Jorge
Luis Borges
(1899–1986)
El muerto
(El Aleph (1949)
Que un hombre del suburbio de
Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación
del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del
Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano
imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de
Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de
Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río
Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean
revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este
resumen puede ser útil.
Benjamín Otálora
cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina,
de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha
revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su
contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El
caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del
Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al
otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez
ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un
almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos.
Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero
lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música.
Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre
de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo
Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere
debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la
injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre
demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque,
el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno
más, como el negro bigote cerdoso.
Proyección o error
del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo.
Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego a
un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último
patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir.
Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa
tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de
no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta
el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese
hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que
Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El hombre
le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da
al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales)
está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de
pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite
que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los
demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en
camino, rumbo a Tacuarembó.
Empieza entonces
para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de
jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a
veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres
de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el
hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que
resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero
y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a
entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las
boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y
el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo una vez, durante ese
tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muy presente,
porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y
porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace
mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio
Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de
selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas
distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira
son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un
sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de los
compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas
partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su
lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el
hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus
orientales juntos.
Otro año pasa antes
que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a
Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres
tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no ha
visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele
subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le
encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado,
pero satisfecho también.
El dormitorio es
desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga
mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos,
de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la
luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una
vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece
disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la
flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese
viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en
el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio
vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se
incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras
mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia
a Otálora para irse.
Días después, les
llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está
como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un
arroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay corrales de
piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se
llama ese pobre establecimiento.
Otálora oye en
rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pregunta
por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está
queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma, pero le
halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se
ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado
su apoyo. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de
armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento
de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las
cuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de poncho.
Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de
Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no
sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie.
Sabe, eso si, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su
amistad.
Entra después en el
destino de Benjamin Otálora un colorado cabos negros que trae del sur
Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de
tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y
por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo
rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el
colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.
Aquí la historia se
complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la
intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al
interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve
aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve
suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro
común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su
ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas.
Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir
sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos.
Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente
riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los
orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora
regresa al Suspiro en el colorado del jete y esa tarde unas gotas
de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de
pelo reluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan
que hayan ocurrido en un solo día.
Bandeira, sin
embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan;
Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.
La última escena de
la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894. Esa
noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y
beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosa
milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación
sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un
símbolo de su irresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que
gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas
resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y
golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta le abre en seguida,
como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza. Con una voz
que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:
—Ya que vos y el
porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de
todos.
Agrega una
circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han
tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa
la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora
comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que
ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el
triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba
muerto.
Suárez, casi con
desdén, hace fuego.
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