José Donoso
(Santiago, Chile, 1924 - Santiago, Chile, 1996)

Casa de campo (1978)
(Barcelona: Seix Barral, 1978)


Para Maria Pilar

Árbol
árbol

Primera parte:
LA PARTIDA

Capítulo Uno:
LA EXCURSIÓN


1

      Los grandes habían hablado muchísimo de que era absolutamente indispensable partir temprano esa mañana, casi al amanecer, si querían llegar a su destino a una hora que justificara el viaje. Pero los niños se guiñaban un ojo al oírlos, sonriendo sin levantar la cabeza de sus torneos de bésigue o de ajedrez que parecían durar todo el verano.
       La noche anterior a la excursión que me propongo usar como eje de esta novela, Wenceslao dejó a su madre roncando con el láudano que tomó para poder dormir después de la efervescencia de los preparativos, y se escabulló de su lecho para ir a acurrucarse junto a Melania. Con la voz atenuada para que los lacayos no los sorprendieran hablando después del toque de queda, le apostó una corona a que sus padres, que se complicaban con todo, serían incapaces de partir antes de las once de la mañana, si es que partían, y que tanta exaltación y preámbulo quedarían convertidos en la insoportable retórica con que acostumbraban encubrir sus fracasos. Melania le tironeó los bucles para castigarlo por este irrespetuoso vaticinio: en la intimidad de las sábanas le hubiera gustado reducirlo al llanto para secarle las lágrimas de sus ojos azules con besos, y sus mejillas de muñeca de loza con su trenza negra.
       Pero como Wenceslao no cejó ni lloró, a la mañana siguiente Melania no le pagó ni media onza de la apuesta al comprobar que el pronóstico del niño se cumplía: sonaron las doce antes de que los grandes terminaran de cerrar la historiada cancela de la reja del parque, y de echar llave a esas ventanillas del patio del mercado por donde Casilda, Colomba y el tío Hermógenes solían atender a los nativos desnudos que llegaban equilibrando cestas de fruta sobre la cabeza, cimbrando sartas de pintadas, cargando fardos de láminas de oro, o transportando, colgado de una pértiga suspendida entre los hombros de dos de ellos, un ciervo o un jabalí cazado en la llanura.
       Desde dentro del recinto definido por la reja los niños observaron cómo el tío Hermógenes, una vez que se hubo cerciorado de que los cerrojos quedaban bien seguros, distribuyó las llaves en sus bolsillos. Y después que las madres les advirtieron a sus hijos por última vez, con un dedo en alto, que fueran comedidos y cuidaran a los menores, ellas, recogiendo los pliegues espléndidos de sus faldas de viaje, y ellos, haciendo fulgurar el charol de sus botas, subieron a los carruajes que iban partiendo unos en pos de otros seguidos de los vehículos repletos con el vociferante ejército de sirvientes encargados de almohadones y alfombras para reposar bajo los árboles, de administrar la compleja utilería destinada a que los señores mataran el tiempo, y del cocaví que los cocineros tardaron semanas en preparar sudando sobre ollas que exhalaban vahos fragantes de trufas y especias.
       Quedaron los treinta y tres primos encerrados en el parque, encaramados en los árboles y asomados a los balcones, agitando pañuelos de despedida mientras los más pequeños mostraban rostros llorosos a través de la empalizada de hierro, observando la cabalgata que al cabo de un rato se perdió entre las gramíneas que ondeaban en el paisaje llano hasta el horizonte.
       —¡Bueno! —exclamó Wenceslao con un suspiro al apearse de la rodilla de Melania cuando los coches desaparecieron en lontananza.
       —Es una suerte que prometieran regresar antes que escurezca —comentó ella intentando asegurarse de esa promesa resultaría infalsificable, y se levantó de la hamaca del balcón desde donde presenciaron la partida.
       Mauro extendió sus piernas en la misma hamaca, observando como su prima aupaba a Wenceslao para sentarlo en la mesita de mimbre y dejarlo a una altura conveniente para peinarle los tirabuzones a l'anglaise, tal como la tía Balbina se lo encomendó. Alzando el índice igual que las mamás, Melania amonestó al niño:
       —No te vayas a mover… —y entró en la casa a calentar la tenaza para rizarlo.
       Entonces, con el propósito de hacer añicos el aire de candor con que Mauro había quedado rascándose el acné de los primeros pelos de su barba, Wenceslao le preguntó:
       —¿No te parece que toda esta despedida tuvo una apariencia ficticia de lo más sospechosa, como la escena final de una ópera?
       —En nuestra vida aquí, todo parece una ópera. ¿De qué te extrañas, entonces?
       —Estoy convencido de que partieron con el propósito de no volver nunca más.
       —¡Qué opinas tú si no eres más que la poupée diabolique!
       —Pregúntale a tu Amada Inmortal qué soy —lo retó Wenceslao para que su primo, hoy agitado pese a sus esfuerzos por simular lo contrario, se revelara—. Ella está bien enterada de todo lo referente a mi sexo.
       —Mientes, Wenceslao. Y ya nadie cree tus mentiras. Lo único cierto es que la tonta de tu madre te viste de niña y así debemos tratarte.
       —¿Quieres ver lo que soy? Mira —y levantándose las faldas se bajó los calzones de encaje, blandiendo una virilidad respetable para un niño de nueve años—. ¿Te gusta?
       —¡Asqueroso! ¡Cúbrete! —exclamó Melania al regresar, probando las tenazas calientes en un trozo de papel que se rizó al chamuscarse—. Somos Ventura, Wenceslao: por lo tanto, nunca debemos olvidar que la apariencia es lo único que no engaña.
       Y como Wenceslao no obedeció su orden, ella misma le levantó los calzones, dándole además un pellizco en el trasero que lo inmovilizó en la mesita donde pudo comenzar a peinarlo. Melania, didáctica, prosiguió:
       —No debes ser tan tonto, Wenceslao. ¿Cómo puedes creer que son capaces de olvidar sus deberes de padres y dejarnos solos para hacerle frente a la noche y a los antropófagos?
       —Queridísima Melania —contestó Wenceslao mientras ella le iba organizando los bucles—, que yo sea tonto es altamente discutible. Lo que en cambio no le parece discutible a nadie es que tú eres, o prefieres parecer, ingenua. Debes ser de los pocos primos en Marulanda que se empecina en seguir confundiendo las convenciones de La Marquesa Salió A Las Cinco con la verdad. Hasta mi buen lugarteniente Amadeo, que es el más pequeño, sabe que sólo en ese juego, cuando tú eres la Amada Inmortal y Mauro el Joven Conde, existen padres solícitos y abnegados.
       —No adhiero a tus teorías —respondió Mauro, pero manteniendo la vista fija en la empalizada de hierro que trazaba el contorno del parque, su rostro se fue ensombreciendo mientras el pequeñuelo, tolerando que su prima lo peinara, agorero continuó:
       —No. No volverán. Si el sitio donde fueron de paseo resulta tan portentoso como esperan, no volverán ni hoy ni mañana ni nunca. ¿Para qué van a volver si llevaron naipes y mandolinas con que divertirse, y redes para cazar mariposas y cañas para pescar? ¿Y cometas de tarlatana adornados con madroños para encumbrar si sopla viento propicio? ¿No se llevaron, acaso, todas las armas, todos los vehículos, todos los caballos de la casa? ¿Y a todos los sirvientes para que conserven alrededor de ellos un muro de comodidad del que no son capaces de prescindir ni durante lo que nos aseguran será una sola tarde de paseo? No, primitos míos: no volverán. La verdad, debo repetirla, es que huyeron porque tienen miedo que los antropófagos asalten esta casa.
       Al oírlo, Melania maldijo la tenaza que se había enfriado en su mano y así no pudo quemarlo en castigo por ser malo, malo por propagar patrañas de antropófagos y toda suerte de desagrados…, quemarlo en la cabeza, como solía hacerlo vengativa cuando lo peinaba, porque ciertas noches no acudía a su cama por ir a la de otra prima. Wenceslao era suyo y no debía decir ni hacer sino cosas que la complacieran; y Mauro, el Joven Conde destinado a desposarse con la Amada Inmortal, también, aunque de otra manera, era suyo; y también era suyo Juvenal, la Pérfida Marquesa de la fábula, siempre dispuesto a satisfacer sus antojos manifestados con modosa vocecita infantil y con los hoyuelos de su voluntad inquebrantable. Hoy, cuando los grandes no estaban presentes para ayudarla a correr el tupido velo que empleaban para ocultar lo que era más elegante no ver, temió que Wenceslao le revelara a Mauro —y dado que en este día insólito faltaba el velo, a él se le ocurriera por primera vez creerlo— que ella lo hacía acudir a su lecho para entregarse a actividades que no podían ser censurables…, no, no, cómo iban a serlo como lo serían con Mauro, por ejemplo, si Wenceslao no era más que un juguete, una exquisita muñeca decorativa carente de otra función que la del juego, aprisionado en sus vestidos de niña por capricho de la tía Balbina. Melania ató un lazo celeste para sujetar un manojo de rizos al lado izquierdo de la cabeza de su primo, que continuaba emitiendo oráculos:
       —…y como no volverán, a nosotros nos irán faltando víveres, y se nos acabarán las velas y no sabremos qué hacer…, entonces los antropófagos, usando unas escaleras que tejen con los tallos de las gramíneas treparán la reja del parque y aullando entrarán en esta casa para comernos…
       En vísperas del paseo, la existencia de los antropófagos que rondaban la casa de campo, incordia apenas formulada por los grandes en los veraneos de Marulanda, fue avivada gracias a los augurios de Wenceslao, convirtiéndose en una hoguera que lo iluminaba todo con llamaradas tétricas. Los primos más pequeños —los veían allá abajo correteando a los pavos reales por las escalinatas del parque— le creían cualquier cosa, y ahora, después de la partida de los grandes, seguramente perseguían a esos desabridos pajarracos con el ingenuo propósito de aprovisionarse de carne para el caso que sobreviniera la emergencia predicada por Wenceslao. En la noche, el toque de queda que implacablemente apagaba voces y luces, inauguraba el terror: a esa hora, en la llanura sin límites que comenzaba al otro lado de la reja de las lanzas, el vaivén de las altísimas gramíneas producía con el roce de sus tallos un murmullo que por constante era casi imperceptible durante el día, y de noche merodeaba el sueño de los Ventura como el portentoso rumor del océano rodea a los que navegan. Esa monodia vegetal exhumaba voces inidentificables en el silencio de las habitaciones donde los niños, con los ojos desorbitados bajo los doseles de seda que protegían sus sueños, se quedaban escandiendo los susurros por si contuvieran amenazas de los antropófagos del presente o del pasado, de la verdad o de la ficción.
       Wenceslao terminó su perorata proclamando:
       —¡Y a ti, Melania, te comerán la primera! Esas tetas, esas nalgas fastuosas…, los antropófagos te violarán y después de perder tu don más preciado te comerán viva…
       Y Wenceslao hizo un feroz gesto de morder.
       —¡Pégale! —mandó Melania a Mauro.
       Éste, posesionado de su papel de Joven Conde que protege a la Amada Inmortal, aprisionó a Wenceslao y terciándoselo sobre las rodillas mientras pataleaba y chillaba y llorando prometía que nunca más, ayudado por Melania le subió las faldas, le bajó los calzones, azotándole el trasero infame hasta que le quedó ardiendo.
       El paseo de los Ventura se llevó a cabo cierto día después de la primera mitad del verano, cuando habitualmente, ahogados en el caserón y en el parque, los ánimos de los treinta y tres primos y los de sus padres comenzaban a deteriorarse con la monotonía del croquet, del descanso en las hamacas, de los crepúsculos magníficos y de las comidas opíparas, sin que quedara nada nuevo que hacer ni que decir. Era la época en que brotaban espontáneamente, como brota la vida en el agua estancada que se pudre, rumores malsanos, por ejemplo, aquel tan desazonante de unos años atrás cuando se dijo que los nativos que trabajaban en las minas de las montañas azules que teñían el horizonte iban cayendo víctimas de una epidemia que dejaría a toda la población lisiada y, en consecuencia, la producción de oro, cimiento de la opulencia de nuestros Ventura, iba a disminuir si no a cesar. Pero no fue más que un infundio: media docena de nativos muertos de vómito negro en una aldea a mucha distancia de las montañas donde los nativos martillaban el oro para convertirlo en las delgadísimas láminas que la familia exportaba para dorar los palcos y los altares más suntuosos del mundo. Adriano Gomara, padre de nuestro amigo Wenceslao, fue a visitarlos porque era médico. Los examinó, curó a los que pudo, regresando a la casa de campo para apaciguar el pánico incipiente con su palabra serena: era sólo uno de esos rumores característicos de mediados del verano, cuando el aislamiento parecía inaguantable, todos los pasatiempos gastados, todas las relaciones conjugadas hasta el cansancio sin que a nadie se le ocurriera nada más interesante en que entretenerse, salvo ir contando los días que aún faltaban para que las gramíneas maduraran del todo, y, al erguir por fin sus soberbios penachos platinados antes de comenzar a secarse y a desprender vilanos, la llanura misma les advirtiera así que había llegado el momento de hacer las maletas y preparar los coches para el regreso a la capital llevándose sus hijos, sus sirvientes y su oro: estos preparativos, mal que mal, constituían una manera irreprochable de matar el tiempo.
       Aquel verano —el que nos hemos imaginado como punto de partida de esta ficción— en cuanto la familia se instaló en Marulanda, los grandes sintieron que sus hijos tan amados andaban tramando algo. Resultaba bastante extraño que los niños no sólo hicieron poquísimo ruido, sino que interfirieran muchísimo menos que otros años en el descanso de los adultos. ¿Era posible que por fin hubieran aprendido a pensar en la comodidad de sus padres? No. Era otra cosa. Obedecían a algo así como una consigna. Sus juegos parecían no sólo más silenciosos sino más distantes, más incomprensibles que los juegos de otros veraneos: los grandes, instalados en la terraza del sur, de pronto se daban cuenta que habían pasado casi toda la tarde sin verlos ni oírlos, y después de refrenar su sobresalto quedaban atentos para atrapar los ecos que les llegaban desde los desvanes o desde los confines del parque donde divisaban a un grupo de niños escabulléndose entre los olmos. Los grandes seguían tomando té, bordando, fumando, haciendo solitarios, hojeando el folletín. A veces alguien osaba llamar a su hijo, que aparecía inmediatamente, quizás demasiado inmediatamente, como un títere mecánico que salta de su caja. Esta situación, rebelde a toda exégesis, se iba poniendo intolerable. ¿Pero qué era lo intolerable? ¿Sólo el silencio de los niños? ¿O esas sonrisitas con que guarnecían su aceptación, de todo? ¿O su menguante ansiedad por acoger los privilegios concedidos a los mayorcitos, como el de bajar después de la cena al gabinete de los moros para ofrecer cajas de puros y bandejas con tacitas de café y mazapanes? Sí, detalles de esta índole espesaban la atmósfera, dejando a los Ventura a un solo paso del terror. ¿Pero terror, en buenas cuentas, de qué? Eso era lo que se preguntaban los grandes al beber un sorbo de agua por la noche, despertando con la garganta atascada de vilanos imaginarios, víctimas de una pesadilla de degüellos y navajazos. No. Absurdo. Las pesadillas, todo el mundo lo sabe, son producto de una alimentación demasiado rica: preferible vigilarse un poco y no darle importancia a los íncubos de la glotonería. No había, ciertamente, nada que temer de niños bien educados que los adoraban. ¿Pero… y si, en el fondo, no los adoraran? ¿Si sus retoños interpretaran como odio sus desvelos por ellos, como intentos para anularlos el negarse a creer sus enfermedades, como deseo de robarles individualidad el emparejarlos con reglas que los regían por igual a todos? No. No. ¡Era una hipótesis demasiado absurda! Sus hijos, como debía ser, sentían confianza en sus padres y ellos, en consecuencia, no podían abrigar ni miedo ni odio por sus polluelos. Al contrario, les demostraban continuamente que eran sus alhajas. Bastaba ver cómo se ocupaban de ellos: Teodora, adoración, cuidado con esa vela, que vas a morir achicharrada en una hoguera; Avelino, ángel mío, te vas a caer de esa balaustrada en que estás equilibrándote y te vas a reventar la cabeza contra las piedras; Zoé, hijita, se te puede infectar la rodilla si no le pides a alguien que te la limpie, y si se te gangrena te vamos a tener que cortar la pierna entera…, pero los niños eran tan perversos, tan testarudos, que repetían y repetían sus fechorías pese a saberlas penadas por los castigos en que se encarnaba el amor paternal.
       Fue cuando el desasosiego estaba a punto de enmudecer a los Ventura que apareció como una burbuja irisada, venida quién sabe de dónde y seduciéndolos para seguirla, la ocurrencia de efectuar el paseo de que aquí estoy hablando, a cierto paraje muy dulce y muy remoto.
       —L'Embarquement pour Cythèr & Hellip; —comentó Celeste señalando ese cuadro que colgaba en un muro de seda amarilla.
       Ninguna coartada más perfecta para eludir aquello que los niños podían estar tramando: sólo al fijar la fecha para el paseo pudieron relajarse, porque elaborando los detalles de este pasatiempo inaudito era necesario hablar de él, y dejaba de ser imperativa la conversación que debía definir el miedo para concederle todo su rango. Esta negligencia gozosa permitía que lo establecido, especialmente la autoridad en su forma mas venerable, conservara intacto su prestigio.
       Está de más decir que nadie preguntó de dónde brotaba la idea del paseo: la perplejidad no cabía en personajes del talante de nuestros Ventura. Pero es posible que alguien, en respuesta a algo, dijera recordar que cuando niño oyó a un abuelo de luengas barbas aludir a la existencia —¿o sería sólo a la expresión de su deseo de la existencia?— de cierto paraje maravilloso escondido en algún repliegue de sus extensísimas tierras. Otros apuntalaron estos recuerdos con anécdotas recogidas en la infancia y relegadas desde entonces a un sótano de la memoria, dándole cuerpo, al exhumarlas, a este hipotético edén que fue cobrando, poco a poco, seductora consistencia. Comenzaron a perturbar la reclusión de Arabela en la biblioteca, y ella, eligiendo llaves del manojo que pesaba en su cinto, abrió arcones y armarios de madera olorosa. Bajo las telarañas y el polvillo de la carcoma aparecieron mapas, planos, crónicas, cartas, que desteñidas y manchadas y borrosas habían permanecido olvidadas desde quién sabe cuándo. Y Arabela, enfocando sus gafas diminutas, descifraba los signos de los idiomas arcanos, proporcionando datos que era lícito interpretar como irrefutables pruebas de la existencia del edén que los estaba obsesionando.
       Los hombres de la familia, entonces, tendidos en las hamacas bajo los tilos, hicieron comparecer ante ellos a delegaciones de nativos que podían saber algo: ciertos ancianos, con cabezas gachas y espaldas encorvadas de respeto y temor, por medio de torpes onomatopeyas lograron confirmar la existencia del paraje que ahora todos ansiaban que existiera. Su configuración, al parecer, no quedaba muy por debajo de lo que las fantasías del ocio veraniego hizo fermentar. ¿Por qué no ir, entonces? ¿Por qué no utilizar los escuadrones de coches y caballos en que llegaron a Marulanda, para lanzarse a esta expedición que sería de puro entretenimiento? Las mujeres, al principio inamovibles en su adicción a la comodidad, se negaron a participar: no querían verse envueltas, declararon, en algo que las expusiera a los antropófagos, fuera o no discutible la existencia de éstos. Pese a tanta hesitación los hombres despacharon bandadas de nativos a los cuatro vientos para que se noticiaran: los baquianos regresaron con una flor azucarada, con un pájaro de cabeza de pedrería, con cuencos llenos de arena de plata, con tenazas purpúreas de crustáceos desconocidos. Las mujeres se engolosinaron con esto, terminando por alegar que al fin y al cabo ellas, que sobrellevaban la carga más pesada del veraneo puesto que su deber era ocuparse de los niños, merecían como premio este día de esparcimiento, y se transformaron en las propulsoras más entusiastas del proyecto.
       El ritmo de la casa cambió entonces: ferviente, divertido, impidió que se siguiera pensando en cosas desagradables porque era más urgente organizar el paseo. A los niños, entretanto, se les iba haciendo más y más difícil conciliar el sueño a medida que se acercaba la fecha de la partida, seguros de que los antropófagos tenían hambre de carne humana, y en cuanto los grandes los abandonaran con el fin de poner a salvo sus pellejos, los iban a atacar. A medida que aumentaba el ajetreo de los preparativos, aumentaba en los niños la certeza de que todo caminaba hacia un fin total e inevitable para ellos, ya que sólo los grandes tenían el privilegio de salvarse del holocausto porque pertenecían a la clase de personas que controla los medios para hacerlo. A las mujeres, por supuesto, no les cabía preocuparse de estos espinudos temas: consultaban, en cambio, figurines, y, sobre cabezotas sin facciones talladas en madera, construyeron sombreros que protegieran del sol sus frentes alabastrinas, decorando sus creaciones con el plumaje de los asombrosos pájaros del sur. El batallón de sirvientes desatendía sus viles tareas de espías decorativos para sumarse al trajín: los hombres de la casa se dedicaban a hacerlos ejercitar los caballos, revisar los carruajes, lustrar los arneses, sillas y cabezales, y engrasar los ejes de todos los coches, hasta los de las carretelas y tartanas en que viajarían cientos de pinches de cocina y ayudantes de jardinero. Mientras desde el torreón donde lo tenía encerrado su malvada parentela, como si él también quisiera participar en tanta animación, Adriano Gomara gritaba que lo salvaran, que lo mataran, que no lo dejaran seguir sufriendo. Hasta que Froilán y Beltrán, sus celadores, lograban meterlo de nuevo en la camisa de fuerza y amordazarlo para que no perturbara con sus aullidos de loco los pasatiempos de los Ventura.
       Pero Adriano Gomara gritaba en su torreón desde hacía tantos años, que los Ventura habían aprendido a vivir sin hacer caso de sus improperios y advertencias.
       Momentos después de la partida de la cabalgata, Wenceslao se dio cuenta de que los gritos de su padre, que no habían amainado en toda la mañana, habían cesado.
       —¡Canallas! —masculló al dejar de oírlos mientras bañaba su trasero maltratado en el bidet de porcelana rosa de su madre—. Lo durmieron con láudano.
       Se subió los calzones, arrepollando sus faldas de holán. Se trepó al taburete del tocador donde Balbina lo sentaba para cubrirle el rostro con los afeites que lo dejaban convertido en un muñeco dulzón: hoy, con la prisa de la partida, su madre no había tenido tiempo para hacerlo. Wenceslao se miró al espejo. Hizo un mohín coqueto, varando la cabeza sobre su hombro izquierdo: idéntico a un cromo. Pero inmediatamente cuadró su espalda y frunció el ceño. Rebuscó entre frascos y cisnes, entre botellitas volcadas y pomos de colorete, encontrando por fin la tijera. Derramó hacia adelante sus rizos de oro que fue cortando uno por uno, casi a ras del cráneo, dejándolos caer sobre el tocador, donde se empaparon en charcos de loción y se embadurnaron con ungüentos. Levantando la cabeza se miró al espejo otra vez. Desde el azogue lo contemplaba un muchachito cuyos ojos no eran de porcelana. Su mandíbula, ya libre del marco de bucles, se dibujaba siempre delicada, aunque ahora firme; y desvanecidos los mórbidos contornos de querubín se reveló su boca lúcida, sajada con un tajo audaz, que sonreía burlona al reconocerse. Adelantó la mano hacia el espejo para estrechar la que se le ofrecía desde el otro lado.
       —¡Hola! —exclamó—. Soy Wenceslao Gomara y Ventura…
       Para no malgastar su tiempo prescindió de las demás formalidades de la presentación. Corría prisa: así como era probable que los grandes no regresaran nunca más, no se debía descartar la posibilidad que volvieran dentro de poco. Alzando sus faldas se lanzó por los pasadizos, cruzando dormitorios y salas, cuartitos de estudio y de estar, de costura y de juguetes, internándose por los pasillos y alcobas de la inmensa casa abandonada, capeando a primos errabundos que intentaban detenerlo para preguntarle que qué facha de piojoso era ésa, hasta llegar a lo alto de la aparatosa escalera que caía como una culebra de bronce y mármol al desplegarse por la pared del gran vestíbulo oval. Durante medio minuto Wenceslao titubeó junto a la farola que iniciaba el tobogán del pasamanos de bronce que cuatro lacayos uniformados de amaranto y oro, con el pretexto de ocuparse incansablemente de pulirlo, solían vigilar para que ninguno de los niños cumpliera su anhelo de deslizarse por él. Como vio que ya estaba ocupado por un sinfín de primos riendo y chillando y atropellándose al resbalar por la bruñida superficie, prefirió bajar corriendo por la escalera. Abajo, cruzó a todo escape la rosa de los vientos del pavimento del vestíbulo, atravesó el gabinete de los moros y la salita donde el tío Anselmo improvisó el ring de box sobre la alfombra de Beauvais, y la galería de las mesas de malaquita hasta llegar acezando a la puerta de la biblioteca, donde se detuvo. Golpeó para anunciarse, entrando sin que le abrieran desde el interior.
       —¿Arabela?—preguntó.
       —Ya bajo —respondió su prima desde la mas alta de las cuatro galerías de libros—. ¿Se fueron?
       —Se fueron. Pero Froilán y Beltrán me traicionaron: no voy a poder verlo hasta…
       —Es cuestión de esperar un poco.
       —Hace cinco años que espero.
       Mientras Arabela bajaba, y con el propósito de respetar el pudor de su prima —hubiera respetado también el pudor de las otras de ver en sus dengues algo más que simulacros— se escondió detrás del biombo para cambiar su vestido de niña por pantalones azules, camisa blanca y zapatos cómodos. Entonces dijo:
       —Estoy listo.
       Al enfrentarse con Wenceslao vestido de hombre y con el pelo corto Arabela no ofreció comentario ni mostró sorpresa: pero lo vio todo a través de sus gafas que se deslizaron por su naricilla obligándola a inclinar su cabeza hacia atrás para enfocar, dotando a sus ojos de visión cuádruple. Se podía contar con que Arabela no hiciera aspavientos: ya a los trece años, sin jamás salir de la biblioteca, sabía todo lo que se puede saber. Wenceslao se dio cuenta de esto desde pequeño, cuando compró sus primeros pantalones y un gorro para disimular sus rizos. Al principio eligió a Arabela porque le era útil como aliada para esconder en esa biblioteca, donde nadie de la familia jamás acudía, el disfraz de lo que él nunca dudó ser. Cuando en la noche se escapaba del lecho, hurtándose a la vigilancia de los lacayos, bajaba a la biblioteca y se quedaba quieto, sin hacer ni decir nada, vestido de hombre durante horas y horas para recuperar el tiempo falsificado por sus atuendos de niña. Y frente a él se instalaba Arabela que, benigna y sonriente, con las manos plegadas sobre su falda, carente de la desgarradora urgencia de entretenerse o de justificar su existencia, permanecía sentada en la sillita de concierto junto a la ventana, hundida en el meditativo aprendizaje de su propio rencor. Al verlo, ahora, le preguntó:
       —¿Te diriges al torreón?
       —Ven conmigo.
       —No.
       —¿Por qué?
       —Porque tu voz tiembla.
       —Me parece que tengo motivos de sobra.
       —¿Es por aquello que la gente llama esperanza?
       —Sin duda.
       —No creo que me gustaría sentir esperanza si me hiciera tan vulnerable como a ti.
       —Si uno no siente esperanza, Arabela, uno se queda frío y solo durante toda la vida y cuando llega la edad de entregarse a alguien o a una causa, uno no puede hacerlo.
       —Yo me he entregado a la causa de alejarlos de aquí, y sin embargo desconozco la emoción que a ti te embarga.
       —Me pregunto si un rencor como el tuyo, móvil en sí respetable porque está bien fundado, puede ser cimiento de la esperanza.
       Arabela no tuvo que pensarlo para responder:
       —No, pero al impulsarlos, por rencor, a emprender esta excursión y perderse en este espejismo, me sumo a tu esperanza sin compartir tu programa.
       —Yo soy muy chico para tener otro programa que el de mi padre.
       —Lo que puede ser bastante peligroso.
       Entre los muchos ritos de Marulanda existía la «hora de los arrumacos», cuando unas delante de las otras, para hacer gala de su ternura, las madres congregaban a sus hijos con el propósito de besarlos y acariciarlos apasionadamente, asegurándoles que ellas morirían si les sucediera algo malo. Una vez, durante estas competencias afectivas, Arabela, entonces pequeña, cayó fulminada por un síncope. Ludmila, su madre, presa del sufrimiento más indescriptible, intentó ahorcarse con una media de seda y así lucir la magnitud de su aflicción, pero atrayendo hacia ella los cuidados de los médicos y de la familia. Pese al peligro en que se habían precipitado la una a la otra, madre e hija pronto se recuperaron, y Ludmila, vencedora con esto en las justas de ternura, fue consagrada como modelo absoluto, como admirable monumento al amor maternal por su marido Terencio y por todos sus parientes. Arabela, desde ese momento, creció poco, haciéndose maestra en el arte de parecer no estar presente. Su cuerpo propiciaba el olvido de sus padres, como para protegerse de ellos, quedando desprovisto de jugos, frágil como flor seca en libro, como insecto que al morir se astillara en vez de podrirse. Mentía, sin embargo, al postular el rencor como su único móvil: la verdad es que todo en ella era encogido, no por el peso del llavero que colgaba de su cinto, sino por el dolor de saberse incapaz de ser fuente de placer para sus padres, los admirables Terencio y Ludmila. Su destino en este sentido no era distinto al de los demás primos. Pero a ella, que no lo soportaba, la reducía, quedando el rencor como la parte visible de su sufrimiento. A manera de corolario de lo que los grandes sentían —o no sentían— por ella, quiso que de hecho dejaran de existir: no matándolos, por cierto, sino impulsándolos a emprender la gira con el fin de eliminarlos. Mucho me complacería poder anunciar a mis lectores que la idea del paseo se originó en esta muchachita singular, tan grave y elusiva. Sin embargo, no fue así: ella, como Wenceslao, como todos los habitantes de la casa, incluso Adriano Gomara, ignoraba el origen preciso de la idea de la excursión. Pero fue ella quien aportó los datos más convincentes para dirigir a sus padres hacia el paraje con que sus imaginaciones banales soñaban. Ella embaucó a los lacayos para que desde los desvanes bajaran a la biblioteca enormes arcones repletos de papelorios. Refinó los disimulos que iban a servir para despacharlos exhumando polvorientos folios del fondo de baúles, y con la ayuda de Wenceslao se aplicó a transformar en cordilleras las manchas de moho de algunos planos, y los agujeros de termitas de ciertos mapas en sugerentes casualidades que podían interpretarse como pistas seguras. Los grandes quedaron pasmados de la pericia con que Arabela parecía traducir viejos idiomas cifrados con alfabetos ininteligibles. Pero en cuanto abandonaban la biblioteca, Arabela desaparecía de sus pensamientos, para materializarse fugazmente en ellos otra vez cuando era necesaria alguna explicación: era esto lo que no soportaba. ¡Que no la molestaran más! Que partieran, como por fin habían partido, y en cuanto Wenceslao la dejara tranquila dentro de un momento, podría comenzar su verdadera existencia, eternamente instalada en su sillita junto a la ventana, sin otra tarea, de la mañana a la noche, que la de consignar en su mente el desplazamiento de la luz por el engañoso parque de sus padres. Besó a Wenceslao en la frente para iniciar la despedida que la dejaría en paz.
       —Saluda a tu padre de parte mía —le dijo.
       —Te lo traeré.
       —Te ruego que no lo hagas.
       —Lo querrás. Y él te querrá a ti.
       —Eso sólo sería un estorbo para mí.
       —Te necesitamos, Arabela.
       —Ya logramos despacharlos. Ha terminado, por lo tanto, toda participación mía en la acción colectiva. Por favor, ahora déjame en paz.
       Wenceslao conservó en la suya, al despedirse, la mano sin temperatura, casi vegetal, de su prima. Se dirigió a la puerta para salir: estaba convencido de que su padre sería capaz de reelaborar el dolor de su prima para transformar su potencial en algo sin duda más basto, aunque también más accesible, de lo que quizás no estaría desterrada la ironía. ¿Cómo sería Arabela si el dolor fuera sólo una, no la única, de sus posibilidades? Turbada, la pequeña daba traspiés al subir la escalera de caracol hacia las galerías de libros debido a que sus gafas se opacaron con el ligero vaho que el temor hizo emanar de su rostro. Bastaría un empujón mínimo para hacerla salir del encierro de su rencor y de sus libros.
       —¿Qué sacas con haber leído todos los libros, Arabela, si…?
       La vio inclinada sobre la baranda de la galería más alta: el rostro de Arabela maduró con la burla dirigida hacia él, que más tarde, pensó Wenceslao, cuando comenzaran a desaparecer los tupidos velos familiares, se iba a transformar en la ironía de ser ella misma quien los fuera rasgando uno por uno y los demás no tendrían más remedio que aceptar estos desgarros. Oyó que Arabela le preguntaba desde arriba:
       —¿De qué libros me estás hablando?
       —De estos que me rodean —replicó el con orgullo de Ventura—. Los de la famosa biblioteca del bisabuelo. Entiendo que contiene algunos incunables.
       Arabela se rió de él generosamente:
       —¿Quieres ver algunos incunables, primo mío?
       Wenceslao se dio cuenta por esta proposición de que Arabela carecía por completo del sentido de las prioridades…, lo que no era de extrañar, tanto tiempo encerrada entre libros…
       —Supongo—repuso—que te darás cuenta que ahora no tengo tiempo.
       —¿Por qué? Tu padre está drogado. No despertará hasta tarde. Puedes pasar muy agradablemente el día conmigo manejando incunables.
       —¿No entiendes que aunque sea sólo verlo…? —murmuró él al abrir la puerta.
       Antes de salir, sin embargo, alcanzó a ver que Arabela presionaba una sección de las tallas de la biblioteca, y que paneles de lomos alineados muy prietos en los anaqueles saltaban como tapas, revelando que adentro no había ni una página, ni una letra impresa.


2

       Wenceslao no sabía este secreto, como no sabía tantos de los secretos de los grandes porque éstos esperaban que los niños accedieran a la clase superior, a la que ellos pertenecían, la de los mayores, para revelárselos. El que inventa esta historia, sin embargo, el que elige narrar o no, o explicar o no, lo relacionado con ella, y en qué momento hacerlo, prefiere suministrar aquí la información sobre el secreto que dejó estupefacto a Wenceslao, quien, al encaminarse al torreón de su padre, no pudo sino cavilar: ¿de dónde, si la «biblioteca» es así, saca Arabela tanta información? ¿Cómo sabe tantas cosas? La respuesta, en su cabeza, tomó la forma de un tropel de otras preguntas inmediatas: ¿pero es verdad que sabe tantas cosas? ¿O sólo lo creo yo, que sé muy pocas y lo creen los grandes cuando acuden a consultarla porque les acomoda que las sepa?
       La biblioteca de los Ventura, no podía satisfacer los empeños de aprendizaje de nadie, como tampoco los propiciaban los pronunciamientos de los grandes respecto a los libros: «Leer sólo sirve para estropear la vista»; «Los libros son cosas de revolucionarios y de profesorcillos pretensiosos»; «Mediante los libros nadie puede adquirir la cultura que nuestra exaltada cuna nos proporcionó». Por estas razones prohibían el acceso de los niños a la extensa sala de cuatro pisos guarnecidos con barandas y coronamientos de palisandro. Esta prohibición, sin embargo, no era más que una de las tantas prohibiciones retóricas que se utilizaban para domar a los niños: sabían que detrás de esos miles de lomos de soberbias pastas no existía ni una sola letra de molde. El bisabuelo los mandó construir cuando en un debate del Senado un liberalote de mucho relumbrón lo llamó «ignorante, como todos los de su casta». En revancha, el abuelo empleó un equipo de sabios de la capital, muchos de ellos liberales, para que compilaran una lista de libros y autores que compendiaran todo el saber humano. Se corrió la irrisoria voz de que el abuelo se proponía ilustrarse. Pero lejos de leer nada propuesto por los sabios, mandó fabricar en cuero de la mejor calidad, copiando exaltados modelos franceses, italianos y españoles, paneles que fingieran los lomos de estos libros, grabando en ellos con el oro de sus minas los nombres de obras y autores, y los hizo instalar en la sala que con el objeto de albergarlos acondicionó en Marulanda. Simulando amistad y escarmiento invitó a sus tierras al liberalote acusador, que halagado con el convite y florido de untuosa admiración expresada con raptos líricos que pretendían subrayar su propio pretendido parentesco con la cultura recorrió la biblioteca. Pero según contaba la leyenda, al querer arrancar un libro de una de las galerías más altas y no comprender por qué no se desprendía de su sitio, hizo tanta fuerza que dio un trastabillón, rompiendo la balaustrada y cayendo sobre un mapamundi cuyo eje de bronce se le ensartó en el cerebro. Fue el último visitante no perteneciente a la familia que tuvo el privilegio de ser invitado a la casa de campo de los Ventura. Y la balaustrada permaneció rota para probar que este acontecimiento no era una invención igual que tantos rumores de Marulanda, como por ejemplo el asunto de los antropófagos. Wenceslao jamás dudó que éstos fueran otra cosa que una fantasía creada por los grandes con el fin de ejercer la represión mediante el terror, fantasía en que ellos mismos terminaron por creer, aunque este autoconvencimiento los obligara a tomar costosísimas medidas de defensa contra los hipotéticos salvajes. Es verdad que su existencia se venía asegurando en la familia de generación en generación, toda una historia basada en tradiciones inmemoriales, sin la cual, quizás, la familia perdería cohesión, y por lo tanto, poder. Se decía que la consigna civilizadora de los primeros antepasados que entraron en Marulanda habría sido de guerra a la antropofagia, la necesidad que se antepuso a todo lo demás como una mística, de limpiar la región de éste, el mayor de los crímenes colectivos, la más horrenda encarnación de la barbarie. Degollando tribus y quemando aldeas los primeros proceres salieron triunfantes de esa cruzada, que afianzó a los Ventura no sólo en el orgullo de su labor esclarecida sino en el goce de tierras y minas conquistadas a los aborígenes, que al cabo de unas cuantas generaciones quedaron convertidos en vegetarianos que habían olvidado los sangrientos pormenores de su historia, perdiendo hasta el recuerdo de sus armas, que les habrían sido confiscadas. Continuaron, es cierto, siendo óptimos monteros. Pero cazaban sólo por medio de trampas muy complejas hacia las cuales, batiendo con carreras y gritos la llanura de gramíneas que se extendía de horizonte a horizonte, rodeaban presas de categoría que terminaban por cobrar. No como dieta para ellos, por cierto, que desde hacía quién sabe cuánto tiempo no probaban carne, sino para la mesa de los señores, ya que todos los años los Ventura pasaban tres meses de verano en Marulanda, y de los pocos placeres que podían exigir durante su permanencia en una región tan aislada era el de una mesa rica y amena.
       Claro que ahora, al ver a los nativos, resultaba difícil creer que en otros tiempos formaran una raza noble y, para qué decir, feroz. Se sabía que otros propietarios más afortunados utilizaban a los nativos de sus feudos, pertenecientes a tribus menos primitivas, como sirvientes en sus residencias veraniegas, pero los Ventura no tenían esa suerte y debían reclutar todo el servicio, año tras año, en la capital. Este incómodo procedimiento no dejaba de tener ventajas: servía sobre todo para que nadie en la casa de campo jamás viera a los nativos. Pero sabían que trabajaban para ellos en sus huertos, cabizbajos, cejijuntos, ceniciento el color de la piel, demasiado grandes las cabezas, demasiado gruesos los brazos de tanto martillar el oro con sus mazas de madera, criando con igual desgano a sus hijos sucios y a sus animales en el caserío de miserables chozas construidas con los tallos secos de las gramíneas, que si uno se asomaba a los torreones más elevados de la casa podía divisar allá lejos agrupadas como hongos en la llanura.
       La noche antes del paseo, febriles en sus dormitorios después del toque de queda, los primos más pequeños se quedaron susurrando recetas para los guisos suculentos que los salvajes, al asaltar la casa, harían con los distintos miembros del cuerpo de Cipriano, conocido como bocato di cardinale por ser el más gordo, el más blanco, el más blando. Cipriano, entonces, demasiado atemorizado para calcular las consecuencias, huyó en busca de su padre porque le bastaría oírlo para transformar las murmuraciones infantiles en la realidad severa pero exenta de fantasmas de los grandes. Descalzo, en puntillas, cruzando las cavernosas tinieblas de las escalas y de los desiertos aposentos de aparato, llegó a la puerta del gabinete donde los hombres de la familia se encontraban fumando los últimos puros antes de irse a dormir. La voz de su padre, el admirable Terencio, aseguraba que hasta hacía unos lustros quedaban restos de prácticas antropófagas pese a la represión secular: danzas de simbología evidente, banquetes en que devoraban amasijos vegetales a los que daban forma humana, instrumentos musicales construidos con huesos de sospechoso origen…, no, no era una ideología, aseguraba Terencio, como representaba una ideología la forma de vida de ellos, los Ventura: la de los nativos era sólo el veneno del odio que llevaban en la sangre, un instinto de crueldad que porfiaba por subsistir pese a los castigos, inhumanidad en que sobrevivía la coherencia pertinaz de su raza como pretensión al derecho a ser lo que eran. La cruzada, por lo tanto, que no era más que una defensa, tenía que seguir. Al oírlo, Cipriano, anegado en llanto, dejó caer su acongojada cabeza sobre las guirnaldas talladas en la puerta de sándalo; entonces era verdad que existían los antropófagos, ya que sus padres se preparaban para defenderse de ellos en el paseo de mañana…, siempre que éstos no eligieran atacar, en vez de a la cabalgata, a la casa de campo, donde se iban a comer a todos los niños, comenzando por él que era el más gordito.
       Una mano brutal, de pronto, enguantada de blanco, saltó de las tinieblas y agarró a Cipriano de una oreja:
       —¡Canalla! ¿Qué haces aquí a esta hora? ¿No sabes cuál es el castigo por violar el toque de queda?
       Era el Mayordomo, su silueta de enorme alzada reluciendo con los emblemas de su rango y los entorchados de oro que guarnecían su librea, pero conservando el rostro, allá arriba, embozado por la oscuridad.
       —¿No lo sabes? —insistió, sacudiendo a Cipriano sin misericordia—. ¿No lo sabes, granuja?
       No era cuestión de contestar a esta retórica del suspenso que precedía a la violencia. Después del toque de queda era el Mayordomo, con su tropa de lacayos, quien decidía qué era delito y qué castigo merecía. En sus manos, la justicia —si mis lectores me permiten llamarla así resultaba imprevisible, ya que ni el Mayordomo ni sus esbirros debían dar cuenta a los Ventura de los detalles de lo que sucedía después del tercer golpe del gong: se les pagaba estupendamente para que mantuvieran el orden…, y el orden, claro, no podía existir si no se cultivaba en los corazones infantiles la imagen de padres amables y serenos. Si la ronda de lacayos estimaba, por ejemplo, que las manos debajo de las sábanas al dormirse era delito porque los niños no deben «tocarse» —vicio inmundo de seguro origen antropófago—, el culpable era arrastrado hasta los sótanos y azotado mientras se lo interrogaba acerca de sus relaciones con los salvajes. Pero los castigos no debían dejar huellas que los niños pudieran mostrar a sus padres para reclamar justicia: cada promoción de lacayos fue perfeccionando asombrosas técnicas de disciplina, temibles látigos de hipócritas puntas de fieltro, esposas de la seda más resbaladiza destinada a amarrar las muñecas por detrás de la espalda a los talones, convirtiendo al culpable en una dolorosa comba mientras era interrogado. A veces un niño intentaba acusar a un sirviente. La respuesta de los padres era siempre más o menos la misma:
       —Si fue tan terrible la tortura, si así eliges llamar a tu fantasía, debió dejar señales. ¿Dónde están…? A ver, muestrámelas…, no las veo, y para creer algo debo ver pruebas. Concluyo, por lo tanto, que no estás diciendo la verdad. Y no debes mentir, hijo mío tan amado, ya que ésa es una costumbre muy fea sólo digna de los nativos, quienes, como es de público conocimiento, tienen el alma carcomida por los vicios. A los sirvientes les cabe la alta misión de velar para que ninguno de nuestra estirpe sea corrompido por los antropófagos.
       Lidia, la esposa de Hermógenes, el mayor de los Ventura, tenía en sus manos la comandancia del ejército de sirvientes, cocineros, lacayos, caballerizos, bodegueros, carpinteros, sastres, jardineros, lavanderos y planchadores. La familia la reconocía como una tarea monumental que nadie, salvo Lidia, sería capaz de acometer. Se trataba de sacarle el máximo rendimiento a esa legión durante los meses de verano, controlando envidias, robos, altercados, pereza, faltas de cumplimiento del deber o de adhesión total a la mística exterminación de toda huella de los antropófagos. Fuera de este primer mandamiento, que los elevaba a la categoría de cruzados, existía el segundo mandamiento: mantener la rigidez de las jerarquías con el propósito de que ni siquiera un eco de sus propias individualidades imperfectas se filtrara hasta los salones donde transcurría el apacible veraneo de los Ventura: todo era cuestión de tenue, de conducta irreprochable reflejada en formas irreprochables. Si la tenue era perfecta no era necesario traspasar la identificación de su indumentaria —y del rango simbolizado en ella— para verse enredados con personas inferiores cuya esencia era ser suplantables. Sus vidas, fuera de estos tres meses de servicio en casa de los Ventura, no existían, de modo que la tarea de Lidia se reducía a concertar una estrategia que durara sólo ese período. De regreso a la capital, cada año y con un suspiro de alivio, Lidia licenciaba al contingente después de la devolución de los equipos. Ningún sirviente deseó jamás repetir la experiencia de otro verano en Marulanda. Se les pagaba bien, en una suma total al regreso a la ciudad, suma reducida por las multas que cada falla merecía y por el consumo más insignificante fuera de lo ofrecido, contabilizado sin misericordia por Lidia. Pero eran demasiado amargas las exigencias de la disciplina, esa humillación de fundirse con la librea del lacayo, con el guardapolvo azul del jardinero, con la camisa parda del caballerizo, con el mandil blanco del cocinero, pero cierta tiesura en sus andares, cierta proclividad a la sumisión, que les duraba toda la vida, los hacia reconocerse entre ellos muchos años después, formando una casta, sin importancia por cierto, pero fácil de identificar.
       Todos los años, desde su tribuna y con el nuevo contingente ordenado ante ella, Lidia, al finalizar el adiestramiento y antes de partir a Marulanda, les explicaba cómo debían ser sus relaciones con los niños. Estos, les aseguraba en su arenga, eran sus enemigos, empeñados en su destrucción porque querían destruir todo lo estable por medio de su cuestionamiento de las reglas. Que los sirvientes quedaran alertados sobre la brutalidad de seres que por ser niños aún no accedían a la clase iluminada de los mayores, capaces de todo con tal de abusar, desobedecer, ensuciar, reclamar, destruir, atacar, minar la paz y el orden mediante la critica y la duda, y aniquilarlos a ellos, los sirvientes, por ser guardianes, justamente, de este orden civilizado, tan venerable que desafiaba toda crítica. El peligro de los niños era sólo inferior al de los antropófagos, de los cuales no sería imposible que, ignorantes y quizá sin mala intención, incluso quizá sin siquiera saberlo, fueran agentes: ninguna severidad sería exagerada, aunque se recordaba al personal su deber de conservar el semblante de obediencia total a los niños, ya que pese a sus funciones no podían olvidar que eran sus criados. Lidia, y los demás Ventura por su boca, delegaban en los sirvientes la facultad para organizar redes de espionaje y sistemas de castigo con que imponer las leyes cuyos pormenores escritos ella entregaría en un momento más al jefe de todos ellos: el Mayordomo. Dejaba en sus manos la organización de perpetuos relevos de vigilancia, día y noche, implacables sobre todo después del toque de queda, cuando su autoridad sería única y total, ciega, sorda y muda, destinada a impedir que los niños molestaran a los grandes: entre los muchos papeles de importancia que desempeñaban los sirvientes durante el verano —y sólo inferior al de protegerlos con las armas contra hipotéticos ataques durante el regreso a la capital, cuando viajarían cargados con el oro de sus minas— estaba el de actuar como filtros de las conductas infantiles, de modo que sus fechorías no impidieran que sus padres amantes disfrutaran del bien merecido descanso. Debían tener en consideración que los pobres niños lo creían todo: sus mentes eran blandas, vulnerables a novelerías de toda índole, distintas a las mentes ya formadas de los grandes, de modo que los pobres ángeles con frecuencia eran víctimas de persuasiones en que creían a pie juntillas, todas negativas porque no procedían de la familia, venidas quién sabe de dónde pero seguramente de fuentes nefandas que ella, Lidia, prefería no volver a nombrar.
       Para terminar, decía, sólo dos palabras: los sirvientes de los Ventura eran su orgullo. Siempre lo habían sido. Tradicionalmente, cuando marchaban por las calles de la capital camino al tren en que harían el primer tramo del viaje a Marulanda, la gente se asomaba a los balcones para admirar el poderío de la familia simbolizado en la tenue de su personal. Que supieran merecer ese reconocimiento público, y Lidia terminaba recordándoles que a veces, para defender, es necesario ser los primeros en atacar.
       El mayor de los problemas que se planteaba Lidia todos los años era el de encontrar un reemplazante para el Mayordomo del año anterior. El sitio apropiado para buscarlo era en las casas de otras familias como ellos, prefiriendo, está de más decirlo, aquellas que impusieran a sus sirvientes la disciplina más estricta. Nunca faltaban candidatos: el entrenamiento en los complicados organismos de cualquiera de las grandes casas siempre limitaba sus miras ancilares, eliminaba sus imaginaciones, proporcionándoles rencores tan bien encaminados por la disciplina de todos esos años en que no conocieron nada más, que, bajo el nombre de fidelidad o valor, la crueldad florecía como corola suprema que en la casa de campo se ponía al servicio de los Ventura, y a la obediencia inculcada por el largo adiestramiento que solía comenzar en la niñez se le podía dar el apodo de pericia.
       Los Ventura tuvieron muchos Mayordomos, todos idénticos: nadie recordaba ni sus nombres ni sus características personales porque sus deberes estaban tan reglamentados que automáticamente se era un Mayordomo perfecto dado cierto número de años de servicio. Lo que nadie olvidaba, sin embargo, lo que no abandonaba sus pesadillas de niños ni sus obsesiones de grandes, era la célebre librea del Mayordomo, el tradicional atuendo de terciopelo color amaranto recamado con jardines de oro, cargado con insignias y emblemas, duro y pesado y tieso de entorchados, alamares y estrellas, que refulgía en la imaginación de todos como símbolo del orden, dotado de una temible vida propia mucho menos transitoria que los irreconocibles Mayordomos que sucesivamente la ocuparon. Esta librea era tan enorme que lo que en verdad resultaba difícil era encontrar un candidato de talla suficiente para que no quedara suelta. Una vez cumplido este requisito y el entrenamiento debido, se podía contar con que todos los Mayordomos fueran igualmente sin iniciativas que pretendieran innovar los rituales y que no aspiraran a otro emolumento que el honor de ser lo que eran, y a la casita que en la capital, como premio, los Ventura les obsequiaban en un barrio semejante al barrio donde vivían los señores, pero plebeyo, con fachadas ordinarias que remedaban las fachadas nobles alineadas en las grandes avenidas de palmeras que habitaba la gente como los Ventura.
       Los niños llegaron a conocer muy bien a los lacayos, cuyas artimañas, al fin y al cabo, eran tan limitadas como sus imaginaciones: se daban cuenta que se los podía sobornar con poco, con un halago o con una sonrisa; que, lejos de constituir corporaciones unánimes, sus rencillas eran sangrientas; y, sobre todo, que temían a cualquiera de rango superior. Los sabían ignorantes, débiles por estar demasiado impresionados con el poder que de noche tenían sobre quienes, en buenas cuentas, de día debían servir y obedecer en silencio, tan inseguros de cada golpe que daban que los transformaban en asuntos demasiado enfáticos, por ejemplo, esos golpes que el Mayordomo propinó a Cipriano la noche que, como narrador de esta historia, preferí consignar más arriba y que aprovecharé para devolver a mis lectores al presente de mi narración:
       Cipriano, pese a su ojo dolorido con el bofetón, pese a su oreja casi desgarrada, pudo aprovechar la retórica del Mayordomo para volcar una silla en las tinieblas, perdiéndose detrás de vargueños y armaduras, huyendo escaleras arriba antes que el lacayo mayor lograra distinguir la identidad del culpable. Al reintegrarse al falso silencio de los dormitorios Cipriano no perdió el tiempo para hacer circular secretos que desvelaron a sus primos, que no eran otra cosa que la información recogida a través de la puerta de sándalo, avalando con los detalles recién escuchados los terrores de los cuales él era antes la víctima principal, pero que ahora él manejaba. Zoé y Olimpia que eran las menores, temblaban hechas un ovillo en la misma cama, figurándose cortinas que respiraban como presencias, escuchando quejidos, crujidos, cuchicheos. Y cuando el viento cayó vengativo sobre la llanura y la marea de voces vegetales fue como una inundación, la tos de la pobre Cordelia —a quien, durante el día, se le prohibía fingir esa absurda tos de heroína tísica— despertó con sus desgarros a quien hubiera logrado conciliar el sueño, y los pasos borrachos de Juvenal resonaron por los corredores alfombrados de la casa buscando un compañero que lo ayudara a aplacar el miedo hasta que la llegada del alba hiciera callar a la llanura.
       Juvenal se negó a ir al paseo. Como el mayor de los primos, el único considerado exento de vicios por pertenecer a la clase de los «grandes» ya que acababa de cumplir los diecisiete años, tenía este privilegio. Pero prefirió quedarse. En la casa de campo, sin las limitaciones impuestas por sus padres y por los sirvientes, La Marquesa Salió A Las Cinco podría transfigurarlo todo, parque, casa, estatuas, primos, primas, ropa, diversiones y comida en algo distinto, superior, y florecerían otras convenciones, las que él eligiera. Era preferible no especular sobre lo que podía suceder si alguno de los rumores que circulaban entre los niños fuera de verdad. Pero los rumores, aún los más verosímiles, tenían la ventaja de que era posible volverles la espalda. Esto, en cambio, sería imposible en la realidad del paseo, donde sólo se vería humillado como el jinete más torpe y el cazador de corazón más compasivo.
       Nadie insistió más de lo que exigían las fórmulas de la buena educación para que Juvenal fuera al paseo. A los grandes les convenía dejar atrás a un representante de sus ideas y privilegios: al fin y al cabo Juvenal ya era «todo un hombre», y encarnaría la autoridad paterna mientras ellos anduvieran fuera.
       Al principio los Ventura habían contado con dejar una parte del servicio para que atendiera a los niños durante su ausencia. Y así lo dispuso Lidia. Pero también desde el principio, y paralelos a los rumores del miedo, comenzaron a circular rumores acerca del paraje que visitarían: la esbelta cascada despeñándose en la laguna coronada por un arcoiris, las hojas de las ninfeas gigantescas extendidas como islotes acharolados sobre el agua y encima de las cuales sería encantador instalarse a jugar al naipe o a pescar, los árboles engalanados con enredaderas de follaje azul, las mariposas indescriptibles, los pájaros de pechuga de ópalo, los insectos benignos, la fruta, el aroma, la miel. Por en cuanto Lidia designó a los sirvientes que debían quedar sin paseo, surgieron las complicaciones: en los sótanos fétidos socavados debajo de la casa, donde hacinaban sus vidas los sirvientes de rango mezquino, hirvieron escaramuzas e intrigas, venganzas y delaciones, amenazas de revelar confidencias vergonzosas, de cobrar deudas que no eran sólo de dinero, la compra y venta y la apuesta al revés de un as de la maravillosa suerte de asistir a la recreación de los amos y participar en el mundo de los privilegiados aunque sólo fuera de librea y sirviéndolos. En vista de lo cual Lidia convocó a un consejo de familia en que decidieron, para cortar por lo sano y no darle más vueltas al asunto, llevarse a todos los sirvientes al paseo, dejando a los niños bajo la vigilancia oficiosa de Juvenal, y resguardados de todo peligro por la inexpugnable reja de lanzas de hierro que circundaba el parque.
       Los criados, entonces, que de este modo se sintieron promovidos a una clase en cierto sentido superior a la de los niños, se prepararon bruñendo alegremente sus botones dorados y planchando sus jabots de encaje, hirviendo cientos de pares de guantes blancos destinados a uniformar las manos servidoras, almidonando bonetes y ajustando mandiles a las circunferencias siempre en aumento de pinches y cocineros, mientras los jardineros y los caballerizos, para darse una importancia de la que a juicio de lacayos y cocineros carecían, se acercaban a cada rato a consultar cosas innecesarias con los señores.
       A los niños, algunos de los cuales protestaron al verse excluidos del paseo, les prometieron que el año próximo, cuando ellos ya conocieran el paraje que se decía era de ensueño pero que podía resultar peligroso, o incómodo, o simplemente no justificar una expedición tan agotadora, entonces los llevarían a ellos también.
       —Pero no nos llevarán —le contestaba Wenceslao a quien quisiera oírlo—. Aunque vuelvan del paseo. Y eso es muy poco probable.
       Después de dejar, como vimos más arriba, a Arabela en la biblioteca, Wenceslao pensó que su prima tenía razón: ¿para qué darse prisa? El láudano no fue escatimado para adormecer a su padre en el torreón, eliminándolo durante el único día que, según creían los ingenuos celadores, duraría el paseo. Pero existe el mañana, y el pasado, y quizás el siempre, meditó con pasión Wenceslao ambulando por la galería de las mesas de malaquita y gozando los pantalones de su hombría que por fin iba a ser pública. Observó, a través de la secuencia de vidrieras, a esa raza de lisiados emocionales que eran sus primos, congregándose poco a poco en la terraza del sur. ¿Todos, lisiados? No todos: uno o dos tal vez fueran recuperables. Sin embargo, pensó, pertenecían a este paisaje artificioso, a las escalinatas y a las urnas, a las perspectivas de césped pulido y a los templetes, a las flores sometidas a las grecas de los arriates. Sus peripecias eran semejantes a las del pavo real refugiado sobre la cabeza de la Diana Cazadora, cuya cola la malvada Zoé —que tenía escaso conocimiento—intentaba alcanzar para tirársela, sin que las carcajadas de su mofletudo rostro de china alteraran la superioridad del pájaro. Cordelia, la triste, la bella, la pálida Cordelia, peinando su larga trenza rubia digna de una heroína medieval, parecía esperar algo para salir del encierro de esa enfermedad en que nadie quería creer. Mauro seguía a Melania que no hacía nada porque, como la mayoría de los vástagos de los Ventura, no sabía hacer nada, pero quizás pensando que durante la ausencia de sus padres se resolvería a entregarle por fin su cuerpo a Mauro como quien entrega un trozo de carne a un perro hambriento, para que lo consumiera, no para que lo gustara y gustar ella a su vez. Juvenal, al desperezarse, alzó los brazos para refregarse el pelo y bostezar, quedando convertido por un momento en un capullo de seda granate por las amplias mangas de la bata que su padre le prohibía lucir fuera de sus aposentos privados. Y en las escalinatas centrales que bajaban al rosedal, con el mundo en orden, posados como para un cuadro, los ajedrecistas, Cosme, Rosamunda y Avelino, disponían las peripecias de las piezas sobre el tablero de ajedrez. ¿Reunírseles para pasar el tiempo, para pretender, como parecían querer pretenderlo ellos, que éste era un mediodía de verano igual a todos, repleto de los pequeños pasatiempos que no satisfacían a nadie? Ninguno era capaz de evadirse de la anécdota que lo tenía preso. Sólo él adivinaba cambios, ansiaba proyecciones: aunque su padre estuviera dormido subiría a verlo. Hoy no había razón para temer a los lacayos fisgones al remontar las escaleras interiores hacia los pisos más altos, más, más arriba que las mansardas, hasta las azoteas y desvanes desde donde los torreones surgían hacia las nubes como dedos contorsionados cubiertos de escamas de cerámica, tan altos que parecían cimbrarse en el cielo vertiginoso. Anoche, sin embargo, la casa le pareció erizada de amenaza, atenta de ojos delatores, metálica de destellos de libreas que vencían la oscuridad, alarmante de manos enguantadas de blanco listas para atrapar: fue necesario esmerarse más de lo corriente para que, al abandonar el lecho de Melania llevando su talega repleta, los esbirros del Mayordomo no lo cogieran y desbarataran su plan. Había logrado salir a la terraza del sur gateando entre los muebles, casi sin respirar, deslizándose por el boquete de un vidrio roto. Bajó al rosedal, cruzó el laberinto de boj disimulando su forma en las estrafalarias esculturas vegetales, y se dirigió a las cuadras, donde los caballos piafaban y los coches y las monturas relucían listas para el paseo del día siguiente. Se cercioró de que no habían preparado el vehículo con un lado defendido por barrotes, en que trasladaban a su padre desde y hacia la capital: entonces no lo llevarían al paseo, como estuvieron debatiendo hacerlo. Si, sí, las ruedas del carromato estaban herrumbradas, sin engrasar, lo que significaba que su padre se quedaría en la casa de campo y que juntos iban a poder realizar sus planes. Cruzó de nuevo el parque, esta vez en dirección inversa y a toda carrera. Seguro ahora, entró en la casa y subió hasta el torreón de su padre, despreocupado de que quedara algún soplón en la intrincada oscuridad. Al llegar a la puerta de la buhardilla de Adriano había golpeado:
       —¿Froilán?
       —Sí.
       —¿Beltrán?
       —Sí. ¿Wenceslao?
       —Sí. ¿Mi padre duerme?
       —No.
       —Traje el dinero. Abran.
       —No. Sabes muy bien que no te dejaremos hablar con don Adriano hasta después de la partida.
       —Si no me abren no podré entregarles el dinero y no podrán ir al paseo.
       Ante esta amenaza sonaron las llaves, y en el silencio rebotaron los ruidos de cerrojos y cadenas. Los dos gigantones cerraron el vano de la puerta: Froilán, cuadrado, de brazos largos y peludos, con la frente sudorosa que retrocedía audazmente desde su nariz de azadón; y Beltrán, cuya pesada mandíbula acromegálica caía sobre su pecho desnudo erizado de cerdas. Ambos tenían las sonrisas tiernas, casi nostálgicas, de los seres que viven en las orillas de las grandes tragedias pero que no las pueden ni comprender ni compartir. Wenceslao les entregó su dinero. Preguntó a los celadores:
       —¿Todo listo?
       —Sí. Son tantos los sirvientes de la casa que nadie notará nuestra presencia en los carruajes de la cola de la cabalgata. Con este dinero le pagaremos a Juan Pérez, que prometió arreglárselas para que tuviéramos sitio.
       —¿Juan Pérez? —preguntó Wenceslao—. Cuando yo era pequeño se lo oía nombrar a mi padre.
       —Pero no es el mismo Juan Pérez —repuso Froilán—. Todos los años hay un Juan Pérez. Pero todos los años es un Juan Pérez diferente. Es un nombre muy común, no como Froilán…
       —¿Me darán las llaves?—les preguntó Wenceslao al entregarles su talega gorda de coronas.
       —Ahora no. Las dejaremos aquí al irnos, escondidas detrás de los pies de esta Virgen en esta hornacina.
       Al día siguiente, después de despedirse de Arabela en la biblioteca, tal como lo hemos visto, Wenceslao, acezando aún después de montar a toda carrera las escaleras hasta el torreón, se empinó para buscar la llave en la hornacina. Durante un segundo temió que esos dos seres simples y aterrados que se arriesgaron a abandonar sus deberes para compartir durante un día el boato de sus señores lo hubieran traicionado no sólo dopando a su padre, sino llevándose las llaves. Pero no. Allí estaban. Y el niño abrió cerraduras y pestillos como si los conociera de memoria.
       La habitación de su padre era amplia, de vigas muy bajas, dejando arriba el vacío de una encumbrada cúpula parabólica donde anidaban las palomas: los celadores tendrían que agacharse para circular por allí. Al principio Wenceslao creyó que no había nada ni nadie en la estancia, que se lo habían llevado por miedo a dejarlo sin vigilancia, que él, un niño, iba a tener que enfrentarse solo con un futuro de desolación, de falta de guía para ordenar la vida en la casa de campo sin la vigilancia de los grandes y de los sirvientes: durante un segundo alcanzó a desear la presencia de ese execrado rigor. Pero pronto se dio cuenta de que, enceguecido por el relumbre de los ojos de las dos lucarnas al nivel del suelo, que eran lo único que iluminaban la habitación, no había distinguido entre ellas una cama con barrotes de hierro tan sólidos y negros como los de una cárcel. ¿Su pobre padre, entonces, debía ponerse en cuatro patas como un animal, humillado, reducido, cada vez que le gritaba a él por las lucarnas, mensajes y directivas disfrazadas de los desvarios de loco que el resto de la familia había aprendido a no oír? Un bulto yacía en la cama. Lo llamó. Pero no tuvo respuesta. A pesar de ello, dijo:
       —Soy Wenceslao.
       Durante un segundo tuvo la esperanza de que, al pronunciar su nombre, su padre se pondría de pie, abriendo sus brazos para acogerlo después de cuatro años de separación. Pero al avanzar hacia su lecho lo vio tendido allí, envuelto en una camisa de fuerza como en una crisálida brutal, amordazado, con una venda sobre los ojos: un ser humano que era su padre yacía sobre mantas inmundas de sangre y de babas y hediondas de vómitos. Wenceslao se inclinó sobre la mordaza húmeda.
       —Láudano —masculló—. Para que no se comunicara conmigo hasta después del regreso del paseo. Pero no regresarán. Y mi padre despertará y su furia será terrible.
       Wenceslao no titubeó. Con una navaja abrió de un solo tajo, comenzando en el mentón y terminando en los pies, la camisa de fuerza que se dividió en dos como una vaina, revelando el cuerpo desnudo y blanqueado como un cadáver reposando en su mortaja. Luego cortó la mordaza y desanudó la venda de los ojos, dejando descubierto el bello rostro de su padre que apenas recordaba: pero la emoción que manó al instante lo reencontró en esa boca hundida por la flacura, en el hueso de esa nariz traslúcida, y en esos párpados azulados por el sueño del opio. La barba rubia le llegaba hasta el pecho, el pelo hasta los hombros.
       —Padre —murmuró Wenceslao acariciándole la melena sucia, sin esperanza que por el momento respondiera porque sabía que el sueño del láudano es prolongado.
       Se sentó en el suelo, entonces, junto a su cabecera, mirándolo a veces a él, a veces a través de la lucarna por donde divisaba desde estas alturas a unos enanos jugando en los prados del parque que parecía una esmeralda enclavada en medio de la llanura. Esto era lo que los grandes hacían con los seres que no podían absorber en su estructura; lo que intentaban hacer con todos los que no eran exactamente como ellos; lo que harían con él, con Wenceslao, cuando tuviera la edad de su padre; lo que hacían con sus hijos mediante la incredulidad, mediante la vigilancia de los sirvientes, mediante su falta de placer en ellos, mediante las leyes arbitrarias inventadas y consagradas por ellos mismos pero que se atrevían a llamar leyes naturales: comentar todo esto con Arabela hubiera aliviado su desesperación. Pero Arabela había permanecido en la orilla del problema, encerrada en su biblioteca vacía. Debió haber insistido que lo acompañara para no ser el único que escuchaba el resuello de su padre que parecía a punto de agotarse. Estaba solo junto a él. Por el momento. Debía tener paciencia y esperar.
       Y Wenceslao esperó largo rato, bajando de cuando en cuando, como lo veremos más adelante, a mezclarse con sus primos para preparar y sondear el ambiente, pero subiendo una y otra vez a vigilar a Adriano, suavizando su melena desgreñada, limpiando con su pañuelo ese rostro tiznado, refrescando sus labios resecos con un poco de agua, hasta que en los ojos sin foco de Adriano Gomara, mucho más tarde, reflotó suficiente lucidez como para percibir que no era Froilán ni Beltrán quien velaba junto a su cabecera, sino Wenceslao.
       Adriano Gomara, entonces, estiró débilmente su mano para tocársela, y sus labios intentaron pronunciar las cuatro sílabas de su nombre sin tener fuerza, sin embargo, más que para enunciar la palabra de dos:
       —Hijo.
       Adriano tardó mucho, hasta transcurridos gran parte de los acontecimientos que en la primera mitad de esta novela me propongo narrar, en adquirir fortaleza suficiente para iniciar una sonrisa.


Capítulo Dos:
LOS NATIVOS

1

      A estas alturas de mi narración, mis lectores quizás estén pensando que no es de «buen gusto» literario que el autor tironee a cada rato la manga del que lee para recordarle su presencia, sembrando el texto con comentarios que no pasan de ser informes sobre el transcurso del tiempo o el cambio de escenografía.
       Quiero explicar cuanto antes que lo hago con el modesto fin de proponer al público que acepte lo que escribo como un artificio. Al interponerme de vez en cuando en el relato sólo deseo recordarle al lector su distancia con el material de esta novela, que quiero conservar como objeto mío, mostrado, exhibido, nunca entregado para que el lector confunda su propia experiencia con él. Si logro que el público acepte las manipulaciones del autor, reconocerá no sólo esta distancia, sino también que las viejas maquinarias narrativas, hoy en descrédito, quizás puedan dar resultados tan sustanciosos como los que dan las convenciones disimuladas por el «buen gusto» con su escondido arsenal de artificios. La síntesis efectuada al leer esta novela —aludo al área donde permito que se unifiquen las imaginaciones del lector y del escritor— no debe ser la simulación de un área real, sino que debe efectuarse en un área en que la apariencia de lo real sea constantemente aceptada como apariencia, con una autoridad propia muy distinta a la de la novela que aspira a crear, por medio de la verosimilitud, otra realidad, homologa pero siempre accesible como realidad. En la hipócrita no-ficción de las ficciones en que el autor pretende eliminarse siguiendo reglas preestablecidas por otras novelas, o buscando fórmulas narrativas novedosas que deberán hacer de la convención de todo idioma aceptado como no convencional sino como «real», veo un odioso fondo de puritanismo que estoy seguro que mis lectores no encontrarán en mi escritura.
       Quiero que este capítulo de mi historia retroceda en el tiempo para analizar las actitudes de esta familia que estoy inventando —y de paso explicármela a mí mismo a medida que la construyo—, lo que echará luz tanto sobre aquello que sucedió en el día mismo de la partida de los Ventura como sobre los horrores que sucedieron después. Mi mano tiembla al escribir «horrores», porque según las reglas estaría anticipándome a los efectos que deseo producir: pero dejemos la palabra, ya que este tono se me ha hecho tan natural como un disfraz bajo cuya artificiosidad puedo actuar más libremente que si entregara mi prosa desnuda.
       Básteme empezar diciendo que nadie en la familia Ventura se preguntaba si era agradable o no pasar los tres meses de verano en Marulanda. Lo habían hecho sus abuelos, sus bisabuelos y tatarabuelos, y el rito se cumplía todos los años, incontestado, monótono y puntual. Aislados por las modulaciones del sedoso pelaje de las gramíneas de la llanura donde no existían ni ciudades ni pueblos accesibles, añoraban el vecindario de otros terratenientes como ellos para intercambiar visitas.
       Existía un motivo práctico para el sacrificio de este largo período de aburrimiento anual: era la única manera en que podían controlar la producción del oro de sus minas en las montañas azules que teñían un breve segmento del horizonte. El trabajo de los señores se despachaba con algunas incursiones de reconocimiento a todo galope, con algún sofocante descenso a las minas, y con inspecciones sorpresivas a los villorrios montañeses donde los nativos de fornidos hombros martillaban el oro con combos de madera, capa de oro sobre capa de oro y sobre capa de oro, hasta formar libritos de láminas impalpables como el ala de una mariposa que, con milenaria ciencia, apretaban en fardos cuya tensión interior mantenía la unidad y la forma de cada lámina, de cada librito, de cada fardo.
       Sólo los Ventura podían firmar los documentos que Hermógenes les presentaba de vez en cuando. Los revisaban sin necesidad de levantarse de sus mecedoras colocadas junto a las mesitas de mimbre repletas de refrescos, bajo los tilos o en la terraza del sur. Después, ya no quedaba más trabajo que cargar los fardos en los coches al terminar el veraneo para transportar el oro a la capital —defendidos contra hipotéticos ataques de antropófagos que pretendían apoderarse de su tesoro por el ejército de servidores armados hasta los dientes, que también para eso los reclutaban y entrenaban—, donde comerciantes extranjeros de patillas coloradas y ojos aguachentos lo exportaban a los consumidores de todos los continentes. Los Ventura eran los únicos productores que iban quedando de oro laminado a mano, de tan alta calidad que no podían sino enorgullecerse de su exaltado monopolio: gente que sólo se contentaba con las materias más nobles siempre quedaría, y el oro de los Ventura estaba destinado a satisfacer sobre todo las exigencias de sus pares.
       Desde siempre —y desde que los grandes, y los padres de los grandes a su vez, eran niños—, en cuanto terminaba la temporada de ópera y bailes en la capital y comenzaban a ralear los coches de la gente como ellos en la avenida de palmeras a lo largo del mar, apenas el silbido minúsculo de un mosquito entraba por una ventana o las cucarachas de patas peludas y caparazones rutilantes nacían en las miasmas de los rincones, los hombres de la familia fletaban un tren de innumerables vagones en que emprendían el viaje veraniego a Marulanda, con sus mujeres y sus hijos, con su hueste de sirvientes, con esposas embarazadas y niños de teta, con baúles, maletas y víveres, además de la incontable miscelánea de objetos necesarios para hacer tolerables tres meses de aislamiento. La línea férrea terminaba en un punto cerca del fin de las tierras bajas, después que se había dejado de oler el mar. Pernoctaban acampados en tiendas alrededor de la estación donde los esperaba una escuadra de carruajes de todas clases, hasta carretelas con toldos de estameña tiradas por lentos bueyes de colas pendulares ineficaces para espantar el ennegrecimiento de moscas. Al día siguiente, encaramándose en sus vehículos, emprendían el ascenso a climas más templados. Los caminos subían imperceptiblemente al principio, pero luego se empinaban para adentrarse en los primeros cordones de la cordillera, circundando el perfil de montañas horadadas por la picota de antiguos mineros que les habían vaciado las entrañas; vadeaban ríos, bajaban a valles, cruzaban desiertos y praderas y después de días y días de camino, por última vez hacían noche en el caserío de una meseta benigna, y luego otra noche más en medio de la desesperante llanura devorada por las gramíneas, al socaire de una capilla de historiada espadaña: esto ya era dentro de sus propiedades que se perdían de vista hacia todos los horizontes. Un antepasado eligió este lugar, sin que nada lo recomendara salvo su clima agradable, para construir en él su casa de campo.
       Mucho se alegaba contra el lugar donde la habían emplazado. Pero era necesario reconocer que su construcción y su alhajamiento eran perfectos. Su parque de castaños, tilos y olmos, sus amplios céspedes por donde ambulaban los pavos reales, la diminuta isla de rocaille en el laghetto de aguas ahogadas por papiros y nenúfares, el laberinto de boj, el rosedal, el teatro de verdura poblado de personajes bergamascos, las escalinatas, las ninfas de mármol, las ánforas, remedaban sólo los modelos más exaltados, desterrando toda nota que lo comprometiera con lo autóctono. El parque, enclavado en esa llanura sin un solo árbol que manchar su extensión, era como una esmeralda, su profundidad cuajada de fantásticos jardines de materia más dura que la materia del paisaje: pero era una joya que casi no se notaba en la llanura donde el viento corría con los huidizos animales de astas soberbias que los niños solían divisar a través de la reja. Estos animales no tenían más que circunvalar esta joya descomunal para seguir señoreando en el espacio inalterado desde el principio del tiempo, ese tiempo que ya existía antes de la construcción de la casa y que seguiría existiendo después de su hipotética destrucción.
       Aquí debo confiar a mis lectores que, aunque lo pareciera, no era verdad que la llanura había sido siempre igual. Los Ventura contaban entre sus triunfos el haber logrado alterar la naturaleza, demostrando así su poder sobre ella. Hasta varias generaciones antes, Marulanda había sido un sitio feraz embellecido por árboles, ganado, pastizales, huertas cultivadas por caseríos de nativos agricultores. Pero un tatarabuelo conoció a cierto extranjero durante un viaje y lo trajo a visitar sus tierras. Este personaje le metió en la cabeza que las llanuras de Marulanda rendirían mucho más que con la agricultura vernácula —e incluso más que con las minas de oro— si sembraba en ellas unas semillas que le envió como regalo dentro de unas cuantas docenas de livianísimos sacos. Esta gramínea, aseguró el extranjero, además de necesitar poco cuidado y escasa mano de obra era extremadamente remunerativa porque sus productos servían para todo: para forraje, para fabricar aceite con sus semillas, como grano, para trabajos de cestería y cordelería…, en fin. Cuando se abrieron los sacos una ventolera arrebató los vilanos de las manos que intentaban manejarlos, esparciendo por doquier sus semillas casi invisibles. Y al cabo de unos cuantos años la gramínea se había apoderado de toda la llanura, de horizonte a horizonte. Se comprobó que su cultivo era tan fácil, o que su enraizamiento en la región tomó esta forma aberrante y que tenía tal avidez por crecer, madurar, germinar, invadir más y más tierra, que en menos de diez años había exterminado sotos y plantíos, destruyendo árboles centenarios y hierbas beneficiosas, devorando toda vegetación, alterando el paisaje y la vida animal y humana, y ahuyentando a los nativos atemorizados ante la incontenible voracidad de este vegetal que probó ser inútil. Éstos se vieron obligados a emigrar a las montañas azules, donde, al engrosar las filas de artesanos del metal, acrecentaron la producción de oro laminado, compensando con creces lo que se perdió cuando la maligna estirpe de plantas devoró las tierras, transformándolas en una barrera insalvable. A la llegada de los Ventura todos los años, las espigas de las gramíneas eran adolescentes varas verdes que inclinaban con gracia sus apretadas cabezas. Pero a su partida, al finalizar el verano, constituían una selva altísima, platinada, que erguía sus penachos inútiles entregados a constante danza. Después de la partida anual de la familia, los vientos del otoño desprendían de las cabezas de las espigas una ahogante borrasca de vilanos que hacía insoportable la existencia humana y animal en la región. Duraba hasta que los hielos del invierno quemaban sus tallos, dejando la tierra aterida como antes que comenzara la vida.
       No eran, sin embargo, sólo los requerimientos económicos lo que impulsaba a los Ventura a emprender año tras año el agotador viaje a sus tierras. Los animaba una motivación más alta: el deseo de que sus hijos crecieran con la certeza de que la familia es la base de todo bien, en lo moral, en lo político, en las instituciones. Así, durante los tres meses de encierro en el parque rodeado de lanzas, en las habitaciones fragantes de maderas nobles, en la infinita proliferación de salones, en el laberinto de bodegas que nadie había explorado, se consolidaría entre los primos una homogeneidad que los ataría con los vínculos del amor y del odio secretos, de la culpa y el gozo y el rencor compartidos. Y al crecer se irían cicatrizando estas heridas, uniendo a los primos con el silencio de los que todo lo saben de todos los demás y por lo tanto es innecesaria otra forma de comunicación que la de repetir los dogmas. Leyes incontestadas surgirían de este entierro de los secretos de la niñez, de la memoria unitaria de generaciones cómplices que participaban en los ritos anuales. Una vez violados estos ritos nada podría contener la diáspora. Entonces, los secretos enterrados con máscaras infantiles en la tácita confabulación del olvido aparecerían en la superficie luciendo aterrorizantes facciones adultas, tomando la forma de monstruosidades o vergüenzas para aquellos que no estuvieran enterados de que el silencio puede tomar el signo de la elocuencia para los enterados del léxico tribal.
       Quizás uno de los tantos móviles inconfesados que en el verano de que estoy hablando los instó a enamorarse de la idea de hacer el paseo a un paraje libre de cuidados, fuera que se hacía más y más apremiante enfrentarse con el hecho de que en el futuro iba a ser definitivamente imposible contar con los cuidados de Adriano Gomara, cuya locura —dijera lo que dijera Adelaida que siendo la mayor tenía autoridad para establecer la versión oficial de todo lo que atañía a la familia— era locura, y no sólo una pena que el día menos pensado se le iba a pasar. Cada año venían a Marulanda con menos entusiasmo porque vislumbraban la posibilidad de no venir más, de romper el rito, ya que se habían acostumbrado a la comodidad de veranear con un médico en la familia, cosa que ahora les parecía imprescindible: el creciente miedo de no contar más con él acercaba la dispersión. Poco antes del paseo, Ludmila, Celeste y Eulalia, caminando bajo sus sombrillas en el rosedal cuyas flores, al atardecer, parecían gigantescas, aromáticas y de colores tan extravagantes como si fueran artificiales, comentaban:
       —Su contacto con los nativos lo precipitó en el delito, como a cualquiera que se relaciona con seres que, aunque remota o simbólicamente, hayan considerado posible comer carne humana.
       —¿Por qué Adriano no intenta entretenerse con algo positivo, como la pobre Balbina con Wenceslao?
       —¡Ese niño está de comérselo!
       —Todos los niños, por gracia de su naturaleza infantil, son exquisitos, como para comérselos a besos…
       —¿Por qué no lee y se queda callado?
       —Los libros terminarían de deteriorar su cerebro.
       —En todo caso, es el colmo que se pase el día ocioso quejándose desde su torreón, donde me imagino que estará rodeado de comodidades, dejándonos a nosotros a la merced de las más atroces enfermedades.
       —Sería, en verdad, insoportable traer a un medicucho de la capital, que se metería en los asuntos de la familia y pretendería que lo tratáramos como a un igual.
       —Y lo necesitamos.
       —Eso no significa que sea nuestro igual.
       —¡Dios mío, no, por cierto!
       —El deber de Adriano es sanarse para cuidarnos.
       —Sí. Es su deber considerar el hecho de que ya no estamos tan jóvenes.
       —Sufrimos de reumatismo.
       —Y de sofocos, que es lo peor.
       —Y los niños perversos se caen de los árboles y se espinan la mano y les da difteria…, nos podrían contagiar…
       —Y también a los sirvientes, que se contagian con toda suerte de sucios males a los que por fortuna nosotros somos inmunes, y podrían enfermarse…
       —¡Ay! ¿Entonces quién protegería el oro a nuestra vuelta a la capital?
       —No sé. No sé. Corramos un tupido velo sobre este asunto.
       Suspiraron. Continuando su paseo tomadas del brazo dieron vuelta alrededor de la urna elevada sobre un pedestal, y por el mismo sendero regresaron a la terraza del sur. En fin: anoche Adriano había gritado sólo dos veces. No, tres. En todo caso, era la hora del té.
       Cuando en el viaje de ida a Marulanda llegaban al fin de la vía férrea los esperaba ahora, además de los consabidos carruajes, un extraño vehículo que semejaba un gran cajón pintado con las descoloridas letras de un circo de fieras, el lado abierto clausurado por barrotes. Allí metían a Adriano. Hacía el trayecto a la cola de la caravana para que no perturbara a aquellos que durante un tiempo se dignaron considerarlo como un igual, en esa jaula sobre cuatro ruedas pintadas con estrellas rojas y payasos. La jaula los esperaba todos los años al final del ferrocarril porque el tiempo no curó a Adriano Gomara, quien, como todos los seres no pertenecientes a la casta de los Ventura, adolecía no sólo de falta de control sobre sus nervios, sino de un egoísmo que le impedía hacer un esfuerzo para reintegrarse a la sociedad.
       Sí, en muchos sentidos Adriano sería el culpable de una eventual dispersión de la familia. Siempre se había hablado de las culpas de Adriano Gomara. Pero Balbina, la menor de las Ventura, y no sin razón porque nadie podía negar su apostura, jamás quiso oír las cosas que de él decían. Nadie —ni sus padres ni sus hermanos, que por eso la cuidaban tanto— ignoraba que Balbina Ventura era tonta de capirote. Lo único que le divertía era mimar a sus diminutos falderos blancos y no sabía desplegar otro esfuerzo que el de peinarlos para que estuvieran esponjosos como vellones. La aquejaba, además, un mal gusto verdaderamente fantástico en el vestir, una incontrolable inclinación por cubrirse de lazos, blondas, tules y cadenitas, que decoraban la espléndida redundancia de su torneada carne lechosa y de sus rizados cabellos rubios. Su madre le decía:
       —Pero hija ¿vas a salir así? Pareces un escaparate.
       —Comprendo que soy cursi. Pero a mí me gusta.
       Indiferente a críticas y consejos, aletargada en el fondo del victoria que la llevaba al paseo de las palmeras donde todo el mundo se daba cita a última hora de la mañana, casi no miraba a los muchachos que se le acercaban guiando acharoladas calesas, o a los elegantes jinetes que la saludaban desde la montura de sus alazanes. Era como si su conciencia de todo lo que veía fuera una liamita muy tenue. Y cuando sus hermanos esperanzados la interrogaban acerca de estos caballeros, Balbina ni siquiera se acordaba de sus apellidos. La familia comenzó a inquietarse por la suerte de Balbina, que, pese a su mente infantil, ya era toda una mujer. La madre tranquilizaba a los hermanos:
       —Déjenla que haga lo que quiera. Es fría como un pescado. Lo cual me conviene porque se quedará soltera, acompañándome. Aunque quizás resultaría ser buena madre, como tantas mujeres que no son capaces de enamorarse.
       Sin embargo, cuando apareció Adriano Gomara, de más edad que ella y perteneciente a un mundo en cierto sentido marginal puesto que era sólo un médico, la llamita que ardía sin calor en la carne estatuaria de Balbina se transformó en una hoguera. Bailó y rió y lloró incansablemente. Atenuó el gusto barroco de su vestimenta, adivinando que era preferible que el lujo de su carne fuera protagonista no lo que la cubría. Desoyó al coro de la familia que le imploraba que tuviera cautela, ya que —aunque se trataba de uno de los profesionales más distinguidos de la capital— no siendo uno de ellos, pariente como todos por sangre, por educación y por leyes acatadas sin enunciarlas, no podían predecir cómo se desempeñaría en su papel de marido. Adriano pertenecía a una especie desconocida para los Ventura, un ser distinto que tenía la extraña costumbre de sopesar, antes de aceptarla, ambos lados de cualquier proposición; que sonreía imperceptiblemente, y sólo con los ojos, al plegarse a los ritos que a ellos los definían; que permitía que se murmurara de él que era liberal, aunque jamás hubo pruebas de tan horrendo crimen; que apreciaba o rechazaba a la gente por motivos ininteligibles para ellos… y claro, estos desplantes de advenedizo podían atraer la desgracia sobre la familia, como sus hermanos no se cansaban de repetirle. Balbina contestaba:
       —La culpa no será suya.
       Dócil, sobre todo por indiferencia, a los estímulos que hasta entonces conocía, desoyendo las advertencias del afecto, se dejó arrastrar hasta el fin porque le habían enseñado que una muchacha como ella tiene el privilegio de encontrar irrazonable resistirse a lo placentero. Hasta que Balbina se casó con su médico de bigotazos rubios en la basílica junto al mar, porque la cosa ya no tenía remedio, y a Adriano Gomara, que además de ser excelente jinete tenía la cabeza muy bien puesta en su lugar, no era como para hacerle ascos a estas alturas simplemente porque no era dueño de toda una provincia, como ellos. Los Ventura, entonces, echaron la casa por la ventana en los esponsales más espectaculares que jamás se vieron en la ciudad, para callarle la boca a cualquier intrépido que pusiera en duda la incomparable distinción de un médico como Adriano Gomara.


2

       Adriano era tan diferente que supo dejar que su superficie se mimetizara en seguida con los Ventura. No tardó en adquirir la misma epidermis que esta gente simple, opulenta y amoral, cumpliendo con ciertas formas y puntualidades que lo vistieron de un ropaje bajo el cual permaneció libre para continuar siendo quien era. Es verdad que todos los ceños familiares se fruncieron cuando Adriano, durante el primer veraneo después de su matrimonio, dijo que como médico le resultaba imposible negarse a atender a los nativos del caserío que quedaba a poca distancia de la casa de campo. Pero fue lo suficientemente agudo como para no desdeñar la amonestación de sus ceños. Al contrario, con el fin de que nadie advirtiera lo que hacía, se levantaba dos horas antes del alba para ir a visitar las chozas, sin comentar a su regreso lo que allí había hecho y visto. Tomaba la precaución, eso sí, de regresar antes que sus parientes pudieran echarlo de menos, y se reunía con ellos ya fresco, sus arreos de profesional cambiados por sus ropas de caballero, sobándose las manos con el placer anticipado de una insidiosa partida de croquet.
       Pero Balbina lo echaba de menos. ¡Le hubiera gustado tanto holgar con él en el lecho durante las largas mañanas del verano! Cada año le parecía más difícil comprenderlo o, ya que ella no se lo formulaba así, más difícil saber cómo obligarlo a complacerla. Llegó a la convicción de que todo se debía a la influencia nefasta de los nativos. Pero no dijo nada porque no sabía cómo hacerlo. Una tarde, sin embargo, paseando bajo los castaños, mientras intentaban enseñarle a la pequeña Mignon a jugar al diábolo, llegaron hasta la reja de las lanzas. Balbina se detuvo, quedando con la vista fija en el grupo de chozas que se alzaban en la llanura.
       —Dicen que son hediondos —murmuró.
       —¿Cómo pueden saberlo si nadie de tu familia se ha acercado a un nativo?
       —¿Cómo se te ocurre que se les van a acercar? Nunca, por otra parte, entran en el parque. Sabes muy bien que se entiende con mi hermano Hermógenes a través de la ventana que se abre al patio del mercado cuando traen productos para vender.
       —¿No te dan curiosidad?
       —¡No! ¡Qué asco! ¡Andan desnudos!
       —Pero el cuerpo humano desnudo no es asqueroso, eso te lo he enseñado, amor mío.
       —¡Su desnudez es un insulto dirigido a nosotros!
       —No es un insulto, Balbina. Más bien una protesta.
       —¿De qué protestan? ¿Acaso no los compensamos por las cosas que traen a la casa? Si no fuera por lo que les damos serían aún más pobres que lo que son. Esa cola de carne que les cuelga por delante a los hombres, esas protuberancias de que las mujeres hacen gala en su pecho no son desvergonzadas ni inmorales. Su insulto no nos llega. Sería como sentirse insultados por la desnudez de una vaca o de un perro. No niegues que son inmundos…
       —Los nativos son la gente más limpia que conozco.
       Balbina quedó desconcertada ante esta contradicción de uno de los dogmas de la familia. Adriano le contó que, en efecto, cuando él llegó a Marulanda los nativos eran sucios y vivían en chozas pestilentes con sus animales y sus hijos. Una costra de mugre cubría sus cuerpos y les pegoteaba el pelo, y las moscas se cebaban en sus ojos legañosos y sus babas. Era como si el desaliento los hubiera derrotado hacía tanto tiempo que la aceptación de la enfermedad fuera su expresión más justa.
       —¿Cómo puedes decirme entonces que son limpios?
       —Las cosas han cambiado. Escucha.
       Adriano le contó cómo, a raíz de que durante su primer veraneo en Marulanda, Hermógenes se quejara que los nativos le traían cada vez menos productos, hizo averiguaciones que produjeron la noticia de que un mal desconocido estaba matando a los habitantes del caserío. El médico mantuvo una conferencia secreta con su cuñado, que aunque manifestó su temor de que Adriano se sometiera a la influencia de estos epígonos de los antropófagos, prometió no decir nada sobre la proyectada excursión al caserío para que no se extendiera el pánico en la casa de campo. Y Adriano, una mañana, galopó en su bayo a visitarlos:
       —¿Fue la primera vez que me dejaste? —le preguntó Balbina.
       —Sí.
       —¿Cómo quieres, entonces, que no los odie?
       —Escucha…
       Al ver llegar al jinete, los nativos huyeron como ante la llegada de un demiurgo que trae escasos víveres y cuantiosos males. Un olor nauseabundo envolvía las casuchas. Los vientres hinchados de los niños plomizos de suciedad, sus párpados color violeta, los rostros sin carne de los moribundos le indicaron al instante a Adriano cuál era el mal. Pidió que lo llevaran a ver el agua. Por entre las chozas lo condujeron al riachuelo infestado de heces humanas, las miasmas fétidas hirviendo de microorganismos asesinos. Preguntó:
       —¿De dónde vienen estas aguas?
       Señalaron la casa de campo. Existía allí un sistema de desagüe de reciente instalación que vaciaba los desperdicios de los Ventura en el riachuelo. Nadie pensó que más abajo, en el curso del agua, vivían los nativos, cuyas huertas y salud iban a sufrir como consecuencia del refinamiento de los señores. Adriano atendió a los enfermos, pero sobre todo los obligó a cambiar el caserío a otro emplazamiento. En dos días cada familia construyó con las gramíneas secas una nueva choza en forma de hongo junto al riachuelo, ahora antes que sus aguas recibieran los desperdicios de la cloaca de la casa de campo.
       —Al volver al año siguiente —continuó Adriano—, durante mi primera noche aquí, cuando estaba preparando mi ropa para salir antes del alba a ver cómo andaban las cosas en el caserío, escuché mi nombre susurrado por cientos de voces que se identificaban con el murmullo de las gramíneas. Cuando por fin partí en el bayo que me tenía preparado Juan Pérez, encontré a los hombres de la tribu esperándome afuera de la reja, susurrando mi nombre con ese fervoroso secreteo aprendido del rumor de las gramíneas. Me condujeron a una explanada de arena blanca junto al agua transparente donde habían construido sus chozas: todos los pobladores estaban en el agua, bañándose, hombres, viejos, mujeres, niños, lavándose unos a otros en un ceremonioso acto de amor, ayudándose, peinándose mutuamente los cabellos…, el ritual del baño comunitario había vuelto con la restitución de las aguas limpias y de la salud. Y al lavarse, cantaban…
       —¿Y eran bonitas sus canciones?
       —¿Bonitas como las de Mignon, por ejemplo?
       —Sí, bonitas como Connais-tu le pays où fleurit l'oranger… ¿Sabes? He decidido que a la hija que estoy esperando le pondré Aída, que es mi ópera favorita.
       Adriano se dio cuenta que Balbina se había extraviado del curso de la conversación porque no le interesaba. Le preguntó:
       —¿Y si no es niña?
       —Niño no quiero.
       —¿Por qué?
       —Los hombres son raros, como tú, que inventas mentiras sobre los nativos. Lo que quiero es una hija, hijas que me acompañen, para divertirnos juntas yendo de compras y donde la modista.
       Al cabo de unos años, en vista de las ausencias matinales de su marido, Balbina compró cuatro diminutos falderos blancos, animalitos malignos y rabiosos, de naricilla rosada y ladrido de tiple, que todos los primos detestaban no sólo por ridículos sino porque mordían y arañaban, rompiendo con dientecitos filudos sus muñecas, sus álbumes y sus medias. Mignon y Aída, en cambio, los defendían, quizás porque ellas mismas, a pesar de ir siempre emperifolladas como bomboneras, eran tan odiadas como los falderos, por feas y acusetas. Casimiro y Ruperto hacían que los perros se excitaran con la pierna desnuda que Teodora les ofrecía. Histéricos, temblorosos, como en un trance, los bichos se prendían de ella mientras Casimiro corría a buscar al tío Anselmo, que había sido seminarista, para que pusiera fin a este maleficio.
       —¿Qué hacen, tío?
       —¿Y eso colorado que les asoma del vientre, qué es, tío?
       —¿Y por qué es como mojado?
       Anselmo se santiguaba, despachando a los niños a rezar rosarios, asegurándoles que los perros estaban tan enfermos que era urgente deshacerse de ellos. Esta situación estuvo repitiéndose a diario con Teodora, que llegó a gozar entre los primos del prestigio de exhalar cierto perfume que exaltaba la sexualidad, y quizás, cuando fuera grande, iba a enloquecer a los hombres, igual que Eulalia, su madre. Anselmo reclutó a uno de los primos mayores al que le enseñaba box, y después de insinuarle ruborosas verdades acerca de la vida —que una docena de primos desternillándose de risa escucharon desde detrás de una cortina; Teodora, al oírlo, opinó que ninguno de los grandes sabía nada sobre sexo; pobre madre, suspiró, con razón es adúltera—, le mandó que se deshiciera de los perros. Fueron aprisionados por un pelotón de primos que los echaron del parque por los intersticios de la reja de lanzas: en la llanura, animales más respetablemente voraces darían cuenta de sus mínimas existencias decorativas. Cuando Aída y Mignon preguntaron por ellos, les contestaron que los antropófagos los habían devorado a manera de hors d'oeuvre antes de comérselas a ellas si le contaban a su madre lo sucedido.
       El tercer alumbramiento del Balbina la hizo olvidar sus falderos. El fruto de su insatisfecho amor por Adriano, que usaba su carne y después desaparecía, fue un niño al que no quiso ver ni elegirle nombre. Temeroso de que a su mujer se le ocurriera bautizarlo Rigoletto, la ópera estrenada con tanto éxito ese invierno en la capital, Adriano se apresuró a darle el nombre de su propio padre: Wenceslao. Después de un mes en que Balbina parecía haber olvidado el hecho de su reciente maternidad, una tarde vio a Wenceslao riéndose en los brazos de su hermana mayor, rubio y de ojos azules como buen Ventura, mecido en una ola blanca de encajes. Lo mostró a Aída y Mignon, que no se separaban de la falda de su madre por miedo a los antropófagos, diciéndoles:
       —Miren. Es más bonito que ustedes dos.
       Mignon y Aída bajaron la cabeza. Balbina, exasperada, les ordenó que no hicieran ese gesto tan feo que las hacía asemejarse a los nativos. Que consideraran que ya eran grandes, que tenían seis y tres años y debían saber comportarse. Lo que ambas niñas sabían de sobra era la imposibilidad de ganar el afecto de sus padres, porque por un inexplicable escamoteo de genes nacieron oscuras y feas aunque hijas de esos dos seres luminosos que eran Balbina y Adriano. Nadie se lo explicaba. Aunque, claro, en la intimidad de las sombrillas, al pasear por las avenidas del parque, las mujeres no dejaban de repetir que cómo iba a saber una quién fue el abuelo y quién el bisabuelo de Adriano, y mejor ni pensar de dónde habían salido las mujeres de su familia, de modo que todo era posible. Cuando Balbina hizo comparecer a sus hijas ante el lecho de muerte de su abuela, para que las bendijera antes de expirar, la vieja revivió un instante con el único propósito de hacer este último comentario:
       —¿Cómo se le puede exigir a Balbina que sea buena madre de estos dos mamarrachos? ¡Pobre mujer! ¡Con lo tonta que es! ¡Qué triste destino ser madre de hijos a los cuales es imposible amar!
       Y expiró con un eructo feroz.
       Estas palabras, que las niñas escucharon con atención, y la falta de fingimiento de Balbina, certificó aquello que las dos hermanas ya adivinaban tras la compasiva actitud de sus parientes: que ellas eran seres situados fuera del amor, aun del amor de sus padres, cuyos esfuerzos por mimarlas eran rechazados como mentira por estos dos seres agrios. Afectando una debilidad maternal por el hermanito, se dedicaron a cuidarlo y a jugar con él si alguien las vigilaba. Pero en cuanto las dejaban solas lo pellizcaban, lo hacían caer de su silla, lo alentaban para que se acercara gateando y con sus manecitas probara jugar con las ascuas de la chimenea.
       Espero que mis lectores estarán de acuerdo —y que alguna vez hayan sentido la perturbadora herida causada por este sentimiento— en que la belleza tiene el poder de transgredir todas las fronteras, liberando la imaginación para que impere sobre la realidad. Si es así, podrán creerme que Balbina olvidó que Wenceslao era hombre para que, de este modo, se ajustara a sus fantasías, y vistiéndolo de niña no se acordó más de sus dos hijas feas, embelesada con la tez rosa y los ojos de lucero de su hijo.
       A medida que Wenceslao fue creciendo, Aída fue separándose de Mignon porque se prendó de Wenceslao, que al comenzar a hablar con prodigiosa celeridad reveló ser ocurrente y divertido. ¿Cómo no preferir sus piernecitas sonrosadas a las flacas rodillas de Mignon que atenazaban sus piernas en la cama obligándola a prometer y a hacer cosas que ella no quería ni prometer ni hacer? Mignon la interrogaba, amenazándola con dientes de antropófagos hincándose en las partes más tiernas de su anatomía, y mientras le hablaba iba apretándola hasta hacer crujir sus huesos.
       —¿Es verdad que perdiste esos bombones que te ordené que le quitaras?
       —Sí.
       —¿Dónde están?
       —No sé.
       —¿Eres idiota que no sabes?
       —Me los comí.
       Mignon encendió la lámpara del velador. Alzándola sobre la cabeza de su hermana que reposaba en la almohada, le dijo:
       —Confiesa la verdad. ¿Oyes a los antropófagos recitando tu nombre allá afuera? Dicen que vendrán a comerte.
       El susurro de las gramíneas envolvía la casa. Mignon iba acercando la lámpara a su hermana, urgiéndola a confesar, que la mataría si no confesaba, hasta que Aída, aterrada con el calor de la lámpara junto a su rostro, estalló en llanto, reconociendo que se los comieron juntos mientras dejaba que Wenceslao hurgara en su cuerpo de niña para confirmar la diferencia con el suyo, pese a sus parecidos atuendos femeninos. Furiosa, Mignon agarró un mechón de la cabellera de Aída —su orgullo por lo abundante, en contraste con los escasos cabellos color topo de su hermana, quien a menudo de los peinaba asegurándole que era la cabellera más hermosa del mundo—y le quemó el mechón en la llama de la lámpara. Ardieron pelos, camisón, sábanas, mientras Mignon sujetaba a su hermana por la garganta para que no gritara repitiéndole una y otra vez que lo único que deseaba era verla achicharrarse. Cuando Aída pudo lanzar un grito aparecieron Balbina y Adriano seguidos de Wenceslao, que protestó:
       —¿Qué es esta algarabía? ¿Que no saben que los niños de cuatro años como yo tienen que dormir por lo menos doce horas?
       Apagaron las sábanas en las que Aída y Mignon sollozaban incapaces de responder a las preguntas de sus padres. Balbina sentó a Aída frente al espejo de su tocador.
       —¡Un desastre! —exclamó—. ¡Una verdadera tragedia! Cuando justamente pasado mañana es el cumpleaños de Adriano y vamos a celebrarlo con una fiesta en que quería que la familia pudiera felicitarme por lo menos por tus bonitos cabellos. Mira ahora. Esto es una calamidad. Te raparé.


3

       A esta altura de mi historia no puedo dejar de adelantar a mis lectores que sólo en el crepúsculo del día del paseo, cinco años después de lo que estoy contando, en el momento mismo en que Wenceslao percibió que el parque disimulaba a una cohorte de personajes esplendorosamente ataviados, estalló en su mente la certeza de que los acontecimientos de cinco años antes, que ahora me propongo relatar, fueron parte de la realidad reprimida en obediencia a una orden de su padre, no inconexos fragmentos de un sueño.
       En todo caso, para comenzar por el comienzo, diré que en el alba del día de su cumpleaños, como de costumbre, Adriano preparaba sus arreos para partir antes que aclarara. Balbina intentó detenerlo: que por favor hoy, cuando ella se proponía festejarlo con su propio cuerpo y más tarde la familia entera con regalos, se quedara en casa. Además, no podía, no debía abandonarla cuando aún la agitaba la tragedia de la cabellera de Aída. Se retorcía desnuda sobre las sábanas: maravillosamente desvergonzada para insinuarse, su carne lechosa era quizás demasiado abundante para algunos gustos pero no para el suyo…, si tocaba su piel imperceptiblemente húmeda sus manos no podrían dejar de adherirse a ella para buscar nuevas sorpresas en lo archiconocido. Pero no, se dijo Adriano. ¿Para qué insistir? Balbina era incapaz de aceptar a los seres enteros, tanto a una hija con cabellera chamuscada como a un marido cuyo horizonte se dibujaba más allá del límite de su pobre imaginación. En siete años de matrimonio sólo el cuerpo de Balbina conservó misterio, porque para Adriano no quedaba misterio alguno en los repliegues de su egoísmo, que en último término, y aunque su cuerpo pareciera contradecirlo, no era más que una pasmosa frialdad. Al comenzar a vestirse, sin embargo, Adriano olió el ligerísimo sudor de su mujer perfumando el dormitorio. No pudo dejar de jugarse la última carta y le propuso:
       —Muy bien. Me quedo. Pero con una condición.
       —¿Cuál?
       —Que no pasemos, tú y yo y los niños, la mañana de mi cumpleaños en esta casa con tus hermanos y tu familia. Quiero que hoy vengas conmigo. Mañana me quedaré yo contigo.
       Balbina titubeó. Adriano dijo, haciendo ademán de abandonarla:
       —Bueno. Si no quieres…
       Ella lo retuvo:
       —Prométeme que no volverás a salir en las mañanas.
       —Sí.
       Adriano no alcanzó a comprender la magnitud de su promesa porque se había lanzado sobre el cuerpo de su mujer, forcejeando entre la necesidad de desembarazarse de las prendas que ya se había puesto y su urgencia por agotarse en lo que se agazapaba entre aquellos muslos fastuosos. Y en la pegajosa penumbra del descanso después del amor, con un puro en la boca del que Balbina tomaba una que otra chupada, Adriano le explicó lo que ella quería saber.
       Balbina sopesó la proposición de su marido, llegando a la conclusión de que si la desagradable experiencia propuesta por Adriano para celebrar su cumpleaños afuera de la cada le aseguraba todas las mañanas del verano compartidas en el lecho, el riesgo de sentir desagrado esta única mañana valía la pena. Vistieron a los niños con sus trajecitos blancos de marinero y bajaron a los subterráneos antes del amanecer.
       La casa, posada sobre un levantamiento del terreno apenas más perceptible que un suspiro en el cuerpo tendido de la llanura, se hallaba construida encima de un intrincadísimo panal de bóvedas y galerías ahuecadas en innumerables niveles de profundidad. Cerca de la superficie y relacionados con ella por el necesario ir y venir, se extendían las instalaciones de las bodegas donde enólogos cuidaban de los vinos con los miramientos debidos a personajes de alcurnia, además de las despensas y cocinas, tanto las en uso como las abandonadas. En los aledaños nacía el laberinto de pasadizos, de los cuales brotaban alvéolos, cuevas, celdillas, aberturas, cámaras abatidas por repentinas sábanas de telarañas y frecuentadas por animalitos mucilaginosos e inofensivos que casi no se movían. Aquí quedaban los cuarteles para los sirvientes carentes de jerarquía, donde la inidentificable soldadesca dotaba de cualquier rasgo individual a sus escuetas vidas privadas junto a los jergones que constituían sus viviendas temporales: un caballerizo muy joven, casi un niño, cuidaba a una lechuza regalona en una jaula construida con el armazón de alambres de una vieja falda de Celeste; a la luz de un candil, un pinche de cocina remendaba un calcetín a listas estridentes para lucirlo quién sabe en qué ocasión; un turbulento grupo jugaba al naipe, apostando una imaginaria noche en los brazos de Eulalia, el estupendo tordillo de Silvestre, una docena de azafatas de plata del servicio de aparato. Tras un recodo, un melancólico muchacho del sur entretejía el inútil ardor de las melodías de su tierra pulsando una mandolina rota encontrada en un desván. También en las inmediaciones se hallaba el cultivo de hongos, pálidos, gordos como el vientre de un sapo, cuyo encargado, al poco tiempo de encierro en el subterráneo, llegaba a ser tan frío, tan quieto, tan ciego como esas deliciosas criptógamas a que los señores eran tan aficionados. Bastaba avanzar con un candil en la mano, aventurarse un poco más allá de donde quedaron pudriéndose los jergones del año pasado, para llegar a otros sistemas de celdillas del panal, donde los nuevos criados, después de colgar sus libreas relucientes o sus botas o sus mandiles, iniciaban, después del trabajo diario, simulacros de vida personal antes que fueran abortados por la fatiga o la desesperanza. Poco tardaban en darse cuenta de que si avanzaran hacia el lado de donde venía el frío por los túneles, entre líquenes y filtraciones, abriéndose paso por abandonados jardines de hongos que producían aberrantes especies barrocas como el cáncer, hacia cavernas y pasillos construidos de antigua piedra o socavados en materia natural donde chisporroteaban cristales, podían encontrar cosas desazonantes. Pero ninguno de los Ventura bajaba jamás al subterráneo. Salvo Lidia, a vigilar cocinas y despensas, y una vez al año, a la llegada del nuevo contingente, para señalarles con un dedo el sitio donde debían instalar sus jergones.
       Por los vericuetos del subterráneo, en esa mañana de su cumpleaños, en la cual acontecieron tantas cosas que determinan el desarrollo de esta novela, Adriano avanzaba llevando una lámpara en una mano y a Wenceslao de la otra, seguido por Balbina que tenía de una mano a Mignon y a Aída de la otra. Dejaron atrás todo rastro humano, toda señal de que alguna vez hubiera existido vida en estas profundidades. En un punto comenzaron a descender verticalmente por una escalera de caracol que horadaba la tierra, hasta transformarse, llegado a cierto nivel, en el hilo horizontal de un pasadizo que siguieron. El aire seco, estático en este sector sin temperatura, era tan antiguo que parecía detenido en otra época geológica: nada podía brotar ni nacer ni descomponerse en esta atmósfera, sólo mantenerse igual. Cruzaron una gruta de bóveda altísima cuyos cristales se encendieron como una constelación descubierta con los reflejos de la lámpara, devueltos por el estanque de aguas que jamás se habían movido. Adriano se detuvo junto a una puerta. Le dijo a su familia:
       —Olvídense de lo que aquí van a ver. No toquen nada.
       Y tal como dije más arriba, Wenceslao, que obedecía ciegamente a su padre, de hecho lo olvidó. Adriano, con un pie, abrió la puerta. Una vez dentro sostuvo la luz en alto para mostrar formas, colores, materias tan ricas y suntuosas que Balbina gritó:
       —¿Por qué no puedo tocar estos disfraces tan lindos?
       —Porque no son tuyos.
       —¿No están, acaso, en el sótano de mi casa?
       —Sí. Pero no son tuyos.
       Sólo el terror de que Adriano avanzara con la lámpara dejándola sola en este laberinto impidió que Balbina se lanzara a escarbar entre esos ropajes bárbaros colgados de los muros, pieles moteadas de animales ahora inexistentes, tocar los colores ardientes de mantos y alfombras y tapices y de filas de cacharros nacarados en los estantes, apoderarse de esas diademas con crestas de plumas, de esos aderezos de oro trenzado, fundido, repujado, pectorales relucientes, máscaras, brazaletes, cadenas, grandes placas con cifras.
       Salieron de la estancia. Afuera, en otro pasadizo, los esperaban dos nativos desnudos portando teas ardientes. Adriano cerró la puerta, clausurando la memoria de Wenceslao. Sólo se dio cuenta que las joyas y mantos vistos años antes tan brevemente eran verdaderos, en el instante en que percibió a los nativos luciéndolos al emerger de la penumbra de los árboles.
       El trayecto por los subterráneos no se hizo largo porque la visión de los tesoros desató la lengua de Balbina:
       —¿No les has contado nada? —le preguntó a Adriano.
       —¿A quiénes?
       —¿A mis hermanos?
       —No. ¿Por qué?
       —Me van a querer quitar estas cosas.
       —Ya te dije que no son tuyas. Pero no hay peligro que las toquen porque no saben que existen. No constan en ningún inventario de la casa. Tu familia ignora la existencia de estos tesoros porque están ocultos aquí desde hace tanto tiempo que ya en la época de tu abuelo se había perdido este recuerdo.
       —¿Cómo sabes tantas cosas tú, que al fin y al cabo no eres de la familia?
       —Porque, justamente, no soy Ventura.
       —Déjate de tonterías. Estoy segura que los nativos, que te creen una especie de dios y eso te encanta, te enredan con sus mentiras y tú simulas creérselas para dominarlos. Esas cosas me pertenecen: si tú eres dios, yo soy la esposa del dios y tengo derechos.
       Adriano meditó que el grito de admiración de Balbina al ver todo ese esplendor enterrado no había sido más que un simulacro que disfrazaba la codicia: la familia Ventura sólo era capaz de admirar algo si tema la posibilidad de adquirirlo. ¿Sus gritos de placer entre sus brazos eran, entonces, ficticios, interesados, instrumentos destinados a adquirirlo a él? En todo caso, los símbolos rituales de la raza despreciada no representaban para ella la majestad de un mundo coherente, aunque ahora vencido, sino que configuraba un abigarrado guardarropa de teatro. Mignon, Aída. ¡Sí, sí! ¡Qué fácil era odiarla! Seres como ella les habían arrebatado sus arreos de guerreros y sus paramentos sacerdotales para encerrarlos en el fondo de esta antigua mina de sal y olvidarlos al construir encima de ella una casa de campo y un parque cuya razón misma de ser era, posiblemente, la de ocultarlos. Desde que les arrebataron sus vestiduras los nativos andaban desnudos a manera de protesta. Antepasados Ventura les habían ordenado que cubrieran sus vergüenzas. Pero los nativos se negaron a hacerlo, poniendo como condición que les devolvieran sus ropajes, y amenazando con que si empleaban la fuerza para obligarlos a vestir emigrarían, interrumpiendo así tanto la producción de las minas de oro de las montañas azules como el suministro de alimentos veraniegos, inutilizando de esta manera la casa de campo, que devorada por las gramíneas no tardaría en ser restituida a la llanura. Como era posible que con la devolución de sus símbolos los nativos pretendieran no sólo disputar el hecho de su secular sometimiento sino además sufrir una regresión a la antropofagia con la cual estos adornos podían estar relacionados, antiguos Ventura escondieron lo reclamado en el lugar más recóndito y no volvieron a hablar ni para bien ni para mal de la desnudez de los nativos. La presencia de sus sudorosas musculaturas, por fin, llegó a ser tan natural para ellos que el porfiado silencio de muchas generaciones de señores sepultó los tesoros en el olvido real. Esta información que suministro yo como narrador podemos pretender que fue suministrada por Adriano como respuesta a las insulsas preguntas de Balbina, ya que la memoria de las explicaciones de su padre deben reventar la conciencia de Wenceslao al recordarlas repentinamente, con el ímpetu de una catarata, cinco años más tarde, cuando él se dio cuenta de que los nativos engalanados los estaban cercando mucho antes que los demás primos los vieran.
       Pero Wenceslao nunca pudo olvidar el menor detalle de los siguientes acontecimientos de ese día, a partir de cierto momento en que al salir de los pasadizos subterráneos lo vio todo desde una roca situada al borde del riachuelo, junto a la explanada de arena blanca, donde se sentaron él, su padre, su madre y sus hermanas. Un semicírculo de chozas construidas con gramíneas secas limitaban la explanada. Los nativos desnudos fueron saliendo del agua, ordenándose en formaciones curvas como hoz junto a hoz, de hombres, mujeres y niños con los brazos alzados como en una cenefa, dotándolos de vaivén, y remedando y confundiendo, primero, sus voces con el murmullo de las gramíneas, pero elevándolas pronto hasta conquistarlo. Los nativos eran ahora una raza fuerte, sana, salud que en cierta medida le debían a la ciencia de Adriano, luciéndose en la ceremonia de su cumpleaños para agradecérselo con la espontaneidad que agradecían al frío anual que despejara la ahogante niebla de vilanos.
       Las filas se dispersaron, dejando una sola hoz de hombres balanceándose con los brazos en alto. Las ancianas alimentaban el fuego de un horno de barro en forma de cúpula mientras las vírgenes limpiaban una mesa de madera desbastada. Los hombres, cimbrándose en el aire rojizo del amanecer como por virtud del viento, fueron cerrando el semicírculo de cuerpos desnudos alrededor del horno, de la mesa, de la roca donde Adriano y su familia se hallaban entronizados. De pronto la fila de cuerpos se dividió para dejar salir a la arena, a toda carrera, a un descomunal cerdo blanco, una bestia mansa y desconcertada que se detuvo en el medio del redondel husmeando el suelo y rascándose el lomo contra la pata de la mesa. Antes que nadie pudiera impedírselo, Wenceslao saltó de la roca a la arena.
       —¡Hijo mío! —gritó Balbina.
       —Déjalo —le recomendó Adriano—. No le pasará nada.
       —¿No nos pasará nada? —preguntaron Aída y Mignon al unísono.
       —No —repuso Adriano ignorando las protestas de Balbina.
       —Vamos —dijeron ellas.
       —Se ensuciarán —se quejó Balbina—. Debí haberles puesto sus vestiditos de marinero azules, que resisten mejor el polvo, aunque debo reconocer que son más calurosos.
       Los niños, que parecían tres niñas vestidas de blanco, una de bucles de oro peinados à l'anglaise, otra de cráneo mondo y lirondo, la otra con sus ralos pelos color topo desordenados por la brisa, jugaban con el cerdo. Wenceslao montó en él como en una cabalgadura.
       —¡Te van a matar! —lo amenazaba—. ¡Te van a matar!
       Aída intentó desenroscarle la cola y entre chillidos de risa Mignon le tironeaba las orejas. Exclamaban:
       —¡Tienes los minutos contados!
       —¡Somos antropófagos y te vamos a comer!
       En el fondo de la hoz de danzantes, cerca del horno que ardía, un nativo gigantesco armado con un punzón se colocó detrás de la mesa. Los niños, despavoridos, huyeron para trepar a la roca junto a sus padres. El gigante golpeó una vez la mesa con la palma de la mano abierta. Obedeciéndolo, se hizo silencio y cesaron los movimientos. El gigante alzó el punzón: era la señal. De los cuatro puntos cardinales aparecieron cuatro nativos ululando, que persiguieron y rodearon al cerdo con una danza que simulaba una cacería. Acorralada, la bestia se entregó a ellos junto a la mesa presidida por el gigante de punzón en alto. Izaron al cerdo entre los cuatro, uno de cada pata, dejándolo caer, vientre arriba, sobre la mesa; después de haber cumplido con sus momentáneos papeles protagónicos, los cuatro hombres se confundieron con los del semicírculo. El sol brilló un instante en el punzón alzado, y cayó, clavándose en la aorta del cerdo que emitió un menguante chillido de incomprensión y dolor, recogido por la recomenzada salmodia de los nativos, mientras la población entera remedaba los estertores agónicos del animal. Un chorro negro que le manó del cuello fue recibido por mujeres desnudas portando cuencos de barro en que salpicó la sangre manchando sus pechos: así, con los cuerpos tiznados de rojo, llevando las vasijas humeantes, cruzaron en fila la arena y se perdieron. Al cesar los estertores del cerdo, ancianos con ramas encendidas chamuscaron el pelo y la piel del animal, que el gigante iba raspando hasta dejarlo limpio, sonrosado, gordezuelo, obscenamente abierto de patas. Más nativos, armados de cuchillos y sierras, le zanjaron la panza caliente, metiendo las manos en su interior para destriparlo, alzando vísceras mojadas, intestinos sanguinolentos que de tan resbalosos parecían tener vida propia. Al ser exhibidas, el pueblo vitoreaba y las mujeres las recibían en cuencos limpios. Cesaron los vítores. Se tranquilizaron los cuerpos. El gigante alzó otra vez su mano con una hacha en alto, que dejó caer con un solo golpe limpio que cercenó la cabeza del cerdo. Las mujeres la colocaron en una bandeja, le abrieron la boca para rellenársela con una manzana, la rociaron con adobos, con hierbas, con sales, y la metieron en el horno. Toda traza del animal descuartizado desapareció de la mesa, que al instante lavaron, secaron y guardaron. ¿Hubo, en realidad, una mesa, un punzón alzado, un animal cubierto de la sangre del sacrificio? ¿No fue una alucinación?
       Los nativos salmodiaban alrededor del horno que pronto comenzó a exhalar apetitosos perfumes.
       —Me quiero ir —se quejó Balbina.
       —Espera un poco —respondió Adriano—. Juan Pérez ya debe haber llegado con los caballos, pero espera. ¡No sabes cómo te agradecen tu participación en esta ceremonia! ¿No oíste tu nombre en los cánticos? Prepararán los jamones y morcillas y más tarde te las llevarán de regalo a la casa. Ahora sólo comeremos la cabeza, que es la parte más noble de todo ser viviente. Ellos, que no comen carne de ninguna clase, hoy probarán carne en deferencia a nosotros…
       —¡Ah, no! ¡Cabeza yo no como! —exclamó Balbina—. ¡Qué asco! ¿Cómo es posible que consientas en comer sus porquerías con el único fin de propiciar tu rango de dios? No me engañes, Adriano mío: aunque supieras que te están dando de comer carne humana, lo que no es improbable, comerías para no arriesgar tu poder.
       Adriano apretó su fusta en la mano pero contuvo su ira hacia esta mujer malintencionada y superficial, que, sin darse cuenta de lo hecho —¿sin darse cuenta?—, con sus palabras había zanjado su disimulada arrogancia como quien zanja la panza de un cerdo, exhibiendo, de modo que él no pudiera dejar de reconocerlas, las vísceras de su ambición mesiánica. Pero Balbina no conocía el concepto de hybris que él sabía que lo amenazaba, se recordó Adriano para controlarse. Lo mejor era negarle todo acceso al poder con bien calibradas palabras:
       —A ti nadie te ha pedido que participes en nada más. Sólo Wenceslao y yo, que somos hombres, comeremos.
       —Yo no permito que mi muñeca coma cochinadas.
       —Eso lo decidiremos entre él y yo. Tú no tienes nada que ver con esto. Wenceslao ¿quieres comer cabeza de cerdo con tu padre?
       —Dile a nuestro hijo que puede no ser carne de cerdo…
       —No importa, mamá; si mi padre come, comeré yo.
       —Nosotras, a pesar de ser mujeres, también queremos comer, papá… —gimotearon Aída y Mignon.
       Balbina bajó de la roca. Estaba harta, decía. Comenzaba a hacer calor y prefería no ser testigo de cómo Adriano pervertía a los niños con sus costumbres antropófagas. Y, atendida por las mujeres de los pontífices, se dirigió al coche que la esperaba en las afueras del caserío.
       Adriano y sus tres vástagos, entretanto, se acercaron al horno. Alguien abrió la portezuela. Allí, rodeada de fulgor y exhalando un perfume exquisito apareció sobre la bandeja la sonrisa del cerdo, con la manzana metida en la boca y coronado de hierbas. Mignon lanzó un chillido al verla, huyendo a toda carrera hacia el victoria par refugiarse en los brazos de su madre, sollozando, hincando sus dientecillos en el cuello de Balbina como si quisiera devorarla y llamando a gritos a Aída, que pronto corrió a reunirse con ellas. Al ver el estado de nervios de sus hijas, con la punta de la sombrilla golpeó la espalda de Juan Pérez que esperaba encaramado en el pescante: éste fustigó a los caballos para que se pusieran en marcha y cruzaran al trote ese breve trozo de llanura que separaba el caserío de la casa de campo.
       Cuando ya avanzada la mañana Adriano y Wenceslao regresaron a caballo a la casa, al disponerse a subir a sus aposentos Mignon les salió al encuentro como si hubiera estado acechándolos. Llevaba el índice vertical sobre sus labios para exigir silencio.
       —Ven, papá… —murmuró.
       —¿Adonde?
       —Te tengo un regalo.
       —¿Adónde quieres llevarme?
       —Shshshshsh…
       Wenceslao se prendió de la mano de su padre, resuelto a no dejarlo. Mignon, cenicienta, cargada de hombros, las manos sobre el pecho como una novicia diminuta, los condujo a una sección de los sótanos desconocida para Adriano, una vasta y baja cocina cuyas bóvedas y arcos de piedra datarían de hace siglos pero que ahora sólo servían para almacenar leña. Un olor delicioso, dulzón, pesado de hierbas aromáticas llenaba el gran espacio como el incienso que se extiende por las naves de un templo. Adriano, sonriendo satisfecho, pero sin que su mano soltara la de Wenceslao, le preguntó a esa hija híspida por la que no sentía cariño, acariciándole la mejilla con la punta de su fusta, porque nada en ella lo incitaba a acariciarla con la mano:
       —¿Le has preparado algún plato exquisito a tu padre para celebrar su cumpleaños?
       Mignon dio un respingo al roce de la fusta, retirándose un poco. Sólo entonces sonrió. Al fondo del espacio de columnas rechonchas, casi en el centro, en el sitio que en una basílica se reserva para el altar mayor, vieron la enorme cocina negra que irradiaba calor. Avanzaron hacia ella, la sonrisa de Mignon haciéndose más y más secreta, como si sus pequeñas manos entrelazadas sobre la pechera de su vestido de marinero encerraran la cifra de todas las cosas. Sus pelos revueltos, sin embargo, contradecían su recogido aire monjil. Mirando al rostro de Adriano le preguntó:
       —¿Quieres comer, papá? Como tú y los nativos no me dejaron comer lo reservado a ustedes, los hombres, preparé otro festín, sólo para ti y para mí.
       Mignon, en ese momento, contenía una incandescencia tan inexplicable en esta niña con aspecto de roedor disfrazado de marinero veraniego, que Adriano casi pudo quererla. Le dijo:
       —Sí, hija mía. Quiero probar lo que me has preparado.
       Iban llegando a la cocina después de cruzar el espacio sacramental de las bóvedas. Mignon volvió a mirar muy fijo a su padre:
       —¿De veras, papá? No me ofenderé si no comes, es sólo un juego.
       Ella esperó para que él la obligara, para que la culpa de todo lo que iba a suceder fuera suya, su destino libremente asumido, de su propia elección. Adriano respondió riendo:
       —Se me hace la boca agua.
       Mignon abrió de golpe la puerta del horno. Adentro, en ese infierno, el rostro de Aída reía la tremenda carcajada de la manzana forzada dentro de la boca, la frente engalanada con perejiles y laureles y rodajas de zanahoria y limón como para día de carnaval, apetitosa durante una fracción de segundo: horrenda inmediatamente después, el mundo entero horrendo, sí, el infierno mismo…, con una patada feroz Adriano cerró la puerta del horno y su fusta laceró el rostro de Mignon, su propio alarido de dolor confundido con el de su hija que huyó a la montaña de leña porque sus ojos enceguecidos de pavor no podían guiarla hasta la puerta de salida, aullando, perseguida, azotada por Adriano que aullaba, las manos de Wenceslao tratando de sujetar a su padre, mientras en el horno seguía dorándose la cabeza suculenta de Aída que lo llenaba todo con su aroma festivo y pérfido. Adriano acorraló a Mignon, pegándole con la empuñadura de oro de su fusta. Pero la niña enceguecida escapó al padre enceguecido trepando la leña, sangrando el rostro, un atisbo de conocimiento que era puro terror animando su cuerpo para huir, sus rodillas, sus manos rotas, pateadas por las botas de su padre, chillando, el blanco disfraz de marinero hecho jirones, Adriano trepando tras ella para castigar a la asesina, agarrando un leño para azotar hasta el fin a la dueña de esas manos defensivas que inútilmente se alzaban en un último intento de protección, las manos de Wenceslao tirándolo de la ropa rota para impedirle asestar otro golpe con el leño ensangrentado, pero Adriano descargaba otro y otro, el leño nudoso caía una y otra vez hasta hacer papilla el cuerpo de la hija criminal e inocente que ya había dejado de moverse, convertida en una masa de sangre y de almidón sucio y pelo y huesos, mientras los que habían bajado al sótano al oír tanto aullido capturaban a Adriano, que, con los ojos cayéndosele de las órbitas y el rostro empapado de sudor y llanto y la boca rajada por los gritos y sollozos, quería huir pero seguía repartiendo golpes contra todos, lacayos, cuñados, niños, cuidado que está loco, peligroso, frenético, cogerlo de las piernas para tumbarlo, más hombres, que vengan más hombres para ayudar, pero Adriano seguía de pie entre los derrumbes de leña, poderoso, casi desnudo porque su ropa rasgada descubría el vigor de su tórax empapado con la sangre propia y la de su hija, las manos desolladas blandiendo ciegamente el tronco con que azotaba a esos desconocidos que eran su familia y sus servidores. Lograron derribarlo. Un batallón de sirvientes lo ató y amordazó para que no gritara. Y lo metieron en uno de los innumerables torreones de la casa donde pasó muchos días y muchas noches inconsciente, sus ojos completamente abiertos como si le dolieran demasiado para poder cerrarlos.
       En la terraza del sur, las mujeres se reunían a coser o bordar o jugar al bésigue, o simplemente para apoyarse como musas con el puño bajo el mentón y el codo en la balaustrada, contemplando a los pavos reales picoteando el césped, o vigilando a los niños en sus juegos, por lo menos en los juegos que éstos permitían que fueran vigilados. Adelaida, Celeste y Balbina, Ventura por nacimiento, manejaban los hilos de la conversación, mientras Lidia, Berenice, Eulalia y Ludmila, Ventura sólo por alianza, las seguían. Después de los acontecimientos que más arriba he narrado, si Balbina no estaba con ellas, lo que ocurría a menudo porque prefería permanecer extendida en la chaise-longue de su dormitorio, el tema obligado de cada charla era reconstruir la muerte de Aída y Mignon según sus interpretaciones que, como existía una versión oficial, eran sólo retóricas. ¿Había sido o no había sido efecto de la influencia nociva de los antropófagos? Sí, sí: lo era, ésa era la versión oficial que reencendió el temor a los salvajes ante esta prueba irrefutable de la insidia de sus métodos de infiltración. ¿Cómo, de otra manera, se podía explicar lo del «guiso» de la cabeza de la pobre Aída? Era verdad que Adriano no la había metido en el horno. Pero a cualquiera que fuera capaz de razonar tenía que parecerle evidente —sí, sí, evidente; como era «evidente» la versión oficial de cualquier cosa, no importaba cuán atrabiliaria— que si lo hizo la pobre Mignon fue por haber sido expuesta al ejemplo de los antropófagos en aquella infausta mañana. ¿Qué sucedería, Dios mío, si esa influencia llegaba a extenderse entre el resto de sus retoños? ¿Serían suficientes las medidas tomadas, especialmente la de encerrar a Adriano en el torreón, para evitar el contagio? El tema, eternamente apasionante, pese al tupido velo que al finalizar cada sesión decidían correr sobre lo incomprensible, conservaba toda su frescura.
       —Hay que reconocer que aunque en su peor momento pudo haber herido a Wenceslao, que pese a ser tan pequeño se portó como un héroe e intentó desarmarlo, no lo hizo: esto demuestra que sus facultades de padre amante no estuvieron jamás totalmente ofuscadas.
       —Te equivocas —pontificaba Adelaida—. ¡Wenceslao sólo se salvó porque Dios es grande!
       —No, Adelaida, no porque Dios es grande, que es una cualidad que nadie pretende negarle, de modo que no tienes para qué ser tan defensiva con respecto a El —argumentó Celeste bebiendo un sorbo de té—. Es porque desde el fondo de su enfermedad Adriano se dio cuenta que la pobre Balbina iba a necesitar un apoyo en su vida. Al fin y al cabo, de sus tres hijos, el único verdaderamente Ventura es Wenceslao, con su belleza y sus dotes de mando. Basta recordar cómo era Aída. Y para qué decir Mignon. En el cielo, sus carreras de ángeles se van a ver seriamente perjudicadas por su injustificable fealdad.
       —Pero no se puede decir que la pobre Balbina no hizo todo lo que se podía hacer por ellas, vistiéndolas como las vestía. ¡Qué gran madre! —exclamó la admirable Ludmila. Y moviendo una carta en el solitario desplegado sobre la mesita rodeada de mujeres, murmuró—: Corazón sobre corazón… ¡Pobre Balbina mía!
       —Fue mi marido Anselmo quien encontró el cuerpo ensangrentado —concluyó Eulalia—. Y el hacha y la sierra y los cuchillos sepultados bajo el montón de leña cuando, después de varios días, al recordar que era necesario enterrar también a la pobre Aída, lo comenzaron a buscar. Lástima que nunca pudieron encontrar la cabeza.
       —Se la robaron los antropófagos o sus agentes, lo que nos enseña la lección que debemos estar siempre precavidos —dijo Adelaida—. En todo caso, reconozco que es una lástima, y más que eso, una injusticia cuando se trata de uno de los nuestros, de privar a un cadáver de su cabeza. Prefiero que corramos, una vez más, un tupido velo sobre este asunto…
       Balbina parecía haber olvidado la tragedia. Cuando se le comunicó, sin darle detalles, que ella por lo demás no solicitó, la muerte de sus dos hijitas, lloró un poco, pero no demasiado, y corto tiempo después las olvidó por completo sin que nadie osara nombrarlas en su presencia, como tampoco a Adriano, a quien era preferible mantener encerrado para que no terminara comiéndoselos a todos. Wenceslao era consuelo suficiente para su madre. Crecía. Pero Balbina era incapaz de aceptar la realidad de su crecimiento, tal como era incapaz de aceptar que era niño, no niña, y continuaba vistiéndolo con falditas de bordados y fruncidos, cargado de cintas y coronitas de rosas de pitiminí y peinado con tirabuzones a l'anglaise. Su vida, ahora alegre e inocente, libre de toda obligación y vuelta a la prolongada infancia de la cual Adriano quiso arrancarla, se redujo a cuidar y peinar y vestir a Wenceslao como quien mima a una muñeca viva. Él, perfumado y con el rostro cubierto de afeites, tenía que soportar la burla de sus primos para no destruir lo poco que iba quedando de la mente de su madre.
       Balbina no le dejaba abandonarla. No porque tuviera miedo que le fuera a suceder algo —desapareció de su mente la noción de peligro, de modo que era necesario vigilarla sin parecer hacerlo para que no cometiera imprudencias—, sino por su enamoramiento de este embeleco sin el cual no encontraba nada que hacer. A veces, mientras lo tenía sentado en el taburete de su tocador para embadurnarle con afeites que realzaran su belleza, solía oír desde el torreón los gritos de Adriano. Balbina dejaba caer el cisne cargado de polvos, escuchando:
       —¿Quién será? —decía como preguntándose a sí misma.
       —¿Quién, mamá?
       —Ese hombre que grita.
       —Nadie grita, mamá.
       —¿No?
       —Yo no oigo nada.
       —Serán los niños jugando en el parque.
       —O los pavos reales.
       —Seguramente.
       Balbina se ponía a lloriquear:
       —¿Qué pasa, mamá?
       —No quieren que te lleve al paseo.
       —¿Por qué?
       —Porque son antipáticos.
       —Pero trata de explicarme por qué no quieren que me lleves.
       —Porque no debe haber ninguna entre nosotras que tenga privilegios: las leyes, cuando son parejas, eso dicen, no son duras. Si yo te llevara a ti, Adelaida tendría derecho a llevar a Cirilo, Lidia a Amadeo, Berenice a Clemente, Celeste a Avelino, Ludmila a Olimpia, y Eulalia a Zoé, y dicen que entonces las cosas se complicarían. Se quedarán ustedes, los treinta y cinco primos aquí en la casa…
       —¿Treinta y cuántos, mamá?
       —Y cinco. ¿Por qué?
       —Me confundo. Soy pequeño y no sé contar.
       —¿Me prestas tu red para cazar mariposas?
       —No tengo.
       —¿Por qué no tienes?
       —No me interesa cazar mariposas.
       —Eres raro…, raro como…
       —¿Cómo quién, mamá?
       —¿Qué dices?
       Wenceslao titubeó medio segundo para elegir su respuesta:
       —Que no tengo red.
       —¡Qué lástima! Hubiera cazado mariposas más lindas, de esas que tienen las alas irisadas, para secarlas en cajas con tapa de cristal y luego, cuando celebremos tu cumpleaños, te las prendería en tus rizos. Y si me hubieran permitido llevarte las hubiéramos cazado juntos para clavarlas vivas en tus cabellos y verlas aletear hasta morir. Pero son unos antipáticos y no me dejan llevarte.
       Los ojos de Wenceslao destellaron. Había temido que a último momento, en consideración por la «tragedia» de Balbina, hubieran acordado hacer una excepción en su caso. Pero no cedieron. Las leyes inflexibles, dijeron, las que no consideran cada caso en particular sino el principio puro, eran las que estabilizaban las instituciones. Adriano gritó en su torre. Desde los cojines de la chaiselongue donde su madre lo tenía reclinado, como una de esas muñecas decorativas que estaban de moda, Wenceslao por fin osó preguntarle aquello que quería averiguar desde hacía tantos días, y que, aunque Amadeo y sus espías estaban alerta escuchando la conversación de los grandes desde detrás de los arbustos y debajo de las faldas de las mesas, nadie había logrado confirmar:
       —¿Y a él lo llevarán, mamá?
       —¿A quién, hijo?
       ¿Cómo preguntárselo? ¿Cómo pronunciar ese nombre ante ella? Se arrepintió:
       —A Amadeo —repuso.
       —Está de comérselo a besos ese niño…, exquisito, realmente, una verdadera monada…
       Pero todas las mujeres decían lo mismo de todos los pequeñuelos con igual fervor. En ese momento Adriano aulló desde el torreón, pero Wenceslao no alcanzó a oír bien sus palabras. Dejó que pasara un momento de silencio, mientras su madre se empolvaba, por si su padre repitiera la frase que podría contener alguna directiva para llevar a cabo sus planes de mañana. Pero no lo hizo. Entonces Wenceslao le preguntó a Balbina:
       —¿Quién gritó, mamá?
       —¿Qué te ha dado por preguntar repetidamente lo mismo, hijo mío?
       —Me pareció…
       —Nadie grita. Ya te lo dije. Son los pavos reales.
       —Ah.



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