Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

La misa de gallo (1949)
Treinta hombres y sus sombras
(Buenos Aires: Losada, 1949)



      La noticia la trajo, inesperadamente, Antonio el becerrero. El pueblo de Quiripal, desde el atardecer, estaba de fiesta. Ardían vivas luces al través de las puertas y de las ventanas en las casas de tapia y teja que rodeaban la plaza de la Iglesia, con sus muros encalados de colores fuertes y sus ventanas saledizas de verdes barrotes de madera, y también en los diseminados ranchos de las otras callejas, con sus techos pajizos de alas plegadas, como grandes pájaros dormidos, y su ventanuco ahumado.
       Desde la blanca espadaña de la Iglesia, el repique de las campanas volaba sobre todo el poblado, tintineaba con una alegría de muchas monedas entre el polvo que levantaban las carreras de los arrapiezos, y se perdían en delgadas notas y sordos ecos, sobre los campos y los cerros vecinos, sobre las vegas cultivadas, sobre los potreros donde rumiaban aislados e inmóviles los novillos, y sobre las boscosas riberas del río, llenas del rumor del agua entre las piedras.
       Las muchachas se apretujaban en las estrechas ventanas, con las cabezas adornadas de flores, para mirar llegar, con risas, música y alegres exclamaciones, los innumerables grupos de mozos, que se detenían a cantar sus villancicos y a improvisar al ritmo de la música incitante agudas coplas, llenas de intención, dirigidas a la doncella esquiva, al padre cascarrabias o al presunto rival. Se ponía en medio el que tocaba el «furruco», deslizando ágilmente la mano sobre el pulido garrote cuya vibración se trasmitía, bronca, al templado cuero del tambor que le servía de soporte. Surgía una especie de monótono y trepidante rezongo entrecortado, sobre el que se tejían el acompañamiento de las guitarras y las contrastadas voces de los cantadores. Al través de la ventana, como una viva aureola detrás de las risueñas y floridas cabezas de las mozas, se veía el iluminado Nacimiento que adornaba la estancia, con sus montes de arena, sus bosques de algodón, sus lagos de espejo, sus animales de corcho, de cera y de miga de pan, sus Reyes Magos cargados de collares, dijes, bananas y piñas, su rosada Virgen y su San José azul arrodillados, y, en medio, bajo una oscilante estrella de papel plateado, el Niño Jesús.
       De todas partes surgían los cantos y el eco de las encontradas músicas, que a veces parecían acordarse y transformarse sobre el medido son de los fu­rrucos en un inmenso coro de todo el pueblo. En cada parada, al callar los cantadores, circulaban las copas O las botellas empinadas de boca en boca, con su áspero ron turbio o su claro y encendido aguardiente de caña. El háli­to de fuego del alcohol reencendía de nuevo las voces en tonos más altos y desacompasados. Sobre el ritmo corto y agitado, para dar pie a la improvi­sación, pasaban y repasaban los estribillos:

Los tres Reyes Magos
vienen del Oriente,
con sus taparitas
llenas de aguardiente.

      Los tres Reyes Magos, María, José y el Niño Jesús, se iban transfor­mando paulatinamente en seres casi próximos, casi partícipes de la cele­bración, acaso un poco rezanderos y apartados como el cura, tal vez no acos­tumbrados a mezclarse en aquellas algarabías populares, como algunas de las quisquillosas y encopetadas familias que habitaban las casas grandes de la plaza, o quizás, simplemente, gente huraña, montuna y poco amiga de las fiestas, como Simón el renco.
       Porque tampoco ese año Simón el renco tomaba parte ninguna en los festejos de la Noche Buena. El gran portón claveteado de su casa perma­necía cerrado, y los pocos que intentasen pasar, encontrarían como otra puerta, cerrada e infranqueable, su duro rostro, impasible y altanero, y su boca cerrada, de la que no parecían poder salir palabras que no fueran órdenes, secas y rápidas como latigazos.
       Estaba sentado en el corredor, en su silla de cuero recostada a la pared, de frente al amplio patio poblado de árboles y del murmullo de una acequia. Era alto, enjuto, huesudo y vigoroso. Estaba, como siempre, enfundado en su blu­sa de hilo blanco, abotonada en el cuello con yugos de oro; el amplio y atercio­pelado sombrero de «pelo de guama», le daba un tinte de bronce al rostro seco, anguloso, a los ojos negros, fríos y fijos y al hirsuto bigote negro que le cubría la boca de labios delgados. A un lado de la cintura le abultaba visiblemente el revólver, y al otro, le asomaban por debajo de la blusa, las tirillas de cuero que adornaban la punta de la vaina del puñal. Con una flexible vara de membrillo se golpeaba acompasadamente los curtidos zapatos de vaqueta.
       El sonido de los cantos y la música llegaba amortiguado.
       Silenciosos, y casi sin moverse, recostados a los pilares del corredor, o en cuclillas en el borde del patio, estaban cinco hombres, también vestidos de blancas blusas y con los anchos sombreros en las manos. Eran cuatro peones ganaderos y el mayordomo del potrero de Simón el renco. Habían venido a saludarlo en la tarde de la fiesta, y tenían ya largo rato allí sin resolverse a marcharse, entre pesados silencios y breves trechos de conversación en que todos hablaban a la vez con destempladas voces. De tiempo en tiempo se oía el escupitajo de alguno que mascaba tabaco.
       Allí se oyó el insólito ruido de alguien que empujaba bruscamente la puerta de la calle. Los hombres sorprendidos se pusieron de pie. Simón volvió el rostro hacía el zaguán.
       El mayordomo había salido a ver de qué se trataba y a poco se oyó el eco de una contenida disputa.
       Simón le hizo seña a otro de los hombres para que fuera a averiguar.
       —Es Antonio el becerrero —dijo al volver—, que está borracho y peleando por entrar, porque dice que tiene que decirle algo.
       —Pues que lo dejen entrar —dijo Simón.
       Al instante entró el becerrero. Se le veía en los ojos y en los gestos que estaba ebrio, pero aun así la presencia de Simón lo intimidaba. Ninguno de ellos, y menos el becerrero, ignoraba la aspereza de su carácter, tan acentuada en los últimos tiempos. La leyenda de sus violencias y de sus odios, su dureza, los trágicos lances de muerte que se le atribuían. Se quedó mirándolo, sin decir palabra.
       —¿Qué era lo que querías decirme, pues? —dijo el renco de mal humor.
       El hombre lo miraba atontadamente y hacía oscilar su mirada entre él y los otros.
       Con un tono más recio volvió a repetir:
       —¡Lo que vaya a decir lo dice ya, y se acabó!
       Con el rostro sobre el pecho, haciendo un esfuerzo extraordinario y visible, mientras arrugaba nerviosamente el sombrero entre las manos, el becerrero dijo atropelladamente, con la voz quebrada:
       —La niña María está en el pueblo.
       El renco se alzó rápidamente. El rostro se le había demudado. Los otros hombres no lo estaban menos y en su desazón no hallaban qué decir o hacer. Parecían esperar una explosión.
       Sin embargo, el renco parecía haber logrado serenarse. Con un tono frío y metálico, volvió a preguntar:
       —¿Dónde está?
       —Está en la calle de atrás de la iglesia, dos casas más abajo de la pulpería de Martín.
       —¿Y... el hombre ese vino con ella?
       —Quién sabe.
       olvieron a callar. El renco dio media vuelta y se metió, sin añadir palabra a los aposentos. Lo vieron alejarse cojeando, y empezaron a su vez a salir en silencio. Desde el portón se oyeron de nuevo sus voces que regaña­ban al becerro y que se confundían, ya a lo lejos, con el rumor de la fiesta en el pueblo anochecido.

       Cuando Simón el renco estuvo solo en su aposento se tendió en la hama­ca, cruzó las manos debajo de la cabeza y cerró los ojos.
       Sentía el aturdimiento y la vaguedad que produce la fiebre. Le era difícil coordinar sus ideas y pensar siquiera concretamente sobre la inesperada noti­cia que le había traído Antonio el becerrero. Empezaba a hacérsele odioso el hombre que le trajo la noticia. Quizás la había traído por el gusto de hacerle daño y de hacérselo ante los otros. Era, sin embargo, uno de sus más viejos peones. Había estado a su servicio desde hacia muchos años, desde que empezó a fundar el potrero. Era hombre seguro y fiel a toda prueba. Era quien lo había recogido del suelo, desmayado, cuando en la mitad de la carrera de un novillo que se escapaba, cayó dando vueltas con el caballo, de donde quedó para siempre con la pierna defectuosa. Había sido aquel remoto suceso, decía él, su bautizo de renco. Pero desde mucho tiempo antes estaba con él el bece­rrero. Desde antes de nacer María, desde antes de casarse con Micaela. Y aho­ra había tenido que ser él, quien trajera aquella estúpida noticia.
       Recordando al becerrero, recordaba también su propia vida en desorde­nadas imágenes provocadas por su desasosiego emocional.
       Se veía a caballo, en su lejana mocedad de peón ganadero, con la cobija burrera, roja y azul, terciada sobre el pico de la silla, marchando por días enteros bajo un sol abrasador, y entonando, entre la nube de polvo de la manada, las coplas camineras con que se arrea el ganado.
       Después venía todo el largo tiempo de recio esfuerzo para fundar y fomentar el potrero en Quiripal. Fue una época de inagotable tarea, en que se levantaba antes del alba, con el canto de los gallos, tomaba una taza de café, cabalgaba y no volvía a desmontarse del caballo sino al regresar en la noche, casi sin voluntad para otra cosa que para tenderse a dormir. Con lo que ganaba iba comprando más tierras para extender sus pastos, y con la extensión del campo iban también en aumento sus cuidados y su trabajo.
       Era la suya tarea de hombre completo. Tenía que hacerse respetar y para ello tenía que exceder a los demás, y especialmente a sus peones, en resis­tencia, fuerza y arrojo para las peligrosas faenas. Montar el potro cerrero que los otros miraban con temor, ir a enlazar el toro alzado que se defendía embistiendo a los caballos, atarlo, tumbarlo y traerlo luego con la soga pasa­da por la nariz sangrante, sumiso y mugiendo de dolor. Salir de noche, con las armas, a sorprender a los maleantes que cortaban las cercas de alambre para que se escapase ganado. Estar en todo y superar a todos en el esfuer­zo, el consejo, en el valor y en la autoridad.
       Esta lucha sin tregua había sido su vida. Ni siquiera cuando se casó con Micaela llegó a cambiarla. Micaela era hija de gente del campo y estaba habituada a los hombres recios y huraños, entregados a sus quehaceres y a sus cosas de hombres. Se plegó a sus costumbres y se hizo imperceptible en su existencia.
       El único cambio verdadero y profundo en la vida de Simón el renco ocurrió una madrugada.
       Era la hora en que acostumbraba salir al campo y ya cantaban los gallos en todos los corrales de Quiripal, cuando los quejidos de Micaela, que habían durado toda la noche, cesaron. Aquella escena permanecía viva y fresca en su imaginación como si nunca se hubiera borrado de sus ojos. La comadrona apareció en la puerta iluminada de la alcoba, con los brazos abiertos y las manos en alto con la palma extendida. Simón la estuvo viendo con angus­tiosa fijeza: el traje, el gesto de las manos, la silueta recortada entre las luces y le pareció que tenía allí demasiado rato y no se atrevía a decirle algo. Acaso no era bueno lo que iba a decirle. Pero no. Dijo que había nacido una niña. Era María.
       El renco entró al cuarto. Olía a cera quemada y a esencias. Miró a la niña menuda que apenas se movía, sintió una profunda y extraña conmoción que lo estrujaba por dentro y empezaron a correrle gruesas lágrimas. Quería tocarla pero no se atrevía a hacerlo.
       —¿Qué te pasa, Simón? —era la voz de Micaela.
       De un manotazo se secó las lágrimas y se quedó sonreído. Pero aquella emoción desconocida no sólo permaneció en él, sino que fue creciendo. Era una vida nueva y distinta de todo lo que hasta entonces había sido su vida. En días enteros no salía al campo, sino que se quedaba en la casa jugando con María, viéndola vivir.
       No nacieron más hijos y con los años la ternura hacia la hija llenaba todas las formas de su existencia.
       María creció y llegó a ser una hermosa muchacha. El hombre tendido en la hamaca repasaba aquellas dulces horas con menudos y graciosos incidentes.
       Fue mucho después cuando empezaron las horas malas.
       Desde la primera vez que el renco vio a Antero, sintió una instintiva repulsión hacia él. Se sabía vagamente de donde había llegado, aparentaba tener mucho dinero, se le veía montar magníficos caballos, vestir con afec­tación, apostar gruesas sumas en las riñas de gallos, formar escandalosas francachelas que eran la comidilla de las viejas del pueblo y enamorar, con su cuidado bigotillo y sus grandes ojos, a todas las muchachas.
       Alguna vez en que pasaba Antero por la calle, caracoleando su caballo, el renco creyó sorprender en los ojos de María un reflejo de turbación.
       Lo que había de ocurrir lo fue adivinando con angustiado celo. Era un papel que la niña estaba leyendo y ocultaba con precipitación cuando él llegaba. Era un estar en la ventana, por curiosa coincidencia, cada vez que Antero pasaba a caballo. Era un ir, cada día más frecuente, a pasar largas horas en casa de amigas.
       Una noche hubo amenazas y llanto. Simón el renco, exasperado le recri­minó a María su conducta y a Micaela su descuido. Dijo todo lo mal que pen­saba de Antero, y entre los sollozos de ambas mujeres, exclamó:
       —¡Sepa usted, María, que primero me verá muerto antes que yo permita sus amores con ese vagabundo!
       Esto debió ocurrir un mes antes. El renco recordaba. O tal vez veinte días antes de aquel sábado, como a las nueve de la noche, en que llegó tarde del potrero. Desde antes de llegar traía el vago presentimiento de algo malo. La casa estaba silenciosa, rara y como abandonada. Encontró a Micaela, en su habitación, doblada en una silla, llorando. Era un llanto lento, tímido y casi interno. El mismo lloro con que vivió desde entonces, un año más, hasta que se murió, hasta que se secó como una planta.
       Antes de que el renco preguntara le dijo:
       —Se nos fue la muchacha. Se la llevó Antero.
       A la memoria de Simón volvía el horror de ese instante. Un frío súbito le penetró hasta la planta de los pies. Le faltó la respiración y por la garganta seca no le salían palabras, sino un ronquido, un aullido estertoroso de ani­mal salvaje.
       Había corrido a su alcoba, arrancó un machete que colgaba en la pared y se lanzó a la calle, sin saber a dónde iba. A grandes trancos pasó bajo las pálidas luces que alumbraban las esquinas solitarias. Parecía no ver, ni reconocer a nadie. Los que lo encontraban, comprendían en su gesto y en su facha que algo terrible llevaba y se apartaban a un lado.
       Junto con su solitaria caminata, empezó a regarse por el pueblo el comentario de que Simón había salido de su casa como un loco, en perse­cución de Antero que había raptado a María. De puerta en ventana, de boca en boca, fue corriendo la nueva poniendo su calofrío de curiosidad, de expectativa y de riesgo en las gentes que ya habían empezado a entregar­se a la soñolienta calma de la noche. Las viejas se santiguaban, los mozos cuchicheaban adornando con imaginarios datos la noticia, las muchachas excitadas y temerosas pensaban en María y esperaban por momentos la deflagración de los disparos que iban a estallar de pronto, los niños per­manecían inquietos en sus camas como después de las veladas de cuentos de muertos y de aparecidos. Por detrás de las rejas, a oscuras, brillaban ojos avizores.
       El renco había llegado, casi sin aliento, a la puerta de la casa de Antero. Estaba cerrada y no se veían luces. Empezó a golpear escandalosamente la puerta, mientras clamaba, no con voz, sino con una especie de bramido:
       —¡Abran! ¡Abran ¡Abran! ¡Abran!
       Alarmados por el estruendo, los vecinos se fueron asomando en la penumbra pero sin atreverse a acercarse al hombre enloquecido.
       Al fin, a machetazos, a patadas, Simón hundió la puerta y entró. No se oía nada y todo estaba a oscuras.
       —Salgan. ¡Salgan que aquí estoy! —volvió a gritar.
       Ni un eco se oyó. No debía haber nadie. Pero la ira incontenible que lo ahogaba no le permitía detenerse ni razonar. Penetró en la casa a oscuras, tirando las puertas, volcando las mesas, lanzando las sillas, destrozando a tajos los muebles.
       Cuando volvió a la calle, ya estaba fuera de sí. La angustia y la ira le confundían la visión misma de las cosas.
       Tampoco sabía a dónde ir ahora. Dónde encontrarlos. Tal vez habían ido a la iglesia a casarse.
       Hacia la iglesia corrió desaladamente, casi sin cojear. Las escasas muje­res que estaban a esa hora dentro del templo haciendo sus devociones, oye­ron el ruido inusitado del que entraba corriendo y se detenía ante el altar, mirando a todas partes con ojos desorbitados. Con la blusa abierta y sucia, el cabello revuelto, el rostro sudoroso y descompuesto y el brillo del mache­te en la mano, su aspecto produjo pánico. Y más aún cuando, avanzando hacia ellas, comenzó a gritarles:
       —¿Dónde está María? ¿Dónde la han metido? ¡Ustedes saben! ¡Ustedes saben!
       Antes de que se acercara más, las mujeres empezaron a huir entre gritos de terror.
       —¡Está loco! ¡Sálvense que está loco!
       En las casas inmediatas empezaron a cerrarse las puertas y las ventanas, como cuando viene un toro desgaritado por las calles.
       El renco apareció solo en el atrio de la iglesia. Se detuvo un instante, ladeando, ante la plaza solitaria. Nada se movía en la sombra. La angustia de encontrar a Antero, que aumentaba a cada segundo, ya había llegado a un extremo en que se confundía con una locura sangrienta, con la necesidad de destruir y matar para saciar su ansiedad.
       Al otro lado de la plaza se veía la luz de la Jefatura Civil. Allí estaba la autoridad. Allí estaba quien hubiera podido impedir que se llevaran a su hija. Allí estaban los responsables. Allí estaban los que eran tan culpables como Antero. Hacia allí corrió. El único guardia que estaba en la puerta y que no se había atrevido a moverse atenazado de pavor, no hizo nada para detenerlo. Entró desenfundando el revólver y preguntando entre alaridos:
       —¿Dónde está el Jefe Civil? ¿Dónde está para que me responda por mi hija?
       Acobardado, el Jefe Civil que lo había visto venir se metió por las habitaciones para salir al corral y escapar por la tapia del fondo. El renco miró la sombra del fugitivo cruzar entre los árboles del corral y corrió hacia él disparando. Ya el hombre había saltado la tapia, pero el renco siguió disparando hasta que agotó la carga. Disparando y gritando hasta que se desplomó en el suelo como una bestia exhausta.
       Ya debía de ser tarde en la noche cuando Simón el renco se incorporó en la hamaca. La música y los cantos de la Noche Buena se oían lejanos. Se pasó la mano por la frente afiebrada. Todas las emociones de aquel día trá­gico, que ya parecían borradas después de dos años, habían vuelto a revivir bruscamente con la noticia que trajo el becerrero. Su vida estaba rota. Micaela había muerto consumida de dolor. Ya todo parecía estar terminado irre­mediablemente. Y ahora, de nuevo, como aquella misma noche, María y Antero estaban en el pueblo. Con profundos desgarramientos, volvían a surgir su dolor y su afrenta.
       Era como si se hubiera borrado el tiempo transcurrido y volviera a vivir de nuevo las ansias de aquella noche remota. Pero ahora, como sin prisa, con una fría y segura decisión. Había llegado el día de hacer lo que no fue posible aquella noche.
       Se levantó lentamente, se caló hasta los ojos el oscuro sombrero, se abotonó el yugo de oro en el cuello, se aseguró el revólver en la faja y salió a la calle tranquilo.
       Caminó hacia la iglesia en busca de la casa que le señaló el becerrero. A medida que se acercaba crecía el resonar de la música y los cantos y los grupos se hacían más numerosos. Algunos lo reconocieron, pero él pasaba mudo sin contestar los saludos.
       Había llegado frente a la iglesia. Sin deseado, comparaba su salida de esa noche con la otra, cuando corría atormentado sin poder hallarlos. Ahora iba seguro. No necesitaba correr.
       Se había detenido. Había mucha gente en el atrio y en las puertas. De la nave, con el brillo de muchas luces, salía el poderoso y alegre compás de la música que acompañaba los villancicos. Constantemente, de la plaza y de las calles, nuevos grupos entraban al templo, las mujeres envueltas en sus amplios pañolones llevando de la mano a los niños. Los hombres se aglomeraban a las puertas. El olor de incienso y cera quemada llegaba hasta el renco.
       Medio oculto tras el tronco de un árbol, permaneció como esperando. Como si antes de seguir adelante, tuviera algo que hacer allí.
       Simón nunca había ido a aquella Misa de Gallo a la que iba todo el pueblo a celebrar la noche de la Natividad. En otros tiempos, se quedaba en la casa aguardando la vuelta de Micaela y de María, para la cena con los amigos. Los mayores se quedaban conversando y riendo, mientras los niños, impacientes, se iban a acostar para esperar la llegada del Niño Jesús que vendría a ponerles juguetes y regalos en sus camas.
       No era tan solo la desazón de saber que dentro de un momento iba a matar o a morir, lo que lo detenía allí. Era como un oscuro instinto. Un estado de ansiosa incertidumbre en que giraban los recuerdos. Tal vez algo que podía serle anunciado de un momento a otro. O la llegada de alguien. Era una confusa sensación a la que parecía abandonarse.
       Continuaba el movimiento de las gentes, de la sombra hacia la puerta iluminada. Insensiblemente se fue acercando al atrio, se deslizó por entre los grupos y llegó junto a una columna de la nave.
       Entre multitud de cirios y de ramos se alzaba el pesebre del Nacimiento, y en medio de él, flotando entre el gentío, el Niño Dios. El rezongo del «furruco» acompañaba los cantos en los que se mezclaban muchas voces. El sacerdote oficiaba en el altar y se oía al fondo el denso murmullo de los rezos que lo acompañaban.
       Hubo un momento en que el grueso ronquido del «furruco» se cortó bruscamente, y en medio del silencio que siguió, el cura se volvió hacia los fieles, erguido, con los brazos abiertos y las manos en alto con la palma extendida, pronunciando palabras litúrgicas. Algo hondo y poderoso hizo volver el ros­tro del renco hacia el Niño Jesús. Era como si hubiera vuelto a encontrar algo perdido, y olvidado.
       Una voz clara y fuerte que dominaba a las otras entonó de nuevo el vi­llancico:

A Belén pastores,
vamos a Belén,
que ha nacido un niño
para nuestro bien.

       Cuando volvió a elevarse el coro, Simón pareció despertar. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué se había detenido tanto tiempo? Arrugó el ceño, y abriéndose paso con rudeza salió.
       Cuando estuvo en la calle su paso se hizo más lento. Parecía que se desprendía con dificultad, como un insecto, de la resina de luz, de resonancias y de emociones que lo retuvo en el templo. En su mente bullían, junto al martillar de la decisión mortal contra Antero, las vagas impresiones que le había suscitado la misa.
       Seguía avanzando, pero como si su deseo no fuera otro que permanecer indefinidamente marchando en la penumbra, sin llegar a ninguna parte, sin hacer nada, entregado a aquella confusa emoción, que lo ablandaba por dentro como agua sobre terrón reseco.
       —¿Cómo que ya no eres el mismo, Simón? ¿Cómo que te estás aflojando? ¿Cómo que la vejez te está haciendo sinvergüenza? —se dijo de pronto a sí mismo, alterado y molesto.
       Escupió a lo lejos, se atusó el bigote y afirmó el paso.
       Ya estaba en la calle que le había señalado el becerrero, y aquella puerta abierta por donde salía una débil luz que era la tercera casa después de la pulpería de Martín. Era, al igual que las otras, una choza de barro y paja, de esas de una sola habitación, con una puerta a la calle y otra al corral. La hora que había aguardado tanto tiempo llegaba. El paso volvió a hacérsele lento. Veinte pasos más y estaría delante de Antero. ¿Debía darle o no, opor­tunidad de defenderse? No. No la merecía. Estaba resuelto a matarlo como a un perro. Sin dejarlo hablar, le descargaría los seis tiros del revólver, has­ta que cayera bañado en sangre.
       Ya estaba frente a la puerta. Con un gesto nervioso se desabotonó la blu­sa y se corrió en la faja, hacia adelante, la funda del revólver soltando la tiri­lla que lo sujetaba. Vio hacia adentro con rápida mirada. No se veía a nadie en la estancia, ni tampoco por la puerta trasera que daba al corral y a la cocina. Esperó un instante, atisbando, y penetró con cautela.
       La habitación estaba sola. La luz de una vela, sobre una mesa, iluminaba las sucias paredes de tierra, unas cuantas sillas y un catre en un rincón. Nada se movía. Sentía como una opresión que lo hacía respirar con dificultad.
       En un cajón de madera junto al catre, estaba un niño dormido.
       Sin duda, se había equivocado de casa.
       —Maldita sea —dijo entre dientes, entre malhumorado y sorprendido. Era la segunda vez que, inexplicablemente, se desviaba esa noche. Era la segun­da vez que se encontraba sin saber por qué en un sitio que no era el que bus­caba. Primero en la misa, y ahora en aquella choza donde dormía un niño.
       Ya iba a dar la vuelta para marcharse, cuando sintió la presencia de alguien que lo estaba mirando.
       Se volvió rápido. María estaba parada en la puerta que daba al corral.
       El encuentro lo paralizó.
       —Taita —dijo Maria con voz mansa. En todo se le veía fatiga y pobreza.
       Él parecía no oír ni reparar en ella. Lo que le importaba ahora era Antero.
       —¿Dónde está Antero? —preguntó con imperioso acento.
       Con su tono vencido respondió la mujer:
       —¿Antero? Pero si él no está conmigo. Yo vivo sola hace mucho tiempo, Taita. Sola con la criatura. Por eso es que he venido. Buscándolo a usted, Taita.
       Entre las palabras se le oían los sollozos.
       Parecía vieja, muy vieja. Más se le parecía a Micaela que a María.
       El renco volvió a quedar en suspenso. Después del sostenido esfuerzo que había venido haciendo, se sentía caer en un profundo cansancio, en una modorra de soñoliento o de enfermo, en una especie de paz. Era como si Antero acabara de alejarse y de perderse en el fondo de la memoria. Como si ahora supiera que se había muerto hacía mucho tiempo. Como si nunca hubiera existido.
       María permanecía con los ojos vueltos hacia el suelo, sin atreverse a mirar a su padre. Fue después de mucho tiempo de estarse así que le pareció oír:
       —Ahora coja al niño y vámonos para la casa.
       Ya a esa hora la Misa del Gallo había concluido y Quiripal yacía en la quietud de la noche. Sólo unos pocos rezagados que quedaban en el atrio, sorprendidos, reconocieron al pasar a Simón el renco, que acompañaba a una mujer con un niño en los brazos.



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