Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

De un mundo a otro (1998)
(Buenos Aires: Emecé Editores, 1998, 86 págs.)


1

      Después de que almorzaran en un restaurante de la calle Guido fue a dormir la siesta con su novia Margarita, en casa de ella. Esa tarde, parecida a tantas otras en que Margarita durmió entre sus brazos, de algún modo fue excepcional: jamás como entonces Javier Almagro tuvo la convicción de que Margarita se le entregaba tan enteramente. Por algo se dice que para todo, en este mundo, hay un término. A las cuatro y media de la tarde, puntualmente, se levantaron, se vistieron y cada cual partió a sus obligaciones: ella, a dar el último examen de la carrera de astronauta; Almagro, a la redacción del diario en que trabajaba.
       Seguro de que Margarita había aprobado su examen, Almagro dejó pasar horas antes de felicitarla. A eso de las once de la noche trató de llamarla por teléfono. Mientras formulaba mentalmente una excusa para su tardanza, oía el consabido, insistente, rumor de llamada… Tuvo que resignarse a una desagradable conclusión: Margarita había salido. ¿Adónde? ¿Con quién? Por más que se repetía: «Margarita me quiere», «Margarita no me engaña», «Margarita es leal», desesperó. Emprendió obstinadas idas y venidas, levantó los brazos y mesó los pocos pelos de su cabeza. Comprendió que no toleraba la situación, que un remedio provisorio, pero remedio al fin, sería meterse en un cinematógrafo. Vio en el diario que en el Astral había función de trasnoche. Reflexionó: «Pasando de una función de cine a otra, el mismo camino hacia la muerte sería, para mí, llevadero». Se largó, pues, al Astral.
       Mientras miraba por la ventanilla del taxi que lo llevaba, ocurrió un hecho extraño. Al ver el comportamiento normal de la gente en la calle, pensó que él era el único trastornado y logró reaccionar. Esforzándose un poco, razonó: que Margarita no estuviera en su casa no era prueba de que estuviera con otro hombre. Las palabras «otro hombre» despertaron pasajeramente su ansiedad.
       En el hall del Astral tuvo que esperar un rato, hasta que la función anterior concluyera. De pronto vio con alivio que los acomodadores abrían las puertas y, enseguida, empezó a salir un río de gente un poco deslumbrada por la luz del hall y seguramente comentando la película que habían visto. Súbitamente la escena se animó. Sorprendido, atónito, vio con desesperación lo que había imaginado: a dos pasos de él, hablando animadamente con un desconocido, pasó Margarita.


2

      Desayunaron en La Rambla, como todos los días. En un tono que pretendía ser despreocupado, Javier comentó:
       —Ayer a la tarde, después de la siesta, creí que ibas a dar un examen (en ese momento, sin advertirlo, levantó la voz) pero no que ibas a encontrarte con un hombre.
       Sonriente, nada perturbada, Margarita le tomó las manos y dijo:
       —Si lo que te importa es que no te haya engañado, no te hagas mala sangre. Nunca he sentido ganas de engañarte. Si alguna vez me da por ahí, te avisaré.
       La última frase disgustó un poco a Javier, pero entendió que debía dejarla pasar. No pudo, sin embargo, omitir la pregunta:
       —¿Quién es el individuo que te acompañaba?
       —Un muchacho de la Facultad. No te preocupes. No me gusta.
       Como si tuviera un arranque de inspiración, Javier arremetió con una arenga que sin duda ella estaría cansada de oírle: esencialmente consistía en asegurar que si ella lo quisiera como él la quería serían felices.
       —Lo somos —aseguró Margarita y, mirándolo con ternura, explicó:
       —Yo creo que tuve mucha suerte de encontrarte, pero a veces desearía que hubieras aparecido en mi vida un poco después. Soy muy joven, hay una sola vida y no quisiera morir sin haberla vivido plenamente; pero no hagas caso de lo que te digo. Nunca me consolaría si te perdiera.


3

      Esa misma tarde Javier consiguió que el director del diario lo recibiese El personaje es bastante ridículo: tiene una barriga prominente y con sus brazos cortos, sus piernas largas, parece una rana; es flaco, se diría contraído y a cada rato se agita en contorsiones nerviosas, que han de ser intentos de aflojarse. Según Javier, todo pretexto es bueno para irritar al director; pero nada lo irrita como la entrevista pedida por cualquier persona que trabaja en el diario. Cuando Javier le dijo que se había enterado de que el gobierno respaldaba un proyecto de lanzar una nave a un vuelo interplanetario, estremeciéndose de furia el hombre exclamó:
       —Este país no tiene arreglo. Cuando hay tanto por hacer ¡gastar millones en semejante fantochada!
       Javier tuvo que hacer un esfuerzo para no renunciar a su propuesta. Dijo:
       —En mi modesta opinión, prestigiaría al diario que uno de sus cronistas viajara en esa nave y enviara notas exclusivas…
       —Su modesta opinión me tiene sin cuidado —replicó el director. Por nada permitiré que mi diario se haga cómplice de tan absurdo proyecto.


4

      Pasó una semana sin cambios en la situación. Margarita ciegamente creía que iban a elegirla para manejar la nave interplanetaria. En cuanto a las esperanzas de Javier de ir con ella seguían siendo nulas.
       Una tarde Javier llegó al diario después de hora. Su amigo, el cronista de cine, le dijo:
       —El viejo te espera. No sé si felicitarte o compadecerte. De que has llegado tarde está informado.
       Cuando Javier entró en el reducto del director, el hombre levanto los brazos y dijo:
       —Estaba impaciente por verlo, porque en estos días pensé mucho sobre un tema que le interesa. Nuestro país ha resuelto mandar al espacio una pequeña nave, algo totalmente nuevo… Hablé con las autoridades acerca el proyecto y logré la promesa de que un cronista de mi diario participe del viaje. Piénselo bien: le doy la oportunidad de ser el protagonista de un viaje histórico. En resumen, amigo mío, prepárese para partir en cualquier momento. Sé muy bien que los días de espera van a ser duros para usted. Rechace, como un hombre, el inevitable fantasma del miedo. Me afirman que usted viajará en las mejores condiciones de seguridad. Piloteará la nave alguno de los veinte jóvenes astronautas, que constituyen el honroso plantel que el país preparó para afrontar la posibilidad de esta gran hazaña.
       Javier lo miró con odio; para no tomar las cosas a lo trágico, solía compararlo con animales. Ahora el director, con sus brazos cortos y sus piernas largas, le pareció un canguro. Ya se iba cuando el director le dijo:
       —Usted comprenderá que yo no puedo permitir que en ese viaje histórico participe el cronista de otro diario.


2

      La madre había muerto en 1994; desde entonces el padre seguía viviendo en la vieja casa de la calle Hortiguera al quinientos (en una casa donde funcionó una prestigiosa imprenta), a pocos pasos del Parque Chacabuco. Cuando Javier fue a despedirse lo encontró en el escritorio, jugando con un lápiz. Tenía buenos colores en la cara; su cabeza, que era grande, parecía desnuda porque estaba rapada. No usaba anteojos. En una jaula había un loro muy verde.
       —Vengo a despedirme, padre. Me voy de viaje.
       —¿Adónde? —preguntó el padre.
       —¿Adónde? —repitió el loro.
       —A ver si me ayudas —dijo el padre. Se ocupa del campo: once letras.
       —Agropecuario —contestó Javier.
       —Gracias, estoy orgulloso de vos, hijo mío. Otra pregunta: curiosidad sexual. Nunca los hubo y siempre los hay. Doce letras. Concluye en A.
       —Hermafrodita.
       —¡Qué hijo tengo!
       —Tengo —dijo el loro.
       —No te alegres demasiado, padre. Me voy de viaje. Si me extrañás como yo to extraño cuando no te veo…
       —¿Qué vas a hacer en Montevideo? Antes de irte podrías darme otra mano. Raro. Empieza con H. Once letras.
       —No sé qué puede ser, padre: pero me voy, porque estás muy ocupado…
       —Cuando empiezo unas palabras cruzadas, no las dejo a medio llenar… en fin, cuando puedo. Me parece que ha de ser heterogéneo.
       —Genio —dijo el loro.
       Javier suspiró y dijo:
       —Bueno, padre, me voy. Tengo que dejar aquí todo arreglado, porque la ausencia puede ser larga…
       El padre se incorporó, lo abrazó y preguntó con voz trémula:
       —¿Vas lejos? ¿Por mucho tiempo? ¡Piensa que sin tus visitas no sé qué será de mí!
       —¿Qué le vamos a hacer? No creas que me voy contento. Hay que sobreponerse… Siempre te quedan las palabras cruzadas y el loro.
       —No seas tan severo conmigo.
       —No quiero serlo. Vine a despedirme. Trataré de que tengas noticias mías.
       —Mías —dijo el loro.
       —Sé que no bien te vayas —dijo el padre— me voy a arrepentir de no haberte preguntado nada sobre tu viaje…
       —Prometo —dijo Javier, mientras abrazaba a su padre— tenerte informado.
       Cuando Salió a la calle respiré profundamente. La visita a su padre lo había entristecido. Ya se sabe: la vida es implacable y cuando la vejez llega nos aísla, nos tapa los oídos, nos quita la luz de los ojos; por todo eso, por un tiempo, nos sumimos en la tristeza y, por último, lo que es mucho peor, caemos en la indiferencia. Sí, por un rato había sentido que su padre estaba fuera de alcance, pero, acaso afortunadamente, en el momento de la separación, o poco antes, dejó ver su tristeza y también su afecto.
       Después de caminar unas cuadras encontró un teléfono público, pero no pudo comunicarse con Margarita, porque el aparato estaba descompuesto.
       Se internó en el Parque Chacabuco y un poco en broma lamentó que no fuera de noche, porque entonces habría más probabilidades de que lo asaltaran. Sí, un buen asalto, con el correspondiente maltrato, quizá le permitiera olvidar por un tiempo el malhadado viaje que al día siguiente a la mañana lo alejaría ¿para siempre? de Margarita.
       A1 anochecer, cansadísimo, llegó a la Plaza Irlanda. Comentó consigo que las plazas de Buenos Aires eran hermosas y también la circunstancia extra?a, pero desprovista de interés, de que las dos personas a quienes quería abrazar antes de partir vivían cerca de plazas: su padre y Castro, el amigo de toda la vida. Se dijo: estoy pensando en estas necedades, para olvidar lo que me espera. Dobló por la calle Neuquén y a pocos pasos encontró la casa de su amigo. Era diminuta, de techo rojo y en punta, como los de algunos campanarios, y precedida por un jardín exiguo, muy mal cuidado. Castro lo recibió afectuosamente. Muy pronto Javier, que no tenía secretos para él, le anunció el viaje y le explicó la situación con Margarita. El amigo le dijo:
       —Yo seré un tipo raro, pero sistemáticamente me opongo a que los otros me obliguen a hacer algo que no quiero. ¿Por qué aceptaste participar en ese viaje espantoso? Nada más que para no separarte de Margarita y ahora, que ella no va, ¿por qué inexplicable razón arriesgas la vida? Te digo con la mano en el corazón: lo más probable es que no llegues a ninguna parte y que te pierdas en el espacio. Pero si llegaras a otro mundo, lo que me parece improbable, ¿has pensado en lo que allá vas a encontrar? A lo mejor seres rarísimos, que los atacarán a ustedes y los matarán.
       Javier se había cuidado muy bien de explicar que por toda tripulación irían él y un astronauta encargado de la conducción de la nave.




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