Gabriel
García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)
La siesta del martes
Los funerales de la Mamá
Grande (1962)
El tren salió del trepidante
corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano,
simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvio a
sentir la brissa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla
del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había
carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en
intempestivos espacios sin sembrar, habia oficinas con ventiladores
eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y
mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos.
Eran las once de la mañana y todavia no había empezado el calor.
—Es mejor que
subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de
hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos
pasajeros en el escueto vagon de tercera clase. Como el humo de la
locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el
puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de
material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en
papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la
ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riuroso y pobre.
La niña tenia doce
años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja
para ser su madre, a causa de las venas azules en los páropados y del
cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana.
Viajaba con lla colimna vertebral firmemente apoyada ontra el espaldar del
asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol
desconchado. Tenia la serenidad escruplosa de la gente acostumbrada a la
pobreza.
A las doce había
empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin
pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misteriosos silencio de las
plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado
dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar.
Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores
vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se
quitó los zapatos. Despues fue a los servicios sanitarios a poner en agua
el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al
asiento la madre le esperaba para comer. Le dió un pedazo de queso, medio
bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de
material plástico una racion igual. Mientras comían, el tren atravesó
muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a
los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una
banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro
lado del pueblo en una llanura coarteada por la aridez, terminaban las
plantaciones.
La mujer dejó de
comer.
—Ponte los zapatos—dijo.
La niña miró hacia
el exterior. No vió nada más que la llanura desierta por donde el tren
empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de
galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dió la peineta.
—Péinate —dijo.
El tren empezó a
pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello
y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabaó de
peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más
grande pero más triste que los anteriores.
—Si tienes ganas
de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés
muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a
llorar.
La niña aprobó con
la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado
con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La
mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la
cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminosos
martes de agosto, resplandeción en la ventanilla. La niña envolvió las
flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la
ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión
apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento
después se detuvo.
No había nadie en
la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los
almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en
calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la
estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión
de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A
esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los
almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde
las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando
pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a
la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del
telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construídas
sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas
por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus
habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra
de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la
protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo
sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer
raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y
volvió a llamar.
—Necesito al padre
—dijo.
—Ahora está
durmiendo.
—Es urgente —insistió
la mujer.
—Sigan —dijo, y
acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa
las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se
sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote
limpiando los lentes con un pañuelo.
—Que se les
ofrece? —preguntó.
—Las llaves del
cementerio —dijo la mujer.
—Con este calor
—dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la
cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda,
extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un
tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le
sobraba en las manos.
—Que tumba van a
visitar? —preguntó.
—La de Carlos
Centeno —dijo la mujer.
—Quién?
—Carlos Centeno
—repitió la mujer.
El padre siguió sin
entender.
—Es el ladrón que
mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo
soy su madre.
—De manera que se
llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
—Centeno Ayala —dijo
la mujer—. Era el único barón.
—Firme aquí.
La mujer garabateó
su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las
flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó
atentamente a su madre.
El parroco suspiró.
—Nunca trató de
hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó
cuando acabó de firmar.
—Era un hombre muy
bueno.
El sacerdote miró
alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de
piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó
inalterable:
—Yo le decía que
nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me
hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la
cama postrado por los golpes.
—Se tuvo que sacar
todos los dientes —intervino la niña.
—Así es—confirmó
la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos
que le daban a mi hijo los sabados a la noche.
—La voluntad de
Dios es inescrutable —dijo el padre.
Desde antes de abrir
la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando
hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un
grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se
dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
—Esperen un minuto
—dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció
en la puerta del fondo, con unachaqueta negra sobre la camisa de dormir y
el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
—Qué fue? —preguntó
el.
—La gente se ha
dado cuenta —murmuró su hermana.
—Es mejor que
salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
—Es lo mismo —dijo
su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no
haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la
red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a
moverse hacia la puerta. La niña siguió.
—Esperen a que
baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir
—dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les
presto una sombrilla.
—Gracias —replicó
la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la niña de
la mano y salió a la calle.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
