Augusto Roa Bastos
(Asunción, Paraguay, 1917 - Asunción, 2005)

El viejo señor obispo (1953)
El trueno entre las hojas
(Buenos Aires: Editorial Losada, 1953)



      La señorita Teresa, hermana del Obispo, tardó un poco más que otras veces en disponer la cena. Pero los infalibles huéspedes también se estaban retrasando. La mesa pucú ya estaba puesta como siempre esperándolos: seis platos de loza desportillada, a cada lado, sobre la madera gastada, desnuda de mantel, y junto a ellos una cuchara de alpaca, un vaso de barro cocido para el agua y una naranja. En la cabecera, que era el sitio de Monseñor, faltaba el vaso. Él nunca bebía en las comidas. Y apenas comía.
       Los movimientos de la señorita Teresa eran lentos pero seguros y suaves. Negaban su edad, su vista disminuida, sus ya débiles fuerzas. Una indefinible preocupación, pena casi, oscuro presentimiento, trabajaba su semblante. Se aproximó a la puerta de la habitación contigua y escuchó durante algunos instantes con todos sus sentidos volcados hacia el interior del cuarto en tinieblas. En su catre de tijera se hallaba acostado allí el Obispo, sin movimiento, sin palabra, desde hacía varias horas. Eso sucedía raramente. El anciano no solía refugiarse en el lecho sino por enfermedad, y al mediodía aún estaba bien. A ella le pareció conveniente no interrumpir su reposo. Esperaba que se levantara para la cena, pero el Obispo seguía en silencio y a oscuras.
       —¿Cómo se siente, Paí? —preguntó en la puerta con un hilillo de voz. Al no obtener respuesta insistió—. ¿No necesita nada, Monseñor? ¿Un té de verbena y zarzaparrilla bien caliente?
       El viento de ese frío anochecer de julio ululaba en el agujero del techo de la sala donde faltaban varias tejas. La señorita Teresa no pudo percibir otro sonido. Pensó que su hermano dormía profundamente. Pero el otro pensamiento que sentía en el corazón como una puntada volvió a hacerle bajar los párpados. «Somos un grano de polvo en el dorso de tu mano, Dios mío…».
       Se apartó de la puerta con esfuerzo. Hizo un nuevo viaje a la cocina y regresó con la fuente de mandiocas, cuyo vapor le ponía nebuloso el rostro. Delante de cada plato, sobre un pedazo de hoja de banana, depositó un trozo humeante de mandioca y también cuatro o cinco bolitas doradas y oscuras de chicharö que fue sacando de un saquito de cuero grasiento. Ahora sólo faltaba la gran sopera de locro con so’ó-pirú. Siempre la traía cuando ya todos se hallaban alrededor de la mesa y el Obispo se disponía a rezar el Benedic, Domine.
       Se agachó y apartó un poco los pesados escaños que había a los costados de la mesa; luego también el sillón de cuero de la cabecera. Este último gesto fue casi reverente. Sólo entonces contempló su obra con los brazos cruzados sobre el pecho. Pero evidentemente miraba más allá de la mesa preparada para la diaria cena con los mendigos. La luz de la lámpara hacía parecer más oscuro su vestido enterizo de sarga y más encorvada y vieja su delgada figura. Sólo el rostro bañado de recuerdos parecía inalterable, sin edad. Un rostro moreno que el cabello crespo y blanco hacía aún más moreno, crepuscularmente sensitivo y extasiado, semejante a un alma sin peso suspendida en el vacilante destello.
       El viento seguía zumbando en la falla del techo. Sus remolinos se colaban a veces hasta abajo y hacían parpadear el mechero. Uno de ellos amenazó ahogarlo del todo. La señorita Teresa se sustrajo a su ensimismamiento y protegió la boca del tubo con sus manos flacas y apergaminadas. Surgió una columnita de humo. Pero en seguida, la llama pálida en forma de media luna se rehizo en el interior de la combadura del vidrio, y la mesa y parte de la habitación derruida y vacía volvieron a emerger en el círculo que alcanzaba a iluminar. El olor del querosén se mezcló por un momento al aroma cálido de la mandioca y a la fragancia fría y dorada de las naranjas. La señorita Teresa retrajo un poco más la lámpara. En el tenue ruedo de luz se veía ahora el armonio. Era pequeño y estaba destapado. Sus teclas amarillentas parecían temblequear a cada oscilación del mechero. Después de la cena, el Obispo tocaba en él y cantaba con sus hermanos mendigos, mientras la señorita Teresa lavaba los platos en la cocina y lloraba mansamente en un estado muy semejante al de la gracia.

       En el umbral de los noventa años, no era mucho lo que le restaba al Obispo en bienes terrenales: esa casa en ruinas (regalo de una tía en su ordenación sacerdotal), comida ahora menos por las goteras que por las hipotecas, esa mesa larga donde cenaba con los once limosneros del atrio de la Recoleta, la parva vajilla, los escaños, algunas sillas desvencijadas, el sillón frailero, los dos catres, el suyo y el de su hermana. En las paredes desnudas y húmedas sólo quedaban albeando bajo vidrio, en sus marcos carcomidos, los títulos canónicos de Monseñor, los que había traído a su regreso de Roma. Gordos medallones de lacre amarillo con la Tiara y las llaves sellaban esos pergaminos. Parecían vientrecitos de rana, pequeños corazones disecados en latín pontificio. Junto a una grieta de la pared, por donde en las siestas tórridas del verano entraban y salían escurridizas lagartijas, blanqueaba también el pañuelo de la ordenación cuajado en simétricos pliegues dentro de otro marco vidriado. Setenta años atrás, esa cinta de seda litúrgica había maniatado al seminarista paraguayo, aún adolescente, tumbado sobre las losas de San Juan de Letrán, para recibir las órdenes. Era el primer estudiante americano que regresaba del Pío Latino. Su vocación y su inteligencia habían entusiasmado a sus mentores.
       —Questo fandullo sta falto in legno di Santo… —dijo uno de ellos, sin soñar siquiera el infierno forestal de donde la madera del cambá paraguayo procedía.
       El Pontífice reinante le honró con el título de camarero privado.
       Creía ya tenerlo todo. El pórtico por donde salía para el cumplimiento de su ministerio era grave y majestuoso, puesto que era la misma Puerta de San Pedro.
       Después de doce años de ausencia, el joven sacerdote regresó y encontró que su pueblo estaba maniatado y apersogado con tiras oscuras arrancadas a su propia piel por el cuchillo de capataces y capangas y por el sable de los tiranuelos de turno, castrenses o no. Nacido en los días terribles de la Guerra Grande, el horror habla formado parte del aire natural de su niñez. Tenía esa visión para el lado de adentro de los ojos. Por eso no la había percibido. Y fue a Roma siendo todavía un niño.
       Pero a su vuelta, sí, a su vuelta vio la realidad tal como era. De las alfombras del Vaticano a su tierra roja y violenta, cuyas tolvaneras parecían de humo de sangre, la transición fue brusca y reveladora. Sólo entonces comprendió en toda su magnitud el drama de los suyos. Y se empeñó, ya que no podía remediarlo radicalmente, por lo menos en suavizar sus heridas. Amaba a los desvalidos y oprimidos. Sentía que eran sus únicos hermanos y que estaba definitivamente unido a ellos por la consanguinidad de la esperanza. Sabía, además, que sólo en medio del infortunio la santidad es posible, y que el verdadero templo de Cristo es el corazón de los martirizados. Por eso mismo odiaba a los ricos y poderosos como puede odiar un hombre justo y puro: con piedad irremediable, lo que no impedía que los juzgara con implacable severidad.
       Fundó un periódico para combatir con ideas cristianas a los señores feudales, terratenientes, estancieros y a sus testaferros políticos adueñados del poder. Le empastelaron en poco tiempo el periódico. Un sátrapa de letras lo desafió a duelo. El altivo curita le devolvió el billete de desafío, con estas líneas escritas al dorso: «Mi religión es de vida, no de muerte. No quiero matar a nadie. No quiero que nadie me mate a mí. Emplee su “caballeresco” coraje en favor de las mujeres, ancianos y niños que en estos momentos mueren de hambre en su feudo».
       Fue la irrisión de todos. Lo empezaron a llamar despectivamente «Paí Kangüe-atá» (Padre Huesos-duros).
       No se doblegó sino que redobló sus esfuerzos. Nada podía arredrarlo. Se metió en los yerbales y obrajes, en los cañaverales y desiertos, franqueó esteros y picadas, y llegó hasta la región siniestra donde el horno acuoso de los aguaceros madura en la carne de los chococués las rosas purulentas de la lepra.
       El polvo, la muerte, el sol de fuego, su rebelde esperanza le pusieron en la cabeza un solideo encarnado.
       Ya era el «Obispo de los pobres», su única diócesis honoraria y real. Nunca iba a tener más que ésa. Él mismo había renunciado sistemáticamente a todas las oportunidades que se le presentaron para optar al sillón arzobispal que le correspondía por derecho propio. El clero temblaba secretamente de verlo sentado en él, porque lo sabían inflexible con la salacidad y la corrupción. Sus dedos no dejaban el misal para barajar los naipes mugrientos del truco o del monte; sus labios no iban del borde del cáliz a los jarros de aguardiente o de caña de los boliches de campaña; su cuerpo no se desvestía de los ornamentos para desnudarse en la concupiscencia o la lujuria. La castidad estaba incrustada en sus riñones como un hacha. Y como no podía hacer hijos con su sangre de hombre, los parió con su sudor y su amor. Todos los pobres fueron sus hijos.
       Por eso era el Paí, che Paí, oré Paí marangatú, ore Obispo-mi.

       Después de un cuartelazo triunfante, conocedor de su prestigio entre la gente del pueblo, el presidente de facto lo hizo llamar a su presencia y falsamente íntimo y cordial, le pidió:
       —Monseñor, fírmeme esta Carta Pastoral. Necesitamos pacificar espiritualmente el país. (La Carta trataba de justificar con argumentos de iglesia unos desalojos en masa que la «revolución» estaba consumando en tierras del presidente de facto).
       —¿Pacificar el país? —preguntó mordaz el Obispo—. Ya lo están consiguiendo a balazos. Cuando nuestro país sea un inmenso cementerio, todo estará muy tranquilo.
       —Déjese de bromear, Monseñor —colmilleó aún el jefe del gobierno—, y fírmeme esto. Como la Curia está acéfala, usted es el único que puede hacerlo ahora.
       —Yo soy el titular de la Diócesis. Además…
       —Lo pondremos, en seguida al frente de la Iglesia —le interrumpió.
       —La Iglesia no es una comisaría —replicó imperturbable el Obispo—. Pero aunque yo fuera el diocesano no firmaría jamás ese sacrílego pedazo de papel.
       El personaje se puso irritado y corajudo. Con la mano de dedos cortones y gruesos, llenos de anillos amelosados, descargó un puñetazo sobre el enorme escritorio labrado de la Presidencia, y barbotó:
       —¡Carajo, que se están poniendo exigentes los curas! ¡Yo puedo reventarlo a usted, si quiere macanear!
       —No hará nada que ya no esté previsto por Dios —dijo impasible el prelado.
       Salió del salón blanco, alto y erguido, sin volver la cabeza, sin bajar los ojos. Nadie se atrevió a estorbarle el paso. El brillo de las bayonetas palaciegas reverberaba sobre el tornasol de su gastada y zurcida sotana. En determinado momento no se oyó más que el crujido de sus zapatos descendiendo las escalinatas de mármol.
       Desde entonces el Obispo de los pobres tuvo que soportar la incesante hostilidad oficial de los gobiernos que se fueron sucediendo en la inacabable lucha de facciones que chupaba la vida del país.
       Acabó de caer cuando durante una insurrección popular, abortada en sangre, la casa del Obispo se convirtió en refugio clandestino de los cabecillas revolucionarios y, por último, en puesto sanitario subrepticio. El Obispo y la señorita Teresa atendían a los heridos. Dos de ellos murieron casi al final. Esa noche, a la luz de la luna, el propio Obispo cavó un hoyo entre los naranjos y las tacuaras de la huerta y allí los enterró después de rezarles un responso, arrodillado con su hermana sobre la tierra recién removida, mientras las balas perdidas silbaban su canto ciego de suindá entre las hojas.
       Cuando terminó la contienda, el general vencedor volvió a hacerle traer a su presencia, en palacio, como quince años antes el presidente de fació. Esta vez lo condujo un piquete policial como a un reo común. Al verlo entrar en el despacho, el general le increpó:
       —Ya no se puede confiar ni en los obispos. Usted debió cumplir con su deber denunciando a esos sucios traidores de la patria.
       —La tiranía no es la patria, señor general —dijo el Obispo—. Los oprimidos tienen derecho a la rebelión. Yo cumplo con mi deber de sacerdote y de ciudadano ayudándolos.
       —¡Usted no es más que un perro tonsurado! —le gritó muy cerca del rostro, casi escupiéndolo, el generalote enfurecido.
       —¡Un perro subversivo! —ratificó con el mismo furor el jefe de policía secreta, un mestizo pequeño, hinchado por la ira como un sapo de cobre con moteaduras vinosas.
       Lo dejaron ir también esta vez. Pero desde entonces quedó virtualmente prisionero en su casa, como un juez que sustituye al rehén en el calabozo. Por haber querido servir al mismo tiempo a Dios y a los hombres con idéntica honradez, tenía que acabar emparedado. Sus métodos, evidentemente, habían resultado falibles.
       —Tal vez me equivoqué —confesó el anciano a unos campesinos que vinieron de su pueblo natal a saludarle con ocasión de sus Bodas de Oro sacerdotales—; tal vez en lugar del amor debí enseñarles el odio y a responder con la violencia a la violencia. También Cristo empuñaría ahora el fusil. Pero Él tiene las manos clavadas en la cruz por amor. Por eso no me arrepiento de mi error. Y les digo: algún día los pobres estarán arriba, y entonces el hermano no odiará al hermano. Y será para siempre.
       La autoridad civil y la eclesiástica, en connivencia de mutuos intereses y temores comunes, lo fueron acorralando y terminaron por taparlo. Su ilustre presencia era un fulgor demasiado vivo y molesto. Su raída sotana befaba el fausto prelaticio que florecía en rojo y oro sobre la oscura miseria de una ciudad, de un pueblo harapiento. La austera pobreza del Obispo quemaba las manos de quienes aviesamente negociaban con lo temporal y lo eterno, con el alma y el cuerpo de la república.
       Lo desposeyeron del más ínfimo cargo. Como único privilegio le dejaron las dispensas para celebrar en su casa el Santo Sacrificio.
       Pero el Obispo siguió albergando y ayudando sin cesar a fugitivos de todos los bandos, a necesitados de toda especie. Albergó y ayudó a parientes, amigos y aun a enemigos, cuya recompensa, con escasas excepciones, no fue más que el robo, la difamación y, en el mejor de los casos, la ingratitud y el olvido.
       Ya viejos y desamparados del todo, el Obispo y la señorita Teresa tuvieron que ir vendiendo lo que les restaba para comer y dar de comer. Cuando el Obispo vendió su gran escritorio de guayacán, ella vendió sus últimos lujos pobres: una peineta con incrustaciones de crisólito, un anillo, un collar de cuentas de coral, una mantilla de ñandutí. Cuando el Obispo vendió su cama de palisandro, ella ya no tuvo nada que vender. Sólo le quedaron al Obispo el altar portátil y el pequeño armonio. Por ellos subía incorpóreo y viviente hacia lo alto en el rocío sagrado y mellizo de la oración y de la música; al alba, ayudado por su hermana que también hacía de monaguillo; en las noches, acompañado por el coro de los mendigos de la Recoleta. Venían todas las noches. Eran los únicos parientes pobres y fieles que la vida había dejado a los dos ancianos. Hacía cinco años que venían.
       Eran once y entre los once juntaban muchos siglos de un oscuro destino amontonados durante el día en el claro Portal de las Ánimas.
       —Con uno más —dijo una vez Paí Poli, uno de los pordioseros— seríamos doce como los Santos Apóstoles.
       —Y tal vez, Paí Poli —le respondió la señorita Teresa mirándolo con una sonrisa, como si ella supiese ya quién iba a completar en el atrio el número bíblicamente cabalístico soñado por el ex sacristán.
       Al último toque de la Oración se ponían lentamente en pie. En la vibrante y reposada penumbra del atrio, sus gibosas espaldas se despegaban de las paredes como glandes verrugas parásitas. Se despegaban en medio de un acre tufo a orín, a tabaco, a alimentos rancios y podridos. Toses y gemidos recorrían toda la fila mientras en las pestañas de piedra del campanario las palomas zureaban enloquecidas por la garúa de clamorosas partículas. Sombra color amandau kerambú de sonido. Con su trueno verdoso de hierro avevó, la torre crecía en el crepúsculo sobre los mendigos. Ellos sentían su peso y se levantaban. Cuando el fragor se ponía soñoliento, las rejas del pórtico comenzaban a chirriar. El sacristán los ahuyentaba con secas palmadas y sus ojos bizcos caían sobre ellos, torcidos, apremiantes.
       —Epac, María. Vaí’mbora, Vosé…, eh, vosé… —decía Juan Rapai, un viejo mulato del Matto-Grosso, que tenía las motas como granos de pichingá sucio. Gargajeaba, escupía por centésima vez, y se levantaba. Junto a él su mujer, María Teongüé, la sordomuda, se erguía rígida cataléptica con miradas inmóviles de ciega o de muerta.
       Toro Tingüé y Julián Machete, embarcadizos, abandonados para siempre en ese muelle de arcadas y losas pulidas, sin agua, proferían desdentados juramentos contra una chata cargada de yerba del Alto Paraguay, que nunca atracaba y que probablemente no atracaría jamás, a pesar de la fija obsesión de los náufragos.
       Paí Polí, ex sacristán de esa misma iglesia, se golpeaba el pecho a tongazos y rezaba el Credo con acento litúrgico.
       Canuto Pysá-pe-trompo, el campanero descalabrado treinta años atrás en una caída dentro de esa misma torre, se estremecía en un pequeño llanto onomatopéyico y sonámbulo y se cubría con las manos el hachazo de la cabeza.
       —Aú…, aú…, ya’u chochi, kirikiri, taguató… Tupa’ó gualambau… Aní… aní…
       Siempre lloraba de felicidad o de desdicha a esa hora en que su antigua novia, la campana mayor, su itapú-ambú-keraná, le arañaba el seso con sus trémulas uñas de bronce. Era hermosa y cruel, se parecía al tiempo y estaba demasiado alta, nube en forma de angu’á boca abajo chorreando temblor. Ya nunca podría llegar hasta ella. Y lo que caía de ella hasta él era apenas el curuví de las caricias que daba al otro campanero, mientras doblaba grave y retumbante por los vivos y los muertos.
       Angelo, el napolitano de larga barba blanca, herrumbrada por su saliva, con tabaco, probaba sus monedas en las encías, ávido y goloso. Se había comido hasta los dientes, o se los había chupado desleídos en caña.
       —¡Corpo di Cristo… per la Madona… níkelo chico… chico! —se levantaba poco a poco, acezante. Después cantaba, y en su gangoso estribillo de borracho palpitaba un golfo distante de aguas marinas como un sorbo de cielo en el buche de un pájaro apelechado.
       Petrona Cambuchí, prostituta, de rodillas y con su cara llena de arrugas pegada al húmedo muro, oraba un momento más mientras se extinguía el rumor, como si de ese instante fugitivo y secreto dependiera la salvación de su alma.
       Evaristo Ñakurutú, con suaves y lunáticos tirones, se arrancaba de la nariz invisibles gusanos que luego, cautelosamente, aplastaba con los pies.
       Karakú, antiguo sepulturero de la Recoleta, olía su nudoso bastón de guayabo, de extremo a extremo, lo golpeaba levemente contra la pared como si sacudiera un fémur para limpiarlo de tierra, y se levantaba.
       El último en hacerlo, si así puede decirse, era Pitogüé, cuya voz semejaba al chillido de un pájaro de mal agüero al filtrarse por sus labios partidos. De allí le venía el nombre y su fama funesta. Chillido de Pitogüé era muerte segura o desgracia para quien al pasar por el Portal de las Ánimas lo oyese al toque de la Oración.
       —¡Juii…, juiiii…, jululuiiiii…! —graznó esta vez y se levantó. La fila de pordioseros se estremeció. Evaristo Ñakurutú lo miró con sus ojos legañosos y dejó de arrancarse los gusanos de humo de la nariz. La plazoleta estaba desierta y ventosa, con sólo el remolino de la hojarasca sobre las lajas azules de sombra.
       A pesar de su cabeza enorme, Pitogüé era el más pequeño de todos, no el más joven. No tenía piernas. La explosión de una granada durante una revolución se las había volado dejándole unos cortos muñones que él acolchaba con trozos de goma de neumático atados con alambre. Las palmadas estrábicas del sacristán lo arrancaban de la pared. Se levantaba trastabillando; es decir, trataba de ponerse vertical, en una breve danza de tronco mocho, sobre sus raíces chotas.
       El mulato Juan Rapai, remolcando de la mano a su mujer, punteaba, y la tropa macilenta se ponía en marcha. Atravesaban el arco más pequeño hacia el mojinete de la iglesia, y cruzaban el cementerio. Pitogüé se largaba a caminar sobre sus grandes manos escamosas. El sacristán lo empujaba con el rastrillo de las rejas al acabar de cerrar, para hacerlo ir más pronto. Después, avanzaba escoltando a los demás un poco retrasado, hundido hasta las ingles en las lajas, en el pedregullo de los senderos, en el pastizal canoso por el vaho que empezaba a manar de allí como una respiración enterrada. Las piernas ausentes de Pitogüé irían chapoteando por lo bajo en rostros y huesos apagados. A ras del camposanto huían los últimos gorriones y la noche tiernamente nacía. La lechosa claridad morada que aún flotaba entre los cipreses y panteones desteñía poco a poco las sombras escuálidas de los pordioseros. La última en borrarse era la de Pitogüé, cuya cabezota de porongo lanoso iba rodando entre las cruces y las lápidas.
       Media hora después llegaban a casa del Obispo.

       Esa noche el frío y el viento los demoró más que otras veces. Pero no mucho. Después fueron llegando como siempre uno tras otro en el orden de costumbre. Sobre sus pobres lomos de hueso y trapo la carga del tiempo. Y el agua de la vida, que probablemente nunca había sido clara para ninguno de ellos y que ahora ya era espesa como caldo de albañal o jugo de culebras muertas, entorpecía sus rodillas, sus muñones o sus muletas de viejos mendigos.
       Entraron por el portón del que sólo quedaban las pilastras de ladrillo ungidas de amapolas y jazmines de lluvia.
       —¡Ave María Purísima! —clamó contra el viento roncamente la voz de Juan Rapai.
       La señorita Teresa les abrió la puerta.
       —¡Sin pecado concebida!
       Hubo un sordo crepitar de voces y plañidos entre el vozarrón de los embarcadizos y el chillido de agüería sin labio de Pitogüé.
       —Maiteí-pa, señorita Teresa. ¿Jha Monseñor? ¿Cómo vai?
       Juan Rapai no podía hablar sin mezclar su poco de español, guaraní y portugués.
       —Está enfermo. Está acostado, hermano Juan de Dios.
       —¿Enfermo Monseñor? —inquirió Paí Poli con su inevitable tono de sacristía. Y agregó en seguida—: No molestarlo, pues, al Monseñor, dejarlo tranquilo, que descanse… ¡Shsss…! —conminó a sus cofrades, moviendo sus manos insistentemente de arriba abajo—. ¡Silencio…, más silencio! Su Señoría duerme. Tenemos nikó che paíkuera que respetar el sueño de Monseñor…
       María Teongüé miraba con sus ojos vacíos hacia la pieza oscura donde dormía el Obispo.
       —Pasen, hermanos —rogó la señorita Teresa—. Hace mucho frío. Les voy a servir la cena.
       Los mendigos rodearon la mesa, medio huérfanos, silenciosos, cada uno en su lugar de costumbre. La señorita Teresa fue a la cocina a traer la comida. Todos quedaron inmóviles, menos Evaristo Ñakurutú, que continuaba tironeándose de la nariz sus invisibles gusanos, y Angelo, el napolitano, que oscilaba sobre su plato como un viejo chivo, blanco y hambriento.
       El olor de los mendigos llenaba el sombrío y derruido aposento.
       La señorita Teresa volvió de la cocina con la olla humeante. Se puso junto a la cabecera y rezó el Benedic. Dijo simplemente: «Bendice, oh Señor, estos alimentos». Y siguió después con el Padre Nuestro y la Salve. Rezó con unción tierna y nostálgica, como si en lugar de dispensar piedad ella fuese quien realmente la necesitara de esos menesterosos.
       Se sentaron y les sirvió como siempre, después de ayudar a Pitogüé a trepar y acomodarse en su sitio sobre el escaño. La señorita Teresa no ocupó el suyo, que era el primero a la derecha de la cabecera, sino que permaneció allí de pie con los ojos bajos y los brazos cruzados sobre el pecho. El sonido de las cucharas y el zangoloteo de las bocas sin dientes fue lo único que se oyó durante un rato. El vapor del locro subía por las caras provectas y las alisaba en una expresión dormida, o se escapaba de las bocas como el aliento visible de un hambre irremediable.
       Fue en ese momento cuando empezó a sonar el armonio. Nadie había visto salir al Obispo de su habitación a oscuras, salvo tal vez María Teongüé, que no dejó en ningún instante de mirar hacia allí, furtivamente, con sus miradas muertas.
       A los primeros acordes, todos los mendigos, todos, incluso los que no oían, giraron sus rostros y vieron al Obispo sentado delante del armonio. La señorita Teresa también lo vio y sus ojos se llenaron de lágrimas.
       La magra silueta del Obispo se movía levemente en la penumbra al compás de los pies que hacían accionar los fuelles. El solideo rojo y las guardas rojas de la sotana se destacaban nítidamente sobre la cabellera blanca y la tela oscura. Ya no parecía encorvado, ni enfermo, ni anciano. Pero el Obispo siempre se ponía así cuando se sentaba al armonio y empezaba a ejecutar. Sobre todo ahora. La música remodelaba en la sombra, apenas besada por la lámpara, su imagen venerable y le daba una apariencia inmaterial.
       La voz del armonio fluyó plenamente, más pura y poderosa que nunca, pero al mismo tiempo más suave y distante. Era la introducción del Más cerca oh Dios de ti, el cántico predilecto del Obispo para el acompañamiento de coro por los mendigos, que se acostumbraba cantar al final. Los primeros eran siempre el Punge hingua y el Tantum Ergo. Pero ahora inexplicablemente había invertido el orden. La voz del Obispo también se dejó oír. Se introdujo en la música y vibró en medio de ella dulcemente, sin vejez. Era una voz que recordaba cosas vividas, sueños y esperanzas que por fin se materializaban en una paz extática, llena de bondad, de comprensión y de perdón; un clamor de la sangre, un clamor del espíritu que venía de lejos y ya no podía morir. Los mendigos dejaron de comer y se fueron acercando al armonio como obedeciendo a un llamamiento secreto e irresistible. Y los que tenían voz empezaron a cantar con el Obispo.
       En medio del cántico la señorita Teresa recordaba las palabras del hermano. Ignoraba cuánto tiempo hacía que él le había recomendado:
       —Déles toda mi ropa, hermana. Ellos la santificarán con sus cuerpos más puros que el mío. Sólo le pido, hermana Teresa, que deje el solideo y la sotana que traje de Roma. Me los pondré el día de mi muerte…
       Hasta el filo de la medianoche el Obispo siguió tocando incansablemente el armonio. Y los mendigos cantaban con él.
       Después la música fue suavizándose y afinándose poco a poco hasta ser otra vez silencio. Había cesado el viento y la noche debía estar maravillosamente despejada. Por el agujero del techo se veían brillar las estrellas. El cielo era un profundo ojo azul entre las tejas rotas.
       El Obispo se levantó, abrazó a los once mendigos y a su hermana, los besó a cada uno en la frente, sin agregar más palabra, y volvió a su pieza, alto, magro y erguido, tan silenciosamente como había salido durante la cena. La señorita Teresa lo miró desaparecer en la oscuridad de su habitación. Nada dijo pero sintió que algo inexplicable había estado sucediendo todo el tiempo.
       Los mendigos empezaron a marcharse uno tras otro. Ellos también se habían vuelto parcos y misteriosos. Los ojos de María Teongüé estaban ahora empañados con algo semejante a la sombra de un inexpresable pensamiento. La señorita Teresa lo descifró sin esfuerzo. Petrona Cambuchí, la anciana ramera de Areguá, se sintió por fin purificada hasta los huesos. Al salir se prosternó ante la puerta de la habitación en tinieblas y su cabellera se desparramó sobre el piso como un pequeño chorro de ceniza. La última partícula de culpa estaba consumida en esa llama seca, en ese gesto, en esa despedida. Era otra vez un ser sin mancha, liviano y sonriente. Se levantó y salió.
       El último en salir fue Pitogüé. Su chillido de pájaro de mal agüero estaba mudo en el tajo de su boca. Y su mirada era de llovizna. Se alejó hamacándose sobre los muñones. Durante algunos instantes se oyó el frote de sus acolchados de goma sobre los ladrillos húmedos.
       Después hasta ese sonido desapareció. Por la puerta abierta entraba el frío puro de la noche, el silencio, el aroma de los jazmines. La señorita Teresa no volvió a cerrarla.
       Después tomó la lámpara y entró al cuarto de su hermano. El viejo señor Obispo dormía ya, pero en el gran sueño, No le tocó la frente porque sabía que estaba helada.
       Se arrodilló junto al catre y oró largamente en medio de un llanto silencioso, hasta que la lámpara se fue quedando cada vez más pálida. Amanecía.
       La señorita Teresa se echó sobre la cabeza su manto negro y salió a la calle. Tenía que conseguir un ataúd para su hermano. No pensaba en honras fúnebres, en los paramentos violetas y dorados de la liturgia romana, en grandes y sonoros responsos, en solemnes comitivas, en discursos, en carrozas y caballos de un negro resplandeciente portando innumerables coronas. Su hermano necesitaba ahora mucho menos que eso. Sólo las cuatro tablas lisas para que su cuerpo pudiera dormir en paz en la tierra oscura. Su alma ya estaba fundida en la luz, en el canto de los pájaros, en la celeste calma del universo como una gota de fuego de Dios —pensó ella— disuelta en un infinito cántaro de oro. A eso había sonado el armonio en la noche en medio del coro de los mendigos. Así ella siempre se imaginó la muerte de su hermano.
       Pero las cuatro tablas lisas eran difíciles de conseguir. Anduvo mucho, golpeó muchas puertas, habló con bastante gente, antiguos conocidos, amigos, parientes que el Obispo había educado, vestido, alimentado. Sólo cosechó ambiguas frases: «¡Pobre Monseñor…!», «¡Quién iba a decir que también a él le iba a tocar la muerte…, a esa reliquia de la Iglesia!». Los más apenas se dignaron preguntar cuándo iba a ser el entierro y prometer su asistencia.
       Llegó hasta la Curia. En la portería del palacio eclesiástico la atendió un cura alto y joven de labios gruesos y expresión replegada y sinuosa, que hacía esfuerzos por ponerse a tono con la situación sin que se notara demasiado su incomodidad.
       —¡Oh, lo sentimos mucho, qué duda cabe! —le dijo con una genuflexión mientras se sobaba las manos blancas y velludas—. Pero estamos muy pobres, ¡muy pobres! —recalcó—. Por nuestra cuenta correrán las exequias. ¡Oh, eso sí! Todo será de primera. Misa de cuerpo presente revestida. Los ornamentos…, las luces… —trataba de abultar con los gestos la enumeración—. Se designará un orador sagrado para la alocución fúnebre. Irá el coro de la Catedral. Pero el féretro, ¡imposible, señorita Teresa…! —casi a su oído, como si tuviera vergüenza de decirlo, los belfos carnosos e hipócritas musitaron—: ¡Apenas tenemos qué comer! ¿Se da cuenta?

       Sólo le restaba un lugar: el atrio de la Recoleta, el Portal de las Ánimas.
       Llegó hasta él a pie desde el centro. Los mendigos la rodearon. No fue necesario que hablara. Ellos comprendieron en el acto lo que la señorita Teresa venía a contarles.
       —¡Murió nuestro Padre…, o manó ore Obispo santo-mí…, murió…, murió…! —clamaron las voces roncas.
       Ella sólo dijo después de un instante:
       —Quisiera que me ayuden a vender el armonio para comprar el cajón.
       —¿Vosé queré vender o armonio de Monseñor? —saltó angustiado Juan Rapai.
       —Será como enterrarlo en su instrumento, que él quería tanto —explicó simplemente la señorita Teresa. Todo era muy simple ahora. Como la vida y la muerte.
       María Teongüé asentía con sus gestos convulsos, sin expresión.
       —Claro —convino Paí Poli cruzando los dedos—. Será como enterrar a Su Señoría en el armonio.
       La señorita Teresa volvió a salir del Portal, esta vez acompañada por todos los mendigos.
       Bajo el fulgor frío del mediodía, el pequeño armonio negro salió en hombros de los pordioseros. Los vecinos intrigados miraron pasar la extraña caravana parecida a un montón de hormigas avanzando fatigosamente con su carga bajo el sol.
       De la misma manera llegó la caja negra parecida al armonio. La señorita Teresa venía delante. Su manto estaba blanco de tierra. En sus ojos viejos ya no había lágrimas. Sólo una gran paz. Su rostro brillaba en medio de esa paz. Y ni siquiera la desolación podía empañarlo. Apenas se distinguía ya de los pordioseros que cargaban el cajón vacío.
       La calle, el patio, la casa, estaban llenos de gente silenciosa, gente humilde, gente del pueblo, que abrió paso respetuosamente a los que llegaban.
       Unas mujeres ayudaron a la señorita Teresa a poner el cuerpo del Obispo en el tosco ataúd. Al transportarlo del catre el solideo rojo se deslizó de la cabeza y cayó al suelo. Pitogüé fue quien lo levantó con sus grandes manos corochas. Lo besó cerrando los ojos y después lo alcanzó a Petrona Cambuchí. Ésta lo besó de la misma manera y lo pasó a Juan Rapai, y éste, después de besarlo igualmente, a otro, y éste a otro y a otro. Así el solideo del Obispo viajó por todas las manos y fue rozado por todos los labios como un luminoso casquete de sangre endurecida, de pensamiento rojo, de espíritu con forma de burbuja de púrpura, pulido por la devoción y el cariño de la gente sencilla, la buena gente del buen Dios, hecho también de tierra y sufrimiento. Después volvió a coronar la cabellera blanca, la cabeza ferrada de tenue neblina del Obispo difunto.
       Entre todos lo llevaron a enterrar. La tarde dorada pesaba sobre el pobre cajón. La sombra de los árboles. La altísima cúpula del cielo.
       Y los pies descalzos del pueblo batían el polvo caminando lentamente junto al viejo amigo muerto que parecía dormido.



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