Félix Pita Rodríguez
(Bejucal, Cuba, 1909- Habana, 1990)


Brevísima antología poética

FORMAS SÓLO

Son formas sólo, sin ti
yo no puedo despertarlos:
les ahuyenta un FUEGO áspero.

Antes, a pie, por las calles,
dentro de mí, encadenados.
Ahora como una niña
sonámbula en un ESPEJO,
que está, y no se ve, dormida.

Como LUCIÉRNAGAS ciegas
o ARCÁNGELES alocados,
desobedientes en fuga.

Son formas sólo, sin ti
yo no puedo dominarlos.



POR EL CAMPO DORMIDO

Por el campo dormido
un jinete de FUEGO
cruza como perdido.

Tierno, lejano FULGOR
dentro del aire viajero
dinástico prisionero,
¿por qué tan dulce rubor
de la MUERTE misionero?

Por ese valle dormido
singular CORCEL DE FUEGO
galopa como perdido.

LÁMPARA extinta, ¿qué anhelas
ensayando LUZ de nuevo?
La tiniebla que recelas
tierno, lejano FULGOR,
es tu MUERTE de relevo.

Por el campo dormido
un jinete de FUEGO
cruza como perdido.



PECERA

LLAMA viajera por las AGUAS presa,
o flor de celuloide nadadora,
el árbol MAR decora y atraviesa
submarina intención exploradora.

Al gran recuerdo AZUL, desalquilado,
alista las escamas y se atreve
contra su playa de CRISTAL cerrado.
Corre asombro fogoso y no le mueve

reconquistar un HIELO de horizonte
a las algas feliz y a las sirenas:
¡que ROTA realidad pese y confronte
su grácil pesadumbre sin arenas!

Un FUEGO, dentro, rompe y desfigura
su Atlántico, redondo y limitado
y a un confin de CORALES se apresura
del SUEÑO de los PECES sospechado.



TE ME VAS POR MI ALTO SUEÑO

Te me vas por mi alto SUEÑO.
No te encuentro.

¿Pero tus manos, tu aliento?
Frágil sombra del rocío
los párpados marineros.
   ¡Que sí! ¡Que sí!
Pero no.
   Que no te encuentro.
Y sé que estás.
Esa voz de UVAS DE LUNA
que es tuya, lo está diciendo.
   ¡Que sí!
Tengo arena de tu PECHO
y el clima de algas dormidas
que llevan tu pelo envuelto.
   ¡Ahora sí!
Pero no.
Que no te encuentro.



RETRATO

Un candor cierto por la persistencia de tu tesis brillante;
un candor y otras cosas que no pueden nombrarse.
Ciertos pájaros claros de evidencia metálica;
cierta anfibia manera de pronunciar la erre,
y una sombra y su acento de haber perdido siempre
varias frutas maduras.
Eso va delatando, como un jardín cualquiera,
tu sentido del tacto.

El color amaranto no te va bien volando.
Te recoge, te ciñe, como un color guerrero.
Y más que no recuerdo.

Parlamenta, convence. Tu ternura sin ruedas, sin ángeles
ni cintas, de placidez de alfombra, puede sacar partido.

Y es lo que no se espera lo que tiene remedio,
lo que puede ser cierto.
Una muerte tan dulce siempre llega a destiempo,
entre el doblado miedo, jícara persistente
donde tu corazón guarda mis arrabales.

¡Oh, mi dulce hoja verde!



CIERRA LA PUERTA, AGUARDA

Cierra la puerta, aguarda.
Llegará lo que esperas cuando ya no lo esperes.
Ponte en el corazón la verja más segura.

Que no entre nadie, nadie, no hay sitio,
está ocupado hasta el rincón más alto,
donde la última estrella
viene en la madrugada a lavarse las manos.
Cierra la puerta, espera:
te ha de nacer un día el azar más seguro,
y tú serás su dueña.



CÉDULA

No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre.
Tal vez fui nieve, mirto, vilano, lluvia fina;
acaso un verde, trémulo, insecto del rocío.
No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre,
pero a veces un ámbito de ramas en el viento,
cierta expresión de alturas debatiéndose.

Acaso allí.

No digo que no fuera, ni digo que es posible: estoy contando cosas que no tienen remedio.



NO SÉ SI CON PALABRAS

No sé si con palabras, pero sé que está escrito.

Este mundo que tengo tan nuevo entre las manos,
viene desde la hondura nebulosa del tiempo. Ayer tú eras.
Y eras también mañana. No sé cómo explicarlo.
Pero el futuro ayer da de pronto a tus ojos
algo tan conocido, algo tan conocido,
que voy sabiendo lenta, lento, muy lentamente,
que mi ceniza estuvo donde durmió la tuya
y que jugaron juntas el mismo amargo juego.

No sé si con palabras, pero tampoco supe
nunca de qué color tiene la luna el pelo.

¿De dónde surge ahora, si sabes, el paisaje,
que me pone las manos débiles como ramas,
como ramas dobladas en el viento?
No sé si con palabras. Pero sé que está escrito
allí donde te apoyas, allí donde te duermes en el viento.

Hay un barco que llega donde boga tu pecho.
Hay una luz quebrada de cristales cada vez que me quejo.
Hay algo más, hay algo más, hay un surco de fuego
que me dice vibrante en tu frente de almendro,
dónde puse otra vez mi firma de silencio.

No sé si con palabras. No sé. Cuesta trabajo
mantener en su sitio lo que a fuerza de muertes
ya no tiene remedio.

Pero me es conocido ese coral. La luna y el velero
me son desde otro tiempo residentes del pecho.
No sé cómo explicarlo. No sé.

Pero tú que ahora estás, ya estabas otra noche,
otra noche distante, entre los brezos.
Todo tiene la helada profundidad lejana
de una niña entrevista, caminando, dormida, en un espejo.

Hay un lago también, que vuelve y vuelve, también,
bajo tu pecho. No sé. No reconozco, no puedo, su reflejo,
pero si alzas los párpados, estás,
estás si vuelan, repitiéndose, en el aire, tus dedos.

¿De dónde esta fatiga? ¿Por qué tan prisioneros
nadie sabe de quién, esos que no se pueden llamar,
siquiera, apenas, casi, recuerdos de recuerdos?

Este mundo que tengo tan nuevo entre las manos,
viene desde la hondura nebulosa del tiempo. Ayer tú eras,
Y eras también mañana. No sé cómo explicarlo.
Tal vez pueda decirte solamente esta noche
que el zumo de otras noches es su mismo silencio,
que cinco muertes antes tu mano ahondó en mi pecho,
que cinco muertes antes me dijiste gimiendo
lo que gimes ahora, repitiendo, gimiendo.
Tal vez pueda tan sólo decirte en esta noche
en que glacial, extraño, cálido, bien amado,
un aire fatigado gira junto a mi cuello,
tal vez pueda decirte tan sólo, no sé con qué palabras,
no sé cómo, sin poder explicarlo,
que eres la misma, que eres,
            no sé, pero recuerdo.



MI CASA

Una de cal y otra de luna,
esta es la fórmula precisa,
una de cal y otra de luna.

Sobre la puerta, la divisa
en el escudo del frontón.
Sobre la puerta la divisa:

“En lo más alto el corazón.”
Nada lo estorbe ni lo impida:
En lo más alto el corazón.

Que él ponga el precio y él decida
—si es contra mí, tanto peor—,
que él ponga el precio y él decida:

Siempre diré: tuvo razón.



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