris ben—Yelul?
—No. Llévame al
Zoco Chico.
Al día siguiente
marchó hasta el zoco para conocer a Sidi Fodil. En el ed—Dajel no
podían traficar simultáneamente dos mercaderes jorobados.
Comenzó a pasearse
lentamente, cuando descubrió que un jorobadito, sumamente tieso en la
puerta de su comercio, lo observaba. Gastaba, como le había dicho
Zobeida, un turbante ridículo.
Piter continuó
paseándose por la ancha calle que conducía a las murallas; luego, sin
ningún propósito deliberado, volvió sobre sus pasos y se detuvo frente
al comercio del prestamista; pero, al entornar disimuladamente los ojos,
se encontró con que el jorobadito lo estaba mirando. Entonces,
rápidamente, le mostró la lengua. El prestamista desencajó los ojos;
pero Piter, divertido, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado, y
el jorobadito se quedó mirando de reojo como si dudara de lo que
realmente había visto. Así pasaron algunos minutos. Piter parecía estar
aguardando a alguien. De pronto volvió la vista; el jorobadito estaba
allí observándolo, y entonces otra vez le mostró un palmo de lengua.
El prestamista
enrojeció de furor hasta la raíz de los cabellos, se enderezó hasta
empinarse sobre la punta de los pies, pero luego, pensándolo mejor,
resolvió no darse por aludido, y mientras gruesas gotas de sudor le
bajaban por las sienes, aparentó mirar a su alrededor, como si no
reparara en la existencia de Piter. Este, nuevamente grave, permaneció en
la esquina. Sin embargo, la indignada curiosidad de Sidi Fodil llegó a
ser más patente que su afán de indiferencia y antes que transcurriera un
minuto estaba otra vez clavando la mirada en el médico, que llevándose
rápidamente el dedo pulgar a la nariz movió los otros cuatro con el
apicarado gesto del “pito catalán”.
Una ráfaga de ira
envolvió en su torbellino la jactanciosa alma del jorobadito. Olvidó su
comercio y también la exigua estatura de su cuerpo. Rechinando los
dientes, se lanzó a través de la calle, y en aquel mismo momento un gran
grito de horror se escapó de los labios de Piter. Un automóvil cargado
de turistas acababa de arrollar bajo sus ruedas al infeliz mercader.
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