Félix Pita Rodríguez
(Bejucal, Cuba, 1909- Habana, 1990)


Cosme y Damián (1946)
Ganador del Premio Internacional “Hernández Catá”, 1946
Cuentos completos
(La Habana: Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1963, 169 pp.)



      Desde el maizal lo podía ver todo, gracias a la fogata que habían hecho al pie de los árboles. Los tenían en tierra, bien atados con sogas de animales y las llamas no les llegaban.
       Josuá —Matías rió entre dientes— se había erigido en cabecilla. ¿Por qué? A él no le habían quemado su maíz. Ni siquiera tenía maíz y vivía de jornales de aquí y de allá. Tampoco le habían violado una hija. Y sin embargo, parecía como quemado por la indignación, como si todo el maíz parido por la tierra desde el primer grano del mundo, hubiera sido suyo y aquellos dos lo hubiesen quemado de una vez. Ahora estaba atando las cuerdas a la rama. Primero se había colgado de ella con todo su peso y saltó en el aire, con extraños movimientos de mono, para probar la resistencia. La rama era fuerte, sin duda, porque Josuá pesaba como un diablo. Matías le vio hacer los nudos, sujetando un extremo de la cuerda con los dientes. La fogata le iluminaba de frente y la cara fea de Josúa era como un carbón encendido. Los otros daban vueltas a un lado y otro, esperando. A los únicos que Matías no podía ver, era a los dos que debían estar tendidos en la zona de sombra, junto al tronco, y que ya no podían esperar.
       —¿Ya, Josuá? Termina de una vez...
       Una ráfaga de viento le trajo las palabras impacientes. No pudo oir el resto, arrastrado por otra ráfaga contraria hacia los pinos de Alberico. “Ese que habló ahora, fue Aquiles”, pensó. “Él, por lo menos, tenía un maíz y lo perdió.”
       Alguien estaba echando ramas en la fogata y las chispas se levantaron hasta apagarse junto a las copas de los árboles. De nuevo las llamas se hicieron fuertes y Matías vio a todo el grupo, en un juego móvil de luces rojas y sombras negras. Josuá se escupía en las palmas de las manos para probar los lazos corredizos. Las dos cuerdas pendían de la misma rama.
       Sintió en el estómago como en las mañanas en que el trabajo le hacía olvidar el trago de café caliente, y escupió. “Cada uno se busca lo suyo —pensó. Yo no les llamé, ni les serví de camino para llegar al pueblo y mucho menos a la puerta de la casa. Todos tenemos derecho, ¿ no? Si ellos hubieran seguido hasta el Plantío o hasta La Cumbre, pudiera haberse evitado. Pero se metieron aquí. El diablo los empujó y luego me empujó a mí. Eso es la vida y no otra cosa. Si alguien puede pedir cuentas, que me las pida y yo se las daré.” Las palabras le daban vueltas dentro de la cabeza, con furia, para espantar aquel miedo que ahora tenía. Sintió un cosquilleo, como de una tela muy fina, en el dorso del brazo velludo y aplastó de un manotazo al gusano del maíz que trepaba penosamente entre los pelos. Volvió a escupir. “Cada uno busca su paz, ¿no? Y de ahí sale la guerra. Que me acostaran a Márgara ochenta veces entre el maíz, allá ella. Los hijos que le hicieron no los iba a parir yo. Pero la tierra es mía, y ningún hijo de perra que cruce el camino me la va a quitar. Ellos se lo buscaron.”
       —Ya está... Pueden subirlos cuando quieran... Yo les pondré la cuerda al cuello...
       La voz de Josuá llegó junto a él, quebrándose en una risa. Aquello se iba a acabar enseguida y cuanto antes mejor. Olvidó los pensamientos para mirar. Las llamas subían muy altas, y el grupo se había reunido bajo los árboles, donde estaban ellos. Matías los perdió de vista unos segundos, mientras se agachaban. El labio inferior le pendía, y el surco entre él y la encía se le llenó de saliva caliente. Luego les vio incorporarse de nuevo. Aquel era Cosme. Lo reconoció enseguida a pesar de la sombra, porque era más alto y más delgado. Debía estar inconsciente por los golpes recibidos en la cabeza. Tal vez muerto ya. Al pensar aquello se consoló. Sí, debía estar muerto. "La cabeza se le cae sobre el hombro, como cuando el aire se ha ido del cuerpo y uno ha terminado con la vida" —pensó. El resplandor rojizo de la llama se avivó. Josuá estaba poniendo el lazo en el cuello de Cosme.
       —Suéltenlo ya...! ¡Hippp...!
       Matías cerró bruscamente la boca y el labio pendiente se apretó contra la encía, haciendo salir la saliva espumosa por las comisuras. La sensación de las mañanas en que el trabajo le hacía olvidar el trago de café caliente, volvió con un escalofrío.
       —Éste ya no vuelve a incendiar un maizal.
       La risa de Josuá le hizo levantar la cabeza. Cosme estaba colgado ya y sus piernas largas se mecían, perdiéndose y apareciendo en la oscuridad y el resplandor de la fogata.
       “Cada uno hace lo que tiene que hacer en este mundo y ni una pulgada más. A mí no me hubiera importado que se acostara con Márgara, que a fin de cuentas andaba como una perra detrás de todos los pantalones que le cruzaban cerca. Pero estaba pensando en mi tierra. Yo no tengo la culpa de lo que pasó antes. Cada uno busca lo suyo. Y si no lo hago, me echan al camino como a un gato sarnoso.” Los pensamientos se le atropellaban para salir. El cuerpo de Cosme no se movía ya. Oyó de nuevo la risa escalonada grotescamente de mayor a menor, de Josuá. Estaban colgando a Damián y Matías creyó escuchar como un gemido, un gemido leve y agudo, de ratón al que aplastan con un palo en el fondo de su cueva. Luego, otra vez, la risa de Josuá. Ahora cerró los ojos y la boca se le llenó de un agua tibia que sentía subir desde el estómago. Josuá estaba hablando, pero él no podía alcanzar lo que decía. ¿Por qué aquel puerco de Josuá, con su cara de rata enrojecida, se había tomado tan para sí el asunto? Él no tenía maíz, ni hijas a las que pudieran violar. Era una piltrafa destilando alcohol, y pasando la mano con dulzura por la espalda de todos los que tenían cuatro monedas en el arca. De haber tenido hijas, seguro que no hubiera necesitado nadie violárselas, porque él mismo las hubiera vendido cien veces. Había estado allí, persiguiendo a los fugitivos en el monte, con más saña que Aquiles, a quien le había ardido todo el maizal. Había sido el primero en darles con su garrote en las cabezas, mientras huían. Y a la hora de colgarles, se había ofrecido para lo que todos repugnaban: preparar los lazos corredizos y colgar los dos cuerpos de la rama.
       Matías abrió los ojos y miró de nuevo. El resplandor se hacía más débil. Ya nadie echaba leña a la fogata, porque los dos cuerpos pendían de la rama y los muertos no necesitan luz. Oyó confusamente que alguien decía que estaban muertos y entonces levantó la mirada hasta el árbol. Los pies de Damián, que era más pequeño que Cosme, bajaban tres o cuatro pulgadas más que los de éste, haciéndole aparecer como de mayor estatura. El detalle insignificante le turbó. ¿Es que unos encogen y otros estiran al morir? Luego comprendió que era por el largo de la cuerda.
       ¿Por qué no siguieron hasta El Plantío o La Cumbre? ¿Por qué tenían que haber decidido aquello? Nadie iba a saber nunca nada, pues que los dos estaban allí, pendiendo de la rama, y no podrían hablar aquella noche, ni al día siguiente, ni nunca. Y lo que no puede aclararse, no se aclara. Pero Matías sentía con la extraña repugnancia de su estómago, que él si lo sabría ya siempre, y que tal vez aquellos dos cuerpos colgando de la rama, se le quedarían meciéndose en el fondo de los ojos.
       De pronto se dio cuenta de que las voces se alejaban. El grupo de hombres había pisado antes de marcharse los restos de la ha guera y ya no se veía nadie. Ni el árbol de donde colgaban Cosme y Damián, ni más allá, ni más acá. Matías se sacudió como un perro antes de incorporarse y luego comenzó a caminar despaciosamente, sin salir del maizal.
       Desde entonces habían transcurrido diez años y Matías creía haberlo olvidado. ¿Quién puede recordar durante tanto tiempo a un muerto, del que ni siquiera queda el pedazo de tierra bajo el cual blanquean los huesos? Cosme había quedado en un oscuro rincón del campo de batalla, entre millares de otros muertos despedazados por la metralla. El oficio del Ministerio de la Guerra decía: “Muerto gloriosamente por la patria”. ¿Qué más era necesario? Y Márgara, en cambio, estaba allí, en la casa blanca de la granja, redonda y llena de deseos. Todos decían que bastaba llamar a su puerta en la noche, para medirle el cuerpo. Y debía ser verdad, porque sus ojos despedían lumbre, y miraba a los hombres de arriba a abajo, como si tuviera hambre de piernas y brazos. Pero a Matías no le importaba ni esto ni lo otro. Sólo le importaba la granja, con sus seis vacas, y las ovejas, y la lechería, que ya no podía servir a más clientes. Y todo era de Márgara, porque Márgara había sido la mujer de Cosme y éste había muerto gloriosamente por la patria. ¿Qué de malo había en ello? Por eso se había casado, sin importarle nada que Márgara, al día siguiente de la boda, volviese o no a las andadas, como todos decían que hacía desde los tiempos de Cosme. La granja era suya y esto era lo importante. Luego habían venido los años, hasta diez. Ahora tenían dos docenas de vacas en el establo y un gallinero que surtía de huevos a tres pueblos vecinos. Y además, tenían una cuenta de ahorros en el Banco Agrícola, y muchos pensaban y hablaban de hacerle alcalde, porque un granjero como Matías es respetable, tenga la mujer que tenga.
       Había sido así y nada más que así. El hombre tiene que establecerce en la vida, ¿no? Pues eso había hecho. ¿Márgara? ¡Bueno! Márgara era Márgara, y una mujer, sea como sea, no significa nada al lado de una granja con veinticuatro vacas y un gallinero enorme.
       Matías continuaba caminando hacia el pueblo sin salir del maizal. Ya no podía ver a los dos hombres colgando de la rama, ni era posible que escuchase la voz repugnante de Josuá. Sin embargo, los ojos y los oídos seguían ocupados con ellos.
       Le había visto en la taberna y al principio aquel rostro desconocido le resbaló por los ojos, sin detenerse. Pero estaban en la mesa vecina. Primero fue la voz. Le sacudió extrañamente, como un sabor lejano que despierta de pronto, otra vez, en el paladar envejecido. Luego el nombre. El otro había dicho: Cosme. Y Matías levantó la cabeza para mirarlo, como si una mano enorme le obligase, por la mandíbula. Y ya no había dudado: era él. Era Márgara. Sus vacas. La lechería. El gallinero que surtía a tres pueblos. La granja. El Banco Agrícola. El alcalde... Entonces comenzó a reconocerle, como se reconoce a un camino por las piedras y los árboles, un recodo, la casa. Estaba envejecido. Terriblemente, porque Cosme no podía tener más edad que él. Y apenas llegaba a los cuarenta. Pero era Cosme, el muerto gloriosamente por la patria. El marido de Márgara. Enrojeció como si le hubieran sorprendido robando. Luego, poco a poco, sus pensamientos dejaron de estar revueltos en un saco. Y comenzó a escuchar, inclinándose en la silla, como si estuviera quedándose dormido. Cosme era el que hablaba.
       —Fui a dar una vuelta por mi granja. Ha prosperado con el otro, no cabe duda...
       Matías oyó entonces una risita de burla que se le clavó en la frente. El otro parecía preocupado, escuchando.
       —Hay lo menos treinta vacas... Y un gallinero que ocupa lo que antes era el corral de las ovejas. Vale unos cuantos miles.
       —¿Y ella? ¿La viste? —la interrogación del otro hizo temblar a Matías. Sentía como si le estuviesen hurgando, con las manos sucias, dentro del vientre abierto. Cosme volvió a reír.
       —¡Claro que la vi! Desde el camino, naturalmente. Aún está linda. No ha envejecido como yo. Me gustaría volver a tumbarla junto al río, como en aquel tiempo antes de casarnos.
       El otro sacudió la cabeza.
       —Deja eso. No mezcles las cosas. Eso siempre es lo peor en la vida. Si por mí fuera, seguiríamos hasta El Plantío o La Cumbre. Allá tal vez diéramos con algo que hacer. No es bueno significarse.
       —¡Oh...! —Cosme rió otra vez con aquella risita burlona que se le clavaba en la frente a Matías—. ¡Oh! Son diez años, Damián... ¡Y qué diez años! Ni mi madre me reconocería si viviera...
       —Sí... Pero de un lado al otro hay rastros... Y yo no quisiera volver a pasar otros cuatro años entre rejas.
       Matías sintió por dentro una curiosidad que le apagó la angustia. Habían estado presos. ¿Dónde? ¿Por qué? En algún lugar, después de la guerra. ¿O habrían desertado? En todo caso, daban la impresión de no poder caminar con la cabeza en alto, gritándole sus verdaderos nombres a todo el mundo. Eso era bueno, al menos.
       —Si te guiaras por mí, seguiríamos de largo.
       —¡ Oh, no, Damián! No vine de tan lejos para eso... Después de todo, esa granja fue mía una vez. Y Márgara...
       —No mezcles, Cosme... Recuerda...
       —Bueno... —ríe otra vez desagradablemente—, bueno... Pero no me iré sin lo mío...
       Matías se estremeció. Estaba claro. Cosme venía a reclamar. Quería la granja. O una parte, Dios sabe hasta dónde. ¿Y Márgara? ¡Ella era muy capaz de agarrarse a sus pantalones! Si era así, acabaría por echarle al camino, con cuatro centavos y aquella risa insoportable a la espalda.
       —¿Qué vas a hacer entonces? —Damián parecía inquieto por algo que Matías no podía saber.
       —Por lo pronto, esperar hasta mañana. Necesito vagar un poco por el pueblo. Oir cosas. Saber cómo han ido pasando estos diez años. Aquí están mis réditos de guerra. La muy puerca me rompió y está bien que al cabo del tiempo me compense con algo. Luego veremos...
       —Quiera Dios que no salgamos de ésta con otra condena. Ya te dije que si por mí fuera, seguía de largo. No es bueno caminar hacia atrás, Cosme.
       —No. El otro se acuesta en mi cama, con mi mujer. Y una buena parte de su dinero, es mío. Ya verás como todo sale bien. Les pediré diez mil y los darán para quedarse en paz... Y si puedo tumbar a Márgara una vez más, junto al río, mejor.
       La risa de Cosme no le dejó oír más. Luego les había seguido hasta el bosque y les vio entrar en la cabaña abandonada, al costado del maizal de Aquiles.
       ¿Cómo le vino aquella idea a la cabeza? No podía decírselo bien. Ni siquiera ahora, que los dos colgaban de la rama, bien sujetos por el cuello con los nudos de Josuá. Ni siquiera ahora. Probablemente había comenzado cuando tiró la colilla encendida, lo que nunca había hecho antes, y se volvió en seguida para aplastarla. El maíz estaba para recoger, con todas sus hojas secas. Hubiese ardido, sin duda. Debió ser la colilla aplastada lo que le dio la idea. Pero además, estaba el destino, la suerte, el diablo, vaya usted a saber. Y todo ocurrió con un espacio de tiempo increíblemente corto, mientras el sol cumplía una jornada para irse a brillar al otro lado del mundo.
       Cuando regresó al pueblo todo estaba como de costumbre. Pero el diablo ya se había puesto al trabajo. Y llegó Jordán corriendo desde la finca de Tomás.
       —El maizal de Tomás está ardiendo... Nadie se lo explica —jadeó—. Vayan corriendo, que con la seca no se sabe lo que puede pasar.
       Había sido como si la idea que le asaltara cuando tiró la colilla en el maizal de Aquiles, hubiese prendido con sus fuegos un poco por todas partes. Y luego, la gente siempre está dispuesta para creer cosas, para inventar.
       Cuando regresaban después de apagar el maizal de Tomás, uno dijo que el fuego no nace del aire, que hay que encenderlo para que el mal lo sienta comiéndole las hojas. Y aquello comenzó a quemar también en el corazón de Matías. ¿Por qué no? Cada uno tiene lo suyo en este mundo y Dios no se opone a que lo defienda. ¿Quién diablos había mandado a Cosme morirse en la guerra y no estar muerto? Él se había casado con Márgara por la granja, pero eso no le importaba a nadie. Y luego había trabajado muy duro para engrandecerla. Además, eso podía verlo cualquiera, Cosme era un perdido, un vagabundo, un tipo harapiento que andaba con aquel otro, sin duda robando por los caminos.
       No comprendió bien lo que iba a hacer hasta que se vio metido en el maizal de Aquiles, por la parte opuesta a la cabaña abandonada donde Cosme y Damián habían entrado. Le costó mucho trabajo decidirse, porque él era un campesino y un campesino no puede comprender que se incendie un maizal con las propias manos que lo siembran.
       Luego había venido el rumor que comenzó a correr por todo el pueblo. Dos maizales en un día, es demasiado para que la mala suerte lo haga. Pero, ¿ quién? Ahí se paraban las murmuraciones, porque no era posible señalar con el dedo a nadie. Matías se sentía por dentro como si tuviera el estómago lleno de un agua tibia, repugnante.
       Y entonces el diablo puso la última carta de triunfo sobre la mesa. Alberico llegó corriendo al pueblo desde sus pinares. Estaba rojo de rabia y traía a la cintura su cuchillo de monte. Casi no podía hablar de haber corrido tanto.
       —Mi muchachita se salvó —dijo—, porque es valiente y sabe defenderse. Venía hacia la casa, atravesando el pinar, por la parte que da a la tierra de Aquiles, cuando el tipo se le echó encima. Hay que oírselo contar a ella. La sangre se enciende y dan ganas de matar. Ella gritó y gritó, pero estaba muy lejos para que alguien la oyera. Y el tipo forcejeando y tratando de arrancarle el vestido. Llegó llena de arañazos a la casa. Se ve muy bien que el muy puerco trató de salirse con la suya. Pero con una piedra que alcanzó le dio en la nariz al tipo. Y huyó...
       Matías estaba en la taberna cuando Alberico llegó con la historia de su muchacha, y lo oyó todo sin que su cabeza dejara de girar por dentro, como un molino. Cuando Alberico terminó y mientras los otros empezaban a hablar de buscar al hombre, él se levantó, como para salir. Pero no salió. Se fue hasta el mostrador y bebió de un solo trago medio vaso de los grandes. Luego, y mientras aquella sensación de agua tibia y sucia en el estómago le iba subiendo hasta la garganta, lo dijo.
       —Yo no puedo jurarlo, porque hay cosas que Dios no permite que se juren. Pero los dos tipos extraños que vi esta mañana, me hicieron pensar mal desde el primer momento. Sería demasiada casualidad que les hubiera visto cerca del maíz de Tomás, y que hayan acampado en la cabaña abandonada que está junto al maizal de Aquiles. Parece que el fuego les siguiera. Pero además, les oí hablar aquí en la taberna. Les digo que me dio asco escuchar lo que decían. Estaban contando historias de mujeres. Rijosos, puercos. Se les veía en los ojos que son capaces de todo. Y yo me digo, ¿por qué no iba uno de ellos a salirle al paso a la muchacha de Alberico, después de lo que yo les oí decir aquí?
       Fue como si ahora el fuego de los maizales se les hubiera metido adentro a todos. ¿Para qué ponerse a dudar si lo habían hecho o no? Habían dos maizales quemados en un día. Y una muchacha a la que se le había echado encima un vagabundo. Y aquellos dos desconocidos que no eran del pueblo ni de los alrededores, a los que Matías había oído contar historias puercas sobre mujeres, allí mismo. Para qué ponerse a pensar en otra cosa?

       Ya había entrado la noche, cuando salieron en grupo hacia el maizal de Aquiles. Josuá era el que más hablaba y con más cólera. Sus discursos eran como el petróleo para el fuego que todos tenían por dentro. Y hablaba haciendo girar las cuerdas en el aire, como si ya tuviesen dentro los dos cuellos apretados por los nudos. Matías se escabulló a última hora, pero nadie lo notó. Sin embargo, llegó al maizal de Aquiles antes que los otros y vio cuando Cosme y Damián salieron por la ventana al sentirse cercados por la muerte. Pero no pudieron ir lejos a causa de las agujas de los pinos, que hacen resbalar. Tal vez si no intentan escapar, les hubieran dejado hablar. Pero el que huye tiene sus motivos.
       Les pegaron duro con sus garrotes y luego, como si tuvieran prisa por acabar aquello de una vez, encendieron la fogata al pie de los árboles, mientras Josuá, muy alegre, como si no existiese dicha comparable a la de ahorcar a un hombre, preparaba las cuerdas ensalivándose las manos.

       Matías salió del maizal con paso tardo, escupiendo a un lado y otro, como si tuviera la boca llena de un agua sucia, repugnante. Detrás quedaban los dos, colgados de la misma rama, meciéndose en el aire de la noche. Desde lejos, Matías vio la luz encendida de su granja, como una estrella grande y baja, entre los árboles.



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