Augusto Roa Bastos
(Asunción, Paraguay, 1917 - Asunción, 2005)

Hijo de hombre (1960)
(Buenos Aires: Losada, Colección Novelistas de Nuestra Epoca, 270 págs.)


A mi padre
A la memoria de mi madre


Hijo del hombre, tú habitas en medio
de casa rebelde…
(XII, 2)
…Come tu pan con temblor y bebe tu agua con
estremecimiento y con anhelo…
(XII, 18)
Y pondré mi rostro contra aquel hombre, y le
pondré por señal y por fábula, y yo lo cortaré de
entre mi pueblo…
(XIV, 8)
EZEQUIEL

…He de hacer que la voz vuelva a fluir por los huesos…
Y haré que vuelva a encanarse el habla…
Después que se pierda este tiempo y un nuevo
tiempo aparezca…

HIMNO DE LOS MUERTOS DE LOS GUARANÍES


I
Hijo de hombre


1

      Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte. Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo. Brotaba en cualquier parte, de alguna esquina, de algún corredor en sombras. A veces se recostaba contra un mojinete hasta no ser sino una mancha más sobre la agrietada pared de adobe. El candelazo de resolana lo despegaba de nuevo. Echaba a andar tanteando el camino con su bastón de tacuara, los ojos muertos, parchados por las telitas de las cataratas, los andrajos de aó-poí sobre el ya visible esqueleto, no más alto que un chico.
       —¡Gua, Macario!
       Dejábamos dormir los trompos de arasá junto al hoyo y lo mirábamos pasar como si ese viejecito achicharrado, hijo de uno de los esclavos del dictador Francia, surgiera ante nosotros, cada vez como una aparición del pasado.
       Algunos lo seguían procurando alborotarlo. Pero él avanzaba lentamente sin oírlos, moviéndose sobre aquellas delgadas patas de benteveo.
       —¡Gua Macario Pitogüe!
       Los mellizos Goiburú corrían tras él tirándole puñados de tierra que apagaban un instante la diminuta figura.
       —¡Bicho feo… feo…, feo!
       —¡Karaí Tuyá colí…, güililí!
       Los chillidos y las burlas no lo tocaban. Tembleque y terroso se perdía entre los reverberos, a la sombra de los paraísos y las ovenias que bordeaban la acera.
       En aquel tiempo el pueblo de Itapé no era todavía lo que es hoy. A más de tres siglos de su fundación por mandato de un lejano virrey de Lima, continuaba siendo un villorrio perdido en el corazón de la tierra bermeja del Guairá.
       El virrey achacoso se habría limitado a posar la uña sobre la inmensidad desconocida y vacía, despreocupado de las penurias y del sudor que empujaba a nacer, como sucedía siempre cuando se trataba de repartir la tierra a los encomenderos o de premiar las fatigas de los capitanejos que habían contribuido a reducir las tribus.
       De aquel pueblo primitivo sólo quedaban unas casas de piedra y adobe alrededor de la iglesia. De las carcomidas paredes emergían tallos de helechos salvajes y amambay. De pronto algún horcón secular echaba su propio verde retoño. En la plazoleta, junto al campanario de madera, los cocoteros ardían al sol con sus penachos de llamas secas y lacias, entre los cuales el tufo caliente se ampollaba en chirridos como de pichones con sed.
       Luego el tendido de las vías del ferrocarril a Villa Encarnación pasó por allí. Los itapeños se engancharon en las cuadrillas. Muchos quedaron bajo esos durmientes de quebracho que sonaban bajo las palas como lingotes de fundición.
       Con las vías el pueblo comenzó a desperezarse. El andén de tierra soltaba su aliento bajo los pies desnudos que lo trajinaban. Los pómulos cobrizos y los andrajos de las chiperas y alojeras que se atareaban una vez por semana al paso del tren, estaban teñidos por esa pelusilla encarnada.
       Ahora los trenes pasan más a menudo. Hay una estación nueva y un andén de mampostería, que ha acabado por tomar otra vez el color de antes. Un ramal conduce a la fábrica de azúcar que se ha levantado sobre el río, no lejos del pueblo. Frente a la estación están los depósitos de una bodega y las tiendas de los turcos hacen doler los ojos con sus paredes bañadas en cal viva. La iglesia nueva recubre los muñones de la antigua. Los velones negros de los cocoteros han sido talados. El campanario también. En su lugar han puesto palcos y un entarimado para las funciones patronales, el día de Santa Clara.
       Ahora hay ruido y movimiento. Entonces no había más que eso.
       Los ranchos amojonaban de trecho en trecho el camino a Borja y Villarrica, sobre cuya cinta polvorienta se eternizaba alguna carreta flotando en la llanura.
       Y otra cosa resta de aquel tiempo.
       Como a media legua del pueblo se levanta el cerro de Itapé. La carretera pasa a sus pies, cortada por el arroyo que se forma en el manantial del cerro. A ciertas horas, cuando el promontorio se hincha y deshincha en las retracciones, se alcanza a ver el rancho del Cristo en lo alto, recortado contra la chapa incandescente del cielo.
       Allí solía solemnizarse la celebración del Viernes Santo. Los itapeños tenían su propia liturgia, una tradición nacida de ciertos hechos no muy antiguos pero que habían formado ya su leyenda.
       El Cristo estaba siempre en la cumbre del cerrito, clavado en la cruz negra, bajo el redondel de espartillo terrado semejante al toldo de los indios, que lo resguardaba de la intemperie. No necesitaban, pues, representar las estaciones de la crucifixión. Luego del sermón de las Siete Palabras, venía el Descendimiento. Las manos se tendían crispadas y trémulas hacia el Crucificado. Lo desclavaban casi a tirones, con una especie de rencorosa impaciencia. El gentío bajaba el cerro con la talla a cuestas ululando roncamente sus cánticos y plegarias. Recorría la media legua de camino hasta la iglesia, pero el Cristo no entraba en ella jamás. Llegaba hasta el atrio solamente. Permanecía un momento, mientras los cánticos arreciaban y se convertían en gritos hostiles y desafiantes. Un rato después las parihuelas giraban sobre el tumulto y el Cristo regresaba al cerro en hombros de la procesión brillando con palidez cadavérica al humeante resplandor de las antorchas de los faroles encendidos con velas de sebo.
       Era un río áspero, rebelde, primitivo, fermentado en un reniego de insurgencia colectiva, como si el espíritu de la gente se encrespara al olor de la sangre del sacrificio y estallase en ese clamor que no se sabía si era de angustia o de esperanza o de resentimiento, a la hora nona del Viernes de la Pasión.
       Esto nos ha valido a los itapeños el mote de fanáticos y de herejes.
       Pero la gente de aquel tiempo seguía yendo año tras año al cerro a desclavar al Cristo y pasearlo por el pueblo como a una víctima a quien debían vengar y no a un Dios que había querido morir por los hombres.
       Acaso este misterio no cabía en sus simples entendimientos.
       O era Dios y entonces no podía morir. O era hombre, pero entonces su sangre había caído inútilmente sobre sus cabezas sin redimirlos, puesto que las cosas sólo habían cambiado para empeorar.
       Quizás no era más que el origen del Cristo del cerrito, lo que había despertado en sus almas esa extraña creencia en un redentor harapiento como ellos, y que como ellos era continuamente burlado, escarnecido y muerto, desde que el mundo era mundo. Una creencia que en sí misma significaba una inversión de la fe, permanente conato de insurrección.
       Tal vez a quien verdaderamente querían desagraviar o al menos justificar, era a aquel Gaspar Mora, un constructor de instrumentos, que al enfermar de lepra se metió en el monte para no regresar al pueblo. Nunca lo nombraban, sin embargo, en otra tácita y probablemente instintiva confabulación de silencio.
       Yo era muy chico entonces. Mi testimonio no sirve más que a medias. Ahora mismo, mientras escribo estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos; tal vez los estoy expiando.


2

      El que mejor conocía la historia era el viejo Macario. Ésa y muchas otras.
       Por aquel tiempo no todos los chiquilines nos burlábamos de él. Algunos lo seguíamos no para tirarle tierra sino para oír sus relatos y sucedidos, que tenían el olor y el sabor de lo vivido. Era un maravilloso contador de cuentos. Sobre todo, un poco antes de que se pusiera tan chocho para morir. Era la memoria viviente del pueblo. Y sabía cosas de más allá de sus linderos. Él mismo no había nacido allí. Se murmuraba que era un hijo mostrenco de Francia. En el libro de Crismas estaba registrado con ese apellido.
       Macario había nacido algunos años después de haberse establecido la Dictadura Perpetua. Su padre, el liberto Pilar, era ayuda de cámara de El Supremo. Llevaba su apellido. Muchos de los esclavos que él manumitió —mientras esclavizaba en las cárceles a los patricios—, habían tomado este nombre, que más se parecía al color sombrío de una época. Estaban teñidos de su signo indeleble como por la pigmentación de la motosa piel.
       Macario también. Lo escuchábamos con escalofríos. Y sus silencios hablaban tanto como sus palabras. El aire de aquella época inescrutable nos sapecaba la cara a través de la boca del anciano. Siempre hablaba en guaraní. El dejo suave de la lengua india tornaba apacible el horror, lo metía en la sangre. Ecos de otros ecos. Sombras de sombras. Reflejos de reflejos. No la verdad tal vez de los hechos, pero sí su encantamiento.
       —El hombre, mis hijos —nos decía—, es como un río. Tiene barraca y orilla. Nace y desemboca en otros ríos. Alguna utilidad debe prestar. Mal río es el que muere en un estero…
       Él fluctuaba estancado en el pasado.
       —El Karaí Guasú mandó tumbar las casas de los ricos y voltear los árboles —contaba—. Quería verlo todo. A toda hora. Los movimientos y hasta el pensamiento de sus contrarios, vendidos a los mamelucos y porteños. Conspiraban día y noche para destruirlo a él. Formaban el estero que se quería tragar a nuestra nación. Por eso él lo perseguía y destruía. Tapaba con tierra el estero…
       No le entendíamos muy bien. Pero la figura de El Supremo se recortaba imponente ante nosotros contra un fondo de cielos y noches vigilando el país con el rigor implacable de su voluntad y un poder omnímodo como el destino.
       —Dormía con un ojo abierto. Nadie lo podía engañar…
       Veíamos los sótanos oscuros llenos de enterrados vivos que se agitaban en sueños bajo el ojo insomne y tenaz. Y nosotros también nos agitábamos en una pesadilla que no podía, sin embargo, hacernos odiar la sombra de Karaí Guasú.
       Lo veíamos cabalgar en su paseo vespertino por las calles desiertas, entre dos piquetes armados de sables y carabinas. Montado en el cebruno sobre la silla de terciopelo carmesí con pistoleras y fustes de plata, alta la cabeza, los puños engarfiados sobre las riendas, pasaba al tranco venteando el silencio del crepúsculo bajo la sombra del enorme tricornio, todo él envuelto en la capa negra de forro colorado, de la que sólo emergían las medidas blancas y los zapatos de charol con hebillas de oro, trabados en los estribos de plata. El filudo perfil de pájaro giraba de pronto hacia las puertas y ventanas atrancadas como tumbas, y entonces aun nosotros, después de un siglo, bajo las palabras del viejo, todavía nos echábamos hacia atrás para escapar de esos carbones encendidos que nos espiaban desde lo alto del caballo, entre el rumor de las armas y los herrajes.
       El caserón de la Plaza de Armas, la Noche de Reyes, fiesta de su natalicio. En medio del parpadeo de innumerables velas que rayaba la tiniebla de la galería, el Karaí Guasú en persona, ceñido de levita azul, calzón blanco y espadín, repartía limosnas a los hijos de los pobres, casi sobre los sótanos de la prisión. Iban dejando sus candiles en los corredores a cambio de los cuartillos que caían de las manos todopoderosas. No tenían para darle más que esa gota de luz de su agradecimiento y de su miedo.
       Macario se cuidaba de usar esta palabra. Pero era posible imaginar al hosco santón enlevitado esculcando también con sus miradas de cuchillo aun esos andrajos y esas reverencias para ver si había debajo la sarna de la conspiración, la más mínima mota de rebeldía o de odio.
       —Nadie lo podía engañar…
       No lo engañó ni siquiera el mulato Pilar, padre de Macario, el único sirviente de toda su confianza.
       —Lo quería como a un hijo —nos dijo una tarde—. Él tanteaba las comidas del Karaí Guasú para probar si estaban limpias de veneno. Cuando no se pudo levantar de la cama, agarrotado por el reumatismo, che rú Pilar fue quien viajó a Itapúa y la Candelaria para traer los remedios que el médico franchute, prisionero en Santa Ana, había recetado. Yo lo acompañé a taitá en el viaje. El Karaí sanó con los remedios. Taitá era el más feliz de los hombres. Pero entonces vine yo y le destruí su alegría… —se quedó callado largo rato, la quijada hundida en el pecho, rumiando ese recuerdo.
       —¿Por qué le destruyó su alegría, taitá Macario? —me animé a preguntarle.
       —Esa tarde… —los parchecitos de seda sanguinolenta parpadearon—. Esa tarde encontré una onza de oro sobre la mesa. El Karaí Guasú acababa de salir para su primer paseo después de la enfermedad. No pude resistir la tentación. Tomé la onza. De mi mano salió al tiro humo y olor a carne quemada. Largué la onza y corrí a esconderme. El propio Karaí Guasú la había puesto en un brasero. A su regreso me mandó llamar. Me hizo extender la mano. Vio la llaga de la verdad. Ya era suficiente castigo. Pero él mandó a mi padre que me diera cincuenta palos en su presencia. Che rú Pilar me pegó los cincuenta azotes, uno por uno, con una rama de guayabo mojada en vinagre y sal. Yo aguanté los primeros sin llorar, pero antes de desmayarme le vi a taitá los ojos blancos del dolor que yo sentía. Yo era el más querido de sus hijos. Un poco después pateó a Sultán, que era el más querido de los perros del Karaí. Entonces lo hizo apresar y mandó al verdugo de la cárcel que le diera cien palos con la misma vara. Taitá estaba como loco. Unos días más tarde se insolentó con el guardián del calabozo. Ésa dicen que fue su culpa. Entonces lo mandó ajusticiar junto con otros conspiradores en la cárcel. El Karaí Guasú lo quería como a un hijo. Pero no lo quiso perdonar por traidor. No era un traidor. Se murió por mi culpa, porque toda su desgracia salió de la llaga negra de mi ladronicio. Los doce hijos de Pilar fuimos confinados a distintos puntos del país. Yo vine aquí y me quedé con mi hermana María Candé, madre de Gaspar, el que después iba a ser músico y constructor de instrumentos…
       Esa tarde supimos que Macario Francia era tío de Gaspar. Pero ni siquiera entonces habló de él.
       —¡A ver, ustedes! ¡Las manos!… —nos dijo de pronto.
       Las encogimos y cerramos con fuerza ante los dedos sarmentosos, a pesar de las cataratas del viejo. Él volvió la diestra. Era casi transparente. En el fondo, a ras de los huesos, estaba la mancha negra entre las terrosas arrugas, como un agujero.
       —¡A ver si a ustedes también les pasa esto! Yo he vivido para pagar. Y he vivido demasiado…
       Nos tenía empayenados con sus cuentos.
       —Unos años antes de la Guerra Grande fui a visitar al médico guasú de Santa Ana para pedirle remedios. Mi hermana Candé estaba muy enferma del pasmo de sangre. Un viaje inútil. Recordaba el anterior, veinte años antes, cuando había ido con taitá a traer el bálsamo para el Karaí. Esta vez no tuve suerte. El franchute también estaba enfermo. Así me dijeron. Tres días esperé frente a su casa, a que se sanara. Por las noches lo sacaban al corredor en un sillón frailero. Lo veíamos quieto y blanco, gordo y dormido a la luz de la luna. La última noche un borracho pasó y pasó ante el enfermo, saludándolo a gritos. Iba y venía, cada vez más enojado, gritando cada vez más fuerte:
       —¡Buenas noches, karaí Bonpland!… ¡Ave María Purísima… karaí Bonpland!…
       Al final lo insultó ya directamente. El médico guasú, grande y blanco, lleno de sueño, no le hacía caso, ni se molestaba. Entonces el borracho no aguantó más el desprecio. Sacó un cuchillo y subiendo al corredor, lo apuñaleó con rabia, hasta que salté sobre él y le arranqué el cuchillo… Vino mucha gente. Entonces supimos que el médico guasú había muerto tres días atrás. El borracho sólo apuñaleó el cadáver embalsamado que ponían a orear al sereno. Para mí fue como si hubiera muerto por segunda vez… Cuando regresé a Itapé, mi hermana María Candelaria había sanado. Para que se sanara del todo, yo puse bajo su cabezal el cuchillo del borracho que había herido al teongüé del médico guasú…
       Algunos no le creían. Los mellizos Goiburú, por ejemplo. Pedro tenía una cara de risa. Vicente un corazón de diablo. Pero entre los dos eran uno solo. Ya entonces comenzaban a burlarse del viejo liberto.
       Otro día nos llevó a su rancho. De un hueco del solero extrajo un pequeño envoltorio. Lo deslió. De un saquito de piel de iguana, entre restos de escayola, sacó un objeto. En la mano de tierra temblada un hebillón de plata.
       —Esto… —dijo, pero no pudo continuar.
       No hacía falta saber.
       Contemplamos absortos el hebillón. Un aerolito caído en un desierto. El zapato de charol, las medias blancas, la sombra magra y enlevitada surgía de él, alta como el tizón de un árbol que el rayo no había podido derrumbar. La guerra Grande cayó sobre el país y lo devastó de un confín al otro. Macario Francia ya era para entonces un hombre maduro.
       Contaba que hasta Humaitá y el Cuadrilátero habían militado en las huestes del famoso y pintoresco alférez Ñandúa. Herido, cayó prisionero de los aliados en Lomas Valentinas, pero pudo huir y volvió a presentarse al Cuartel General del mariscal López.
       —¡La propia Madama me curó el hombro! —decía con orgullo.
       Ése era el hombro que tenía más bajo, caído hacia la tierra, como bajo el peso de toda aquella gloria, de aquella pesadilla.
       Macario atravesó de punta a punta el horror de la hecatombe que duró cinco años, hasta la derrota de la última espectral guerrilla de López en Cerro Korá. Él mismo era un Lázaro resucitado del gran exterminio.
       El único despojo que había conseguido salvar era ese hebillón de plata y la confusa, inestimable carga de sus recuerdos.
       Del sobrino leproso no se acordaba. De seguro adrede, como todos. A gatas aludía a su nacimiento.
       —Hermana Candé tuvo a Gaspar en el Éxodo de la Residenta… —era lo único que decía cuando le apurábamos mucho.
       Había otra persona en Itapé que conocía la historia. María Rosa, la chipera que vivía en la loma de Carovení. Pero ella tampoco hablaba. Y si hablaba, nadie le hacía caso porque era lunática. No tenía más que sus frases incoherentes, que el guaraní arcaico hacía aún más incomprensibles, y ese alucinado estribillo del Himno de los Muertos de los guaraníes del Guairá.
       El propio Macario no empezó a hablar de su sobrino Gaspar Mora, hasta que se volvió caduco de golpe, casi al borde de su muerte.
       Sólo cuando estuvo comido hasta los huesos, el secreto inconscientemente guardado por todos, subió a la superficie del anciano. Y entonces se olvidó de todo lo demás. Se fue achicharrando en torno a ese recuerdo, más reciente sin duda que los otros, pero que los incluía a todos porque abarcaba un tiempo inmemorial, difuso y terrible como un sueño.



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