Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985)
(Buenos Aires: Emecé Editores, 1985, 223 págs.)


I

      Alrededor de las cinco, después de un viaje en ómnibus, tan largo como la noche, Nicolasito Almanza llegó a La Plata. Se había internado una cuadra en la ciudad, desconocida para él, cuando lo saludaron. No contestó, por tener la mano derecha ocupada con la bolsa de la cámara, los lentes y demás accesorios, y la izquierda, con la valija de la ropa. Recordó entonces una situación parecida. Se dijo: «Todo se repite», pero la otra vez tenía las manos libres y contestó un saludo que era para alguien que estaba a sus espaldas. Miró hacia atrás: no había nadie. Quienes lo saludaron repetían el saludo y sonreían, lo que llamó su atención, porque no había visto nunca esas caras. Por la forma de estar agrupados, pensó que a lo mejor descubrieron que era fotógrafo y querían que los retratara. «Un grupo de familia», pensó. Lo componía un señor de edad, alto, derecho, aplomado, respetable, de pelo y bigote blancos, de piel rosada, de ojos azules, que lo miraba bondadosamente y quizá con un poco de picardía; dos mujeres jóvenes, de buena presencia, una rubia, alta, con un bebe en brazos, y otra de pelo negro; una niñita, de tres o cuatro años. Junto a ellos se amontonaban valijas, bolsas, envoltorios. Cruzó la calle, preguntó en qué podría servirles. La rubia dijo:
       —Pensamos que usted también es forastero.
       —Pero no tan forastero como nosotros —agregó riendo la morena— y queríamos preguntarle…
       —Porque hay que desconfiar de la gente pueblera, más que nada si uno deja ver su traza de pajuerano —explicó el señor con gravedad, a último momento atenuada por una sonrisa.
       Almanza creyó entender que por alguna razón misteriosa todo divertía al viejo, sin exceptuar el fotógrafo de tierra adentro, que no había dicho más de tres o cuatro palabras. No se ofendió.
       La morena concluyó su pregunta:
       —Si no habrá un café abierto por acá.
       —Un lugar de toda confianza, donde le sirvan un verdadero desayuno —dijo el señor, para agregar sonriendo, con una alegría que invitaba a compartir—. Sin que por eso lo desplumen.
       —Lamento no poder ayudarlos. No conozco la zona. —Tras un silencio, anunció—. Bueno, ahora los dejo.
       —Yo pensé que el señor nos acompañaría —aseguró la morena.
       —Yo quisiera saber por qué trajimos tantos bultos —protestó la rubia.
       Entre las dos no atinaban a cargarlos.
       —Permítame —dijo Almanza.
       —Le voy a encarecer que nos acompañe —dijo el señor, mientras le pasaba los bultos, uno tras otro—. El pueblero, y peor cuando se dedica al comercio, es muy tramposo. Hay que presentar un frente unido. A propósito: Juan Lombardo, para lo que ordene.
       —Nicolás Almanza.
       —Una auspiciosa coincidencia. ¡Tocayos! Mi nombre completo es Juan Nicolás Lombardo, para lo que ordene.
       Almanza vio semblantes de asombro en la rubia, de regocijo en la morena, de amistosa esperanza en don Juan. Éste le tendía una mano abierta. Para estrecharla, se disponía a dejar en el suelo los bultos recién cargados, cuando la muchacha de pelo negro le dijo:
       —¡Pobre Papá Noel! Miren en qué situación lo ponen. Ya va a tener tiempo de darle la mano a mi padre.
       El grupo se adentró en la ciudad. Don Juan, con paso enérgico, marchaba al frente. Se rezagaba un poco Almanza, estorbado por la carga, pero alentado por las muchachas. La niñita, durante las primeras cuadras pidió algo que no consiguió, por lo que finalmente agregó su llanto al del hermano. Como quien despierta, Almanza oyó la animosa voz de don Juan, que anunciaba:
       —Aquí tenemos un local aparente, salvo mejor opinión de nuestro joven amigo.
       Se apuró en asentir. Estaban frente a un café o bar cuyo personal, en ropa de fajina, baldeaba y cepillaba el piso, entre mesas apiladas. A regañadientes les hicieron un lugar y por último les trajeron cinco cafés con leche, con pan y manteca y medias lunas. Comieron y conversaron. Se enteró entonces Almanza de que don Juan era, o había sido, mayordomo de una estancia de Etchebarne, en el partido de la Magdalena, y que tenía un campito en Coronel Brandsen. Supo también que la rubia, madre de las dos criaturas, se llamaba Griselda. La morena, que se llamaba Julia, le anunció que a ellos los esperaban en una casa de pensión, que ofrecía todas las comodidades a precios razonables, muy recomendada por pasajeros acostumbrados a lo mejor. Por su parte opinó don Juan:
       —Le hago ver, hijo mío, que si se viene con nosotros, la ganancia es de todos. Pondré mi empeño, como si usted fuera de la familia, para que los patrones le ofrezcan una comodidad para salir de apuro.
       Estas palabras recibieron el apoyo de las dos mujeres.
       —De veras agradezco, pero ahora es imposible —afirmó—. Tengo reservada una pieza en la pensión donde para un amigo.
       El descanso, la comida, la conversación trajeron un bienestar general, perturbado al rato por el llanto del bebe, tan tesonero que bordeaba lo insoportable. Así debió de pensar Griselda, porque de repente dijo:
       —Con el perdón de todos.
       Descubrió un pecho notablemente redondo y rosado y se puso a alimentar al hijo.



II

       Acompañó a sus nuevos amigos hasta la pensión, que según se enteró después quedaba en 2 y 54, y les llevó el numeroso equipaje a la pieza, en el piso alto, para lo que debió subir y bajar varias veces la escalera. En ese ir y venir no se cansó de admirar unos vitrales, con figuras de colores vivos. Presintió que la otra pensión, donde le había reservado una pieza el amigo Mascardi, no le iba a gustar tanto. Lo que en ésta menos le gustaba era un olor, tal vez a cocina o a despensa, no sabía a qué, ni fuerte ni muy repulsivo, que parecía estar en toda la casa.
       Aunque los Lombardo porfiaban en retenerlo, se despidió porque se le hacía tarde. Mientras lo acompañaban hasta la puerta, las mujeres le dijeron que no fuera ingrato, que las visitara pronto. Retumbó entonces un grito desgarrador. Después de un corto silencio oyeron la voz de don Juan, que entre quejidos llamaba a sus hijas. Griselda corrió escaleras arriba. Antes de seguirla, Julia dijo:
       —Todavía no se vaya. No nos deje en este momento.
       Almanza conversó con la patrona y con algún pensionista. Se preguntaban qué pasaba. Al rato volvió Griselda, muy nerviosa.
       —Hay que llamar a un médico —dijo—. Mi padre está mal.
       La patrona preguntó:
       —¿Médico? Yo me manejo con el Centro Médico. Si quiere, llamo. Vienen en seguida.
       —Llame, llame.
       La conversación telefónica de la patrona fue continuamente interrumpida por Griselda, que indicaba:
       —Repita que está mal. Que tuvo un vómito de sangre. Que hay que hacerle una transfusión.
       Se fue Griselda, llegó Julia y preguntó:
       —¿Queda lejos el Centro Médico?
       La patrona dijo:
       —A la vuelta, a unas cuadras de aquí. Vienen en seguida.
       —Voy allá.
       —Voy yo —dijo Almanza.
       —¿No se perderá?
       —No, si me dan las señas.
       —Es fácil —aseguró la patrona—. Seis cuadras a la derecha, una a la izquierda, otra a la derecha. No puede perderse.
       Sin pensar más, Almanza corrió a la calle. Contaba en voz alta las cuadras. Al cabo de la octava se encontró con una ambulancia que salía de un caserón. Levantó una mano, para detenerla y preguntó si iban a 54 y 2. Le dijeron que sí.
       —Venía a buscarlos —dijo—. ¿Me llevan?
       En la ambulancia había dos hombres. El que manejaba, vestido de enfermero, y el acompañante, de ropa casi igual, que debía de ser el médico. Cuando estaban por llegar, el médico le preguntó:
       —¿Hepatitis? ¿Alguna enfermedad infecciosa, que recuerde? ¿Secretas?
       —El enfermo es otro. Un señor mayor, don Juan Lombardo. Un amigo.
       —Lo que pregunto es si usted tuvo hepatitis. ¿Infecciosas? ¿Secretas?
       —¿Yo? Ni por casualidad.
       Ya en la escalera de la pensión, el médico le dijo:
       —Usted no se me vaya.
       Almanza le señaló la habitación de los Lombardo. Diciendo «Permiso, permiso» para apartar a los pensionistas, el médico entró y cerró. Como la espera se alargaba, Almanza empezó a desear que la puerta se abriera, que Julia se asomara y dijera que su padre estaba perfectamente. Tanta voluntad había puesto en el deseo, que al abrirse la puerta pensó que era por obra suya. Quien apareció no fue Julia, sino el médico, que salió diciendo como para él mismo:
       —Perfecto, perfecto. —De pronto fijó los ojos en Almanza y le dijo: —Estaba pensando en usted.
       Con satisfacción notó que le daban importancia. Preguntó:
       —¿Puedo ayudar?
       —Puede.
       —¿Qué debo hacer?
       —Se arremanga un bracito.
       Obedeció.
       —¿Y ahora?
       —Le doy un pinchacito.
       El médico puso en una placa de vidrio un poco de sangre que había sacado.
       —¿Ya está? —preguntó Almanza.
       —Hoy es mi día de suerte. ¡El mismo grupo! ¿Se da cuenta?
       —La verdad que no, doctor.
       —Los dos tienen el mismo grupo: A, positivo. La sangre más común y silvestre que se puede pedir. Por favor, venga para acá, en seguidita.
       —¿Dónde?
       No podía creer que lo llevaran a la pieza del enfermo. El médico le decía por lo bajo:
       —¿Está del todo seguro que nunca se pescó unas lindas purgaciones? Entiéndame bien: no es el momento de andar con tapujos. Por amor propio o por simple vergüenza no le haga al pobre viejo semejante regalito.
       A esa altura de la conversación había comprendido de qué se trataba. Nunca había dado sangre, pero tenía conocidos que lo hicieron, sin que se les notara después el menor perjuicio; de modo que no se preocupó. La parte más fea de aquella transfusión fue el hedor de la pieza, bastante raro, y el aspecto del viejo, con ojeras francamente marrones, pálido como difunto. El viejo se las arregló para sonreír y comentar:
       —Yo sabía que Almanza no iba a fallarnos.



III

       Pareció entonces que la culminación del suceso hubiera sido la reacción favorable de don Juan y la suculenta merienda que le sirvieron a Almanza en el café contiguo. Las hermanas Lombardo insistieron en acompañarlo, porque no querían que pasase por alto este segundo desayuno. Explicaron:
       —Tiene que reponer fuerzas.
       Tan agradecidas se mostraban que para agasajarlo debidamente dejaron solo al enfermo. Se despedían cuando entró la patrona de la pensión.
       —¿El señor es el señor Almanza? —preguntó—. El señor Lombardo le pide que antes de irse tenga a bien subir un minuto a su pieza.
       Almanza acudió. El feo olor prácticamente había desaparecido; lo reemplazaba, eso sí, el vago aroma propio de la casa. A lo que pudo ver, el señor Lombardo estaba más animoso. En cuanto a él sintió una momentánea sensación de malestar, como si faltara el aire. Atribuyó el hecho a su disgusto porque era tarde y por seguir demorándose. Pensó: «Es una vergüenza… Por lo menos si pudiera abrir la ventana, para que entren la luz y el aire de afuera». Don Juan lo llamó:
       —Atráquese a mi cama. Usted me salvó la vida, así que yo le debo una explicación. Cuando se le dijo que lo saludamos por tomarlo por forastero, faltamos a la verdad. No se me enoje ahora, que va a oír la explicación prometida. Maliciamos que era forastero, pero a qué negarlo, yo lo encontré enteramente parecido a mi hijo. Las chicas no me desmintieron.
       —¿Vive ese hijo suyo?
       —¿Ventura? Nos han llegado noticias de que no.
       —¿Dónde se encuentra?
       —Para el corazón de este enfermo, aquí, junto a la cama. No lo tome a mal, ni piense que soy un viejo trascordado. Si me confundo es adrede y usted permitirá que en mi tribulación lo trate de hijo. El otro no sé por dónde anda. Hará cosa de siete años, de la noche a la mañana, se fue de la casa de sus padres.
       —¿Sin motivo valedero?
       —Con motivo, pobre muchacho. Es lo que más duele. Yo seré un viejo lleno de mañas, pero siento el dolor como cualquiera. Hubo una desavenencia, le levanté la mano, todo por una futesa que no merecía tanto disgusto. Quiero decir que entonces yo no veía por qué al muchacho le cayó tan mal.
       —¿Qué le cayó mal?
       —Si no me explico debidamente, usted no me va a entender.
       Dijo don Juan que él siempre había sido franco y abierto para la gente que lo quería, pero malo como el ají para los que le llevaban la contra. Confesó que por aquella época amigaba con una viuda. El hijo de la viuda se metió a vendedor de seguros y ella le encareció que le comprara al muchacho un seguro de vida, para apuntalarlo en el conchabo.
       —Sobre mi propia vida, ni hablar, porque soy supersticioso —continuó—. Mi pobre señora ya andaba muy decaída, así que venía a quedar eliminada, porque las primas o como las llamen iban a estar por las nubes. Pensé: «¿Quién más aparente que Ventura? Un muchacho en la flor de la edad». Al principio la operación me salió bastante acomodada. En dinero nomás, porque en aflicciones ¡ni me hable! Vaya uno a saber qué dio en figurarse Ventura, sobre aquel seguro. Que yo tenía noticias de alguna misteriosa enfermedad suya, mortal a corto plazo. O todavía peor: me prestaba tal vez una intención aviesa, que no quiero pensar. Hasta las más altas horas duró la controversia con mi pobre hijo. Al día siguiente no estaba por ninguna parte. Nunca volví a verlo.
       Almanza temió que don Juan tuviera una recaída, porque parecía cansado, a punto de sofocarse. El recuerdo de la discusión de esa noche terrible tal vez fue demasiado doloroso para ese viejo que salía de una descompostura. Don Juan continuó:
       —Ya no quiero hablar de aquel hijo. Me atribuyó designios por demás infames. Por suerte ahora tengo otro, que me salvó la vida.
       La mano que apretó el brazo de Almanza no parecía la de un hombre enfermo y débil. Era una garra.
       Como pensando en voz alta don Juan dijo:
       —Ni siquiera sé que esté vivo o esté muerto. Lo más probable es que esté muerto, pero eso no basta para cobrar el seguro.



IV

       Cuando pasó frente al hotel La Pérgola, pensó: «Antes de irme voy a fotografiarlo. Me gustaría parar ahí». Al doblar por 43 divisó a su amigo Lucio Mascardi, a mitad de cuadra, recostado contra el marco de una puerta. Hasta que Almanza llegó a su lado, Mascardi no dio señales de verlo. Entonces dijo:
       —Pensé que no venías.
       —Te voy a explicar.
       —No expliques.
       —Me puse a conversar con una familia, gente de Brandsen. Tomamos el desayuno y cuando los acompañé a la pensión querían conseguirme una pieza, para que me quedara con ellos.
       —Estaría bueno, después de volcar mi influencia para meterte acá.
       —No sabés todo lo que me pasó.
       —No te vas a excusar conmigo… Encontrar hospedaje en La Plata no es nada fácil. Las pensiones están, lo que se dice, al tope. El único arreglo posible fue poner una segunda cama en mi pieza, que es bastante grande.
       —No quiero estorbar.
       —¿Cómo se te ocurre? ¿No somos amigos de toda la vida?
       Por el zaguán entraron en un patio al que habían techado con una claraboya, para convertirlo en sala. A ese patio, o sala, daban media docena de puertas de dos hojas, altas y angostas, con un numerito arriba, en una chapa ovalada, blanca, con persianas de madera pintadas de gris. El piso era de baldosas coloradas. Había dos o tres alfombritas viejas, por aquí y por allá, y una mesa de mimbre, sillones desvencijados, plantas en macetas, un reloj de péndulo. En comparación, la pensión de la familia Lombardo parecía imponente y rumbosa, con aquellos vistosos vidrios de colores. Se felicitó de que no lo convencieran los Lombardo, porque en una pensión de tanto lujo quién sabe con qué extras iban a salir. Eso sí, cuando le llegara la última paga, se mudaría allá por unos días, para pasarlos a cuerpo de rey.
       El crujido de un gozne los detuvo. De la primera puerta, a contar por la izquierda, salió una mujer robusta, ni vieja ni joven, de pelo negro, de piel blanca, de labios rojos, mojados, que parecía «una monja de civil» y que, según dijo Mascardi, «antes de apersonarse los había espiado por la ventana que hay en la pared». Mascardi habló con aplomo:
       —Doña Carmen, le presento a su nuevo pensionista, el señor Almanza.
       Tras examinar en silencio al nombrado, la patrona dijo:
       —Perfectamente. Voy a hablar claro con el señor. Primer punto: a esta casa no me trae mujeres. Si un día llega su señora madre, vaya y pase; pero no se me venga con la hermanita, ni con la prima ni con la tía, bajo ningún concepto. Sepa bien que desde la ventanita de mi pieza lo estoy espiando. ¿Queda bien sentado, entonces, que ésta es una casa decente?
       —Desde luego, señora.
       Taconeando en las baldosas doña Carmen se dirigió a la única puerta entreabierta (tenía el numerito 4, en la chapa de arriba) y, con un amplio movimiento de brazos, la abrió de par en par. Se volvió, anunció:
       —¡La pieza! —Después de un silencio agregó en voz más baja: —Con nuestra mataca adentro.
       —Aymará, señora —protestó la muchacha.
       —Da lo mismo. Contraída, como corresponde, a su obligación: limpiar, barrer. En mi casa todo brilla. Como en los grandes hoteles internacionales, no bien el pensionista sale, la mataca entra, para limpiar y poner orden.
       —Ya terminé, señora —dijo la muchacha.
       Ágilmente recogió el balde y demás menesteres de trabajo, mostró una amplia sonrisa que no alegraba sus ojos, saludó y se metió en otra habitación.
       —La tengo en la mira —explicó Mascardi, en un susurro.
       La patrona reclamó la atención de Almanza:
       —En materia de electricidad, no me cambia una bombita por otra de más fuerza, ni me enchufa nada. ¿Se molesta al baño conmigo?
       —Como ordene, señora.
       —Entre y mire con sus propios ojos. ¿Toma debida nota de la limpieza? Quiero que los pensionistas me la cuiden. Así que nada de ensuciar afuera. ¿Entendido?
       —Entendido.
       —Le voy a encargar al cerrajero su llave de la puerta de calle. Óigame bien: el pensionista que vuelve después de las once de la noche me cierra la puerta con llave.
       —Pierda cuidado, señora.
       Doña Carmen respondió:
       —Una patrona nunca pierde cuidado.



V

       Ya en el cuarto, arrimó los bultos a su cama y se dejó caer. Mascardi, sentado en la otra cama, dijo:
       —Si yo fuera vos, ordenaría ahora mismo las cosas y pondría tus valijas con las mías, detrás del biombo.
       El biombo, que parecía de papel, era blancuzco o grisáceo, con pescadores en botes, en un lago, rodeado de serranías, por las que volaban cigüeñas.
       —Brava, la señora.
       Mascardi contestó:
       —Conmigo, mansita, mansita. Claro que soy de la policía y quién te dice que la vieja no me tenga su respeto. No te preocupes: a vos también te va a respetar.
       —Creí que estudiabas para abogado.
       —Me cansé. Quién te dice que un día no me anote de nuevo. Hoy por hoy revisto en el cuerpo de custodias. Un trabajo que no es para mí, pero le encontré la vuelta. No me paso las guardias durmiendo, ni pegado a la radio, como los compañeros. Yo estudio, oíme bien, yo estudio para pesquisa, tira o detective, como más rabia te dé. A lo mejor abrigo el sueño de ser un personaje legendario, un Sherlock Holmes, un Viancarlos, un Meneses, vaya uno a saber. Estudio interrogatorios, seguimientos, un poco de todo. Porque todo tiene su técnica. No te olvides que en esta profesión la terquedad, la curiosidad, el amor propio, que a mí nunca me faltaron, pagan jugosos dividendos.
       Tal vez por la transfusión, por las agitaciones de esa mañana y por el viaje, Almanza entendía a medias y dejaba entrever algún cansancio. Mascardi le preguntó:
       —¿Qué pasa? Te noto, no sé cómo explicarme, apagado, triste. No me digas que la perorata de la patrona te amargó.
       —¿Por qué iba a amargarme?
       —Por la entrada prohibida a las mujeres. ¿Te digo lo que pienso? Para gente como vos y yo es una ventaja. La mujer cargosa, que nunca falta, no te molesta. Uno entra en la pensión y está a salvo. Afuera disponemos de la Organización Mascardi.
       No quedó otro remedio que preguntar qué era eso. Mascardi explicó que él conocía a unos estudiantes, que tenían un departamento. En La Plata, en los departamentos de estudiantes, vivían hasta cinco o seis. Como regla general, una vez por semana los visitaba una mujer.
       —Hay otra regla importante que debes grabar en la memoria. En todo departamento, el que presta la cama se reserva el primer turno.
       Mascardi agregó que tampoco faltan mujeres que por la noche se ofrecen desde la vereda, «a grito pelado» como dicen los estudiantes chilenos.
       Mirándolo inexpresivamente Almanza comentó:
       —La verdad que te has vuelto mujeriego.
       —¡Basta de hablar! —dijo Mascardi—. Si hablo mucho, como hoy, a esta hora ¡me viene un hambre! Te propongo que festejemos tu llegada con el famoso puchero de un restorancito de acá a la vuelta.
       Cuando salían, se cruzaron con la muchacha, que les dijo:
       —Si van a comer, buen provecho.
       —Agradecido, señorita —respondió Almanza.
       Mascardi lo miró con expresión vaga, como si estuviera pensando en otra cosa, y preguntó:
       —¿Me dijiste mujeriego por ésta? Sin más te aclaro que en la materia no soy orgulloso.
       Recostada en la puerta de calle, del lado de afuera, vieron a una señora de pelo castaño, de cara juvenil, blanca y rosada, de cuerpo casi robusto. Almanza murmuró:
       —Con su permiso.
       La mujer se hizo a un lado. Pasaron y saludaron.
       —La señora Elvira, la esposa del inspector de estaciones de servicio de Y.P.F. —explicó Mascardi—. Ya se cansó doña Carmen de hacerle ver que una señora, parada en la puerta, da a la pensión una apariencia de conventillo. Semana tras semana el marido está ausente en sus viajes. La pobre lo quiere con locura y se pasa las horas en la puerta, en la esperanza de verlo llegar. Para mí que piensa que si por un minuto ella se descuida, el marido no vuelve.




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