Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

Las lanzas coloradas (1931)
(Madrid: Zeus, 1931, 260 págs.)


I

      Lentamente el pequeño grupo se puso en marcha por la cuesta abierta y terrosa en cuyo fondo asomaba entre la arboleda, junto a la fachada del templo, una mancha de paredes rojas. En medio, la litera de la señora oculta bajo el arqueado capacete. Los criados de servicio, el escudero Galarza en su caballo y él sobre su mula, con el mejor jubón de raso y toca con pluma blanca. Iban en silencio entre el tenue sonido de los cascos y de los pasos. Veía cómo la luz del sol deshacía las figuras sobre el suelo en largas patas y abultadas sombras. A ratos Doña Magdalena asomaba la cabeza bajo el capacete de la litera para verlo y hacía un movimiento de aprobación con la cabeza. A medida que avanzaban se iba precisando más la traza de los edificios entre las ramas, como si fueran creciendo ante sus ojos. Era alta y gris la fachada de la iglesia, a su lado, bajo los árboles, corría el muro bajo de la cerca de piedra por donde se entraba al parque y al palacio. Allí estaba el Emperador. Imponente, poderoso, rodeado de un aura sobrecogedora. El temor le iba creciendo por dentro a medida que avanzaban. Todo el largo viaje, de tantas leguas y años, iba a llegar a su término.
       Le vino al recuerdo el ritmo de aquella gallarda, tan danzarina en la vihuela, que era la que más le gustaba al Emperador según le había dicho su padre, el «violeur» como él decía, o el músico como decían los muchachos de Leganés. Era la única persona a quien había llamado padre. En la tarde, al regreso de los campos en la casa labriega, oía el revolotear de la notas de la vihuela. Entraba sin hacer ruido, su padre, Francisco Massys, se interrumpía y lo invitaba a sentarse ante él en el taburete. «Eres pequeño todavía, Jeromín, pero nunca es tarde para conocer la música, la más bella cosa que Dios puso en el mundo». No hablaba como la gente de Leganés, tenía una manera de pronunciar las erres y las eses muy distinta a la de Ana de Medina, su madre. Ahora sabía que tampoco era su madre aquella atareada labradora que pasaba el día entre las siembras, los cacharros de la cocina y las oraciones. «Oye, Jeromín». Era lo que ahora oía. Los dedos saltaban de una a otra cuerda, mientras la otra mano subía y bajaba por el largo cuello de la viola y se iba llenando la estancia de aquellas resonancias contrastadas, cortas y largas, que parecían cruzarse en el aire. Los compañeros de juego le preguntaban: «¿Es cierto que tu padre fue vihuelero del Emperador?». Se acordaba que siempre tenía que replicar con orgullo: «Vihuelero no, violeur». Era así como lo decía el viejo Francisco Massys. «Háblame del Emperador, padre». «Esta era la gallarda que más le gustaba». En su sillón, solo y vestido de negro, lo mandaba a llamar. «Maitre François, quiero oír aquella gallarda». No sería así tampoco. Tal vez le hablaría en flamenco. Después de todo los dos eran flamencos. Su padre hablaba con gusto de los flamencos. Las bellas ciudades tejidas de piedra como encajes, las torres altas y esbeltas y los carillones. «La torre del carillón es como una gran viola y las campanas son las cuerdas». «Calla, mujer», exclamaba su padre cuando el ruido de las cacerolas de la cocina borraba las notas de las cuerdas. Salía la viola casi redonda y abultada, llena de brillos oscuros como un vientre de hormiga, con el cuello estrecho y alto que remataba en una testa tirada hacia atrás de la que pendían como crespos las clavijas y los extremos de las seis cuerdas. «No hay instrumento más noble, Jeromín». La gallarda variaba, a ratos permanecía como estremecida sobre una sola cuerda pero luego, como si se multiplicara la mano, sonaba como un coro, las notas saltaban en grupos, se acercaban y subían para cortarse de pronto como en mitad de un salto. Su padre le hablaba del Emperador. «¿Cómo iba vestido?». Había visto en un manoseado juego de naipes, que a veces sacaba su madre para leer la suerte, la figura de los reyes. Retacos, lisos dentro de sus vestes rojas y cuadradas, con espadas en la mano, bigotes y barba, y con aquella corona que parecía la miniatura de una muralla almenada. No era así como lo describía el violero. Callado, más bien triste, vestido de oscuro, con una cadena de oro al cuello de la que pendía un carnerito. Su madre venía a interrumpirlos para decir que la cena estaba lista. «Lávate las manos, Jeromín».
       El violero se sentaba en un taburete frente al Emperador como se sentaba ahora ante él. Tocaba la gallarda. El Emperador se iba aquietando, se le iluminaban los ojos, le asomaba una sonrisa y hasta llegaba a tamborilear con los dedos sobre el brazo del sillón. «Ésta debería ser la música de los combates». Compases y cadencias que subían y chocaban para rehacerse y volver a recomenzar.
       Era para llegar a ese sitio que había emprendido el largo camino. Lo sentía ahora que ya iba a encontrarse en la presencia del Emperador. El camino que comenzó en Valladolid hasta Cuacos, más atrás aún, de Villagarcía, de Leganés y todavía más allá en la memoria perdida, en aquella travesía por el mar, borrada en retazos de recuerdo, desde alguna ciudad de Italia.
       Había habido llanto y desesperación de Ana de Medina. Cuando entró a la casa de vuelta del campo, sudoroso, agitado, con miedo, su madre le salió a estrecharlo entre sus gruesos trapos sudados. «Se murió tu padre, Jeromín». No hubo más música en la casa, ni tampoco quien le hablara del Emperador.
       Lo que había era soporosa enseñanza de la lectura por el Padre Vela o por el sacristán. Se parecía a la salmodia del Oficio de los domingos. «Ele, a, la; ce a, ca; ese a, sa: la casa». Todos esos sonidos canturreados había que aprender para nombrar aquello que se conocía de memoria, la casa. Pe a, pa; de ere e, dre: padre. Concluía el canturreo adormecido y empezaba el ancho tiempo del campo. Con los otros muchachos se iba por entre los olivares y los troncos de alcornoque a jugar a moros y cristianos. Los moros eran los infieles, los que se atrevían a no creer en Cristo, con los que había que acabar. A mojicones, tirones de cabello, ropas desgarradas, terminaban revueltos sobre la tierra.
       Otras veces se metía solo por entre los árboles, sin hacer ruido, oyendo la brisa en busca del canto de un pájaro. Allí estaba, a pocos pasos, blanco y negro, piando sobre la rama. Traía aprestada la pequeña ballesta que le habían dado el día de su santo. Tenía su arco, su cuerda tensa, su gancho para disparar. Había que acercarse como una sombra, sin ruido, hasta tenerlo a tiro. Colocaba el dardo, tensaba la cuerda, tomaba la puntería sobre el pómulo, con un ojo cerrado, y soltaba el chasquido del disparo. Caía el pájaro y lo iba a recoger con prisa. Era un pequeño amasijo de plumas, sangre y polvo, lo levantaba por las patas, lo veía contra el cielo y luego se marchaba silbando con el pájaro colgado de un cordel, en busca de otro trino en otro árbol.
       Todo estaba quieto en un gran espacio sin término, en un quieto tiempo sin cambios. La doctrina del cura, el deletreo con el sacristán, la aventura de los campos y los pájaros, los moros y los cristianos, los comuneros y los imperiales y los regaños de Ana, en aquella casa que se había quedado sola. La viola estaba encerrada en una caja negra, caja de muerto, sobre el arcón junto al muro. La casa y la vida fueron otras. Ya no se llenó más de música en las tardes. Lo que se oía ahora eran los ásperos regaños de Ana de Medina.

       Hasta que llegó aquel día, donde todo empezó a cambiar de manera veloz. Lo primero fue la aparición por el camino de aquella gran caja oscura que rodaba sobre cuatro ruedas, tirada por cuatro mulas. Sobre una de las primeras cabalgaba un hombre de mala cara, sobre el capacete otro, doblado, sosteniéndose con una mano y con la otra moviendo una pértiga para picar las bestias. Detrás dos mulas cargadas de grandes cajas forradas en velludo y por la ventana estrecha de la caja rodante asomaba la cara mofletuda y los bigotes de un hombre pelirrojo y congestionado.
       «¿Cuál es la casa del maestro Massys?». Los niños, asustados, interrumpieron su juego para mirarlo. Asomaba como una cabeza de palo pintado en un retablo de titiritero. Huyeron cuesta arriba hacia el poblado. El carruaje se detuvo en la casa de Ana de Medina. El hombre bajó con dificultad ayudado por uno de sus criados. Vio los niños acezantes, vio la mujer en la puerta y se fijó en él. No en ningún otro sino en él. «¿Cómo te llamas?». Ana de Medina hizo un saludo cobarde. «Es la casa del maestro Massys». Pasó adelante solo con ella mientras los chicos se que4aban afuera. De afuera los veía hablar sin poder oír. Vio que le entregaba un papel, que Ana lo mostraba al cura que había llegado al ruido de la novedad. Luego lo llamaron. A él solo. «Jeromín, saluda a Don Carlos Prevost».
       De allí en adelante todo fue rápido. «Te vas a ir con él, que te va a llevar para una casa grande». Ana hablaba entre sollozos. Apretaba y besuqueaba al niño. «El señor Don Carlos es un gran caballero, ayuda de cámara del Emperador nuestro Señor. Con él vas a irte». Lo lavaron, lo vistieron de limpio para sentarlo a la mesa que estaba puesta con los cubiertos y los platos que el extraño visitante había traído. El señor lo veía y hablaba como nadie antes nunca lo había hecho. «Hermoso niño». Eso nunca se le olvidó. Luego le estuvo diciendo, ante el silencio de la Medina y del clérigo, todo lo bueno que lo esperaba. Iba a vivir en un castillo señorial con servidores. Fue entonces, ahora lo veía, cuando comenzó verdaderamente el viaje que ahora parecía estar llegando a su término. Todo fue desenvolviéndose de un modo sorprendente. A cada momento veía surgir una extraña novedad. Desde la ventanilla del carruaje vio irse el pueblo y empezar de nuevo los campos. El señor, entre silencios y cabeceos de sueño, le había hecho preguntas, parecía querer saberlo todo, su padre, su madre, los juegos, las clases. «¿Sabes leer?». No respondió. «Vas a aprender mucho ahora, en tu nueva casa».
       A Prevost no iba a verlo más hasta allí, hasta aquel punto donde lo vio como la primera vez: solemne, pesado, alisándose siempre el jubón con las manos, y con aquellas erres y eses. Con las demás gentes que fue encontrando en los años era diferente lo que le sucedía. Sobre la impresión del primer día se iban sobreponiendo las de todos los sucesivos que les habían ido cambiando y fijando las facciones. Cuando se ponía a recordarlas en los distintos tiempos era como si hiciera y deshiciera caras.
       Llegó a la tarde a su primera venta. Un desteñido bloque de paredes, portones, corrales y techos oscuros junto al camino. El ventero vino a saludar al señor Prevost. «¿Es vuestro hijo?».
       El alboroto de los mozos, desunciendo las mulas, cargando los bultos, los gritos llamando las criadas, el revuelo de las gallinas, y la sala de comer llena de humo. En una mesa, con varios amigos, un hombre cantaba con un guitarrón.
       Hubo una jornada y otra jornada. «Nos acercamos a Valladolid». Desde lejos divisaron las torres de los campanarios, las almenas de la muralla. El camino se fue llenando de gentes.
       Nunca había visto tanta gente ni tanto bullicio. Dejaron el coche junto a la muralla y penetraron a las calles por una puerta con vigilantes. Lo que había adentro lo asustó. El gran bullicio de personas, de voces, de vendedores, de jinetes, entre las cabezas asomaba alguna silla de mano o se abría el gentío para dejar pasar un grupo de arqueros montados.
       Don Carlos se fue metiendo, con paso seguro, por entre el gentío. Fue sabiendo de boca de Prevost que la villa estaba de fiesta, que habían llegado grandes personajes, y muchas tropas que aguardaban al príncipe Felipe, el hijo del Emperador. «Va a casarse a Inglaterra».
       Se iba haciendo menos espesa la muchedumbre a medida que avanzaban por calles alejadas del centro. Estaban ahora frente al muro de un convento y el caballero tiraba de la cuerda de la campanilla. Se oyó adentro el alboroto del metal. Abrió un lego. «Soy el señor Prevost, el Prior me espera. Dígale que traigo al niño». Siguieron al lego, se divisaba la arboleda de un huerto y los arcos del claustro. A la puerta de una sala los recibió el Prior, un tenue viejo de cera envuelto en un flotante hábito marrón, con los pies desnudos metidos en sandalias. Hablaban de él y lo miraban. «Te quedarás con nosotros por unos días». Eso fue todo, no nombraron ni a su padre ni a su madre, como se hacía en el pueblo cuando alguien preguntaba por él: «El hijo del maestro Francisco y de Ana de Medina». «Volveré a buscarte dentro de unos días», le dijo el caballero y regresó a la calle.
       Estaba en otro mundo, en otro tiempo. Al paso de las horas lo llamaban, en la celda o en el huerto, para los Oficios en la iglesia, tan silenciosa, donde el eco de los rezos subía y bajaba por los muros como agua de lluvia. De día y de noche había que reunirse para las horas. Las soñolientas Laudes de la aurora, el Oficio de Prima en el amanecer. Ya no eran los gallos los que anunciaban el día sino el retintín de la campana en medio del sueño; el Oficio de Tercia a las 9, el de Sexta en el punto de mediodía. Al atardecer llegaban la Vísperas y más tarde las Completas. La noche se cortaba con despertares sobresaltados. La Primera Vigilia, la de la medianoche y la del amanecer.
       También había el huerto, o el día de traerle ropa nueva, blanca y fina, como nunca había visto. Quería probársela toda de una sola vez. Diariamente se confesaba en el primer Oficio de la mañana. «¿Has pecado? ¿Has mentido? ¿Has hurtado algo? ¿Has tenido malos pensamientos?».
       Después del primer día el bullicio de la fiesta en la calle se hacía mayor y saltaba sobre los muros del monasterio. Bombardas y fuegos de artificio estremecían los Oficios y salpicaban de falsas estrellas el cielo de la tarde. Hubo una hora en que fue creciendo el estruendo y el vocerío. Atrevidamente se metió en el templo. Parecía vacío, en lo alto de la escalera del campanario estaba un lego que miraba hacia la calle. Trepó hasta allí. Vio, como un barco en un río, avanzar por lo más apretado de la calle un grupo de caballeros, un estallido de brillos, y sedas, altas plumas, espadas, picas desnudas, entre el redoblar de tambores, y a la cabeza de todos aquel joven, apenas sonriente, que agitaba la mano para saludar. «Es el príncipe Don Felipe, nuestro Señor».
       Otro día, estando entre el follaje del huerto, vio al Prior conversar con la imponente figura de un señor como nunca había visto otro. Fuerte, alto, de larga nariz acaballada y una barba gris que manchaba el oscuro jubón. Estaba mirando hacia él y hablaba sin duda de él. Sintió miedo.
       A la mañana siguiente Prevost lo vino a buscar y emprendieron viaje. Al final de la larga jornada vio el macizo cuadrado de un castillo con cuatro gruesas torres en las esquinas de las murallas. Prevost le dijo: «Es aquí donde te vas a quedar».
       Estaba ante el puente y la gran puerta del castillo. Un hombre de aspecto militar se acercó a recibirlos. Se llamaba Galarza y era escudero del castellano. Los guió por los dos patios hasta llegar a la gran escalera de honor. Pesadas arcadas de piedra marcaban las dos plantas. Jeromín se agarró de la mano del señor Prevost.
       Subieron la escalera y llegaron al corredor del piso alto. Vio puertas cerradas. Se oía el resonar de pasos. Al final llegaron a la puerta de un salón grande y oscuro. Se detuvo. Prevost hizo una gran reverencia ante una señora sentada en un sillón. No había visto nunca una mujer así. Los encajes, las sedas, el lento gesto de las manos, y una voz más limpia y timbrada que la del oficiante en la misa. «Señora, es un gran honor para mi entregarle este niño, por orden de Don Luis Quijada». Todos lo miraron. Hubiera querido huir, irse a los suyos. «Se llama Jerónimo». La dama se puso de pie y le tendió los brazos. Lo contempló un rato demasiado largo observándole el porte y las facciones. «Es un bello niño. Habrá que hacerlo ahora un caballero». Lo abrazó con cariño. Sintió la suavidad de las manos y aquel vaho de olor dulce. No se parecía a Ana de Medina.
       Lo saludaron las dueñas, dos viejas señoras enlutadas, de pelo blanco, muy tiesas. Los escuderos. También los dos clérigos: «Van a ser tus maestros. Tienes mucho que aprender». No se atrevía a hablar. Con angustia vio despedirse a Prevost.
       Después lo llevaron a su alcoba. Quedó atónito. En nada se parecía al camastro en que dormía en Leganés. Una gran cama de columnas en medio de una vasta habitación, con un crucifijo dorado sobre la cabecera, cuadros de santos, una mesa, sillas y aquella ventana que daba a la lejanía del campo.
       La primera noche fue de desamparo y temor. Después que rezó las oraciones con la señora lo llevaron a la alcoba y quedó solo. Se sentó sobre el borde de la cama, encogido. Oía ruidos lejanos, voces del campo, ladridos. La luz de la vela parpadeaba en su palmatoria sobre la mesa. El cansancio lo fue venciendo. Se tendió de espaldas y se sumergió en el sueño. Ana de Medina entraba a buscarlo. Como en las madrugadas de Leganés, lo sacudía para despertarlo. «¿Qué haces aquí? Vámonos». Despertaba. No era la casa de Leganés. Era aquella inmensa cámara de sombra que lo rodeaba. No sabía si estaba despierto. Si soñaba aquel sitio o si iba a despertar en Leganés. «¿Qué hago aquí?». Lo volvía a ganar el sueño. ¿Dónde y cómo iba a despertar?
       En los días siguientes fue conociendo la casa y las gentes. Muy pronto Galarza, que lo atraía por su rudeza y sencillez, lo llevó a ver la armería, una larga sala llena de armas y de fantasmas.
       Armaduras italianas con los brazos reunidos sobre un mandoble pulido, una armadura de caballero con el caballo de madera cubierto de hierros y arneses. Arcabuces, ballestas, escudos, espadas y aquellas armas extrañas de lejanas guerras, sables curvos y cascos con una media luna encima. También banderas y pendones desgarrados. Galarza le explicaba los combates de donde provenían, Pavía, Mulhberg, Túnez, y le contaba las hazañas del Emperador. A caballo con la armadura puesta, de pie bajo la tienda dando las órdenes del combate, entrando al galope, majestuoso e impotente entre los piqueros enemigos. Galarza describía las formaciones, los movimientos, el empleo de las armas y muchas anécdotas en las que él mismo aparecía realizando hazañas.
       Con frecuencia lo veía Doña Magdalena. Le costaba trabajo hallar el modo de hablarle. Le había dicho: «No me llames señora ni Doña Magdalena. Desde ahora soy para ti otra cosa. No soy tu madre pero trataré de serlo. ¿Por qué no me llamas, más bien, tía?». Le costó trabajo atreverse. Se enredaba en las palabras para no tener que llamarla ni señora ni tía. Pero cuando estaba solo empezaba a sentir la nueva ternura de aquella presencia desconcertante.
       Los capellanes estaban con él gran parte del día. Don García de Morales, alto y solemne, con su cuidada sotana y sus ojos de angustia, que debía explicarle la religión y la filosofía. No se limitaba a las largas y tediosas horas de clase, donde quiera que lo topaba reanudaba el monólogo sobre la divinidad, los santos, los misterios y los famosos maestros de Teología que había conocido en Salamanca. Decía Salamanca como Galarza decía Pavía. Le hacía preguntas sobre los puntos de la lección del día, pero las más de las veces se soltaba en una confidencia solitaria, para la que no parecía esperar respuesta. Nunca logró olvidar aquellas extrañas lecciones y aquel tono de voz. No parecía hablar para él sino para alguna otra presencia que el niño no podía advertir. «Mundo, demonio y carne son los enemigos del hombre. Lo vas a oír decir muchas veces, Jeromín, pero yo te digo que el verdadero enemigo del hombre es el demonio, es él quien quiere perdernos. No es fácil verlo, nunca se presenta de modo franco ante nosotros, viene disfrazado y oculto, para engañarnos. Hay que sospechar de él en todo porque en todo puede estar. Nos tienta con las debilidades de la carne, pero sobre todo nos pierde con las temibles tentaciones del pensamiento. Son las peores de todas. Lanzarse a pensar es un inmenso riesgo, una forma sutil del pecado de la soberbia. Llegar a creer que podemos ir más allá de donde llegaron los grandes doctores de la Iglesia, que podemos hallar por nuestra cuenta nuevas y peligrosas verdades, es pretender subir adonde no podemos llegar, dejarse arrastrar por el demonio para ver mentiras como verdades y verdades como mentiras».
       Cuando Jeromín ponía cara de incredulidad, Don García se acicateaba más. «Cada vez que el hombre se pone a pensar por su cuenta el Enemigo llega. De la manera más simple y desprevenida puede perderse el alma, con el más noble propósito de saber y perfección se puede estar inducido por el demonio. Nunca podemos sentirnos seguros y protegidos. Eres todavía muy joven para saberlo, pero no es tarde para decírtelo. Hasta el Emperador ha sufrido mucho en ese combate sin tregua. Cuando tú no habías nacido, aquí mismo en España, en Toledo, en Toro, en Valladolid, aparecieron las sectas del demonio. Parecían gente de bien, santos varones y santas mujeres, y era el diablo el que los guiaba. No creían necesitar la infalible enseñanza de la Iglesia. Se creían puros, perfectos, iluminados por Dios. Estaban sin darse cuenta en las manos del diablo. Llegaron a horribles abominaciones. Rechazaban las enseñanzas de la Iglesia. Pensar en los misterios sin la segura guía de la Santa Madre Iglesia es meterse en un inseguro sendero rodeado de precipicios por todos lados».
       «Alemania es la tierra de las herejías». Decía y se persignaba: «El diablo tiene invadida esa tierra, por eso el Emperador ha tenido tanto que combatir en ella. La temible peste ha llegado a los teólogos. Allí apareció el padre de todas las abominaciones, el demonio mismo, Martín Lutero. De nada le valió ser fraile agustino, ni estar protegido en el convento, ni esforzarse en estudiar la Escrituras Santas y los Doctores. Era el diablo el que lo había escogido y lo llevaba a todas sus monstruosidades. Aquel mal fraile no sólo repudió la autoridad del Papa, los dogmas más santos, sino que elucubró los mayores disparates llevado por la soberbia del pensamiento. Lo más engañoso que hay, Jeromín, es la apariencia». Se le ponía la voz temblorosa al hablar de aquello. «El Emperador lo tuvo en sus manos y, sin embargo, lo dejó ir. Sólo Dios y él saben por qué procedió así».
       No era sólo con soldados que había que combatir. Galarza y Diego Ruiz no hablaban sino de los soldados, pero ahora, gracias a Don García, había sabido que había mucho más, que los soldados no eran sino los instrumentos de los poderes invisibles. Estaban en todas partes, también en España, y podían estar allí mismo, en Villargarcía, ocultamente.
       «Hay quienes le venden su alma por cosas materiales, hay otros que se la entregan, casi sin darse cuenta, arrastrados por el orgullo de saber más». Le hablaba con pasión de los herejes, de los brujos, los nigromantes, y hasta los gitanos.
       «Aquí en España ha habido muchos, desde los tiempos de los godos, en Toledo». Le contaba cuentos de endemoniados y brujas. Le habló de un famoso doctor que hubo en Alemania, el doctor Fausto. Conoció gentes que lo habían conocido. Le vendió su alma al diablo y recibió el pago. Tuvo poder, sabiduría diabólica y el amor de las mujeres. Jeromín se asombraba. A ese precio era posible alcanzar todo. Don García le explicaba el horrible fin de aquel mal hombre. «Cuando se venció el plazo, vino el diablo a llevarse el alma del réprobo. Lo encontraron muerto, con la cara vuelta hacia la espalda».
       Don García llegaba a preferir a los infieles. Por lo menos no engañaban a nadie, iban con el arma en la mano proclamando su falso profeta y se sabía dónde estaban y por dónde venían. Los peores eran los herejes de todas las pintas, judaizantes que fingían ser cristianos, falsos conversos, moriscos que simulaban haber cambiado de fe.
       En la imaginación del niño se mezclaban y confundían las visiones terroríficas del fraile con las enseñanzas abiertas y simples del escudero. Galarza hablaba de compañías, de tercios, de fuego de arcabuces, de bombardas, de formas de ataque y defensa y, a lo largo del castillo, le mostraba las obras de arquitectura militar. Una fortaleza estaba hecha para no poder ser tomada sino por traición.
       Había una geografía de la guerra que era a la vez la geografía de la herejía. Había visto en los mapas los sucesivos frentes de lucha. La religión era como un reino sitiado por enemigos poderosos. Había habido que replegarse en Alemania, en los Países Bajos, en Francia. España era como una plaza sitiada y el Emperador era el castellano. Fuertes líneas de defensa iban sucediéndose como en una suprema concentración de resistencia. Un día era Roma y había que tomarla contra el Papa mismo. El Emperador se había ido replegando a lo más seguro. Se iba a venir a España, y allí, rodeado de fortalezas y monasterios, llegaría finalmente al bastión central, donde estaría con Dios.
       Las lecciones del Padre Guillén Prieto eran distintas. Con su hora aburrida de dictado y escritura, con su cantaleta de declinaciones latinas. Tantas formas distintas de nombrar la rosa o aquel catálogo de las maneras del silogismo. Jeromín se cansaba y se iba por la imaginación a otros sitios. Pero había también la hora de leerle los poetas, los que describían batallas y los que cantaban al amor. Y, sobre todo, había los libros de caballería. Amadís conquistaba reinos y servía a las princesas. Luchaba solo contra gigantes y encantadores. Vencía siempre. Hermoso, valiente, sin tacha. Su espada entraba en las filas enemigas como la guadaña en el trigo.
       Lo mejor del día eran las horas del caballo. Cambiar del paso al galope y a la carrera, cambiar los aires a la voz del maestro, hacer vueltas rápidas y paradas bruscas. Arrancar con la corta lanza en ristre contra el estafermo, tan rápido que el golpe del contrapeso no lo alcanzara.
       Fue aprendiendo a conocer los caballos, sus humores, sus modos, sus pasos, sus avisos, el lenguaje de las orejas y de la cabeza. «Estás más para andar con los caballos que con los libros», le decían los clérigos.
       En poco tiempo se había adueñado del castillo, conocía todos los lugares y todas las gentes. Los mozos de mulas, la gente de cocina, las criadas contadoras de consejas, las horas, los usos, los trucos para no ser visto o no ser llamado, las mañas y los hábitos de todos.
       Pero sobre todo había aquella presencia que se hacia sentir constantemente y a la que nunca había llegado. Doña Magdalena le hablaba de él continuamente. «Cuando lo conozcas te va a gustar mucho». Estaba en sitios lejanos acompañando al Emperador. Galarza le contaba las guerras y las aventuras. Desde las batallas, hasta el crucifijo que iban a quemar los moriscos y que el señor, espada en mano, logró rescatar de las llamas. Aquel mismo crucifijo que ahora estaba en la cabecera de su lecho. O la herida que recibió en el asalto de Túnez junto al Emperador.
       Se había ido habituando a aquella larga enumeración de los reinos del Emperador, tantos y tan distantes, hasta aquellas Indias del Mar Océano.
       Había también los fantasmas de Villagarcía, los que surgían en la sombra del anochecer, los que arrastraban cadenas o lanzaban quejidos. Entrevistas formas de mujeres, de penitentes, de agarrotados. Las criadas les conocían las horas, los nombres y las peculiaridades. Andaban a media noche por los claustros, los caminos de ronda, las sombras de los muros. Cada uno tenía su propia historia. Llegó a aprendérselas más pronto que las de los libros que le enseñaba Don Guillén.
       Hablaba con Doña Magdalena, le costaba trabajo acostumbrarse a decirle «tía». «¿Me voy a quedar aquí para siempre?». Las respuestas no eran tan claras como él hubiera deseado. Faltaba por venir el señor de la casa. Le daba angustia lo que podía ser aquel encuentro. «¿Es mi tío?».

       Entre las grandes presencias invisibles que poblaban Villagarcía, la más constante de todas era la del señor del castillo y esposo de Doña Magdalena, Don Luis Quijada. En el anochecer o en la madrugada llegaban al castillo los correos con noticias que la señora comentaba y que luego recorrían toda la ancha casa hasta las cocinas. «Mi señor Don Luis», decía Galarza con reverencia. «El Mayordomo del Emperador», decía alguno de los clérigos. No faltaba un enano que dijera, para que lo oyera Doña Magdalena: «Bellas damas y buena cerveza hay en Alemania».
       En la sala del estrado, Doña Magdalena se sentaba sobre cojines. Estaba aquel retrato, que Jeromín había mirado muchas veces, en traje de guerra, con ancha banda de seda terciada sobre el hombro, la mano izquierda sobre el pomo de la espada, media armadura, botas de gamuza, y la actitud de serena arrogancia de un hombre de mando. Miraba al sesgo, con ojos grandes y un poco melancólicos, frente calva, cerrada barba negra y bigotes.
       Su muda presencia continua iba siempre acompañada con otra mucho mayor y más imponente que no aparecía en ningún cuadro de la casa. Su Sacra y Real Majestad, el Emperador, el César, el rey más poderoso del orbe.
       No pasaba hora sin que alguien lo invocara ante el niño. En los combates, en las grandes ceremonias palaciegas, en trato y disputa con los reyes de Francia y de Inglaterra, con los príncipes alemanes, con el Papa. «Dos veces desafió al rey de Francia a combate singular». Era Galarza quien le describía cómo iba a ser aquel duelo insólito. Francisco I y Don Carlos, frente a frente espada en mano. Galarza describía cómo hubiera sido el ceremonioso duelo. Los reyes de armas, los testigos, los padrinos, los tiempos marcados de los asaltos. «Nuestro Señor hubiera vencido a aquel fanfarrón».
       Las noticias que llegaban al castillo eran escasas pero muy comentadas. Las daba la señora, las repetían las dueñas, los capellanes, los escuderos y por último se disolvían y cambiaban de boca en boca de la gente de patio y cocina.
       Un día anunciaron que había muerto la reina Doña Juana. Se asustó Jeromín. Doña Juana, la madre del Emperador. Debía tener tantos años como olvidos encima. Vivía recluida en el castillo de Tordesillas, con servidumbre, guardias y ceremonias tristes de reina loca. «Era ella la reina en propiedad y no Don Carlos». Era la imagen del capellán, pero otra distinta surgía de los comentarios de dueñas y mujeres de servicio. Estaba loca desde siempre, encerrada en una estancia oscura, tirada en un rincón. No hablaba, o decía cosas que nadie entendía. Y sin embargo era la reina. Era así de misteriosa la Gracia de Dios.
       Un día llegó la más increíble noticia. El Emperador había abdicado en Bruselas. Don Luis le había escrito a su tía. Doña Magdalena se encerró con sus damas a rezar con desesperación. Nunca se había oído nada semejante, nunca había ocurrido un cataclismo de esa magnitud. El Emperador por su propia voluntad se despojaba de su poder, dejaba las coronas de España, designaba los herederos y se despojaba de todo. En Bruselas, rodeado de magnates, de obispos, de príncipes, de gente asombrada, llorosa o llena de miedo ante lo nunca visto. Como si se hubieran derrumbado de golpe todas las torres y los muros de las fortalezas. Una peste sin nombre que mataba por dentro y cambiaba las vidas y las expresiones. Cosa grande, cosa increíble, cosa de fin de mundo. Se hacía la cuenta de su edad, de sus achaques, de los desengaños que lo atormentaban. Los luteranos malditos, los franceses falaces, el turco cruel que llenaba de velas el Mediterráneo, los pleitos de Italia. ¿Qué iba a quedar? Don Felipe el hijo, Don Carlos el nieto, el hermano Don Fernando.
       El clérigo Guillén trató de explicarle aquel suceso nunca visto. «Los reyes están puestos por Dios y es Dios quien los puede quitar». ¿Qué le habría dicho Dios al Emperador?
       También regresaba Don Luis. Años tenía sin venir a sus tierras y sin ver a su mujer. Todo entró en desatado movimiento. Limpiezas, arreglos, preparativos de toda clase. ¿Qué iba a hacer él? ¿Qué cara iba a poner el temido señor cuando lo viera por primera vez? «Él te conoce, te quiere y se preocupa mucho por ti, Jeromín».
       La ceremonia del recibimiento fue preparada y ensayada. Cuando el vigía anunció que se acercaba la comitiva del señor, todos se dirigieron a sus sitios señalados, sonó la campana de la iglesia y retumbó la primera salva del cañón.
       Salieron los que iban a recibirlo a la puerta. Los que le ayudarían a desmontar en el primer patio, los que le escoltarían hasta la gran escalera. Toda la escalinata se cubrió de ordenadas figuras de servidores. Al pie Doña Magdalena, cubierta de encajes y brocados. El señor entró escoltado por los escuderos. Jeromín tenía en las manos el cojín de terciopelo rojo con las pesadas llaves simbólicas del castillo, para arrodillarse y ofrecérselas.
       Don Luis las tomó en sus manos y se quedó mirándolo con mucha intensidad. Lo hizo alzar tendiéndole una mano y luego abrazó estrechamente a su mujer. «No llores que aquí estoy al fin».
       De inmediato comenzó aquella cercanía imponente y protectora. No le fue difícil hallar el tono y la manera. Le venían espontáneamente ante aquel hombre que trasmitía seguridad y confianza.
       El señor preguntaba y quería saberlo todo. Los estudios, los ejercicios ecuestres, la conducta, la impresión de los maestros.
       «No muy atento a las lecciones», le dijeron los clérigos. «Un alma tierna y maravillosa», le dijo Doña Magdalena. «Bueno con el caballo y las armas», afirmó con orgullo Galarza. «Más para soldado que para hombre de iglesia», sentenció Don Luis.
       En algún momento de aquella primera noche del reencuentro debió surgir la pregunta: «¿Quién es este niño?». Era mucho atreverse ante aquel hombre severo al que veía como padre y como esposo. Podía ser hijo de Don Luis. En otras casas nobles recibían y educaban a los bastardos del señor. No habían tenido hijos y ella lo hubiera recibido con gusto. «No puedo decir a nadie quién es su padre, porque he jurado guardar el secreto. No insistas y no te pongas a hacer cavilaciones».

       La manera como Quijada se interesaba por el muchacho y lo trataba traslucía una consideración excesiva y hasta una reverencia que no hubiera tenido por el hijo de un amigo más o menos elevado.
       Poco a poco se unieron. Le hablaban y lo trataban como si hubiera estado con ellos toda la vida. Con un tono tan cariñoso como el del violero o el de Ana Medina, pero menos áspero, menos autoritario, como si hubiera que guardarle miramientos que nunca había conocido. No era el maestro Francisco su padre, eso era evidente, pero tampoco lo era aquel señor que lo trataba con demasiada distancia.
       «¿Qué va a hacer Su Majestad ahora?». «Lo deja todo y se viene a España. Pronto llega». Con Quijada pudo saber algo pero más sació su curiosidad con los clérigos y los escuderos. Don Luis hablaba de la ceremonia de Bruselas, había sido casi un funeral.
       Una y otra vez volvía sobre el tema de la gran figura lejana y tan presente. ¿Cómo era? ¿En qué lengua hablaba? ¿Qué le gustaba comer? ¿Cómo se vestía?
       El Emperador estaba al llegar. Se iría a un monasterio apartado que pocos conocían. «Quiere estar solo y en paz». Don Luis había venido a adelantar algunos preparativos para ir luego a recibirlo en Laredo, donde llegaría su barco de Flandes.
       De todas las cosas que le había oído a Galarza sobre las hazañas del Emperador la que más le llamaba la atención era la del desafío al rey de Francia. Era como en la historia de Amadís de Gaula. Iban a encontrarse en un combate singular para decidir, por el Juicio de Dios, cuál era el mejor y cuál tenía razón en su disputa. Galarza repetía: «Llamó al rey de Francia cobarde, vil y traidor». «¿Y qué respondió el rey de Francia?». Cuando Galarza terminaba, Jeromín pensaba que había sido una gran lástima que no se hubiera celebrado el duelo para que el Emperador hubiera vencido al francés.
       Un día se atrevió a preguntarle a Don Luis sobre el lejano suceso. «Galarza me lo ha contado, ¿fue verdad, señor?». Era verdad. Comenzó a pedir detalles para saciar su curiosidad inagotable. Don Luis le contó más de una vez aquel desafío tan apasionante como los de Amadís.
       El Emperador le dirigió una carta al Embajador del rey francés. «El rey vuestro amo ha hecho vilmente y ruinmente en no guardarme la fe que me dio por la capitulación de Madrid y que si él esto quisiera contradecir yo se lo mantendría de mi persona a la suya». Había que escoger el sitio y las armas. Era privilegio del agraviado. El rey Francisco se decía el agraviado por los términos de la carta, pero el agraviado, afirmaba Don Luis, «era mi amo y señor, el Emperador». En su carta decía el rey de Francia: «Os decimos que habéis mentido por la gorja y que tantas cuantas veces lo dijereis mentiréis».
       «¿Qué contestó el Emperador?». Don Luis se lo sabía de memoria: «Pues tan poca estima hacéis de vuestra honra no me maravilla que neguéis ser obligado a cumplir vuestra promesa y vuestras palabras… yo he dicho y diré sin mentir que vos habéis hecho ruinmente y vilmente en no guardarme la fe que me disteis conforme a la capitulación de Madrid». «No hubo duelo, el rey Francisco se valió de argucias para evadir el compromiso».
       Llegó pronto el aviso de que el Emperador llegaba y hubo de salir Don Luis a recibirlo.
       Cuando llegó al puerto ya estaba la nave donde venía el Emperador. El primer día habían bajado a tierra las dos reinas, hermanas del Emperador. Doña Leonor, envejecida y frágil, que había sido reina de Portugal y de Francia, y la altiva y hombruna Doña María, que fue reina de Hungría y Gobernadora de los Países Bajos.
       Allí empezó aquella lenta procesión al través de media España. Una caravana de hombres a caballo, mulas de carga, alabarderos, guardias montados, labradores con picos que abrían paso en los sitios más difíciles y aquellas tres literas como tres escarabajos en una fila de hormigas, la del Emperador, con Don Luis a caballo al lado, y las de las dos reinas.
       Pasaron pueblos, campos, montes. Llegaron a Burgos, a Valladolid. Las ciudades salían a recibir la caravana. Campanas a vuelo, cabalgata de señores, pendones, discursos, largas liturgias a las puertas de los templos y las residencias.
       Cuando entraron en tierras de Extremadura se hizo más patética la soledad y la desesperada caminata del cortejo. Días en castillos. Hasta que empezaron las estribaciones de la sierra. Casi tenían que hacer el camino por donde avanzaban. Se hacía alto para esperar que los labriegos aplanaran la torcida ruta de cabras o buscaran el paso más llano por los torrentes.
       Los labriegos se acercaban al cortejo con la gorra en la mano y el azadón al lado. Se arrodillaban para ver pasar lentamente la negra caja cubierta de cortinas donde iba él. De los pueblos salían los curas con sus acólitos, la cruz alta, la capa pluvial, el incienso y la salmodia de latines.
       Cuando al fin llegaron a Jarandilla, al castillo del conde de Oropesa, tuvieron que quedarse por meses porque la casa nueva no estaba terminada. Allí fueron las despedidas de alabarderos, guardias montadas, servidores. Lo que lo siguió el día de llegar a Yuste fue un flaco montón de gente con aspecto de penitentes. A la puerta del monasterio estaba el Prior con su cruz alta y su séquito para saludarlo y precederlo al interior de la iglesia con su larga bóveda lisa. Habían llegado.
       Quijada les describía el reducido tren de la nueva residencia. No más de unos cuarenta servidores, casi tantos como los monjes del claustro. Secretarios, maestresalas, barberos, cocineros, el gordo cervecero holandés con sus pailas de cobre, los médicos y Juanelo el florentino, que fabricaba y cuidaba los relojes. Quedó muy poca guardia. Los primeros días fue difícil acostumbrarse a las muchas fallas y a las nuevas condiciones reducidas. Habían llegado al recinto final.


II

      Cuando Don Luis logró regresar por un tiempo de Yuste vino con él la figura del Emperador en el retiro. Había querido despojarse de todo el poder pero no lo lograba. El poder estaba en su persona. Pretendía quedarse en soledad y oración pero a toda hora llegaban hasta el remoto monasterio los correos, las misivas, los grandes señores, sus hermanas las reinas y los mensajes constantes de sus hijos, la princesa Gobernadora, Doña Juana, y el nuevo rey Felipe, que no había regresado todavía de Flandes. El mundo lo cercaba y lo acosaba. «Que hablen con Doña Juana, que hablen con el rey, mi hijo».
       Don Luis describía con detalles la vida monótona del refugiado.
       Las devociones y sacramentos, los Oficios de todas las horas, las lecturas piadosas, el conversar con Luis Quijada o con algún viejo amigo recibido excepcionalmente. Se iba a mirar el parque y el estanque de las truchas, y observaba embelesado a Juanelo mostrarle sus más nuevos e ingeniosos relojes.
       El Emperador quería que Don Luis se quedara a acompañarlo. «He tratado de excusarme pero tendré que hacerlo. Mi señor me necesita, y yo debo estar junto a él…». Se comenzaron los preparativos para el traslado. En Cuacos, la aldea junto al monasterio, había dispuesto arreglar una casa. «No va a haber mucha comodidad, Magdalena». «¿También iré yo?». «Tú y el niño antes que nadie», le había dicho.
       Alguna vez se había atrevido a preguntarle: «Tía, ¿quiénes son mis padres?». Se daba cuenta de que buscaba evadir la respuesta. «Tu padre es un gran señor, un muy gran señor. Yo misma no sé quién es, pero algún día lo sabremos todos». Lejos debía estar la ocasión, entre los largos y lentos días del castillo. Preguntaba a Galarza y a los clérigos por los grandes señores de la corte del Emperador, le nombraban arzobispos, duques, condes y secretarios poderosos. Volvía y volvía a mirarse la cara en los espejos. Buscaba las facciones de aquel desconocido padre. Si existía, por qué no lo llamaba y se daba a conocer. Don Luis debía saberlo. ¿«Quién es, señor»? «No puedo decirte nada ahora, Jeromín, pero lo vas a saber y te contentarás mucho».
       Las gentes del castillo hablaban de sus padres y sus pueblos. «Por el alma de mi padre», «decía mi padre, que esté en la Gloria». Sólo él no podía hablar así. No podía ir más allá de decir, con mucha incomodidad, «mi tía», o a lo sumo «mis tíos».
       Una noche, en vísperas del viaje, se despertó en un alboroto de muchas voces. Un gran resplandor penetraba en su cuarto. Se oía un crepitar de fuego y penetraba un humo acre. Don Luis entró, a medio vestir, para tomarlo en brazos y sacarlo hacia el corredor. Los criados subían con cubos de agua para arrojarla al incendio. Ardían muebles y tapices. Cuando se apagó el fuego, cada quien tenía una versión de lo que había pasado pero todos lo miraban a él como si acabaran de encontrarlo por primera vez.

       De Villagarcía salió la pequeña tropa. Montados iban Don Luis, los escuderos y Jeromín. En el medio iba la litera de Doña Magdalena llevada por dos machos pacientes. A pie venían criados y soldados. Se avanzaba con lentitud. Mucho tardó el castillo en desaparecer de la vista, más tardaban en acercarse desde la lejanía las casas y las aldeas del camino. Podía acercarse a la litera para hablar con su tía. A ratos encontraban otros viajeros, se detenían, se saludaban, preguntaban por los mutuos amigos y parientes, se cambiaban noticias. O topaban un sacerdote con sus acólitos. Era entonces la ocasión de bendiciones, encomiendas de misas y alguna Salve rezada en común.
       Cuando ya entraron a Extremadura, Don Luis recordaba el viaje que había hecho con el Emperador. Era como si constantemente cambiaran de compañía y de tiempo. Lo que dijo el Emperador al ver cada uno de aquellos lugares. Lo que preguntaba y recordaba. «Estas ya son las tierras de…». Nombraba a uno de los poderosos señores dueños de aquellos inmensos dominios. Se cansaba de la litera y bajaba para estirar las piernas y marchar un poco. Como ahora lo hacia Doña Magdalena. Ponían la litera en tierra y aparecía sonriente la señora. Se caminaba un trecho a pie y se hablaba del tiempo.
       «¿Cuándo llegaremos a Yuste?», preguntaba Jeromín. Veía hacia lo más lejano como si esperara divisar el monasterio. «¿Falta mucho?». Era de días la cuenta, pero le parecía que andaban más lentamente a medida que avanzaban. Como si el aire se hiciera más duro de hender y la tierra más larga de caminar. Todo se iba poniendo más lento con aquella proximidad oculta.
       Ante el Emperador, ¿cómo iba a ponerse?, ¿qué le iba a decir? El camino daba vueltas y se desviaba como si no quisiera llegar. Cuando empezó el ascenso de los montes la marcha se hizo más fatigosa. Se iba el día en un corto trayecto. Ya andaban por las tierras del conde de Oropesa. Cruzaban torrentes, trepaban cuestas. Dos peones fornidos tomaban la litera para pasarla sobre las piedras y los remolinos de agua. Al fin llegaron a Jarandilla. Al día siguiente entraron en Cuacos y vieron entre la arboleda el monasterio y el palacio.
       Habían llegado. Era allí, enfrente. La cuesta, la arboleda junto a la iglesia que se metía hacia adentro en un apretujamiento de troncos, ramas y hojas. Detrás estaba el palacio. Y dentro…
       Don Luis se fue desde la primera mañana. Lo llevó con él. Lo vio saludar personajes que iban siendo más numerosos a medida que se acercaban. «Puedes ver el huerto, pero no vayas a entrar en la casa». Habló a unos guardias para que lo dejaran penetrar y él se dirigió hacia la iglesia. Por allí se entraba más directamente a las habitaciones reales.
       Podía cerrar los ojos y ver de nuevo todo aquello en la más inmediata presencia y en los cambios de luz de sus horas. Lo vio tan intensamente. A poco de entrar en el huerto surgía la rampa de piedra que subía a la terraza. La terraza se abría por dos lados, con su baranda. Pudo contar las columnas en dos filas, las puertas y ventanas. Al través de la reja se divisaba contra el muro el respaldo de un sillón. Estaba vacío. No se oía sino el viento entre las hojas. La gente que divisaba parecía hablar en voz baja. Como se habla en la iglesia o cerca de los moribundos. En el huerto topó con los sirvientes y los jardineros, y el hombre que limpiaba el estanque. Fue la primera vez en que oyó aquel grito desgarrado que lo llenó de susto. Era el graznido de aquel gran pájaro de todos los colores metido en su jaula de hierro. Lo llamaban guacamaya.
       Se fue acercando con temor. Era roja, azul y verde, más grande que un halcón, pero con aquel pico ganchudo y las dos manchas blancas donde estaban los ojos tan redondos y fijos. «Es un pajarraco de las Indias». Había oído hablar de las Indias en Villagarcía. Más allá del Mar Océano. Las islas, los indios. Don Luis los había visto en Castilla donde a veces los traían como curiosidad. Medio desnudos con la cara pintada. Aquello era más grande que todos los reinos de España.
       Todos los días hallaba manera con Don Luis y sin él de llegarse desde Cuacos hasta el jardín de palacio. Hizo amistad con jardineros y guardias. Había pajes de su edad que lo fueron aceptando con desconfianza. Todos tenían algún nombre resonante. «Soy hijo del marqués, del conde, del Sumiller de Corps, el sobrino del obispo». «¿Y tú?». Jeromín a secas.
       No había mujeres en aquel palacio. Lo comentó con su tía en Cuacos. No se veían sino frailes, la silueta de algún alabardero y los oscuros jubones y capas de los personajes que a veces asomaban por la terraza.
       También había entrado en la iglesia. Era más pequeña que la que vio en Valladolid. Un medio cañón de bóveda desnuda con el altar en alto. A la derecha estaba aquella puerta baja y estrecha que daba a la alcoba del Emperador. Siempre había algún Oficio.

       «Mañana iremos a saludar al Emperador», le había dicho Don Luis. Durmió mal y vio aclarar el día con angustia. Sobre una silla Doña Magdalena había puesto las ropas que debía llevar. Pasó la mañana en preparativos y consejos de su tía. Irían hasta la iglesia y Don Luis les esperaría a la entrada para llevarlos a la presencia de Su Majestad. «La presencia de Su Majestad», esas palabras se iban a repetir continuamente en su mente.
       Le dijeron lo que tenía que hacer. Hacer la reverencia, arrodillarse, entregar el obsequio, callar, responder lo justo. En su sillón estaría el Emperador.
       Salieron de Cuacos, Yuste parecía más lejos en lo alto de la cuesta.
       Allí terminaba el largo viaje. Desde Villagarcía, desde más atrás, desde Leganés, desde antes de Leganés, de lo que no tenía memoria. Día tras día, paso tras paso, para llegar finalmente allí, para entrar en la cámara misma donde estaba la Majestad Sacra, Real y Cesárea.
       No debía parecerse a nadie. Todo lo tenía, todo lo podía, era hacia él que se dirigían todas las peticiones y los miedos. Debía resplandecer y brillar como una lámpara. De la cabeza le brotarían las Potestades como de la frente del Crucificado. ¿Con qué voz hablaría? «Tengo miedo, tía».
       Hubiera querido que el trayecto durara más. Marchaban en silencio. Doña Magdalena llevaba el azafate con el regalo en la litera. Un par de guantes de fina cabritilla adobados con perfume. Avanzaba sobre la sombra de la muía. Los cascos sonaban tenuemente sobre la tierra seca. Se puso a contar los pasos. Varias veces se acomodó la gorra y se ajustó el jubón. En la portada de la iglesia había movimiento de gentes. Reverencias, saludos, muchos finos caballos tenidos de la brida por palafreneros.
       Cada paso lo acercaba al final. Repetía todo lo que le habían dicho que tenía que hacer. Ya iba a verlo, a verlo tan cerca como a Don Luis, a oírlo, a retener en su memoria cada gesto, cada detalle del traje o de la palabra.
       De la puerta de la iglesia se destacó Don Luis. Ayudó a la señora a salir de la litera, le dio el brazo y con Jeromín al otro lado penetraron en el templo. Había poca gente. Caballeros y frailes se acercaron a saludar a la señora. Se avanzaba paso a paso. Estaban ya al pie de las gradas. Sobre el altar una gran cruz de plata y en la pared del fondo un cuadro en el que el Emperador y la Emperatriz miraban hacia el cielo donde estaban las Divinas Personas. Los tres se persignaron ante el Sagrario, torcieron a la derecha a la pequeña puerta de vidrios que sostenía entreabierta un ayuda de cámara. Eran cuatro cortos escalones y se entraba en una habitación en penumbra. Se distinguía con dificultad. Las paredes estaban cubiertas de cortinas negras, una cama junto al muro del fondo. Una mesa, algunas personas y aquel sillón donde se fue aclarando una borrosa figura. Levantó la cabeza para saludar a la señora y tenderle la mano. Doña Magdalena se inclinó y la besó. «Me permites, Luis, que le bese la mano a tu esposa».
       Le había oído la voz, se la había oído pero sin poder saber lo que decía. Se concentraba en abarcar aquella figura hundida entre mantas y cojines. Desde las piernas cubiertas por una manta, vio las manos que acariciaban un pequeño gato y arriba aquella cabeza inclinada sobre el pecho, la gorra oscura y la barba gris sobre el largo mentón.
       Ordenó poner una silla para la señora y luego mandó abrir las cortinas. Fue una nueva presencia. Ahora lo veía a él que avanzaba con el azafate del regalo hasta arrodillarse. Sin decir palabra tendió el obsequio. Lo tomó un criado. Algo dijo a la señora. La mano temblorosa tendida estaba ante su cara. Posó los labios y la sintió fría. Ahora le había puesto la mano sobre la cabeza. Sin peso. Sintió que le hablaba. Por entre el labio caído una voz acuosa decía algo. Le hablaba a él y él no lograba entender.

       La alcoba y las figuras, las voces y los gestos empezaron a cambiar continuamente. Desde que volvió a la casa de Cuacos con Doña Magdalena no hizo otra cosa que preguntar y callar en un estupor sin fondo. El día se hizo corto, la noche lenta y sobresaltada. «¿Qué fue lo que dijo, tía?». Se lo repetía y sentía que faltaba algo o mucho. «¿Estuve bien?». Había estado muy bien, le aseguraba. Lo que él dijo, o iba a decir, o hubiera querido ahora haber dicho, se confundía en su mente. Hablaba a solas y a veces era él mismo quien hablaba, y otras era el Emperador. Era más difícil saber lo que había dicho, lo que hubiera dicho ante aquellas cuestiones que habían estado en su cabeza desde las conversaciones con Galarza y con los clérigos en Villagarcía. Qué lástima que no hubiera habido el duelo con el rey de Francia. Le hubiera gustado preguntarle, o le preguntó, o le preguntaba ahora, para poder satisfacer al preceptor, por qué no quemó al hereje Lutero. O pedirle que lo dejara junto a él para siempre.
       Le pululaban las preguntas y los temas fallidos de la conversación que pudo ser. En el sueño había momentos en que estaba solo con él. Lo veía lozano y entero como en los retratos que había entrevisto en alguna pared de Yuste. Con Luis Quijada lograba pocas respuestas. Más le enseñaba Galarza. Quería volver a la alcoba y volvía todo el tiempo en un sueño despierto que lo mantenía como ausente. Lo que vio desde afuera, lo que oyó decir en aquellos meses de quieta ansiedad, lo que los criados y servidores dijeron delante de él, lo que le repitieron, lo que recordó y adivinó en todos los días de su vida, se fue mezclando en las horas y los años hasta formar una eternidad sin principio ni fin. Fue reconociendo los grandes señores que entraban y salían con su cortejo. El Prior y los frailes, los duques y los condes, los embajadores, el doctor Mathesio con sus pociones, los maestresalas, los trinchadores, los camareros, los cocineros, y hasta los mozos de mulas. Los más eran criados flamencos y hablaban entre ellos en su ininteligible lengua. Supo que con el Emperador hablaban en francés. «Sire», le decían. Charles Prevost que lo saludó con cariño. Los ayudas de cámara iban y venían del cuarto de los arcones con las ropas, los vasos, los jarros y los platos de plata relumbrante.
       Cornelio Buje se ocupaba de la cava. Olía a moho en la cavernosa estancia en la que guardaba barricas y botellas. Echaba vino en una copa, lo miraba contra la luz, luego hacía una gárgara con él y lo escupía. Aquel flamenco narizón, rojo y maldiciente que era el maestro cervecero, entre sus calderos de cobre moviendo la cebada fermentada. Adrián Guardel, el maestro de cocina, que hacía girar los corderos en el asador y sacaba de los barriles los puñados de ostras.
       Fue conociendo cada estancia, cada pared, con sus colgaduras y sus cuadros, cada mesa cubierta de cajas de plata con reliquias y de dorados relojes que sonaban sus campanillas. El gran sillón de brazos y piernas movibles, para que el Emperador no hiciera esfuerzo en cambiar de posición. La silla de manos para sus salidas. Conocía los cuadros, uno por uno. Las grandes figuras azulosas, entre follajes y lejanías verdes de los tapices, en los que aparecía el Emperador dirigiendo el asalto de Túnez. Fue allí donde oyó por primera vez aquellos nombres que nunca más iba a olvidar. Solimán, el sultán de Constantinopla, el pirata Barbarroja, Andrea Doria, la Serenísima República de Venecia, y las galeras con los remos alzados como brazos de furia.
       Desde el huerto algunas veces logró atisbar al Emperador sentado en la terraza, lo ocultaban siluetas de frailes y caballeros. Divisaba a su «tío».
       Martillos dorados golpeaban las pequeñas campanas que Juanelo ajustaba sin tregua. Cada cuarto de hora uno o más relojes soltaban su repique cantarino. Nunca se había percatado tanto de la presencia del tiempo. Fluía y goteaba en cada uno de aquellos campanilleos difusos. No había manera de olvidar el tiempo en aquella casa. A lo largo de los años, todas las veces que pensó en Yuste, y fueron muchas, lo primero que le venía era el martilleo de las horas.
       Pretervan Oberistraten estaba siempre en la farmacia entre frascos, almireces y morteros. Levantaba a contra luz un aflautado vaso y contaba las gotas que dejaba caer de un pequeño frasco. Eran las pociones y los menjunjes que el doctor Mathesio ordenaba.
       El aroma de pan tierno rodeaba a Preterva Uvocis y Andrea Platineques que sacaban con palas de madera las hogazas del horno. Más apetitosas todavía eran las salsas de Nicolás de Merne, que había servido en la Corte de Francia. Miraba hacer pasteles al maestro Cornelio Gutimaun.
       Fracein Ningali rodeado de frutas parecía salir de un tapiz de verdura.
       En las horas de la mañana se acercaba a los hortelanos y jardineros. Aporcando surcos, sembrando matas, hablando poco. Oía el alboroto del gallinero al fondo, era que Hans Fait había entrado a atrapar dos gallinas.
       El que más le gustaba a Jeromín era Juan Ballestero, el cazador de Su Majestad. A veces lo pudo acompañar a cortas distancias a verlo cazar perdices o liebres. Ponía trampas y ligas para coger pájaros y en el tiempo en que los patos pasaban en bandadas hacia el Sur se iba hacia los lagunazos y las arboledas a ocultarse.
       A los grandes señores que divisaba de lejos se los fueron señalando. El conde de Oropesa, que venía de su vecino castillo. Aquel hombre imponente, barbudo, de cara acaballada, que era el mismo que había visto de lejos en el jardín del convento de Valladolid, el duque de Alba. Prelados pomposos y alguna vez aquel fraile pobre que todos miraban con respeto, Fray Francisco de Borja, el duque de Gandía, el antiguo virrey de Cataluña, que ahora estaba en aquella nueva orden de los jesuitas. Gente lejana, inaccesible, de la que fue sabiendo más cosas en las conversaciones de Doña Magdalena.
       De los cuadros que vio en Yuste dos se le quedaron para siempre. La Emperatriz Isabel, en su bordado traje, con randas de gruesas perlas, y la perfecta forma del rostro, la fina nariz, la menuda boca, los ojos oscuros de un agua profunda. Oía hablar a Don Luis y a los frailes de la Emperatriz, de su belleza, de su gracia, de su irreprochable dignidad. Los nostalgiosos recuerdos de la princesa portuguesa, del millón de ducados de su dote, del gran séquito con que llegó a Granada y de las fiestas en la Alhambra.
       Había también aquel jinete de guerra, en el instante del galope, que era el Emperador lanzado contra las fuerzas de los luteranos en Mulhberg. Lo veía de abajo arriba como si galopara contra las nubes. Surge de un bosque y no se ve el enemigo. El caballo negro lleva pompón rojo y caparazón de seda que le llega hasta las ancas, las patas delanteras se alzan. Del casco de hierro, con su plumaje rojo, asoma un perfil de halcón, la barba gris y los ojos tranquilos. Sobre la banda que le cruza el pecho cuelga doblado el carnero del Toisón. Con la mano derecha lleva la larga pica. Estaba solo, sin seguidores ni enemigos a la vista, en el puro acto del ataque. Alargadas nubes de tormenta atraviesan el cielo.
       En la iglesia siempre había Oficios, una de las cuatro misas de la mañana, las otras de réquiem por la reina Juana, por la Emperatriz y por el propio Emperador. Prefería el jardín. Estaba entre árboles, jardineros y algún paje de su edad. Llegaba hasta la caballeriza. Cuatro acémilas de carga. Una mula mohína parda, un machito pardo y el único caballo, un cuartago de poca alzada. Sobre soportes reposaban las monturas y las albardas.
       Ciertos días los hortelanos y jardineros se enderezaban, gorra en mano, para mirar hacia la terraza. No era fácil distinguir al Emperador, sumido en su sillón, rodeado de caballeros y frailes.
       Alguien se acercaba al cuadrante solar, puesto en la esquina del corredor por Juanelo, y anunciaba la hora.
       Empezó a darse cuenta de que algunos de aquellos señores que se asomaban al barandal lo buscaban con la vista y hasta lo señalaban con la mano. Sentía la curiosidad con que lo observaban. Alguno de los que lo encontraban dijo: «Este es el muchacho, el que trajo Luis Quijada».
       Más que lo que veía era lo que no conocía e imaginaba. Había cierto desdén en el trato de aquellos otros pajes que eran hijos de grandes señores. Él no tenía nombre que dar. «Vine con mi tío, Don Luis Quijada, el Mayordomo de Su Majestad». Había aquellas maneras de mirarlo y señalarlo como si algo extraño hubiera en él. «Todos quieren saber quién soy y yo mismo no lo sé, tía». Las explicaciones de Doña Magdalena servían para confundirlo más. Algo sabían de él que él no sabía. Debieron ocurrir cosas importantes que sólo mucho más tarde supo o se figuró.

       Los días de Yuste se iban iguales. Ya se le hacía ordinario ver pasar grandes señores y dignatarios que venían a ver al Emperador. Muchas veces después volvió en la memoria a aquel solo día del que no recordaba nada preciso y que debía ser el más importante de su vida. Fue el 30 de agosto, hacia el final de la mañana. Debía andar por el huerto entre los criados y los pájaros, o jugando con algún otro paje, o atisbando sin resultado hacia la terraza en la espera siempre posible de divisar la silueta del Emperador. Era el pleno bochorno del verano que dormía las hojas y mojaba de sudor los cuerpos.
       Fue en aquella precisa hora, que él no presenció y de la que sólo tuvo noticia más tarde, que se decidió su vida. Tres semanas antes de morir el Emperador. Lo que supo después fue muy escueto. Tan sólo había quedado aquel pliego de escribano que algún día llegó a ver con tanta emoción.
       Cuando Luis Quijada se lo llegó a decir ya estaban lejos los tiempos de Yuste. Antes ni él ni nadie le había hecho referencia a aquel suceso central de su propia vida. Al final de la mañana, cuando él posiblemente trataba de hacer hablar la guacamaya en su jaula, el Emperador había llamado a su cámara al Escribano Real y a Don Luis Quijada. Muy lentamente dictó y repitió aquellas palabras que el hombre de pluma fue poniendo con seguros rasgos en la hoja de vitela. Don Luis le había dicho que no lo sintió vacilar en ninguna palabra. «Digo y declaro que, por cuanto estando yo en Alemania, después que enviudé, hube un hijo natural de una mujer soltera, el cual se llamaba Jerónimo…». Después entró a disponer: «Es mi voluntad y mando que se le den de renta, por vía ordinaria en cada año, de veinte a treinta mil ducados del reino de Nápoles, señalándole lugares y vasallos con la dicha renta. Y en cualquier estado que tomare el dicho Jerónimo, encargo al dicho príncipe mi hijo y al dicho mi nieto y a cualquiera mi heredero…, que lo honre y mande honrar y que le tenga el respeto que conviene y que haga guardar, cumplir y ejecutar lo que en esta cédula es contenido». «Charles», firmó con su mano temblorosa.
       No salió de allí, no lo supo más nadie. Si lo hubieran sabido, si se hubiera anunciado con la solemnidad que se merecía hubiera sido un gran acontecimiento de la Corte y él hubiera estado en medio recibiendo el homenaje.
       Todo había cambiado para él en aquella hora y no había podido darse cuenta. Era una de las grandes perplejidades en las que después caería sin hallar salida. Tal vez ni siquiera había preguntado qué fecha era en aquel lento día de agobiante calor.

       Un gran silencio de asombro y miedo se extendió por el palacio, el monasterio y el huerto. Gentes cabizbajas se desplazaban sin ruido. Médicos y frailes hacían guardia a las puertas del aposento donde el Emperador iba entrando en la muerte. Se cruzaban criados con pomos de ungüentos, frascos de remedios, sanguijuelas en tazas, botijas de agua caliente, y apenas se oía el murmullo sibilante de los que salían hacia los que permanecían afuera. «Está muy mal». «Le van a dar la Extremaunción». «Ya no conoce». «No pudo tragar la hostia». Empezaron a rezarle las plegarias de los agonizantes.
       Luis Quijada había permanecido todos esos días en la vigilia de la alcoba. Jeromín había estado la mayor parte del tiempo en la terraza y alguna habitación adyacente a la alcoba. «Hay que tener valor porque él lo tuvo siempre». Alguien repetía sordamente: «Nadie sabe todo lo que se está acabando aquí».
       La primera vez que Jeromín llegó hasta la antecámara donde sólo estaban grandes señores, médicos y frailes, temió que alguien lo hiciera salir. No fue así. No parecían extrañar su presencia. La más larga y temerosa de las tardes, Luis Quijada salió de la alcoba con un cirio encendido, se lo puso en la mano y regresó con él a la oscura habitación para entrever, tras las cortinas de la cama, la borrosa forma de la cabeza del Emperador, el cabello gris revuelto, los ojos cerrados, la barba más blanca. En las manos un crucifijo. Un fraile recitaba las oraciones de la muerte. El sonsonete de los rezos pasaba de boca en boca.
       Se hizo un terrible silencio. Luis Quijada se adelantó y le cerró los ojos. Todos fueron saliendo lentamente.
       En la cámara mortuoria cuatro sombras oscuras se movían. El viejo marqués de Miravel se daba con los puños en la cabeza y bramaba como un animal herido: «Dios mío, Dios mío. ¿Qué ha pasado?». El Secretario, Martín Guaztelú, sollozaba y daba con la cabeza contra los tapices de la pared, y Luis Quijada arrancaba a tirones la tela de su jubón. Jeromín rompió a llorar.
       Desde esa hora fue testigo de la conmoción que se produjo en Yuste. Vio mucho y oyó mucho. Empezaron a llegar visitantes. La iglesia quedó cubierta de colgaduras negras. Trajeron la gran caja de cedro para colocar el cuerpo. Le pusieron un hábito de religioso, las manos cruzadas sobre el pecho con el crucifijo entre ellas. Los maestros de ceremonia borgoñones convenían con el Prior lo que había de hacerse.
       «Ahora está ante Dios», le dijo Doña Magdalena. Era lo mismo que los predicadores estaban diciendo en las interminables misas de réquiem. La Majestad terrena comparecía ante la Majestad Divina. El predicador describía la pompa del Cielo. Los círculos de Arcángeles, de Ángeles y Serafines, los de los Santos y los beatos, el infinito espacio resplandeciente de luz sin sombra. Se le comparaba con San Jorge, porque había combatido el dragón luterano, a San Cristóbal, el gigante del río, porque llevó la fe de Cristo de una orilla a la otra del piélago, a David, fundador de reino, y también a los grandes jefes de la Antigüedad, Julio César, Octavio, Trajano.
       «Sigue estando allí», decía Jeromín contemplando el palacio. Estaba allí y se quedaría allí, aunque los más no lo vieran.
       Cuando terminó la última misa de réquiem, vio llevar la caja a la cripta, debajo del altar mayor. «Quiso que lo colocaran de tal manera que los pies del oficiante estuvieran siempre sobre su cabeza, para pisotear el orgullo que pudiera quedarle».

       Volvieron a abrir la casa una semana después, Jeromín estuvo presente. Don Luis lo llevó con él cuando se iba a hacer el inventario. Estaban también presentes algunos otros: Fray Martín Regla, el confesor, que debía conocer el inventario de su alma, Martín de Guaztelú, el secretario flamenco, los ayudas de cámara Guillermo de Male, Obger Bodart, Matías Rontarte, y también Charles Prevost, su viejo conocido. El escribano, sentado ante una mesa, iba anotando pieza por pieza las que los demás tomaban para entregarlas a Juan Estique, el guardajoyas.
       En la alcoba, de una mesa cercana al lecho, se tomó una pequeña caja de madera y se sacó de ella una piedra rojiza con reflejos grises y guarniciones de plata. Era una Piedra Filosofal. Podía estar activa o estar muerta en su virtud. Si estuviera activa, pensaba Jeromín, habría convertido en oro la guarnición de plata. Debía venir de algún secreto alquimista del Imperio, de Worms, de Augsburgo, de Cracovia, y hasta de Toledo.
       Con gran cuidado tomó Guaztelú, que era humanista, un trozo de hueso con un agujero en el centro.
       «Es un pedazo de cuerno de Unicornio, que el Emperador tenía en Bruselas». La maravillosa bestia indomable que viene a arrodillarse mansa ante una virgen pura. La bestia de patas de cabra, cola de león y cuerpo de corcel, de cuya frente brota el prodigioso cuerno entorchado. Jeromín había visto en tapicerías la prodigiosa bestia arrodillada ante una doncella.
       De otros cofres de plata y de sacos de terciopelo surgieron miniaturas de la Emperatriz Isabel. Se borraba en una bolsa y reaparecía en la otra con aquella mirada serena y aquel rostro de inalterable belleza. Eran dos, tres, más, sin contar los grandes retratos en los muros, sola o junto a su esposo. Jeromín llegó a conocer su fisonomía tanto como si la hubiera visto toda su vida.
       Mientras los señores iban detallando los objetos, él se detenía a mirar los relojes, algunos se habían detenido y marcaban horas distintas. Todas las horas servían desde ese día para el Emperador, la de cualquier reloj, la de cualquier parte.
       «Un cofrecillo chiquito guarnecido de hierro, con dos pomas dentro, la una llana y la otra redonda, de oro. Y dentro de ellas olor. Y una sortija de oro para mirar al sol». Se acercaron a oler, era rosa, era benjuí, era algalia, era como una esencia de azahar diluida.
       Había las plumas de olores y había las piedras bezoares, pardas, lisas como la bilis de los animales salvajes. «Buenas para el mal de hijada y para la peste». La enumeración de los cuadrantes solares de oro, de plata y de hierro, tomó largo tiempo. Eran muchos y de todos los tamaños. Cada objeto iba como volviendo a su dueño y a su vida. Habían estado muchas veces en las manos del César. Jeromín podía verlo en cada objeto. Estaba allí en medio de aquellas cosas que habían sido suyas. «Esta piedra bezoar se la envió la Serenísima reina de Portugal a Bruselas».
       En una bolsa de raso morado apareció un pequeño libro, entre tapas de oro, con las páginas escritas por la mano del Emperador. «Son sus memorias», dijo Guaztelú «Debió escribir más, porque mucho le oí hablar de ellas», añadió Quijada. Volvió el libro a la bolsa.
       Con frecuencia se adelantaba al grupo lento de los catalogadores para entrar solo en otra habitación. Como si fuera a encontrar a alguien que los demás no buscaban. Podía estar sentado en aquel sillón alto que estaba de espaldas. Podía haberse ocultado detrás de una cortina para atisbar sin ser visto, podía acabar de salir por aquella puerta entrejunta. Se detenía con susto. Llegó a decir: «Señor», a la penumbra vacía. No le llegaba sino el sonsonete de las voces de los inventariadores. «Un reloj de ébano y de arena con su caja negra en que está metido». «Un cofrete de terciopelo negro, guarnecido de plata con unos anteojos dentro, de camino, guarnecidos de oro». Para ver de lejos los destacamentos de soldados.
       No pudo retener bien los títulos de los libros que más tarde le costó trabajo recordar. Eran pocos, puestos sobre mesas o en gavetas de vargueños. Don Luis, el padre Regla y el Secretario Guaztelú los hojeaban y hacían algún comentario. «Un libro del Caballero Determinado, en lengua francesa, cubierto de terciopelo carmesí e iluminadas las imágenes que en él hay». «Aquí está también», anunció Guaztelú con sus erres francesas, «la traducción que hizo en romance Don Hernando de Acuña, en verso. Este libro lo escribió originalmente Olivier de la Marche. A Su Majestad le gustó tanto esta magnífica historia de caballero que se puso a traducirla él mismo. Luego se la dio a Don Hernando para que la pusiera en verso castellano». Le hubiera gustado a Jeromín conocer las aventuras del Caballero Determinado. Había ejemplares de la «Consolación de la Filosofía», de Boecio, en francés y en romance. Fray Juan Regla lo ponderó en tono de sermón. Había también los libros de ciencia y los mapas. «Otro libro grande intitulado Astronomicum Caesaris, de Pedro Apiano, cubierto de terciopelo negro, con cinco chapas de plata doradas en cada cubierta». «Una Cosmografía de Ptolomeo con cubiertas de cuero colorado». «Otro libro de la Guerra de Alemania». «Los Comentarios de César, en lengua italiana, cubierto de pergamino». Había libros de tema religioso, con lujosas encuadernaciones de oro y plata. «Un paño en que estaban envueltos algunos cuadernos de Florián de Ocampo y otro sobre las historias». «Está aquí toda la historia de España, desde la Creación del Mundo hasta la muerte de los Scipiones».
       Se interrumpía el inventario para la hora de las comidas o para asistir a algún Oficio en el templo. Se cerraban los cuartos, se corrían las cortinas y todo quedaba solo.
       Don Luis regresaba con Jeromín a la casa de Cuacos y entonces comenzaba a preguntar sobre los objetos y la vida del Emperador. Don Luis conocía la procedencia de aquellos objetos. Cuando respondía sobre alguno de ellos, el arcabuz, con incrustaciones de plata y marfil, se lanzaba a hablar de la conquista de Túnez. ¿Cómo iban las galeras, cómo se acercaron a tierra, cómo se desarrolló la lucha y la heroica conducta del Emperador?
       Día tras día volvían al palacio y recomenzaba la inspección de los objetos. A veces eran monótonas listas de ropas y telas. Sábanas de Holanda, fundas y traveseros, cortinas. «Paños para lavar los pies cuando se lavaba Su Majestad». «Paños de Holanda como sábanas para cuando se lavaba las piernas». Camisas y peinadores de Holanda. Jaquetas, calzones, jubones.
       Cuando amanecía con la terciana no podía ir. Se despertaba tiritando de frío, castañeteando los dientes, con dolor en los huesos, la cabeza pesada. Venía Doña Magdalena y le ponía paños de vinagre en la cabeza y le daba un trago de vino tibio. Después, como cada vez, empezaba a subir la fiebre, ese calor creciente que al comienzo daba bienestar pero que luego subía a la cabeza y la ponía grande y pesada. Iba cayendo en la somnolencia.
       Otras veces eran Don Luis o Doña Magdalena los que no podían levantarse con el malestar y la calentura. Todos en Yuste, desde los frailes hasta los criados, tenían su día de tiritar de fiebre.
       El inventario marchaba lentamente. Había que suspenderlo con frecuencia por las tercianas de los inventariadores y por las misas. Mil misas había mandado a decir el César por su alma. Los treinta monjes se turnaban en la iglesia, uno tras otro, como en un juego de apariciones y desapariciones, en aquella especie de misa perpetua.
       El tercer día andaban por la tesorería y las joyas. «Cincuenta y cuatro escudos de oro del sol, dentro de una bolsita de aguja negra de seda». «Una sortija de oro engastada con una piedra de restañar sangre». «Un raspador de lengua de oro». Brazaletes y sortijas de oro contra las almorranas, sortijas contra el calambre de Inglaterra, «una cadenilla de oro, con una cruz de lo mismo, en que dicen que hay palo de la Vera-Cruz». Varias insignias del Toisón con cordones y cintillos de seda o con pesados collares: «La orden grande del Toisón que tiene 24 calles y 24 eslabones, con su Toisón grande colgado, que pesa 2 marcos y 4 onzas y 14 estilines». El resplandeciente collar giraba y se enredaba en la mano del escribano. «Una campanilla de plata dorada con el Plus Ultra a la redonda».
       Había dos sellos de plata. Uno era el imperial, que el Emperador no había vuelto a usar después de su abdicación, y el otro que había mandado a hacer para los días de Yuste. Junto a ellos la barra de lacre.
       El quinto día se hizo el inventario de la capilla y el de la barbería. El séptimo el de la panadería, la salsería y la cava.
       Fueron largos los días destinados a las pinturas y tapices. «Una pintura grande de madera en que está Cristo, que lleva la cruz a cuestas, donde está Nuestra Señora y San Juan y la Verónica, hecha por el Maestre Miguel». «Ítem, otra pintura en tela que son los retratos del Emperador y la Emperatriz, hecha por Tiziano». Una por una iban enumerando las imágenes de Jesús y la Virgen, junto con los retratos. «Otro retrato en madera, hecho por Tomás Moro, de la reina de Inglaterra». La dura e inexpresiva cara de María Tudor los contempló desde su marco dorado.
       Así llegaron, semana tras semana, hasta las caballerizas. Los albaceas «pidieron cuenta a Diego Alonso, ayuda de las literas de Su Majestad, dé cuenta de las acémilas y otras cabalgaduras que están a su cargo».
       «Primeramente cuatro acémilas que tenía Su Majestad en Yuste: la una, castaña, que se llamaba del Cardenal, y otra acémila más, castaña oscura, que se llama también del Cardenal, y las otras dos, negras, la una del rey y la otra de Don Hernando de la Cerda, que las habían dado a Su Majestad. Ítem más, para aderezos de ellas cuatro sillones con sus guarniciones. Un cuartago rucio que tiene su silla y freno bueno. Una mula mohína parda, con su silla y freno. Un machito pardo con su silla y freno. Dos mantas de los machos. Dos albardas de los machos para traer bastimentos».
       El primero de noviembre terminó el largo recuento y se pusieron las firmas y los sellos ante el escribano. Todo iba a quedar en su sitio mientras el rey Felipe dispusiera lo que había de hacerse con todo aquello. Las habitaciones quedaron cerradas.
       Había que emprender el regreso a Villagarcía. A fines de noviembre salió el pequeño grupo de Cuacos por la vía de Jarandilla. Jeromín iba sobre la mula vieja que había sido del Emperador y que le habían dado junto con el cuartago y el machito pequeño. Envuelta en un paño iba enjaulada la guacamaya, junto a la litera de Doña Magdalena. Antes de perderlo de vista tras la última loma, volvió el rostro hacia el monasterio. Por entre la arboleda se translucía la masa lacre, como si fuera a ponerse sobre ella, lacrada para siempre, la decisión de una voluntad inalcanzable.



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