Bonaparte Gautreaux Piñeyro
(Sabana de Chavón, La Romana, 1937-)


A PARTIR DE ESTA NOCHE

         Todas las noches eran iguales para María. Y aunque cada día se preguntaba lo mismo y tomaba decisiones para ejecución inmediata, todas las noches eran iguales, exactamente iguales a la anterior. María desvelada, Juan que no llegaba, María que pensaba decir y hablar y mal­decir y revisar la vida que llevaban y las cosas de Juan y el niño que iba a nacer y el futuro y el trabajo y todas las noches el silencio de sus brazos amorosos suspiraba a la llegada del hombre.
         Y el “oh Juan, hasta cuándo” se confundía con el torrente de palabras que sólo entiende cada enamorado junto a las frases que no se pronuncian.
         “Esta noche cuando llegue se lo voy a decir. No po­demos continuar en esta forma. Cada vez que sale me dice sonriente: “vengo temprano. Tengo una reunión importante”. Al comienzo me gustaban sus salidas por­que a veces venían a visitarme algunas amigas que me hacían pasar el tiempo entre los recuerdos y los chismes. Y pasábamos con facilidad de las modas a los niños y de los niños a los comentarios que circulaban en el pueblo sobre la mujer del médico y el síndico. Y de que si esto a que si lo otro, la espera por Juan era menor... Ahora, con el asunto del embarazo parece no darse cuenta de mi estado nervioso. No puedo explicarme cómo para unas cosas es tan inteligente y para otras es totalmente ciego. Quizá por eso lo quiero tanto. Es como un niño grande que necesita mi protección.
         Pero no puede ser. Es más, hasta las muchachas han dejado de venir en las noches. Ahora no disfruto ni de los chismes. Puede ser que la vez que Juan llegó temprano el comentario que hizo no le haya gustado a mis amigas. Llegó sonriente y su saludo nos dejó sorprendi­das: “¿Destruyendo reputaciones?...” Y a pesar de que les dije que a veces tiene juegos pesados y que esas eran tonterías que no le hicieran caso, antes de que Juan regresara de la habitación mis amigas se habían retirado ofendidas.
         Ahora sé que andan por ahí diciendo que Juan tiene otra. Y eso me disgusta. Me disgusta sobremanera por­que sé que él no es hombre de eso. Además, siempre me dice dónde va o en qué sitios ha estado y con quiénes, y por qué se fue de un lugar a otro. Y por eso no puedo creer que tenga otra. Porque pienso que son cosas de mis amigas, pero tanto va el cántaro al río...
         No puede ser, pero los hombres son así. Y cuando me dice casi todas las noches que tiene una reunión o lo llama algún amigo y pasa a buscarlo, en un carro, comien­za la duda y la inquietud. ¿Adónde va?... ¿por qué sa­le tanto de noche?. . . ¿No se da cuenta de mi angustia?
         Hace días la situación no estaba buena y los rumores corrieron entre bocas y oídos y se formó la cadena a la que cada cual agrega un eslabón y cuando lo vinieron a buscar me cansé diciéndole que no se fuera a la calle, que no me dejara sola en la casa, que la cosa no estaba buena, y con su sonrisa de siempre me dijo: “Mi amor... tengo una reunión importante”.
         Parece que sus reuniones tienen más importancia que mis problemas. Casi todas las noches sale y me deja en la casa. Una casa que se va llenando de sombras. Sombras que apagan el ruido cuando el pueblo se duerme y Juan no regresa.
         A partir de entonces apago las luces de la casa y na­da más dejo encendida mi lámpara de la mesa ele noche y me dispongo a leer porque él quiere que su mujer sea culta y pueda conversar sobre cualquier tema en las esca­sas ocasiones en que salimos juntos.
         Pero a poco de comenzar la lectura, las letras bailan en las páginas. Bailan cuando la noche avanza y se llena de sombras y silencio y angustia y espera y Juan no llega. Y los pasos de la gente que va por la acera se meten en la casa y me parece que tocan a la puerta y que alguien entra y me levanto a esperarlo y no es cierto.
         A ratos me quedo dormida, como sucedió el otro (lía que cuando desperté lo tenía besándome en la frente con la delicadeza que sólo él sabe tener. Y entonces el susto fue mayor. Entonces empiezo a pensar tonte­rías. ¿Y si entra otra persona? ¿Cómo me hago?... ¡Hasta cuándo!
         Y mientras sigo desvelada, Juan comienza a roncar como una locomotora de las que llevan caña al ingenio. Recuerdo los años en que los niños decían que las má quinas hablaban con el ruido de sus motores: corta-caña corta-caña corta-caña corta... Y así me suenan los ron­quidos de Juan. Y pensando en las locomotoras y el ruido de sus motores y los ronquidos de Juan, me duermo y a poco despierto con el sueño colgando de los labios que se abren con el bostezo.
         La vida se va convirtiendo en una rutina que sólo los pequeños detalles hacen agradable. Por eso no creo que Juan tenga amoríos en la calle. Pero todo en la vida comienza un día. Y los hombres son así, como que nunca los comprendemos. Además de lo del machismo. Pero Juan lo combate. Juan dice... éso siempre lo critican mis amigas. Critican que cuando tocarnos ternas más allá de las modas, los niños o las novelas de la televisión, ahí viene Juan. De inmediato yo expreso: “Juan dice”. Y es verdad, o puede serlo, ¡no importa! “Juan dice que no va a ser más hombre por tener más mujeres”. Pero...
         Esta noche es igual. Exactamente igual a las otras. Después de cena sonó el timbre del teléfono y la voz de un hombre pidió hablar con él. Tapé el aparato y le dije: “¡otra vez!”. Cuando terminó escuché su voz cálida que me dijo: “Tengo una reunión importante”. Creo que no escuchó mi suspiro y el “hasta cuando”.
         Ahora estoy esperando y podría decir que como siempre. Las mujeres siempre estamos esperando. Pri­mero al novio, después al esposo y luego a los hijos. Siempre... siempre esperando.
         Cualquier ruidito en la calle me levanta de la cama como si tuviera un resorte en la espalda. Ya me incor­poro, ya me acuesto, ya me incorporo...
         Las persianas están marcadas por mis ojos que se me­ten entre las rendijas semiabiertas.
         La tos de los que pasan, el ruido de las motocicletas, los motores de los automóviles. Todo... todo lo escucho en la noche y mi mente lo distorsiona y lo pone grande con el silencio y me confundo con los ruidos... ¡qué voy hacer! A veces quiero gritar: “Juannnnnnnn, vennnnn”. Hasta ver si en algún sitio me escucha y se da cuenta de mi angustia. ¡Ya... creo que viene... oigo pasos!
         Pero él salió con una sóla persona. ¿Cómo es posible?... Juan, ven, estoy asustada. Los pasos se han detenido en el patio. Ven Juan... no me mortifiques tanto. No salgas de noche. Si tienes otra no me voy a poner brava, pero... ven Juan, ven, ven Juan, no me vuelvas a dejar sola. Ven, ven Juan, ven y no salgas más en la noche. Recuerda que estoy preñada. Con estos sustos voy a perder la criatura. Ven, ven, ven Juan.
         ¡Qué bueno!. . . Los pasos se alejan. No hay ruidos en la calle. ¡Juan! ¿Por qué? ¿Por qué no llegas?... ¡Acaba de venir!...
         Estoy acostada bocarriba y no me atrevo a moverme. ¡Ven, Juan, ven!
         La mañana sorprendió a María tanteando las sábanas del lado donde Juan dormía. Las sábanas estaban frías en ese lado. Lo fue a buscar al baño, de ahí a la cocina, de la cocina al patio, y allí estaba. Estaba con la sonrisa de siempre, mirando hacia arriba, con la mirada perdida entre la copa de los árboles.
         La angustia de María rodó por tierra con la voz quejosa que gritó: ¡Juannnnnnnnnnnn!
         En el mortuorio algunas personas comentaban:
         —Estaba muy metido en política...





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