Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)

El lado de la sombra (1962)
El lado de la sombra
(Buenos Aires: Emecé, 1962, 192 págs.)



En cuanto cruzas la calle
estás del lado de la sombra.

(Más acá, más allá, milonga de Juan Ferraris, 1921)


      Tan acostumbrado estaba a los crujidos de la navegación, que al despertar de la siesta oí el silencio del buque. Me asomé por un ojo de buey. Vi abajo el agua tranquila y a lo lejos, pródiga en vegetación verde, la costa, donde identifiqué palmeras y probablemente bananos. Me puse el traje de brin y subí a cubierta.
       Habíamos atracado. Al babor estaba el puerto, con negros hormigueando por el empedrado, entre los rieles, las altas grúas y los interminables galpones grises; más allá se desparramaba la ciudad, cercada por cerros de empinada ladera selvática; diligentemente, según advertí, entraba carga en el barco. Al estribor —si estribor es el lado derecho, cara a proa— encontré la costa que había observado por el ojo de buey; una isla que me recordó factorías donde nunca estuve, parajes de novelas de Conrad. Algo he de haber leído sobre un personaje que por paulatina muerte de la voluntad, contra el anhelo de su alma, va quedándose en un lugar así, en la Península Malaya, en Sumatra o en Java. Me dije que ni bien desembarcara entraría en el mundo de tales libros y tuve un escalofrío de júbilo y miedo: una gota de cada uno, porque la credulidad no era mucha. Estampidos monótonos del motor de una suerte de canoa que navegaba rumbo a la isla atrajeron mi atención. Tripulaba la canoa un negro que levantaba en alto una jaula de mimbre, con un pájaro azul y verde; riendo nos gritaba a los del barco palabras que no entendí, apenas audibles.
       Al entrar en el salón de fumar (una placa sobre la puerta así rezaba, amén de «Fumoir» y «Smoking Room») noté con alivio la penumbra, la frescura, el silencio. El hombre del bar preparó mi habitual vaso de menta.
       —Es increíble —comenté—. Voy a dejar esto para meterme en el infierno de allá abajo. Todo sea por el turismo.
       Laboriosamente emprendí una tirada sobre el turismo como única fe universal, cuando el barman me interrumpió:
       —Ya bajaron todos —dijo.
       —Hay excepciones —objeté.
       Miré significativamente hacia la mesa donde el viejo general Pulman, un polaco exilado, se tiraba las cartas.
       —La vida acabó para él —apuntó el hombre del bar—, pero el general no se cansa de probar la suerte en la baraja.
       —Sólo en la baraja —respondí.
       Sorbí la menta hasta que el granizado del fondo cambió de verde a cristalino, murmuré: «Me la anota» y me dispuse a bajar. Junto a la planchada, en letras de tiza, en un pizarrón, leí que zarpábamos al día siguiente, a las ocho de la mañana. «Sobra tiempo. Por una vez», me dije, «estaré libre del temor de perder el barco».
       Cubriéndome los ojos con una mano, porque afuera la luz era demasiado blanca, pisé tierra firme. Más allá de la aduana, mientras buscaba en vano un automóvil de alquiler y un negro repetía la palabra taxi y ademanes negativos, un chaparrón se desató. Bordeando los almacenes apareció un antiguo tranvía descubierto (descubierto a los lados, pero con techo, se entiende). Para no empaparme lo tomé. Tampoco el boletero, un negro descalzo, quería mojarse y para vender los boletos no empleaba el estribo; pisando asientos y saltando respaldos, por el interior recorría el vehículo. El aguacero acabó muy pronto. La luz lechosa en ningún momento se había alterado. Por una callejuela lateral bajaba a pique un negro con un cargazón de colores en la cabeza. Atraído, miré: la carga consistía en un ataúd recubierto de orquídeas. El negro era un cortejo fúnebre.
       El griterío de la calle me tenía apabullado (sin duda yo lo notaba tan particularmente por ser extraños para mí el acento y el idioma). Populosa en todo el trayecto, ahora la ciudad rebosaba de gente. —¿El centro, verdad? —pregunté al boletero.
       Vaya uno a saber qué explicó. Me descolgué del tranvía porque vi una iglesia e imaginé que adentro haría fresco. A la entrada me rodearon pordioseros con la cara empavesada de lacras azules, blancuzcas y rojas. Llegué por fin al fondo del templo, a un altar cargado de oro. Vagué por las naves; torpemente descifré epitafios. A despecho del mármol, los muertos de aquel lugar me persuadían de la soledad y pobreza de la muerte. Para no deprimirme los comparé a los habitantes de pueblos que uno ve desde la ventanilla del tren que se aleja.
       De nuevo en la calle, retomé a pie el rumbo de mi tranvía. Algún encanto tenía la ciudad, con sus edificios Victorianos, tan de otra época. Ni bien formulé la idea, enfrentó mi vista un pabellón moderno, de volumen considerable y catadura de pacotilla, no terminado del todo y ya viejo. Para mis adentros opiné que se trataba de un tinglado levantado para alguna exposición, una de tantas obras provisorias que perduran por negligencia burocrática. Frente al pabellón, círculos y semicírculos verduscos, en un pedestal de piedra, conformaban un monumento de bronce y de huecos, vagamente triste. Me entró la desazón y, para echarla a la broma, jugué a que yo era un vecino. «Escribiré una carta al diario», me dije, «para que por fin retiren estas reliquias de la Exposición de nuestro Primer Aniversario de Independencia y Dictadura, que no se avienen con el estilo de la ciudad». Tan incalculable es el alma que esta broma anodina ahondó mi abatimiento.
       Me detuve frente a un escaparate que exhibía, entre sapos, lagartos y escuerzos, una admirable colección de serpientes embalsamadas.
       —¿Dónde las obtienen? —pregunté a un señor que tenía todo el aire de pertenecer a la colectividad británica.
       —En cualquier parte —contestó en inglés—. Por aquí no más.
       Me envolvieron los acordes de una animosa marcha. Divisé gente reunida, y sin pensarlo, por los senderos de una plazoleta con macizos ferazmente floridos, me encaminé hacia allá. Desde un puente rústico, sobre un arroyuelo que serpenteaba entre rocas de manpostería, plantas y pasto, miré burbujas amarillentas en el agua verdosa y opaca. «Esto no es para mí», reflexioné. «Demasiadas víboras, demasiadas flores, demasiadas enfermedades. Qué miedo si algo lo agarra y uno se queda». Caminé rápidamente. Una banda militar, de la que no olvido las polainas blancas, vapuleaba bronces y bombos frente a un busto diminuto. Pensé: «Lo mejor es volver al barco y tirarme en un diván con la novelita de Rider Haggard que descubrí en el salón de lectura».
       Fue entonces cuando me entró la duda de haber visto o haber recordado un rato antes a mi amigo Veblen. Con su amalgama de selva, las clamorosas calles, cambiantes y alucinatorias como un calidoscopio, bajo aquel sol febril podían deparar, desde luego, cualquier visión, pero la del Inglés Veblen parecía la menos probable. «Nadie tan fuera de lugar», me dije. «Lo habré recordado; su presencia aquí sería absurda». Quería volver al barco, pero me hallé un poco desorientado. Busqué alrededor a algún gendarme. Había uno —por lo holgado, el uniforme tenía algo de disfraz de alquiler— fuera de alcance, en un punto donde los vehículos convergían rápidamente.
       —¿El puerto? —pregunté al diariero.
       El hombre miró perplejo. Niñitas —quizá fueran mujeres y prostitutas— riendo me indicaron un rumbo. Pensar que volvía al barco bastó para entonarme. No había caminado cuatrocientos metros cuando pasé frente a un cinematógrafo cubierto de carteles que anunciaban El gran juego. Minutos antes hubiera seguido de largo, pues la verdad es que en la plazoleta me asusté. No debía de estar bien; atribuí al trópico una irreprimible actividad envolvente contra presas marcadas, entre las que fatalmente me encontraba yo.
       Por ser de nuevo un hombre normal, me detuve a leer los carteles. Un tanto azorado, me enteré de que esa misma tarde pasaban la primera versión de El gran juego cuyos protagonistas eran Françoise Rozay, Fierre Richard Vilm, Charles Vanel. Me comparé con un bibliófilo que por azar encuentra en una librería de mala muerte el precioso libro largamente buscado. Por algún motivo oscuro, o por haberla visto sin que mis amigos la vieran, la película fue, durante años, la muletilla que en nuestras conversaciones yo esgrimía. Si querían de noche arrastrarme al cinematógrafo, petulantemente preguntaba: «¿Van a mostrarme otro Gran juego?». Cuando llegó la nueva versión, lo reconozco, perdí los estribos, me enconé contra una obra que no carecía, posiblemente, de méritos, la denuncié como ejemplo de la decadencia de todo.
       La función empezaba a las seis y media. Aunque eran apenas las cinco, tenía ganas de esperar, pues de esa película, recordada como un momento feliz de mi vida, había olvidado gran parte de la trama (dirán algunos que la circunstancia de figurar entre nuestros mejores recuerdos una película cinematográfica arroja sobre la vida una curiosa luz; tienen razón). Mientras dudaba entre quedarme o no, retomé el camino. Enfrenté luego otro cinematógrafo, llamado Myriam, donde exhibían una película que debía de tratar, a juzgar por los cartelones, de gente pobre, de abrigos viejos, de máquinas de coser y de un montepío. Como había recuperado mi buena voluntad de turista, lo examinaba todo y advertí un hecho anómalo: el local tenía dos entradas, la del frente y una lateral, sobre el café contiguo. Me introduje en este último, porque de nuevo me apretaba la sed; me dejé caer en la silla, ante una mesita de mármol y, a la larga, cuando me atendieron, pedí una menta. En la pared de la izquierda se abrió la entrada, sobre la penumbra del cinematógrafo, tapada en parte por un cortinado de raído terciopelo verde. De tanto en tanto ondeaba el cortinado, azotado por el ir y venir de mujeres, por lo general negras, que entraban solas, para volver de allí acompañadas. Junto al mostrador, sobre la pared de la derecha, dos o tres mujeres conversaban con un papagayo, que inopinadamente replicaba con graznidos. Al fondo prolongábase el local en un nítido patio de baldosas anaranjadas, descubierto al cielo, limitado por tres paredes moradas, con estrechas puertas que llevaban, sobre la bandolera, un número. Regadera en mano, entre las mesas de café circulaba muy calladamente un hombre aparentemente jardinero, vestido con un enorme sombrero de paja, un trajecito de dril azul y alpargatas; con fluido de acaroína rebajado regaba los flojos tablones del piso, dejando negro lo que era polvoriento y gris. Francamente, la menta que me sirvieron resultó inferior a las del barco.
       Volví a recordar al Inglés Veblen. Yo no lo imaginaba sino en lugares muy civilizados —Nueva York para él configuraba la jungla—, en termas, como Aix-les-Bains o Évian, en Montecarlo, en la Via Veneto de Roma, en el octavo arrondissement de París o en el West End de Londres. De mis palabras nadie infiera que Veblen fuera snob, aunque algo de ello debía tener, pues fingía aborrecimiento, en broma desde luego (no de otro modo se manifiesta, salvo en ejemplares raros, el snobismo), por cuanto se apartaba del canon de sus costumbres. La verdad es que llevó siempre una suerte de doble vida, una de cuyas mitades resulta, si no la atribuimos a un veleidoso snobismo, relativamente inexplicable: mi amigo entendía de gatos y más de una vez lo vi, en increíbles fotografías periodísticas, rodeado de las viejas que lo secundaban en su tarea de jurado de la Real Exposición de Gatos de tal o cual paraje. Esta actividad no contaminaba el resto de su vida; Veblen era un hombre leído, en cuya educación, más que la voluntad, intervino el agrado, conocedor de la rama profana de la arquitectura y de las artes decorativas francesas del siglo XVIII, versado en las obras de Watteau, de Boucher y de Fragonard. Según quieren algunos, no carecía de discernimiento para la pintura moderna del mil novecientos veintitantos, que perduró hasta bien entrada la decena del sesenta.
       El hombrecito del sombrero de paja había cumplido una vuelta de riego por el salón y ahora descansaba en una silla, junto a una de las mesas. De pronto vi entre sus piernas un gato sentado, gato casero a mi entender, de pelaje blanco en el fondo, con grandes manchas café con leche y negras. Nos miramos con ese gato; tenía la máscara en dos mitades, un ojo en la mitad negra, otro en la blanca. «Esto es un jardín zoológico», me dije. «Un papagayo, un gato, un cisne». Yo había dicho «un cisne», porque el hombrecito, al sacar el pañuelo para enjugarse la frente, descubrió en el lado izquierdo de la camisa un monograma que representaba aquel animal. «Cuántos recuerdos», murmuré sin comprender nada. Perceptibles, aún indefinidos, agolpábanse recuerdos de toda una época de la juventud. Sí, reflexioné, yo estaba seguro de que Veblen tenía un monograma idéntico. Porque el gato seguía mirándome como si quisiera comunicarme una noticia, bajé los ojos. Cuando los levanté, en la mesa estaba el sombrero de paja, en el hombrecito la cara del Inglés Veblen. Consideré que era extraño encontrar en un individuo la cara de otro. Los azares del viaje me revelaban, quizá, que había varios ejemplares de una misma cara, perdidos por el mundo.
       —¡Hermano! —gritó Veblen, viniendo, los brazos abiertos, a mi encuentro.
       —¡Hermano! —contesté.
       Nos abrazamos conmovidos. Tenía olor acre.
       Yo lo miraba atónito, inseguro todavía, un poco mareado ante el misterio vertiginoso que ocultaba aquella cara familiar. Identificamos la cara con la persona; ante mí tenía la cara de Veblen, no las otras circunstancias de Veblen. Recapacité: en mi amigo, tales circunstancias —ropa, atildamiento corporal, lugares en que se movía, actitud un poco pedante y petulante— eran los elementos principales de la personalidad. (Cambiadas las circunstancias, algo análogo acaso ocurra con cualquiera). Había que vernos, dos hombres medio viejones, uno en brazos del otro, a punto de lagrimear. Cuando dije la majadería de que él estaba muy bien, replicó sonriendo:
       —Tienes razón, doy envidia, pero te aseguro que me preguntas, con los ojos redondos, qué me ha pasado.
       —Y, no es para menos —respondí—. No esperaba encontrarte acá.
       —Parece novela ¿no es cierto? ¿Quieres que te diga qué me pasó?
       —Naturalmente, Inglés.
       —Entonces —continuó—, como en las novelas, me pides una copa y yo te cuento la historia mientras me emborracho.
       —¿Qué quieres? —pregunté, después de llamar al mozo.
       —Para mí todo es igual —dijo.
       Quedó mirándome. El mozo trajo un vaso y una botella.
       —¿La dejo? —preguntó en su lengua.
       —La deja —respondió Veblen.
       Tomé la botella entre las manos; la olí por el cuello. Tenía un olor muy alcohólico, que por momentos me pareció dulzón y por momentos amargo; examiné la etiqueta, con un paisaje de montañas nevadas, la luna y una araña en su tela; leí el nombre: Silvaplana.
       —¿Qué es esto? —pregunté.
       —Un brebaje que te sirven aquí —contestó—. No te lo recomiendo.
       —¿Pido otra cosa, Inglés?
       —Ni soñarlo. Para mí todo es igual —repitió—. El episodio empezó en Évian, hará cuestión de tres años. O un poco antes, en Londres. Por aquel tiempo yo era un hombre afortunado, y Leda me quería. ¿Supiste mi historia con Leda?
       —No —dije—. No la supe. Mi respuesta no lo alegró.
       —La conocí en Londres, en un baile. Me deslumbré en seguida y, mirando sus largos guantes blancos, le dije (yo no debería contar estas idioteces) que ella era el cisne y era Leda. Rió sin entender. Te aseguro que era la más joven y la más linda de la fiesta. ¿Cómo describirla? Muy correcta e impecable, con graves rulos rubios y ojos azules. Ella misma me reveló algún límite de su perfección: tenía sucias las rodillas. «Cuando las lavo (o cuando me pongo la mejor ropa interior) me persigue la mala suerte con los hombres.» (La verdad es que habló con mayor crudeza). Era muy alegre. No conocí mujer a quien la vida divirtiera tanto. Digo mal la vida: su vida, sus amores y engaños. No hay duda de que estaba notablemente centrada. No tenía paciencia con los libros, y de lo que se llama cultura no sabía una palabra; pero si te imaginas que era tonta, te equivocas. A mí, por lo menos, me daba veinte vueltas. Entendía su especialidad. Había pensado en el amor, en los amores, en el amor propio de hombres y mujeres, en engaños, en intrigas, en lo que la gente dice y en lo que la gente calla. Te aseguro que oyéndola, yo recordaba a Proust. A los dieciséis años la habían casado con un viejo diplomático austriaco, un hombre culto, astuto y desconfiado, a quien engañaba con entera facilidad. Parece que el hombre creyó que se casaba con una suerte de gatito y desde el principio la trató como amo, pretendió educarla y dirigirla; desde el principio ella procuró conformarlo, sobre todo con engaños. Como los padres pensaban que el marido no era rival para Leda (en esta guerra de sustraerse ella, de sujetarla él) la vigilaban como otros dos maridos celosos. No te imagines que en estos afanes ella perdía la alegría o el afecto por los padres o por el austriaco. Quería a todos, mentía a todos. Era admirable el júbilo con que planeaba sus complicados embustes.
       »Antes de que me presentara al marido (después lo traté bastante), al comienzo de nuestros amores, una noche le pregunté: «¿No desconfiará? Siempre nos encuentra juntos». Recuerdo que contestó: «No te preocupes. Mi marido es de ese tipo de hombres muy masculinos, buenos fisonomistas de mujeres, que jamás recuerdan una cara de hombre, porque no la ven».
       »Lo que deslumbraba —además de su belleza, de su juventud, de su encanto, de su inteligencia (particular y limitada, pero finísima, mucho más lúcida que la mía)— era el hecho increíble, repetidamente probado, de que estaba enamorada de mí. Me contaba todo, no me ocultaba nada, como si estuviera segura —yo la respetaba, admitía la madurez de su criterio, no me permitía dudar (pero dudaba un poco)—, como si estuviera segura de que nunca emplearía contra mí aquella prodigiosa máquina de embustes. Yo agradecía la generosidad del destino, y una noche, en una especie de borrachera de amor y vanagloria, le dije: «Aunque me engañaras a mí, no podría menos que admirarte». De buena fe me suponía dotado del requerido temple filosófico. Por otra parte, no había mala acción ejecutada por Leda que no fuera principalmente graciosa.
       »Me olvido de Lavinia —dijo el Inglés Veblen, palmoteando la cabeza del gato sentado entre sus piernas—. Lavinia, la gatita de Leda, era una gata casera, de pelaje muy suave, con manchas café con leche y negras, con la máscara en dos mitades, una negra y una blanca. Con ese aire de gato de pobres, tenía el alma de Leda. No sabes cómo se parecían. Muy compradora y falsa, te embaucaba siempre, y cuando descubrías el engaño te deslumbraba el animalito. Era delicada, enemiga de la suciedad. Después de comer la señorita tenía que limpiarse, como toda gran dama, los bigotes. Un día me recibió con pruebas de afecto, lo que me halagó sobremanera, porque entendí que Lavinia me extendía un certificado de admisión en la casa. En ocasión de mandar el traje azul a la tintorería, comprendí que la gata me engañó con su cordialidad para usar mi pantalón como servilleta. De nadie le importaba a Lavinia, salvo de Leda. A lo mejor Leda fue igual, también tuvo un solo amor.
       »No recuerdo quién, Leda o yo, habló primero de pasar juntos unos días en algún paraje de Francia. Estoy seguro, eso sí, de que Leda eligió a Évian. Esta elección me sorprendió, pues yo creía conocer a Leda y descontaba que optaría por un lugar extremadamente mundano; también me defraudó un poco, porque me había imaginado del brazo de mi amiga, en pleno brillo de Montecarlo y de Cannes. Lo pensé mejor y me dije: «¿Qué más quiero? No andaremos de fiesta en fiesta, yo angustiado por sus inevitables conquistas. La tendré para mí solo».
       »Contarnos el viaje que haríamos era uno de los agrados de aquella época; sin embargo, cuando hubo precisiones y fechas, cuando todo fue real, me encontré mal dispuesto a interrumpir nuestra vida en Londres. Como ni yo ni nadie resistía los deseos de Leda, muy pronto se reanimó en mí el ánimo de partir. Surgieron dificultades: desconfiaron los padres, ya no vieron el viaje con buenos ojos; peor aún: el marido habló de acompañar a su mujer. De tales vicisitudes Leda me mantenía informado, pues los otros, quizá por instinto, se cuidaban ante extraños de ventilar sospechas y resquemores. Los padres, dos viejos hipócritas, para confundirme se mostraban partidarios del viaje y el marido me rogaba, con astucia evidente, que no lo abandonara durante la ausencia de Leda, porque sin ella ¿quién lo invitaría? Estas comedias irritaban a la muchacha, que temía aparecer ante mí como una gran mentirosa. Los preparativos continuaban y, ocupada con la modista, en la manicura, en el peluquero, en las compras, a mi amiga no le quedaba un minuto del día para verme; en cuanto a las noches, las pasaba, se entiende, con la familia. «Menos mal que hay teléfono», yo suspiraba con resignación. Debo reconocer que para un rápido saludo telefónico Leda siempre encontraba la oportunidad. La esperanza en ese viaje que nos mantenía separados y que por fin nos reuniría, paulatinamente se alejaba. Cuando todo pareció perdido, Leda anunció: «Mi amor, nos vamos. Infortunadamente nos acompañan mi prima Adelaida Brown-Sequard y mi sobrinita Belinda. Sin ellas no hay Évian. Tú y yo viajamos por separado y nos encontramos en el hotel Royal. Para que no viajes completamente solo, te dejo a Lavinia. Tú la llevarás. Te confío lo que más quiero… después de ti, mi amor». Fui feliz, me abatí, me sobrepuse. Para mis adentros comenté melancólicamente: «¡Leda con una sobrinita! On aura tout vu».
       »Como yo partiría antes, la verdad es que temí pasar en Évian una temporada con la gata; pero cambiamos los planes, primero voló ella y cuando aterrizamos con Lavinia en Ginebra, nos esperaba Leda en el aeródromo.
       »Nuestro automóvil entró en Évian al caer la tarde. No sé por qué me acometió una ansiedad por demorar la llegada al hotel; hubiera querido prolongar el trayecto y retener junto a mí (patéticamente, como se abrazan los amantes a quienes el destino separa) a Leda, que erguida en el asiento me refería, según creo, los pormenores de su viaje. «¿Por qué eres tan linda?», le dije tomándola ansiosamente de las manos e infundiendo un tono despreocupado en las palabras. Aunque sensible a cualquier reproche, dejó pasar el que había en la pregunta y atendió el elogio de su belleza. Halagada, se irguió más aún, y ese movimiento, el largo cuello, el peinado, los ojos, que eran verdaderamente increíbles, me la mostraron por un instante como un pájaro. Ojalá que mi acompañante fuera un pájaro; era Leda, la muchacha que yo quería, y por primera vez me dolió su belleza y se me antojó lejana. «Bajemos —dije en el portón del parque—. Vamos caminando hasta el hotel». Para anular toda objeción argumenté: «La pobre Lavinia necesita ejercicio». Caminamos callados, pero de pronto oí lo que temía: «Tenemos los cuartos en distinto piso, mi amor. Esta noche no dormimos juntos. Mañana tal vez…». No dije nada.
       »El señor de la recepción me alargó el papel para firmar y me indicó el número del cuarto. «¿Del lado del lago?», pregunté. «Del lado del lago», contestó. «Ah, no», dije. «Quiero del lado de la montaña. Mirando al sur». «Qué maniático», protestó Leda. «Mal signo», me dije, «irritar a la persona querida». Era la primera vez que esto me ocurría con Leda. Creyéndome hábil, pregunté: «Sin cambiar de piso ¿podría tener un cuarto mirando a la montaña?». «Cómo no», contestó el señor. Alegremente Leda empezó a hablar de terrazas donde tomaríamos el desayuno. Nos metimos todos en la jaula del ascensor, recién pintada y barroca, subimos al primer piso, caminamos por corredores anchos (construyeron el hotel en una época en que todavía sobraba lugar en el mundo) sobre inmaculadas alfombras verdes. Mi cuarto era espacioso y me recordó (estoy seguro de que había olor a alhucema) dormitorios de lejanas quintas de la juventud. El gris del empapelado armonizaba delicadamente con la seda rosada que revestía los paneles de la cama camera de bronce. Llevado por la inspiración del momento exclamé: «Estoy seguro de que en este cuarto seré feliz». Leda me dio el más largo beso del día, cargó en brazos la gata, y me dijo «hasta mañana».
       «Arreglé mis cosas, me bañé, me di una pasada liviana, como dicen los barberos, y bajé al comedor. El hotel estaba poco menos que vacío. Mirando hacia la puerta, porque esperaba con interés la llegada de Leda, de la prima y de la sobrinita, comí frugalmente. Por último volví a mi cuarto. Fumé un cigarro en la terraza: había olor a pasto cortado y un rumor de ranas o de grillos. Me acosté, seguí despierto. Nadie es tan amargado como el amante resentido que no se queja porque no sabe si tiene razón. (Parece mentira, yo había caído en eso). En diálogos imaginarios, toda la noche reconvine a Leda por la ruina de nuestra temporada en Évian. Admití que una mujer casada debe cuidarse y debe andar con pie de plomo con las confidentes, aunque sean primas; pero la amargura afloraba de nuevo y formulé más de una frase contundente, que aprendí de memoria, para decir al otro día.
       »Me despertó, al otro día, el canto de pájaros. Me asomé a la terraza; vi el bosque en la ladera de la montaña y abajo, alrededor del hotel, muchachas con guadañas enormes, cortando el pasto. El hombre que puso la bandeja del desayuno en la terraza, explicó:
       »—Estamos preparando la pelouse del parque. De un momento a otro llega la foule.
       »Que llegara o no la foule me importaba poco. En cuanto a Leda, a pesar de su referencia a nuestros desayunos en la terraza, comprendí que era mejor no esperarla.
       »Después anduve por el parque, me interné en el bosque, creo que me senté en un tronco y que me abandoné a la melancolía. Lo más lamentable fue que no me bastaba la pérdida del amor de Leda; también estuve triste porque tenía canas, porque envejecía, porque me quedaba poco tiempo, porque malgastaba ese poco tiempo en un hotel carísimo, donde cada día de tristeza me costaba una fortuna. Siempre fui muy desordenado, dejé todo en manos —en las manos verdaderamente enormes— del procurador Rafael Colombatti (de pie plano, de cara pálida, de traje negro) y de vez en cuando me afligió el temor, que parece de novela, de encontrarme de la noche a la mañana sin un cobre.
       »Tuve que volver, porque se hacía tarde para el almuerzo. En el vasto comedor había pocas mesas ocupadas. Los comensales eran los mismos de la víspera: una familia de fuertes industriales de Lyon; un actor francés, bastante famoso (yo no lo hubiera reconocido si el maître d’hôtel no dice el nombre); un individuo joven, a quien más de una vez había entrevisto últimamente, de mofletes de color ladrillo, inflados y flojos, que le daban un aire estúpido, para mí netamente repulsivo, y una muchacha Lancker, bastante linda y dorada, que reconocí en seguida porque hablé con ella medio minuto, hará cosa de mil años, en un té del club de tennis de Montecarlo.
       »Me disponía a tomar el ascensor para subir a mi cuarto, pensando que si me hubieran dejado a Lavinia, que incomodaba al fin y al cabo, tendría más entretenimiento, cuando apareció Leda. Soplando un grito murmuró:
       »—Nos vamos por el día a Ginebra. Nos vamos ahora mismo.
       »Tan acobardado andaba que no supe a quién incluirían las palabras «nos vamos»: a mí o a la prima y la sobrina. Como Leda agregó: «¿Qué te pasa? Hay que moverse», entendí que mi suerte había mejorado.
       »Recogí el impermeable y emprendimos el viaje, como si nos corriera el diablo. Llegados a nuestro destino pude reflexionar que la impaciencia proviene del corazón, por lo que es vano buscar motivos que la justifiquen; sólo encontraremos pretextos. Quiero decir que nada, aparentemente, tenía que hacer en Ginebra Leda, sino pasear conmigo a lo largo de un día despejado muy grande y muy feliz. Vimos el chorro de agua en el lago y los peces en el Ródano; recorrimos en la Corraterie librerías y en la Grande Rué, librerías y anticuarios (compré a Leda un pisapapel de vidrio, en cuyo interior granates formaban un ave-fénix); descansamos en el parque de Eaux Vives y comimos en un restaurante bearnés. Creo que todavía estábamos en el parque, cuando sugerí que fuéramos a un hotel. «¿Estás loco?», replicó. «Para eso tenemos el Royal». En efecto, de vuelta en Évian, se quedó conmigo, y a la mañana siguiente desayunamos juntos en la terraza. Propuso que fuéramos a Lausanne: cuando contesté que estaba listo para partir, sonrió del modo más encantador y dijo: «Iremos en el último vaporcito de la noche. Te espero en el embarcadero, a las once». Me besó la frente y se fue.
       »Resolví no deprimirme, por más horas vacías que tuviera por delante. Sacaría ánimo de la dicha inmediata y aguantaría hasta las once de la noche. Por de pronto me sumí en un largo baño, me vestí con lentitud y bajé al parque del hotel. Antes de salir me encontré con Bobby Williard. ¿Lo conoces? No pierdes nada, porque es un cretino. Como si tuviera cuerda empezó a despotricar contra Évian, que llamó la segunda muerte. «La primera es Bath», confió con una risita. Explicó que el Royal estaba vacío y repitió: «No hay nadie, nadie». Por el agrado de hablar de la mujer querida y por vanidad respondí: «Está Leda». No lo hubiera dicho. Bobby me acercó su aliento sólido y gritó: «¿Sabes lo que me contaron? Que es una p… Parece que con cualquiera es la cosa». Como pude lo aparté y me interné en la sala del piano, donde nunca había nadie. Ahí estuve un rato, reponiéndome. Es increíble la amargura que me dejaron las palabras de aquel idiota. Algo recobrado al fin, le pedí al conserje prospectos de hoteles de Lausanne. Con tres o cuatro prospectos en la mano, me tiré en una silla de lona, en medio del pasto recién cortado.
       Como estaba dispuesto a encarar el tiempo con mucha calma, cuando ya me ponía a leer miré despreocupadamente a mi alrededor. Detuve los ojos en el balcón de Leda y a poco descubrí el reflejo de mi amiga en el vidrio de uno de los batientes. Otro reflejo surgió de la penumbra del cuarto; en el vidrio se juntaron ambos. Yo me dije: «Leda besa a la sobrina». No sé cuándo pasé de estar divertido con el descubrimiento de un interesante fenómeno de óptica, por el que Leda y la sobrina aparecían, para un espectador colocado en mi ángulo, de igual estatura, a descubrir que Leda besaba a un hombre. Aquel momento, pido que me creas, fue como un mojón, un mojón apenas entrevisto, pero entrevisto al fin e inmediatamente descifrado como el límite entre dos mundos, el de siempre, en el que yo estaba con Leda, y uno desconocido, bastante desagradable, en el que entraría por ley fatal. Se me nubló la vista, dejé caer los prospectos, como si fueran bichos venenosos. Era curioso: a pesar del estado de caos en que me hallaba, la mente trabajó con lucidez y prontitud. Primero me dirigí a la recepción. Pregunté por la señora o señorita Brown-Sequard y por una niña que la acompañaba. Me contestaron que tales personas no figuraban entre los pasajeros del Royal. Después pedí la cuenta, pagué, subí a mi cuarto. Ahí se desató la verdadera amargura; arreglando valijas anduve por el cuarto como un murciélago enceguecido, que se da contra las paredes. Furiosamente salí de ese cuarto miserable, y en el ómnibus del hotel bajé al embarcadero. Como tuve que esperar una hora larga, cavilé. Empecé a preguntarme (todavía no he concluido) si realmente vi a Leda besándose con un hombre. Conocí la tentación de quedarme. Dije: «A lo mejor quedarme es prudencia»; pero dije después: «Quedarme es cobardía». Creo que en el fondo de mi alma supe que ya no podía encontrar junto a Leda sino ansiedad y tristeza; te aseguro que por eso partí (cualquier mujer te dirá que lo hice por amor propio). No hay duda de que en el barquito, cruzando el lago, yo me veía como dueño de mi destino; también es verdad que de pronto volaron sobre mi cabeza enormes pájaros blancos y me aterraron premoniciones.
       »Todos vamos en un barquito, con rumbo desconocido, pero me agrada imaginar que entonces yo encarnaba el símbolo de un modo particularmente apropiado. No me preguntes, porque no recuerdo, dónde paré en Lausanne. Recuerdo, sí, que por la ventana de mi cuarto, a lo largo de un día rarísimo, en que nada tenía consistencia, contemplé fascinado la otra ribera. Podría dibujarte el hotel Royal, tanto lo miré. A la noche, líneas de puntos paulatinamente lo iluminaron. Sobre esa imagen cerré los ojos y, acodado a una mesa, frente a la ventana, me dormí. Debí de estar muy cansado, pues a la mañana siguiente, desperté en la misma postura.
       »En cuanto cerré los ojos (fíjate bien; yo estaba con la cabeza apoyada en la mesa, frente a la ventana que da al lago, de manera que si los hubiera entreabierto un instante habría visto el incendio) el hotel Royal quedó envuelto en llamas. Aparentemente nadie durmió aquella noche, salvo yo, que tenía ahí dentro a Leda.
       »Uno diría que alguien, el mismo que desde la hora en que pisé el vaporcito maneja mi vida, me durmió. A la mañana no me permitió mirar adelante; me llevó adentro del cuarto y, porque estaba resuelto a apartarme de Leda, me enredó en compromisos. Es bastante raro que yo pidiera, antes del desayuno, comunicación con Londres. Llamé a Londres (todo esto lo dirigió el destino) para avisar que llegaba a casa en el día. Si para no volver atrás, yo procuraba atarme, me encontré con un lazo más fuerte que el previsto. Me dijeron que esa noche Colombatti se había disparado un tiro y que agonizaba en el hospital. Contesté: «Voy en el primer avión». Después hablé con el portero y reservé el pasaje. A las once tenía que estar en el aeródromo. Miré el reloj. Eran las ocho y media. Ni bien pedí el desayuno, lo trajo una suiza, muy desleída y muy joven, tan interesada en el asunto que no se preguntó si yo lo ignoraba y habló sin parar, hasta el final de frase, dos o tres veces repetido: «Todos muertos». Pregunté: «¿Dónde?». Comprenderás cómo quedé al oír: «En el siniestro del Royal».
       »Después hay un rato en blanco, del que no tengo memoria. Creo que me asomé a la ventana y que bastó un poco de humo allá, enfrente, para confirmar lo peor. En el primer vaporcito yo cruzaría a Évian, pero el ascensorista declaró: «No hubo muertos». Interrogué al portero. Éste, reforzado por el ascensorista y por todo individuo que interpelé en el hotel, repitió lo mismo: «No hubo muertos».
       »De cualquier modo cruzaría el lago y cuanto antes me echaría al cuello de Leda. Quería verla y tocarla, después de la calamidad que pudo ocurrir. El incendio, las noticias falsas, eran signos enviados para recordarme que en la vida hay penas más graves que un engaño. Yo había vislumbrado el dolor de saber a Leda muerta; tenerla viva y porfiar en el amor propio sería desafiar la suerte.
       »El portero me incomodaba; alardeaba del mérito de haber logrado asiento en el avión de las once y, como si leyera en mi mente, retomando el otro tema exclamaba: «Ni un solo muerto en el Royal. ¿Usted no cree en mi palabra?». Por mi parte razoné que el plan de echarme al cuello no sería practicable si mi rápida llegada irritaba a Leda, que aún no dispondría de reductos para ocultar, a uno del otro, a sus dos amantes. (Resolví que el rival, vaya a saber por qué, era el mozo aquel de los flojos mofletes de color ladrillo). Me dije también que mientras yo emprendía esa vuelta a Évian, inoportuna y odiosa, Colombatti, el hombre de confianza que durante años manejó lo mío y, afanado en la celda de un escritorio con ventana a patio, permitió que yo me paseara por el mundo y recogiera halagos, moría sin mi palabra de gratitud, sin mi mano de adiós, abandonado en un hospital de Londres.
       »De nuevo el destino me alejó de Leda. Me embarqué en el avión de las once. Llegué a tiempo para decir a Colombatti mi palabra de gratitud. A mi mano de adiós el suicida evitó ágilmente, pues a la hora nomás, a lo mejor en el vuelo de vuelta del mismo avión que me había llevado, huyó con rumbo a las dos Rivieras y, mucho lo temo, a Montecarlo. Parece que salió con la cabeza vendada; pero lo evidente es que yo debía de tener vendado el entendimiento. No lo creerás: durante un rato me inquietó el efecto de tan inopinada fuga sobre el organismo de mi ex administrador. Desde luego que ni parapetado en la estupidez yo podía salvarme, por mucho tiempo, de la realidad. Después del almuerzo me enteré de los caballos de carrera, de las comilonas de caviar y de las costosas cortesanas de Colombatti. En el escritorio comprobé sus robos y puedo decir que me encontré, de la mañana a la noche, sin un cobre. No cabía duda de que vendido cuanto me quedaba, me quedarían deudas.
       »Aquella noche olvidé totalmente a Leda. No te imaginas hasta qué punto me afectan las dificultades de dinero. Quizá porque no acabo de entenderlas me deprimen y me asustan. Interpreté mi desdicha como castigo, intuí infinidad de culpas, me entregué a los remordimientos. Más triste que si Leda hubiera muerto carbonizada, me revolví en la cama y no dormí hasta el otro día, yo creo que hasta el instante de llegar el negro.
       »Aparentemente guardaba un silencio perfecto, pero algún ruido debió de hacer porque desperté. Estaba sentado en una silla muy inmediata, vestía jaquel, su aspecto era correcto y su piel negra. Creo que fueron los ojos, tan redondos, los que me inquietaron. Apreté el pomo del timbre inútilmente, porque los fieles criados, al tanto de la situación, dejaron mi casa como ratas a un barco que va a naufragar.
       »No era un negro fantástico; era de carne y hueso y participaba con ingenua avidez en la muchedumbre de circunstancias nimias que dan su carácter inconfundible a la realidad; a pesar de todo ello resultó indudable que me lo mandaba la providencia. Era diplomático, o más bien agregado cultural, de una nueva república africana y venía a contratarme, en nombre de su gobierno, para que les dirigiera un museo; entre una frase y otra dejó oír la cantidad de libras que me pagarían por adelantado. Aunque la dijo rápidamente la retuve sin dificultad, porque era, libras más, libras menos, la misma en que yo había calculado mi deuda, después de vendidos el departamento, dos casas ocupadas y unas pocas hectáreas de campo a que no había echado mano Colombatti. «¿Dirigir un museo?», pregunté. «Un museo de arte», contestó, para agregar a modo de confirmación: «De arte moderno». «¿Y ahí? ¿qué pitos toco?», pregunté. Ignorando la vulgaridad de mis palabras respondió: «Hemos adquirido los cuadros, hemos levantado el edificio (con algún orgullo declaro que en nuestra modesta capital la construcción más importante es el templo del arte), de modo que por ahora usted colgará y distribuirá lo que tenemos; pero llegará, no lo dude, el día de encarar nuevas compras y entonces…». Con un ademán traducible por «no hay apuro», le rogué que siguiera. «Como dijo nuestro presidente», continuó, «somos el mundo de mañana: el tiempo fluye al África». No sé muy bien si el pensamiento ulterior correspondía al presidente o era de su cosecha. Mi negro alegó: «Nuestra aventura predilecta consiste en invertir para el mañana», y predijo que un día despertaría para descubrir que todo ese arte, «bastante feo, a lo mejor, para el ojo mal adoctrinado», equivaldría a tener en caja enormes bloques de oro. «Hemos acumulado», afirmó, «más Picasso y Gris que San Pablo, más Petoruti que nadie. Por si todo ello fuera poco, la estatua a la patria, colocada frente al museo, es obra (no dudo de que la circunstancia le resultará grata) de un glorioso paisano suyo, el escultor Moore». Sobre la predicción anterior, admitió la posibilidad de equivocarse, pero agregó: «¡Nos acompañan en el error, no solamente los artistas interesados y los patronos de galerías para la venta, sino todos los entendidos en la materia, hombres de negocios, damas del gran mundo, banqueros y fuertes industriales! Acaso al despertar no encontremos oro, sino papel moneda falsificado burdamente carente de valor y liquidez, producto de pintamonos. ¡Cómo alegraría el resultado a viejos que han perdido, junto a la elasticidad de las arterias, la ductilidad de espíritu, indispensable para admitir el arte nuevo!». Al fin de la perorata aclaró, no sin dignidad, que él o su presidente, prefería hundir la patria con los jóvenes antes que exaltarla con los reaccionarios, los colonialistas y los negreros.
       »Por muy real que fuera mi visitante, revelaban el origen providencial de su oferta la circunstancia de abrirme un purgatorio, un lugar donde expiar mis culpas, y sobre todo la identidad de cantidades, entre las libras que me pagaban y las de mi deuda. Confieso que esto último me convenció, me pareció un verdadero toque mágico. «Bueno», dije, «¿cuándo debo partir?» «Cuando quiera», respondió con un ademán amplio, de diplomático inveterado, que me daba todo el tiempo del mundo, siquiera por un instante. «¿Hoy es miércoles?», prosiguió. «A ver, en el avión del sábado, o si prefiere en el de mañana». Oí mi contestación como si no fuera mía, como si hablara por mi boca un desconocido: «Tan poco puedo hacer entre hoy y el sábado que lo haré entre hoy y mañana, si no seguimos charlando». El diplomático me entregó un cheque, anunció que al otro día, a la hora cero, ya que el avión salía a la una y veinte, me recogería en su automóvil, dio alguna indicación respecto a que la ropa de mayor abrigo no era de rigor en el trópico y partió.
       »Esa mañana visité al cónsul y a un abogado; a éste volví a visitarlo a la tarde, para firmar unos papeles por los que autorizaba la venta de propiedades y el pago de deudas. Para cobrar su cuenta, le pedí que pusiera en remate cuadros, muebles y cuanto quedaba en mi departamento. Quedaba casi todo, porque apenas me llevé una valija, con alguna ropa y la única fotografía que tenía de Leda. Dentro de unos minutos voy a mi sucucho y te la traigo. Verás que Leda era tan linda como te dije: está en segundo plano, desgraciadamente un poco borrosa; la que aparece adelante y nítida es la gata.
       »Bueno, sin tiempo de pensar, entré en el avión que me trajo y dormido por una única píldora contra el mareo llegué a destino. En el aeropuerto me esperaban autoridades con música; me llevaron, como a todo el mundo, a beber el vino de honor con el presidente y a poner la corona de flores en la tumba del Padre de la Patria, y por último me soltaron en mi museo. Ahí desperté, ahí empezó la aflicción.
       »Porque esos cuadros y estatuas lo vuelven a uno sobre sí mismo, entendí dónde estaba, qué hice y qué dejé. Llevado por hechos fortuitos, no por decisiones mías, dejé a Leda, de quien no sabía nada. En Londres no leí diarios; me aturdí con el desfalco de Colombatti y con mi viaje al África; ocupé las pocas horas en trámites y, aunque parezca inaudito, no verifiqué la afirmación del conserje de Lausanne, de que no hubo muertos en el incendio del Royal. La duda trabajó desde el día de la llegada. Por de pronto la duda de que Leda estuviera viva y la de realmente haberla visto junto a un hombre y también la de que un engaño importara más que el mismo amor. Agrega a todo esto que yo no podía volver a Inglaterra, que me ataba aquí un contrato y adivinarás el ánimo con que vagué por mis galerías de concretos, figurativos, etcétera. Como un condenado mira los muros de la cárcel miré los cuadros, no es raro que los aborreciera.
       »Te dije que desperté, pero aquello fue apenas un despertar dentro de un sueño. Antes de que las cosas tomaran aire de realidad pasó un tiempo considerable. No lo creerás: a mis habitaciones, que estaban en el ala derecha del museo, las imagino, cuando recuerdo los primeros días, en el ala izquierda. Aparentemente nadie lo advirtió, pero yo vivía en estado de delirio, esperando quién sabe qué. De todos modos me llevé una sorpresa la mañana que hallé sobre la carpeta de mi escritorio un telegrama dirigido a mi nombre. Lo abrí y leí: «Lavinia murió en el incendio. Estoy muy sola. Telegrafía a Poste Restante si voy o vienes, Leda». Después de leer el papel comprendí que en un punto mis dudas carecieron de verdadero fundamento. Leda no podía estar muerta; había en ello incompatibilidad. Eso sí, como prueba de amor, la que tenía ante mis ojos era extraordinaria.
       »No porque yo recordara el episodio de Évian; siempre, desde el principio, me pareció increíble que Leda me quisiera. Entendámonos bien, increíble pero real; un hecho favorable que no correspondía a ningún mérito mío, sino que era obra del azar.
       »Ya nadie en Londres ignoraría los robos de Colombatti ni mi bancarrota, de manera que Leda estaba dispuesta a recibir a un pobre o a seguirlo al África. Hay mujeres, lo sé bien, que viven los momentos, cada uno de los momentos, como si olvidaran el pasado y no creyeran en el porvenir; que tales mujeres quemen por nosotros las naves no significa una garantía, porque llegada la hora se van a nado; pero sería injusto incluir entre ellas a Leda. Para obrar así, alguna confusión mental, siquiera voluntaria, es indispensable. No conocí mente más lúcida que la de esa muchacha. En comparación, la mía es confusa. Por ejemplo, yo interpreté el telegrama como un regalo del destino, que llevaba la situación a un plano mágico. No estar a su altura, no obedecer literalmente, mandar en lugar del telegrama pedido una carta explicativa, traería mala suerte.
       »Es claro que sobreponerse a dificultades y ventajas prácticas no es para cualquiera. Me presentaban un nudo, yo debía cortarlo, de acuerdo, pero ¿cómo? La explicación no cabía en el telegrama. Lo primero era eliminar la menor incertidumbre de Leda sobre mi indigencia total. Yo me había convertido en un pobre diablo y nuestra vida en Europa no sería la de antes. Quería explicarle también que un contrato me ataba aquí. Por un año no obtenía pasaporte. No me dejarían escapar y, si lo intentaba, quizás iría preso. Finalmente debía describirle el país. Por grande que fuera su abnegación, de puro aburrida llegaría a odiarme. Después de las tres o cuatro excursiones se entregaría al alcohol y, más probablemente, a los negritos. ¿Cómo dar a entender todo esto sin aparentar un rechazo?
       »Ocupé el fin de semana en redactar mi carta, en romperla, en redactarla cuatro o cinco veces. Por último la mandé y me puse a esperar. Esperé un telegrama, una carta, a Leda en persona. Esperé largos días y largas noches, primero confiado, asustado bastante pronto. Pasé de la seguridad de contar con ella, a la inquietud de haberla ofendido, a la perplejidad y al miedo. Telegrafié: «Por favor telegrafía si voy o vienes». ¿Qué hubiera hecho si Leda contestaba que fuera?
       »No sé. No contestó eso. No contestó nada. Después de otra larga espera, la contestación llegó en una carta de letra igual, a primera vista, a la de Leda, firmada Adelaida Brown-Sequard. Entonces Adelaida Brown-Sequard, la prima, existía. Voy a buscar la carta, ahora nomás, y te la muestro. Leí sin entender. Yo me preguntaba por qué Leda no me escribía personalmente. El tono de la carta era de reproche, firme y caritativo. Si el amor propio no me hubiera cegado, afirmaba la prima, yo hubiera advertido el inmenso amor de Leda. Todos los hombres eran iguales; por el amor propio sacrificaban el amor. Después decía algo que me dolió, porque era cierto: si una vez Leda fue débil, para castigarla yo no tuve debilidad. La abandoné en Évian. No me inquietó la suerte corrida por ella en el incendio; no volví; volé a Londres. Al día siguiente, cuando Leda llegó, descubrió que me había ido al África. Ni bien le dieron el paradero telegrafió. Yo no contesté por telegrama; contesté por carta, después de unos días. El aguante de Leda, en esos días, tocó fondo. La pobre chica no fingió. Padres y marido notaron su desesperación y probablemente adivinaron la causa, pero eso ahora no importaba, porque del modo más tonto (como si me negara a entender, varias veces leí el párrafo) una mañana al salir del correo (mañana y tarde iba a preguntar si había algo en la Poste Restante) aparentemente cruzó la calle sin reparar que venía un camión, porque los testigos dijeron que se tiró bajo las ruedas, y del modo más tonto encontró la muerte.
       »Creo que la carta cayó al suelo. Quedé perplejo. Las conjeturas de una muerte posible no me habían preparado para la muerte de Leda. Sin ironía me pregunté qué hacía yo en el África, si Leda estaba muerta.
       »Me di a la vagancia y a la bebida. Quizás esperaba el camión que me trajera la muerte a mí también. O esperaba que los barrios bajos, o la selva, que está cerca, me tragaran.
       »Abandoné el cargo. Me buscaron, me encontraron, me llevaron al museo, me amonestaron, me amenazaron con un juicio (el negro es muy leguleyo). Se cansaron y me olvidaron.
       »En mi borrachera yo me decía que en estos enormes arrabales, alimentados por la selva, tenía que haber de todo. Que uno, con el tiempo, encontraría cualquier cosa. ¿Entiendes?: cualquier cosa. Un día mis pasos me trajeron a este lugar y desde la calle vi a Leda.
       »Pregunté por el patrón. Me mostraron dos negros grandotes, apodados el Consorcio. Les pedí trabajo. Dijeron: «No hay». Como bastaba una mirada somera para saber que mentían, me quedé. Sobra trabajo. Llevo tres años lavando copas, regando tablones, arreglando cuartos donde las mujeres atienden sus quehaceres y a la fecha no me he puesto al día. No me pagan un cobre: en ese punto el Consorcio demuestra carácter. La comida es infecta, pero siempre hay restos, de manera que no me quejo. Y a la noche, ya se sabe, para dormir dispongo de la leñera. Aunque te parezca raro, porque vivo en un bar, ando corto de bebida; aquí el que no paga, no bebe, siglos hará que no me emborracho.
       »Te aclaro que la mujer no era Leda. Por de pronto la ropa: ni compararla. Leda se vistió siempre como una señora. La de aquí llevaba la vestimenta colorinche y barata que ves en esas infelices. Después el sobrenombre. No sé cómo se llamaba, pero le decían Leto, un sobrenombre ridículo. Otro tanto para lo demás. Era menos joven, menos fina, menos linda. Eso sí, al caer la tarde, ya bebida mi copa (yo todavía tenía alguna plata conmigo) era Leda. La ilusión me dominaba perfectamente. Dios me perdone, una tarde, mientras miraba esa cara, me pregunté si la cambiaría por la verdadera y qué ganaría en el cambio. La blasfemia duró un instante y después eché a temblar.
       »Tampoco duró la mujer. Se fue con un mozalbete de mirada estúpida. Ahora, si la recuerdo, ni con la mejor voluntad la confundo con Leda.
       »Ya nada más que la costumbre me retenía en este tugurio, pero me quedé como quien espera algo. A la vuelta de los años, el último febrero, tras el incendio de un caserón conocido en el barrio por el Medio Mundo, apareció la gata Lavinia.
       »Para ti un gato será igual a otro. No entiendes de gatos. El que entiende de una materia sabe mirarla. El médico sabe mirar al enfermo, el mecánico sabe mirar la máquina. Será un poco absurdo, pero yo sé mirar un gato. Por eso te aclaro que esta gata es Lavinia, no un animal parecido.
       »No te afanes en cálculos para determinar la edad de la gata que, salvada del incendio de Évian, habría llegado quién sabe cómo, después de otro incendio, a este cafetín africano. Yo medité la cuestión, porque esa Lavinia sería vieja y ésta (lo comprobarás en cuanto le mires la boca) es una gata joven, de dos años y medio: justamente la edad que alcanzó en la época de Évian. No concluyas que son dos gatas distintas. La de acá es Lavinia, te lo digo yo, que experimenté primero con Leto. Entre la cosa misma y la parecida hay una diferencia enorme. Si pides una explicación, te recuerdo el eterno retorno de que hablan Nietzsche y otros. Tendríamos un eterno retorno limitado, por ahora, a una gata. A los elementos que originalmente formaron el animal, dispersos cuando la quemazón del hotel, un golpe de azar los habría reunido de nuevo, de manera idéntica.
       »Una explicación puramente material acabaría con mis esperanzas. No cabría posibilidad alguna de que dos veces, en el breve tiempo de mi vida, ocurriera un fenómeno tan extraordinario. Si piensas que reproducir a Lavinia no es menos complicado que reproducir a Leda ¿mides mi castigo? De la muerte me devuelven la gata de mi amante, no a mi amante. ¡A mí tan luego me conmovía el mito de Orfeo! Por lo menos con Orfeo la crueldad no se agravó del sarcasmo.
       »Aunque estas mesas remedan cualquier café de Europa o de los nuestros, recuerda que estamos en el borde de la selva, un laboratorio que depara lo incalculable. Años atrás yo crucé un borde así y desde entonces me interno en tierra desconocida. Todo hombre se asoma a esa tierra: la del destino, la de la buena y mala suerte; yo la habito. Por eso no interpreto los regresos o apariciones como hechos naturales; los veo como signos. Primero Leto, una aproximación, después Lavinia, la gata misma, ahora tú. Perdóname si te incomoda o asusta que te complique con materia sobrenatural, pero todos ustedes forman un dibujo en vaivén, que acabará en Leda.
       —Yo —contesté rápidamente, como si quisiera aclarar cuanto antes los motivos naturales de mi presencia— he llegado en un crucero. Ahora vuelvo a bordo. ¿Me permites un consejo, Veblen? Tú te vienes conmigo y yo arreglo con el capitán pasaje y pasaporte.
       —Yo me quedo hasta que llegue Leda —declaró Veblen y emitió un chillido que dos veces me sobrecogió, porque el loro lo había repetido desde la pared.
       La causa fue el dedo índice de un negrote, aplicado violentamente en el costillar de Veblen.
       —Una mitad del Consorcio —explicó el Inglés—; me recuerda que descuido el trabajo. Alguna mujer dejó su cuarto y yo tengo que ordenarlo. No te vayas. Vuelvo en seguida. De paso me corro hasta el sucucho y traigo la carta de la prima (verás que existe) y la fotografía de Leda y de la gata.
       —Una pregunta, Inglés, ¿ésta es Lavinia?!
       —Sí —contestó, mientras partía al trote, bajo la mirada del negro, en dirección al patio.
       La gata no lo siguió. Se restregó contra mis piernas. Creo que si quiero, me la llevo.
       No esperé a mi pobre amigo. Lo abandoné para siempre. Pagué, si mal no recuerdo; salí a la calle, tuve la fortuna de encontrar taxi, volví al barco. Al oler ese ambiente particular de a bordo me hallé en casa y me invadió una gran debilidad, hecha de alivio y de júbilo. Yo creo que no se equivocó Veblen. Tuve miedo, no sé por qué.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar