Augusto Roa Bastos
(Asunción, Paraguay, 1917 - Asunción, 2005)

Roa Bastos entre el realismo y la alucinación
Por
Mario Bendetti
Letras del continente mestizo
(Montevideo: Arca, 1967, pp. 115-119



      Augusto Roa Bastos es uno de los pocos nombres exportables de la actual literatura paraguaya. Aunque antes de 1953 ya había publicado varios libros (Poemas, 1942; Fulgencio Miranda, novela, 1942; Mientras llega el día, drama, 1945), es en ese año cuando asciende a la notoriedad continental con un libro de cuentos: El trueno entre las hojas. A pesar del deleite casi morboso con que Roa Bastos encaraba en ese volumen el espectáculo violento y caótico de su realidad paraguaya (de la que no se aparta jamás, como si estuviera cumpliendo una consigna), su estilo era lo suficientemente conciso, ágil y —en el mejor de los sentidos— efectista, como para que a través de los diecisiete cuentos no decayese el interés del lector.
       Por lo general, la anécdota hahía sido extraída de la realidad y encuadrada en lo literario, con verdadero sentido de las proporciones. Eran ejemplares, en este aspecto, cuentos como Audiencia privada (que podría haber sido firmado por Maupassant), Galopa en dos tiempos y El caraguá, seguramente los puntos más altos de aquel libro. La visible debilidad residía en la técnica despareja, en la repetición de efectos, en ciertos finales —como el de Pirulí— inútilmente confusos, pero ninguna de esas endebleces alcanzaba a sofocar la voz del narrador, cuya eficacia directa y fuerza temperamental sirvieron para inscribirlo desde entonces en la buena tradición.
       Ahora, en Hijo del hombre (1960), Roa Bastos construye su relato con una hondura, una inventiva y un poder de comunicación, muy superiores a los que mostraba aquel irregular intento de siete años atrás. Enraizando la peripecia en el viejo Macario, “hijo mostrenco de Francia”, y llevéndola hasta la miserable quietud de la postguerra chaqueña, el novelista usa a su protagonista Miguel Vera como lúcida e inhibida conciencia del drama de su país, ese Paraguay que (según opinión del propio Roa Bastos en conferencia pronunciada en Montevideo) “ha vivido riempre en su año cero”.
       Más que un protagonista, Miguel Vera es un testigo; la novela viene a ser el testimonio de su frustración, que es la típica del intelectual que vive pendiente del escrúpulo y cuya exacerbada clarividencia le impide estimularse con la pasión de los otros o con la propia. Pero Roa Bastos tuvo la rara habilidad de utilizar esa frustración como espejo, haciendo que en ella Be reflejaran los rasgos más puros, las calidades más incanjeables del hombre paraguayo, “Mi testimonio no sirve más que a medias”, dice el testigo; “ahora mismo, mientras escribo estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, tal vez los estoy expiando”. Semejante resignación consta en el comienzo del relato, pero las últimas palabras que escribe Miguel Vera son éstas: “Alguna salida debe haber en este monstruoso contrasentido del hombre crucificado por el hombre. Porque de lo contrario sería el caso de' pensar que la raza humana está maldita para siempre, que esto es el infierno y que no podemos esperar salvación. Debe haber una salida, porque de lo contrario...” Entre una y otra angustia, entre una y otra conciencia de esa angustia, queda la difundida nostalgia que ese intelectual, ese “intoxicado por un exceso de sentimentalismo”, experimenta hacia los hombres capacitados para la acción, hacia los que no tienen horror del sufrimiento, hacia los primitivos que no usan la desesperación ni sienten asco por la ferocidad del mundo.
       La estructura de la novela tiene un signo experimental; Roa avanza y retrocede en el tiempo, deja y retoma el relato en primera persona, ve al protagonista desde dentro y desde fuera, da cuidadosa forma a determinados personajes y luego los abandona. Cada episodio es un caso curioso de independencia, y a la vez de conexión, con respecto al resto de la novela. Lo más fácil sería decir que esa suerte de archipiélago narrativo es sólo un refugio de cuentista para sortear el engorro dimensional de la novela. Sin embargo, es bastante más que eso, El lector tiene la impresión de asistir a un gran fresco de la vida y la historia paraguayas, un fresco, de exaltación y patetismo que es mostrado por el novelista en base a un método muy personal de iluminaciones y enfoques parciales. La unidad esencial de la novela se halla resguardada en algo que el autor hace decir a Rosa Monzón, en el último párrafo de la obra, acerca de las páginas de Miguel Vera: “Creo que el principal valor de estas historias radica en el testimonio que encierran. Acaso su publicidad ayude, aunque sea en mínima parte, a comprender más que a un hombre, a este pueblo tan calumniado de América, que durante siglos ha oscilado sin descanso entre la rebeldía y la opresión, entre el oprobio de sus escarnecedores y la profecía de sus mártires”.
       Sí, realmente, es el pueblo paraguayo el que aparece siempre vivo y debatiéndose por su salvación en cada uno de los enfoques parciales; es el pueblo paraguayo que unas veces se llama Cristóbal Jara, otras Gaspar Mora y otras Salu’í. La historia no acaba con la muerte de Vera, aunque la novela se detenga en ella: la historia sigue, porque el futuro es enorme, todavía se está haciendo, y a nadie le extrañaría que Roa Bastos, dentro de unos años, retomara todos los cabos y personajes sueltos y nos brindara una nueva instancia de su extendida, conmovedora metáfora nacional, en la que el destino de Alejo o de Cuchuí (niños que ofician de viñetas insustituibles en el relato) se viera redondeado, o se encendiera en símbolo.
       Junto a la crudeza expresionista de la obra, junto a su naturaleza desbordada, solidaria, hay en Hijo de hombre un impulso alucinado que hace que el novelista se aleje a veces del contorno innegable y verídico, aunque, desde luego, no lo pierda de vista. Apenas si en algún pasaje consta el despliegue fantasmal (“Aun después de muerto Gaspar en el monte, más de una tarde oímos la guitarra”) que, por un instante, queda haciendo equilibrio en la frontera misma de la duda; claro que, inmediatamente, lo sobrenatural se convierte en metáfora y, más adelante, se inscribe asimismo en lo verosímil: “En el silencio del anochecer en que ondeaban las chispitas azules de los muäs, empezábamos a oír bajito la guitarra que sonaba como enterrada, o como si la memoria del sonido aflorase en nosotros bajo el influjo del viejo”. O sea que la guitarra de ultratumba pasa a condensarse en cálido recuerdo. Pero además, Roa Bastos demuestra poseer una habilidad excepcional para convertir intencionadamente en alucinación todo tramo de realidad que él quiere relevar como pasión irreductiblemente paraguaya. La alucinación es, para este novelista, una suerte de fijador, una legítima garantía contra el olvido. Recuérdese aquel vagón de ferrocarril que avanza lenta, clandestina, pesadillescamente por la selva, o el diario que pormenoriza la tortura de la sed, o la tétrica caravana de los camiones aguateros, que va pagando inútiles cuotas de muerte nada más que para que otros no perezcan.
       Algún crítico ha señalado que Roa Bastos pierde varias oportunidades de levantar una leyenda que unifique la novela, pero no hay que olvidar que el autor de Hijo de hombre está novelando (no ordenando) el caos. Cada una de aquellas alucinaciones es en sí misma, con sus antecedentes y sus secuelas, una leyenda activa, parte alícuota del caos y, en pequeña escala, una suerte de esencia nacional, ultima ratio de lo telúrico. De modo que no importa demasiado que la Gran Leyenda, espléndidamente programada o elegida a tono con los mitos más célebres, no se desprenda como una prevista lección del dolor paraguayo. No hay dolor auténtico, insustituible, veraz, que le caiga de medida a una Gran Leyenda; quede eso para los fervorosos de Ollantay. Ningún dolor auténtico es otra cosa que una esencia, y una esencia dicta siempre su propia ley, su propia dimensión, su propio riesgo.
       ¿Defectos? Claro que los hay. Creo haber leído algo sobre distracciones de estructura, repetición de recursos, inclinación a lo macabro. A tales minuciosos me remito. En lo que me es personal, Hijo de hombre me ha significado una lectura entusiasmante. Me alcanza con recordar la descripción de la muerte de Salu’í y de Cristóbal, idilio heroico y condenado, desprovisto de palabras de amor, para saber que allí Roa Bastos ha conseguido crear uno de los Instantes más trémulos, más legítimamente poéticos y conmovedores de la narrativa latinoamericana. Claro, frente a esa proeza, loa defectos se me caen del recuerdo. Y no quiero agacharme a recogerlos.

(1961)


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