Mario Benedetti
(Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó,
Uruguay, 14 de septiembre del 1920)


Benedetti: el ejercicio de la conciencia
Por
Roberto Fernández Retamar
(Casa de las Américas, La Habana)


      En carta fechada en Saignon el 6 de octubre de 1975, Julio Cortázar, a propósito del monstruoso crimen que arrancó la vida a Roque Dalton, me escribió: «Inútil decirte que la imagen de Roque significa para mí Cuba, la Casa de las Américas donde lo conocí, la mesa redonda de nuestras charlas y discusiones en torno a la revista. Por eso, en el texto que te envío como respuesta a tu pedido, verás asomar todo eso y muchas otras cosas». Y antes de terminar sus líneas, añadió Julio en nota manuscrita: «...dame noticias de Mario Benedetti. He estado muy inquieto desde que supe de su partida del Perú, y mis informaciones no son acaso las buenas. Me dicen que está con ustedes, cosa que deseo de todo corazón. Mario es uno de los hombres más valiosos de nuestro continente y por tanto siempre en peligro».
       La expulsión en 1975 de Mario del Perú (antes había tenido que abandonar, perseguido, su país primero y Argentina después) está ampliamente documentada en el capítulo «Exilios y mudanzas», de El aguafiestas, la excelente biografía de Benedetti hecha por su tocayo Paoletti. «La decisión, explicó allí Benedetti, fue irme a Cuba. Le mandé un telegrama a Haydee Santamaría y al día siguiente me enviaron la autorización para viajar». Paoletti añade:

                 Mario se irá, pues, a Cuba, que sigue siendo su patria política y el lugar donde ocurre la Revolución a la que se siente ligado por un doble compromiso de admiración y lealtad. Pero no se va feliz, como había ocurrido en los sesenta, sino con el ánimo por el suelo porque ahora Mario es un hombre marcado por la dictadura de su país, y una simple llamada telefónica desde La Habana a Luz o a su madre (ni hablar de los amigos) sería excusa suficiente para un encarcelamiento.
                   

      Más allá de la amarga anécdota, quiero destacar que el vínculo establecido en la carta mencionada al principio entre dos grandes compañeros, Roque Dalton y Mario Benedetti, por un tercero de su estirpe, Julio Cortázar, está lejos de ser azaroso. Revela la ardua lucha y la inmensa tensión de una época en que nuestra América intentó (renovando los tiempos de L'Ouverture, Bolívar, San Martín, Hidalgo, O'Higgins y Artigas; de Betances, Gómez, Maceo y Martí; de Zapata, Villa, Sandino y Farabundo; de la Guatemala asesinada en 1954) conquistar la plena independencia, la democracia y la justicia verdaderas: y volvió a pagar un altísimo precio por su intento, de nuevo mayoritariamente infructuoso. «La falsía, la derrota, la humillación», como en los versos del paradójico Borges, fueron otra vez «el antiguo alimento de los héroes». Y no sólo de los entregados esencialmente a la acción, como el Che Guevara y Salvador Allende, para mencionar dos figuras políticas señeras, sino de numerosos escritores y artistas que también pagaron con sus vidas el querer hacer realidad algunos de sus más nobles proyectos. A la labor de varios de ellos (que conjugaban la militancia y la producción literaria), Mario Benedetti la antologó con el título Poesía trunca.
       No fue sólo aquella poesía lo que entonces quedó trunco: hubo numerosos muñones en numerosos órdenes. Pero ellos volverán a florecer un día, aunque a tantos de nosotros no nos corresponda ver la nueva floración. La primavera llegará sin que nadie haya sabido a ciencia cierta cómo fue, según escribió Antonio Machado. Y lo habrá hecho porque nunca, ni en la estación más fría y hosca, los que la requerían, la ansiaban, la merecían de veras, dejaron de creer en su regreso. Hablo de lo que aún no ha ocurrido, pero cuyo aire, al igual que en un verso de Nicolás Guillén, ya huele a madrugada. Hay custodios o nuncios de la primavera, así sea con una esquina rota; hay hombres y mujeres lastimados por dentro y por fuera (con las sombras de algunos de los cuales nos encontramos hace poco en Andamios), cuya alma conserva tanta verdad, tanto recuerdo, tanta limpieza (y tanta esperanza: «memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios» la llamó el primer o segundo Borges), que les impide olvidar que tuvieron altos sueños, irrealizables acaso en su totalidad, y someterse al barro que se les ofrece como único consuelo, cuando no como alimento único. Tal es la herencia mejor que pueden y deben dejar a quienes vienen después y, si se estiman en algo, no van a resignarse a la mediocridad que los amos han diseñado para ellos. Entre esos custodios o nuncios que siempre vieron lo épico imbricado con lo ético y lo estético, y que en más de una ocasión dieron a sus palabras, exigentes, oficios manuales y cantables, insólitos para otros (oficios de amor que no se cansan de exaltar sucesivas oleadas de auténticos jóvenes: ellos sabrán), ocupa un lugar eminente Mario Benedetti.
        Lo dicho niega en forma categórica que se trate de un hombre de ayer, de esos 60 que ahora no pocos quieren ver estigmatizados o, en otro sentido también erróneo, mitificados. Nada hay en él de estatua de ceniza o de sal, ni lo corroe la saudade, esa hermosa pero triste palabra galaicoportuguesa que supongo emparentada con la castellana soledad. Mario, tan lleno de memorias, es sin embargo un hombre de hoy, y cálidamente acompañado. En todo caso, como corresponde al que es actual y fermental, es también un hombre de mañana: un mañana al que no se puede renunciar sin renunciar a lo mejor de sí.
       En muchas ocasiones he hablado o escrito sobre Mario: sobre su gestión de cultura, su narrativa, su poesía, su crítica, su periodismo, su persona lindamente chaplinesca. Y en todas las oportunidades destaqué su condición de pensador. Precisaré más: de moralista, quitándole a esta palabra, por supuesto, cualquier connotación de moralina. Creo que algunos miembros de su familia en este orden serían Swift, Voltaire, Twain, Shaw, Unamuno, Machado, Martínez Estrada, Brecht, Sartre. Ya nombré a Chaplin. Quizá deba sumar a Quino y a Woody Allen. Ciertamente a Viglietti y a Serrat. El propio Mario destacó la impronta que en su labor en verso tuvo Fernández Moreno; y en su narrativa, Italo Svevo: fue por iniciativa suya que leí La conciencia de Zeno. Muchos autores más podrían añadirse. Se trata de escritores y artistas que abordaron formas variadas de creación, y alcanzaron en esas formas cotas admirables. Pero la columna vertebral de su trabajo es la preocupación por la conducta, por el amenazado destino de la frágil y conmovedora criatura humana.
       Más de una vez ha citado Mario la definición que un integrante mayor de tal familia (y de otras), Martí, diera de la crítica: el ejercicio del criterio. Benedetti incluso nombró de esa manera un libro suyo de voraz lector y luminoso enjuiciador, uno de esos libros crecientes a los que nos tiene acostumbrados: así ocurre, pongamos por caso, con su Inventario, que comenzó por ser un tomo discreto y no sabemos de cuántos volúmenes de versos llegará a contar. Glosando aquel título suyo de raíz martiana, llamé a estas páginas, que también quisiera de raíz martiana: «Benedetti: el ejercicio de la conciencia». Así lo veo en lo fundamental.
       Y aquí vale insistir en el presentismo e incluso el futurismo (escuelas y modas aparte) de lo que hace Benedetti. Bergson acertó al escribir: «Conciencia significa acción posible». Llena de ilusión el anhelante público masivo, juvenil y trabajador que asedia en todas partes a Benedetti, y es más que un fenómeno sociológico, sin que ello sea poco. No son fuegos de artificio lo que atrae a ese público (quizá sería mejor llamarlo lisa y llanamente ese pueblo). Es la indoblegable conciencia de su autor. A quienes lo leen y lo escuchan copiosamente, les repugnan la inconciencia, la inmoralidad, la hipocresía, la corrupción, los hábitos egoístas e insolidarios puestos de moda por los triunfadores pasajeros y sus publicitados amanuenses.
       A lo largo de muchos años que recuerdo con felicidad, aunque en ellos haya momentos difíciles, he visto hacerse la obra, y casi me aventuro a decir que la vida, de Mario Benedetti. Esto de la obra y la vida no es, referido a él, concesión a un lugar común. Mario ha sabido fundirlas ambas, dándole a la primera la genuinidad de un organismo de carne y sangre; y a la segunda, la armonía de una creación del espíritu. Cuando hace más de tres décadas fue por primera vez a Cuba, invitado por la Casa de las Américas para integrar el jurado de su Premio Literario, ya era el autor de obras de primer orden, como Poemas de la oficina, Montevideanos, La tregua, El país de la cola de paja, Gracias por el fuego: obras que además del talento del autor revelaban la notable densidad intelectual del Uruguay donde se formó, y se engendraron publicaciones periódicas como la inolvidable Marcha. Pero no menos que esos libros de Mario nos conquistó su privilegiado corazón. Él ha contado, con su habitual generosidad, cuánto le significó aquella primera experiencia cubana. No fue el país lo que lo impresionó, un país como cualquier otro: fue el esfuerzo de un pueblo hermano por edificar, en condiciones adversas y frente a un terco enemigo con apetencias de devorar a nuestra América, una vida más digna, sueño de numerosas generaciones de latinoamericanos y caribeños. No se le escaparon ya entonces, naturalmente, nuestras imperfecciones, inevitables o no, como tampoco se les escaparon a Roque, a Cortázar, a tantos amigos y amigas que contra viento y marea siguieron siéndolo (siguen siéndolo), en situaciones que iban a hacerse cada vez más duras.
       Mario estuvo después en Cuba como trabajador asombrosamente infatigable e imaginativo de la Casa de las Américas, a la que iba a impulsar de manera extraordinaria. Entre mil aportes, hizo nacer el Centro de Investigaciones Literarias (CIL), cuya creación había sido propuesta en la celebración que hicimos del centenario de Rubén Darío, donde Mario fue figura centelleante; fundó la serie Valoración Múltiple, el Archivo de la Palabra y la colección Palabra de esta América; compiló antologías, organizó ciclos de conferencias, ofreció lecturas, participó en jurados y paneles, colaboró en revistas (¡cuánto le debe Casa de las Américas!), se hizo presencia indispensable en el país. Es comprensible que lo sigamos sintiendo miembro de la institución (al igual que a su aguda, silenciosa y eficacísima Luz): aunque sepamos que a estas alturas pertenece ya a la totalidad de nuestros países, incluida la entrañable España, donde su huella es tan fértil y su amor tan correspondido.
       Cuando regresó a Uruguay (como a finales de 1962 había vuelto a Argentina don Ezequiel Martínez Estrada, otro extraordinario hacedor de nuestro hogar), Mario y yo nos cruzamos las cartas de las que voy a transcribir fragmentos, para que se aprecie la naturaleza de su relación con la Casa. Están escritas, hecho infrecuente, en verso: pero no se olvide que Mario había producido hacía poco una novela en verso, El cumpleaños de Juan Ángel, hecho más infrecuente aún. (Por cierto, de un personaje de esa novela, según lo confesó en carta pública a Eduardo Galeano, tomaría su nombre de guerra o de paz el hoy subcomandante Marcos.) El 5 de marzo de 1971 hice llegar a Benedetti la siguiente epístola:

     Ah, mi querido Mario, ah Luz querida:
No olvido la amenaza, en la partida,

  De aquel ensayo en verso sobre el tema
Que algo nos sobresalta, algo nos quema,

  De la cultura y la revolución,
Donde Mario pondría alma y razón.

  Pero recuerden, nobles orientales,
Que si el verso se presta para tales

  Hazañas (y hasta para Cumpleaños),
Se prestó mucho más, durante años,

  Para otras cosas: cantos en tercetos,
Y odas y madrigales y sonetos:

  Y hasta cartas como ésta que aquí ven
(¡Pensar en Garcilaso o en Rubén!).

  Así pues, me imagino con derecho
A arrancarme esta epístola del pecho

  (Imagen puro siglo XIX)
Y enviarla rimada, en tiempo breve,

  A las lejanas tierras de Uruguay,
En donde al menos dos nostalgias hay.

  ¿Saben que aún su avión no había partido,
Que todavía se le oía el ruido,

  Y ya en el grupo que los saludaba
Había más de uno que lloraba?

  Y después en silencio regresamos
Porque pobres, muy pobres nos quedamos [...]

  Sin Luz empieza ahora cada día
En la Casa, que está medio vacía

  Porque Mario no llega a reuniones
Donde ya no dan gusto discusiones

  (Discusiones de Beba y de Mariano
y de nosotros dos: ¡recuerda, hermano!). [...]

  Los yanquis siguen dándonos dolores
De cabeza: ahí están los pescadores. [...]

  En fin: que se hace breve el universo
Cuando lo que se escribe es carta en verso.

  ¡Yo les dijera, hermanos, cada cosa
Si me hubiera transado por la prosa!

  Pero sea como sea, la verdad
Es que los extrañamos cantidad,

  Y que esperamos ese vuelo LAN
En que los Benedetti volverán

  A reunir, en un abrazo de almas,
Los sueños, los ombúes y las palmas.

      Desde Montevideo, con fecha 17 de abril, recibí esta respuesta de Mario:

     Ah Roberto fraterno, cuando leo
tu epístola, triunfante del bloqueo,

  vencedora de ausencias, viva brasa
del fuego de amistad que arde en la Casa,

  no puedo menos que decirme: «¡Ay,
por qué no estará Cuba en Uruguay,

  a fin de hallar un taxi inesperado
para ir de mi Malvín a tu Vedado,

  y si la suerte no nos fuera adversa
cumplir también la ruta viceversa».

  La realidad empero es más aciaga
y hay que pasar por Gander, Shannon, Praga,

  París, Madrid, Las Palmas, y hasta Río,
para venir de tu país al mío.

  Mas no importa. Por buenas o por malas,
la nostalgia ya viaja sin escalas,

  y gracias a esa gesta migratoria,
ustedes están siempre en mi memoria. [...]

  Para empezar te llevo a mi redil:
¿cómo andan los ánimos del CIL?

  También aquí valor y multiplico:
se proyecta empezar, en abanico,

  sendas valoraciones de Quiroga
y Borges (Marx aprieta mas no ahoga) [...]

  Sobre el ensayo en verso que reclamas
¡cómo quisiera irme por las ramas

  y decirte que espero que me brote
en diez sonetos (dos, con estrambote)

  mas la verdad escueta y vergonzosa
es que esta vez he de escribirlo en prosa!

  (aunque tal distinción muy poco añada
si reconozco que no he escrito nada) [...]

  Ah, esta misiva es, en buena ley,
más que una carta. Casi es un long-play.

  No preciso llegar a los extremos
para decirles cuánto los queremos.

Eso lo saben. Aquí va un abrazo
apretado y sincero, sin reemplazo.

  Han de caber en él tantos y cuánto
De tu casa y la Casa. Mientras tanto,

  bienvenida de LAN la nueva era
por la que consigamos dondequiera

  reunir, cuando el destino lo disponga,
los sueños, la guaracha y la milonga.

     

      El buen humor de estas líneas (que Mario no pierde casi nunca, salvo cuando la justa indignación lo estremece) no debe hacer olvidar que mientras ellas se escribieron nuestra atmósfera intelectual, y la otra, se estaban enrareciendo. Si en la década anterior, a fechorías como la invasión de Playa Girón, en 1961 (semejante a la que en 1954 le fue propinada a Guatemala, sólo que esta nueva vez fue vencida), las habían acompañado las engañifas, cuentas y abalorios del momento (como la Alianza para el Progreso), la imposición a la OEA de rupturas de relaciones diplomáticas con Cuba (a lo que no se prestó el gobierno de México) y argucias letradas como la de la revista Mundo Nuevo, ocasiones todas en las que la posición de Mario fue inequívoca, la década del 70 nos depararía nuevas pruebas: y la misma inequívoca posición de Mario. Mientras iban y venían nuestras cartas en verso, había tenido lugar el segundo episodio del triste «caso Padilla», con sus conocidas secuelas. Aunque las raíces de una derecha renacida que iba a campear por sus respetos se encuentran en acontecimientos ocurridos a finales de los 60 (el primero de los cuales fue el asesinato del Che hará pronto treinta años), sin duda tal «caso» desempeñó un importante papel catalizador. Algunos aprovecharon la coyuntura, se pasaron con armas y bagajes al enemigo, y hacen más ruido que el cuento del idiota shakespereano lleno de sonido y furia que nada significa (según Tito Monterroso, la expresión inglesa original, sound and fury, debe traducirse «bla bla bla»). Otros, la aprovecharon de cortina de humo tras la cual escudar sus flaquezas o exonerar al implacable adversario. Y no faltaron aquellos para quienes fue motivo de sincero y comprensible desasosiego. A ninguno de estos grupos perteneció Mario. Incluso en una situación tan embarazosa, fue de los muchos que se jugaron enteros en favor de la revolución. No la de Cuba: la de nuestra América. Hay que oír hablar a Mario con devoción de Artigas, quien promulgó su radical reforma agraria a principios del siglo XIX, cuando aún no había Marx, para entender que no es Cuba lo que él defiende, sino la justicia de la cual Cuba quiere ser abanderada. Hay que oírlo hablar del gran Rodó, a quien tanto debemos, como hombre del siglo XIX, no de éste, para que no se piense que es un patriotero. Y hay que oírlo atacar sin contemplaciones al imperialismo estadounidense, «el gran enemigo del género humano» según el Che, para que se le vea vibrar de fe en sus pueblos y de cólera sagrada ante quienes los explotan, desdeñan, agreden y calumnian. Su amado Martí, que vivió en el monstruo y le conoció las entrañas, se refirió con toda claridad al Norte revuelto y brutal que nos desprecia. No contradice Benedetti al Apóstol. Y, fiel a sus lecciones (no se trata de citarlo o ensalzarlo, sino de asumirlo y continuarlo), persiste en nombrar a las cosas por sus nombres, hoy que tantos se entregan a martingalas semánticas para que en el papel mil cosas no parezcan lo que son en realidad. No pudieron ni podrán contar con Benedetti quienes con voz engolada o supuestamente ingeniosa llaman al pan pan y al vino Coca Cola.
       Nunca como en esa década del 70 fueron puestos tan a prueba el temple y la dignidad de Mario Benedetti. Ante la feroz arremetida imperialista, con frecuencia sus letras, como las de otros de los pariguales de Mario, se volvieron emergentes, o él mismo se volcó en la abierta faena política, que no es el campo natural de este renovador de ideas, como no lo fue de Martínez Estrada, Cortázar ni muchísimos más. En todo caso, la suya fue, como no podía menos de ser, la política del desprendimiento y el sacrificio, no la trepadora.
       Porque creo que Mario hubiera podido suscribir algunos de sus términos, y porque trasmite a cabalidad la temperatura de la época, voy a citar fragmentos de una carta que desde Buenos Aires, el 27 de abril de 1972, me envió Rodolfo Walsh:

         En este clima, comprenderás que las únicas cosas sobre las que uno podría o desearía escribir, son aquellas que precisamente no puede escribir, ni mencionar; los únicos héroes posibles, los revolucionarios, necesitan del silencio; las únicas cosas ingeniosas, son las que el enemigo todavía desconoce; los posibles hallazgos, necesitan un pozo en que esconderse; toda verdad transcurre por abajo, igual que toda esperanza; el que sabe algo, no lo dice; el que dice algo, no lo sabe; el resultado de los mejores esfuerzos intelectuales se quema diariamente, y al día siguiente se reconstruye y se vuelve a quemar. // Este cambio doloroso es sin embargo extraordinario. Para algunos la vida está ahora llena de sentido, aunque la literatura no pueda existir. El silencio de los intelectuales, el desplome del boom literario, el fin de los salones, es el más formidable testimonio de que aun aquellos que no se animan a participar de la revolución popular en marcha -lenta marcha-, no pueden ya ser cómplices de la cultura opresora, ni aceptar sin culpa el privilegio, ni desentenderse del sufrimiento y las luchas del pueblo, que como siempre está revelando ser el protagonista de toda historia...                    

      Conocemos de sobra los capítulos pavorosos que siguieron. Desde el Chile del generoso gobierno popular de Allende, que había llegado al poder en elecciones convencionales, hasta Argentina y Uruguay, bárbaras dictaduras militares sembraron el terror más sanguinario, a fin de implantar singulares transiciones. En muchos otros países, se yuguló o paralizó a regímenes positivos. Detrás de esto estaban instituciones como la Escuela de las Américas, la tenebrosa academia creada por los Estados Unidos para enseñar a oficiales de nuestra América la manera más eficaz de convertirlos en torturadores y verdugos de sus propios pueblos. Como de un tiempo a esta parte a los gobernantes de aquel país les ha dado, sarcásticamente, por pretenderse defensores y hasta árbitros de los derechos humanos, que han conculcado con perseverancia, hasta ellos hablan hoy de esos crímenes, harto conocidos ya por el resto del planeta (véase el filme de Costa Gavras Estado de sitio, cuyo ominoso protagonista es un instructor yanqui de torturadores ajusticiado en Uruguay), y ni qué decir por sus víctimas, en caso de no haber sucumbido.
       Ésta fue la atmósfera que tuvieron que padecer hombres y mujeres como Benedetti, y se está en el deber de no olvidarla. De riesgos así pudo salvarse, a menudo casi de milagro, el autor de textos magníficos en que defendió a los oprimidos y desenmascaró a los opresores, sin tibiezas ni consignas. Por eso Cortázar, escritor exquisito si los he conocido, y honrado a carta cabal, pudo decir que «Mario es uno de los hombres más valiosos de nuestro continente y por tanto siempre en peligro». Concluida la matanza que hizo desaparecer a millares de hombres y mujeres, sobre todo jóvenes y hasta niños, las hordas recibieron instrucciones de volver a sus guaridas hasta nuevo aviso. La impunidad les sería garantizada, como así fue. Al entusiasmo revolucionario, por su parte, iba a seguirle, tras la sangrienta derrota, el explicable desaliento momentáneo. Pero puede matarse a los seres humanos, no a sus ideales. Mario no sobrevivió para sahumar a los asesinos o compartir el cinismo de los que cambiaron de posición como de chaqueta, aduciendo que las ideas que sostuvieron eran incorrectas y fueron vencidas, lo que es sencillamente una infamia: un crimen nada tiene que ver con una victoria intelectual. Mario sobrevivió como aquel elefante del poema de Rafael Courtoisie que decidió no perder la memoria. Para tener derecho al porvenir, hay que no olvidar lo inolvidable.
       Por otra parte, así como, no siendo Benedetti un ciego doctrinario, cuando se vino abajo el castillo de naipes a que fue reducido, con el mote «socialismo real», el gran experimento nacido en Rusia en 1917 aquel entierro no era suyo, como Galeano dijo de sí, tampoco tendrá que arrepentirse de las cobardías y vilezas que contemplamos después de la caída, cuando no faltaron tontos que creyeron llegado el fin de la historia con el supuesto triunfo definitivo de lo que años atrás Benedetti había llamado «el capitalismo real». Habida cuenta de lo ocurrido luego, en un Sur que existe cada vez más esquilmado y que ahora incluye buena parte del que se llamó Este, no faltan los que ya están arrepintiéndose de sus arrepentimientos.
       A lo largo de una vida que no temo llamar ejemplar, Mario ha ido diciendo sus verdades sin contemplaciones ni tibiezas. De seguro no ha acertado siempre. Por supuesto, tampoco nosotros. Si lo he de saber yo, que tanto he discutido con él: a algunas de esas discusiones alude mi epístola en verso. Sólo que discutir con un hombre íntegro como él es un privilegio que nunca sabré cómo agradecer bastante.
       Mencioné algunos posibles miembros de la familia espiritual a la que creo que pertenece Benedetti, aunque no todos los criterios de aquéllos me parecen compartibles. Por ejemplo, lamento que Unamuno no haya entendido desde el primer instante la felonía de los que se alzaron contra la República Española en 1936; o que Sartre haya prestado su nombre a los que en determinada situación calumniaron a la Revolución Cubana. Esas debilidades, sin embargo, no pueden hacerme olvidar la grandeza básica de sus existencias. Benedetti no ha incurrido en cosas semejantes. Pero tampoco quiero presentarlo como un santón de utilería. Lo que sé es que cuando el mundo se encrespa (como antes hacía, por ejemplo, con Bertrand Russell, y hasta hace poco con Darcy Ribeiro), busco ahora la opinión de algunos colegas que estoy seguro de que me ayudarán a orientarme. Entre ellos, uno es muy famoso en el mundo, aunque no colabore en el New York Times, que dice publicar «all the news that's fit to print». Lo he considerado un Bartolomé de las Casas de su propio Imperio, representa a los Estados Unidos que amo, y se llama Noam Chomsky. Otro es quizá menos famoso pero no menos digno de serlo: y, como Blas de Otero, de seguro no quiere ser famoso, sino popular. Sin que deje de vivir en el Uruguay de su corazón, lo más noble de España lo ha acogido como un hijo, honrándonos a todos. Se llama Mario Benedetti, y es una conciencia alerta y valiente que nos ilumina, enseña y enorgullece.





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