Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

Diario de la guerra del cerdo (1969)
(Buenos Aires: Emecé Editores, 1945, 218 págs.)


I

Lunes, 23 — miércoles, 25 de junio

      Isidoro Vidal conocido en el barrio como don Isidro, desde el último lunes prácticamente no salía de la pieza ni se dejaba ver. Sin duda más de un inquilino y sobre todo las chicas del taller de costura de la sala del frente, de vez en cuando lo sorprendían fuera de su refugio. Las distancias, dentro del populoso caserón, eran considerables y, para llegar al baño, había que atravesar dos patios. Confinado a su cuarto, y al contiguo de su hijo Isidorito, quedó por entonces desvinculado del mundo. El muchacho, alegando sueño atrasado porque trabajaba de celador en la escuela nocturna de la calle Las Heras, solía extraviar el diario que su padre esperaba con ansiedad y persistentemente olvidaba la promesa de llevar el aparato de radio a casa del electricista. Privado de ese vetusto artefacto, Vidal echaba de menos las cotidianas «charlas de fogón» de un tal Farrell, a quien la opinión señalaba como secreto jefe de los Jóvenes Turcos, movimiento que brilló como una estrella fugaz en nuestra larga noche política. Ante los amigos, que abominaban de Farrell, lo defendía, siquiera con tibieza; deploraba, es verdad, los argumentos del caudillo, más enconados que razonables; condenaba sus calumnias y sus embustes, pero no ocultaba la admiración por sus dotes de orador, por la cálida tonalidad de esa voz tan nuestra y, declarándose objetivo, reconocía en él y en todos los demagogos el mérito de conferir conciencia de la propia dignidad a millones de parias.
       Responsables de aquel retiro —demasiado prolongado para no ser peligroso— fueron un vago dolor de muelas y la costumbre de llevarse una mano a la boca. Una tarde, cuando volvía del fondo, sorpresivamente oyó la pregunta:
       —¿Qué le pasa?
       Apartó la mano y miró perplejo a su vecino Bogliolo. En efecto, éste lo había saludado. Vidal contestó solícitamente:
       —Nada, señor.
       —¿Cómo nada? —protestó Bogliolo que, bien observado, tenía algo extraño en la expresión—. ¿Por qué se lleva la mano a la boca?
       —Una muela. Me duele. No es nada —respondió sonriendo.
       Vidal era más bien pequeño, delgado, con pelo que empezaba a ralear y una mirada triste, que se volvía dulce cuando sonreía. El matón sacó del bolsillo una libretita, escribió un nombre y una dirección, arrancó la hoja y se la entregó, mientras comunicaba:
       —Un dentista. Vaya hoy mismo. Lo va a dejar como nuevo.
       Vidal acudió al consultorio esa tarde. Restregándose las manos, el dentista le explicó que a cierta edad las encías, como si fueran de barro, se ablandan por dentro y que felizmente ahora la ciencia dispone de un remedio práctico: la extirpación de toda la dentadura y su reemplazo por otra más apropiada. Tras mencionar una suma global; procedió el hombre a la paciente carnicería; por fin, sobre carne tumefacta, asentó muelas y dientes y dijo:
       —Puede cerrar la boca.
       Se oponían a ello el dolor, los cuerpos extraños y aun la desazón moral que le infundía la confrontación con el espejo. Al otro día Vidal despertó con malestar y fiebre. Su hijo le aconsejó que visitara al dentista; pero él ya no quería saber nada con ese individuo. Quedó echado en la cama, enfermo y apesadumbrado, sin atreverse en las primeras veinte horas a tomar un mate. La debilidad ahondó la pesadumbre; la fiebre le daba pretextos para seguir en el cuarto y no dejarse ver.
       El miércoles 25 de junio resolvió concluir con tal situación. Iría al café, a jugar el habitual partidito de truco. Se dijo que la noche era el mejor momento para abordar a los amigos.
       Cuando entró en el café, Jimi (Jaime Newman, un hijo de irlandeses que no sabía una palabra de inglés; alto, rubio, rosado, de sesenta y tres años) lo saludó con el comentario:
       —Te envidio el comedor.
       Vidal fraternizó un rato con el pobre Néstor Labarthe, que había pasado, según se aclaró entonces, por la misma cruz. Néstor, subiendo y bajando un arco dental apenas grisáceo, articuló estas misteriosas palabras:
       —Te prevengo sobre alguna consecuencia que más vale no hablar.
       Los muchachos armaron, como todas las noches, la mesa de truco, en ese café de Canning, frente a la plaza Las Heras. El término muchachos, empleado por ellos, no supone un complicado y subconsciente, propósito de pasar por jóvenes, como asegura Isidorito, el hijo de Vidal, sino que obedece a la casualidad de que alguna vez lo fueron y que entonces justificadamente se designaban de ese modo. Isidorito, que no opina sin consultar a una doctora, sacude la cabeza, prefiere no discutir, como si su padre se debatiera en su propia argumentación especiosa. En cuanto a no discutir, Vidal le da la razón. Hablando nadie se entiende. Nos entendemos a favor o en contra, como manadas de perros que atacan o repelen un circunstancial enemigo. Por ejemplo, todos ellos —Vidal se cuidaba de decir los muchachos, cuando se acordaba— en la mesa de truco mataban el tiempo, lo pasaban bien, no porque se entendieran o congeniaran particularmente, sino por obra y gracia de la costumbre. Estaban acostumbrados a la hora, al lugar, al fernet, a los naipes, a las caras, al paño y al color de la ropa, de manera que todo sobresalto quedaba eliminado para el grupo. ¿Una prueba? Si Néstor —en chanza los amigos pronunciaban Nestór, con erre a la francesa— empezaba a decir que había olvidado algo, Jimi, a quien por lo animado y ocurrente llamaban el Bastonero, concluía la frase con las palabras:
       —Por un completo.
       Y Dante Révora machacaba:
       —¿Así que te olvidaste por un completo?
       Era inútil que Néstor, con esa cara que mantenía la rubicundez de la juventud, con los ojitos redondos de pollo y con la permanente expresión de hablar en serio, asegurara que se trataba de un error cometido en su increíble infancia, que se le quedó, ¿cómo decir?, fijado… No lo escuchaban. Menos lo escuchaban cuando sacaba el ejemplo de Dante, que insistía en pronunciar ermelado por enmelado, sin que nadie le negara el respeto que merece una persona culta.
       Como la noche del 25 asumirá en el recuerdo aspectos de sueño y aun de pesadilla, conviene señalar pormenores concretos. El primero que me viene a la mente es que Vidal perdió todos los partidos. La circunstancia no debe asombrar, ya que en el bando contrario jugaban Jimi, que ignoraba el escrúpulo y era la astucia personificada (a veces Vidal le preguntaba, en broma, si no había vendido el alma, como Fausto) y Lucio Arévalo, que había ganado más de un campeonato de truco en La Paloma de la calle Santa Fe, y Leandro Rey, apodado el Ponderoso. A este último, un panadero, hay que distinguirlo entre los muchachos por no ser jubilado y por ser español. Aunque sus tres hijas —la ambición las perdía— lo mortificaban para que se retirara y fuera por las tardes a tomar sol con los amigos a la plaza Las Heras, el viejo se mantenía al pie de la caja registradora. Hombre frío, egoísta, apegado a su dinero, peligroso en los negocios y en la mesa de truco, Rey irritaba a los otros por un defecto venial: en trance de comer, aunque fuera el queso y el maní traídos con el fernet, sin disimulo se entregaba a la impaciencia de la gula. Vidal decía: «Entonces la aversión me ofusca y le deseo la muerte». Arévalo, un experiodista que durante algún tiempo redactó crónicas de teatro para una agencia que trabajaba con diarios del interior, era el más leído. Si no descollaba por hablador ni por brillante, manejaba ocasionalmente un tipo de ironía criolla, modesta y oportuna, que hacía olvidar su fealdad. Empeoraba esta fealdad una desidia en auge con los años. Barba mal rasurada, anteojos empañados, pucho adherido al labio inferior, saliva nicotínica en las comisuras, caspa en el poncho, completaban la catadura de este sujeto asmático y sufrido. Compañeros de Vidal en aquel partido fueron Néstor, cuyas travesuras propendían a la inocencia, y Dante, un anciano que nunca se distinguió por la rapidez y que ahora, con la sordera y la miopía, vivía retirado en su caparazón de carne y hueso.
       Para que su imagen reviva en la memoria, señalo otro aspecto de esa noche: el frío. Hacía tanto frío que a toda la concurrencia del café se le ocurría la misma idea de soplarse las palmas de las manos. Como Vidal no se convencía de que no hubiera allí algo abierto, de vez en cuando miraba en derredor. Dante, que si perdía se enojaba (su devoción por el equipo de fútbol de Excursionistas, inexplicablemente no le había servido para encarar con filosofía las derrotas), lo reprendió por desatender el juego. Apuntando a Vidal con el índice, Jimi exclamó:
       —El viejito trabaja para nosotros.
       Vidal consideraba el húmedo hocico en punta, el bigote que tal vez en razón de la temperatura invernal se le antojaba nevado, y no podía menos que admirar el desparpajo de su amigo.
       —A mí el frío me asienta —declaró Néstor—. De modo, señores, que prepárense para el chubasco.
       Triunfalmente puso una carta sobre la mesa. Arévalo recitó:

Y si la plata se acaba
Por eso no me caduco
Si esta noche pierdo al truco
Mañana gano a la taba.

       —Quiero —respondió Néstor.
       —Al que quiere se le da —dijo Arévalo y dejó caer una carta superior.
       Entró el diarero don Manuel, bebió en el mostrador su vaso de vino tinto, se fue y, como siempre, dejó la puerta entreabierta. Ágil para evitar corrientes de aire, Vidal se levantó, la cerró. De regreso, al promediar el salón, por poco tropezó con una mujer vieja, flaca, estrafalaria, una viviente prueba de lo que dice Jimi: «¡La imaginación de la vejez para inventar fealdades!». Vidal dio vuelta la cara y murmuró:
       —Vieja maldita.
       En una primera consideración de los hechos, para justificar el exabrupto, Vidal atribuyó a la señora el chiflón que por poco le afecta los bronquios y entre sí comentó que las mujeres no se comiden a cerrar las puertas porque se creen, todas ellas, reinas. Luego recapacitó que en esa imputación era injusto, porque la responsabilidad de la abertura recaía sobre el pobre diarero. A la vieja sólo podía enrostrarle su vejez. Quedaba, sin embargo, otra alternativa: soltarle, con apenas disimulado furor, la pregunta de ¿qué buscaba, a esa hora, en el café? Demasiado pronto hubiera obtenido respuesta, porque la mujer se metió por la puerta rotulada Señoras, de donde nadie la vio salir.
       Permanecieron todavía otros veinte minutos. Para congraciar la suerte, Vidal agotó los recursos más acreditados: esperó con fidelidad, aguantó con resignación. Tampoco era cosa de mostrarse terco. El jugador inteligente asegura que la suerte prefiere que la sigan, no apoya a quien se le opone. Si no había cartas, con semejantes compañeros, ¿cómo ganar? Tras la quinta derrota, Vidal anunció:
       —Señores, ha sonado la hora de levantar campamento.
       Sumaron y dividieron, pagó Dante deudas y adición, los compañeros le reembolsaron su parte, bajo protesta. Ni bien Dante deslizó la propina, todos los otros alzaron la algarabía de siempre.
       —Yo voy a decir que a éste no lo conozco —informó Arévalo.
       —No podés dejar eso —protestó Jimi.
       Le reprochaban, en tono de broma, la avaricia.
       Departiendo animadamente pasaron a la intemperie. El frío por un instante los enmudeció. Una vaporosa niebla se difundía en llovizna y envolvía en un halo blanco los faroles. Alguien aventuró:
       —Esta humedad va a podrir los huesos. Rey, con empaque, observó:
       —Desde ya promueve carrasperas.
       En efecto, varios habían tosido. Se encaminaron por Cabello rumbo a Paunero y Bulnes. Néstor comentó:
       —¡Qué noche!
       En su apagado tono irónico apuntó Arévalo:
       —A lo mejor llueve.
       Dante los hizo reír:
       —¿Qué me cuentan si después refresca?
       Jimi, el Bastonero, resumió:
       —Brrr.
       La vida social es el mejor báculo para avanzar por la edad y los achaques. Lo diré con una frase que ellos mismos emplearon: a pesar de las rigurosas condiciones atmosféricas, el grupo se manifestaba entonado. Entre burlas y veras, mantenían un festivo diálogo de sordos. Los ganadores hablaban del truco y los otros rápidamente respondían con observaciones relativas al tiempo. Arévalo, que tenía el don de ver de afuera cualquier situación, incluso aquellas en que él participaba, acotó como si hablara solo:
       —Un entretenimiento de muchachos. Nunca dejamos de serlo. ¿Por qué los jóvenes de ahora no lo entienden?
       Iban tan absortos en ese entretenimiento, que al principio no advirtieron el clamor que venía de el pasaje El Lazo. La gritería de pronto los alarmó y entonces notaron que un grupo de gente miraba, expectante, hacia el pasaje.
       —Están matando un perro —sostuvo Dante.
       —Cuidado —previno Vidal—. ¿No estará rabioso?
       —Han de ser ratas —opinó Rey.
       Perros, ratas y una enormidad de gatos merodeaban por el lugar, porque allí los feriantes del mercadito, que forma esquina, vuelcan los desperdicios. Como la curiosidad es más fuerte que el miedo, los amigos avanzaron unos metros. Oyeron, primero en conjunto y luego distintamente, injurias, golpes, ayes, ruidos de hierros y chapas, el jadeo de una respiración. De la penumbra surgían a la claridad blancuzca, saltarines y ululantes muchachones armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético sobre un bulto yacente en medio de los tachos y montones de basura. Vidal entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenadas por el alcohol de la arrogancia. Arévalo dijo por lo bajo:
       —El bulto ese es el diarero don Manuel.
       Vidal pudo ver que el pobre viejo estaba de rodillas, el tronco inclinado hacia adelante, protegida con las manos ensangrentadas la destrozada cabeza, que todavía procuraba introducir en un tacho de residuos.
       —Hay que hacer algo —exclamó Vidal en un grito sin voz— antes que lo maten.
       —Callate —ordenó Jimi—. No llamés la atención.
       Envalentonado porque sus amigos lo retenían, Vidal insistió:
       —Intervengamos. Van a matarlo.
       Arévalo observó flemáticamente:
       —Está muerto.
       —¿Por qué? —preguntó Vidal, un poco enajenado.
       En su oído, Jimi murmuró fraternalmente:
       —Calladito.
       Jimi debió de alejarse del lugar. Mientras lo buscaba, Vidal descubrió una pareja que miraba con desaprobación esa matanza. El muchacho, de anteojos, llevaba libros debajo del brazo; ella parecía una chica decente. En procura del apoyo moral que tantas veces encontró en los desconocidos de la calle, Vidal comentó:
       —¡Qué ensañamiento!
       Ella abrió la cartera, sacó unos anteojos redondos y, sin apuro, se los puso. Ambos volvieron hacia Vidal sus caras con anteojos y lo miraron, impávidos. Con dicción demasiado clara la muchacha afirmó:
       —Yo soy contraria a toda violencia. Sin detenerse a considerar la frialdad de tales palabras, Vidal intentó congraciarlos:
       —Nosotros no podemos hacer nada, pero la policía, ¿para qué está?
       —Abuelo, no es hora de andar ventilándose —el muchacho le advirtió en un tono casi cordial—. ¿Por qué no se va antes que le pase algo?
       Ese mote injustificado —Isidorito no tenía hijos y él estaba seguro de parecer, a pesar de la incipiente calvicie, más joven que sus contemporáneos— tal vez lo cegó, porque interpretó la frase como un rechazo. Trató de reunirse con el grupo, pero no lo encontró. Se alejó por fin. Estaba un poco desorientado, sin los muchachos para conversar, para compartir el disgusto.
       Llegó a su casa, que viene a quedar frente al taller del tapicero de autos, en la calle Paunero. El cuarto le pareció inhospitalario. Últimamente sentía una invencible propensión a la tristeza, que modificaba el aspecto de las cosas más habituales. De noche veía los objetos de su cuarto como testigos impasibles y hostiles. Trató de no hacer ruido: en la pieza contigua dormía su hijo, que se acostaba tarde porque trabajaba en la escuela nocturna. Ni bien se cubrió con la manta, preguntó alarmado si no pasaría la noche en vela. Ninguna posición le convenía. Porque pensaba, se movía; digan después que el pensamiento no afecta la materia. Los hechos que vieron sus ojos, ahora se le presentaban con una vividez intolerable, y se movía en la esperanza de que la visión y el recuerdo cesaran. Al rato se le ocurrió, tal vez para cambiar de tema, ir al baño; nada más que para estar seguro y dormirse tranquilo. La travesía de los dos patios, en noches de helada, lo arredraba; pero no permitiría que una duda sobre la utilidad de ese viaje lo dejara sin dormir.
       En medio de la noche, cuando se encontraba en la inhóspita dependencia del fondo —fría, oscura, maloliente— solía deprimirse. Motivos para ello nunca faltan, pero ¿por qué precisamente incidían a esa hora y en ese lugar? Para olvidar al diarero y a sus matadores recordó una época, hoy increíble, en que la aventura misma no se descartaba… La culminación llegó la tarde en que sin saber cómo se encontró en los brazos de una chica llamada Nélida, hija de una cocinera, la señora Carmen, que trabajaba en casas de familia del barrio norte. Nélida vivía con su madre en la segunda sala del frente, donde ahora funcionaba el taller de costura. Por una simple casualidad el recuerdo del fin de ese amorío coincidía con otro, para Vidal desgarrador (no sabía muy bien por qué) y repugnante, de un anciano excitado y borracho que perseguía con un largo cuchillo desenvainado a la señora Carmen. De Nélida guardaba, en un baúl, donde tenía cosas viejas y reliquias de sus padres, una fotografía que les tomaron en el Rosedal y una cinta de seda, descolorida. Los tiempos habían cambiado. Si antes se encontraba en el fondo con una mujer, ambos reían; ahora pedía disculpas y rápidamente se alejaba, para que no pensaran que era un degenerado o algo peor. Acaso tal deterioro de su posición en la sociedad lo volvía nostálgico. El hecho era que de meses, tal vez años, a esta parte, se había dado al vicio de los recuerdos; como otros vicios, primero entretenía y a la larga lesionaba y perjudicaba. Se dijo que al día siguiente estaría muy cansado y apresuró la vuelta a la pieza. Ya en cama, formuló con relativa lucidez (pésimo síntoma para el desvelado) la observación: «He llegado a un momento de la vida en que el cansancio no sirve para dormir y el sueño no sirve para descansar». Revolviéndose en el colchón, recordó nuevamente el crimen que había presenciado y quizá para sobreponerse al desagrado que le infundía el cadáver que primero había visto y ahora imaginaba, se preguntó si el muerto realmente sería el diarero. Lo acometió una vivísima esperanza, como si la suerte del pobre diarero fuera esencial para él; se vio tentado de figurárselo por las calles, corriendo y pregonando, pero se resistía a esas imaginaciones por temor a la desilusión. Recordó la frase de la muchacha de anteojos: «Yo soy contraria a toda violencia». ¡Cuántas veces había oído esa frase como si no significara nada! Ahora, en el mismo instante en que se decía «Qué chica pretenciosa», por primera vez la entendió. Entrevió entonces una teoría sobre la violencia, bastante atinada, que lamentablemente olvidó luego. Recapacitó que en noches como esa, en que daría cualquier cosa por dormir, involuntariamente pensaba con la brillantez de un suelto del diario. Cuando los pájaros cantaron y en las hendijas apareció la luz de la mañana, se apesadumbró de veras, porque había perdido la noche. En ese momento se durmió.



II

Jueves, 26 de junio

      La impaciencia por acudir al velorio lo despertó. Últimamente se impacientaba con facilidad.
       En el calentador a querosén preparó unos mates, que despachó a la disparada, con dos o tres mordiscos de pan de la víspera. Su desayuno estaba perfectamente calculado; no se permitía un exceso en los mates o en el pan, sin que empezara ese ardor que lo asustaba un poco. Se lavó los pies, las manos, la cara, el cuello. Se peinó con agua de violetas y brillantina. Ni bien se vistió, se presentó en el taller de las chicas y preguntó si podía usar el teléfono. La dentadura se había convertido en manía. Hubiera jurado que las chicas lo miraban y comentaban, como si fuera un monstruo o tal vez el primer hombre con dientes nuevos. Una circunstancia lo extrañó: aunque estaba prevenido, no sorprendió una sola sonrisa, ni nada que sugiriera la burla. Vio caras graves, preocupadas, asombradas, quizá temerosas y aun coléricas. Todo esto le pareció inexplicable.
       Llamó a casa de Jimi, pero no obtuvo comunicación. En casa de Rey una de las hijas le advirtió que el padre había salido y le aconsejó que no molestara. Mientras tanto, una de las chicas del taller, una trigueña de piel blanca, llamada Nélida, que le recordaba, siquiera por el nombre, a la Nélida de otros tiempos, lo miraba con alguna obstinación, como si quisiera decirle algo. Si realmente quería hablarle, la muchacha encontraría oportunidades, pues vivía en el inquilinato (en las piezas de su amiga Antonia y de la madre de ésta, doña Dalmacia). A Vidal siempre le molestaba que lo miraran cuando hablaba por teléfono. Se perturbaba como si lo distrajeran en medio de una prueba difícil; más molesto aun resultaba que lo miraran cuando su parte en la conversación era deslucida. ¿Una puerilidad? A veces Vidal se preguntaba qué aprendemos a lo largo de los años, ¿a resignarnos a nuestras deficiencias? De soslayo miró los ojos que lo observaban, la piel cercana, la tricota con la forma del pecho, y se dijo que para un admirador de la belleza no había nada como la juventud. Imprevistamente angustiado pensó también que las chicas de esa edad son capaces de cualquier locura, pero que él, plantado ahí, con aire de no entender nada, pasaría por tonto. Dejó en la repisa el importe de las comunicaciones y se retiró para no abusar del teléfono.
       Iría al restaurante y hablaría con toda comodidad por el teléfono público. Además compraría el diario, para ver si ya pagaban, como dijeron Faber y otros, la jubilación de mayo. Antes de salir se fijó si no rondaba el encargado, un gallego acriollado y anarquista, que defendía celosamente los intereses del propietario. Por suerte tampoco estaba en el zaguán el señor Bogliolo, que por un sordo aborrecimiento al género humano, honorariamente oficiaba de policía del gallego. Hasta alrededor del 20, en que solía cobrar la jubilación y pagar el alquiler, todos los meses Vidal evitaba con el mayor cuidado a esos dos individuos.
       Encontraba agrado en caminar por el barrio en un día de sol, en «desentumir» las tabas, como decía Jimi. La mañana se presentaba limpia y, de acuerdo con las previsiones de los muchachos, el frío no había disminuido. En cuanto asomó a la calle advirtió que el taller del tapicero estaba cerrado. Sin amargura comentó:
       —Todavía no es mediodía y ya bajaron la cortina. La gente de hoy no quiere trabajar. Qué vidurria.
       Notó que nunca le faltaba el pretexto para hablar solo y ensayar una sentencia de moralista.
       El teléfono del restaurante exhibía, como de costumbre, el letrerito No funciona. Mientras caminaba por Las Heras, en dirección a la plaza, en voz alta se preguntó qué tenía esa mañana la ciudad, porque parecía más linda y más alegre. La verdad es que algunos transeúntes lo miraban con insistencia, de manera para él incómoda. Consideró extraño que un arco dental llamara tanto la atención, y arguyó: «Al fin y al cabo va dentro de una boca cerrada, o poco menos». ¿Su dentadura y las miradas que provocaba eran la causa de la angustia que sentía en el pecho? No, había que buscarla, tal vez, en los atractivos de esa muchacha, que a lo mejor se ofreció, y en su retirada, rápida como una fuga. Inexplicablemente su timidez había aumentado con los años; como si no creyera en sí mismo, por si acaso estaba siempre retirándose. ¿O la verdadera causa de la angustia se ocultaba en la jubilación impaga, en las preocupaciones de dinero, ahora primordiales?
       Tras un cordial saludo, en que volcó una afabilidad llana, pero generosa, preguntó al diarero de Salguero y Las Heras:
       —¿Dónde velan a don Manuel?
       —Todavía no salió de la morgue —repuso el hombre en un tono que Vidal se atrevió a calificar de neutro.
       —El fin de semana —explicó, guiñando un ojo—. Apostaría que el médico forense aprovecha el fin de semana y no quiere que le hablen de cadáveres.
       Intuyó de improviso que su locuacidad, o quién sabe qué en su persona, molestaba al individuo. La sola presunción lo ofendió. ¿No era el muerto un diarero, un colega de este joven ingratamente hosco? La exquisita deferencia que él manifestaba, tanto más valiosa por provenir de alguien ajeno al gremio, ¿merecía el desdén? Opinó que no era necesario criar cuervos para cosecharlos. La fe en la esencial camaradería de los hombres lo movió a dar otra oportunidad:
       —¿Lo velan en Gallo?
       —Usted lo dice.
       —¿Usted va? —insistió.
       —¿A santo de qué?
       —Y… yo pienso ir.
       Tal vez porque una chiquilina pidió una revista, el muchachón le volvió la espalda. Vidal pensó que para no humillarse del todo no le compraría el diario. Ya se alejaba, deprimido, cuando oyó una frase que lo desorientó:
       —Los que provocan, no se quejen.
       Consideró la posibilidad de pedir explicaciones, pero recordó la espalda ancha, los músculos ajustados por el saquito gris, y admitió que algunas mañanas despertaba con dolor de cintura, como si el esqueleto se encontrara trabado y hasta enclenque. La aceptación de las propias limitaciones eventualmente es una sabiduría triste.
       Cruzó la plaza en diagonal, no sin detenerse frente al monumento, para leer la inscripción. La sabía de memoria, pero cuando pasaba por ahí la leía. En una corazonada se dijo que este país, en la época de sus guerras, no debió de ser inamistoso.
       Desde el teléfono público del café, trató en vano de comunicarse con los amigos. En casa de Arévalo no contestaban. La vecina de Néstor, que por lo general accedía a llamarlo (si le preguntaban sin apuro por la salud y por la familia), murmurando improperios cortó la comunicación. Siempre interesado en la meteorología, Vidal observó que si bien la temperatura estaba en ascenso, la gente seguía destemplada. En un nuevo intento de comunicarse con Jimi, empleó la última moneda. Se felicitó de que no contestara su llamado la sirvienta, una muchacha primaria, que apenas hablaba y casi no oía. La sobrina, Eulalia, le explicó:
       —A la tarde lo visitará en su casa. Traté de disuadirlo, señor, pero me dijo que iría.
       Vidal todavía le daba las gracias por la amabilidad, cuando Eulalia cortó. Se dirigió a la panadería. Al enfrentar el pasaje El Lazo, los recuerdos de la pesadilla de la noche anterior lo entristecieron. Con alguna contrariedad notó que el pasaje había recuperado su aspecto habitual, que no quedaban rastros ni pruebas del suceso. Ni siquiera había allí un vigilante. Si no fuera por el tacho de basura, se figuraría que la muerte del diarero había sido una alucinación. Bien sabía Vidal que la vida siempre sigue, que nos deja atrás, pero se preguntó ¿por qué esta urgencia? En el mismo lugar en que horas antes un hombre de trabajo había caído asesinado, un grupo de chiquitines jugaba al fútbol. ¿Solamente él advertía la profanación? También lo ofendía la circunstancia de que esos mismos menores, mirándolo con una cara que parodiaba ingenuidad y comunicaba menosprecio, a un tiempo entonaran el cantito:

Viene llegando la primavera
que siembra flores en la vejez.

       Vidal reflexionó que últimamente había hecho méritos para graduarse en ese coraje, desde luego pasivo o negativo, que nos permite desoír los escarnios.
       Al pasar frente a una casa en demolición, miró un cuarto desprovisto de techo, pero todavía encuadrado en fragmentos de paredes y conjeturó: «Debió de ser una sala». En la panadería le esperaba una sorpresa. Leandro Rey no ocupaba su puesto detrás de la caja registradora. Preguntó a una de las hijas del panadero:
       —¿Le pasa algo a don Leandro?
       Esta cortesía no cayó bien. En voz bastante alta, para lucirse quizá, en un tono sequito, moviendo sus labios oscuros, gruesos y húmedos, como si preparara un moño para regalo, la muchacha interpeló a Vidal:
       —¿No ve que hay gente en la cola? Si no va a comprar, haga el favor de retirarse.
       Enmudecido por el injusto maltrato, no encontró respuesta adecuada. Para salvar la dignidad, no le quedaba otro recurso que dar media vuelta y salir. Con increíble sangre fría, sin mover un músculo, esperó hasta recuperar el uso de la palabra; entonces, en medio de la expectativa general, articuló la enumeración:
       —Seis felipes, cuatro medias lunas y una tortita guaranga.
       Risas contenidas festejaron esa tortita guaranga como si fuera una respuesta cargada de intención. No hubo tal cosa. Las propias hijas de don Leandro después admitirían que Vidal se limitó a repetir su pedido habitual. ¿Por qué no se alejó dignamente? Porque le gustaba el pan de la panadería de Leandro. Porque las otras no quedaban cerca. Porque no sabía qué explicación dar a su amigo, si mañana le preguntaba por qué no compraba en su casa. Porque últimamente se había aficionado a la fidelidad: era fiel a los amigos, a los lugares, a cada uno de los proveedores y a su local de venta, a los horarios, a las costumbres.
       La gente afirma que muchas explicaciones convencen menos que una sola, pero la verdad es que para casi todo hay más de una razón. Diríase que siempre se encuentran ventajas para prescindir de la verdad.



III

      Entró en su casa, para dejar el envoltorio. En el zaguán, pensativamente apoyado en el cepillo de piso, el encargado conversaba con Antonia, una de las muchachas del taller. Vidal, que no tuvo tiempo de retroceder antes de que lo viesen, al pasar oyó las palabras Algunos, rudimento, vergüenza y la frase completa:
       —No pagan el alquiler, pero se dan el lujo en panaderías y restoranes.
       Ya cerrada su puerta, se encontraba a salvo. El hombre lo importunaba sin encarnizarse. El más atrabiliario de los encargados de hoy en día era un ser benévolo en comparación con aquellos casi mitológicos de su juventud, de lo que él llamaba los buenos tiempos; entonces por una nimiedad lo echaban a usted a la calle. Además el gallego le había dicho la verdad: él y su hijo vivían de lo que éste ganaba (en el colegio y por unos corretajes en farmacias) y no se acordaban de pagar el alquiler hasta que el gobierno se acordaba de pagar la pensión. Vidal pensó que mantener la honestidad en la pobreza era más difícil de lo que la gente creía, y agregó: «Hoy más que ayer y con mucho menos lucimiento».
       En su pieza pasó pronto del alivio a la ansiedad. Después de tantos días de ayuno estaba lánguido, necesitaba comida.
       ¿Hasta cuándo se prolongaría ese diálogo en el zaguán? Trató de pensar que a la pobreza no le faltaban ventajas. Por ejemplo, a él le imponía indignidades y travesuras propias de un muchacho y no le permitía el ingreso a la respetabilidad, tan parecida a la vejez («de un Rey, de un Dante o de un Néstor» se dijo).
       Resonaron entonces golpes, el clamor de un tumulto, destemplados gritos del encargado y de otras personas. Porque recordó el episodio de la noche anterior, se estremeció. Pensó que el encargado estaba de mal humor y que por todos los medios él debía evitar un encuentro. Cuando volvió el silencio, volvió el hambre; pudo ésta más que la prudencia y lo empujó fuera de la pieza. Increíblemente el encargado no estaba en el zaguán. No había nadie. Llegó a la calle, dobló a la derecha, se dirigió al restaurante de la esquina. Almorzó admirablemente, comidas blandas, que no desplazan la dentadura. Expresó audiblemente la satisfacción:
       —Por algo se reúne aquí el chofer de taxi, gente que viaja y conoce.
       Al salir se cruzó con el señor Bogliolo, alias Botafogo. Vidal lo saludó. El matón miró para otro lado. Todavía cavilaba sobre el desaire, cuando atrajo su atención una visión tétrica y magnífica: frente al taller del tapicero, la hilera de carromatos negros de una cochería. Se acercó a una de las ventanas del taller. Adentro había grupos de gente. Preguntó:
       —¿Qué pasa?
       El individuo de negro, que estaba junto a la puerta, contestó:
       —Ha fallecido el señor Huberman.
       —Qué barbaridad —exclamó.
       Aunque se le cerraban los ojos, postergó resueltamente la siesta y entró en el velorio. Algunos recuerdos —la fidelidad a los recuerdos le placía, como si estos revistieran la dignidad de las tradiciones— lo vinculaban a la familia de Huberman. La idea de compartir con ella unos momentos de tristeza lo confortaba.
       Pobre tapicero, con la calva pecosa y las orejas en abanico. Una simple ironía en sus labios maravillaba a Vidal, que a lo mejor se decía, estupefacto: «Además de cortar el paño y cobrar el dinero, bromea. ¡Increíble!». También rubia y pecosa era Madelón, la hija de Huberman, de carácter festivo y de cara breve y agraciada. La cortejó hace años, no sin fortuna, pero luego Vidal se apartó, porque resultó una de esas muchachas que siempre están proponiendo salidas en grupo. Cuando quiso acordar ya alternaba con amigos y parientes, y esa gente extraña lo trataba como de la familia. No había riesgo, por lo menos él repetía la frase, pero el simulacro de noviazgo bastaba para mortificarlo. ¡La terquedad de las mujeres! Cuando en imaginación hablaba con ellas —y digan después que la transmisión del pensamiento es un hecho— les recomendaba que no forzaran la mano. Es claro que si no la forzaban también se iba. Porque se alejó demasiado pronto, quedó con una especie de nostalgia. Como ya se dijo, Madelón era rubia, pecosa, de ojos risueños, eminentemente joven y, aunque parezca mentira, linda. En estos últimos años la veía muy de tarde en tarde, trasformada en mujerota desabrida, de esqueleto grande y cuerpo ordinario, con una cara de longitud fuera de lo común y nauseabundos lunares mezclados con las verrugas. Como si la memoria fuera inconsistente, la imagen actual de Madelón caía en el olvido y cuando aparecía en la realidad, lo sorprendía. Siempre volvía a creer que Madelón era la chica de antes; con distraerse un poco, se figuraba que esa chica debía de esconderse en alguna parte y que si él se esmeraba, sin duda acabaría por encontrarla.
       Lo primero que divisó al entrar en la casa fue a Madelón en su apariencia de ahora, grande y ordinaria. Como no era rencorosa, ni bien lo vio se le echó a llorar sobre un hombro. Vidal dijo:
       —Te acompaño. ¿Qué pasó?
       En el tono de quien repite una vez más la explicación, Madelón refirió:
       —Regresaba el pobre en su automovilito por Las Heras, y al llegar a Pueyrredón…
       —¿Cómo?
       Vidal pensó que la mujer, a causa del velorio, hablaba en voz particularmente baja o que él estaba perdiendo el oído.
       —Al llegar a Pueyrredón se encontró con la luz roja. Se disponía a obedecer la señal de luz verde, que ya había aparecido, cuando ocurrió el hecho.
       Vidal preguntó de nuevo:
       —¿Cómo?
       Volvió la mujer a explicar y él a perder buena parte de las palabras. Pensó que hoy en día la gente no articulaba, hablaba con la boca cerrada, mirando para otro lado. Con algún empaque murmuró al vecino de la izquierda:
       —Esta chica no «vocabuliza» debidamente.
       —¿Qué chica?
       Madelón se reanimó por un instante, para anunciar:
       —Acaba de irse Huguito.
       —¿Huguito? —repitió despistado.
       —Huguito —insistió—. Huguito Bogliolo.
       —¿Botafogo? Nos cruzamos y no me saludó.
       —Qué raro. No te habrá visto.
       —Me vio. Los otros días fue la amabilidad en persona.
       —¿Cómo no te va a saludar?
       —Fue amable para embromarme. A él lo embramaron primero y para vengarse me embromó a mí.
       —¿Cómo lo embromaron?
       —Como a mí. Con la dentadura. ¿No te fijaste?
       Sonrió ampliamente. Presumía ante cualquier mujer, pero hacía excepciones.
       Cuando el sueño le recrudecía en los ojos, entró el individuo de negro que antes montaba guardia en la entrada y hubo un movimiento en el salón. Con alarma Vidal comprendió que si Madelón le pedía que la acompañara al cementerio, perdería la siesta. Se alejó por un instante, como quien busca a otro para decirle algo. Llegado al umbral, venció la tentación de volver la mirada y se deslizó afuera. En seguida cruzó a su casa.
       Era un día tan destemplado que la manta y el poncho sobre la cama resultaban insuficientes. Recurrió al sobretodo. Reflexionó que pasaba por una época de neurastenias inopinadas, ya que la visión de su cama semicubierta por el sobretodo marrón, con manchas y peladuras, lo deprimía.
       Actualmente la siesta lo descansaba de manera notable. Vidal recordaba otros tiempos en que se había levantado malhumorado, fuera de caja. Ahora diríase que rejuvenecía por un rato, como después de afeitarse. En cambio esperaba la noche con temor, porque a las pocas horas despertaba —una mala costumbre— y fatalmente se desvelaba con pensamientos tristes.
       Durmió una media hora. Al poner a calentar el agua para el mate, meditó que una vida, por breve que sea, alcanza para dos o tres hombres; con relación al mate él fue un hombre que lo requería siempre amargo, después uno que no lo tomaba porque le caía mal y ahora se había convertido en un fiel devoto de los mates dulces. Se disponía a cebar el primer mate, cuando entró Jimi. Sin duda, el frío le afilaba en forma de hocico de zorro la nariz y el bigote… Era fama que este individuo, en quien la inteligencia convivía con un instinto casi animal, solía llegar de visita cuando sus amigos empezaban a comer. Resueltamente aseguró Jimi con la mano derecha la tortita guaranga y con la izquierda cubrió las medias lunas. Tras una leve irritación, Vidal se felicitó porque esa factura, comprada tal vez con el pueril afán de postergar la hora de la claudicación, determinaba toda suerte de trastornos en su aparato digestivo.
       Tras chupar el primer mate, lo que siempre era cortesía y en ese momento precaución, Vidal preguntó a su amigo, mientras le cebaba:
       —¿Dónde lo velan?
       —¿A quién? —preguntó Jimi, como si no entendiera. Más que desentendido se mostraba trabajoso, como algunos jugadores de truco. Sin perder la paciencia, Vidal aclaró:
       —Al diarero.
       —Un tema francamente alegre.
       —Mira cómo lo mataron. Hay un deber de solidaridad.
       —Más vale pasar inadvertido.
       —¿Y el deber de solidaridad?
       —Eso viene después.
       —¿Qué viene antes? —preguntó Vidal, un poco enojado.
       —¿Qué viene antes? Tu manía de no faltar a velorios ni entierros. A cierta edad, la gente instala el club en la necrópolis.
       —¿Querés que te diga una cosa? Me escapé de casa de Huberman para no ir al entierro.
       —Eso no prueba nada. Tendrías ganas de echar una siesta. Vidal se calló. Como de nada valía disimular ante Jimi, le dio una palmadita en el hombro y le dijo:
       —¿Te confieso? Esta mañana me despertó la impaciencia por saber dónde era el velorio.
       —La impaciencia es capítulo aparte —observó Jimi, implacablemente.
       —¿Capítulo aparte?
       —La impaciencia y la irritación nos acompañan siempre. Fíjate, sino, en esta guerra.
       —¿Qué guerra?
       Como si él también se volviera sordo, continuó:
       —A cierta edad.
       —La frasecita me revienta —previno Vidal.
       —A mí también. Sin embargo, no niego que a cierta edad aflojamos el control.
       —¿Qué control?
       No hacía caso. Prosiguió:
       —Como todo lo demás, afloja con el desgaste y uno ya no aguanta. ¿Una prueba? En cualquier parte, los primeros en llegar son los viejos.
       —Increíble —admitió con admiración Vidal—. No soy viejo y paso por ese cuadro.
       —En resumen, una mala combinación: impaciencia y reflejos lentos. No es milagro que no nos quieran.
       —¿Quién no nos quiere?
       En lugar de contestar, preguntó:
       —¿Cómo te va con tu hijo?
       —Perfectamente —respondió Vidal—. ¿Por qué?
       —El que está mejor colocado es Néstor. Parecen hermanos con el hijo.
       Ni bien oyó esta frase, Vidal emprendió una de sus teorías favoritas. Formulada la primera regla «Mantener la distancia, lo que impone un clima de juego limpio» (palabras que en la oportunidad no obtuvieron el apoyo a que estaba acostumbrado) halló un estímulo en el ejercicio de sus medios de intelecto y de exposición, afinados a lo largo de experiencias anteriores, y se alarmó por la entrevista posibilidad, pronto desechada, de haber ya expuesto a Jimi, con las mismas palabras, las mismas reflexiones. Consideró conmovido:
       —Por; la ley de las cosas, los padres nos vamos antes…
       Descomedidamente Jimi lo interrumpió:
       —¿A qué hora vuelve tu hijo?
       —Ahora nomás —respondió, disimulando la mortificación.
       —Yo también me voy antes, para que no me vea —contestó Jimi.
       Esta frase lo sorprendió penosamente. Iba a protestar, pero se contuvo. Estaba seguro de que el afecto no lo cegaba: su hijo era un muchacho querible y generoso.



IV

      Vidal cruzó los dos patios y llegó al fondo.
       Mientras lavaba en una de las piletas, Nélida conversaba con Antonia y con el sobrino de Bogliolo. Antonia era una muchacha de escasa estatura, de pelo castaño, de cutis grueso, de brazos cortos; su voz, opaca y baja, correspondía a la de una persona que está despertándose. En el inquilinato era muy admirada. El sobrino de Bogliolo —alto, angosto, imberbe, de ojos redondos, con una camisa que trasparentaba la camiseta— estrechándola por la cintura exclamó:
       —¡Esta Petiza!
       Vidal se dijo: «No hay cómo la gente joven» y «Estos dos, probablemente, andan en algo».
       —¿De qué hablaban? —preguntó.
       —Váyase, váyase —dijo, riendo, Antonia.
       —¿Me echan? —preguntó Vidal.
       —No, cómo cree —aseguró Nélida.
       Antonia insistió:
       —Don Isidro no puede oír lo que estamos diciendo. Vidal notó que los ojos de Nélida eran verdosos.
       —¿Por qué? —protestó el sobrino—. El señor Vidal es un espíritu joven.
       —Abierto —añadió Nélida.
       Vidal admitió:
       —Así lo espero…
       Pensó que a él le había tocado vivir una época de transición. En su juventud las mujeres no hablaban con la libertad de ahora.
       —No solamente joven de espíritu —dijo Nélida con algún énfasis—. El señor está en la flor de la edad.
       —Lástima que me llame «señor» —observó Vidal.
       —¿En qué año nació? —preguntó Antonia.
       Vidal recordó entonces la visita de un par de señoritas que hicieron una encuesta en el inquilinato, para un instituto psicológico o sociológico. Pensó: «Lo único que falta es que ésta ahora saque libreta y lápiz». También: «Qué a gusto me siento con los jóvenes». Contestó en tono de broma:
       —Eso no se pregunta.
       —Le doy la razón —convino el sobrino de Bogliolo—. No le haga caso a la Petiza. Le paso el dato: Faber no le contestó.
       —No vas a comparar al señor con ese viejo —protestó Nélida con inesperado calor—. Apostaría que ese viejo ha llegado a los cincuenta.
       Vidal pensó: «Yo lo pondría entre los sesenta y los setenta. Para estos chicos, a los cincuenta uno es viejo».
       Como quien acomete, Nélida prosiguió:
       —Si te descuidás, el señor es más joven que tu tío.
       La conjetura no agradó al sobrino de Bogliolo: su rostro se ensombreció y por un instante perdió la trivialidad para mostrarse incuestionablemente avieso. Vidal reflexionó que ese afecto un poco pueril, por ese pariente un poco aborrecible, era meritorio. También se preguntó si él tendría coraje de entrar en el baño delante de esos muchachos. La vergüenza era tonta, porque al fin y al cabo… La calificó: Una vergüenza de chico.
       Secretamente el hombre es un chico disfrazado de persona grande. ¿Eran así todos los demás? ¿El mismo Leandro Rey era un chico? Sin duda, Leandro lo engañaba a él, como él engañaba a los otros.



V

      La vida del tímido es engorrosa. Ni bien se encaminó a la pieza, comprendió que más ridícula que la imagen de un hombre que entra en el baño, era la del que se retira porque le faltó el coraje de entrar. ¿Había mayor vergüenza que dejar ver que uno tuvo vergüenza? Para peor, quizá el episodio no estuviera cerrado. Sobre un punto no cabían dudas: no demoraría mucho en volver al fondo. Sólo podía esperar que las chicas y el sobrino de Bogliolo se fueran pronto de allí. Estaba con la mano en el picaporte de la pieza, cuando lo sorprendió Bogliolo en persona, con la pregunta:
       —¿Cómo le va, don Isidro?
       Con ese individuo no sabía uno a qué atenerse. Tan confuso estaba Vidal que respondió:
       —¿Cómo le va, don Botafogo?
       Tenía la esperanza de que el matón no hubiera oído el mote, pronunciado (porque ya estaba en la boca) en un murmullo inconcluso.
       Desde lo alto Bogliolo lo miró fijamente. Con extrema seriedad le dijo:
       —Me tomo la libertad de darle un consejo. Le hablo como si fuera su padre. El gallego está juntando presión. Pague, señor, el alquiler, antes que el hombre haga una barbaridad.
       La gente es mala y anda diciendo que usted se da la gran vida en restoranes y no paga el techo que lo cobija. —Se iba; volvió para agregar—: No me pregunte cómo, pero hasta saben lo que ha gastado en la dentadura.
       En la pieza encontró a su hijo ocupado en guardar algunos objetos en el ropero.
       —¿Poniendo orden? —preguntó.
       Siempre de espaldas, el muchacho emitió un sonido que Vidal tradujo por la palabra sí. Distraídamente vio cómo Isidorito guardaba el viejo chambergo, la chalina, la navaja, el asentador, la cajita de madera clara, con la inscripción Recuerdo de Necochea, donde por la noche ponía el reloj de bolsillo. De pronto advirtió:
       —Che, todo eso es mío. Quiero tenerlo a mano.
       —Está a mano —contestó Isidorito, cerrando el ropero.
       —¿Estás loco? —preguntó el padre—. El chambergo, la chalina, no digo. Para mirar la hora, mañana por la mañana, va a ser muy cómodo tener el reloj ahí adentro.
       —Esta noche nos reunimos aquí los de la Agrupación Juvenil de la Veintiuno.
       Vidal creyó notar en el tono en que fueron pronunciadas las palabras un dejo de fastidio o de impaciencia.
       —¡Qué bien! —exclamó con sinceridad—. Me alegro tanto que traigas a tus amigos. Además, no sé, me parece mucho mejor que te reúnas con la juventud de tu misma edad…
       Se detuvo a tiempo, porque no quería mortificar a su hijo con reproches. En cuanto se descuidaba le echaba en cara esa doctora que lo había puesto tan pedante y agresivo. Como si hubiera intuido un ataque a la doctora, Isidorito contestó con aspereza:
       —Por mí que no vinieran.
       —Lo vieras a mi padre, cómo atendía a mis amigos. Dentro de la modestia de sus medios, no sé si me entendés. Hasta la obligaba a mamá, fritas ya las empanadas, a ponerse la mejor ropa.
       —Qué manía de hablar de matusalenes.
       —No te olvides que son tus abuelos.
       —Ya sé que no somos gente de cuna. A toda hora me lo recordás.
       Vidal lo miró con afectuosa curiosidad. Se dijo que en las personas más íntimas y próximas hay pensamientos que no sospechamos… Esta circunstancia, que él describía con las palabras «No somos trasparentes», en un tiempo le había parecido una protección, la garantía de cada cual para ser libre; hoy lo apenaba como una prueba de soledad. Para llegar a su hijo y sacarlo del aislamiento en que lo veía, comentó:
       —Lo que es yo, me felicito que vengan. Hace un rato pensaba que siempre estoy a gusto con los jóvenes.
       —Nadie sabe porqué te sentís tan a gusto.
       —¿Vos no te sentís a gusto con ellos?
       —¿Por qué no me voy a sentir? Yo no soy vos.
       —Ah, es cuestión de generaciones. ¿No nos entendemos? ¿La doctora te ha explicado eso?
       —Mira, puede ser, pero lo mejor es que los muchachos no te encuentren aquí. Para peor viene uno que es un energúmeno. Un individuo muy querido que se dedica al trasporte de verduras. Un tipo pintoresco, un héroe popular. Hasta le han hecho un versito:

Salite de la esquina
Camionero loco…

      —¿Y tengo que dar vueltas por la calle mientras atendés a tus amigos?
       —¿Cómo se te ocurre? ¿Por la calle? No quiero que te pase nada.
       —No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Pretendes que me esconda debajo de la cama?
       —¿Cómo se te ocurre? Tengo una idea mejor. —Lo tomó de un brazo y lo llevó afuera—. No perdamos tiempo. En cualquier momento llegan.
       —No me empujes. ¿Dónde vamos?
       Isidorito le guiñó un ojo y poniendo un dedo sobre los labios le pidió que guardara silencio.
       —Al altillo —susurró.
       Vidal podía interpretar esas palabras como una explicación o como una orden. En el primer patio se cruzaron con Faber, que iba al fondo. Apareció también Nélida, con un atado de ropa. Empujado por su hijo, Vidal apresuradamente trepó la escalerita, en la esperanza de que la chica no lo viera. Una vez arriba, entró gateando, porque el techo era muy bajo.
       —Aquí vas a estar perfectamente —aseguró el muchacho—. Si te recostás en uno de los cajones, podrás echar un sueñito. Apagá esa luz y no bajés hasta que te avise.
       Isidorito se escabulló antes de que él protestara. El sitio no le parecía bien elegido. Como don Soldano, el mayorista de aves y huevos, lo usaba para depósito, estaba abarrotado de cajones sucios y malolientes. Con la luz apagada, la oscuridad resultaba intolerable. Isidorito lo apuró tanto, que no se acordó de traer el poncho ni el sobretodo, de lo que se felicitaba, porque hubieran quedado para la tintorería, aunque la verdad es que temblaba de frío, amén de que las tablas bajo su cuerpo eran demasiado duras. Si por lo menos hubiera pasado por el fondo antes de subir… Perdía la cabeza cuando su hijo se impacientaba tanto.
       También lo había desorientado, veinte años antes, Violeta, la madre de Isidorito, una mujer vehemente, que sin necesidad de pruebas concebía las opiniones más enfáticas. Ante esa convicción, él siempre había sentido que toda duda era ofensiva y por un tiempo se dejó dominar. ¿Qué imágenes acudían primero a su memoria cuando pensaba en la época de Violeta? Ante todo, monumentales redondeces rosadas y el color del pelo —rubio rojizo— y un olor que tendía a la acritud ferina. Luego, sucesivos momentos de un período que ahora le parecía breve: el día que le anunció, en el Palais Blanc, que esperaba un chico y que debían casarse. El día que el chico nació. El día que por fin supo que ella lo engañaba. Porque daban una película de Louise Brooks, había entrado en el mismo Palais Blanc, y de pronto adivinó un aroma que le trajo nostalgias, y en la oscuridad de la sala, en la fila de adelante, oyó una voz inconfundible, que decía: «No te preocupes. Nunca viene sin mí al biógrafo». El día que encontró sobre la almohada la cartita de Violeta; le confiaba el hijo —Sos un buen padre, etcétera— y se iba, aguas arriba, con un paraguayo. A él le había tocado —se preguntó si no tendría alguna falla— una situación muy cantada en los tangos, que según lo comprobaba a su alrededor, no era habitual. Mientras Violeta lo dejaba, los amigos no hacían más que hablar del yugo y de las ganas de sacárselo, como si llevaran a sus mujeres a cuestas; la infidelidad lo contrarió, sin el dolor y el despecho que la gente suponía inevitables, y porque atendía a su hijo, gozó de un extraordinario prestigio entre las vecinas, aunque no faltó una que lo interpelara con la aseveración de que ella no respetaría nunca a un hombre que se ocupaba de tales menesteres. Todo esto le probó que los demás no sentían cómo él. Por aquella época resolvió mudarse a un departamento, porque había recibido unos pesos que le dejó un pariente (¡el disgusto que se hubiese llevado la pobre Violeta si lo hubiera sabido!); pero como las vecinas cuidaban de Isidorito mientras él estaba en el trabajo, desistió del proyecto. La plata se fue gradualmente, en la vida de todos los días, y ya no volvió a pensar en mudanzas. A continuación recordó esa tarde en que al llegar a casa oyó, en el cuarto contiguo, en medio del clamoreo de mujeres embelesadas, la apreciación de una señora: «Mírenle el cosito». Esta memoria le avivó las ganas de ir al fondo. En verdad estaba desesperado, pero no se atrevía a bajar porque le habían indicado que no lo hiciera. Al obedecer tan ciegamente a su hijo, obraba como un pobre viejo; recapacitó después que ésta era una argumentación de chico malcriado; por algo le habrían dicho de no bajar. Sobre un punto no cabía discusión: él no aguantaba más. Como pudo se arrastró por ese altillo infecto, se parapetó detrás de las últimas jaulas y, arrodillado, en postura inestable, interminablemente orinó. Hacia el final divisó luz entre las tablas del piso; con alarma estimó que allí abajo quedaba el cuarto del señor Bogliolo. La sola idea de una trifulca en ese lugar cubierto de suciedad de gallinero lo amedrentaba. Con el mayor sigilo trató de ocultarse en los cajones apilados en el extremo opuesto. Al rato estaba soñando con un señor que pasó casi toda la tiranía de Rosas escondido en un altillo, hasta que lo delató el mayor de los niños que por las noches le había hecho a su mujer y la mazorca lo degolló. Después, en otro compartimento de ese mismo sueño, él saltaba a caballo empinados obstáculos, triunfal ante las mujeres, y combinando modestia personal con orgullo patriótico explicaba: «A caballo ando bien, como cualquier argentino». Como antes no había nunca montado, empezó a desconfiar de sus aptitudes y por fin cayó dolorosamente. Fragante de alhucemas, Nélida se reclinó sobre su cara y le preguntó “¿Qué te has hecho?· No; lo que en realidad Nélida repetía era:
       —Ya se fueron.
       —¿Qué hora es? —preguntó—. Estaba medio dormido.
       —Las dos. Ya se fueron. Isidorito no vino, porque tuvo que acompañarlos unas cuadras. No tardará. Ahora puede bajar, don Isidro.
       Cuando quiso incorporarse le dolió todo el cuerpo y sintió el tirón en la cintura. Con incredulidad se preguntó: «¿Un lumbago, de nuevo?». Le mortificaba que la muchacha asistiera a sus dificultades, que mentalmente calificó de miserias. Se disculpó:
       —Parezco un viejo tullido.
       —Una mala postura —explicó Nélida.
       —Una mala postura —admitió sin convicción.
       —Permítame que lo ayude.
       —No faltaría más. Yo puedo…
       —Permítame.
       Sin ayuda no hubiera salido de ahí. Nélida lo sostuvo; como una enfermera lo condujo hasta la pieza. Vidal se abandonó a sus cuidados.
       —Ahora va a permitirme que lo acueste —pidió Nélida. Contestó con una sonrisa:
       —No. No hemos llegado a ese extremo. Puedo acostarme solo.
       —Bueno. Esperaré. No me voy hasta dejarlo acostado.
       Viéndola así, de espaldas, parada en el medio del cuarto, pensó que en ella eran muy evidentes los caracteres de fuerza y de belleza de una hembra joven. Consiguió desvestirse y meterse en cama.
       —Ya está —dijo.
       —¿Tiene té? Voy a prepararle un tecito.
       A pesar del lumbago, sintió una suerte de beatitud desconocida, porque desde muchos años, no recordaba cuántos, no lo mimaban. Pensó que estaba iniciándose en los agrados de la vejez y de la enfermedad. Mientras le servía el té, Nélida le dijo que se quedaría un rato. Sentada a los pies de la cama, le habló —para hacer conversación, opinó él —de su vida, y con algún orgullo refirió:
       —Tengo novio. Un muchacho que me gustaría que usted conociera.
       —Cómo no —dijo desganadamente. Pensó que le gustaban las manos de Nélida.
       —Trabaja en un taller mecánico, de coches, ¿sabe? y, como tiene sensibilidad artística, integra el trío típico Los Porteñitos, que toca por la noche en locales del centro y sobre todo en Plaza Italia.
       —¿Van a casarse? —preguntó.
       —Ni bien juntemos la plata para el departamento y los muebles. Usted no sabe lo que me quiere. Vive pendiente de mí.
       Siguió Nélida ponderando. Muy pronto su vida, al calor de esa descripción, constituyó una sucesión de triunfos en bailes y en fiestas, en los que ella era la inconfundible heroína. Vidal la escuchaba con incredulidad y ternura.
       Se abrió la puerta. Isidorito miró, sorprendido.
       —Perdón, los interrumpo.
       —Su padre no estaba bien —explicó la muchacha—. Quise acampanarlo hasta que usted volviera.
       A Vidal le pareció que Nélida se había ruborizado.




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