Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

El relojero de Fausto (1986)
Historias desaforadas
(Buenos Aires: Emecé Editores, 1986, 231 págs.)



UN CONVENIO

      La música de Los bandidos lo entristecía. No sólo estaba triste, sino enojado, lo que en las circunstancias era un poco ridículo. Odiaba las máscaras y odiaba los bailes y ahí lo tenían en un baile de máscaras, disfrazado de diablo. Se dejó arrastrar por una mujer tonta, que no le parecía linda. O mejor dicho, por el temor de que la mujer, si no la acompañaba, encontrara a otro y se le fuera.
       Cuando empezaron a bailar sintió una revulsión interna, un estallido de amor propio. «Es demasiado. No puedo», protestó, casi audiblemente. Alegó cansancio, algún dolor en el viejo esqueleto y propuso:
       —Por favor, Mariana, vamos a sentarnos.
       Un inpiduo, (¿qué hacía en la pista de baile, sin compañera, ni siquiera disfrazado?) la invitó, como si él no existiese.
       —¿Me concede este vals? —dijo con untuosidad.
       Mariana le concedió una serie interminable, porque las mujeres no se cansan. Acodado en una mesita, junto a su vermouth, podía seguir las evoluciones de la pareja, que aparecía y desaparecía entre las otras. «Lo malo es que no llegué a esto por amor», reflexionó, «sino por necesidad. Si la pierdo, quizá no consiga reemplazante. Voy a extrañar a Mariana, por ser la última mujer de mi vida. Nada más que por eso». Alguien se había acercado y le hablaba. Era otro diablo, más gordo y, aparentemente, no más joven. Dijo:
       —¿Usted es Olinden? Tenemos amigos comunes. Permesso.
       Resoplando se dejó caer en la silla desocupada. Olinden pensó, «La presencia de este inpiduo le dará un pretexto para no volver. Tanto mejor. Es una idiota. Basta verla zangolotearse». Desde luego estaba triste, pero no por Mariana. Por él mismo. Porque se le acababa la vida.
       —Lo noto apagado —dijo el otro diablo.
       Olinden lo miró. El traje, quizá de terciopelo, era de color ciruela morada. Pensó: «Una ciruela gorda. Si no suda, es un diablo de verdad». Lo miró más detenidamente. La cara, verdosa, estaba cubierta de sudor. Tenía las ojeras y las grandes patillas de los bribones latinoamericanos de las viejas películas.
       —Pienso que la vida se me acaba. Estoy melancólico. ¿Le parece ridículo?
       —No es ridículo, pero debe reaccionar. Ánimo. Sin optimismo yo no podría vivir un minuto.
       —Siempre fui optimista.
       —No parece.
       La idea, tal vez, de que la comedia, su comedia, había concluido, lo indujo a la franqueza.
       —Tuve un optimismo estúpido, basado en una locura. Creí siempre que alguna vez encontraría a un médico que atrasara mi reloj biológico y me alargara la vida cincuenta o cien años. A lo mejor estoy triste porque descubro que no me queda mucho tiempo para ese encuentro.
       —¿Con un médico?
       —¿Con quién entonces? ¿Con un curandero?
       —Conmigo, sin ir más lejos.
       —¿Con usted? Por si acaso le aclaro que yo no creo en los curanderos.
       —No me juzgue por el aspecto. Estoy disfrazado.
       —Todo el mundo, aquí, está disfrazado.
       —Yo, un poquito más. Me disfracé para que no me reconozcan.
       —Hasta los chicos se disfrazan para que no los reconozcan.
       —Muy gracioso —dijo el otro diablo, con irritación—; pero da la casualidad que yo no soy un chico. ¿Sabe quién soy?
       —¿Quién es?
       —Prometa que no se va a reír en mi cara. Acerqúese. Voy a hablarle en voz baja. ¿Está listo?
       —¿Para qué?
       —¿Para qué va a ser? Para oír una respuesta sorprendente.
       —Estoy listo.
       —Soy el Diablo.
       —Bueno, bueno.
       —No me cree. Nada me ofende más.
       —Le digo que estoy triste y se viene con una pavada.
       —Mida sus palabras. Usted sabe que soy vengativo. ¿Le pruebo quién soy?
       —Como guste.
       Apenas agitó un brazo, paró la orquesta.
       —Haga que vuelva a tocar —pidió encarecidamente.
       —Impresionado, ¿eh?
       El diablo agitó el brazo y la orquesta rompió a tocar. Olinden explicó:
       —Una persona venía a la mesa. No tengo ganas de verla.
       —Vamos por partes, como decía Basile. ¿Porque menciono a Basile se asombra? Nunca me faltaron amigos en este mundo.
       «¿Quién era Basile?», se preguntó Olinden. Por contestar algo, dijo:
       —No puede hacer nada. No es médico.
       —Hombre de poca fe, anda con suerte y a lo mejor por cabeza dura la deja pasar. Yo, si quiere, le doy el suplemento de años que pide.
       —Si le vendo mi alma.
       —Si me vende su alma.
       —No quiere que me ría y dice pavadas. ¿Para qué le sirve mi alma? ¿Para leña del infierno? Porque si piensa que me va a convertir en un tipo malísimo se hace ilusiones. La gente mala me parece estúpida. Además, a un hombre de mi edad, ¿quién lo cambia?
       —Nadie. Tiene razón.
       —¿Entonces?
       —Hay cosas difíciles de explicar. En el infierno, como en el cielo, puede creerme, somos anticuados. Nos regimos por leyes que en cualquier otra parte serían absurdas.
       —Y usted, de vez en cuando, se da una vueltita por este mundo, comprando almas.
       —Y… sí —dijo el diablo, un poco avergonzado.
       —En ese caso, no veo inconveniente.
       —¿Trato hecho?
       —De acuerdo. ¿Hay algo que firmar?
       —Ya le dije, somos gente a la antigua. Me basta su palabra.
       —¿Para cuándo el rejuvenecimiento?
       —No va a tardar, créame. Vaya tranquilo.


MESES DESPUÉS

       Aquella noche rompió con Mariana. Después no la reemplazó. Como el rejuvenecimiento no llegaba (aunque notó signos alentadores), optó por retirarse, a la espera del fin. Increíblemente la situación no le resultó penosa. En eso estaba la mañana en que por no haber agua en la casa fue a los baños del club y se encontró con un amigo que le habló del doctor Sepúlveda.
       —Un tipo extraordinario. Un bicho raro. ¡De una inteligencia…! Con decirte que descubrió el método para retrasarnos el reloj biológico.
       —Si es una broma, te aviso que me muero de aburrimiento.
       —No es una broma. Hablo por experiencia propia. Soy amigo y paciente del doctor Sepúlveda. Te doy la dirección: Paraguay 1957, planta baja. En la guía vas a encontrar el número de teléfono.
       Olinden miró al consocio, movió la cabeza, pensó: «Para este resultado ni vale la pena pedir hora».
       —No te cambia de un día para otro —previno el consocio—. El rejuvenecimiento es gradual.
       En el transcurso de la conversación recordó quién era su amigo, cómo se llamaba, por qué, treinta o cuarenta años atrás, habían dejado de verse. Compañero en la Facultad de Letras, de lo mejorcito que había allá, Paco Anselmi se vinculó con un grupo de farristas insoportables, que practicaban el humor por medio de bromas pesadas y estúpidas.


UNA SEMANA DESPUÉS

      Llamó para pedir hora.
       —¿Le conviene el viernes próximo? —preguntó la secretaría.
       —Sí —dijo Olinden.
       Le pareció raro que el único médico en el mundo capaz de renovarle a uno la juventud, en seguida tuviera una hora libre. Un famoso desconocido.
       —Véngase a las nueve, en ayunas.
       —Solamente quiero hablar con el doctor.
       —De acuerdo, pero véngase en ayunas, con la chequera.
       Para no dejarle la última palabra, preguntó:
       —¿Ustedes aceptan cheques de personas que no conocen?
       —El señor Anselmi lo recomendó.


AQUEL VIERNES

      La mañana era destemplada y muy gris. Entre la mole blancuzca de la Facultad de Odontología y vidrieras que le dejaron el recuerdo, sin duda falso, de bandejas donde se apilaban dentaduras postizas, caminó hacia el consultorio. Sentía una flojedad en las piernas, que atribuyó al hecho de no haber desayunado, y una inexplicable mezcla de aprensión y congoja. Aunque llevaba consigo la chequera, estaba resuelto a no empezar esa mañana el tratamiento. Se aferraba a la decisión, como a un salvavidas.
       Una enfermera abrió la puerta. En la sala había una mesa con teléfono, sillas alineadas contra las paredes, un cuadro, firmado Carrière, de una mujer que parecía una momia deshilachada, una reproducción del Lacoonte.
       —Tome asiento —dijo la enfermera.
       —¿Hay que sacar tarjeta?
       —Después me ve.
       No sabía si alegrarse por no esperar que pasaran otros o preocuparse por ser el único. Ahí sentado recordó el miedo que tuvo, cincuenta y tantos años atrás, al oír que lo llamaban para dar su primer examen en Letras. Con una sonrisa forzada se decía que estaba, por segunda vez, en capilla, cuando oyó:
       —Señor Olinden.
       Se incorporó rápidamente y sintió un leve mareo. Entró en el consultorio.
       El doctor, atento a un libro que reponía en su modesta biblioteca, le tendió una mano. Era un hombre flaco, de frente ancha, de cara angosta y pálida, de ojos grandes, febriles, oscuros. Nada en él parecía muy limpio.
       —Odio trabajar en equipo —declaró con furia; suspiró y dijo:
       —¡El que sólo tiene dos brazos no puede salvar a muchos! Le hablaré con toda claridad: yo elijo a mis pacientes.
       —Comprendo —contestó Olinden.
       Por los nervios, comprendía a medias. Se acordó de un recurso para recuperar el aplomo, que a veces daba resultado: formular una frase. La que pensó no lo tranquilizó: «Me tocó un médico anterior a la asepsia». El médico estaba diciendo:
       —Bien. Le haré el planteo inevitable. ¿Qué razón me da para que le alarguemos la vida?
       Se consideró estúpido por no haber previsto la pregunta. Debía decir algo, improvisar, tirar a la suerte el tan ansiado suplemento de cincuenta años. Ahora deseaba que lo aceptaran, que el tratamiento empezara esa mañana.
       Sonó el teléfono. El médico atendió, giró con la silla, le dio la espalda y, encorvado sobre el aparato, mantuvo una larga conversación. A Olinden le llegaban susurros.
       Se dijo: «Un llamado providencial, a condición de que yo lo aproveche». Trató de pensar rápidamente. ¿Era el sostén de una familia que iba a quedar en el desamparo? ¿O era un escritor y no quería dejar inconcluso un libro? ¿O era un hombre de ciencia y no se resignaba a interrumpir la investigación que tarde o temprano desembocaría en un descubrimiento beneficioso para la humanidad? Comprendió que no tenía coraje para formular tales embustes. La cara lo delataría. Oyó entonces palabras que lo apremiaban:
       —Estoy esperando la respuesta.
       Por no encontrar nada mejor, dijo lo que sentía:
       —Tal vez no tenga un motivo especial. Me da pereza que se interrumpa…
       —Que se interrumpa qué. ¿Su vida, su conciencia?
       —Es claro, mi conciencia.
       —Una respuesta adecuada. Que no me vengan a mí con grandes obras y con descubrimientos salvadores, para un mundo que tarde o temprano desaparecerá. Un deseo espontáneo, directo, como el suyo, es otra cosa. Merece atención.
       No pudo menos que objetar:
       —Sin embargo, doctor, usted sabe mejor que nadie que un gran descubrimiento es posible.
       —¿Por lo del reloj biológico? Solamente hubo un golpe de suerte y la astucia necesaria para no desperdiciarlo. Óigame, Olinden: cada cual es dueño de hacer lo que quiera. Si pretende descubrir algo, o dejar obra, allá usted. Pero si quiere, encima, que lo apoyen, no cuente conmigo. Yo le diría «cada cual atiende su juego», como en el canto de los chicos. Está en el Eclesiastés: todo trabajo es ilusorio. Un juego para entretenerse. En cambio, cuando uno desea vivamente pone sentimiento. Algo que esté cerca de lo que podríamos llamar real. ¿Le parezco un sentimental asqueroso?
       «No entiendo», se dijo Olinden, y no abrió la boca.


OTRO CONVENIO

      En los días de cama pensó, recapacitó, soñó. El viernes de su llegada debió de estar perturbado por el susto, ya que ahora no recordaba el momento en que vio por primera vez buena parte de lo que había registrado en la memoria. Por ejemplo, la clínica donde se encontraba, una suerte de hospital de campaña, con la sala de operaciones y una hilera de cubículos que daban a un corredor, en uno de cuyos extremos había un baño, y en el otro, la puerta de comunicación con el consultorio. Conformaban cada cubículo cuatro cortinas de paño grueso, de color ciruela rojiza o morada, colgadas de anillos metálicos, que se corrían o descorrían por un armazón de caños niquelados. En uno de esos cuartitos estaba su cama.
       También con la secretaria, única enfermera de la clínica, le pasó algo extraño. Por teléfono, la tomó por una mujer segura de sí misma, lo que para él no era necesariamente una cualidad admirable, y cuando lo recibió el viernes, confirmó la primera impresión. Según creía, apenas la había mirado. La primera vez que la vio detenidamente, fue en sueños, cuando lo durmieron. Lo atrajo tanto que se dijo (con una palabra que despierto no solía emplear) «Aquí empieza el romance de mi vida». Pasado el efecto de la anestesia, comprobó que era idéntica a la soñada (lo que induce a pensar que ya la había observado, conscientemente o no). Se llamaba Viviana, había nacido en Tucumán, era más bien linda, de pelo castaño claro, rasgos regulares, ojos pardos, que sabían expresar la comprensión y la alegría, piel blanca, estatura mediana. Olinden no podía explicar por qué lo atraía tanto, pero no le faltaban razones: lo atendió con devoción, con eficacia, con gracia natural, aun con ternura. En cuanto la necesitaba, aparecía (Viviana tenía siete pacientes a su cuidado; es verdad que los pacientes de Sepúlveda, por lo general no sufrían «complicaciones»). De la limpieza y del servicio de comida se ocupaba otra muchacha, quizá dejada, pero buena persona.
       La frase que había soñado se cumplió. A la noche, antes de apagar la luz, lo visitaba la enfermera. Le preguntaba si necesitaba algo, miraba que no faltara agua fresca en el termo, le arreglaba un poco la cama. En ese arreglo, la tercera noche, Viviana entretuvo las manos bajo las mantas y él llegó a decirse «¿No estará por?»… Un instante después la tenía encima, besándolo tan continuamente que apenas lo dejaba respirar. Tales afanes le llevaron más de una hora, y después le costó avenirse a que Viviana partiera. Quedó enamorado: una situación en que no se veía desde tiempo atrás.
       Se durmió. Al otro día despertó en un estado de ánimo inmejorable y, casi en el acto, se puso a recordar. Sus primeros pensamientos fueron un cómputo asombroso. «Es claro», se dijo. «Nunca tuve una mujer que me atraiga como ésta». Sin restar méritos a la tucumana, con un dejo de incredulidad y mucha esperanza, reflexionó que no era descabellado suponer que el tratamiento estuviera actuando. No bien se abandonó a la alegría, que expresó con las palabras «Lo logré», se preguntó si lo habrían rejuvenecido para el sexo, únicamente. Tal vez no se trataba de otra cosa. «Tanta importancia dan a la vida sexual que la confunden con la vida», se dijo. «¿Qué quiere?», le preguntaría Sepúlveda, «¿que lo rejuvenezca a usted también?». Saltó de la cama, se miró en el espejo. Estaba igual a siempre, con esos manojos de pelo muerto, los ojos tristes, la palidez, la expresión estúpida y ansiosa.


AUGE TEMPORARIO

      Viviana, que se mudó al departamento de Olinden, seguía de secretaria del médico, pero ya no trabajaba en la clínica. La reemplazaban dos enfermeras, una diurna y otra nocturna. Eso sí, porque Sepúlveda la consideraba insustituible, no faltó nunca a la operación de los pacientes que entraban ni al examen final de los que salían.
       Fueron felices por largos años. Los celos de Olinden empezaron probablemente la noche en que Viviana, hablando de quién sabe qué, dijo que él era inteligente «pero, claro, no tanto como Sepúlveda»: palabras que le helaron el alma. Con el tiempo se sobrepuso y, echando todo a la broma, comentó con un amigo: «Tuve un arranque de soberbia diabólica. Sentí que no toleraba la suposición de que mi inteligencia fuera inferior a otra».
       Recayó en los celos. Desde luego, nunca una mujer le importó como Viviana. Los celos resultaron un animalito astuto, rastreador de revelaciones ingratas. A él lo llevaron rápidamente a la certidumbre de que Viviana y Sepúlveda eran amantes y, poco después, a una sospecha más dolorosa: ¿no consistiría el examen final de los internados en algo demasiado parecido a su inolvidable tercera noche? Por eso Viviana volvía siempre tarde, cansada, apurada por comer unos bocados de lo que hubiera, y beber agua, y echarse a dormir. Olinden se preguntaba cómo Sepúlveda, si la quería, toleraba… «No lo tolera. Lo exige. Al fin y al cabo, nada le importa como el tratamiento y necesita verificar la eficacia».
       Aquella noche la esperaba sin intención de pedirle explicaciones, pero al rato se encontró eligiendo palabras recriminatorias. Reaccionó, comprendió (la quería tanto) que habría algún modo de convencerla, porque lo respaldaban los buenos sentimientos y la verdad. Oyó el doble giro de la llave en la cerradura, vio cómo la puerta se abría y aparecía Viviana, pálida y ojerosa. «¡Viene directamente de la cama!», se dijo. Si en ese momento callaba, se portaría como un hipócrita. Con gritos roncos y destemplados empezó un interrogatorio. La muchacha no negó nada.
       Al otro día, cuando él estaba por salir, Viviana le preguntó si no la quería más. Como ella había sido muy franca, Olinden escrupulosamente dijo lo que sentía.
       —Sigo queriéndote.
       —¿Vas a perdonarme alguna vez?
       —Creo que sí, pero…
       —Pero ¿qué?
       —Nunca será como antes. Te veo de otro modo.


EN EL CLUB

      Hacia la noche, cuando volvió al departamento, sin poner atención notó algo raro. Se dispuso a esperarla. Era tarde, no llegaba. De pronto hizo el descubrimiento. El orden lo había sorprendido: tal vez hubiera demasiado. Abrió el placard. Faltaba la ropa de Viviana.
       Extrañaba a la muchacha. Como sujetado a algo ajeno a su voluntad no la buscó ni la llamó. A lo largo de días, meses, años, que se fueron, según él «en un descuido», aprendió idiomas; fue sucesivamente periodista, profesor en institutos particulares, traductor; practicó persos deportes, en persos clubes; conoció a muchas mujeres, que no le gustaron demasiado. Se decía: «Quién me manda», sin entender que lo guiaba el impulso de una inmadurez por cierto anacrónica.
       En su ya largo camino, Olinden llegó a una región por la que anduvo tiempo atrás y que había olvidado: el estrecho mundo de los viejos. Volvieron los achaques, las cavilaciones, los temores, pero reaccionó: «¿Por qué tanta agitación? Lo veo a Sepúlveda y chau». Con persistencia de viejo maniático, recaía en la ansiedad. «¿Le pregunté al doctor si cuando llegara la hora podríamos repetir el tratamiento? ¿Tuve alguna atención con él? ¿Alguna vez pregunté cómo estaba? ¿Le mandé un regalo, siquiera una felicitación, de Año Nuevo? Nada. Soy un idiota. Por los malditos celos me porté como una mala persona». Resignado a oír reproches justificados, se largó a la calle Paraguay. Como en una pesadilla, miraba los números 1955 y 1959 y buscaba en vano el 1957; los otros dos, correspondían a diferentes entradas de un mismo edificio, que no era el del consultorio.
       Por lo visto, nadie ahí ni en el barrio conocía al doctor Sepúlveda. Se largó a un club que por entonces frecuentaba y allá consultó persas guías, inclusive una de médicos. En ninguna figuraba Sepúlveda. Por último, cuando ya desesperaba, un inpiduo que parecía más viejo que él, recordó:
       —¿Sepúlveda? ¿No era un charlatán, como el que hacía llover en Villa Luro?
       —Era médico.
       —Lo que estoy diciendo. El médico de las curas milagrosas. Murió hace rato.
       Ninguna otra información consiguió de ese viejo ni de las demás personas interrogadas. Todo parecía indicar que Sepúlveda había muerto y que nadie se acordaba de él. La investigación que emprendió para dar con Viviana resultó más corta y acaso más desalentadora.
       «Esta vez hay que resignarse» pensó. Como quien se despide, visitó lugares de la ciudad, que le habían dejado buenos recuerdos. Una tarde entró en el Jardín Zoológico. Desde la infancia, no lo recorría. Pasó por el pabellón de los osos, por el de las fieras y se encontró frente a una jaulita, con un animal horrible, más feo y ordinario que un chancho, probablemente más feroz que el jabalí.
       —¡Estaba seguro de encontrarlo acá! —No le hablaba el animal, como creyó en un primer momento, sino el diablo del baile de máscaras. Lo reconoció en el acto, aunque vestía un traje marrón, raído, en lugar de su disfraz de diablo. «Está idéntico», se dijo. «No le ha pasado un día». El diablo seguía hablando:
       —¿O no se acuerda de nuestro arreglo? No vaya a salir con que no firmó nada. A mí usted no se me escapa, mi buen señor. Espero que lo haya pasado bien, porque le llegó la hora del viajecito a mis pagos. Así es, mi buen señor: digan lo que digan, el infierno existe. Ya verá.
       Por extraño que parezca, Olinden no había vuelto a pensar en el diablo y en su pacto. Para defenderse dijo:
       —Yo a usted no le debo nada.
       —Sus palabras prueban lo contrario.
       —¿Se puede saber por qué?
       —Recuerdo, patente, lo que me dijo en aquel magnífico salón de baile: que si yo creía que iba a convertirlo en un hombre malo, me equivocaba. Sus palabras prueban que, por lo menos, lo convertí en un ingrato. Vengo a cobrar.
       —No tengo nada que pagarle. A mí me rejuveneció el doctor Sepúlveda.
       —¿El famoso embaucador? Usted me explicará: si no era un pobre charlatán, ¿por qué murió? ¿Por qué no echó mano de ese tratamiento que a usted le dio tan buen resultado?
       —Habrá muerto en un accidente.
       —Da la casualidad que murió de viejo. Diablo y todo, soy más honesto que muchos. Reconozco mi deuda con usted.
       —No me diga —contestó Olinden, con fingida indiferencia.
       —Se lo digo. Y más: la voy a pagar. ¿Recuerda que me preguntó para qué quería yo su alma? Tenía razón. No me sirve para nada. Se la devuelvo. Eso sí, firmamos un nuevo contrato.
       —No lo dé por aceptado.
       —Lo doy. Punto uno: el que manda soy yo. Punto dos: el que gana es usted.
       —¿Qué gano?
       —Otros cincuenta años de vida, que le doy en este acto, contra un testamento firmado ante escribano público, por el que usted me deja sus dos departamentos, el de la renta y el de su domicilio.
       —¿Y vivo de las traducciones? ¿Quiere que pase hambre? Guárdese los cincuenta años.
       —Realmente lo convertí en uno de nosotros. Usted es un miserable. No tiene sentido de la equidad. Le propongo un trueque generoso. Yo pago ahora, usted dentro de cincuenta años. Le exijo testamento firmado, porque no creo en su palabra. Dentro de cincuenta años, esos bienes que tanto le preocupan, no le servirán de nada, porque desde ya le digo que no voy a renovar su vida. Soy diablo y puedo ser malo.
       —¿Para qué quiere los departamentos?
       —Al igual que los dioses de otras iglesias, quiero ser propietario aquí abajo. Como su pago no es al contado, exijo testamento ante un escribano, que yo elegiré entre muchas personas de mi confianza. Deberé sortear dificultades. Aunque soy conocido, cuando me presente a reclamar la herencia, quién le dice que no quieran pagarme. Soy astuto: los voy a embromar. Antes de fin de semana recibirá, mediante un solo golpe de teléfono, nombre y dirección del escribano y el del pseudo-beneficiario, que será —agregó, con una risita seca— beneficiaria.
       La casualidad, que nos empeñamos en excluir de la historia del mundo y que está, como Dios, en todas partes, quiso que su gira de visitas incluyera el club Regatas de Avellaneda, una isla del Riachuelo, donde en la segunda juventud había jugado al tenis. Ahí se encontró con Anselmi, que estaba jugando un single de la Liga Interclubs, por la 4.ªB de Regatas de Avellaneda, contra Deportes Racionales. Desde el otro lado del alambre tejido que rodeaba la cancha, Anselmi le gritó:
       —Es el último set. No te vayas.
       Para que participara en el té de los equipos, lo hicieron pasar por capitán de la 4a. B de Regatas. Anselmi lo sentó a su lado y le preguntó qué hacía en el viejo club.
       —Estoy diciendo adiós a unos cuantos lugares. Por si acaso, nomás.
       —¡Qué malsano! Una vez te di la dirección de un médico. Pudiste comprobar que no era broma.
       —Es verdad, pero murió.
       —Desgraciadamente. Yo pensaba en otra persona, que tal vez puede hacer algo por vos. Un nuevo plazo no vendría mal, ¿no te parece?
       —Desde luego.
       —¿Conociste a Viviana, la enfermera?
       —Es claro.
       —Ya estás desconfiando —comentó Anselmi, tal vez por la manera en que Olinden lo miraba.
       —No desconfío. Hacía mucho que no oía hablar de Viviana.
       —Una persona espléndida.
       Pensó que alguna vez fue tan celoso que una frase como ésa lo hubiera enconado. Ahora tenía ganas de dar las gracias.
       —¿La ves?
       —En la comida anual, en que nos reunimos algunos pacientes de Sepúlveda, que nos autotitulamos Los Sobrevivientes. Vivimos como agentes secretos, que deben disimular quiénes son. Nuestro gran descanso es hablar con entera libertad, una vez al año.
       —Quién sabe si puedo esperar hasta esa comida.
       —¿Por qué vas a esperar? Cuando te vea, te doy la dirección de Viviana. Acaban de nombrarme secretario y tengo en casa la lista de socios, con sus direcciones. En pago de este segundo favor, te vas a asociar al Club de Sobrevivientes. La cuota es tu cubierto en la comida anual. En la próxima, vas a ser el más joven.
       —Viviana, cuando la conocí, no estudiaba medicina.
       —Ahora estudia, pero en su favor hay algo más: Sepúlveda la tuvo al lado cada vez que operó y, llegado el momento, se hizo operar por ella. Es verdad que mientras lo operaba, él daba indicaciones. Muerto Sepúlveda, operó sola, a muchos de nosotros. La segunda operación, evidentemente.


EL HÉROE Y LA HEROÍNA

      Se encontraron en la montañita de la plaza Roma, paraje que alguna vez tuvo encanto, a pesar de la proximidad movida y bulliciosa de la avenida Leandro Alem. Conversaron. Viviana, tan linda y joven como siempre, le dijo que trabajaba por ahí cerca, en los escritorios de alguna empresa. Olinden le refirió las dos entrevistas con el diablo.
       —Nunca me contaste la del salón de baile.
       —Porque no creía que fuera el diablo.
       —Tenías razón, y yo tengo, por mi parte, una corazonada. Apostaría a que tu diablo es Poldnay.
       —Nunca oí ese nombre.
       Viviana esbozó una descripción del sujeto, seguida de estas palabras, que la resumían:
       —Parece el villano de una vieja película. El comisario de algún pueblito de América latina.
       —Estoy por creer que es el mismo.
       —Tuvo un salón de baile en Rivadavia al 7000.
       —Es el mismo. La primera vez me habló ahí. Me dejó medio convencido cuando levantó un brazo y paró la orquesta.
       —Fue siempre aficionado a las bromas. Anselmi lo conoce. Iban al mismo colegio y después lo frecuentó bastante. Me dijo que era un personaje notable por la puntería para elegir negocios turbios, que le salían mal.
       —¿Recordás el nombre del colegio?
       —No. Cuando Anselmi lo nombra, dice «el Instituto del profesor Basile».
       —¿Lo ves mucho?
       —Somos amigos, pero no lo veo fuera de nuestras comidas anuales. Anselmi llevó a Poldnay al consultorio y Sepúlveda le hizo el tratamiento. —Después de una pausa, agregó:
       —Qué suerte que te devolvió el alma. Es mejor no venderla, aunque no exista el diablo.
       Olinden pensó: «Ya que estoy en la idea de hacer testamento, le voy a dejar todo a Viviana».
       —El tal Poldnay ¿es de ese grupo de amigos bromistas que tuvo Anselmi?
       —El jefe, el bastonero —contestó Viviana—. Lo que no entiendo es cómo creíste que semejante cachafaz era un ser sobrenatural.
       —Sepúlveda muerto, vos inencontrable, tenía que agarrarme de algo. Un desesperado cree en cualquier cosa.
       —Es verdad, en cualquier cosa.
       Olinden argumentó:
       —Para creer en Sepúlveda, también se necesitaba un poco de fe.
       —De nuevo no entiendo —dijo Viviana, muy seria.
       —Parece increíble que en esta época un médico devuelva la juventud a la gente y nadie lo conozca.
       —Él siempre dijo que era un bicho raro. Me explicaba: «Somos bichos raros porque nos basta el conocimiento y la eficacia. En todas las profesiones hay algunos de los nuestros». Con relación a esta cuestión, solía citar a un famoso doctor Abreu, para quien había dos clases de médicos: los que sabían y los que sacaban premios.
       —¿A Sepúlveda alguien lo reemplaza? Te pregunto por si quiero operarme.
       —Una simple enfermera, que estudia medicina. O, si no, el doctor Ribero, un mediquito recién recibido. Para cualquiera de los dos, tendrás que armarte de coraje.
       —¿A cuál recomendarías?
       —A mí. Yo lo ayudé a Sepúlveda, en todas las operaciones. Yo le enseñé a Ribero. Operé muchas veces y nadie se murió.
       —Me dijiste que lo operaste a Sepúlveda.
       —Fue mi primera operación. Todavía no me había hecho la mano.
       —¿Sepúlveda murió?
       —Treinta años después. A lo mejor yo no te doy los cincuenta años que te daría Sepúlveda, pero sí treinta, o más. Después podrás repetir la operación. Y quién te dice, yo estaré operando como una maga.
       —Para decidirme, tengo que pedirte algo. Que te vengas a vivir a casa.
       —Ahora mismo.
       Al rato, cuando la ayudaba en la mudanza preguntó:
       —¿Por qué Sepúlveda no quiso que lo operaran de nuevo?
       —Era más inteligente que nosotros. Dijo que no valía la pena.
       Olinden se inclinó hacia adelante, como dispuesto a rebatir lo que había oído. Calló y por último dijo:
       —No vale la pena.
       —¿Qué? ¿Seguir viviendo?
       —¿Cómo se te ocurre? Yo, por mí, no me voy del cine hasta que la película acabe.




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