Carlos Fuentes
(Ciudad de Panamá, 1928 - México D.F., 2012)

Los años con Laura Diaz (1999)
(México: Alfaguara, 1999)


Dedico este libro
de mi ascendencia
a mi descendencia
Mis hijos
Cecilia
Carlos
Natasha


I. Detroit: 1999

      Conocía la historia. Ignoraba la verdad. Mi presencia misma era, en cierto modo, una mentira. Vine a Detroit para iniciar un documental de televisión sobre los muralistas mexicanos en los Estados Unidos. Secretamente, me interesaba más retratar la decadencia de una gran ciudad, la primera capital del automóvil, nada menos; el sitio donde Henry Ford inauguró la fabricación en serie de la máquina que gobierna nuestras vidas más que cualquier gobierno.
       Entre las pruebas del poderío de la ciudad se cuenta que en 1932 invitó al artista mexicano Diego Rivera a decorar los muros del Detroit Institute of Arts y ahora, en 1999, yo estaba aquí —oficialmente, digo— para realizar una serie de TV sobre éste y otros murales mexicanos en los Estados Unidos. Empezaría con Rivera en Detroit y seguiría con Orozco en Dartmouth y California, para seguir con un misterioso Siqueiros que me encargaron descubrir en Los Ángeles y con las obras perdidas del propio Rivera: el mural condenado del Rockefeller Center porque allí aparecían Lenin y Marx; y la serie para la New School —varios grandes paneles, desaparecidos también.
       Éste era mi encargo de trabajo. Insistí en comenzar en Detroit por un motivo. Quería fotografiar la ruina de una gran urbe industrial como digno epitafio a nuestro terrible siglo
XX. No me movían ni la moral de la advertencia ni cierto gusto apocalíptico por la miseria y la deformidad; ni siquiera el simple humanismo. Soy fotógrafo, pero no soy ni el maravilloso Sebastián Salgado ni la temible Diane Arbus. Preferiría tener, si fuese pintor, la claridad sin problemas de un Ingres o la tortura interior de un Bacon. Intenté la pintura; fracasé; no me rendí; me dije que la cámara es el pincel de nuestro tiempo y aquí me tienen, contratado para un propósito, pero presente —presentido acaso— para otro muy distinto.
       Me levanté temprano para hacer lo mío antes de que el equipo de filmación se presentara frente a los murales de Diego. Eran las seis de la mañana y el mes de febrero. Esperaba la oscuridad. La atendía. Pero su prolongación me enervó.
       —Si quiere ir de compras, si quiere ir a un cine, el hotel tiene una limo para llevarlo y traerlo —me dijeron en la recepción.
       —El centro comercial está a dos cuadras de aquí —contesté entre asombrado e irritado.
       —No nos hacemos responsables —sonrió afectadamente el recepcionista. Sus facciones no eran memorables.
       Si el pobre supiera que iba a ir lejos, mucho más lejos que al centro comercial. Iba a llegar, sin saberlo, al centro del infierno de la desolación. Dejé atrás, a paso veloz, el conjunto de rascacielos, reunidos como una constelación de espejos —una nueva ciudad medieval y protegida contra el asalto de los bárbaros— y me bastaron diez o doce cuadras para perderme en un páramo oscuro y calcinado de terrenos baldíos tachonados por costras de basura.
       A cada paso que daba —a ciegas, debido a la oscuridad persistente, porque mi ojo único era mi cámara, porque era un Polifemo moderno con el ojo derecho pegado al monóculo de la Leica y el ojo izquierdo cerrado, ciego, con mi mano izquierda extendida como un perro policía, a tientas, con mis pies tropezando a veces, otras hundidos, en algo que no sólo se olía, no se veía—, me iba internando en una noche no sólo persistente, sino renaciente. En Detroit la noche nacía de la noche.
       Solté por un instante la cámara sobre mi pecho, sentí el golpe seco sobre el diafragma —dos, el mío, el de la Leica— y refrendé mi sensación. Esto que me rodeaba no era la noche prolongada de un amanecer de invierno; no era, como la imaginación me lo daba a entender, una oscuridad naciente, compañera inquieta del día.
       Era la oscuridad permanente, la tiniebla inseparable de la ciudad, su compañera, su espejo fiel. Me bastó girar en redondo y mirarme en el centro de un erial parejo, gris, engalanado aquí y allá de charcos, senderos fugitivos trazados por pies medrosos, árboles desnudos más negros que este paisaje después de la batalla. Lejana, espectralmente, se veían casas en ruinas, casas del siglo anterior con techumbres vencidas, chimeneas derrumbadas, ventanas ciegas, porches desnudos, puertas desvencijadas y, a veces, el acercamiento tierno e impúdico de un árbol seco a una claraboya mugrosa. Una mecedora se movía, soltera, rechinando, recordándome, sin ubicación, otros tiempos apenas presentidos en la memoria…
       Campos de soledad, mustio collado, repitió mi memoria escolar mientras mis manos retomaban la cámara y la de mi mente iba de click en click, fotografiando México DF, Buenos Aires si no fuera por el río, Río si no fuera por el mar, Caracas del carajo, Lima la horrible, Bogotá sin fe santa o no, Santiago sin remedio. Retrataba los tiempos futuros de nuestras ciudades latinoamericanas en el presente de la urbe industrial más industrial de todas, la capital del automóvil, la cuna del trabajo en serie y del salario mínimo: Detroit, Michigan. Lo fui fotografiando todo, las carrocerías antiguas abandonadas en medio de los potreros más abandonados aún, las súbitas calles empedradas de vidrio roto, el parpadeo de luces en los expendios de… ¿qué?
       ¿Qué se vendía en las únicas esquinas iluminadas de este inmenso hoyo negro? Entré, casi deslumbrado, a pedir un refresco en uno de esos estanquillos.
       Una pareja tan cenicienta como el día me miró con una mezcla de sorna, resignación y hospitalidad maligna, inquiriendo, ¿qué quiere? y contestándome, aquí hay de todo.
       Estaba un poco atarantado, o será la costumbre, pero pedí en español una coca. Se rieron idiotamente.
       —Los caldeos sólo vendemos cerveza y vino —dijo el hombre—. Droga no.
       —Billetes de lotería sí —añadió la mujer.
       Regresé casi por instinto al hotel, me cambié los zapatos embadurnados de todo el desperdicio del olvido, estuve a punto de darme el segundo regaderazo del día, miré el reloj. El equipo me esperaba en el lobby y mi puntualidad era no sólo mi prestigio sino mi mando. Miré, poniéndome la chamarra, el paisaje desde la ventana. La ciudad cristiana y la ciudad islámica convivían en Detroit. La luz iluminaba las cimas de los rascacielos y de las mezquitas. El resto del mundo seguía hundido en la oscuridad.
       Llegamos con el equipo al Instituto de Artes. Primero atravesamos el mismo páramo interminable, cuadra tras cuadra de terrenos baldíos, aquí y allá la ruina de una mansión victoriana y al fin del desierto urbano (o más bien, en su mero centro) una construcción pompier de principios de siglo, pero limpia pero bien conservada pero amplia y accesible mediante anchas escalinatas de piedra y altas puertas de vidrio y fierro. Era como un memento feliz en el baúl de las desgracias, era una anciana erguida y enjoyada que ha sobrevivido a todos sus descendientes, una Raquel sin lágrimas. The Detroit Institute of Arts.
       El enorme patio central, protegido por un alto tragaluz, era escenario de una exhibición de flores. Allí se amontonaba el público esta mañana. ¿De dónde las habrían traído?, le pregunté a un gringo del equipo, que me contestó encogiéndose de hombros, sin mirar siquiera la plétora de tulipanes, crisantemos, lirios y gladiolas exhibidas en los cuatro costados del patio que atravesamos con la prisa que el equipo se imponía y me imponía. La televisión y el cine son tareas que se quieren abandonar de prisa, apenas suena la hora de cortar. Por desgracia, quienes viven de ellas no conciben otra cosa que hacer con sus vidas sino seguir filmando uno y otro y otro día… Venimos a trabajar.
       Allí estaba Rivera, Diego, Diego María de Guanajuato, Diego María Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, 1886-1957.
       Perdónenme la risa. Es una buena risa, una carcajada irreprimible de reconocimiento y acaso de nostalgia. ¿De qué? Creo que de la inocencia perdida, de la fe en la industria; el progreso, la felicidad y la historia dándose la mano gracias al desarrollo industrial. A todas estas glorias había cantado Rivera, como se debe, en Detroit. Como los anónimos arquitectos, pintores y escultores de la Edad Media construyeron y decoraron las grandes catedrales para alabar al Dios único, invariable e indudable, Rivera vino a Detroit como los peregrinos de antaño a Canterbury y a Compostela: lleno de fe. Reí también porque este mural era como una postal a colores del escenario móvil, en blanco y negro, de la película de Chaplin, Tiempos modernos. Las mismas máquinas pulidas como espejos, los engranajes perfectos e implacables, las confiables máquinas que Rivera el marxista veía como signo igualmente fidedigno de progreso, pero que Chaplin vio como fauces devoradoras, máquinas de deglución como estómagos de fierro que se tragan al trabajador y lo expulsan, al final, como un pedazo de mierda.
       Aquí no. Éste era el idilio industrial, el reflejo de la inmensamente rica ciudad que Rivera conoció en los años treinta, cuando Detroit le daba empleo y vida decente a medio millón de obreros.
       ¿Cómo los vio el pintor mexicano?
       Había algo extraño en este mural de actividad hormiguienta y espacios repletos de figuras humanas sirviendo a máquinas pulidas, serpentinas, interminables como los intestinos de un animal prehistórico pero que tarda, arrastrándose, en regresar al tiempo actual. Yo también tardé en ubicar el origen de mi extrañeza. Tuve una sensación desplazada y excitante, de descubrimiento creativo, tan rara en tareas de televisión. Estoy detenido aquí frente a un mural de Diego Rivera en Detroit porque dependo de mi público como Rivera, acaso, dependió de sus patrocinadores. Pero él se burlaba de ellos, les plantaba banderas rojas y líderes soviéticos en las narices de sus bastiones capitalistas. En cambio, yo no merecería ni la censura ni el escándalo: el público me da el éxito o el fracaso, nada más. Click. Se apagó la caja idiota. Ya no hay patrocinadores y a nadie le importa un carajo. ¿Quién se acuerda de la primera telenovela que vio en su vida —o, lo que es lo mismo, de la última?
       Pero esa sensación de extrañeza ante una obra mural tan conocida, no me dejaba en paz ni me permitía filmar a gusto. Escudriñé. Pretexté el mejor ángulo, la mejor luz. Los técnicos son pacientes. Respetaron mi esfuerzo. Hasta que di en el clavo. Había mirado sin ver. Todos los trabajadores norteamericanos pintados por Diego estaban de espaldas al espectador. El artista sólo pintó espaldas trabajando, salvo cuando los trabajadores blancos usaban goggles de vidrio para protegerse del chisporroteo de las soldaduras. Los rostros norteamericanos eran anónimos. Enmascarados. Como ellos nos ven a los mexicanos, así los vio Rivera a ellos. De espaldas. Anónimos. Sin rostro. Entonces Rivera no reía, no era Charlot, era sólo el mexicano que se atrevía a decirles ustedes no tienen rostro. Era el marxista que les decía su trabajo no tiene el nombre ni la cara del trabajador, su trabajo no es de ustedes.
       ¿Quiénes miraban, en contraste, al espectador?
       Los negros. Ellos tenían caras. Las tenían en 1932, cuando Rivera vino a pintar y Frida ingresó al Hospital Henry Ford y el gran escándalo fue una Sagrada Familia que Diego introdujo ostensiblemente en el mural para provocar, aunque Frida estaba embarazada y perdió al niño y en vez de niño dio a luz a una muñeca de trapo y al bautizo de la muñeca asistieron loros, monos, palomas, un gato y un venado… ¿Se burlaba Rivera de los gringos, o les tenía miedo y por eso no los pintaba de cara al mundo?
       El artista nunca sabe lo que sabe el espectador. Nosotros conocemos el futuro y ese mural de Rivera, los rostros negros que sí se atrevió a mirar, que sí se atrevieron a mirarnos, tenían puños no sólo para construirle autos a Ford. Sin saberlo, por pura intuición, Rivera pintó en 1932 a los negros que el 30 de julio de 1967 —la fecha está grabada en el corazón de la ciudad— le prendieron fuego a Detroit, la saquearon, la balacearon, la redujeron a cenizas y le entregaron cuarenta y tres cadáveres a la morgue. ¿Ésos eran los únicos que miraban de frente en el mural, esos cuarenta y tres futuros muertos, pintados por Diego Rivera en 1932 y desaparecidos en 1967, diez años después de la muerte del pintor, cuarenta y cinco años después de ser pintados?
       Un mural sólo en apariencia se deja ver de un golpe. En realidad, sus secretos requieren una mirada larga y paciente, un recorrido que no se agote, siquiera, en el espacio del mural, sino que lo extienda a cuantos lo prolongan. Inevitablemente, el mural posee un contexto que eterniza la mirada de las figuras y la del espectador. Me sucedió algo extraño. Tuve que dirigir mi propia mirada fuera del perímetro del mural para regresar violentamente, como una cámara de cine que del full-shot se dirige como flecha al acercamiento brutal, al detalle, a las caras de las mujeres trabajadoras, masculinizadas por el pelo corto y el overol, pero sin duda figuras femeninas. Una de ellas era Frida. Pero su compañera, no Frida sino la otra mujer de la pintura —sus facciones aguileñas, consonantes con su gran estatura, su mirada melancólica de cuencas sombreadas, sus labios delgados pero sensuales por su descarnamiento mismo, como si las líneas fugitivas de su boca proclamasen una superioridad estricta, suficiente, sin coloretes, sobria e inagotable por ello, abundante en secretos al decir, al comer, al amar…
       Miré esos ojos casi dorados, mestizos, entre europeos y mexicanos, los miré como los había mirado tantas veces en un pasaporte olvidado en un cajón tan cancelado como el propio documento de viaje. Los miré igual que en fotos exhibidas, desparramadas o arrumbadas por toda la casa de mi joven padre asesinado en octubre de 1968. Esos ojos que mi recuerdo muerto no conoció pero que mi memoria viva conserva en el alma, treinta años más tarde, ahora que voy a cumplir treinta y cuatro y el siglo
XX se nos va a morir; esos ojos los miré temblando, con un azoro casi sagrado, tan largo sin duda que mis compañeros de trabajo se detuvieron, se acercaron, ¿me pasaba algo?
       ¿Me pasaba algo? ¿Recordaba algo? Yo miraba el rostro de esa bella y extraña mujer vestida de obrero y al hacerlo, todas las formas del recuerdo, la memoria o como se llamen esos instantes privilegiados de la vida, se agolparon en mi cabeza como un océano desatado cuyas olas son siempre iguales y nunca las mismas: acabo de mirar el rostro de Laura Díaz, esa cara descubierta en medio de la plétora del mural es la de una sola mujer y su nombre es Laura Díaz.
       El camarógrafo Terry Hopkins, un viejo —aunque joven— amigo, le dio una iluminación final, filtrada de acentos azules, a la pared pintada, como un acto de despedida, acaso —Terry es un poeta— pues su iluminación se confundía con la del ocaso real del día que vivíamos en febrero de 1999.
       —¿Estás loco? —me dijo—. ¿Vas a regresar a pie al hotel?
       No sé cómo lo miré, pero no me dijo nada más. Nos separamos. Cargaron el latoso (y costoso) equipo de filmación. Partieron en el minivan.

       Me quedé solo con Detroit, la ciudad arrodillada. Me fui caminando lentamente.
       Libre, con la furia de una masturbación juvenil, empecé a disparar mi cámara en todas las direcciones, contra las prostitutas negras y las jóvenes patrulleras negras de la policía, contra los niños negros con gorros de estambre agujereados y chamarras friolentas, contra los viejos pegados a un bote de basura convertido en calentador callejero, contra las casas abandonadas —sentí que las penetraba todas— donde se hospedaban los miserables sin más hogares que éstos, contra los junkies que se inyectaban placer y mugre en los rincones, a todos les fui disparando descarada, ociosa, provocativamente con mi cámara como si recorriese una galería ciega donde el hombre invisible no era ninguno de ellos sino yo, yo mismo devuelto repentinamente a la ternura, a la añoranza, al cariño de una mujer a la que no conocí en mi vida, pero que la llenaba con todas esas formas del recuerdo que son su parte involuntaria y su parte de volición, sus privilegios y sus peligros: memoria que es al mismo tiempo expulsión del hogar y regreso a la casa materna; temerario encuentro con el enemigo y añoranza de la cueva original.
       Un hombre con una tea encendida pasó gritando por los pasillos de la casa abandonada, prendiendo fuego a todo lo inflamable; recibí un golpe en la nuca y caí mirando un rascacielos solitario parado de cabeza, bajo un cielo acatarrado; toqué la sangre ardiente del verano que aún no llegaba, bebí las lágrimas que no borran la oscuridad de la piel, escuché el ruido de la mañana, pero no su anhelado silencio; vi a los niños jugando entre las ruinas, examiné la ciudad yacente, ofreciéndose a una auscultación sin pudor; me oprimió el cuerpo entero un desastre de ladrillo y humo, el holocausto urbano, la promesa de las ciudades inhabitables; un hogar para nadie en la ciudad de nadie.
       Alcancé a preguntarme, cayendo, si se puede vivir la vida de una mujer muerta exactamente como ella la vivió, descubrir el secreto de su memoria, recordar lo mismo que ella.
       La vi, la recordaré.
       Es Laura Díaz.


II. Catemaco: 1905

       El recuerdo, a veces, se puede tocar. La leyenda más citada de la familia tenía que ver con el coraje de la abuela Cósima Kelsen cuando, allá por los 1870, se fue a comprar los muebles y el decorado de su casa veracruzana a la ciudad de México y, al regresar, la diligencia en la que viajaba fue detenida por los bandidos que aún usaban el pintoresco atuendo del chinaco —sombrero redondo de ala ancha, chaquetilla corta de gamuza, pantalones con vuelo, bota breve y espuela sonora—. Todo botonado de plata antigua.
       Cósima Kelsen prefería evocar estos detalles que contar lo que ocurrió. Después de todo, la anécdota resultaba mejor relatada y en consecuencia más increíble, más extraordinaria aunque más duradera y conocida, cuando la iban repitiendo muchas voces; cuando iba pasando —valga la redundancia— de mano en mano, ya que de manos (o más bien de dedos) se trataba.
       Fue detenida la diligencia en ese extraño punto del Cofre de Perote donde en lugar de ascender a la bruma, el viajero desciende de la diáfana altura de la montaña a un lago de niebla. El grupo de chinacos, disfrazados de humo, surgió entre relinchos de caballo y trueno de pistolas. «La bolsa o la vida» era el santo y seña de los bandidos, pero éstos, más originales, pidieron «la vida o la vida», como si, agudamente, comprendiesen la altiva nobleza, la rígida dignidad que la joven doña Cósima les mostró apenas se mostraron ellos.
       No se dignó mirarlos.
       El jefe de la gavilla, un antiguo capitán del derrotado ejército imperial de Maximiliano, había rondado la corte de Chapultepec lo suficiente como para hacer diferencias sociales. Aunque era famoso en la región veracruzana por sus apetitos sexuales —el Guapo de Papantla era su mote— lo era también por la certeza con la que distinguía entre una señora y una piruja. El respeto del antiguo oficial de caballería, reducido al bandidaje por la derrota imperial que culminó con los fusilamientos de Maximiliano, Miramón y Mejía —¡las tres emes, mierda! —exclamaba a veces el supersticioso condotiero mexicano— hacia las damas de alcurnia, ya era instintivo y a la joven novia doña Cósima, viéndole primero los ojos brillantes como sulfato de cobre y enseguida la mano derecha ostensiblemente posada sobre la ventanilla del carruaje, el bandolero supo exactamente lo que debía decirle:
       —Por favor, señora, déme sus anillos.
       La mano que Cósima había mostrado provocativamente, fuera del carruaje, lucía una banda de oro, un zafiro deslumbrante y un anular de perlas.
       —Son mis anillos de compromiso y de bodas. Primero me los cortan.
       Cosa que sin mayor pausa, como si ambos conociesen los protocolos del honor, hizo el temible chinaco imperial: de un machetazo, le cortó los cuatro dedos sobresalientes de la mano derecha a la joven abuela doña Cósima Kelsen. Ella no respingó siquiera. El salvaje oficial del imperio se quitó la pañoleta roja que usaba, a la vieja usanza chinaca, amarrada a la cabeza, y se la ofreció a Cósima para que se vendara la mano. Él dejó caer los cuatro dedos en la copa del sombrero y se quedó como un mendigo altanero, con los dedos de la bella alemana a guisa de limosnas. Cuando al cabo volvió a ponerse el sombrero, la sangre le chorreó por la cara. En él, este baño rojo parecía tan natural como para otros zambullirse en un lago.
       —Gracias —dijo la joven y bella Cósima, mirándolo, por una sola vez—. ¿Se le ofrece algo más?
       Por toda respuesta, el Guapo de Papantla le dio un chicotazo en la grupa al caballo más próximo y la diligencia se fue rodando, cerro abajo, hacia la tierra caliente de Veracruz que era su destino más allá de la bruma montañesa.
       —Que nadie vuelva a tocarme a esta señora —le dijo el jefe a su gavilla y todos entendieron que en ello, a ellos, les iba la vida, pero también que su jefe, por un instante y acaso para siempre, se había enamorado.
       —Pero si se enamoró de la abuela, ¿por qué no le regresó los anillos? —preguntó Laura Díaz cuando pudo razonar.
       —Porque no tenía otro recuerdo de ella —le contestaba la tía Hilda, la mayor de las tres hijas de Cósima Kelsen.
       —Pero entonces, ¿qué hizo con los dedos?
       —De eso no se habla, niña —le contestaba enérgica e irritada, la segunda del trío, la joven doña Virginia, soltando el libro en turno de los veinte que, orgullosamente, leía al mes.
       —Cuídate de lo gitano —le dijo con su comelón acento costeño, avaro de eses, la cocinera de la hacienda—. Le cortan dedo a lo niño para hacé tamale.
       Laura Díaz se miraba las manos —las manitas—, las extendía y movía juguetonamente los dedos, como si tocara un piano. Acto seguido, las escondía bajo el delantal escolar de cuadritos azules y miraba con terror creciente la actividad de los dedos en la casa paterna, como si todos, a todas horas, no hicieran otra cosa que ejercitar lo que el Guapo de Papantla le quitó a la entonces joven, y bella, y recién llegada, abuela doña Cósima. La tía Hilda tocaba, con una especie de fiebre disimulada, el piano Steinway llegado al puerto de Veracruz después de un largo viaje desde la Nueva Orleans que pareció corto porque, como notaron los viajeros y se lo contaron a la señorita Kelsen, las gaviotas acompañaron al vapor, o quizás al piano, de la Luisiana hasta la Veracruz.
       —Más le hubiera valido a la Mutti ir a la Nouvelle-Orléans a comprar el ajuar de nozze —alardeaba y criticaba de un solo respiro la tía Virginia, para quien mezclar idiomas era tan natural como mezclar lecturas y desafiar, de modo irreprochable, cierta voluntad de su padre. La Nueva Orleans, de todas maneras, era el punto de referencia comercial civilizada más próximo a Veracruz y allí, exiliado por la dictadura del cojitranco Santa Anna, el joven liberal Benito Juárez había trabajado enrollando puros cubanos en una fábrica; ¿habría una placa conmemorativa, después de que Juárez derrotó a los franceses y mandó fusilar —tan feo, tan indito él— al guapísimo Habsburgo Maximiliano?
       —Los Habsburgo han gobernado a México por más tiempo que nadie, no lo olvides. México es más austriaco que otra cosa —le decía la leída y escribida Virginia a su más joven hermana Leticia, la madre de Laura Díaz; para Leticia, las noticias del imperio eran inconsecuentes con lo único que a ella le importaba, su hogar, su hija, su cocina, su hacendosa atención a la vida diaria…
       En cambio, la resonancia melancólica que los ágiles dedos de Hilda le daban a los Preludios de Chopin —sus piezas favoritas— aumentaban toda porción de tristeza, real, recordada o previsible, en la casa vasta pero simple en la colina sobre el lago tropical.
       —¿Habríamos sido distintas si nos hubiéramos criado en Alemania? —preguntaba con añoranza la hermana Hilda.
       —Sí —contestaba con prontitud Virginia—. Y de haber nacido en China, seríamos más distintas aún. Assez de chinoiseries, ma chère.
       —¿No sientes nostalgia? —se dirigía entonces Hilda a la hermana menor, Leticia.
       —¿Cómo? Yo nunca he estado allá. Sólo tú —la regañaba, interrumpiendo, Virginia, aunque dirigía su mirada a Leticia, la madre de Laura.
       —Hay mucho que hacer en la casa —concluía Leticia.
       Como todas las casas de campo que dejó España en el Nuevo Mundo, ésta, de un solo piso, se organizaba en cuatro costados enjalbegados alrededor de un patio central sobre el cual se abrían las puertas de comedores, sala y recámaras. Del patio entraba la luz a los lugares de estar; los muros externos eran todos ciegos, por razones de defensa eventual y de pudor permanente.
       —Vivimos como si nos fueran a atacar los indios, los piratas ingleses o los negros rebeldes —comentaba con una sonrisa divertida la joven tía Virginia—. Aux armes!
       El pudor, en cambio, lo agradecían. Los trabajadores de temporada, traídos a cosechar el café, eran curiosos, impertinentes, a veces respondones e igualados. Virginia les contestaba con una mezcla de injurias en español y citas en latín que los alejaba como si la joven de ojos negros, piel blanca y labios descarnados fuese una más de las brujas que, se decía, vivían en la otra ribera del lago.
       Para llegar a la casa del patrón, había que entrar por la puerta grande como invitado. La cocina, hasta atrás, sí se abría a los corrales, las caballerizas, las bodegas y el campo; se abría a los molinos, las cañerías y el patio donde se beneficiaba el producto con la caldera y las máquinas para despulpar, fermentar, lavar y secar. Había pocas bestias en la hacienda bautizada por su fundador Felipe Kelsen, «La Peregrina», en honor de su mujer, la bravía pero mutilada Cósima: cinco caballos de silla, catorce mulas y cincuenta cabezas de ganado. Nada de esto le interesaba a la niña Laura, que nunca ponía los pies en esos lugares de trabajo que su abuelo regenteaba con disciplina, sin quejarse pero aduciendo a cada momento que la mano de obra para el cultivo del café era cara por lo frágil del producto y lo accidentado de su comercialización. Por ello, don Felipe se veía obligado a un cuidado constante para podar los árboles, asegurarles la sombra indispensable para que crecieran, cortar el cafeto, separarlo del retoño, limpiar el terreno y atender los asoleadores.
       —El café no es como el azúcar, no es como la caña brava, que crece dondequiera, el café requiere disciplina —sentenciaba a cada rato el patrón don Felipe, vigilante cercano de los molinos, las galeras, los establos, y los famosos asoleadores, en un día dividido entre la minuciosa atención al campo y la no menor atención a las cuentas.
       La niña Laura no tenía ojos para nada de esto. A ella le gustaba que la hacienda se prolongase en las lomas de café, y detrás de ellas, seguían la selva y el lago en un encuentro, al parecer, vedado. La niña Laura se encaramaba a la azotea para divisar, de lejos, el cristal azogado del lago, como lo llamaba su tía la lectora Virginia, y no se preguntaba por qué lo más bonito del lugar era, también, lo menos cercano, lo más alejado de la mano que la niña extendía como para tocar, dándole todo el poder del mundo a su deseo. Todas las victorias de su niñez se las entregaba a la imaginación. El lago. Un verso.
       Del salón ascendían las notas melancólicas de un Preludio y Laura se sentía triste, pero contenta de compartir ese sentimiento con la tía mayor, una mujer tan bella y tan solitaria, pero dueña de diez dedos musicales.
       Los trabajadores, por órdenes del abuelo y patrón del beneficio, don Felipe Kelsen, embadurnaban las paredes de la casa con las manos mojadas en una mezcla de cal y canto y baba de maguey, que le daba a los muros la tersura de una espalda de mujer desnuda. Eso le dijo el abuelo don Felipe a su siempre enhiesta aunque ya muy enferma esposa un día antes de que doña Cósima muriese:
       —Cada vez que toque las paredes de la casa voy a pensar que recorro con mis dedos tu espalda desnuda, tu linda y delicada espalda desnuda, ¿recuerdas?
       Cuando la abuela se murió de un suspiro a la mañana siguiente, su marido logró por fin, en la muerte, lo que doña Cósima siempre rehusó en vida: ponerle unos guantes negros con rellenos de algodón en los cuatro dedos ausentes de la mano derecha.
       La mandó a la eternidad, dijo, completita, como la recibió cuando la novia por encargo llegó de Alemania a los veintidós años, igualita a su daguerrotipo, con la cabellera partida a la mitad y arreglada en dos grandes hemisferios que nacían de la perfecta raya con perfecta simetría y cubrían las orejas como para resaltar la perfección de los aretes de madreperla que pendían de los lóbulos ocultos.
       —Las orejas son lo más feo de una mujer —gruñía Virginia.
       —No haces más que encontrar defectos —le replicaba Hilda.
       —Yo te hago recitar, Virginia, y te oigo tocar, con mis horrendas orejitas —se reía la mamá de Laura Díaz—. ¡Qué bueno que la Mutti Cósima no traía puestos los aretes en Perote!
       Llegó de Alemania a los veintidós años con la cabellera muy negra como para resaltar aun más la blancura de la piel. En el retrato, apoyaba contra el pecho un abanico detenido entre los cinco dedos de la mano derecha.
       Por eso Hilda tocaba con vergüenza y pasión el piano, como si, al mismo tiempo, quisiera suplir la deficiencia de su madre y ofenderla diciéndole yo sí puedo, tú no, con el rencor disimulado de la única hija Kelsen, la mayor, que en una sola ocasión regresó a Alemania con su madre y con ella escuchó, en Colonia, un recital del famoso pianista y compositor Franz Liszt. Era el retintín de muchos inmigrantes europeos. México era un país de indios y gañanes, donde la naturaleza era tan abundante y rica que las necesidades inmediatas se podían satisfacer sin trabajar. El fomento a la inmigración alemana quería remediar ese estado de cosas, introduciendo en México otra naturaleza, la naturaleza industriosa de los europeos. Pero éstos, invitados a cultivar la tierra, no soportaban la dureza y el aislamiento y se iban a las ciudades. Por eso era fiel Felipe Kelsen a su compromiso de trabajar la tierra, trabajarla duro y apartar dos tentaciones: el regreso a Alemania o los viajes a la ciudad de México, que le costaron tan caro a Cósima su mujer. A la salida del concierto, Hilda le dijo a su madre: —Mutti, ¿por qué no nos quedamos a vivir aquí? ¡qué horrible es México!
       Don Felipe prohibió entonces no sólo cualquier viaje de regreso a la vaterland; prohibió también el uso de la lengua alemana en la casa y con el puño cerrado, más severo porque, en reposo, no golpeó nada, sólo dijo que ahora todos ellos eran mexicanos, iban a asimilarse, no habría más viajes al Rin y nadie hablaría más que español. Philip era Felipe, y Cósima, pues ni modo, Cósima. Sólo Virginia, con ternuras traviesas, se atrevía a llamar Mutti a la madre y hacer citas en alemán. Don Felipe se encogía de hombros; la muchacha le había salido excéntrica…
       —Hay bizcos, hay albinos, hay Virginia —decía ésta de sí misma, fingiendo estrabismo—. Gesundheit!
       Ni hablar alemán, ni ocuparse de otra cosa que la casa o, como se decía modernamente, de la economía doméstica. Las hijas se volvieron tan hacendosas para suplir, quizás, la deficiencia de la madre, que se sentó en su mecedora (otra novedad llegada de la Luisiana) a abanicarse con la mano izquierda y a mirar a lo lejos, hacia el Camino Real y la bruma de Perote donde, tan joven, dejó cuatro dedos y, dicen algunos, el corazón.
       —Cuando una mujer conoce al Guapo de Papantla, ya no lo olvida nunca —decía la voz popular veracruzana.
       Don Felipe, en cambio, no se guardaba de reprocharle a su joven novia el viaje de compras a México. —Ya ves. Te hubieras ido a Nueva Orleans y no te habría pasado esta desgracia.
       Cósima adivinó desde el primer día que la voluntad de su marido era asimilarse a México. Ella era la última concesión que Philip Kelsen le hacía a la patria vieja. Cósima sólo se adelantó a la voluntad marital de ser para siempre de aquí, nunca más de allá. Y por ello se quedó sin cuatro dedos. —Prefiero comprar el ajuar en la capital mexicana. Somos mexicanos, ¿no es cierto?
       Qué peligrosos eran los dedos, imaginaba Laurita al despertar de las pesadillas en las que una mano solitaria caminaba por el piso, subía por las paredes y se dejaba caer sobre la almohada, junto a la cara de la niña. Despertaba gritando y lo que había junto a su cara era una araña que Laura Díaz no se atrevía a matar de un manotazo, porque hubiera sido lo mismo que cortarle otra vez los dedos a la abuela ensimismada en su mecedora.
       —Mamá, quiero un toldo blando cubriendo mi cama.
       —La casa la tenemos muy limpia. Aquí no se cuela ni el polvo.
       —A mí se me cuelan sueños muy feos.
       Leticia reía y se acuclillaba para abrazar cariñosamente a su pequeñita, que mostraba desde ahora la aguda gracia de todos los miembros de la familia salvo la bella abuela Cósima, enferma de melancolía.
       A los canallas que le achacaban pasiones platónicas a su mujer, Felipe les contestó con tres lindas hijas a cuál más de bellas, inteligentes y hacendosas. «Con seis dedos basta para que una mujer ame a un hombre» se jactó groseramente una noche de cantina y enseguida se arrepintió como nunca antes o después en su vida. Era trabajador, estaba fatigado y un poco ebrio. Era el dueño de su propia finca cafetalera. Buscaba relajarse. Nunca volvió a decir lo que dijo esa noche. En secreto rogó que cuantos lo escucharon decir esa vulgaridad se muriesen pronto, o se fueran de viaje para siempre, que era lo mismo.
       —Partir es morir un poco —repetía a cada rato Felipe, recordando un dicho de su propia madre francesa, cuando Felipe era Philip y su padre Heine Kelsen y su madre Letitia Lasalle, y la Europa que dejó en su estela Bonaparte se hacía y deshacía por todas partes, porque crecía la industria y disminuían los talleres, porque todos se iban a trabajar fuera de sus casas y sus campos, a las fábricas, no como siempre, cuando casa y trabajo estaban unidos; porque se hablaba de libertad y reinaban tiranos; porque se abría de pecho la nación y moría acribillada por el fusil autoritario; porque nadie sabía si su pie pisaba un surco nuevo o caminaba sobre antiguas cenizas, como había escrito Alfred de Musset, el maravilloso poeta romántico que juntaba en su lectura a novios y novias, exaltando a aquéllos, enamorando a éstas, conmoviendo a todo el mundo. Muchachos exaltados, muchachas desvanecidas: el joven Philip Kelsen, ojo azul y perfil griego, barba florida y capa dragona, sombrero de copa y bastón con puño de marfil y semblanza de águila, quería entender en qué mundo vivía y creyó comprenderlo todo en una gran manifestación en Düsseldorf donde se vio, se reconoció, se admiró y hasta se amó a sí mismo, con un reflejo turbador, en la figura maravillosa del joven tribuno socialista Ferdinand de Lasalle.
       Philip Kelsen, a los veinticuatro años, se sintió tocado por un augurio oyendo hablar y mirando a ese hombre, casi su contemporáneo, aunque su mentor, que portaba el apellido de la madre de Philip, como ésta llevaba el de la madre de Napoleón, Letitia: los signos favorables arrastraban al joven alemán oyendo a Lasalle y evocando los párrafos de Musset: «Desde las esferas más altas de la inteligencia hasta los misterios más impenetrables de la materia y de la forma, esa alma y ese cuerpo son tus hermanos».
       —Lasalle, mi hermano —le decía en silencio Philip a su héroe, olvidando alegre, tanto voluntaria como involuntariamente, los hechos fundamentales de la vida: Heine Kelsen, su padre, debía su posición al trato comercial y bancario supeditado pero respetuoso— con el viejo Johann Budenbrook, quien había hecho fortuna acaparando trigo y vendiéndolo caro a las tropas prusianas en la guerra contra Napoleón. Heine Kelsen representaba en Düsseldorf los intereses del viejo Johann, ciudadano de Lübeck, pero sus haberes —su dinero y su suerte— se duplicaron cuando se casó con Letitia Lasalle, ahijada del financiero francés Nucingen, quien se preocupó de darle a su protegida una renta vitalicia de cien mil libras al año como dote.
       De todo esto se olvidó Philip Kelsen cuando a los veinticuatro años escuchó a Ferdinand de Lasalle por primera vez.
       Lasalle hablaba con la pasión del romántico y la razón del político a los trabajadores renanos, recordándoles que en la nueva Europa industrial y dinástica, el gran Napoleón había sido sustituido por Napoleón el pequeño y la pequeñez de este tiranuelo ruin y procaz era que había aliado al gobierno y a la burguesía contra el trabajador: «El primer Napoleón —oyó Kelsen exclamar a Lasalle en el mitin— era un revolucionario, su sobrino es un cretino y sólo representa a la reacción moribunda».
       ¡Cómo admiró el joven Kelsen a ese otro joven fogoso, Lasalle, al que la propia policía de Düsseldorf describía como un muchacho de «extraordinarias cualidades intelectuales, incansable energía, gran determinación, ideas salvajemente izquierdistas, un amplio círculo de amistades, gran agilidad práctica y considerables recursos financieros»! Por todo esto era peligroso, dictaminó la policía; por todo esto era admirable, se convenció su joven seguidor Kelsen, porque Lasalle andaba bien vestido (y Marx su rival tenía lamparones de grasa en el chaleco), porque Lasalle iba a las recepciones de la misma clase a la que combatía (y Marx no salía de los más miserables cafés de Londres), porque Lasalle creía en la nación alemana (y Marx era un cosmopolita enemigo del nacionalismo), porque Lasalle amaba la aventura (y Marx era un aburrido paterfamilias de clase media incapaz de regalarle una sortija a su aristocrática señora Von Westphalen).
       Toda su vida lucharía Philip Kelsen contra el fervor lassaliano de su juventud socialista; toda su juventud la perdió en esa ilusión esplendorosa, que como el surco europeo del poeta, era, quizás, sólo un hoyanco de cenizas. El socialista Lasalle acabó aliándose con el feudalista Bismarck, el junker prusiano ultranacionalista y ultrarreaccionario, para dominar, entre los dos, a los capitalistas voraces y sin patria, ésa fue la razón de la incómoda alianza. La crítica del poder se convirtió en el poder sobre la crítica y Philip Kelsen abandonó Alemania el mismo día en que su héroe mancillado, Ferdinand de Lasalle, se convirtió en su héroe ensangrentado, muerto en duelo en un bosque cerca de Ginebra el 28 de agosto de 1864 por un motivo tan absurdo y romántico como el apuesto socialista: se enamoró apasionadamente de Helena (Von Doniger, informó la crónica), retó a duelo al novio de la bella Helena (Yanko von Racowitz, añadía la nota de prensa) y éste, muy cumplidamente, le atravesó a Lasalle el estómago con una bala, sin la menor consideración hacia la historia, el socialismo, el movimiento obrero o el Canciller de Hierro.
       ¿Qué más lejos del panteón de Breslau donde enterraron a Lasalle a los treinta y nueve años, podía irse, a los veinticinco, el socialista desilusionado, Philip Kelsen, que a costas de América, a Veracruz, donde agoniza el Atlántico tras una larga travesía desde el puerto de Hamburgo y, tierra adentro, hasta Catemaco, tierras calientes, abundantes, pródigas, ubérrimas se decía en los discursos, donde la naturaleza y el hombre se podían reunir y prosperar, fuera de la desilusión corrupta de Europa?
       De Lasalle, Philip sólo conservó el recuerdo conmovido, el nacionalismo y el amor a la aventura, que lo trajo del Rin al Golfo de México. Sólo que aquí, esos atributos ya no iban a ser alemanes, sino mexicanos. El viejo Heine, en Düsseldorf, aplaudió la decisión de su hijo rebelde, le dio una dotación de marcos y lo embarcó en Hamburgo rumbo al Nuevo Mundo. Philip Kelsen hizo una escala de tres años en Nueva Orleans, trabajando con desgano en una fábrica de tabaco, le repugnó el racismo norteamericano, tan candente entre las ruinas incendiadas de la Confederación sureña, y siguió a Veracruz, explorando la costa desde Tuxpan en la verde Huasteca hasta los Tuxtlas sobrevolados por centenares de pájaros.
       —Barriga llena, corazón contento —le dijo la primera mujer con la que se acostó en Tuxpan, una mulata que le daba igual sensualidad a la cama y a la cocina, alternando en la boca voraz del joven seductor alemán dos pezones morados y enorme cantidad de bocoles, pemoles y tamales de zacahuil… Mal acostumbrado, Philip Kelsen volvió a encontrar en Santiago Tuxtla su mulata y su merienda, ella se llamaba Santiaga como su ciudad y los platos que ofrecía al reposo del alemancito sensual y novedoso eran todos los caribeños, la yuca, el ajillo y el mogo-mogo de plátano macho. Pero más que cualquier platillo, sexual o gastronómico, Philip Kelsen fue seducido por la belleza de Catemaco, a un paso de los Tuxtlas: un lago que podía ubicarse en Suiza o Alemania, rodeado de montañas y tupida vegetación, terso como un espejo, pero animado por rumores invisibles de cascadas, sobrevuelo de aves y colonias de monos macacos rabones.
       Plantado en una colina sobre el lago de azogue, Philip Kelsen, en un acto que lo conciliaba todo, su juventud y su porvenir, su espíritu romántico y su genealogía financiera, su idealismo y su pragmatismo, su sensualidad y su ascetismo, dijo: —Aquí me quedo. Ésta es mi patria.
       La niña Laura sólo de lejos y de oídas empezaba a saber la historia de su erguido, disciplinado y hermoso abuelo alemán que únicamente hablaba español, aunque quién sabe si seguía pensando en alemán y cuál sería el lenguaje de sus sueños; para la niña, las fechas eran todas próximas, no lejanas, y el paso del tiempo, más que cualquier otra ocasión, lo marcaba el día de su cumpleaños, cuando, para que nadie se olvidase de agasajarla, salía dando saltitos graciosos por el patio, muy de mañana, aún de camisón, y cantando:

el doce de mayo
la virgen salió
vestida de blanco
con su paletó…

       Toda la casa conocía este rito y pretendía, en los días anteriores al del cumpleaños, olvidar la celebración. Si Laura sabía que ellos sabían, ni ella misma lo daba a entender. Todos jugaban a la sorpresa y así era más bonito, sobre todo este doce de mayo del año quinto del siglo, cuando Laura cumplió siete años y su abuelo le regaló algo extraordinario, una muñeca china de cabeza, manos y pies de porcelana, cuyo cuerpecito de algodón era cubierto por un atuendo mandarín de seda roja, ribetes negros y bordaduras doradas de dragón. El atuendo exótico no alcanzaba a alejar a la niña agasajada del alborozo y su alborozo del amor instantáneo que sintió por los piececitos tan pequeños, cubiertos por medias de seda blanca y zapatillas de terciopelo negro; por la carita sonriente, chatita, de ojos orientales y altas cejas pintadas cerca del fleco de seda. Las manos diminutas, sin embargo, eran el aspecto más delicado de la muñeca y Laurita, al recibir el más lindo regalo de toda su niñez, tomó la mano de la muñeca y con ella saludó la mano de la tía pianista, Hilda, de la tía escritora, Virginia, de la Mutti cocinera, Leticia, del abuelo agricultor, Felipe, y de la abuela inválida, Cósima, que involuntariamente escondió el muñón derecho entre sus chales y con torpeza le dio la mano izquierda a su nietecita.
       —¿Ya le tienes un nombre? —preguntó doña Cósima.
       —Li Po —dijo canturreando Laurita—. Le pondremos Li Po.
       La abuela la interrogó con la mirada tan sólo; Laura contestó con un movimiento de hombros que significaba «porque sí»; todos la besaron y la niña regresó a su cama para acomodar a Li Po entre almohadones, prometiéndole que aunque a ella la castigaran, Li Po nunca sería regañada; y aunque a Laura le fuera muy mal, Li Po siempre tendría su trono de cojines para reinar sobre la recámara de Laura Díaz.
       —Descansa, Li Po, duerme, vive feliz. Yo te cuidaré siempre.
       Cuando abandonaba a Li Po en la recámara y salía de la casa, el instinto infantil la llevaba a representar, como en un jardín, la hazaña del regreso al mundo natural, tan abundante, tan «pródigo» pero sobre todo tan minucioso, cercano y cierto a la mirada y al tacto de la niña que crecía rodeada de selva latente y lago impaciente y cafetales renacientes: así hablaba, con alta y sonora voz, la tía Virginia.
       —Y ubérrimos —añadía, para que nada se le quedara en el tintero—. Most fertile.
       Pero los dedos de la casa la retenían como las enredaderas al minucioso mundo del bosque tropical; tocaba el piano la tía Hilda (me aturdo y me exalto a la vez, me avergüenzo pero me da un placer secreto usar mis diez dedos para abandonarme, salirme de mí misma, sentir y decirle a todos que la música que escuchan no es mía ni soy yo, es de Chopin, yo soy la ejecutante, la que deja pasar este sonido maravilloso por mis manos, por mis dedos, a sabiendas que afuera, en su mecedora, me escucha mi madre que no me dejó quedarme en Alemania y estudiar y llegar a ser una pianista importante, una artista de verdad, y me escucha mi padre que nos ha encerrado en este pueblecito sin destino y a los dos los recrimino por la pérdida de mi propio destino, Hilda Kelsen, la que pude ser, la que nunca seré ya, por más que trate, por más que una buena suerte que yo no puedo controlar o decir: yo te hice, eres mía, me traiga fortuna; no será mi fortuna, será un accidente, un obsequio del azar: toco los tristísimos preludios de Chopin y no me consuelo, sólo me armo de paciencia y siento el íntimo regocijo de ofender a mi padre y a mi madre…), escribía un poema la tía Virginia (vivo rodeada de resignación, yo no quiero resignarme, quiero escapar un día y temo que mi afición a leer y escribir sea sólo eso, un escape y no una vocación que lo mismo puedo cumplir aquí que en Alemania o como les contesté un día, en China, a ver si no acabo como la muñeca de mi sobrinita, preciosa pero muda, acomodada para siempre en un almohadón), ayudaba la Mutti Leticia a preparar unos tamales costeños a la cocinera (qué bonito es rellenar la masa suave de carne de puerco y chile chipotle, cocinarla primero y hervirla después para terminar envolviendo cada tamal, cariñosamente, como a un niño, en su sábana de hoja de plátano, uniendo, conservando sabores y aromas, carne y picante, fruta y harina, qué deleite para el paladar, me recuerda los besos de Fernando mi marido, pero en eso no debo pensar, los arreglos están hechos, es lo que más nos conviene a todos, está bien que la niña crezca aquí en el campo conmigo, cada cual tiene sus obligaciones, no hay que agotar los placeres durante la juventud, hay que aplazarlos para el porvenir, hay que recibir el placer como recompensa, no como privilegio, la dádiva se gasta pronto como el capricho, uno cree tener todos los derechos y acaba sin ninguno; prefiero esperar, pacientemente, sólo tengo veintitrés años, la vida por delante, la vida por delante…), se colocaba los espejuelos y recorría las cuentas el abuelo Felipe (no me puedo quejar, todo ha salido bien, la finca prospera, las muchachas crecen, Hilda tiene su música, Virginia sus libros, la que más podría quejarse sería Leticia, alejada de su marido por acuerdo entre ambos, no por ninguna imposición o tiranía de mi parte, sino porque ellos quieren esperar al futuro, sin pensar que acaso ya lo han perdido para siempre porque las cosas hay que tomarlas al instante, como se toman los pájaros al vuelo o desaparecen para siempre, como yo me lancé a la aventura socialista hasta que todo eso se agotó y entonces me lancé a América que por lo visto es algo que nunca se agota, un continente sin fondo, mientras los europeos ya nos tragamos entera nuestra historia y ahora la rumiamos, la eructamos a veces, bah, la defecamos, somos defecadores de historia y aquí hay que hacer historia primero, sin los errores de Europa, sin los sueños y los desengaños de Europa, partiendo de cero, qué alivio, qué poder, partir de la nada, ser amo del destino propio, entonces se pueden aceptar las caídas las desgracias los errores porque son parte del destino propio, no de un lejano acontecer histórico, Napoleón, Bismarck, Lasalle, Karl Marx… todos tenían menos libertad, en sus tronos y en sus púlpitos, que yo aquí, sentado haciendo las cuentas de un beneficio de café, himmel y carajo, pues) y se mecía suavemente la abuela silenciosa, Cósima, en la (rocking chair) llegada de la Luisiana en vez de la ciudad de México (quería decirle a Felipe que yo era también de esta tierra, nada más; apenas llegué y lo conocí, entendí que yo era su última concesión al pasado alemán; por qué me escogió, aún no lo sé; por qué me quiere tanto, espero que no sea para compensar mi desgraciada aventura en la carretera de Perote; nunca me ha hecho sentir que me compadece, al contrario, me ha amado con verdadera pasión de hombre, nuestras hijas fueron creadas con una pasión desvergonzada, mal hablada, que nadie que nos ha tratado podría imaginar. Él me trata de puta, y me gusta, yo le digo que me imagino haciendo el amor con el chinaco que me mutiló, y le gusta a él, somos cómplices de un amor intenso, sin rubor ni reticencia, que sólo él y yo conocemos y cuyo recuerdo nos vuelve inmensamente dolorosa la muerte que se me acerca y me dice, nos dice: ahora uno de los dos va a vivir sin el otro y así, ¿cómo se van a seguir amando?; yo no sé porque ignoro lo que viene después, pero él se queda y me puede recordar, imaginar, prolongar, creer que no me morí, que sólo me fugué con el Guapo aquel al que nunca volví a ver —porque si me lo vuelvo a encontrar, ¿qué le hago, lo mato o me voy con él?, no, sólo pensaré siempre lo mismo que le digo a la gente: lo hice para salvar a los demás pasajeros; pero cómo voy a olvidar esa mirada de animal, ese plantado de macho, esos andares de tigre, ese deseo incumplido, el mío y el suyo, nunca, nunca, nunca…).
       Tocaba el piano la tía Hilda; escribía, aún con pluma de ganso, la tía Virginia; cocinaba su madre Leticia porque no sólo le gustaba, tenía genio para el arte costeño de unir arroz, frijol, plátano y cerdo, deshebrar y alimonar los estambres del plato llamado ropa vieja, ensalzar los pulpos en su tinta, y reservar para el final los merengues, las natillas, los jocoques y el tocino del cielo, el dulce más dulce del mundo, llegado de Barcelona a La Habana y de Cuba a Veracruz como para empalagar todas las amarguras de estas tierras de revolución, conquistas y tiranía.
       —Nada de eso, no quiero saber del pasado de México, América es sólo porvenir —sentenciaba con firmeza el abuelo cuando se tocaban esos tópicos. Por eso salía cada vez menos a tertulias, a comidas, y a las cantinas nunca más, desde que perdió las formas aquella fatigada noche… Al principio tampoco iba a misa, a fuer de socialista primero y de protestante después; pero, pueblo chico, infierno grande, sucumbió al cabo a la costumbre de un Veracruz que creía en Dios y en los milagros, pero no en la iglesia y los curas. Eso le venía bien a Felipe, no por cinismo, sino por comodidad. Pero la comodidad la perdió el pueblo entero cuando llegó el señor cura don Elzevir Almonte, joven, moreno e intolerante párroco enviado desde la muy recatada y clerical ciudad de la Puebla de los Ángeles, con el encargo, distribuido entre una buena docena de sacerdotes de meseta por el Arzobispado de México, de implantar disciplina y buenas costumbres entre los relajados (y relajientos) fieles de la costa del Golfo.
       Cósima Reiter, la novia postal traída de Alemania por Philip Kelsen, el socialista desencantado, a su primitivo beneficio de café en Veracruz, nació y se crio protestante. Philip-Felipe, que era agnóstico, se dio cuenta de que en México no encontraría esposa descreída; aquí, hasta los ateos creían en Dios y hasta las putas eran católicas, apostólicas y romanas.
       Encargar una novia atea a la Alemania guillermina hubiese sonado, más que a ofensa, a broma tropical. Philip se conformó con los consejos de amigos y parientes, de aquí y de allá; lo cautivó, sobre todo, el daguerrotipo de la muchacha con la cabellera negra dividida en dos franjas por una estricta raya a la mitad y el abanico en la mano derecha.
       No calculó el joven lasallista que llegando a Veracruz su aún más joven novia protestante, la vena conformista que es la regla, por notables que sean las excepciones, de las comunidades religiosas, se impondría a la nueva esposa por múltiples motivos. La presión social fue el menor de ellos. Más tuvo que ver el inevitable descubrimiento de que Philip, o Felipe, no había vivido como un santo durante su soltería veracruzana; este muchacho extranjero, de cabellera larga y ondulada, barba rubia y perfil griego, no iba a obedecer regla monacal alguna. Los rumores de la pequeña población del lago no tardaron en llegar a oídos de Cósima apenas desempacó y a las veintitrés horas de casados en ceremonia civil, la bella y erguida alemana le dijo a su estupefacto marido:
       —Ahora quiero una boda religiosa católica.
       —Pero tú y yo fuimos confirmados en el protestantismo. Tendremos que abjurar.
       —Somos cristianos. Nadie tiene por qué saber más.
       —No veo la razón.
       —Es para que tu hija mulata sea mi dama de honor y me lleve la cola.
       Así entró María de la O, casi desde el primer día, al hogar de los recién casados. Cósima se encargó de asignarle recámara a la señorita ordenando a la servidumbre que ese trato debían reservarle: señorita; le asignó lugar en la mesa, la trató de hija y lo ignoró todo sobre su origen. Nadie, salvo la propia María de la O, que entonces contaba con apenas ocho años de edad, oyó lo que Cósima Reiter le dijo a su verdadera madre. —Señora, escoja cómo quiere que crezca su hija. Váyase a donde mejor pueda vivir, Tampico o Coatzacoalcos, y no le faltará nada.
       —Más que el amor de mi nenita —dijo lloriqueando la negra conocida como La Triestina, no se sabe si por sus ojos tristes o porque, como presumía, había sido doncella de la emperatriz Carlota en el palacio de Mirman en Trieste.
       —Eso ni tú te lo crees —tuteó enseguida, aprendiendo rápido los usos y costumbres, la nueva señora de Kelsen que ahora, ya vieja, se lo recordó un día a su marido, sin saber que Laurita los escuchaba atrás de una maceta de helechos.
       María de la O Kelsen, así presentó Cósima a la linda mulatica, y así la aceptó don Felipe. Tampoco tuvo que implorar la señora de la casa que su marido fuese fiel a los principios humanistas de su juventud. Se impuso Cósima y empezó a ir a misa primero con la niña mulata y un misal detenido entre ambas manos; luego, con tres hijas más y el misal en una sola mano, orgullosa de su maternidad de a cuatro, indiferente a murmullos, asombros o maledicencias, aunque las malas lenguas dijeran que el Guapo de Papantla era el verdadero padre, con la dificultad de que el bandido era criollo, doña Cósima alemana y María de la O, en ese caso, sólo explicable como saltapatrás o tentenelaire.
       Siete años mayor que la mayor de sus hermanas, Hilda; ocho más que Virginia y diez que Leticia, María de la O era una niña mulata de facciones graciosas, sonrisa pronta y andar erecto: Cósima la había recibido agachadita, encojidita, le dijo, como un animalito apaleado y arrinconado, con unos ojos negros llenos de visiones más negras aún y, ni tarde ni perezosa, la madre por voluntad y razón, Cósima Reiter de Kelsen, la enseñó a María de la O a caminar derechita, llegando a obligarla:
       —Ponte ese diccionario en la cabeza y camina hasta mí sin que se te caiga. Cuidadito.
       La enseñó a usar los cubiertos, a asearse, la vistió con los vestidos blancos más lindos y almidonados para que contrastara dramáticamente su piel morena. Le impuso un moño de seda blanca sobre la cabellera que no era crespa como la de la madre, sino lacia como la de Philip su padre.
       —A ti sí que te llevaría de regreso a Alemania —decía ufana Cósima. —Tú sí que llamarías la atención.
       Fue a la iglesia y le dijo al padre Morales, voy a tener un bebé y luego por lo menos dos más.
       —No quiero que ninguno de mis hijos se avergüence de su hermana. Quiero que los Kelsen por nacer lleguen al mundo y se encuentren con una Kelsen distinta pero mejor que ellos.
       Posó una mano sobre el moño de María de la O.
       —Bautícela, confírmela, échele encima todas las bendiciones y por amor de Dios, rece por su honestidad.
       Dudó un instante y regresó. —Que no nos salga puta.
       Lo bueno fue que el párroco veracruzano don Jesús Morales era un bonachón pero no un paniaguado y todo en él —públicamente sus sermones, privadamente sus tertulias, secretamente sus confesiones— protegía y exaltaba la conducta cristiana de la, por demás, muy convertida al catolicismo romano doña Cósima Reiter von Kelsen.
       —Señoras, no me arruinen los triunfos de la fe ni los de la caridad. Todas en orden, qué chingaos.
       El cura Jesús Morales amaba a su grey. El cura sustituto Elzevir Almonte quiso reformarla. Los dedos que le faltaban a la abuela Cósima le sobraban al nuevo párroco y los usaba para amonestar, fustigar, condenar… Sus sermones traían al trópico un aire de altiplano, enrarecido, sofocante, intolerable e intolerante. La gente comenzó a contar las prohibiciones lanzadas desde el púlpito por el oscuro y juvenil cura Almonte: basta de camisolas sueltas que muestran las formas femeninas, sobre todo cuando llueve y se empapan; en consecuencia, ropa interior modesta y paraguas de rigor; basta de ordinarieces y leperadas veracruzanas; aunque no soy edil ni justicia, dictamino que quien diga malas palabras no recibirá en su boca sacrílega el santo cuerpo del salvador, eso sí que lo puedo hacer; se acabaron las serenatas, pretexto para excitaciones nocturnas y estorbo para el reposo cristiano; se cierran los burdeles, se cierran las cantinas y moralmente se ordena un toque de queda a las nueve de la noche, lo refrende o no la autoridad, que sí lo refrendará, cómo no, sí señor; se dice de ahora en adelante con las que camino, no se dice «piernas», se dice con las que me siento, no…
       Todo esto lo proclamó el nuevo cura poblano con su elaborado juego de manos, ridículo e insolente, como si quisiera darle forma escultórica en el aire a sus prohibiciones tajantes. Los burdeles se mudaron a Santiago Tuxtla, las cantinas a San Andrés, los arpistas y guitarristas se largaron a Boca del Río y en medio de la desolación caída como una plaga sobre los comerciantes del lugar el padre Almonte colmó la copa con sus procedimientos de confesión.
       —Niña, ¿te miras desnuda al espejo?
       Felipe no le reprochó su nueva fe a Cósima. Sólo la miró de frente, cada vez que regresaba de misa los domingos y ella por primera vez bajaba la altanera cabeza.
       —¿Te tocas en secreto, niña?
       Laura se miró desnuda al espejo y no se asombró de ver lo que siempre había visto: creía que el cura había sembrado en su cuerpo algo insólito, una flor en el ombligo o una araña entre sus piernas, como la tenían sus tías cuando se bañaban en una orilla solitaria del río a la que dejaron de asistir apenas comenzó el cura Almonte a sembrar sospechas por todas partes.
       —¿Te gustaría ver el sexo de tu padre, niñita?
       Para ver si pasaba algo, Laura repitió ante el espejo los extraños movimientos y las palabras, más extraordinarias aún, del señor cura. Mimó asimismo la voz, engolándola aún más, del sacerdote:
       —Una mujer es un templo construido sobre un albañal.
       —¿Has visto desnudo a tu padre?
       A su padre, Fernando Díaz, Laura no lo veía casi nunca, ni vestido ni desnudo. Era contador de un banco, vivía en Veracruz con un hijo de dieciséis años, fruto de su anterior matrimonio, y cuando su primera mujer, Elisa Obregón, murió en el parto, Fernando se enamoró de la jovencita Leticia Kelsen durante una excursión a las fiestas de Tlacotalpan, ella se enamoró del extraño pájaro porteño, vestido siempre con saco, chaleco, corbata y fistol y la única concesión al calor, un carrete de paja, lo que los ingleses llamaban un straw boater, anotó la tía Virginia, encontrando eco en el anglófilo pretendiente de su hermana. Los abuelos Kelsen, casados por correspondencia, no impidieron un love match como lo llamó, con insistencia, el señor Díaz, hombre de lecturas e influencias inglesas, que al cabo le parecieron saludables a Felipe Kelsen para continuar borrando la influencia germana. El arreglo de vivir separados lo aceptó la propia Leticia y cuando vino al mundo Laurita, Felipe, abuelo, se congratuló cabalmente de que su hija y su nieta viviesen a su amparo en el campo y no lejos, en el puerto ruidoso y, acaso, tan pecaminoso —le dijo a Cósima— como decían las malas lenguas. Ella lo miró con ironía. Pueblo chico…
       A su nueva familia (Leticia primero y, cuando llegó, a los nueve meses justos, Laurita), Fernando Díaz le había pedido una cosa.
       —No puedo darles aún lo que ustedes se merecen. Vivan bien en casa de don Felipe. En Catemaco, yo nunca pasaría de contador. En Veracruz, puedo ascender y entonces las mandaré traer. De tu padre, no quiero recibir limosnas, ni compasión de tus hermanas. No soy un arrimado.
       Incómoda y arrimada fue en verdad la situación inicial de la joven pareja en casa de los Kelsen en Catemaco y todo el mundo suspiró de alivio cuando Fernando Díaz tomó su decisión.
       —¿Por qué nunca viene a vernos tu hijo Santiago? —le preguntaron las hermanas solteras.
       —Estudia —contestaba secamente Fernando.
       Laura Díaz ardía por saber más, cómo se conocieron sus padres, cómo se casaron, quién era ese misterioso medio hermano mayor que él sí tenía derecho a vivir con su padre en el puerto. ¿Cuándo se reunirían todos? Con razón era tan hacendosa su madre, como si se ocupara de dos casas a la vez, la de su padre presente y la de su marido ausente, como si cocinara para los que estaban allí y también para los que no… Era cierto. La soledad de madre e hija se extendía cada vez más a toda la casa, a las tres hermanas solteras. Hilda tocando el piano, Virginia escribiendo y leyendo, María de la O tejiendo chales de lana para los fríos cuando azotaba el viento del norte…
       —No nos casaremos, Leticia, hasta que te reúnas con tu marido, como debe ser —decían, casi a coro, Hilda y Virginia.
       —Lo hace por ti y por la niña. Ya no tarda, estoy segura —añadía María de la O.
       —Pues que se apure, o las tres nos vamos a morir solteras —reía, solitaria, Virginia—. Que lo sepa el buen señor. Mein Herr!
       Pero la verdadera soledad la encarnaba la abuela doña Cósima.
       —Ya hice todo lo que tenía que hacer en la vida, Felipe. Ahora respeta mi silencio.
       —Y tus recuerdos ¿qué?
       —Ni uno solo me pertenece. Todos los comparto contigo. Todos.
       —No te preocupes. Lo sé.
       —Entonces cuídalos bien y no me pidas más palabras. Todas te las entregué ya.
       Esto lo dijo doña Cósima ese mismo año de 1905 en que todo se precipitó.
       Zandungueros, dicharacheros y bullangueros, los lugareños también podían ser (cuando los visitaba el santo) muy devotos, tanto como lo sabía el cura Morales y lo ignoraba el cura Almonte. Más que los ricos y riquillos de la comarca, eran los pobres, los sembradores y recolectores, los tejedores de redes, los pescadores y remeros, los albañiles y todas sus mujeres, los que le hacían las mejores ofrendas a la iglesia.
       Don Felipe y otros cafetaleros de la región regalaban dinero o costales de alimentos; los más pobres, secretamente, llevaban joyas, piezas antiguas heredadas durante siglos y ofrecidas para agradecer bondad propia o desgracia ajena, ambas consideradas milagrosas, a Dios Nuestro Señor. Collares de ónix, peinetas de plata, brazaletes de oro, esmeraldas sin montar: pedrería lujosa sacada quién sabe de qué escondite, desván, morral o cueva; de qué piso de terraplén protegido por petates, de qué mina secreta.
       Todo se fue acumulando celosamente, pues el padre Morales era escrupuloso en conservar para su grey lo que de ella era y vender en Veracruz una pieza valiosa sólo cuando sabía que necesitaba dinero la misma familia que, por principio de cuentas, le ofreció la joya al Cristo Negro de Otatitlán.
       Como en todos los pueblos de la costa del Golfo, los santos eran celebrados con bailes sobre un tablado para que se oyera mejor el zapateado. El aire se llenaba de arpa, vihuela, violín y guitarra. Sucedió entonces, lo recuerdan todos en el año cinco, que el día de la fiesta del Santo Niño de Zongolica, el señor cura Elzevir Almonte no apareció, y yendo a buscarlo el sacristán a la iglesia, no halló ni párroco ni tesoro. El arca de las ofrendas estaba vacía y el cura poblano desaparecido.
       —Con razón decía, «Puebla, semillero de santos; Veracruz, pila de pillos».
       Fue el único comentario, irónico y suficiente, del señor don Felipe Kelsen. El pueblo fue más duro y de cabroncete y bandido no bajó al huidizo cura. Las cuatro hijas Kelsen no se inmutaron; la vida volvería a la normalidad sin el cura ratero, las cantinas y los burdeles volverían a operar, las serenatas se dejarían escuchar en medianoches tranquilas, los que se fueron regresarían… En cambio, a partir de ese día, declinó la ensimismada abuela Cósima Reiter, como si hubiera desperdiciado la vida en una fe que no la merecía y el amor (insistieron las malas lenguas) en un hombre honorable en vez de un bandido romántico.
       —Laurita, niña —le dijo ya enferma, una vez, como si no quisiera que el secreto se perdiese para siempre—. Vieras qué hombre tan guapo, vieras qué brío, qué arresto…
       No le dijo niña, déjate tentar siempre, no te asustes, no te amilanes, nada sucede dos veces, ni añadió a la gallardía y el brío, la tentación, porque era una señora decente y una abuela ejemplar, pero Laura Díaz, para siempre, guardó en el corazón esas palabras, esa lección que le entregó su abuela. No lo dejes pasar, niña, no lo dejes…
       —Nada se repite…
       Laura la niña se miró al espejo no para ver allí las tentaciones del odioso cura Almonte (que a ella, quién sabe por qué, nomás le daban risa) sino para descubrir, en su propia imagen, un rejuvenecer, o al menos una herencia, de su abuelita enferma. Nariz demasiado grande, se dijo desanimada, blandas facciones de postre, ojos chispeantes sin seducción que no fuese la muy simplona de tener siete años. Más personalidad tenía la muñeca china Li Po que su pequeña ama mofletuda y saltarina, sin pasión besable, sin ardor abrazable, sin…
       El día que enterraron a su madre, las cuatro muchachas Kelsen —tres solteras y una casada, pero para el caso…— se vistieron de negro pero Leticia la madre de Laura vio pasar sobre la tumba abierta, casi como si escapara de su propio entierro, un ave maravillosa y exclamó, ¡miren!, ¡un cuervo blanco!
       Las demás miraron pero Laura, como si obedeciera una orden de su abuela muerta, salió corriendo, siguiendo al pájaro blanco, sintiendo que ella misma podía volar, como si el cuervo albino la convocara, sígueme, niña, vuela conmigo, quiero enseñarte algo…
       Es el día en que la niña se dio cuenta de dónde estaba, de dónde venía, como si la abuela, al morir, le hubiese dado alas para volver a la selva, jugueteando, sabia, sin llamar la atención, saltando como siempre, provocando suspiros en el grupo familiar que la vio alejarse, es muy niña, los niños qué saben de la muerte, no conoció a la abuela Cósima en su esplendor, no lo hace por mala…
       Siguió al cuervo blanco más allá de los límites conocidos, reconociendo y amando desde entonces, para siempre, todo lo que veía y tocaba, como si este día de la muerte le hubiese sido reservado para saber algo irrepetible, algo que era sólo para ella y sólo para la edad que en ese instante tenía Laura Díaz, nacida un doce de mayo de 1898 cuando la virgen salió vestida de blanco con su paletó…
       Reconoció y amó desde entonces, para siempre, las higueras, el tulipán de Indias, el lirio chino cuyas varitas, cada una, florecen tres veces al año: reconoció lo que ya sabía pero había olvidado, el lirio rojo, el palo rojo, la copa redonda del árbol del mango; reconoció lo que nunca había sabido y creía, ahora, recordar en vez de descubrir, la perfecta simetría de la araucaria, que en cada brote de cada una de sus ramas engendra enseguida su doble inmediato; el trueno de flor amarilla menuda, maravilloso árbol que lo mismo resiste el huracán o la sequía.
       Iba a gritar de espanto pero se tragó el susto y lo convirtió en asombro. Se topó con un gigante. Tembló Laurita, cerró los ojos, tocó al gigante, era de piedra, era enorme, sobresalía en medio de la selva, más plantado en ella que el árbol del pan o las raíces mismas del laurel invasor que todo lo devora —drenajes, terrenos, cultivos.
       Cubierta de lama, una gigantesca figura femenina miraba a la eternidad, aderezada con cinturones de caracol y serpiente, tocada con una corona teñida de verde por la selva mimética. Adornada de collares y anillos y aretes de brazos, nariz, orejas…
       Laurita corrió de regreso, sin aliento, primero ansiosa de contar su descubrimiento, esa señora de la selva era la que le regalaba sus joyas a los pobres, esa estatua perdida era la protectora de los bienes del cielo robados por el antipático cura Almonte —císcalo, císcalo— y ella, Laura Díaz, ya conocía el secreto de la selva; y al saberlo, supo que a nadie se lo podía contar, no ahora, no a ellos.
       Dejó de correr. Regresó despacio a la casa por el camino de colinas ondulantes y suaves laderas sembradas de café. En el patio de la casa, el abuelo Felipe le iba diciendo a sus administradores que no había más remedio que cortar las ramas del laurel, nos están invadiendo, como si se moviesen, los laureles se están comiendo el drenaje, van a devorarse la casa misma, hay nubes de tordos que se juntan aquí nomás en la ceiba fuera de la casa llenando de suciedad la entrada, no puede ser; además, viene la época en que los cafetales se cubren de telarañas.
       —Va a haber que tumbar algunos árboles.
       Suspiró la tía Virginia que había ocupado con naturalidad la mecedora de su madre, sin ser la primogénita.
       —Nomás los oigo —les dijo a sus hermanas—. No se dan cuenta que no hay nadie vivo que tenga la edad de un árbol…
       A ellas Laura no quería contarles nada, sólo al abuelo porque lo vio preocupado y quiso entretenerlo. Lo tiró de la levita negra, abuelo, hay una señora enorme en la selva, tienes que verla, niña, ¿de qué hablas?, yo te llevo, abuelo, si no nadie me va a creer, ven, si tú vienes no le tengo miedo, le doy un abrazo.
       Imaginó: la abrazo y le devuelvo la vida, eso dicen los cuentos que me contaba mi abuelita, basta abrazar a una estatua para regalarle vida.
       Se acusó: qué poco duró su resolución de guardarse el secreto de la gran señora de la selva.
       El abuelo la tomó de la mano y sonrió, no debía sonreír en día luctuoso, pero esta linda niña con su cabellera larga y lacia y facciones cada vez más definidas, dejando atrás los mofletes, adivinada por el abuelo ese día, antes de que Laura lo viese en ningún espejo o lo soñase siquiera, como iba a ser de grande, con sus piernas y brazos muy largos y la nariz pronunciada y los labios más delgados que los de las demás niñas de sus años (labios como los de la tía escritora Virginia), esta niña era la vida vuelta a nacer, Cósima de regreso, una vida continuada en otra y él como guardián, albacea de un alma que requería el recuerdo amoroso de una pareja, Cósima y Felipe, para prolongarse y encontrar nuevo impulso en la vida de una niña, de esta niña, se dijo el viejo con emoción —¡tenía sesenta y seis años; Cósima cincuenta y siete años al morir!— y Laurita llegó al claro de la selva.
       —Aquí está la estatua, abuelo.
       Don Felipe rio.
       —Es una ceiba, niña. Ten cuidado. Mira qué árbol más bonito pero más peligroso. ¿Te das cuenta? Está tachonado de clavos, nada más que no son clavos, sino espinas puntiagudas como puñales que la ceiba genera para su propia protección, ¿no ves?, le salen espadas al cuerpo de la ceiba, el árbol se arma para que nadie se le acerque, para que nadie pueda abrazarlo —sonrió el abuelo—. ¡Qué ceiba más mala!
       Luego vinieron las malas noticias, hubo una huelga de mineros en Cananea, otra en la fábrica textil de Río Blanco, aquí mismo en el estado de Veracruz, los cadáveres de los huelguistas reprimidos por el ejército federal pasaron de Orizaba al mar en furgones abiertos, para que todo el mundo los pudiera ver y escarmentara.
       —¿Crees que se cae don Porfirio?
       —Qué va. Esto demuestra que tiene la misma energía de siempre, aunque vaya a cumplir los ochenta.
       —Patrón, va a ser necesario cortar los chalacahuites.
       —Qué pena cortar un árbol que le da sombra al café.
       —Sí, cuando el café tiene buen precio. Ahora los precios andan muy caídos. Más vale cortar los árboles y venderlos como madera.
       —Ya estaría de Dios. Volverán a crecer.




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