Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

El baile del tambor (1949)
(Ganador del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional)
Treinta hombres y sus sombras
(Buenos Aires: Losada, 1949)



       Lo tiraron sobre los ladrillos del calabozo y cerraron la puerta. Todo estaba oscuro. Los ladrillos estaban frescos y sentía como un alivio de estar tendido sobre ellos. De estar tranquilo y quieto. De dejarse resbalar al sueño sin sobresalto.
       Los pesados pasos del comisario se alejaban. Eran los pasos de Ño Gaspar, aquel zambo cuadrado como un saco de cacao, con sus alpargatas blancas, su blusa desabotonada al cuello y el pecho cruzado por el tahalí de seda amarilla del sable cola de gallo.
       Al calabozo entraba el son de los tambores, el sacudido ritmo infinito e inalterable, la “curbeta” clara y el “mina” ronco y se adivinaban en la sombra los ecos de los pies negros batiendo el polvo de la plaza.
       De los espesos samanes colgaban algunos faroles humeantes que rayaban en la oscuridad con rayas de luz las caras sudorosas de los negros.
       Allí lo había encontrado Ño Gaspar. Se había ido acercando poco a poco, lentamente, temerosamente, pegado al borde de una pared, oculto detrás de un árbol lejos de los faroles. Pero los pies se le sacudían al ritmo y entre dientes machacaba la gangosa canción. Empezó a bailar solo. Y después, sin saber cómo, bailaba con aquella negra encendida en la sombra en ojos y en risa y en olor.
       —Soledad, guá, los dos bailando.
       —Hilario, guá, ya volviste.
       Pero allí mismo o poco después o mucho más tarde se le llegó Ño Gaspar. No necesitaba verlo para saber que era él. Le conocía la voz, le conocía el paso, le sentía venir. Sabía que tenía que venir.
       —Guá, Hilario. Yo sabía que ibas a venir solito. Que ibas a caer mansito. Cuando salieron las comisiones a buscarte las mandé por no dejar. Yo conozco mi gente. Y ahí está. Tú viniste solito.
       Rápidamente le ataron con un pedazo de soga las manos a la espalda. El baile de tambor no se interrumpió pero muchos se dieron cuenta de lo que pasaba y se fueron acercando.
       —Es Hilario.
       —Ajá. El peón del Manteco.
       —Se había desertado del cuartel en Caucagua.
       —Es Hilario.
       —Ajá. El peón del Manteco.
       —Se había desertado del cuartel en Caucagua.       —Pela segura.
       Él se dejó llevar sin oponer resistencia. De la penumbra convergían sobre él los ojos de los negros. Cuando pasaba bajo los faroles se veía I. flaco que estaba, la piel se la había puesto mate y terrosa, los labios cuarteados, los ojos hundidos y apagados.
       El mismo comisario hubo de observarlo:       —Estás en el huesero, Hilario. No re queda carne ni para una albóndiga. Y tan macizo que era el negro.
       Él no decía nada. Apenas parecía mirar. Oía a pedazos y confusamente algunas voces de mujeres:
       —Pobrecito. ¡Cómo se dejó coger!
       —Tan flaco que está. No va a aguantar la pela.       Todo aquello no sabía si lo oía o lo pensaba mientras salía de la plaza llena de tambor, entraba por el oscuro zaguán de la comisaría y sin fuerzas para soportar el empujón caía sobre los ladrillos del calabozo.
       Tanto como el tambor y casi con el mismo ritmo le latían los pulsos estrangulados por la soga. Sentía sed. Pegó los labios secos al ladrillo húmedo.
       Sabía que todo aquello iba a suceder. Lo había pensado infinitas veces. Se lo había imaginado constantemente mientras se ocultaba hambriento entre los bosques y bajaba por las noches a beber a los ríos o a robar a los ranchos. Lo sabía desde el día en que se había fugado del cuartel.
       Él tendría que venir al pueblo y Ño Gaspar vendría a cogerlo, y le amarraría las manos a la espalda, como las tenía ahora, como las había tenido cuando Ño Gaspar se las amarró el día de la recluta.       —Para que sepas lo que es bueno, y te hagas hombre.
       Pero lo que sentía eran ganas de dormir. De dormir por todos aquellos días y aquellas noches del monte. Allí sobre los ladrillos estaba tranquilo.
       Pegaba la cara al suelo y no sentía peso.
       —Estoy como livianito.
       Ya no se oía el tambor. Debía de ser muy tarde en la noche. Pero sentía como el peso de las casas sobre el suelo. No eran muchas. Las seis de la plaza con sus solares. La iglesia. La calle larga. Más eran los corrales que los ranchos. Pero las sentía cómo pesaban en el suelo. Y sentía cómo resbalaba el agua dormida y oscura del Tuy allá cerca o lejos. Y el viento que pasaba por sobre los techos, y los árboles y el agua, y tocaba la tierra del suelo. El viento iba más ligero que el Tuy hacia el mar.
       Él parecía resbalar también y flotar. Pero de pronto tuvo como una caída y abrió los ojos en la sombra.
       —Y ahora falta la verga del cabo Cirgüelo –dijo entre dientes y sintió frío.
       Mientras estuvo en el cuartel había visto pelear a un desertor.
       —iAtención firrrrrrm...! —gritaba el oficial. La compañía se ponía en posición.
       Era aquélla la hora del castigo. Mucho antes de la madrugada. El cabo Cirgüelo con un ayudante preparaba las vergas. Al desertor lo habían colocado frente a la compañía. Le habían bajado los pantalones. Hacía tanto frío como ahora. Le habían amarrado las manos, y, puesto en cuclillas, por entre los brazos y las corvas le habían pasado varios fusiles como cepo.
       El cabo lo empujó con el pie hasta ponerlo de lado y antes de que levantara la verga, empezó la banda seca a tocar la pava para que no se le oyeran los gritos al pelado.
       Un vergazo, dos vergazos, tres vergazos. Los hombres de la compañía pujaban a cada golpe, pero el grito del castigo no se oía porque la banda tocaba sin cesar y con toda fuerza aquella pava. El negro Hilario la tarareaba.
       -Túa, túa, túa la pava.
       Cincuenta vergazos. Setenta vergazos.
       —Túa, túa, túa el pavito.
       Antes de volverlo para el otro lado para proseguir vertían sobre la desgarrada nalga una palangana de salmuera.
       El cabo Cirgüelo levantaba la verga. Ya casi no se oía el quejido del castigado.
       —Túa, túa, túa la pava.
       Ahora era ese sonsonete de la pava el que no se le iba de la cabeza. El cabo Cirgüelo usaba patillas largas y tenía un diente orificado. Allí estaría todavía en el cuartel de Caucagua.
       Por la mañana vendría la comisión a llevarlo. Lo embarcarían en un bote en el río. Sin desamarrarle las manos. Lo volverían a bajar a tierra. Cuando pasara por los ranchos la gente se asomaría a verlo.
       —Es un desertor que llevan.
       Entraría a Caucagua. Por la tardecita. Por la calle de atrás. Pasaría por la pulpería del isleño. Y allí a la vuelta estaba el cuartel. Y allí en la puerta, o en el patio, tenía que estar el cabo Cirgüelo.
       Había mucho que caminar. Antes de llegar. Tenían que sacarlo de allí. Bajar la costa del río. Pasar la mañana. Tiempo de dormir en la canoa. Tendido en el fondo ver pasar las copas de los árboles como dando una vuelta de carnero en el cielo. Volver a atracar. La gente se acercaría a la orilla. Ya sería tarde. Y empezarían otra vez las preguntas.
       —¿Y cómo lo cogieron?
       —¿Dónde se había metido?
       —¿Lo encontró la comisión?
       Y aquella palabra que le iban a repetir, que repetían, que él mismo había estado repitiendo muchas veces: la pela. Lo van a pelar. De la pela no se salva. Cien vergazos. Ah, buena pela. Doscientos vergazos en cada nalga. Una pela para un hombre completo. El diente orificado del cabo Cirgüelo. Túa, túa, túa la pava.
       Eso era lo que no se le había quitado de la cabeza desde que se fugó del cuartel. Desde que había visco azotar a aquel soldado desertor. Desde que lo había visto recoger desgonzado y patuleco como un Judas de trapo.
       Y ahora tendido sobre el suelo del calabozo se sentía tan flaco, tan sin fuerzas. No iba a poder resistir los vergazos. No podría resistir ni la mitad. Uno, cantaba el cabo. Dos. Tres. Los primeros ardían como la brasa. Después empezaba a salir sangre. Y entonces era como si poco a poco le fueran arrancando una tirita de pellejo. Después empezaba a doler para adentro. Treinta. Treinta y uno. Por las tripas. Por el bazo. Por los pulmones. Sesenta y seis. Setenta y siete. Y allí era donde empezaba aquel pujido. Donde se iban quedando. Donde se iban yendo. Donde se iban durmiendo.
       Ya estaba caliente el ladrillo donde tenía la mejilla. Se arrastró un poco por el suelo hasta quedar sobre un pedazo de piso fresco. Todo seguía oscuro y quieto. Se puso a oír. Ni el viento pasaba ya. Pero allá a lo lejos había ladrado un perro.
       Mucho más allá del calabozo, y de la casa, y de la plaza. De más allá del pueblo venía el ladrido. De cerca del río. Del monte. De la noche. De la soledad.
       —¡Ah!, malhaya.
       Del monte venía el ladrido. Quién pudiera cogerlo si volviera a estar allí. Así de lejos oía ladrar los perros cuando se asomaba por entre los matorrales de una cuesta y veía en lo limpio de una loma un rancho. El hambre lo sacaba de noche del monte. Había aprendido a andar sin ruido y a pararse a oír como los venados. A parar la oreja al viento. A veces sentía algo, se escondía en un mogote y veía pasar los hombres de la comisión con sus machetes, sus fusiles y sus cobijas terciadas.
       Cuando un perro lo venteaba y ladraba tenía que detenerse. Volvía a perder de vista el rancho y se internaba en el monte. Comía guayabas y raíces. A veces el hambre lo mareaba. A veces lograba acercarse a un rancho sin que ladrara un perro, cogía del fogón lo que hubiera de comer y salía huyendo.
       Nunca había llegado a alejarse del pueblo. Si llegaba de forastero a otra parte lo podían descubrir. Permanecía merodeando por entre los bosques de las vertientes. Veía de lejos el río. El Tuy rodaba tranquilo. Pasaba a veces una canoa y él de lejos reconocía a algunos de los peones.
       —¡Ah!, ¡malhaya! A veces, después de comer rendido en la orilla, soltaba una hoja seca para verla irse con la corriente y se quedaba mirándola atontado hasta que el grito de una guacharaca en el bosque o la algarabía de un bando de loros que cruza en el aire, venían a sacudirlo.
       Desde algunos puntos altos podía ver el pueblo. Los samanes de la plaza, la iglesia, la comisaría, la calle larga. Las gentes en la puerta de la pulpería. Si él estuviera allí donde estaban sus ojos, donde estaba aquel hombre recostado a la puerta. ¿Cómo sería el barullo?
       —Epa. Aquí está Hilario.
       —El que se desertó.
       —¡Cójanlo!
       Pero estaba lejos, entre aquellos árboles donde sonaba el viento. Por la noche no se veía sino las luces titilando en la sombra. El pueblo parecía más lejano y más chiquito.
       No llevaba cuenta del tiempo que tenía en el monte. Se iba poniendo más flaco. Se le iba aclarando el pellejo. De negro se estaba poniendo verdoso como cola de caimán. Andaba con menos ligereza. Se cansaba más subiendo. Le entraba como un ahogo y tenía que quedarse un rato reposando. Doblado, acezante, se quedaba mirándose los pies y las manos. Los tenía más descarnados y secos. Y las palmas las tenías moraduzcas y las uñas amarillentas. Noches había en que se sentía sin fuerzas para acercarse a los ranchos. Se quedaba tiritando como con mucho frío debajo de un árbol. Ya no le quedaban sino pedazos del pantalón. Pero era muy frío. Si sentía un ruido no tenía fuerzas para levantarse. Podía ser un animal. Podía ser la comisión. Si era la comisión lo cogerían. No tenía voluntad para resistir ni para oír. Se quedaba un rato angustiado, atento, pero el ruido no volvía a oírse y él suspiraba tranquilo.
       En vez de alejarse, a medida que se sentía enfermo y débil se iba acercando más al pueblo. No dejaba de pensar a ratos:
       —Si ahora me cogen, no resistiré la pela. Me voy a queda en la pela. Pero había algo por dentro que le hacía sentir aquello tan remoto o tan inevitable que continuaba acercándose peligrosamente.
       En dos o tres ocasiones había llegado a acercarse por la orilla del río hasta las primeras casas del pueblo. Hasta se había atrevido a entrar en algún solar a robar algún pedazo de cecina colgada a secar al sol.
       Algún día lo iban a coger. Estaría de Dios.
       —¡Ah, malhaya!
       Ni duerme, ni está despierto. Siente cómo se va calentando el piso bajo su cuerpo. Cómo palpita todo el cuerpo sin sosiego sobre los ladrillos. Cómo hormiguean las manos frías estranguladas por la soga sobre la espalda. Cómo duelen los huesos con un dolor dulce de calentura. Cierra los ojos con fuerza para dormir. Pasan vagos destellos. Puntos rojos, huidizos. El latido de los pulsos golpea y lo sacude sin cesar.
       Tan. Tan. Tan. Tatantán. Tatantán. Tan. Tatán. Como el tambor. A veces claro, como la “curbera”, a veces espeso y ronco como el “mina”. Como el tambor.
       Así lo fue oyendo ya desde el río. Desde que se acercó agazapado en la sombra a las primeras casas. Hacía mucho tiempo que no oía el tambor. No oía sino ruido de ramas, ladridos de perros, cantos de pájaros. Pero no aquel caliente son del tambor. Agazapado golpeaba con el pie y con la mano en el suelo. Ton ron, ton ton, ton ron. Era como un agua de calor que le rodeaba el cuerpo.
       Ya estaba cerca de las luces de la plaza y oía el pesado compás de los pasos. La sombra de los negros se movía como una sola masa compacta. Las luces parecían subir y bajar bajo las ramas de los samanes.
       Al amparo de una pared se ha asomado a la plaza. Ya es como un sacudimiento de fiebre lo que lo lleva con el tambor. Todo resuena dentro y fuera de su cabeza como el grueso parche golpeado por los puños negros. Todo él se agita. Todo va y viene en el tambor. Las mujeres. Las luces. Los nombres de las cosas. Su nombre que lo llama y llama sin cesar.
       Hilario, dice. Hilario, repite. Hilario, el tambor. Hilario, la sombra. Hilario, Hilarito, Hilarión. Larito, Larión, Larito, ito, ito, ito, ito. Retumba el ritmo. Todo lo sacude. Tumba y retumba. Zumba en la sombra. Zumba.
       Tambalea todo. Tan tan. Tan tan. Tambalea Hilario. Tanta sombra. Tanta noche. Tanto tambor. El tambor tantea en la sombra. Hilario tiembla. Hilario se sacude. Tantas mujeres tiemblan en la sombra. Hilario, Hilarito, Hilarión. A su lado pasaban las sombras saltando. Ellas y el tambor y la plaza y las luces. Él estaba entre ellas. El compás golpeaba en sus huesos y en sus ojos. Pasaban bocas acezantes y ojos turbios.
       Y aquella mujer que venía traída y llevada por tambor frente a él. Sacudida con él. Atada con él. Golpeada con él.
       —¡Aé! ¡Aé! ¡Aé!
       —¡Soledad, guá, los dos bailando!
       —¡Hilario, guá, ya volviste!
       Y allí fue donde lo sintió venir. Sin verlo le sentía el paso. Entre el tambor le distinguía el paso. El paso de Ño Gaspar. El paso pesado, macizo, asentado. Sin volver la cabeza le sentía el paso.
       Los podía contar. Uno. Pasaba un rato. Dos. Se iba acercando. No se oía sino aquel paso de Ño Gaspar el comisario. No se oía tambor ni baile. No se oía sino aquel paso.
       Chirrió la puerta. Con los ojos abiertos, desde los ladrillos, vio el calabozo lleno de la ceniza de la madrugada, y en la puerta, alto y ancho, Ño Gaspar, y detrás de Ño Gaspar las caras, las cobijas, los fusiles y los machetes de los hombres de la comisión.



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