Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

Otra cara, otro nombre (1980)
Los ganadores
(Barcelona: Seix Barral, 1980)



      Fue al final cuando decidió ponerse el bigote. Se vio en el espejo y era evidente que le faltaba. Era un pequeño bigote corto, negro y algo ralo, que había comprado hacía tiempo. Tal vez fue en el Carnaval. Le costó trabajo fijarlo con el colodión. Estaba muy cerca de la nariz y el olor penetrante le cortaba el aliento. y hasta le producía un pequeño mareo.
       A medida que cambiaba la raya del peinado, que adelgazaba las cejas, que ponía una sombra tenue bajo los ojos, dejaba de ser él en el espejo.
       Ahora sí tenía otra cara. ¿La cara de quién? En todo caso no era la suya. No era aquella de todos los días, con la barba descuidada, la melena revuelta y aquellos ojos demasiado abiertos, con demasiado blanco. Ahora tenía el rostro rasurado y preciso. Hasta se le veía la nariz menos grande y la frente más estrecha junto al cabello bien peinado. Para completar se puso los anteojos negros. Ya no era él aquel rostro que asomaba en el espejo. Un extraño, un desconocido, un intruso inquietante aparecía. Parecía... ¿qué parecía?.. ¿a quién se parecía?
       Parecía un hombre de más edad, con cierta dureza y autoridad en el ros­tro. Ya no era el Gerónimo de todos los días, el que deambulaba en las librerías y en los cafés, el que se reunía con Marta y la Chelo y con la pandilla de artistas mal hablantes.
       Ahora recordaba más bien uno de aquellos hombres que le parecían tan detestables y a los que miraba con desagrado y hasta odio cruzar en grandes automóviles por las lentas calles de la ciudad. Hablando distraídamente con algún acompañante, con un tabaco en la mano. Con el relámpago brillante de una sortija en algún dedo.
       No era que se había propuesto darse ese tipo. Había ido saliendo así. Paso a paso, como si otra cara se hubiera ido formando debajo de la suya. Como si hubiera largado la piel como las culebras y hubiera salido aquella fisonomía inesperada, tan precisa y tan ajena.
       Hubiera podido ser distinta, pero la que había salido era aquella. Se vistió con el traje oscuro que tenía guardado para aquel día, una camisa blanca, una corbata llamativa y hasta un sombrero. Todo aquello lo había teni­do que ir reuniendo a escondidas, poco a poco, para que los amigos no lo vie­ran. Nadie debía saber ni sospechar que él iba a ser otro, aunque fuera por un día.
       La vida se le había hecho monótona y casi asfixiante. Todos los días la misma cosa, las mismas conversaciones, los mismos sitios, las mismas caras. Todo se sabía y se conocía. Podía llegar a la tertulia el loco Rodríguez y hablar de las más descabelladas aventuras de violencia. Todos sabían que era men­tira, que no lo había hecho o que no lo podía hacer. Y con las muchachas no era distinto. Era territorio explorado en sus menores detalles. Cada quien sabía con cuáles el otro se podía acostar y con cuáles no. Lo demás era apa­riencia que no engañaba a nadie. No engañaba a nadie el falso amante, ni el falso conspirador, ni el falso artista. Todo empezaba y terminaba en torno a la mesa del café, frente a una cerveza que se iba poniendo pálida y aplastada.
       Sin embargo, a veces resultaba verdad. Pero era como si los que iban a hacer algo de verdad se retiraran del grupo. Dejaban de ir, se preguntaba por ellos y no se sabía dónde andaban. Alguien los había visto hacía tiempo. Era que alguno estaba escribiendo un libro o se había casado o un buen día, después de mucho tiempo, aparecía en los periódicos tomando parte en un atraco de guerrillas urbanas.
       —Se cansó de hablar pendejadas, comentaba alguno.
       Fue entonces cuando Gerónimo decidió escapar del grupo. No era fácil. Se iba uno enredando y enredando en la rutina, en el hábito, en la pereza, en el abandono, a la espera sin término, en el hablar continuo y sin salida.
       Comenzaría por un ensayo limitado y corto. No sólo dejar de ir al foco inevitable de reunión, donde las horas y los temas y las fatalidades se enre­daban en una espesa atmósfera adherente y adormecedora, sino comenzar de pronto a ser otro. Comenzar de nuevo. Desde cero. Salir un día a la calle, a otra calle, a otras gentes, siendo otro.
       No sabía bien quién iba a ser. No había individualizado su nueva perso­nalidad transitoria, era más bien como un deseo de cambiar de especie y de ser. No un disfraz, sino otra vida.
       Siendo Gerónimo no iba a poder dejar de serlo, se lo iban a impedir todos los que lo conocían como Gerónimo. Los que sabían o creían saber inexora­blemente lo que podía y lo que no podía ser o hacer. Era menester que nadie pudiera devolverlo a la fila que quería abandonar. Había que comenzar por no ser Gerónimo. Por ser alguien que nadie pudiera relacionar con su pasa­do y con el carácter que había revestido ante los otros.
       Fue así, poco a poco, precisando su propósito y reuniendo al azar los materiales para su transformación. El traje distinto, el rostro cambiado, y habría que llegar también al nombre nuevo y al convertirse, en palabras, temas y hechos, en un nuevo hombre.
       La nueva apariencia fue saliendo por azar. Por el azar de las prendas de vestir que pudo reunir, por el no menor azar de las transformaciones que era posible lograr sobre su cara. Varias veces ensayó, en formas incompletas, hasta aquel día en la que se resolvió a salir a la calle transformado.
       Entre lo que parecía por fuera y lo que seguía siendo por dentro había un gran paso de incomunicación. No sabia con certeza quién iba a ser en definitiva.
       Quitó la vista del espejo, irguió el pecho, se caló el inusitado sombrero y cerró la puerta con violencia como si cerrara su pasado.
       Ya estaba en la calle, primero con el paso inseguro y arrastrado que era el suyo habitual, pero muy pronto comenzó a marchar erguido, taconeando, con la cabeza muy recta mirando hacia adelante, con cierta seguridad alta­nera. Casi con insolencia.
       Un desconocido se le quedó mirando e hizo un gesto como de querer hablarle, pero él no le dio oportunidad y siguió adelante. Para aquel hom­bre, al menos, ya había sido otro. Le había dirigido una mirada como de vacilación o de sorpresa. Debió confundirlo con alguien. ¿Con quién? Con alguien definido y real y sin embargo profundamente distinto del Gerónimo que, por dentro, él seguía siendo todavía.
       Había llegado a la calle donde estaba la terraza del café en que se reu­nían sus amigos. Allí estaba el grupo, en el mismo orden, en tomo a la mis­ma mesa pequeña, con las botellas de cerveza vacías. Alguno recostado a la silla bostezaba y lanzaba una mirada displicente a los paseantes.
       Tomó la acera de enfrente para más seguridad y mirando de reojo avanzó sin perderlos de vista. No le hubiera sido difícil adivinar la conversación en que estaban enfrascados. Algunos paseaban la mirada distraída por la calle. Probablemente lo habían visto y lo habían seguido un rato con los ojos. Aquel viandante que nada tenia que ver con Gerónimo. Uno de esos seres separados por montañas de alejamiento o desdén. Aquel tieso hombre de anteojos negros y bigote ralo. ¿Quién podía ser?
       Estuvo tentado de acercarse a la acera del café y pasar por delante de ellos. Pero no se atrevió. Era demasiado arriesgado. No era todavía sufi­cientemente espesa e impenetrable la corteza de la apariencia para prote­gerlo. Era todavía nada más que una apariencia.
       Además, había la importante cuestión de no saber exactamente quién era ahora. Si alguien se dirigía a él y le preguntaba quién era, no hubiera podido responder. En todo caso habría vacilado inseguro en busca de un nombre apropiado. Había pensado algunos. Le sonaban insignificantes y hasta ridícu­los. Podía decir, por ejemplo, «Rafael Barba, comerciante», pero qué hacía un comerciante, a esas horas, deambulando por la calle sin rumbo y sin objeto.
       Siguió de largo. Atrás quedó la terraza del café y el grupo de los amigos y la conversación sin término que podía girar y girar siempre en el mismo sentido, partiendo de cualquier punto.
       —Aquí lo que hace falta es audacia.
       Podría decirlo cualquiera, en cualquier momento, y comenzar la lenta discusión. No era eso lo que faltaba. Uno detrás de otro iban a desfilar los temas suscitando las mismas réplicas.
       Pero ahora había un transeúnte que se le había quedado viendo con mucha intensidad. Hasta se detuvo antes de cruzarse con él. Parecía reconocerlo. Apretó el paso para evitar la conversación. El hombre lo veía con unos ojos angustiados y querellantes. Algo iba a decir pero pareció contenerse al mirar que Gerónimo no parecía tomarlo en cuenta y seguía de largo.
       Había sido una mirada llena de significación. La mirada de un hombre que, ciertamente, sabía quién era aquella persona que Gerónimo representaba sin saberlo. Debía tener el nombre y la clasificación para aquel ser que había salido formado por un azar misterioso del disfraz de Gerónimo. En el breve momento del cruce, en que pudo mirarlo, le pareció darse cuenta que la mirada era de sorpresa y hasta de temor. No había sido la expresión grata y confiada de quien tropieza con una presencia amiga, sino la de quien se halla ante un desagradable encuentro.
       De aquel hecho, lleno de significación para él, Gerónimo se puso a elucubrar sobre la nueva personalidad que el azar del disfraz le había deparado. Debía ser la de una persona a quien otros temían o detestaban. La de un hombre que inspiraba temor y desagrado. Un ser al que se le temía, o por lo menos a quien algunos temían y veían con disgusto.
       No había sido su propósito entrar en esa apariencia, pero podía ser que así hubiera ocurrido y que ahora pareciera cierto determinado personaje al que muchos detestaban o temían.
       Rápidamente y casi sin quererlo cambió de actitud. Puso el paso más firme y la cabeza más levantada y comenzó a ver a los desconocidos transeúntes con una mirada fría y desafiante.
       Gentes entraban y salían de las tiendas y se detenían en las esquinas. Mujeres con niños, muchachas de pelo suelto y raídos pantalones azules, gentes apresuradas con carteras y paquetes debajo del brazo y otros detenidos y alelados frente a las vitrinas.
       Se puso a observar las miradas que le dirigían. Mucha gente lo miraba con insistente curiosidad. Debía representar una persona conocida. Algunos hicieron el gesto de saludarlo con la mano. Era un saludo sin afecto, desconfiado y casi defensivo.
       Podía haberse detenido con alguno y tratar de sacarle hábilmente el nombre y la identificación que le atribuían. Era, ciertamente, alguien perfectamente reconocible para todas aquellas gentes que lo veían con ojos llenos de intención y de mensajes.
       Un hombre gordo, canoso, que avanzaba lentamente leyendo un periódico, apartó los ojos de la lectura y los fijó en él. Era una cara insignificante y mal afeitada. Había sonreído al verlo y haciendo un gesto lento de saludo con la mano le había dicho claramente:
       —Adiós, Inspector.
       Respondió apenas con un movimiento de la cabeza. Él sabía lo que significaba ese nombre. Gerónimo conocía a los inspectores. Los veía con temor de lejos. Hablaba de ellos en voz baja con sus amigos. Eran aquellos hombres casi no humanos a quienes tanto temían. Los que detenían, los que interrogaban, los que torturaban. Al flaco Silva lo habían torturado hasta morir. Cada vez más flaco, cada vez más callado. «¿No vas a hablar?» No habló.
       Otros no resistieron y hablaron. Y entonces empezaban los allanamientos, las persecuciones, los escondites. Bastaba que algún día alguien hubiera puesto una bomba en cualquier parte, para que volviera aquella ronda de pesquisas y detenciones. El grupo se desbandaba. Todos eran sospechosos de guerrilleros o de enlaces de guerrilleros. Los que estaban y los que no estaban.
       Y todos aquellos hombres se parecían. El mismo color trigueño pálido, la misma manera de no hablar y de no saludar, los mismos anteojos negros. Ni siquiera se sabía si el nombre que les daban era el de ellos.
       «Creen que soy un Inspector», pensó Gerónimo. Lo que había salido de todo aquel cambio de personalidad era un Inspector de la Seguridad. No era eso lo que él se había propuesto. Ahora se daba cuenta de por qué lo miraban tantos ojos hostiles.
       Hasta que surgieron aquellas dos mujeres. Hasta que le cayeron encima de pronto. Vestidas de negro, despeinadas, hablando con la boca y con las manos.
       —¡Inspector!
       Estaban delante de él, le agarraban las solapas, las caras frente a su cara. Hablaban al mismo tiempo, mezclando las voces y las palabras. Una hablaba del marido, la más joven, y la otra del hermano.
       «Mi marido.» «Mi hermano.»
       Todo llegaba confuso y violento sobre él, encima de él, como un torrente.
       «¿Dónde está? ¿Qué le han hecho? Lo mataron, sí, lo mataron. En ninguna parte me dicen dónde está. Hace quince días que desapareció. Se lo llevaron a media noche. Cinco hombres armados. De la Seguridad. Le dieron golpes y empujones. Hemos preguntado en todas partes. En ninguna parte saben de él. Hemos ido a su oficina millones de veces. No nos atienden. Por fin, por fin lo encuentro. ¿Está vivo? ¿Dónde está?»
       Él no respondía. La gente comenzaba a detenerse y a rodearlos. Ya formaban un grupo grande y en el medía él y las voces de las dos mujeres.
       «Juan Pedro no está metido en nada. Yo se lo digo.» «Yo también. Él se dejó hace mucho tiempo de toda esa cosa subversiva. Hasta con los viejos amigos había peleado. No está metido en nada.»
       Se aglomeraba más y más gente y comenzaban a oírse voces altas. Era peligroso.
       Gerónimo tuvo que hablar.
       «Está bien. No se pongan nerviosas. No ha pasado nada. Váyanme a ver.»
       «¿Cuándo?»
       «Mañana.»
       «¿Dónde?»
       «En mi oficina.»
       «¿En la Seguridad?»
       «Sí.»
       Logró zafarse y salir de la aglomeración que se había formado. Siguió adelante porque no podía hacer otra cosa. Sentía que estaba metido en una situación peligrosa. Debía buscar un medio de salir de aquello. Ya había pasado el mediodía y las calles comenzaban a clarear. Las gentes volvían a sus casas. Esperaría a que las calles estuvieran más solas y regresaría rápi­damente a su habitación. A quitarse de encima aquella otra apariencia temible.
       Llegó a una terraza de café con pocos parroquianos. Se sentó en una mesa para dejar pasar el tiempo. Había un periódico abandonado sobre la mesa y se puso a hojearlo. No podía leer sino que veía con disimulo a todos lados.
       Volvería a la casa y se quitaría aquel disfraz. Ha podido transformarse de otro modo. Nunca pensó que lo iban a confundir precisamente con aquel hombre odiado y amenazado, cuyo nombre no sabía aún.
       El mozo que se acercó a servirlo lo miró con respeto.
       «¿Qué quiere, Inspector?»
       Pidió cualquier cosa. Tenía que escapar pronto de aquella situación. Hubiera podido tomar tantas otras fisonomías, pero fue precisamente aquella la que fue surgiendo minuciosa y fatalmente de todo su esfuerzo por cambiar.
       Se sobresaltó cuando sintió el ruido del servicio sobre la mesa. Después la terraza pareció quedar sola. Dentro de un cuarto de hora ya podría irse.
       Se fue quedando sin gente la terraza. Miraba de reojo las mesas vacías, una junto a la otra, como llenas de invisibles presencias. Ahora estaba angustiosamente solo con aquella desconocida presencia de su propio dis­fraz. Si hubiera estado en medio de mucha gente hubiera sido mejor. Se hubiera borrado y disuelto. Pero así, en medio de todas las mesas vacías, no quedaba sino aquella apariencia inocultable, aquel rostro, aquel traje, aquel ser que se había colocado sobre él y lo aplastaba.
       La calle también se iba quedando vacía. Dentro de un momento podría levantarse para marcharse. Tomaría un vehículo de alquiler para desapa­recer más pronto, para arrancarse de encima todo aquello al regresar a su cuarto.
       «Inspector García.» Era con él, detrás de él. Una voz dura y seca. Volvió la cabeza. Vio la pistola que lo apuntaba. Negra, cercana. No tuvo tiempo de detallar la figura entrevista. Una cabellera revuelta, una cara de odio.
       Debió oír el primer disparo. Se llevó la mano torpe a la cara. Tropezó los anteojos que cayeron. El falso bigote se le vino en los dedos. Mirándolo rodó de la silla al suelo.



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