Elena Garro
(Puebla, México, 1916 - Cuernavaca, 1998)

Antes de la Guerra de Troya
La semana de colores
(Xalapa: Universidad Veracruzana, Ficción, #58, 1964, 217 págs.)

      Antes de la Guerra de Troya los días se tocaban con la punta de los dedos y yo los caminaba con facilidad. El cielo era tangible. Nada escapaba de mi mano y yo formaba parte de este mundo. Eva y yo éramos una.
       —Tengo hambre —decía Eva.
       Y las dos comíamos el mismo puré, dormíamos a la misma hora y teníamos un sueño idéntico. Por las noches oía bajar al viento del Cañón de la Mano. Se abría paso por las crestas de piedra de la sierra, soplaba caliente sobre las crestas de las iguanas, bajaba al pueblo, asustaba a los coyotes, entraba en los corrales, quemaba las flores rojas de las jacarandas y quebraba los papayos del jardín.
       —Anda en los tejados.
       La voz de Eva era la mía. Lo oíamos mover las tejas. De las vigas caían los alacranes y las cuijas cristalinas se rompían las patitas rosadas al golpearse sobre las losas del suelo de mi cuarto. Protegida por el mosquitero, tocaba el corazón de Eva que corría en el mío por los llanos, huyendo del vaho que soplaba del Cañón de la Mano. El viento no nos quemaba.
       —¿Tuvieron miedo anoche?
       —No. Nos gusta el viento.
       Después, la casa estaba en desorden. Con las trenzas deshechas, Candelaria nos servía la avena.
       —¡Viento perverso, hay que amarrarle los pelos a una roca para que nos deje silencios!
       —Es la cólera caliente de las locas —agregaba Rutilio.
       —Por eso digo que hay que clavarle las greñas a las rocas y ahí que aúlle.
       Era mucha la cólera de Candelaria. Nosotras nos movíamos intactas en su voz y en el jardín mirábamos las flores derribadas.
       «Fue antes de que Leli naciera…», decía a veces mi madre.
       Esas palabras eran lo único terrible que me sucedía antes de la Guerra de Troya. Cada vez que «antes de que Leli naciera» se pronunciaba, el viento, los heliotropos y las palabras se apartaban de mí. Entraba en un mundo sin formas, en donde sólo había vapores y en donde yo misma era un vapor informe. El gesto más mínimo de Eva me devolvía al centro de las cosas, ordenaba la casa deshecha y las figuras borradas de mis padres recuperaban su enigma impenetrable.
       —Vamos a ver qué hace la señora…
       La señora se llamaba Elisa y era mi madre. Por las tardes Elisa se escondía en su cuarto, se acercaba al tocador y cerraba las puertas de su espejo. No volvía a abrirlas hasta la noche, a la hora en que se ponía polvos en la cara. Echada en la cama, su trenza rubia le dividía la espalda.
       —¿Quién anda allí?
       —Nadie.
       —¿Cómo que nadie?
       —Es Leli —contestaba Eva.
       Elisa escondía algo y luego se incorporaba. A través del mosquitero su cara y su cuerpo parecían una fotografía.
       —¡Sálganse de mi cuarto!
       Volvíamos al corredor, a caminarlo de arriba abajo, de abajo arriba, de loseta en loseta, sin pisar las rayas y repitiendo: fuente, fuente, o cualquier otra palabra, hasta que a fuerza de repetirla sólo se convertía en un ruido que no significaba fuente. En ese momento cambiábamos de palabra, asombradas, buscando otra palabra que no se deshiciera. Cuando Elisa nos echaba de su cuarto, repetíamos su nombre sobre cada loseta y preguntábamos «¿por qué se llama Elisa?». y la razón secreta de los nombres nos dejaba atónitas. ¿Y Antonio? Era muy misterioso que su marido se llamara Antonio. Elisa-Antonio, Antonio-Elisa, Elisa-Antonio, Antonio, Elisa y los dos nombres repetidos se volvían uno solo y luego, nada. Perplejas, nos sentábamos en medio de la tarde. El cielo naranja corría sobre las copas de los árboles, las nubes bajaban al agua de la fuente y a la pileta en donde Estefanía lavaba las sábanas y las camisas del señor. Antonio tenía chispas verdes y amarillas en los ojos. Si los mirábamos de cerca, era como si estuviéramos adentro de una arboleda del jardín.
       —¡Mira, Antonio, estoy dentro de tus ojos!
       —Sí, por eso te dibujé a mi gusto —contestaba los domingos, cuando nos recortaba el fleco.
       Antonio era mi padre y no nos mandaba a la peluquería porque «la nuca de las niñas debe ser suave y el peluquero es capaz de afeitarlas con navaja». Era una lástima no ir a la peluquería. Adrián giraba entre sus frascos de colores, afilando navajas y batiendo tijeras en el aire. Platicaba como si recortara las palabras y un perfume violento lo seguía.
       —¡Aja!, buenas ganas me tienen las rubitas, pero su papá no paga peluquero.
       Sentadas en la tarde redonda, recordábamos las visitas a Adrián y las visitas a Mendiola, el que vendía «besos» envueltos en papelitos amarillos.
       —¡Aquí está ya la parejita de canarios!
       Mendiola nos ponía un «beso» en cada mano. Las dos éramos visitadoras. Cuando íbamos al cine veíamos a los dos amigos desde lejos. No podíamos platicar con ellos ni con don Amparo, el que vendía los cirios, porque estábamos en medio de Elisa y Antonio, que sólo saludaban con inclinaciones de cabeza. Les gustaba el silencio y cuando hablábamos decían:
       —¡Lean, tengan virtud!
       Asomadas a los dioses dibujados en los libros, hallábamos la virtud. Los dioses griegos eran los más guapos. Apolo era de oro y Afrodita de plata. En la India los dioses tenían muchos brazos y manos.
       —Deben ser muy buenos ladrones.
       «Que tu mano derecha ignore lo que hace tu izquierda». Nosotras robábamos la fruta con la mano izquierda. ¿Y los dioses de la India? Ellos tenían mano izquierda, mano derecha, mano arriba, mano abajo, mano simpática, mano antipática, y mano de en medio. Imposible determinar cuál mano era la que ignoraba lo que hacían las otras manos.
       —¡Ah, si fuéramos como ellos robaríamos todo: tornillos, dulces, banderitas, y al mismo tiempo!
       Los demás dioses eran como nosotras. Hasta Nuestro Señor Jesucristo tenía sólo dos manos clavadas en la cruz. Huitzilopochtli era un bultito oscuro, con manos y sin brazos, pero él nos daba mucho miedo y preferíamos no mirarlo, inmóvil sobre uno de los estantes de los libros.
       —¿Cómo sería una cruz para clavar a Kali?
       —Como un molino.
       —Te digo una cruz, no un molino.
       —¿Una cruz?… Igual a una cruz.
       —Habría que clavarle una mano encima de la otra y de la otra con un clavo tan largo como una espada.
       —¿Y la mano de en medio?
       —Se la dejamos suelta como un rabo, para espantarse las moscas.
       —No se puede. Hay que clavársela también.
       —¿Del lado izquierdo o del derecho?
       —Vamos a preguntárselo a Elisa.
       —¿Que quieren? —preguntó Elisa con su voz de fotografía.
       —Nada.
       —¡Pues sálganse de mi cuarto! —y escondió algo otra vez.
       Salimos al corredor con la vergüenza de saber que Elisa ocultaba algo en su cama. Recorrimos las losetas repitiendo su nombre y cuando sólo nos quedó el ruido volvimos a su cuarto.
       —¿Qué quieren?
       —Te llama tu marido… está en el gallinero.
       El gallinero no era un lugar para Antonio y Elisa nos miró curiosa. Pero el gallinero estaba en el fondo de los corrales y Elisa tomaría un buen rato en ir y volver a su cama. Se fue. Su cama estaba caliente y de las almohadas se levantaba un vapor de agua de Colonia. Buscamos lo que escondía.
       —¡Mira!
       Eva me mostró una bolsita de besos y frutas cristalizadas. Sacamos dos besos y los comimos.
       —¡Mira!
       Una hoja seca marcaba las páginas del libro que Elisa guardaba debajo de su almohada.
       —¡Vámonos!
       Nos fuimos de prisa, sin los dulces y con el libro. Buscamos un lugar seguro donde hojearlo. Todos los lugares eran peligrosos. Miramos a las copas de los árboles y escogimos la más verde, la más alta. Sentadas en una horqueta leímos: la Ilíada. Así empezó la desdichada Guerra de Troya.
       «¡Canta, oh Musa, la cólera del pélida Aquiles!».
       La cólera de Elisa duró muchas semanas. Nosotras, ensordecidas por el fragor de las batallas, apenas tuvimos tiempo de escucharla.
       ¿En dónde se esconden todo el día?
       —¡Hum…! Quién sabe…
       Arriba, entre las hojas, nos esperaban Néstor, Ulises, Aquiles, Agamenón, Héctor, Andrómaco, Paris y Helena. Sin darnos cuenta, los días empezaron a separarse los unos de los otros. Después, los días se separaron de las noches; luego el viento se apartó del Cañón de la Mano, y sopló extranjero sobre los árboles, el cielo se alejó del jardín y nos encontramos en un mundo dividido y peligroso.
       «No permitas que los perros devoren mi cadáver», decía Héctor por tierra, alzando el brazo para apoyar su súplica. Aquiles, de pie, con la cabeza apoyada en la garganta del caído, lo miraba desdeñoso.
       —¡Pobre Héctor!
       —Yo estoy con Aquiles —contestó Eva súbitamente desconocida.
       Y me miró. Antes, nunca me había mirado. Yo la miré. Estaba a horcajadas sobre la rama del árbol, como otra persona que no fuera yo misma. Me sorprendieron sus cabellos, su voz y sus ojos. Era otra. Sentí vértigo. El árbol se alejó de mí y el suelo se fue muy abajo. También ella desconoció mi voz, mis cabellos y mis ojos. Y también tuvo vértigo. Descendimos afianzándonos al tronco, con miedo de que se desvaneciera.
       —Yo estoy con Héctor —repetí en el suelo y sintiendo que ya no pisaba tierra. Miré la casa y sus tejados torcidos me desconocieron. Me fui a la cocina segura de encontrarla igual que antes, igual a mí misma, pero la puerta entablerada me dejó pasar con hostilidad. Las criadas habían cambiado. Sus ojos brillaban separados de sus cabellos. Picaban las cebollas con gestos que me parecieron feroces. El ruido del cuchillo estaba separado del olor de la cebolla.
       —Yo estoy con Aquiles —repitió Eva abrazándose a las faldas rosas de Estefanía.
       —Yo estoy con Héctor —dije con firmeza, abrazada a las faldas lilas de Candelaria.
       Y con Héctor empecé a conocer el mundo a solas. El mundo a solas únicamente era sensaciones. Me separé de mis pasos y los oí retumbar solitarios en el corredor. Me dolía el pecho. El olor de la vainilla ya no era la vainilla, sino vibraciones. El viento del Cañón de la Mano se apartó de la voz de Candelaria. Yo no tocaba nada, estaba fuera del mundo. Busqué a mi padre y a mi madre porque me aterró la idea de quedarme sola. La casa también estaba sola y retumbaba como retumban las piedras que aventamos en un llano solitario. Mis padres no lo sabían y las palabras fueron inútiles, porque también ellas se habían vaciado de su contenido. Al atardecer, separada de la tarde, entré a la cocina.
       —Candelaria, ¿tú me quieres mucho?
       —¡Quién va a querer a una «güera» mala!
       Candelaria se puso a reír. Su risa sonó en otro instante. La noche bajó como una campana negra. Más arriba de ella estaba la Gloria y yo no la veía. Héctor y Aquiles se paseaban en el Reino de las Sombras y Eva y yo los seguíamos, pisando agujeros negros.
       —Leli, ¿me quieres?
       —Sí, te quiero mucho.
       Ahora nos queríamos. Era muy raro querer a alguien, querer a todo el mundo: a Elisa, a Candelaria, a Rutilio. Los queríamos porque no podíamos tocarlos.
       Eva y yo nos mirábamos las manos, los pies, los cabellos, tan encerrados en ellos mismos, tan lejos de nosotros. Era increíble que mi mano fuera yo, se movía como si fuera ella misma. Y también queríamos a nuestras manos como a otras personas, tan extrañas como nosotras o tan irreales como los árboles, los patios, la cocina. Perdíamos cuerpo y el mundo había perdido cuerpo. Por eso nos amábamos, con el amor desesperado de los fantasmas. Y no había solución. Antes de la Guerra de Troya fuimos dos en una, no amábamos, sólo estábamos, sin saber bien a bien en dónde. Héctor y Aquiles no nos guardaron compañía. Sólo nos dejaron solas, rondando, rondándonos, sin tocarnos, ni tocar nada nunca más. También ellos giraban en el Reino de las Sombras, sin poder acostumbrarse a su condición de almas en pena. Por las noches yo oía a Héctor arrastrando sus armas. Eva escuchaba los pasos de Aquiles y el rumor metálico de su escudo.
       —Yo estoy con Héctor —afirmaba en la mañana en medio de los muros evanescentes de mi cuarto.
       —Yo, con Aquiles —decía la voz de Eva muy lejos de su lengua. Las dos voces estaban muy lejos de los cuerpos, sentados en la misma cama.




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