Carlos Fuentes
(Ciudad de Panamá, 1928 - México D.F., 2012)

La silla del águila (2003)
(Madrid: Alfaguara, 2003, 376 pp.)


“Hemos vivido con los ojos pelones sin saber qué hacer con la democracia. De los
aztecas al PRI, con esa pelota nunca hemos jugado aquí”

“Te ponen en el pecho la banda tricolor, te sientas en la Silla del Águila y ¡vámonos!
Es como si te hubieras subido a la montaña rusa, te sueltan... y haces una mueca que
se: vuelve tú máscara... la Silla del Águila, es nada más y nada menos que un asiento
en la montaña rusa que llamamos La República Mexicana.”


A los compañeros de la Generación “Medio Siglo” Facultad de Derecho de la UNAM
La esperanza de un México mejor…


1

      María del Rosario Galván a Nicolás Valdivia
       Vas a pensar mal de mí. Dirás que soy una mujer caprichosa. Y tendrás razón. Pero, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana las cosas cambiarían tan radicalmente? Ayer, al conocerte, te dije que en política no hay que dejar nada por escrito. Hoy, no tengo otra manera de comunicarme contigo. Eso te dará una idea de la urgencia de la situación...
       Me dirás que tu interés en mí —el interés que me mostraste tan pronto nos miramos en la antesala del secretario de Gobernación— no es político. Es amoroso, es atracción física, incluso es simpatía humana pura y simple. Debes saber cuanto antes, Nicolás querido, que para mí todo es política, incluso el sexo. Puede chocarte esta voracidad profesional. No hay remedio. Tengo cuarenta y cinco años y desde los veintidós he organizado mi vida con un solo propósito: ser política, hacer política, comer política, soñar política, gozar y sufrir política. Es mi naturaleza. Es mi vocación. No creas que por eso dejo de lado mi gusto femenino, mi placer sexual, mi deseo de acostarme con un hombre joven y bello —como tú...
       Simplemente, considero que la política es la actuación pública de pasiones privadas. Incluyendo, sobre todo, acaso, la pasión amorosa. Pero las pasiones son formas arbitrarias de la conducta y la política es una disciplina. Amamos con la máxima libertad que nos es concedida por un universo multitudinario, incierto, azaroso y necesario a la vez, a la caza del poder, compitiendo por una parcela de autoridad.
       ¿Crees que es igual en amor? Te equivocas. El amor posee una fuerza sin límites que se llama la imaginación. Encarcelado en el castillo de Ulúa, sigues teniendo la libertad del deseo, eres dueño de tu imaginación erótica. En cambio, ¡qué poco te sirve en política desear e imaginar sin poder!
       El poder es mi naturaleza, te lo repito. El poder es mi vocación. Es lo primero que quiero advertirte. Tú eres un muchacho de treinta y cuatro años. En seguida me atrajo tu belleza física. Te diría, para no envanecerte, que no abundan los hombres deseables y guapos en la antesala de mi amigo el señor secretario de Gobernación don Bernal Herrera. Las bellas mujeres también brillan por su ausencia. Mi amigo el señor secretario apuesta a su fama de asceta. Las mariposas no acuden a su arboleda. Más bien, los escorpiones de la traición anidan bajo sus alfombras y las abejas de la ambición acuden a su panal.
       La fama de don Bernal Herrera, ¿es merecida o inmerecida? Ya lo averiguarás. Una tarde helada de principios de enero, sin embargo, cruzan miradas en la antesala del secretario en el viejo Palacio de Cobián una mujer aún apetecible —tu mirada lo dice todo de casi cincuenta años y un bello joven, igualmente deseable, que apenas rebasa la treintena. La chispa se enciende, querido Nicolás, las hormonas se remueven, los jugos vitales corren rápidos.
       Y el placer se aplaza. Se aplaza, joven amigo.
       Lo admito todo. Tienes la estatura que me gusta. Ya viste que yo misma soy alta y no me complace mirar ni hacia arriba ni hacia abajo, sino directo a los ojos de mis hombres. Los tuyos están al nivel de los míos y son tan claros —verdes, grises, mutantes como los míos son de una negrura inmóvil, aunque mi piel es más blanca que la tuya. No creas que en un país mestizo, racista, acomplejado por el color de la piel (aunque jamás lo admita) como México, ello me ayuda. Al contrario, me atrae ese vicio nacional, el resentimiento, que es rey mezquino con su corte de enanos envidiosos. Al mismo tiempo, mi apariencia física me otorga la superioridad indecible, el homenaje implícito que le rendimos a la raza del conquistador.
       Tú, mi amor, tienes la ventaja de la verdadera belleza mestiza. Esa piel dorada, canela, que tan bien le va al mexicano de facciones finas, perfil recto, labios delgados y cabellera lánguida. Observé cómo jugaban las luces en tu cabeza, dándole vida propia a una hermosura varonil que muchas veces, ay, sólo esconde un inmenso vacío mental. Me bastó hablar contigo unos minutos para darme cuenta de que eras tan bello por fuera como inteligente por dentro. Y para colmo tienes la barba partida.
       Te seré franca: también estás muy verde, también eres muy ingenuo. Muy ciruelo, como dicen en mi tierra. Mírate nada más. Conoces todas las palabras talismán. Democracia, patriotismo, régimen de derecho, separación de poderes, sociedad civil, renovación moral. Lo peligroso es que crees en ellas. Lo malo es que las dices con convicción. Mi tierno, adorable Nicolás Valdivia. Has entrado a la selva y quieres matar leones sin antes cargar la escopeta. Me lo dijo el secretario Herrera después de hablar contigo:
       —Este chico es sumamente inteligente, pero piensa en voz alta. Aún no aprende a ensayar primero lo que va a decir más tarde. Dicen que escribe bien. He leído sus columnas en los periódicos. Aún no sabe que entre el periodista y el funcionario sólo puede haber un diálogo de sordos. No porque yo, Secretario de Estado, no lea al comentarista y me sienta halagado, indiferente u ofendido por sus palabras, sino porque, para el político mexicano, es regla de oro no dejar nada por escrito y mucho menos comentar las opiniones que se vierten sobre uno.
       ¡Deja que me ría!
       Hoy, no nos queda más remedio que escribirnos cartas. Todas las demás formas de comunicación se han cortado. Claro, nos queda el recurso de la conversación privada. Para eso, hay que perder un tiempo considerable en darse citas e ir de un lugar a otro, sin saber de verdad si lo único que aún funciona es el micrófono escondido donde menos lo pienses. En todo caso, lo primero se presta a una indeseada intimidad. Lo segundo, a los más temibles accidentes de la circulación. Y no hay más triste definición de la vida que la de ser un mero accidente de la circulación.
       Querido Nicolás, yo desafío al mundo. Yo voy a escribir cartas. Yo me voy a exponer al peor peligro de la política polaca: dejar constancia por escrito. ¿Estoy loca? No. Simplemente, confío tanto en mi poder de convocatoria que lo asimilo a mi poder mimético. Cuando la clase política de este país sepa que María del Rosario Galván se comunica por escrito, todos me imitarán. Nadie querrá ser menos que yo. ¡Mira nomás qué macha es María del Rosario! ¿Seré yo menos que ella?
       Me estoy riendo, mi joven y bello amigo. Verás cómo mi ejemplo cunde porque mi valentía sienta jurisprudencia. ¡Qué gracia! Ayer, en Bucareli, te digo:
       —No escribas nunca, Nicolás. Un político no debe dejar huella de sus indiscreciones, que eliminan la confianza, ni de su talento, que alimenta la envidia.
       Pero hoy, tras la catástrofe de esta mañana, ya lo ves, tengo que desdecirme, traicionar mi pequeña filosofía de toda la vida y pedirte:
       —Escríbeme, Nicolás... Estás ante una mujer apostadora. Por algo nací en Aguascalientes durante la Feria de San Marcos. Mis primeros vahídos se confundieron con relinchos de caballo, cantos de gallo, navajazos de palenque, barajar de naipes, sones de guitarrón, falsete de cantadoras, trompetas de mariachis y gritos de "¡Cierren las puertas!"
       No van más apuestas. Les jeux sont faits. Ya ves, ayer le aposté toda mi confianza al silencio. Tenía presente la manera como lo escrito en secreto se vuelve públicamente contra nosotros un día. Recordaba la fascinación psicótica del Presidente Richard Nixon por dejar grabadas todas sus intrigas e infamias en el más soez lenguaje imaginable en un cuáquero. Te lo digo a boca de jarro: todo político tiene que ser hipócrita. Para ascender, todo se vale. Pero hay que ser no sólo falso, sino astuto. Todo político asciende con una cauda de desgracias amarradas, como latas de CocaCola a la cola de un gato a la vez rebelde y espantado... El gran político es el que llega alto despojándose de amarguras, rencores y malos ratos. El puritano como Nixon es el político más peligroso para los demás y para sí mismo. Cree que todo el mundo tiene que soportarlo porque él viene de muy abajo. Su humildad cabizbaja alimenta su insolente soberbia. Eso es lo que perdió a Nixon: la nostalgia del fango, la desesperada vocación de regresar al albañal de la nada para purgarse del mal, sin darse cuenta de que sólo volvía a bañarse en el lodo de sus orígenes, al precio de recobrar, lo admito, la ambición de salir del hoyo y ascender de nuevo.
       La nostalgie de la boue, dicen los franceses (y entre paréntesis, esa es otra cosa que me encantó de ti, que seas francófono, que hayas estudiado en la École Nationale d'Administration de París, que estés a tono con los que abandonamos el inglés por haberse convertido en lingua franca, devolviéndole al francés el prestigio de la comunicación casi elitista, secreta, entre políticos ilustrados).
       Nixon en los USA, Díaz Ordaz en México, Berlusconi en Italia, acaso Hitler en Alemania, Stalin en Rusia, aunque estos dos últimos conviertan el mal en grandeza y aquellos lo revierten a la miseria... Estudia estos casos, querido Nicolás. Conoce los extremos si deseas ubicarte en el virtuoso medio, amor mío.
       Bueno, recuerdo la fascinación psicótica del Presidente Nixon por dejar grabadas todas sus intrigas e infamias, salpicadas de vocablos indecentes, a veces propios de un chiquillo enojado con el mundo, a veces dignas de un endurecido criminal callejero. ¿Y qué decir de nuestros caciquillos tropicales, que filman sus peores hazañas y se deleitan comprobando el horror impune de sus asesinatos? Qué temblor casi erótico deben sentir cuando ven caer sangrando a un puñado de campesinos inermes balaceados por la tropa del señor gobernador.
       México está teñido de ríos ensangrentados y cavado de barrancas fúnebres y sembrado de cadáveres insepultos. Ahora que debutas en política, mi bello, deseable amigo, jamás pierdas de vista el desolado panorama de la injusticia que es la sagrada escritura de nuestras tierras latinoamericanas. El secreto priva, es cierto, pero basta una revelación para convertir la ufana impunidad de un gobernador o un Presidente en vergüenza colectiva que el cinismo del poderoso no alcanza a someter.
       Nada me preparaba para un giro tan radical como el que hoy nos da la bienvenida al Año Nuevo. Si no funcionan los sistemas de comunicación, si no hay teléfono, ni fax, ni e-mail, ni siquiera el humilde telégrafo de antaño, vaya, ni palomas mensajeras (envenenadas todas como por arte de brujería) y sólo nos quedan las señales de humo de los indios tarahumaras agitando sus cobijas de colores, y todo esto sucede no por el cambio de milenio como entonces se esperaba, el paso del calendario dominado por el 1900 al instalado en el 2000, sino por este extraño seudocapicúa del año que vivimos, te confieso que mi vida cambia más allá de mis fuerzas hundiéndome en un estupor del cual, como siempre, saco fuerzas para decirme:
       —María del Rosario, presta atención a tu amigo Xavier Zaragoza, el llamado "Séneca", el consejero áulico del señor Presidente Lorenzo Terán, cuando dice que, en ausencia de todos los oropeles y parafernalias de este mundo traidor, el as de la baraja, la carta escondida en la manga, bien puede ser la que todos desprecian como ilusoria y poco práctica: la figura noble que con su dignidad redime la abyección de todos los demás. El hombre puro que quizá salve al sistema.
       Ese hombre, ¿eres tú, Nicolás Valdivia? ¿Tan equivocada estoy cuando lo pienso? ¿Tan débil se me ha vuelto mi reputada intuición? ¿Tan afásica me ha vuelto la política cotidiana que la mitad de mi cerebro —la mitad moral— ya no funciona? ¿O es que tú, mi bello amigo, eres quien la revive? ¿Milagrosamente?
       Bueno, de manera que si la regla de la discreción se vuelve imposible, quizá las de la hipocresía, la corrupción y la mentira se desvanezcan con ella. De tal manera, te digo, que haré virtud de necesidad y me entregaré, con absoluta imprudencia, a la indiscreción.
       Esta carta que te escribo, Nicolás Valdivia, es prueba de ello. Ya no hay otra manera de comunicarse, salvo la verbal, la presencia inmediata que es demasiado peligrosa, o la mediata, menos arriesgada pero al cabo la única que nos queda. La cuestión, mi muy deseado galán, es saber cuál de las dos maneras —la escrita o la oral— es la que, fatalmente, apresurará lo que ambos deseamos, sólo que a ritmos diferentes. El camino a mi lecho no está despejado, mi querido Nicolás. Hay mil puertas que deberás abrir antes de llegar a él. Es casi como en un cuento oriental, ¿recuerdas? Te pondré a prueba día con día. La recompensa depende de ti. Sé que te bastaría mi cariño carnal para sentirte satisfecho. Yo admito que deseo tu cuerpo, pero aún más tu éxito. El sexo puede ser inmediato y luego quedarse en un triste e insatisfactorio quickie.
       En cambio, la fortuna política es un largo orgasmo, querido. El éxito tiene que ser mediato y lento en llegar para ser duradero. Un largo orgasmo, querido. Ve abriendo las puertas, mi niño, una a una. El último umbral es el de mi recámara. El último candado es el de mi cuerpo.
       Nicolás Valdivia: yo seré tuya cuando tú seas Presidente de México.
       Y te lo aseguro: yo te haré Presidente de México. Por esta cruz de mis dedos te lo juro. Por la santísima Virgen de Guadalupe, te lo prometo con santidad, mi amor.


2

       Xavier Zaragoza “Séneca” a María del Rosario Galván
       No pretendo que me hagan caso. Un “consejero áulico“ cumple con su deber aconsejando con buena voluntad —no basta— y buena información —no se nos da—. Si logro sobrevivir esta desgracia será, precisamente, porque en esta ocasión el señor Presidente, desgraciadamente, sí me hizo caso.
       Como es mi costumbre, dilecta amiga, invoqué los principios, que para eso tengo la oreja del Presidente. Soy el Pepito Grillo de su conciencia. Saco del armario mi colección de principios éticos. Acaso mi esperanza secreta, María del Rosario, es que mi conciencia quede a salvo aunque la realpolitik se vaya por el lado del pragmatismo. La realpolitik, sabes, es el culo por donde se expele lo que se come —caviar o nopalito, pato á l’orange o taco de nenepil—. Los principios, en cambio, son la cabeza sin ano. Los principios no van al excusado. La realpolitik atasca los inodoros del mundo y en el mundo del poder tal como es, no tienes más remedio que rendirle tributo a la madre naturaleza.
       Pero hoy, por una vez, vencieron los principios. El Presidente decidió, quizá como regalo de Año Nuevo 2020 a una población ansiosa, más que de buenas noticias, de satisfacciones morales, que pediría en su Mensaje al Congreso el abandono de Colombia por las fuerzas de ocupación norteamericanas y, de pilón, prohibir la exportación de petróleo mexicano a los Estados Unidos, a menos que Washington nos pague el precio demandado por la OPEP. Para colmo, anunciamos estas decisiones en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. La respuesta, ya lo viste, no se hizo esperar. Amanecimos el 2 de enero con nuestro petróleo, nuestro gas, nuestros principios, pero incomunicados del mundo. Los Estados Unidos, alegando una falla del satélite de comunicaciones que amablemente nos conceden, nos han dejado sin fax, sin e-mail, sin red y hasta sin teléfonos. Estamos reducidos al mensaje oral o al género epistolar como lo comprueba esta carta que te escribo con ganas de comerla y tragarla—, ¿por qué demonios me hizo caso el señor Presidente y puso los principios por encima de la cabrona realidad? Ahora me doy de cabezazos contra el muro y me digo:
       —Séneca, ¿quién te manda ser hombre de principios?
       —Séneca, ¿qué te cuesta ser un poquito más pragmático?
       —Séneca, ¿por qué vas en contra de la mayoría del gabinete presidencial?
       Pues aquí me tienes, mi querida María del Rosario, aquí tienes a Séneca el cabezón dándose de cabezazos contra la pared de la República —nuestro eterno muro de las lamentaciones mexicanas.
       Menos mal, querida amiga, que el muro no es de piedra. Está acolchado, como en los manicomios, que es donde debería estar tu amigo Xavier Zaragoza, bien llamado “Séneca”: por excelentes y pésimas razones. Natural de Córdoba, el filósofo del estoicismo (aprende si no lo sabes y aguanta con paciencia si ya lo sabes pero aún me quieres), acabó suicidándose en la corte de Nerón. Sus principios no se avenían con la práctica imperial. En cambio, hasta el día de hoy “Séneca“, en su nativo solar andaluz, significa “sabio”, “filósofo”.
       ¿Cuál crees que sea mi destino en la corte presidencial de México, querida María del Rosario? ¿La vida del encanto o la muerte del desencanto? Pues mira que tenemos motivos de desaliento en nuestro país al debutar este año del Señor del 2020 —comunicaciones cortadas, aislamiento mundial, alzamientos aquí y allá, alarmas de fractura social y geográfica... y un Presidente bueno, bien intencionado, débil... y pasivo.
       No me culpes de nada, María del Rosario. Tú sabes que mis consejos son sinceros y a veces hasta brutales. Nadie le habla a nuestro Presidente con la franqueza que tú me conoces. Creo apasionadamente que el país necesita por lo menos una voz desinteresada cerca del oído del Presidente Lorenzo Terán. Tal es nuestro acuerdo, querida amiga, el tuyo y el mío. Yo estoy para decir:
       —Señor Presidente, usted sabe que yo soy su amigo totalmente desinteresado.
       Lo cual no es totalmente cierto. Mi interés es que el Presidente se sacuda la fama de abúlico que en sus casi tres años de gobierno se ha venido creando, falazmente convencido, como lo está, de que los problemas se resuelven solos, de que un gobierno entrometido acaba creando más problemas de los que resuelve y de que la sociedad civil debe ser la primera en actuar. Para él, el gobierno es la última instancia. Ahora habrá que darle la razón. Quién sabe qué bicho le picó para iniciar el Año Nuevo invocando principios de soberanía y no intervención, en vez de dejar que los frutos se desprendieran del árbol, así cayesen descompuestos. ¿Qué nos va ni nos viene Colombia? ¿Y por qué no atender a que el trabajo sucio del mercado del petróleo lo hagan, como siempre, Venezuela y los árabes, en vez de solidarizarnos con una pandilla de jeques corruptos?
       Siempre hemos sabido beneficiarnos de los conflictos ajenos, sin necesidad de tomar partido. Pero uno nunca sabe por dónde va a salir el tiro de la escopeta cuando se andan dando consejos y a mí, lo admito, esta vez me salió por la culata.
       —Suelte ideas, señor, antes de que se las suelten a usted. A la larga, si usted no tiene ideas, será arrollado por las ideas de los demás.
       —¿Como las tuyas? —me dijo con cara de inocente don Lorenzo.
       —No —tuve la osadía de contestar—. No. Como las de su lambiscón Tácito de la Canal.
       Le pegué al amor propio, ahora me doy cuenta, y acabó haciendo lo contrario de lo que le aconseja su valido, el jefe de Gabinete Tácito de la Canal, que no es un simple lacayo, sino el hombre que inventó el servilismo.
       Un día, querida amiga, te sentarás a explicarme por qué un hombre inteligente, digno, bueno como nuestro Primer Mandatario, tiene a la vera de la Silla del Águila a un siervo adulador como Tácito de la Canal. ¡Basta ver cómo se restriega las manos y las junta humildemente a los labios, con la cabeza inclinada, para ver, con transparencia, que se trata de un vicioso cuya hipocresía sólo es comparable a la ambición que la falta de sinceridad malamente oculta!
       Ve nada más, amiga mía (la más dilecta), qué paradoja: mis buenos consejos acarrean malos resultados y los malos consejos de Tácito nos hubieran evitado los desastres. Y es que me había adormecido, María del Rosario, acostumbrado a dar buenos consejos con la convicción de que, una vez más, no serían atendidos. Mis palabras, lo sé, acarician el ego moral del jefe del Estado y ello basta para que él piense, sólo porque me oyó y se sintió muy “ético“, que le ha pagado su óbolo a los principios y ahora puede actuar con buena conciencia siguiendo los consejos, opuestos a los míos, de Tácito de la Canal.
       Dime si no es como para desesperarse y sentir ganas de arrojar el arpa. ¿Qué me detiene?, me preguntarás. Una vaga esperanza filosófica. Si yo no estoy allí, con todos mis defectos, alguien peor, mucho peor, ocupará mi lugar. Soy el Simón Peres de la casa presidencial. Por graves que sean mis derrotas, al menos puedo dormir tranquilo: aconsejé con honestidad. Si no me hacen caso, no es mi culpa. Demasiadas voces reclaman la atención del poderoso. Pero algún sedimento, un ápice de mi verdad, debe anidar en el ánimo del señor Presidente Terán.
       Sólo que en ocasiones como ésta, querida amiga, pienso que hubiese sido preferible que el Presidente escuchase, no a mí, sino a mis enemigos...




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