José Donoso
(Santiago, Chile, 1924 - Santiago, Chile, 1996)

El lugar sin límites (1966)
(México D.F.: Joaquín Mortiz, 1966)


Para Rita y Carlos Fuentes

    Fausto: Primero te interrogaré acerca del infierno. Dime, ¿dónde queda el lugar que los hombres llaman infierno?
     Mefistófeles: Debajo del cielo.
     Fausto: Si, pero ¿en qué lugar?
     Mefistófeles: En las entrañas de estos elementos. Donde somos torturados y permaneceremos siempre.
     El infierno no tiene límites, ni queda circunscrito a un solo lugar, porque el infierno es aquí donde estamos y aquí donde es el infierno tenemos que permanecer…

MARLOWE, Doctor Fausto

CAPÍTULO PRIMERO

      La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido. Por tomar tanto chacolí para apurar a los hombres y cerrar temprano. Dio un respingo, —¡claro!— abrió los ojos y se sentó en la cama: Pancho Vega andaba en el pueblo. Se cubrió los hombros con el chal rosado revuelto a los pies del lado donde dormía su hija. Sí. Anoche le vinieron con ese cuento. Que tuviera cuidado porque su camión andaba por ahí, su camión ñato, colorado, con doble llanta en las ruedas traseras. Al principio la Manuela no creyó nada porque sabía que gracias a Dios Pancho Vega tenía otra querencia ahora, por el rumbo de Pelarco, donde estaba haciendo unos fletes de orujo muy buenos. Pero al poco rato, cuando había casi olvidado lo que le dijeron del camión, oyó la bocina en la otra calle frente al correo. Casi cinco minutos seguidos. estaría tocando, ronca e insistente, como para volver loca a cualquiera. Así le daba por tocar cuando estaba borracho. El idiota creía que era chistoso. Entonces la Manuela le fue a decir a su hija que mejor cerraran temprano, para qué exponerse, tenía miedo que pasara lo de la otra vez. La Japonesita advirtió a las chiquillas que se arreglaran pronto con los clientes o que los despacharan: que se acordaran del año pasado, cuando Pancho Vega anduvo en el pueblo para la vendimia y se presentó en su casa con una pandilla de amigotes prepotentes y llenos de vino —capaz que hasta hubiera corrido sangre si en eso no llega don Alejandro Cruz que los obligó a portarse en forma comedida y como se aburrieron, se fueron. Pero decían que después Pancho Vega andaba furioso por ahí jurando:
       —A las dos me las voy a montar bien montadas, a la Japonesita y al maricón del papá…
       La Manuela se levantó de la cama y comenzó a ponerse los pantalones. Pancho podía estar en el pueblo todavía… Sus manos duras, pesadas, como de piedra, como de fierro, sí, las recordaba. El año pasado al muy animal se le puso entre ceja y ceja que bailara español. Que había oído decir que cuando la fiesta se animaba con el chacolí de la temporada, y cuando los parroquianos eran gente de confianza, la Manuela se ponía un vestido colorado con lunares blancos, muy bonito, y bailaba español. ¡Cómo no! ¡Macho bruto! ¡A él van a estar bailándole, mírenlo nomás! Eso lo hago yo para los caballeros, para los amigos, no para los rotos hediondos a patas como ustedes ni para peones alzados que se creen una gran cosa porque andan con la paga de la semana en el bolsillo… y sus pobres mujeres deslomándose con el lavado en el rancho para que los chiquillos no se mueran de hambre mientras los lindos piden vino y ponche y hasta fuerte… no. Y como había tomado de más, les dijo eso, exactamente. Entonces Pancho y sus amigos se enojaron. Empezaron por trancar el negocio y romper una cantidad de botellas y platos y desparramar los panes y los fiambres y el vino por el suelo. Después, mientras uno le retorcía el brazo, los otros le sacaron la ropa y poniéndole su famoso vestido de española a la fuerza se lo rajaron entero. Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.
       Se arrodilló para sacar sus zapatos de debajo del catre y se sentó en la orilla para ponérselos. Había dormido mal. No sólo el chacolí, que hinchaba tanto. Es que quién sabe por qué los perros de don Alejo se pasaron la noche aullando en la viña… Iba a pasarse el día bostezando y sin fuerza para nada, con dolores en las piernas y en la espalda. Se amarró los cordones lentamente, con rosas dobles… al arrodillarse, allá en el fondo, debajo del catre, estaba su maleta. De cartón, con la pintura pelada y blanquizca en los bordes, amarrada con un cordel: contenía todas sus cosas. Y su vestido. Es decir, lo que esos brutos dejaron de su vestido tan lindo. Hoy, junto con despegar los ojos, no, mentira, anoche, quién sabe por qué y en cuanto le dijeron que Pancho Vega andaba en el pueblo, le entró la tentación de sacar su vestido otra vez. Hacía un año que no lo tocaba. ¡Qué insomnio, ni chacolí agriado, ni perros, ni dolor en las costillas! Sin hacer ruido para que su hija no se enojara, se inclinó de nuevo, sacó la maleta y la abrió. Un estropajo. Mejor ni tocarlo. Pero lo tocó. Alzó el corpiño… no, parece que no está tan estropeado, el escote, el sobaco… componerlo. Pasar la tarde de hoy domingo cosiendo al lado de la cocina para no entumirme. Jugar con los faldones y la cola, probármelo para que las chiquillas me digan de dónde tengo que entrarlo porque el año pasado enflaquecí tres kilos. Pero no tengo hilo. Arrancando un jironcito del extremo de la cola se lo metió en el bolsillo. En cuanto le sirviera el desayuno a su hija iba a alcanzar donde la Ludovinia para ver si entre sus cachivaches encontraba un poco de hilo colorado, del mismo tono. O parecido. En un pueblo como la Estación El Olivo no se podía ser exigente. Volvió a guardar la maleta debajo del catre. Sí, donde la Ludo, pero antes de salir debía cerciorarse de que Pancho se había ido, si es que era verdad que anoche estuvo. Porque bien podía ser que hubiera oído esos bocinazos en sueños como a veces durante el año le sucedía oír su vozarrón o sentir sus manos abusadoras, o que sólo hubiera imaginado los bocinazos de anoche recordando los del año pasado. Quién sabe. Tiritando se puso la camisa. Se arrebozó en el chal rosado, se acomodó sus dientes postizos y salió al patio con el vestido colgado al brazo. Alzando su pequeña cara arrugada como una pasa, sus fosas nasales negras y pelosas de yegua vieja se dilataron al sentir en el aire de la mañana nublada el aroma que deja la vendimia recién concluida.
       Semidesnuda, llevando una hoja de periódico en la mano, la Lucy salió como una sonámbula de su pieza.
       —¡Lucy!
       Va apurada: tan traicioneros los vinos nuevos. Se encerró en el retrete que cabalga a la acequia del fondo del patio, junto al gallinero. Pero no, no voy a mandar a la Lucy. A la Clotilde si.
       —¡Oye, Cloty!
       …con su cara de imbécil y sus brazos flacuchentos hundidos en el jaboncillo de la artesa entre el reflejo de las hojas del parrón.
       —Mira, Cloty…
       —Buenos días.
       —¿Dónde anda la Nelly?
       —En la calle, jugando con los chiquillos de aquí del lado. Tan buena con ella que es la señora, sabiendo lo que una es y todo…
       Puta triste, puta de mal agüero. Se lo dijo a la Japonesita cuando asiló a la Clotilde hacía poco más de un mes. Y tan vieja. Quién iba a querer pasar para adentro con ella. Aunque en la noche, embrutecidos por el vino y con la piel hambrienta de otra piel, de cualquier piel con tal que fuera caliente y que se pudiera morder y apretar y lamer, los hombres no se daban cuenta ni con qué se acostaban, perro, vieja, cualquier cosa. La Clotilde trabajaba como una mula, sin protestar ni siquiera cuando la mandaban a arrastrar las javas de Cocacola de un lado para otro. Anoche le fue mal. Tenía entusiasmo el huaso gordo, pero cuando la Japonesita anunció que iba a cerrar, en vez de irse a la pieza con la Cloty dijo que iba a salir a la calle a vomitar y no volvió. Por suerte que ya había pagado el consumo.
       —Quiero mandarla. ¿No ves que si Pancho anda por ahí no voy a poder ir a misa? Dile a la Nelly que se asome en toditas las calles y que me venga a avisar si ve el camión. Ella sabe, ese colorado. ¿Cómo me voy a quedar sin misa?
       La Clotilde se secó las manos en su delantal.
       —Ya voy.
       —¿Hiciste fuego en la cocina?
       —Todavía no.
       —Entonces convídame unas brasitas para hacerle el desayuno a la niña.
       Al agacharse sobre el brasero de la Clotilde para tomar carbones con una lata de conservas achatada, a la Manuela le crujió el espinazo. Va a llover. Ya no estoy para estas cosas. Hasta miedo al aire de la mañana le tenía ahora, miedo a la mañana sobre todo cuando le tenía miedo a tanta cosas y tosía, al agor en la boca del estómago y a los calambres en las encías, en la mañana temprano cuando todo es tan distinto a la noche abrigada por el fulgor del carburo y del vino y de los ojos despiertos, y las conversaciones de amigos y desconocidos en las mesas, y la plata que va cayendo peso a peso, en el bolsillo de su hija, que ya debía estar bien lleno. Abrió la puerta del salón, puso los carbones sobre las cenizas del brasero y encima colocó la tetera. Cortó un pan por la mitad, lo enmantequilló y mientras preparaba el platillo, la cuchara y la taza, canturreó muy despacito:

…tú la dejaste ir
vereda tropical…
Hazla voooolver
Aaaaaaaaaaaaaaa mí…

       Vieja estaría pero se iba a morir cantando y con las plumas puestas. En su maleta, debajo del catre, además de su vestido de española tenía unas plumas lloronas bastante apolilladas. La Ludo se las regaló hacía años para consolarla porque un hombre no le hizo caso… cuál hombre sería, ya no me acuerdo (uno de los tantos que cuando joven me hicieron sufrir). Si la fiesta se componía, y la rogaban un poquito, no le costaba nada ponerse las plumas aunque pareciera un espantapájaros y nada tuvieron que ver con su número de baile español. Para que la gente se riera, nada más, y la risa me envuelve y me acaricia y los aplausos y las felicitaciones y las luces, venga a tomar con nosotros mijita, lo que quiera, lo que quiera para que nos baile otra vez. ¡Qué tanto miedo al tal Pancho Vega! Estos hombrones de cejas gruesas y voces ásperas eran todos iguales: apenas oscurece comienzan a manosear. Y dejan todo impregnado con olor de aceite de maquinarias y a galpón y a cigarrillos baratos y a sudor… y los conchos de vino avinagrándose en el fondo de los vasos en las siete mesas sucias en la madrugada, mesas rengas, rayadas, todo claro, todo nítido ahora en la mañana y todas las mañanas. Y al lado de la silla donde estuvo sentado el gordo de la Clotilde, quedó un barrial porque el muy bruto no dejó de escupir en toda la noche —muela picada, dijo.
       La tetera hirvió. Hoy mismo le iba a hablar a la Japonesita. Ya no estaba para andar preparándole el desayuno al alba después de trabajar toda la noche, con las ventoleras que entraban al salón por las ranuras de la calamina mal atornillada, donde las tejas se corrieron con el terremoto. A la Clotilde le iba tan mal en el salón que podían dejarla para sirviente. Y a la Nelly para los recados, y cuando creciera… Sí, que la Clotilde les llevara el desayuno a la cama. Qué otro trabajo quería a su edad. Además, no era floja como las demás putas. La Lucy regresó a su pieza. Allí se echaría en su cama con las patas embarradas como una perra y se pasaría toda la tarde entre las sábanas inmundas, comiendo pan, durmiendo, engordando. Claro que por eso tenía tan buena clientela. Por lo gorda. A veces un caballero de lo más caballero hacía el viaje desde Duao para pasar la noche con ella. Decía que le gustaba oír el susurro de los muslos de la Lucy frotándose, blancos y blandos al bailar. Que a eso venía. No como la Japonesita que aunque quisiera ser puta la pobre, no le resultaría por lo flaca. Pero como patrona era de lo mejor. Eso no podía negarse. Tan ordenada y ahorrativa. Y todos los lunes en la mañana se iba a Talca en el tren a depositar las ganancias en el banco. Quién sabe cuánto tenía guardado. Nunca quiso decirle, aunque esa plata era tan suya como de la Japonesita. Y quién sabe qué iba a hacer con ella porque de gozar no la gozaba. Jamás se compraba un vestido. ¡Qué! ¡Vestido! Ni siquiera quería comprar otra cama para dormir cada una en la suya. Anoche por ejemplo. No durmió nada. Tal vez por los perros de don Alejandro ladrando en la viña. ¿O soñaría? Y los bocinazos. En todo caso, a su edad, dormir con una mujer de dieciocho años en la misma cama no era agradable.
       Puso el platillo del pan encima de la taza humeante, y salió. La Clotilde, lava que te lava, le gritó que la Nelly ya había ido a ver. La Manuela no le respondió ni le dio las gracias, sino que acercándose para ver si estaba lavando ropa de las otras putas, alzó sus cejas delgadas como hilos, y mirándola con los ojos fruncidos de fingida pasión, entonó:

Veredaaaaaaaa
tropicaaaaaaaaaaa - aal.


CAPÍTULO II

       La casa se estaba sumiendo. Un día se dieron cuenta de que la tierra de la vereda ya no estaba al mismo nivel que el piso del salón, sino que más alto, y la contuvieron con una tabla de canto sostenida por dos cuñas. Pero no dio resultado. Con los años, quién sabe cómo y casi imperceptiblemente, la acera siguió subiendo de nivel mientras el piso del salón, tal vez de tanto rociarlo y apisonarlo para que sirviera para el baile, siguió bajando. La tabla que pusieron jamás formó grada regular. Los tacos de los huasos que entraban dando trastabillones molían la tierra dejando un hueco sucio limitado por la tabla que se iba gastando, una hendidura que acumulaba fósforos quemados, envoltorios de menta, trocitos de hojas, astillas, hilachas, botones. Alrededor de las cuñas a veces brotaba pasto.
       La Manuela se encuclilló en la puerta para arrancar unas briznas. No tenía apuro. Faltaba media hora para la misa. Media hora inofensiva, despojada de toda tensión por las noticias de la Nelly: ni un camión, ni un auto en todo el pueblo. Claro, fue sueño. No recordaba siquiera quién le vino a contar el cuento. Y los perros. No tenían por qué andar sueltos en la viña en este tiempo, cuando ya no quedaba ni un racimo que robarse. Bueno. Cinco minutos hasta la casa de la Ludovinia, un cuarto de hora para buscar el hilo, y cinco minutos para cualquier cosa, para tomar un matecito o para pararse a comadrear con cualquiera en una esquina. Y después, su misa.
       Por si acaso, miró calle arriba hacia la alameda que cerraba el pueblo por ese lado, tres cuadras más allá. Nadie. Ni un alma. Claro. Domingo. Hasta los chiquillos, que siempre armaban una gritadera del demonio jugando a la pelota en la calzada, estarían esperando junto a la puerta de la capilla para pedir limosna si llegaba algún auto de rico. Los álamos se agitaron. Si el viento arreciaba, el pueblo entero quedaría invadido por las hojas amarillas durante una semana por lo menos y las mujeres se pasarían el día barriéndolas de todas partes, de los caminos, los corredores, las puertas y hasta debajo de las camas, para juntarlas en montones y quemarlas… el humo azul prendiéndose en un claro cariado, arrastrándose como un gato pegado a los muros de adobe, enrollándose en los muñones de paredes derruidas y cubiertas de pasto, y la zarzamora devorándola y devorando las habitaciones de las casas abandonadas y las veredas, el humo azul en los ojos que pican y lagrimean con el último calor de la calle. En el bolsillo de su chaqueta, la mano de la Manuela apretó el jirón del vestido como quien soba un talismán para urgirlo a obrar su magia.
       Sólo una cuadra para llegar a la estación donde terminaba el pueblo por ese lado y a la casa de la Ludo a la vuelta de la esquina, siempre bien abrigada con un brasero encendido desde temprano. Se apuró para dejar atrás las casas de ese rumbo, que eran las peores. Quedaban pocas habitadas porque hacía mucho tiempo que todos los toneleros trasladaron sus negocios a Talca: ahora, con los caminos buenos, se llegaba en un abrir y cerrar de ojos desde los fundos. No es que del otro lado del pueblo, del lado de la capilla y del correo, fueran mejores las casas ni más abundantes los pobladores, pero en fin, era el centro. Claro que en épocas mejores el centro fue esto, la estación. Ahora no era más que un potrero cruzado por la línea, un semáforo inválido, un andén de concreto resquebrajado, y tumbada entre los hinojos debajo del par de eucaliptos estrafalarios, una máquina trilladora antediluviana entre cuyos fierros anaranjados por el orín jugaban los niños como con un saurio domesticado. Más allá, detrás del galpón de madera encanecida, más zarzas y un canal separaban el pueblo de las viñas de don Alejandro. La Manuela se detuvo en la esquina para contemplarlas un instante. Viñas y viñas y más viñas por todos lados hasta donde alcanzaba la vista, hasta la cordillera. Tal vez no fueran todas de don Alejandro. Si no eran suyas eran de sus parientes, hermanos y cuñados, primos a lo sumo. Todos Cruz. El varillaje de las viñas convergía hasta las casas del fundo El Olivo, rodeadas de un parque no muy grande, pero parque al fin, y por la aglomeración de herrerías, lecherías, tonelerías, galpones y bodegas de don Alejo. La Manuela suspiró. Tanta plata. Y tanto poder: don Alejo, cuando heredó hace más de medio siglo, hizo construir la Estación El Olivo para que el tren se detuviera allí mismo y se llevara sus productos. Y tan bueno don Alejo. ¿Qué sería de la gente de la Estación sin él? Andaban diciendo por ahí que ahora sí que era cierto que el caballero iba a conseguir que pusieran luz eléctrica en el pueblo. Tan alegre y nada de fijado, siendo senador y todo. No como otros, que se les ocurría que por tener la voz ronca y pelo en el pecho tenían derecho a insultarla a una. ¿Y cómo don Alejandro, que era tan hombre? Es verdad que en el verano, cuando venía a misa al pueblo con Misia Blanca y por casualidad se cruzaban en la calle, el caballero se hacía el leso. Aunque a veces, si Misia Blanca iba distraída le echaba su guiñadita de ojo.
       La Ludo le sirvió mate y sopaipillas. La Manuela se acomodó en una silla junto al brasero y comenzó a escarbar dentro de las cajas llenas de pedazos de cintas y botones y sedas y lanas y hebillas. La Ludovinia ya no podía ver el contenido porque estaba muy corta de vista. Casi ciega. (Tanto que la aconsejó la Manuela que no fuera tonta y que se comprara otros anteojos! Pero ella nunca quiso. Cuando murió Acevedo, en el momento antes que soldaran el ataúd, la Ludo casi se volvió loca y quiso echar adentro algo suyo que acompañara a su marido por toda la eternidad. No se le ocurrió nada mejor que echar sus anteojos. Claro. Ella fue sirvienta de Misia Blanca cuando la Moniquita se murió de tifus: la señora, desesperada, se cortó la trenza rubia que le llegaba hasta las corvas y la echó dentro del ataúd. A Misia Blanca le creció de nuevo todo el pelo. Por imitarla, la tonta de la Ludo se quedó sin ver. Por Acevedo, decía, que era tan celoso. Para no mirar nunca otro hombre. Cuando vivo, él no la dejaba tener ni amigos ni amigas. Sólo la Manuela. Y cuando lo embromaban recordándole que fuera como fuera la Japonesita era hija de la Manuela, el tonelero se reía sin creer. Pero la Japonesita creció y nadie pudo dudar: flaca, negra, dientuda, con las mechas tiesas igualitas a las de la Manuela.
       Con los años, la Ludo se había puesto muy olvidadiza y repetidora. Ayer le contó que cuando Misia Blanca la vino a ver le trajo un recado de don Alejo diciéndole que le quería comprar la casa, qué raro ¿no? y otra vez dice don Alejo se interesa por esta propiedad pero yo no entiendo para qué y yo no me quiero ir, me quiero morir aquí. Ah, no, era como para ahogarse. Ya no era divertido chismear con ella. Ni siquiera se acordaba de qué cosas tenía guardadas en la multitud de cajas, paquetes, atados, rollos que escondía en sus cajones o debajo del catre o en los rincones, cubriéndose de polvo detrás del peinador, metidos entre el ropero y el muro. Y para qué decir la gente, se le borraba toda, toda menos la de la familia de don Alejo, y les sabía los nombres hasta a sus bisnietos. Ahora no se podía acordar quién era Pancho.
       —Cómo no te vas a acordar. Te he hablado tanto de él.
       —Tú te lo llevas hablándome de hombres.
       —Ese hombrazo grandote y bigotudo que venía tanto al pueblo el año pasado en el camión colorado, te dije. Era del fundo El Olivo pero se fue y se casó. Después estuvo viniendo. Ese con las cejas renegridas y cogote de toro que yo, antes, cuando él era más chiquillo, lo encontraba tan simpático, hasta que esa vez vino a la casa con unos amigos borrachos y se puso tan pesado. Cuando me hicieron tiras mi vestido de española.
       Inútil. Para la Ludo, Pancho Vega no existía. La Manuela tuvo el impulso de pararse, tirar el mate y las cajas con hilos al suelo y volver a su casa. Vieja bruta. Ya no le queda más que un terrón blando adentro de la cabeza. ¿Para qué hablar con la Ludo si no se acordaba quién era Pancho Vega? Escarbó en la caja para encontrar su hilo y poder irse. La Ludo se quedó muda mientras la Manuela escarbaba. Luego comenzó a hablar.
       —Le debe plata a don Alejo.
       La Manuela la miró.
       —¿Quién?
       —Ese que tú dices.
       —¿Pancho Vega?
       —Ese.
       La Manuela enrolló el hilo colorado en su dedo meñique.
       —¿Cómo sabes?
       —¿Encontraste? No te lo lleves todo.
       —Bueno. ¿Cómo sabes?
       —Me dijo Misia Blanca el otro día cuando vino a verme. Es hijo del finado Vega que era tonelero jefe de don Alejo cuando yo estaba con ellos. No me acuerdo del chiquillo. Dice Misia Blanca que éste, cómo se llama, quiso independizarse de los Cruz y cuando don Alejo supo que andaba detrás de comprarse un camión, a pesar de que el chiquillo hacía tiempo que no estaba en el fundo y que el finado Vega era muerto y que la Berta también era muerta, lo hizo llamar, al chiquillo este, y le prestó plata así nomás, sin documento, para que pagara el pie de su camión…
       —¿Así es que se compró el camión con plata de don Alejo?
       —Y no le paga.
       —¿Nada?
       —No sé.
       —Perdido anda desde hace un año.
       —Por eso.
       —¡Sinvergüenza!
       Sinvergüenza. Sinvergüenza. Si venía con abusos, podía decírselo: sinvergüenza, estafaste a don Alejo que es como un padre contigo. Entonces, diciéndoselo, no sentiría miedo. O por lo menos, menos miedo. Era como si esa palabra le fuera a servir para romper una costra dura y amenazante de Pancho, dejándolo duro siempre y siempre amenazante, pero de otra manera. Era una lástima que todos esos bocinazos fueran sólo sueño… ¿Para qué iba a remendar entonces su vestido colorado? Se desenrolló el hilo del dedo. ¿Qué iba a hacer hoy toda la tarde? Lluvia, sus huesos lo sabían. ¿Venir donde la Ludo? ¿Para qué? Si volvía a hablarle de Pancho Vega seguro que le contestaría:
       —Ya estás vieja para andar pensando en hombres y para salir de farra por ahí. Quédate tranquila en tu casa, mujer, y abrígate bien las patas, mira que a la edad de nosotros lo único que una puede hacer es esperar que la pelada se la venga a llevar.
       Pero la pelada era mujer como ella y como la Ludo, y entre mujeres una siempre se las puede arreglar. Con algunas mujeres por lo menos, como la Ludo, que siempre la habían tratado así, sin ambigüedades, como debía ser. La Japonesita, en cambio, era pura ambigüedad. De repente, en invierno sobre todo, cuando le daba tanto frío a la pobre y no dejaba de tiritar desde la vendimia hasta la poda, empezaba a decir que le gustaría casarse. Y tener hijos. ¡Hijos! Pero si con sus dieciocho años bien cumplidos ni la regla le llegaba todavía. Era un fenómeno. Y después decía que no. Que no quería que la anduvieran mandoneando. Que ya que era dueña de casa de putas mejor sería que ella también fuera puta. Pero la tocaba un hombre y salía corriendo. Claro que con esa cara no iba a llegar a mucho. Tantas veces que le había rogado que se hiciera la permanente. La Ludo decía que mejor que se casara, porque trabajadora eso sí que era la Japonesita. Que se casara con un hombre bien macho que le alborotara las glándulas y la enamorara. Pero Pancho era tan bruto y tan borracho que no podía enamorar a nadie. O los nietos de don Alejandro. En el verano, a veces, se aburrían en las casas del fundo sin tener nada que hacer y venían a tomarse unas copas: espinillundos, de anteojos, callados, pero eran muy jovencitos y estaban preocupados con los exámenes y se iban sin tomar mucho y sin meterse con nadie, Si la Japonesita quedara embarazada de uno de ellos… no, claro que no casarse, pero en fin, el niño… Por qué no. Era un destino.
       No le aprendía a ella, se dijo la Manuela caminando hacia la capilla, el hilo colorado enrollado otra vez en el dedo meñique. El vestido lo iba a tomar aquí, en la cintura, y acá, en el trasero. Y si viviera en una ciudad grande, de esas donde dicen que hay carnaval y todas las locas salen a la calle a bailar vestidas con sus lujos y lo pasan regio y nadie dice nada, ella saldría vestida de manola. Pero aquí los hombres son tontos, como Pancho y sus amigos. Ignorantes. Alguien le contó que Pancho andaba con cuchillo. Pero no era cierto. Cuando Pancho quiso pegarle el año pasado tuvo la presencia de ánimo para palpar al bruto por todos lados: andaba sin nada. Idiota. Tanto hablar contra las pobres locas y nada que les hacemos… y cuando me sujetó con los otros hombres me dio sus buenos agarrones, bien intencionados, no va a darse cuenta una con lo diabla y lo vieja que es. Y tan enojado porque una es loca, qué sé yo lo que dijo que iba a hacerme. A ver nomás, sinvergüenza, estafador. Me dan unas ganas de ponerme el vestido delante de él para ver lo que hace. Ahora, si estuviera aquí en el pueblo, por ejemplo. Salir a la calle con el vestido puesto y flores detrás de la oreja y pintada como mona, y que en la calle me digan adiós Manuela, por Dios que va elegante mijita, quiere que la acompañe… Triunfando, una. Y entonces Pancho, furioso, me encuentra en una esquina y me dice me das asco, anda a sacarte eso que eres una vergüenza para el pueblo. Y justo cuando me va a pegar con esas manazas que tiene, yo me desmayo… en los brazos de don Alejo, que va pasando. Y don Alejo le dice que me deje, que no se meta conmigo, que yo soy gente más decente que él, que al fin y al cabo no es más que hijo de un inquilino mientras que yo soy la gran Manuela, conocida en toda la provincia, y echa a Pancho para siempre del pueblo. Entonces don Alejo me sube al auto y me lleva al fundo y me tiende en la cama de Misia Blanca, que es toda de raso rosado dice la Ludovinia, preciosa, y van a buscar el mejor médico de Talca mientras Misia Blanca me pone compresas y me hace oler sales y me toma en brazos y me dice mira Manuela, quiero que seamos amigas, quédate aquí en mi casa hasta que te sanes y no te preocupes, yo te cedo mi pieza y pide lo que quieras, no te preocupes, no te preocupes, porque Alejo, vas a ver, va a echar a toda la gente mala del pueblo.
       —Manuela.
       Una bocacalle. Los pies metidos en el barro de una poza en la calzada. Unos bigotes blancos, una manta de vicuña, unos ojos azulinos como bajo el ala del sombrero, y detrás, los cuatro perros negros alineados. La Manuela retrocedió.
       —Por Dios, don Alejo, cómo sale a la calle con esos brutos. Agárrelos. Me voy, me voy. Agárrelos.
       —No te van a hacer nada si no lo mando. Tranquilo, Moro…
       —Preso debían mandarlo por andar con ellos.
       La Manuela se iba retirando a la otra vereda.
       —¿A dónde vas? Estabas con las patas en el agua.
       —Apuesto que me resfrío. A misa iba, a cumplir con los mandamientos. No soy ninguna hereje como usted, don Alejo. Mire la cara de muerto que tiene, apuesto que anduvo de farra, a su edad, no digo yo…
       —Y tú irás a pedir perdón por tus pecados, grandísima…
       —¡Pecados! Ojalá. Ganas no me faltan, pero mire cómo estoy de flaca. Santita: Virgen y Mártir…
       —¿Qué no dicen que tienes embrujado a Pancho Vega?
       —¿Quién dice?
       —Él dice. Cuidadito.
       Los perros se agitaron detrás de don Alejo.
       —Otelo, Moro, abajo…
       El agua sopeándole los calcetines, el pantalón frío pegado a sus canillas. Hacía años que no se sentía tan averiada. Al subir por el talud hacia la otra vereda le dio una patada a un chancho para que se quitara, pero al resbalarse tuvo que afirmarse en su lomo. Desde la otra vereda le preguntó a don Alejo:
       —¿Cuidadito con quién?
       —Con Pancho. Dicen que no habla más que de ti.
       —Pero si ya no viene para acá para El Olivo. ¿No dicen que le debe plata a usted?
       Don Alejo se rió.
       —Todo lo sabes, vieja chismosa. ¿Sabes también que fui al médico ayer en Talca? ¿Y sabes lo que me dijo?
       —¿Al médico, don Alejo? Pero si está tan bien…
       —Me acabas de decir que tengo mala cara. Mala cara vas a tener tú también en cuanto te alcance Pancho.
       —Pero si no está.
       —Sí. Sí está.
       Los bocinazos, entonces, anoche. No, no iba a misa. No estaba para aguantar impertinencias en la calle. Hacía demasiado frío. Dios la perdonaría esta vez. Se iba a resfriar. A su edad, mejor acostarse. Sí. Acostarse. Olvidarse del vestido de española. Acostarse si la Japonesita no le decía que hiciera algo, qué sé yo, algún trabajo de esos que a veces le gritaba que hiciera. El año pasado Pancho Vega le retorció el brazo y. casi se lo quebró. Ahora le dolía. No quería tener nada que ver con Pancho Vega. Nada.
       —No te vayas, mujer…
       —Claro. No va a ser a usted al que le va a pegar.
       —Espera.
       —Ya pues, don Alejo, diga lo que quiere. ¿No ve que estoy apurada? Tengo las patas empapadas. Si me muero usted me paga el funeral porque usted tiene la culpa. De primera, ah…
       Don Alejo, seguido de sus perros, iba andando frente a la Manuela por la otra acera y hablándole. La última seña de la misa de once. Tuvo que gritar para que la Manuela le oyera porque pasó el break de los Guerrero lleno de chiquillos cantando:

Que llueva,
que llueva.
La vieja está en la cueva
los pajaritos cantan…

       —Ya pues, don Alejo. ¿Qué quiere?
       —Ah, sí. Dile a la Japonesita que tengo urgencia de hablar con ella. Voy a pasar esta tarde. Y contigo también quiero hablar.
       La Manuela se paró antes de doblar la esquina.
       —¿Va a venir en auto?
       —No sé. ¿Por qué?
       —Para que estacione delante de la puerta de la casa. Así Pancho ve que usted está con nosotros y no se atreve a entrar.
       —Si no vengo en auto, dejo a los perros afuera. Pancho les tiene miedo.
       —Claro, si es un cobarde.



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