Gabriel
García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)
Ojos de perro azul
(1950)
Entonces me miró. Yo creía que me
miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del
velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su
resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por
primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte,
antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas
posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las
noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos
estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el
asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie,
con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los
párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé
lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin
retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió
de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas
partes».
La vi caminar hacia
el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora
al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome
con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la
cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando
acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó
de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta
habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma
mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al
espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella
me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no
había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la
certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro,
porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella
no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar
sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que
estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo,
viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo
del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar
hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que
también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y
regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda
vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde
la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la
pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella
―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría
si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le
dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me
hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara
vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y
quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a
decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño.
«Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra
vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la
pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado
en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al
velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas
alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios
dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una
ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se
volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella
empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el
corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No.
De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no
había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo,
con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido
verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si
te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis
palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó
inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo
que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las
manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros
sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el
rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A
veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me
vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me
golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los
nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es
como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al
velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez
nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el
lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas
alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante
años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a
encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos
de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una
manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
«Yo soy la que
llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul».
Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de
ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una
respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en
sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el
cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los
cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los
edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul».
Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que
había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado
conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y
nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo
«Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y
dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad,
señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito
encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se
echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió
viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se
arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con
la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor
regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el
embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y
ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas,
lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la
gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó
de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la
silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo
encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré.
Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con
que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el
primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de
ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los
puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos
pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
Sus dientes
apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora»,
dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre:
levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos:
y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome
en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es
verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La
colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba
fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito».
Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las
palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso
también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella
estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y
los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el
cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar
la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna
ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas
palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara
iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa
encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con
el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró
después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto
es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco
tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo
hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando
―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el
índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de
leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por
completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano
polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo
verte así. Temblando junto al velador».
Nos veíamos desde
hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba
caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido
comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los
acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así,
con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al
velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había
mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre
sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos
cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez:
«¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije:
«Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo
que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije:
«Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es
cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
Dio dos chupadas al
cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé
mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre;
pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando,
maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo
echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera
tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador,
despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero
yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la
almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo
habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó
atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo
junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a
medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la
almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos
de perro azul”».
Entonces yo me
quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin
mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho
rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela,
oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―.
El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo
sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que
regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo
tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío
y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella
habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en
goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí
afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo:
«Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una
mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió
hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo
y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer
en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que
dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos,
tengo que salir de aquí para despertar».
Afuera el viento
aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración
de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del
campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por
eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer
que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una
sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a
lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el
día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante
oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al
despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».
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