Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

El jardín de los sueños
Historias de amor
(Buenos Aires: Emecé, 1972, 259 págs.)



      Quizá por la suavidad de la voz y por los diminutivos que infundían en las palabras un tono de melosa blandura, me dispuse a oír alguna de esas benévolas trivialidades que suele dictar la cortesía. Mi compañero de mesa —un colega bastante oscuro, que redactaba noticias policiales ¿o políticas? en uno de los dos vespertinos del lugar— me prevenía de un peligro verdaderamente espantoso que en el término de pocas horas caería sobre mí. Sospecho que por un instante perdí conciencia y tuve la ilusión de flotar en el aire. Tal vez me asusté.
       No era para menos. En mi carácter de nuestro enviado especial (un prestigioso talismán que me protegería contra todo riesgo, según creí) yo había llegado la semana anterior, con la consabida misión de escribir una serie de artículos que día a día informaran al público porteño sobre aquellas fiestas del centenario de la independencia, hijas inequívocas de la grosera voluntad de maravillar al mundo. El país había volcado en la capital, juntamente con los desfiles y demás pompas de gobierno, sus conjeturadas y sin duda estupendas reservas de folklore, de superstición y de taumaturgia: el sueño pintoresco, la pesadilla viviente, que desde quién sabe cuándo duerme la selvática montaña, mientras en la casi urbana periferia un mandarrias vigila con ojos despabilados.
       Cuando sirvieron el café, la gente se levantó de la mesa; el colega y yo nos arrimamos, mi tacita bailando en el plato, a uno de los ventanales. El restaurante, el famoso Panorámico, está en lo alto de la torre del hotel y, para repetir una frase que en la ocasión oí por lo menos cuatro veces, domina la ciudad. Apuntando con un dedo que parecía un gancho, Orduño —se llamaba así el colega— explicó:
       —Allá queda el Palacio, las carreras, la cancha de fútbol (según la antigua fórmula de circo sin pan). Acá cerquita tiene usted la cárcel y el Departamento de Policía. Abajo la plaza Libertadores y ahí nomás la playa de moda, gala y colorido.
       De aquel almuerzo, verdadero banquete que cerraba el copioso programa de actos oficiales, las autoridades habían ofrecido dos versiones, la selecta, en el Jockey Club, para embajadores e invitados de honor, y la otra en el Panorámico, más democrática pero también más interesante, como lo señaló Orduño, pues reunía la inteligencia, que identifiqué en seguida con nosotros dos, y la belleza, representada por algunas azafatas de las líneas aéreas.
       —¿Pero qué hice yo para que me persigan? —pregunté con la voz quebrada.
       —Los diarios de Buenos Aires llegaron anoche.
       —¿Han leído mis crónicas? No me va a decir que dos o tres bromas inocentes…
       —Los ofendieron. Nuestro gobierno, créame, no aprecia el humorismo de sus críticos.
       —¿Quién soy yo para criticarlo? Le juro que ni siquiera he deslizado una ironía intencionada… Tal vez una que otra broma, impuesta, usted sabe, por la misma construcción de las frases.
       —¿Espera que esta gente comprenda? No están hechos como nosotros; lo que nos divierte los enoja. A la madrugada vendrán por usted.
       —No puede ser.
       —¡Qué despertar, mi señorito! De la literatura a la realidad. No: De la literatura al calabozo.
       Me entró la sospecha de que mi protector fuera un poco sádico, pero reflexioné que, en mi situación, no convenía indisponerlo.
       —¿Y si me asilo en la embajada? ¿O en la uruguaya, que está más cerca?
       —Vivirá a todo trapo, no lo dude, pero vaya echando la cuenta que por unos añitos no sale.
       —Imposible. Imagínese el disgusto que se lleva la familia, en Beccar. A ver, otra idea, por favor, déme otra idea. Ayúdeme.
       Engolando confortablemente la voz preguntó, mientras apuntaba con ese dedo que parecía un gancho:
       —Desde ahí ¿admiró el panorama? —me empujó al ventanal opuesto—. ¿Qué ve?
       Reprimí la contrariedad y describí lo que veía: el jardín del hotel, un muro y del otro lado un vasto parque circular, con un caserón blanco, de techo de pizarra, que me recordaba alguna vieja quinta de San Isidro o del Tigre; bien mirado, el parque aparecía dividido en triángulos verdes, una suerte de estrella en cuyo centro refulgía la blancura del caserón, que a la distancia resultaba minúsculo.
       —Después —continué— veo un espacio abierto.
       —El aeródromo. ¿Qué más?
       —A la derecha, un puñado de casas.
       —Lo felicito. El motel para las tripulaciones.
       Yo esperaba la conclusión, la explicación; como no llegaron, declaré:
       —No entiendo.
       —¡Pero, amigo! —protestó.
       Agitó en aspavientos ambas manos y retrocedió. Atiné a gemir:
       —¡No me va a dejar ahora!
       Se había escabullido. Procuré dominar los nervios pues no me quedaba otra alternativa que afrontar la situación; es decir, afrontarla solo. Comparé mi estado de ánimo con el de un suicida que hubiera tragado un veneno cuyo letal efecto habría de producirse horas después. Le di la razón a Orduño: ese penoso arresto que me amenazaba a lo mejor equivaldría a despertar por fin de una vida de hacerme el gracioso en letras de molde. Exaltado por el remordimiento y el miedo, me ensañé contra mí. No dejé, sin embargo, que la consideración de mi culpa me distrajera. Si un rato en cualquier comisaría nos hunde en el desamparo ¡qué de amarguras no me reservaría el mañana, en un país remoto, a la merced de gendarmes recién llegados de la selva, donde el nativo se gradúa en la indiferente crueldad a través de rituales degüellos de cabritos, de gallos y de personas!
       No había que ceder al desaliento; yo disponía de una tarde y una noche: con mucha suerte, diligencia, voluntad y lucidez, acaso me salvaría. Por de pronto debía sobreponerme a ese temblor que nuevamente se apoderaba de mí.
       Orduño había expuesto claramente el problema y proporcionado indicios para la solución (ninguna otra interpretación de su proceder resultaba verosímil). No se mostró más explícito, para que el plan fuera mío, de modo que si me agarraban y obligaban a contar la verdad, yo no lo delatara; no confesara: Me dijo que hiciera esto o aquello. Increíblemente yo estaba tan perturbado que aún ignoraba el plan… Me acerqué a las azafatas. Algún pedante declarará que siempre el hombre es un chico y que en la desolación encuentra en toda mujer a la madre. ¿Por qué no admitir la modesta explicación de que únicamente el encanto de una mujer podía contrarrestar mi disgusto?
       Miré en derredor. Primero me dije que las risas festejaban seguramente idioteces y después que los grupitos de conversadores parecían impenetrables. Llegué a la conclusión de que lo mejor era bajar a mi cuarto y renunciar a toda esperanza. Entonces me acordé de la policía, que a la otra mañana vendría a buscarme, y junté coraje para abordar a alguna de las azafatas presentes, apelar a sus sentimientos democráticos, odio al despotismo, compasión o propensión por el prójimo, y procurar su complicidad para embarcarme furtivamente en el primer avión que saliera del país.
       Me detuve alelado: comprendí que no podía permitirme un paso en falso. Toda mi suerte dependía de la circunstancia, tal vez fortuita, de que yo me dirigiera a la persona apropiada. Si no elegía a una chica valiente y generosa, estaba perdido. Por ahí cerca rondaba un uniforme de nuestras Aerolíneas. Miré detenidamente: se trataba de una muchacha alta, muy derechita, rubia, pecosa, de ojos redondos, graves, un poco asombrados. Como algo inevitable imaginé esos ojos fijos en los míos y me pareció que oía la pregunta: «¿Con qué derecho me pide que me arriesgue por usted?». Yo debía contener los nervios, para que no me pusieran a la merced de la primer chiquilina que tuviera a mi alcance. A escasos metros, en el extremo de la mesa, descubrí a otra, de pelo castaño, de estatura breve, que vagamente me recordaba a una actriz francesa del viejo cinematógrafo americano… Por el uniforme supe que trabajaba en una compañía europea y por la expresión y los modales la imaginé muy despierta. «Entenderá sin dificultad mis temores. Para una europea no ha de haber pesadilla más horrible que la cárcel en estos países, verdaderos andurriales perdidos de la mano de la civilización. La criolla, en cambio, quién sabe si no me sale con que no ha de ser para tanto, que muchos entran en la comisaría de la vuelta de su casa y que si me dijera que vio sacar un muerto mentiría». Pensé entonces que todos los europeos tienden al respeto literal de reglamentos y leyes; la posibilidad de toparme con una inflexibilidad estúpida me decidió. «¡La criolla! ¡La criolla!» —exclamé patrióticamente y me dirigí a la chica de Aerolíneas. Le dije:
       —Es un alivio, ¿no es verdad?, encontrarse de golpe entre argentinos.
       —Depende —contestó—. Yo me largué a volar porque no los trago.
       —No me va a decir que no prefiere nuestra pronunciación.
       Encogiéndose de hombros precisó:
       —Cuestión de gustos.
       —Usted lo dice. El hecho de compartir los gustos ¿no crea una especie de fraternidad entre los hombres? Gardel ¿no cuenta?
       Miré los ojos de la muchacha: sólo en estatuas he visto una mirada tan perdida. No cabía duda: aquellos ojos languidecían de indiferencia y de tedio; era inútil porfiar; el argumento en favor de la solidaridad entre los compatriotas no me llevaba por buen camino. Me quedaba tal vez el recurso de cortejarla. ¿Qué me detenía? Un escrúpulo de hombre honrado, pero sobre todo la prevista dificultad de pasar decorosamente de pedir amor a pedir socorro. O la emborrachaba con palabras apasionadas o en un momento fatal la chica descubriría que yo no estaba desviviéndome por ella, sino por la seguridad de mi persona.
       Como el reloj apremiaba y yo no tenía opción, arremetí: cortejé desaforadamente. Este cambio de actitud repentino, que sugería menos una inclinación del alma que el mecanismo de un autómata, obtuvo la franca aprobación de mi interlocutora.
       Me parece que recaigo en el humor satírico, al que debo tanta desventura… Sí, la calumnio: la muchacha pertenece al tipo de las grandes heroínas de Stendhal: mujeres bellas, audaces y valientes, de generosa imaginación. Por mi parte, no sólo con elocuencia traté de embriagarla. Conseguí que me acompañara al bar. Le pregunté:
       —¿Qué tomamos?
       —Lo que usted quiera —respondió.
       —El ron de aquí tiene fama.
       —¿Conoce el dicho? En las botellas de ron hay sueños de piratas.
       Pedí esa bebida porque recordé unos versitos machacones que a todas horas oía por entonces. Para animarme los murmuré como quien entona un himno:

Quince hombres en el arca del muerto,
quince hombres y una cuba de ron.
Que el demonio los lleve a buen puerto
Y nosotros bebamos el ron.

       —¿Habla solo? —preguntó.
       En el acto confesé:
       —Estoy desesperado.
       —¿Porque me quiere y me adora no pretenderá que me tire en sus brazos?
       Gemí inarticuladamente:
       —Lo previsto —dije—, peor que lo previsto.
       ¿Cómo despertarla de la borrachera de envanecimiento, sin herir su amor propio? Yo debía de encaminar ese estado de ánimo a través de una maniobra bastante difícil: no me bastaba que la chica me perdonara; tenía que ayudarme y salvarme. Perdí la cabeza. Confundí seguramente el apuro de mis nervios con un saludable anhelo de sinceridad y sin más dilaciones aclaré la situación.
       Cuando habló, cada sílaba sonaba sequita, como el golpeteo de una máquina de escribir.
       —¿Y por qué me voy a meter, hágame el favor? Deje que lo agarren y lo maltraten: ya verá cómo los diarios chillan; pero si yo me pudro en la cárcel, nadie se acordará de mí. Además hay un detalle que usted pasa por alto: la responsabilidad no es mía, sino suya.
       —¡Qué espanto! —exclamé y cerré los ojos, mareado por los giros de una ruleta en que las vertiginosas ideas de policía, interrogatorio, tortura, desplazaban y ocultaban las razones que tal vez yo podía alegar. En esa aflicción articulé precipitadamente las primeras palabras que se me ocurrieron—: No insista. Su implacable sensatez me confunde. ¡Renuncio a la fuga! Me fascinaba por lo romántica y peligrosa… Ahora veo que no tengo derecho.
       Le volvió el color a la cara y sonrió como si algún pensamiento la divirtiera.
       —A las siete de la tarde. En el motel. Cabaña 11.
       No pude creer lo que oía. De pronto advertí que se ponía los guantes. Alarmado, pregunté:
       —¡No me va a dejar ahora!
       Me pareció que todo el tiempo yo repetía esa frase.
       —Tengo que hacer compras. Con un hombre, usted sabe, son un martirio.
       —No se vaya sin decirme cómo se llama.
       —Luz —contestó—. Pero no va a tener que preguntar por mí. Cuando llegue me encontrará.
       Ni bien me creí solo alcé los brazos y giré sobre mí mismo, pero interrumpí ese baile cuando noté que tenía un espectador en el hombre del bar. «Supone que estoy borracho» me dije. «Qué importa». Pagué las bebidas, me arrimé al ventanal del frente y con los ojos cerrados apoyé la cabeza en el vidrio; no encontré la esperada frescura. Al abrir los ojos, algo despertó mi curiosidad; un hormigueo allá abajo, en la plaza Libertadores; unos hombrecitos que no acababan de salir de un furgón policial. Los comparé con bichos: la escena me parecía graciosa. En grupo se encaminaron al hotel.
       —¡Son los míos! —grité, en un atolondrado intento de explicar mi agitació—. ¡Llegaron antes de hora!
       El hombre del bar me observaba flemáticamente, como un experto en borrachos, mientras yo, para no correr, caminaba con excesiva dignidad. Pensé: «Mejor que nadie me vea» y descarté el ascensor, porque a veces lo manejaba un ascensorista; empujé la puerta de vaivén, me lancé escaleras abajo; a mis pies los escalones crecieron y se multiplicaron; en los rellanos yo miraba ansiosamente los números, porque en el noveno iría hasta la habitación a recoger un portafolios y dos o tres objetos, de los que por nada me separo (por su valor sentimental), pero luego me dije que mi cuarto era el sitio más indicado para que la policía me esperara y seguí bajando.
       Si me hubieran vendado los ojos, al salir a la terraza hubiese creído que entraba en un invernáculo. Por suerte el calor ahuyentaba a los turistas. En la terraza no había nadie. Bajé la escalinata de mármol, me aventuré por el jardín y después de recorrer un centenar de metros —debí soslayar a un jardinero, que no me vio— llegué al muro del fondo. Lo trepé afanosamente, caí del otro lado, quedé inmóvil, de bruces, anonadado por el cansancio, por el dolor de cabeza, por el ron, por la ansiedad de la fuga y más que nada por el golpe. «Estoy a salvo» murmuré. Había alcanzado el lejano parque de los triángulos verdes, que divisé desde la ventana. Reflexioné: «Todavía no estoy a salvo. Aquí me ve el primer vigilante que asome por arriba del muro». Como pude me incorporé y corrí a guarecerme detrás de unos laureles. Apenas contuve un grito. Para escapar de un perseguidor imaginario, por poco atropellaba a un gigantón de uniforme verde, con fusil al hombro. «El soldado» pensé con estupor «me vio». No sólo me había visto, me había sorprendido en plena fuga; pero no me arrestó: con la mayor tranquilidad me volvió la espalda —como si mi presencia no le incumbiera ni tampoco lo asombrara— y se metió en una casa; mejor dicho, en el frente de una casa, levantado ahí, conjeturé, para alguna función de teatro o filmación. Aquello representaba una hostería de vago estilo alemán, provista de su correspondiente enseña, pintarrajeada con ingenuidad, donde se leía (en español, quién sabe por qué): El cazador verde. Me dije que el supuesto soldado era más bien un cazador, sin duda el de la enseña, pero no traté de explicarme los hechos. No tenía tiempo para resolver acertijos, ni ganas de asombrarme por nada: presentía la inminencia de los perseguidores. Antes de seguir corriendo, para no caer sobre algún otro cazador emboscado, examiné el parque; su principal adorno era un lago, flanqueado hacia la izquierda por un montículo de rocas artificiales. Miré atentamente en derredor, empezando por la derecha; vi tan sólo vegetales y objetos inanimados: una hamaca paraguaya, colgada entre dos palmeras, un juego de croquet, un dogo de bronce, un grupo de arbolitos floridos, un enorme jarrón de porcelana azul, un embarcadero, el lago, con botes en forma de cisne, y las rocas. Mientras corría me pregunté: «¿Del otro lado qué me espera?». Me abracé a las rocas, oí el susurro de una caída de agua, procedí a rodear, con precaución y lentitud, el montículo, hasta que aparecieron ante mis ojos, primero, la pequeña cascada y, a lo alto, en la entrada de una gruta, como en un pedestal en la piedra, la mujer. Era delgada, muy blanca. No sé por qué me la represento de perfil, con la cara hacia arriba y la negra cabellera pendiente… Sospecho que esta descripción sugiere un dibujito ridículo, una viñeta de mal gusto. Para refutarla no encuentro sino argumentos subjetivos: me pareció que faltaba el aire, sentí la desazón que provoca la belleza, intuí por una brusca revelación que todo mi pasado se justificaba porque me había traído hasta esa mujer, pensé que si llegaba a perderla no me consolaría nunca. También tuve un instante de felicidad, como si no entendiera la burla del destino, que me enseñaba la mujer de mi vida cuando los sabuesos me pisaban los talones. «Debo de estar impresentable» dije e instintivamente me pasé una mano por el pelo, me ajusté la corbata. Yo creo que la mujer sonrió; en todo caso, me miraba sin desconfianza o aún como si estuviera esperándome.
       Oí entonces una trompa de caza y los apremiantes ladridos de la jauría. Había algo tan compulsivo y terrorífico en el clamor que empecé a correr. «Lo que faltaba» pensé. «Que me sigan con perros». Cuando acordé había transpuesto la tapia divisoria y caía de rodillas en las piedritas del sendero, en el segundo triángulo del parque. Ya no oía ladridos, como si hubiera llegado muy lejos o como si los perros no existieran. Al levantar los ojos me encontré frente a un anciano, estaba sentado en un sillón de mimbre, a la sombra de un baldaquín a franjas amarillas, coloradas y azules, vestía un traje de gabardina, de vez en cuando se abanicaba con un sombrero de panamá, parecía enfermo y cansado, me observaba. El jardín, a su alrededor, era un paraje de sueño, mejor dicho el simulacro de un sueño, construido según ideas muy convencionales, con objetos vagamente significativos y simbólicos: una jaula, en forma de quiosco chino, donde revoloteaban dos o tres pájaros de color azul verdoso, una locomotora incompleta, casi enterrada en la arena y desparramados por el césped, el cilindro, en espirales blancas y escarlatas, de una barbería, un medallón dorado, con una cabeza de caballo, un escudo, una antorcha. El casual descubrimiento de que las piedritas del suelo eran, en realidad, libros minúsculos (de vidrio macizo, pintado) me indignó. Olvidé los perros, olvidé la policía, recogí uno de esos libritos, lo arrimé a los ojos del viejo como si le mostrara un elemento de prueba verdaderamente abrumador y le pregunté:
       —¿Qué significa todo esto? ¿Y esa puerta?
       Era de madera oscura, con infinidad de cabecitas labradas; tenía un llamador con mano de bronce y estaba enmarcada en la frondosa hiedra de una glorieta.
       —Aseguran que abre únicamente sobre sueños reparadores —contestó.
       Me pareció lóbrega, tristísima y sospeché que traería desgracia; para sustraerme a esa idea imaginé a la muchacha del lago, pero en seguida traté de pensar en otra cosa, como si lo que entonces ocupara mi atención estuviese expuesto a efluvios de mala suerte. Pregunté:
       —¿Qué se proponen con todo esto? ¿Volverme loco? No se hagan ilusiones.
       —Una buena observación —respondió el viejo, riendo como si fuera a sofocarse—. La mejor crítica. Pero confiese, pues, amigo: ¿es usted algún nuevo partiquino del doctor Veblen?
       —¿Partiquino del doctor qué?
       —¿No dirá que entró por error? ¿O lo de siempre? ¡Un fugitivo! Le prevengo que la policía aquí no lo molestará. Es claro que si Veblen le echa el guante… Por nada se malquista con el gobierno.
       —Yo me voy.
       —Está bien. Hay que huir de los neuróticos. —Miró el reloj—. Cinco y media pasadas. Por un ratito no vienen a buscarnos.
       Me dije que tenía tiempo de cruzar todo el parque y de llegar puntualmente al hotel (o motel) donde Luz me esperaba. ¿Estaba seguro? En su conjunto, el parque era enorme; yo podía extraviarme; no sería raro que me encontrara con alguien dispuesto a cerrarme el paso o a llamar a la policía. Quise volver, aunque fuera por unos minutos, al lago de las rocas, para hablar con la muchacha. Así urgido ¿la convencería de algo? ¿De qué? En el mejor de los casos, de que me diera nombre y dirección, para mantener correspondencia cuando yo hubiera regresado a Buenos Aires. ¿Valía la pena (Dios me perdone), para jugar a los novios por cartas, correr el riesgo de la cárcel? Antes de contestar la pregunta, había trepado el cerco y estaba de nuevo en el jardín del lago. «Por una desconocida» cavilé «pierdo tiempo y me expongo. Van a prenderme. Van a meterme a puntapiés en un calabozo. Entonces no hallaré justificación para esta conducta». Cuando enfrenté el montículo y no encontré allí a la muchacha me angustié, por segunda vez en un rato comprendí que si la perdía no me consolaría nunca. Olvidé las precauciones, me lancé a buscarla agitadamente. La descubrí de pronto debajo de un arbusto de flores coloradas, con las manos tendidas hacia mí; la muchacha cortaba flores, pero por un instante supuse que me llamaba; este error me confundió, me desalentó, y cuando reapareció el gigante vestido de cazador verde, nuevamente emprendí la fuga, traspuse la tapia, una sucesión de tapias y en los diversos jardines vi (ya sin curiosidad) cocineros que disputaban un partido de tenis, gente disfrazada de animales, la torre de una fortaleza, de cuyas alacenas colgaba un ancla, un cupé, una chimenea, un arpa, una cuna dorada. Me dije que renunciaba a la mujer de mi vida porque estaba demasiado triste para luchar (lo contrario era verdad: estaba triste porque renunciaba a la mujer) y atribuí la culpa de todo a la funesta fantasía de esos jardines. En el último, un individuo de guardapolvo casi me atrapa. Escalé el muro, me encontré en plena calle; me interné (sobreponiéndome al cansancio y al miedo) por la ciudad; dos veces me extravié; por fin llegué al motel.
       Luz cumplió su palabra: me esperaba. Riendo, como si me vistieran para un baile de máscaras, me disfrazaron de capitán o de camarero. Bebimos, llegó el ómnibus, el conductor comentó «Hoy va uno más», atravesamos el aeropuerto y embarcamos. Hasta que despegó el avión, la tripulación parecía nerviosa; yo pensaba en la muchacha del lago.
       Ya en el aire, me cambié de ropa y para estar solo, me refugié en el último asiento. Creo que después de servirnos la comida, Luz nos deseó las buenas noches y vino a sentarse conmigo. Yo recordé historias, que todos conocen, de lo que sucedió en algún vuelo, en ese último asiento, mientras los pasajeros dormían. Para distraerla me puse a hablar.
       —¿Usted cree en el amor a primera vista?
       —Es maravilloso —contestó— y de lo más común. Pregúntele a cualquiera.
       Se apasionó tanto con la argumentación que estuvo a punto de abrazarme. Le pregunté:
       —¿Quién es el doctor Veblen?
       —¿No sabes? El susto que te habrás llevado.
       —Por lo menos he visto cosas raras.
       —Comparsas alquiladas y objetos que consigue no sé dónde. Los pone ahí para que los internados, a la noche, sueñen. El charlatán cura con sueños a millonarios que se curan por el gusto de pagar montones de pesos.
       Como si no cambiara de tema, rápidamente me preguntó con quién vivía. Cuando comprendí, le dije:
       —Con mi madre y mis hermanas, en Beccar.
       —¡Entonces no estás casado! —gritó sin disimular el júbilo.
       Pensé como si le hablara: «Con tal de que me dejes por un rato, después nos casamos». La chica me había salvado, se parecía tal vez a las grandes heroínas de Stendhal y a mí no me interesaba mi destino. Me miró con esos ojos graves, que ahora le conozco tan bien, me dijo que iba a ofrecer no sé qué a los pasajeros, pero que volvería pronto.




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