Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

Una puerta se abre
Historias de amor
(Buenos Aires: Emecé, 1972, 259 págs.)



      Almeyda se había vestido con el traje azul, como si fuera a salir. Frente al espejo anudó, en impecable moño, la corbata de las grandes ocasiones y aún le agregó el lujo de un alfiler, en herradura de la suerte, con piedritas verdes, de valor puramente sentimental. A la luz de ese día de invierno, las envolventes hojas de hiedra del marco dorado conferían una profundidad misteriosa y triste al óvalo de cristal que lo reflejaba. «Así voy a quedar —murmuró— en alguna fotografía, en el dormitorio de Carmen. En la repisa, entre su retrato, con mantón de Manila, y la foto del sobrinito desnudo sobre un almohadón».
       Oyó el roce de un papel y vio surgir, por debajo de la puerta, una carta que alguien empujaba desde afuera. «¿Todavía siento curiosidad?», se preguntó, mientras desgarraba el sobre. Era la cuenta del sastre. «Para pagarla —comentó— nadie postergaría el suicidio».
       Como si quisiera darse una última oportunidad, nuevamente enfrentado con el espejo, se preguntó cuáles eran las cosas que para él no habían perdido su encanto. De un rápido inventario sólo rescató el olor del pan tostado y el tango Una noche de garufa. Dos cosas no le bastaron; por superstición creyó necesario llegar a tres. Registró la memoria, primero de cualquier modo, luego con método; personas («Mejor pasar de largo»); costumbres que tuvo alguna vez («Con esas manías quién no se cansa de sí mismo»); teatro en la Avenida de Mayo; billares en el centro; comidas de hombres solos, hasta muy altas horas, con discursos y cuentos procaces, por lo común en un restaurante de la recova del Once; en verano, siestas en un bosque, en el camino de La Plata; lecturas, que en otro tiempo lo entretuvieron, como la historia de la máquina del tiempo y demás fantasías en que algún viajero se aventuraba en el futuro, que era mundo bastante aterrador y melancólico. ¿Dónde estaban los libros? En casa de Carmen, probablemente, o de algún sobrinito de Carmen, al que ella en seguida los pasaba, como si le quemaran las manos.
       Ya se había cansado de esa inútil pesquisa de objetos más o menos encantadores, cuando se acordó de un camión, en forma de oso polar, de una peletería, que lo había deslumbrado cuando era chico. «Llegué a tres» victoriosamente, exclamó, para agregar demasiado pronto. «¿Y bueno?». Mirando todavía el espejo, alargó la mano, a tientas, en procura del revólver. Segundos después, al seguir ese movimiento con los ojos, reparó en el diario, sobre la mesa. Mejor dicho, reparó en el siguiente anuncio (recuadrado en negro, como aparecían en periódicos de provincia, de otra época, los avisos fúnebres): ¿Usted está convencido de que la vida lo ha cercado y atrapado, de que todo se le cae encima y de que no le queda otra escapatoria que el suicidio? Si no tiene nada que perder, ¿Por qué no viene a vernos? «Como si pensaran en mí», se dijo. «Mi caso, exactamente».
       Felices los que pueden descargar su culpa en el prójimo; tarde o temprano se desahogan. ¿Por qué no le hablaba francamente a Carmen y aclaraban la situación, como le aconsejaba Joaquín, el Zurdo de Los 36? ¡Aclarar la situación!: un alivio, un oasis, una meta inalcanzable, un sueño que más valía no soñar. Nuestra libertad está limitada por lo que el prójimo espera de nosotros. Carmen, de carácter rápido, de voluntad firme, de arranques generosos, le había asegurado: «Cuentas conmigo», para proceder en el acto a una de esas convincentes explicaciones minuciosas, que parecían incompatibles con su personalidad vivaz, pero que en realidad la complementaban y reforzaban. Carmen, Carmen, incesantemente Carmen, preciosa, de facciones delicadas, nítidamente delineadas, blanca, rosada, de mirada centelleante, de sonrisa triunfal, de proporciones tan armoniosas, que nadie, nunca, soñó en llamarla enana. Si él abría una puerta, del otro lado surgía, cerrando el paso, rápida como el movimiento de un abanico, graciosa como la muñequita, vestida de bailarina, de una caja de música, Carmen, de ojos que adormecían la voluntad, de risa que infundía alegría, de perfecta dentadura, blanca y filosa, de manos minúsculas, con dedos pálidos y delgados, que terminaban en uñas como garfios. Involuntariamente se la representaba arrebatada en frenéticas espirales de zapateos y taconeos a los que ponía fin, las manos en alto, con un impetuoso Voilá! «El tiempo lo arregla todo», le había dicho en Los 36 billares, Joaquín, el mejor zurdo del paño verde, su amigo de siempre, a quien la vida le salía bien por carambola. «Yo no tengo esa suerte, o esa maestría, pero tengo a Carmen», recapacitó y estiró resueltamente la mano. En ese momento lo estremeció una detonación. Recordó después que en la Recoleta rendían honores a un militar muerto. Como si el inesperado cañonazo lo precaviera contra cualquier sobresalto, postergó el revólver hasta haber leído, otra vez, el anuncio. Lo recorrió sin mayores ilusiones, pero cuando llegó al número de teléfono y a la exhortación Llámenos ahora mismo, se dijo: «¿Por qué no? Soy demasiado escéptico para oponerme a nada», y por simple curiosidad, para ver si en ese trance la vida le proponía una aventura, llamó. En seguida contestaron.
       —¿Quiere fijar una entrevista? —le preguntó una voz de hombre, cansada pero serena—. Esta semana tengo todos los días tomados…, salvo que usted pueda venir ahora mismo…
       Tal vez porque estaba perturbado entendió que se le presentaba una oportunidad.
       —Poder… puedo… —balbuceó.
       —Anote.
       —Un momento…
       —Avenida de Mayo —dictó la voz cansada.
       Almeyda cuidadosamente escribió el número, el piso.
       —Ya está.
       —Si no quiere esperar, no se demore, por favor.
       Recogió el reloj, las monedas que había en el cenicero, el llavero que le regaló Carmen, mojó el pañuelo en agua de Colonia y, al ordenar el escritorio, vio la libreta de cheques. «La llevo», pensó. «Después de todo no moriré sin pagar al sastre». Como iría hasta Callao, a tomar un taxímetro, la sastrería le quedaba de paso.
       El portero lo interceptó con grave deferencia.
       —La señorita Carmen —anunció— le dejó un sobre. Voy a buscarlo.
       —Me lo da más tarde, cuando vuelva.
       Se alejó por la calle, antes de que el portero protestara. Entró en la sastrería. El sastre le preguntó:
       —¿Le muestro un corte de género?
       —No creo que necesite trajes nuevos —contestó—. He venido a pagar, nada más. ¿Le sorprende?
       —No, señor, uno se lleva sorpresas cuando quiere.
       Ni bien salió a la calle, un taxímetro quedó libre. Lo ocupó, dio la dirección y comentó para sí: «Tengo suerte. Cómo andarán mis cosas, que solamente pienso que tengo suerte cuando consigo un taxímetro».
       Con el conductor mantuvo un diálogo sobre los avisos que leemos en los diarios.
       —¿Usted qué opina? —preguntó Almeyda—. ¿Habrá que tomarlos en cuenta?
       —Mi señora siempre los lee y hay que ver las oportunidades que consigue. Si protesto que en la casa no caben más cachivaches, me confunde con alguna salida inesperada, como el que guarda tiene, y me hace ver que gracias a un aviso me compró el cinturón eléctrico que llevo puesto hasta el día de hoy.
       El conductor parecía muy atento a lo que decía, pues al llegar a la Avenida de Mayo se mostró sorprendido de que hubiera automóviles en la calle y apenas evitó el encontronazo; un colega suyo, al sortearlo, se estrelló contra un ómnibus. Dieron fin a esa parte del episodio hierro y cristales en sucesivo estrépito.
       Cuando bajó del automóvil, Almeyda sintió flojas las piernas; no era para menos: primero, la salva en honor del militar muerto; después, el choque. Se dijo que por aprensión al ruido y a la sacudida, esa tarde no tendría fuerzas para gatillar el revólver, pero que si llegaba con vida a la noche se encontraría de nuevo con Carmen. Por la Avenida de Mayo, al 1200, buscando la puerta correspondiente al número que traía anotado en un papel, llegó a pocos metros del teatro Avenida. «Qué destino. Los mismos lugares de siempre», exclamó. «Debiera volverme a casa». Como había llegado hasta ahí, se dijo que más le valía enterarse de qué le propondría el estafador del anuncio. En el hall de entrada notó un vago olor desagradable, como si el portero cocinara con formol; subió hasta el quinto piso; leyó: Doctor Edmundo Scotto, en una chapa de bronce, que se le antojó funeraria; siguió a una muchacha, vestida de enfermera, hasta un consultorio o despacho, con las paredes cubiertas de libros, donde un viejito en guardapolvo, desde atrás de un escritorio, donde había infinidad de papeles y una bandeja con un café con leche completo, le anunció con la boca llena:
       —Lo esperaba. Soy el doctor Scotto.
       Era, sobre todo, minúsculo («Como mandado a hacer para Carmen», se dijo Almeyda), pero también endeble y de color de cadáver.
       —He venido por el aviso.
       —Perdone que no lo convide. —Scotto se disculpó—. Habría que pedir su completo a la lechería, que está a la vuelta, y es notable lo que demoran.
       Arriba del médico, en la pared del fondo, colgaba un cuadro muy oscuro que representaba a Caronte, con un pasajero, en su barca, o a un gondolero que, por un canal de Venecia, llevaba a un enfermo o quizás a un muerto.
       —He venido por el aviso —repitió Almeyda.
       —¿Me perdona si como? —inquirió el doctor mientras rebanaba el pan y lo mojaba en la taza—. El café con leche frío ¡no se lo recomiendo! Hable, por favor. Dígame todo lo que le pasa.
       —No faltaría más —contestó Almeyda, con una irritación incomprensible, alentada, a lo mejor, por la fragilidad del médico—. Usted pone un aviso bastante sibilino, reconozcámoslo, yo me costeo hasta su consultorio, con la salvedad de que no me hago la menor ilusión, y ahora me sale con que soy yo el que debe dar explicaciones.
       El doctor Scotto se pasó el pañuelo, primero por el bigote mojado en café con leche, después por la frente, suspiró y, ya dispuesto a hablar, advirtió una medialuna en el café con leche, mordió y masticó. Observó por fin:
       —Yo soy el médico y usted es mi enfermo.
       —Yo no estoy enfermo ni soy suyo.
       —Antes de prescribir el tratamiento, el médico escucha al enfermo.
       —En su aviso, usted mismo ha descrito, con bastante acierto, para qué negarlo, mi situación. ¿Qué más quiere que le diga?
       El doctor preguntó con súbita alarma:
       —¿No andará con problemas de dinero?
       —No, no es eso. Una mujer.
       —¿Una mujer? —Scotto recuperó el aplomo—. ¿Una mujer que no lo quiere? ¡La donna e mobile! Por favor, señor, no me distraiga con niñerías.
       —Una mujer que me quiere.
       —Permítame, le voy a recomendar un psicoanalista —escribió un nombre y una dirección en el recetario— para que usted no pierda la única oportunidad de ser feliz que nos queda a los hombres en este mundo que se acaba: la formación, la consolidación de la pareja.
       —¿Entiendo bien lo que trata de decirme? —preguntó y lentamente se incorporó.
       —No lo tome así —contraído, Scotto lo miraba desde abajo—. ¿Es tan grave?
       —Irrespirable. Estoy vivo, provisoriamente nomás, porque leí su aviso en el diario.
       —¿No puede esconderse, por un mes, en casa de un amigo? El tiempo lo arregla todo.
       —Tengo, precisamente, un amigo que siempre me repite esa frasecita; pero ni él, ni usted la conocen a Carmen.
       —¿A quién? —preguntó Scotto, poniendo una mano, como pantalla, en la oreja.
       —No importa, doctor; si no puede ofrecerme nada, me vuelvo a casa.
       —Mi sistema reconoce por base el principio irrefutable de que el tiempo lo arregla todo. En síntesis, mi buen señor, yo a usted lo duermo y lo hielo. Cuando despierte (después de un sueñito de cincuenta o de cien años) la situación ha evolucionado, en la costa no quedan moros. Hago hincapié, eso sí, en que usted pierde lo que yo he de llamar la gran opción de la pareja. La última reunión de la pareja será siempre mi propósito irrenunciable.
       —Está bien. Me vuelvo a casa.
       —No se enoje, no insisto. Para mostrarme cooperativo le señalaré, en mi sistema de sueño congelado, una ventaja que su espíritu curioso valorará: la ocasión de practicar turismo en el tiempo, conocer el futuro.
       —De acuerdo. Si me hiela ahora mismo, le acepto el sueño de cien años.
       —No se apure. Procederemos primero a examinarlo exhaustivamente. Le recomiendo un laboratorio serio, donde le efectuaremos radiografías y análisis a precios interesantes. Debo cerciorarme de que su organismo resistirá.
       —¿Mi organismo resistirá mejor una bala?
       —Ni en broma lo diga. Póngase en mi lugar. La reputación del doctor Scotto, ¿cómo queda si usted revienta? Además, apreciado señor, yo desconozco sus medios, pero supongo que deberá tomar algunas disposiciones para hacer frente. A ojo de buen cubero calcule: cien años de alquiler, más la atención y la manutención.
       —Le extiendo un cheque por todo lo que tengo en el banco.
       El doctor examinó, sin prisa, el talonario. Por fin declaró:
       —Usted me paga un año o, si el costo de la vida no sube, dos años. Después empieza a costarme plata
       —No se preocupe. Me voy a casa. Yo vine aquí simple curiosidad, pero tengo mi plan perfectamente trazado.
       —Por mi parte, yo tengo un gran defecto. Soy lo que se llama un hombre débil, que se deja convencer por la última persona que le habla. Pero, óigame bien, si mañana se me acaban los fondos, usted es el perjudicado., No lo voy a dejar morir, pero lo despierto, quizá prematuramente.
       —No se preocupe. Me voy a casa.
       —¿Esa casa, de la que siempre está hablando, es de su propiedad? ¿Dispone de otros bienes? Cuanto más cuantiosos, mejor. Llamo al escribano, que está en el mismo edificio, lo consultamos, y usted me extiende un poder.
       Concluyó por fin con los trámites legales. Pensó que si el doctor Scotto se propusiera irritarle los nervios y agotarlo, antes de la congelación, no podría elegir un procedimiento más eficaz. Ni siquiera a la tarde, cuando empuñó el revólver, había estado tan nervioso.
       Un ayudante del médico lo llevó a un cuartito y empezó a auscultarlo. Almeyda asumió un aire de gran calma, casi de postración; pero el corazón le golpeaba en el pecho. «Si no me domino —pensó—, quién sabe qué enfermedad va a descubrirme». Para tranquilizarse practicó su habitual método de imaginar praderas verdes y árboles. El ayudante le tomaba la presión y conversaba.
       —El señor, ¿de qué se ocupa?
       —Dicto un curso de historia en el Instituto Libre —contestó Almeyda—. Antigua, moderna y contemporánea.
       —Y ahora podrá añadir futura —dijo el hombre, sin observar tal vez el rigor lógico—. Porque tengo entendido que el señor se larga en vuelo directo al siglo que viene. ¿Qué le parece?
       —¿Cómo será el futuro? —Almeyda preguntó en un tono que simulaba indiferencia.
       —No habrá trabajadores. No habrá esclavos. Del trabajo se encargarán las máquinas.
       —Detrás de la máquina estará el hombre que la maneje.
       —Por algo desconfío del maquinismo. Animales harán el trabajo. O seres de otro planeta, seres inferiores, traídos especialmente.
       —Por los traficantes de esclavos…
       —Algo mejor, le propongo algo mejor: a los hombres apocados, que no quieran hacer frente a las contingencias de la vida, les infundirán por algún método científico, la felicidad, la pura felicidad, a condición de que trabajen. Vale decir que esclavos felices trabajarán para el resto de los hombres.
       —¿Sabe una cosa? —comentó Almeyda, como si hablara solo—. Me parece que el futuro no me gusta nada.
       —Y sin embargo, allá va en vuelo directo.
       Lo pasaron a otro cuarto. Lo acostaron. Lo rodearon Scotto, el ayudante y tres enfermeras. Antes de dormirse miró, en la pared de la izquierda, el calendario y se dijo que el 13 de septiembre de 1970 emprendía la aventura más extraña de su vida.
       Soñó que se deslizaba por una barranca nevada y que seguía después por un angosto sendero hasta la boca de una caverna; desde la oscuridad le llegó un rumor de risas.
       —Estoy despierto —afirmó, como quien se defiende— y no sé nada de la bella del bosque.
       Lo rodeaban dos hombres y una muchacha. En seguida se preguntó si esas personas habían hablado de la bella del bosque o si él había estado soñando.
       —¿Hormigueo en los pies? —dijo uno de los hombres.
       —¿Se le durmieron los dedos de la mano? —dijo el otro.
       —¿Quiere una manta? —dijo la muchacha.
       Se encorvaron, para examinarlo de cerca. Temió, por un instante, que los desconocidos le ocultaran con sus cuerpos algún extraño servidor, un animal o un mecanismo. Apenas trató de incorporarse, divisó entre dos cabezas, el calendario. Con desconsuelo se dejó caer en la almohada.
       —Despacito, despacito —dijo la muchacha.
       —¿Debilidad? —preguntó uno de los hombres.
       —¿Un mareo? ¿Un vértigo? —preguntó el otro.
       Por despecho no contestó. Lo habían sometido a un simple ensayo o, peor aún, el experimento había fracasado; el calendario seguía en el 13 de septiembre.
       —Quiero hablar con Scotto —dijo sin disimular su abatimiento.
       —Soy yo —contestó uno de los desconocidos.
       —No… —Almeyda inició una protesta, que se transformó en confusa explicación, porque de pronto entrevió una duda.
       Al dormirse, ¿tenía el calendario a la derecha o a la izquierda? Ahora lo tenía a su izquierda. Dijo: Quiero levantarme.
       Se incorporó, apartó a los desconocidos, no sin vacilaciones dio unos pasos en dirección a la pared. En el calendario, debajo del número 13, leyó una fecha increíble. Había dormido cien años. Pidió un espejo: se encontró pálido, con la barba un tanto crecida, pero más o menos igual a siempre. Quedaba, por cierto, la posibilidad de que todo fuera una broma.
       —Ahora me va a beber la poción —dijo la muchacha y le puso entre las manos un enorme vaso de leche.
       —Me la toma de un trago —dijo uno de los hombres.
       Aquello parecía leche, pero no lo era; sabía, quizá, a petróleo.
       —Ya se bebió el primer vaso —dijo el otro.
       —Antes de beber el segundo, pasará un rato, descansando, en la salita de espera —dijo la muchacha.
       —Después tendremos una charla amistosa —dijo uno de los hombres.
       —Hay que prepararlo —dijo el otro.
       —Hay que prevenirlo —dijo la muchacha— sobre la rigurosa reducción de sus medios económicos y sobre lo que va a encontrar en la calle.
       —No está preparado. Antes deberá descansar un rato y fortificarse con la segunda poción —dijo uno de los hombres.
       —Lo pasaremos a la salita de espera —dijo el otro.
       La muchacha abrió la puerta y declaró:
       —Está ocupada.
       —Lo sé —replicó uno de los hombres—. Son contemporáneos. Aunque hablen, no hay peligro.
       —Entre —le dijo el otro.
       Iba a entrar, pero se detuvo, ¿aún no había despertado? Si no soñaba, ¿cómo podía sonreírle, plantada en el centro de la salita?… Un instante después, para ocultar sin duda la mueca en que se mudaba la sonrisa, Carmen animosamente se arrebató en espirales y taconeos, alzó, estática los brazos y por fin los abrió, para brindársele toda, al grito de:
       Voilá!
       Tras un silencio, articuló Almeyda:
       —No esperaba…
       —¿Por qué disimulas tu generosidad y tu amor? —preguntó Carmen, ya segura—. Escribí esa horrible carta en un arranque, en un mal momento. No sé cómo decírtelo: creí que me asfixiaba, que no aguantaba más. Pensé, ¡que horror!, en el suicidio, ¡perdóname! y entonces vi el aviso del doctor Scotto, vine a visitarlo y lo convencí de que me durmiera, y te dejé esa carta horrible, y la leíste, no me guardaste rencor, me perdonaste quiste dormir mientras yo dormía, pensemos que hemos dormido juntos, mi amor, y ahora, de veras y para siempre, cuentas conmigo.




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