Augusto Roa Bastos
(Asunción, Paraguay, 1917 - Asunción, 2005)

La tumba viva (1953)
El trueno entre las hojas
(Buenos Aires: Editorial Losada, 1953)



      Mucho después —no en el momento en que Fulvio Morel se había puesto intensamente pálido al mirar hacia arriba— comprendí que ciertas mutaciones del tiempo no son caprichosas.
       En ese momento no sabíamos todavía que el árbol bajo el cual nos hallábamos sesteando —un guapo’y de descomunales proporciones— era un árbol que se había tragado a otro árbol. No sabíamos todavía que el cardenal que se había introducido entre sus hojas con un vuelo dormido y vertiginoso de colibrí era el índice que el aparente azar había elegido para señalar el sitio con la gota de fuego de su penacho saltarín. No sabíamos todavía nada del misterio que había permanecido oculto durante más de quince años En una palabra, nada sabíamos aún de toda la historia.
       Para los huéspedes de Fulvio Morel todo hasta ese instante se había limitado a unos cuantos hechos sin mayor trascendencia: la fatigosa y nula batida de caza en los bosques de la extensa propiedad, el calor cada vez más sofocante entre los árboles, la sed, el venadito que se había cobrado casi al filo del mediodía y sacrificado en seguida para el asado, la sesteada después, bajo el guapo’y gigantesco, con una sombra de más de veinticinco metros de diámetro, los gritos y la decreciente charla que el sueño y la resolana acabaron por extinguir. Después alguien, un chico, vio al cardenal saltar de rama en rama y posarle por fin en esa ramita seca y blanca parecida a un hueso. Y en ese momento el chico gritó:
       —¡Miren… miren eso allá arriba! ¿No es un…? —se había interrumpido tratando sin duda de identificar primero con exactitud lo que señalaba a los otros agitadamente.
       Nosotros veíamos solamente la borla roja del cardenal entre las hojas. Pero ya Fulvio Morel se había levantado y miraba hacia arriba como preso de una repentina alucinación.
       En los tenaces y secretos caminos que ascienden desde el plomo hasta el oro, o degeneran de la lluvia hasta el barro, de la virtud a la corrupción, de la culpa al castigo, de la indiferencia a la desesperación, todos los momentos, aun los más aparentemente triviales, deben de estar prefijados.
       Ese momento evidentemente lo estuvo. Pero sólo después lo comprendí. La acumulación de circunstancias pudo al comienzo atenuar la evidencia. Pero después todo fue claro. Y por qué fue Fulvio Morel y no su padre quien padeció el choque de ese momento, único entre todos pero inexorable, también me lo expliqué después.
       O creí intuirlo. Y fue la imagen de ese árbol de increíble voracidad la que me sugirió posteriormente estas cavilaciones. Ese árbol se había tragado a otro árbol que estaba seco y muerto dentro de sus nudosos tentáculos, levantándolo al crecer con sus voraces, ávidas fuerzas, levantando poco a poco con el correr de los años, insensiblemente, ese tronco hueco y muerto, semejante a una hornacina que guardara íntegra la carga de su secreto, amortajado en una leve y porosa capa de corcho, que el viento y los pájaros, la erosión del tiempo implacable habían dejado por fin al descubierto.
       Como en el guapo’y vigoroso y voraz, en Fulvio Morel estaba íntegro y vivo el padre muerto hacía algunos años; aquel terrateniente español con alma y manos de encomendero que había sido a su vez despiadado y voraz, y a quien su viudez, primero, luego la extraña desaparición de la hija y, por último, el ascetismo rencoroso de su refugio en el feudo, habían ido convirtiendo, mucho antes aun de morir, en una momia de corcho alrededor de la cual creció, nutriéndose de ella, la vida del único heredero.
       Fulvio Morel era su padre, más unas cuantas capas verdes, sus propios tentáculos, la carga sombría de los secretos familiares, su avidez, su robusta capacidad de absorción, su indiferencia.

       Yo creía conocer bastante bien a Fulvio Morel. Juntos habíamos comenzado los estudios en la Facultad de Derecho y regresamos a fines de 1931, cuando la inminencia de la guerra del Chaco comenzaba a caldear el aire perezoso y antiguo de Asunción.
       De una manera que aún hoy me cuesta trabajo explicarme, mi autoritario compañero de estudios, rico, sensual y egoísta, había logrado esclavizarme por completo a sus caprichos. De modo que incluso su flamante título de abogado —y no solamente el mío— había salido en parte de mis laboriosas lecturas. La otra parte la pusieron la intimidación y el soborno.
       Su don de asimilación era de todos modos realmente fantástico. Le bastaba oír algo una sola vez; se le quedaba grabado para siempre. Al regreso de sus transnochadas, o al cebarle el mate por las mañanas, tenía que resumirle lo que yo había leído o leerle nuevamente capítulos enteros. Y me daba cuenta de que lo hacía en la misma actitud servil que adopta el criado al cepillar la ropa y los botines del patrón Pero no podía remediarlo. La casa, los libros, la voluntad de dominio, eran de Fulvio Morel.
       La única concesión que me hizo fue consultarme sobre la forma en que festejaríamos la terminación de nuestros estudios.
       —Podríamos quedarnos y organizar varias farritas aquí, o irnos al campo a cazar.
       Él llamaba simplemente el campo al enorme fundo rural de Ka’apukú, situado a corta distancia del lago Ypoá, bordeado de esteros y montes.
       No sé por qué esa propiedad y la antigua casa semiderruida que había en ella, en el centro de un bosque centenario de naranjos, me habían atraído siempre. Así que, sin pensarlo dos veces y con el anticipado regusto del viaje, le dije:
       —Mejor al campo, Fulvio. Esto ya debe tenerte aburrido.
       —Sí; mucho nuevo no hay.
       —Unos días de vida sana en el campo no te van a venir del todo mal para desintoxicarte un poco.
       —Sí; pero de todos modos hay que llevar unas cuantas mujeres para el beberaje. Cada vez voy soportando menos beber en mi sola presencia. Tengo la impresión de que chupo mi propia sangre. El espectáculo de una mujer borracha es lo único que todavía hace más o menos digna la vida para mí —y Fulvio Morel lanzaba unas carcajadas roncas y lúgubres festejando su brulote.
       —O mejor…, sí. Tal vez… —dijo después de una pausa, reflexionando sobre algo que se le habría ocurrido de repente, mientras yo tenía la mente clavada en los pilares con fuste de mármol de la casa en ruinas, donde el viejo terrateniente había vivido sus últimos años, feroces y retraídos, clavada en el inmenso naranjal circular, en el fundo entero que me llenaba desde lejos con su incómoda magia.
       —Sí; creo que sería la oportunidad —aclaró— de acorralar a esa chusquita de Hebe Corvalán. La invitaríamos con su madre. La vieja irá con toda seguridad. Anda queriendo echarme el guante. Y ya allá, pueden suceder muchas cosas. ¿No te parece?
       —No sé…, no sé… —le respondí pensando un poco asustado en la brusca derivación del proyecto. La figurita fina y hermosa de Hebe Corvalán, con sus diecisiete años apenas, de gracia fresca y satinada como un jazmín moreno, se me apareció en el fundo vagando por el caserón o entre los árboles, bajo el acecho bestial de Fulvio Morel.
       La hija del ex ministro que había sido baleado una noche por manos anónimas, heredera de un patrimonio en bancarrota y sin más guía y protección actual que la de su madre, una ingenua y blanda señora ansiosa de «colocarla» a todo trance, era una presa a propósito para Fulvio Morel. Yo sabía que, una vez en sus manos, éste no se detendría ante nada para sacrificarla a la inspiración del momento, aunque después arrojara todo el hecho por encima de los hombros, como hacía con las fundas arrugadas de sus cigarrillos, empañados e indiferentes los ojos, la boca fruncida por ese imperceptible tajo de desdén y crueldad solapada que estaba siempre allí flotando a un costado, como la marca emergida de su temperamento.
       No podía menos que suceder. Como sucedió al segundo día de nuestra llegada al fundo, a pesar de haberme empeñado como un loco en que no sucediera. Pero esa circunstancia, esa víctima inocente estaban también sin duda prefijadas.
       Fulvio Morel consumó su designio la noche anterior a la partida de caza. Pero nadie se enteró, nadie sospechó nada. Yo mismo hube de saberlo sólo mucho después, cuando la ignota casualidad quiso que andando los años Hebe Corvalán fuera mi esposa y, en un momento de debilidad que fue de fortaleza y de restitución para ambos, ella me confesara lo que había sucedido aquella noche de dolor, de humillación y de vergüenza. Para entonces, Fulvio Morel no era ya sino un funesto recuerdo, mientras sus huesos se desintegraban en algún perdido cañadón del Chaco donde la guerra lo había hollado, destruyéndolo y redimiéndolo al mismo tiempo de una manera realmente indescifrable.

       Por todo eso no me asombró después, al reconstruir los hechos, que ese cardenal hubiera esperado quince años para señalar el sitio con su diminuto penacho rojo; que hubiera esperado todo ese tiempo la presencia de Fulvio Morel para mostrarle la evidencia delante de toda esa gente, llena de jovial odio hacia él, elegida por él mismo para que fuera testigo de ese hecho por el que hubiera dado él la mitad de su sangre para seguir ignorándolo hasta el fin de su vida.
       No me asombró que Hebe Corvalán, repentinamente indispuesta, se hubiera quedado en la casa con su madre.
       Para ella, doliente y llena aún de desesperado, de íntimo rencor por el ultraje que había padecido en la noche, debió constituir una venganza incomprensible no fraguada, tramada por alguien superior a los dos, verlo a él llegar por la tarde como llegó; verlo a través de la ventana cruzar los rotos fustes de mármol como un muerto que había devorado hojas hasta morir y hasta levantarse de nuevo, de tan pálido y verde que estaba cuando bajó del caballo y se refugió en la más secreta habitación de la casa en ruinas; probablemente en la misma en que había muerto el padre mirando las paredes en cuyas grietas ahora crecía el musgo y aun oscuros manojos de yuyos parásitos.
       No me asombró que un chico fuera quien descubriera al cardenal y que, después de dos o tres segundos apenas de vacilación, concluyera la frase comenzada:
       —¡Miren…, miren eso allá arriba! ¿No es un… esqueleto?
       Fulvio Morel se había puesto en pie de un salto, miraba hacia arriba y estaba empezando a ponerse intensamente pálido, como si su palidez creciera en la medida en que el chico iba trepando al árbol. La borla de fuego del cardenal se escurrió entre el follaje. El chico llegó por fin a la cima del árbol. Su grito casi alegre cayó sobre los rostros expectantes.
       —¡Sí… es un esqueleto! ¡El esqueleto de un chico!
       Se veía a sus manos apartar, hurgar entre las hojas. De pronto volvió a gritar:
       —¡Alrededor del cuello hay una cadenita!
       En medio del silencio ardiente y febril, el chico seguía traduciendo el secreto mensaje aprisionado en la mortaja, de corcho.
       —¡En la cadenilla hay una cruz y una medalla en forma de corazón!
       El chico estaba deletreando algo con esfuerzo.
       —¡En la medalla hay un nombre! Dice… dice…
       Fulvio Morel se lanzó contra el árbol. Todos creíamos que también él iba a trepar al grueso tronco hueco, alrededor del cual se enroscaban los tentáculos librosos y tensos. Pero la voz del chico diciendo el nombre lo paralizó de golpe, como si le hubiera arrojado una piedra en la coronilla.
       —¡Dice… Alicia! —gritó el chico, respondiéndole abajo, como un eco sordo, el estrangulado gemido de Fulvio Morel.
       Después de quince años, él venía a encontrar los restos de su hermanita Alicia, desaparecida misteriosamente, raptada por aquel monstruo, mitad hombre y mito, cuando ella apenas contaba doce años de edad y él uno menos.
       No era probablemente el horror lejano de aquel hecho, convertido ya en leyenda de su infancia, sino las circunstancias del hallazgo las que le habían arrancado ese gemido. El momento, las cosas que acababan de pasar.
       La tumba viva de su hermana estaba allí. Pero la historia de todo eso se remontaba mucho más atrás.

       Había comenzado cuando aquellos pobres parias que trabajaban en los arrozales del feudo —algo así como una cincuentena de hombres y mujeres parecidos a espectros cobrizos— vinieron a denunciar a don Francisco Morel y Santillán la misteriosa desaparición de tres críos. Habían desaparecido sin dejar huellas. La única particularidad que habían notado era que la desaparición de los críos, todos entre ocho y doce años de edad, coincidía con el primer día de la luna nueva.
       —¿Y qué queréis que os haga? —les había respondido el hosco sátrapa del caserón blanco, sentado en la galería y con los pies apoyados en uno de los fustes de mármol—. ¿Queréis ahora que mientras vosotros holgazaneáis en los arrozales en vez de trabajar yo haga de nodriza a vuestros rapaces? Si vosotros mismos no los cuidáis, no sé cómo podéis quejaros de que vuestros hijos desaparezcan. Se habrán ahogado en el estero… ¡Bah, qué sé yo!
       —No, karaí don Francisco —murmuró sollozando una mujer—. Hemo’ buscado por toda’ parte. No etá. Alguno robó ore memby…
       —Y bueno, ¡cuidadlos, rediez! No supondréis que he sido yo quien los ha robado.
       —No, karaí don Francisco. Pero si se puede hacer algo… por eso’ pobre’ inocente…
       —Bastante tengo con ocuparme de vosotros, ¡hato de holgazanes, que me chupáis la hacienda sin misericordia! Idos a trabajar y dejadme en paz de una vez.
       Y los ahuyentó con palmadas nerviosas como a animales que hubieran amenazado invadir la casa. Los espectros cobrizos regresaron silenciosos y aplastados al inmenso bañado palúdico donde estaban los arrozales. Habían venido en demanda de justicia, de protección. No encontraron más que improperios, los que no habían brotado, sin embargo, sino como la respiración natural de la sañuda omnipotencia enquistada en el caserón, en el karaí-roga, como lo llamaban con medroso respeto los pobladores del feudo.
       A través de una ventana, un par de ojos infantiles, azules con el matiz tierno de las campanillas, miró alejarse por entre los naranjos a la tropa oscura y andrajosa. Eran los ojos de la pequeña Alicia Morel, que había escuchado también parte de la querella de los que acababan de irse. Un poco después irrumpió en la galería, realmente impresionada.
       —¿Qué quería esa gente, papito?
       —Nada nada, hija. Las eternas protestas de siempre. Que esto, que lo otro, que lo de más allá ¡Uf!
       —Hablaban de unos chicos que se habían perdido.
       —Nada. ¡Pamplinas! Y tú, ¿cuándo vas a aprender? Te tengo dicho que no escuches detrás de las puertas y ventanas.
       —Hablaban en voz alta, papito. Escuché sin querer.
       —Bueno, bueno. Vete adentro. ¿Dónde está Fulvio?
       —En la despensa, cazando ratones con un anzuelo.
       —¡Bonito tunante! Dile que le ordeno que se deje de hacer majaderías, ¿me oyes?
       —Sí, papito. Se lo voy a decir, aunque es seguro que no nos hará caso.
       Las desapariciones de chicos continuaron metódicamente. La racha llegó a los plantadores de algodón y de maíz. Se habían perdido ya ocho, en total, en menos de cuatro meses. Desaparecía cada uno en sitio distinto. Luego, el misterioso raptor se daba una tregua. Y volvía a empezar la recolección, justo el primer día de luna nueva.
       Los pobladores estaban desesperados con los estragos de este azote verdaderamente diabólico. Un espanto supersticioso se abatió sobre ellos; una fatídica zozobra revuelta de figuras monstruosas y terribles: el aliento negro de la mitología.
       —¡Será el Luisón, che Dios!
       —¡O el Pombero!
       —¡Tal vez el Pyta-Yovai!
       —¡¡O el Mboi-yaguá…!!
       Toda la fauna mítica empezó a danzar por las noches alrededor de las fogatas prendidas en las misérrimas chozas.
       Un viejo rasgó algo de la cerrazón sobrenatural cuando dijo:
       —Tal ve’ ko sea algún leproso que roba a la’ criatura para bañarse con su sangre. En Tavapy había uno. Colgaba a lo’ mitaí de la’ pierna en un árbol. Luego se ponía debajo y le’ cortaba la cabeza para recibir el chorro caliente sobre lo’ kurú-vaí. Lo agarraron haciendo eto y lo quemaron.
       La variante no era menos atroz. Algunos seguramente, en el fondo de su corazón, optarían, entre dos males, por la alternativa demoníaca. Contra eso no había remedio. Pero no podían concebir que el monstruo fuera un «cristiano».
       —¡Aní angá-hená, che Dios!

       Un día surgió imprevistamente una pista, un indicio. Alguien, durante una siesta, había visto correr en el maizal, rumbo al monte, a un enano giboso y peludo de larga barba e hirsutos cabellos rojizos. La enorme joroba parecía en la espalda otra cabeza, pero monda, pelona. Lo persiguió tenazmente un gran trecho y cuando ya estaba a punto de darle alcance, el monstruo enano, o lo que fuera, desapareció misteriosamente bajo tierra. Se lo volvió a ver dos o tres veces más, y en todas estas ocasiones había tornado a desvanecerse bajo tierra en un soplo.
       Esas apariciones fugaces coincidían con nuevos raptos de criaturas, de modo que ya se sabía por lo menos a quién atribuirlos concretamente. La versión de un yasy-yateré comedor de criaturas desplazó entonces a las otras bestias mitológicas y se esparció por todas partes con la influencia de un sueño maligno cuyos rastros eran sin embargo reales: las huellas de los pies deformes del monstruo en la tierra blanda de los plantíos.
       Las intermitentes pesadillas acabaron por convertirse en una realidad permanente. Al principio, la giba del enano —no su rostro—, su pelambre rojiza e hirsuta, sus carreras sinuosas de lagarto, sus misteriosos desvanecimientos subterráneos, habían resplandecido siniestramente para ellos sólo en la enceguecedora fiebre de las fiestas, en los maizales. Ahora lo veían a todas horas y en todas partes: un sol negro y jorobado, quemando su retina y su imaginación como un tizón huidizo.
       El viejo que había referido la historia del malato de Tavapy no quería entregarse del todo al estupor impotente de los demás. Siguió insistiendo:
       —Tal ve ko no sea un yasy-yateré. Tal ve sea otro Lázaro. Tal ve lo podamo’ agarrar con uno bueno perro y una escopeta…
       Acabó por convencerlos vagamente cuando aquel carpinchero herido por un onza, de paso por allí, les había prevenido al saber lo que ocurría:
       —Puede ser. Un enano como ese que dicen desapareció hace algún tiempo en Ila Yakaré, en el lago. Parecía enfermo. Pero nunca le vimo’ la cara. Un día casi lo lanceamo’ creyendo que era un carpincho. Etaba en el agua entre lo’ camalote. Depué no lo vimo’ nunca má.
       Pero Isla Yakaré quedaba muy lejos. No podía ser. La visión del fabuloso yasy-yateré seguía rigiendo el miedo supersticioso de los lugareños.
       Sin embargo, urgidos por el viejo, volvieron a impetrar la gracia del karaí del caderón. Él los oyó impasible, sumido en la galería, los pies apoyados en el fuste blanco, la robusta figura un poco desdibujada en le penumbra que empezaba a ponerse color borravino con la caída de la noche. No le pedían esta vez sino una traílla y una escopeta, en préstamo, para tratar de capturar al culpable. El viejo explicó:
       —Si no e’ un yasy-yateri ko a lo mejor lo podemo’ agarrar… Hemo rociado a una criatura con agua bendita y la dejamo’ en su camino, para marear al tekové vaí. Pero la robó lo mimo. Tal ve ko no’ olvidamo de ponerle una era de pindó karaí al cuello… Ahora queremo probar a la’ mala. A lo mejor ko lo podemo’ agarrá…
       Unos ansiosos ojillos azules escrutaban tenazmente desde la ventana. Era la pequeña Alicia Morel, cuyas carnes mordía el fantástico relato que estaba surgiendo de entre los naranjos, de varios labios a la vez, en un ronco dialecto mezcla de guaraní y español.
       «Una cruz al cuello…». Alicia anotó mentalmente este detalle. Ella llevaba al cuello en su cadenilla, junto con el medallón, la cruz de oro que había sido de su madre. Tal vez entonces no había más que salirle al encuentro y pedirle que se fuera. Si no estuviera tan asustada, ella pensó que tal vez se habría atrevido. Esos ocho críos tiraban de ella desde el relato que estaba escuchando; sus pequeñas cabecitas decapitadas y oscuras, sus bracitos ensangrentados tiraban de ella desde los roncos plañidos de sus padres. Ella quizá debería atreverse. El monstruo vería la cruz de oro y huiría bufando con el demonio adentro. Esos desgraciados no tenían una cruz de oro para enfrentarlo. La cruz de pindó tal vez no serviría. Era muy pobre. Por eso el yasy-yateré seguía robando y devorando a sus hijos.
       Las palmadas nerviosas volvieron a sonar en la penumbra de la galería ahuyentándolos.
       —Si es lo que vosotros decís, no conseguiréis nada con perros ni escopetas. Rezad y aguantaos. Dios seguramente no os estará castigando en vano, holgazanes. Idos, y dejadme en paz, ¡so cretinos!
       Don Francisco Morel y Santillán no iba a poner un solo alfiler en manos de esos palurdos, bajo ningún pretexto. Con ellos nunca se sabía. Era mejor tenerlos así aplastados, estrujados, inermes, contra la tierra. Y en cuanto a los críos desaparecidos, a él se le importaba un ardite.
       —¡Qué criaturas, roedores son que le esquilman a uno desde que nacen!
       Las furiosas palmadas arrojaron a las sombras esqueléticas en la noche verde del naranjal. El aire fragante soplaba entre los pilares blancos.
       Alicia buscó a su hermano y le confió en secreto su propósito de enfrentar al yasy-yateré con la cruz de oro.
       —Claro, tendrías que hacerlo, Alicia —la alentó él, aviesamente—. Se podría muy bien. Papá duerme por las siestas. El monstruo sólo a esa hora aparece. No lo diremos a nadie. Cuando vuelvas, tendremos de qué hablar… Yo mismo te acompañaré hasta el borde del maizal.

       Al día siguiente, la pequeña Alicia desapareció misteriosamente.
       Don Francisco se levantó de dormir su siesta. Llamó a Alicia. No le respondió. Ya no le habría de responder en su vida.
       —¿Dónde está Alicia? —gritó encolerizado.
       Fulvio nada sabía, los sirvientes tampoco. Nadie sabía nada. Apaleó a la negra que había sido su ama de leche hasta dejarla medio muerta. Apaleó ferozmente, en medio de denuestos e imprecaciones, a los otros sirvientes. Pero nada sacó en limpio. Fulvio, subido a un naranjo, oía las tundas y los gritos del padre con una imperceptible y perversa sonrisa Él sabía adónde había ido Alicia, pero no iba a decirlo, así le abrieran en tira la piel. Después don Francisco recorrió como un loco el maizal. Arrancaba las matas, arañaba la tierra como un perro rabioso. Tenía la boca llena de espuma y maldiciones. Sólo encontró las huellas de los pies deformes del yasy-yateré. Había llegado hasta muy cerca de la casa. Donde empezaban las huellas del monstruo, terminaban las de los pequeños zapatitos de Alicia. Se había embarcado rumbo al País de las Maravillas. Se acordó del libro con preciosas láminas en colores que le había traído no hacía mucho tiempo de Asunción. Prorrumpió en histéricas risotadas, que murieron en sollozos cuando se dejó caer en la tierra del maizal, hundiendo el rostro en el polvo como si buscara en él a la hija desvanecida para siempre. Para siempre, sí; aunque él en ese momento aún lo ignoraba o, por lo menos, se resistía a creerlo. Se levantó de allí más tétrico aún, con el silencio que le envolvía ahora en una crispadura amenazante y terrible.
       Puso a toda su gente a revolver el feudo día y noche, de un extremo a otro. Un mes duró la implacable batida acezante y sonora de perros, de disparos, de gritos. Una siesta vieron —él también lo vio— el destello fugitivo del monstruo en el maizal seco. Un resplandor negro y rojizo de pelos y giba y ojos infernales que duró sólo un momento. Fue una raya, un ruido zigzagueante. Nada más. Cuando se dieron cuenta, ya se había apagado otra vez. Ladraron y acometieron los perros, sonó varias veces el fusil del amo. Pero donde desapareció no había siquiera un poco de ceniza oscura.
       Alguien encontró bajo una piedra el agujero de un túnel cavado seguramente por algún yurumí. Estaba considerablemente agrandado. El enano podía muy bien haberse deslizado por allí. Excavaron un largo trecho de la galería subterránea. En una especie de recodo donde la galería se ensanchaba en una especie de cueva parecida a un horno, encontraron los restos de ocho criaturas decapitadas, sus andrajos, sus huesos. Los despojos de Alicia no aparecieron por ninguna parte, la ropita blanca y azul que llevaba puesta el día del rapto, sus zapatos negros de hule. Don Francisco dio orden de cegar ese agujero sepulcral en la tierra. La procesión de los lugareños se alejó hacia el bañado con los restos de sus críos, sollozante y cobriza. Se sintió de pronto más miserable que sus miserables y desgraciados esclavos.
       El monstruo no volvió a robar más criaturas Alicia Morel había hecho el milagro de ahuyentarlo.
       Entonces don Francisco llevó a Fulvio a Asunción y lo internó en un colegio religioso. A su regreso, más que despedir arrojó del feudo a todos los pobladores y de la casa a todos los sirvientes, y se encerró en ella a vivir hasta el fin en un taciturno aislamiento.
       De Asunción se trajo de venida un verdadero cargamento de trampas-serruchos de las que se utilizan para cazar zorros y tigres. Eran más de mil trampas. Las diseminó él personalmente por toda la propiedad, disimulándolas con la prolija obstinación de un obsesionado.
       Después de sus siestas, a eso de las cuatro de la tarde, salía a recorrerlas una por una, al paso de su enorme tordillo. Él conocía los sitios, los miraba de soslayo y pasaba rebrillándole en los ojos el odio profundo y frenético que brotaba de la raíz misma de su vida emponzoñada.
       Una tarde divisó a lo lejos entre la maleza, en el emplazamiento de una de las trampas, el agitado movimiento de un bulto. Al galope tendido se acercó a él. Su decepción le nubló aún más el rostro sombrío y cadavérico. No era el yasy-yateré. Era uno de los recolectores de yerba que pugnaba por zafar el destrozado pie de las fauces del serrucho. Don Francisco le increpó:
       —Y tú, ¿qué haces aquí, perillán, ladrón? Os he dicho que os fuerais todos…, todos. ¡Largo de aquí!
       Más que para ayudar al incauto, don Francisco se apeó para liberar la trampa y armarla de nuevo.
       Quince días después, un nuevo agitado bullir entre los matorrales captó desde lejos su atención. Pero esta vez no se apresuró. Por la desesperación de esos movimientos conjeturó que la presa era otra vez solamente uno de esos pobladores cretinos que no se acababan de ir. Cien metros antes de llegar a la trampa, vio que los movimientos habían cesado por completo. Supuso que el hombre o animal capturado por los dentados resortes se habría zafado o ya estaría muerto. Desmontó y se acercó. El espanto, pero sobre todo el rencor, distendieron sus ojos. De nuevo su odio, su obsesión de venganza, habían marrado parcialmente el golpe: atrapado en el serrucho sólo estaba el pie deforme y ensangrentado del monstruo, no amputado por los dientes del artefacto, sino un poco más arriba, en la coyuntura del tobillo. Él mismo se lo habría cercenado con un machete o un cuchillo para escapar a tiempo del cadavérico señor que venía avanzando al tranco del tordillo.
       Ese pie peludo era el retrato chorreante del monstruo: los dedos como muñones protuberantes y separados; el verdadero pie de un plantígrado en el que la reminiscencia humana era lo más monstruoso. Un pie ancho, córneo y plano, negro por la sangre.

       Don Francisco Morel y Santillán no tuvo, sin embargo, que esperar mucho para ver destruido del todo a su enemigo. Unos días más tarde apareció muerto al borde del arroyo. La gangrena le había devorado la pata amputada a la altura del tobillo. La caquexia, la sed, lo fulminaron en el trayecto al arroyo hacia el cual avanzó arrastrándose. Sus labios, tumefactos por la lepra, no alcanzaron a mojarse en el agua cristalina, que sólo le sirvió de espejo final para morir viendo su hirsuta y deforme cabezota rojiza que se iba oscureciendo poco a poco en la noche tenebrosa de la que había salido.
       En el duelo entablado entre esos dos seres siniestros, no se sabía quién había vencido a quién. El adusto señor del caserón murió poco después.
       Solamente la sonrisa incorruptible de Alicia Morel siguió vagando por el feudo abandonado. Aun entonces la pudimos ver y aspirar en la escarcha perfumada que las ráfagas del verano hacían llover de los naranjos en torno al caserón en ruinas.
       Y sus azules ojos infantiles siguieron encendiéndose en las campanillas azules, cuando de su cuerpo angélico que había fascinado nupcialmente al monstruo no quedaba ya otra cosa que su pequeño esqueleto subiendo lentamente en su leve mortaja de corcho hacia la gota de fuego del cardenal que había de vindicarla quince años más tarde, hacia la secreta razón de unas mutaciones prefijadas, hacia los enloquecidos ojos de su hermano.



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