Gabriel
García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)
Cien años de soledad
(1967)
[II]
Cuando
el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela
de Úrsula Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido
de los cañones, que perdió el control de los nervios y se sentó en un
fogón encendido. Las quemaduras la dejaron convertida en una esposa
inútil para toda la vida. No podía sentarse sino de medio lado,
acomodada en cojines, y algo extraño debió quedarle en el modo de andar,
porque nunca volvió a caminar en público. Renunció a toda clase de
hábitos sociales obsesionada por la idea de que su cuerpo despedía un
olor a chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin atreverse a
dormir, porque soñaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto
se metían por la ventana del dormitorio y la sometían a vergonzosos
tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante aragonés
con quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y
entretenimientos buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último
liquidó el negocio y llevó la familia a vivir lejos del mar, en una
ranchería de indios pacíficos situada en las estribaciones de la sierra,
donde le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no
tuvieran por donde entrar los piratas de sus pesadillas.
En la escondida
ranchería vivía de mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco,
don José Arcadio Buendía, con quien el bisabuelo de Úrsula estableció
una sociedad tan productiva que en pocos años hicieron una fortuna.
Varios siglos más tarde, el tataranieto del criollo se casó con la
tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula se salía de
casillas con las locuras de su marido, saltaba por encima de trescientos
años de casualidades, y maldecía la hora en que Francis Drake asaltó a
Riohacha. Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad estaban
ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un
común remordimiento de conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido
juntos en la antigua ranchería que los antepasados de ambos transformaron
con su trabajo y sus buenas costumbres en uno de los mejores pueblos de la
provincia. Aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al
mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios
parientes trataron de impedirlo. Tenían el temor de que aquellos
saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas pasaran por la
vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente tremendo. Una
tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía, tuvo un
hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que
murió desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más
puro estado de virginidad, porque nació y creció con una cola
cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la
punta. Una cola de cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer, y que
le costó la vida cuando un carnicero amigo le hizo el favor de
cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio Buendía, con la
ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola
frase: "No me importa tener cochinitos, siempre que puedan
hablar." Así que se casaron con una fiesta de banda y cohetes que
duró tres días. Hubieran sido felices desde entonces si la madre de
Úrsula no la hubiera aterrorizado con toda clase de pronósticos
siniestros sobre su descendencia, hasta el extremo de conseguir que
rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el corpulento y voluntarioso
marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un
pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y
reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por
delante con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses.
Durante el día, él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en
bastidor con su madre. Durante la noche, forcejeaban varias horas con una
ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor, hasta que
la intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo, y
soltó el rumor de que Úrsula seguía virgen un año después de casada,
porque su marido era impotente. José Arcadio Buendía fue el último que
conoció el rumor.
—Ya ves, Úrsula,
lo que anda diciendo la gente —le dijo a su mujer con mucha calma.
—Déjalos que
hablen —dijo ella—. Nosotros sabemos que no es cierto.
De modo que la
situación siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico
en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos a Prudencio
Aguilar. Furioso, exaltado por la sangre de su animal, el perdedor se
apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír lo
que iba a decirle.
—Te felicito —gritó—.
A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.
José Arcadio
Buendía, sereno, recogió su gallo. "Vuelvo en seguida", dijo a
todos. Y luego, a Prudencio Aguilar:
—Y tú, anda a tu
casa y ármate, porque te voy a matar.
Diez minutos
después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la
gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo
esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio
Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección
certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la
región, le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el
cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio
cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la
lanza frente a ella, le ordenó: "Quítate eso." Úrsula no puso
en duda la decisión de su marido. "Tú serás responsable de lo que
pase", murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de
tierra.
—Si has de parir
iguanas, criaremos iguanas —dijo—. Pero no habrá más muertos en este
pueblo por culpa tuya.
Era una buena noche
de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la
cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el
dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.
El asunto fue
clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les quedó un malestar en
la conciencia. Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar
agua en el patio y vio a Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba
lívido, con una expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de
esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino lástima.
Volvió al cuarto a contarle a su esposo lo que había visto, pero él no
le hizo caso. "Los muertos no salen", dijo. "Lo que pasa es
que no podemos con el peso de la conciencia." Dos noches después,
Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el
tapón de esparto la sangre cristalizada del cuello. Otra noche lo vio
paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía, fastidiado por las
alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la lanza. Allí
estaba el muerto con su expresión triste.
—Vete al carajo
—le gritó José Arcadio Buendía—. Cuantas veces regreses volveré a
matarte.
Prudencio Aguilar no
se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió a arrojar la lanza. Desde
entonces no pudo dormir bien. Lo atormentaba la inmensa desolación con
que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que
afloraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando el
agua para mojar su tapón de esparto. "Debe estar sufriendo
mucho", le decía a Úrsula. "Se ve que está muy solo."
Ella estaba tan conmovida que la próxima vez que vio al muerto destapando
las ollas de la hornilla comprendió lo que buscaba, y desde entonces le
puso tazones de agua por toda la casa. Una noche en que lo encontró
lavándose las heridas en su propio cuarto, José Arcadio Buendía no pudo
resistir más.
—Está bien,
Prudencio —le dijo—. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que
podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.
Fue así como
emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio
Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus
casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les
había prometido. Antes de partir, José Arcadio Buendía enterró la
lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de
pelea, confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a Prudencio
Aguilar. Lo único que se llevó Úrsula fue un baúl con sus ropas de
recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con las
piezas de oro que heredó de su padre. No se trazaron un itinerario
definido. Solamente procuraban viajar en sentido contrario al camino de
Riohacha para no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida. Fue un
viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado por la
carne de mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas
sus partes humanas. Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada
de un palo que dos hombres llevaban en hombros, porque la hinchazón le
desfiguró las piernas, y las várices se le reventaban como burbujas.
Aunque daba lástima verlos con los vientres templados y los ojos
lánguidos, los niños resistieron el viaje mejor que sus padres, y la
mayor parte del tiempo les resultó divertido. Una mañana, después de
casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales que vieron, la
vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la
inmensa llanura acuática de la ciénaga grande, explayada hasta el otro
lado del mundo. Pero nunca encontraron el mar. Una noche, después de
varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya de los
últimos indígenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de
un río pedregoso cuyas aguas parecían un torrente de vidrio helado.
Años después, durante la segunda guerra civil, el coronel Aureliano
Buendía trató de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por
sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin
embargo, la noche en que acamparon junto al río, las huestes de su padre
tenían un aspecto de náufragos sin escapatoria, pero su número habla
aumentado durante la travesía y todos estaban dispuestos (y lo
consiguieron) a morirse de viejos. José Arcadio Buendía soñó esa noche
que en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de
espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre
que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en
el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente
convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó
derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más
fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.
José Arcadio
Buendía no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos
hasta el día en que conoció el hielo. Entonces creyó entender su
profundo significado. Pensó que en un futuro próximo podrían fabricarse
bloques de hielo en gran escala, a partir de un material tan cotidiano
como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de la aldea. Macondo
dejaría de ser un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcían de
calor, para convertirse en una ciudad invernal. Si no perseveró en sus
tentativas de construir una fábrica de hielo, fue porque entonces estaba
positivamente entusiasmado con la educación de sus hijos, en especial la
de Aureliano, que había revelado desde el primer momento una rara
intuición alquímica. El laboratorio había sido desempolvado. —
Revisando las notas de Melquíades, ahora serenamente, sin la exaltación
de la novedad, en prolongadas y pacientes sesiones trataron de separar el
oro de Úrsula del cascote adherido al fondo del caldero. El joven José
Arcadio participó apenas en el proceso. Mientras su padre sólo tenía
cuerpo y alma para el atanor, el voluntarioso primogénito, que siempre
fue demasiado grande para su edad, se convirtió en un adolescente
monumental. Cambió de voz. El bozo se le pobló de un vello incipiente.
Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba la ropa para
dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad: era
el primer hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan
bien equipado para la vida, que le pareció anormal. Úrsula, encinta por
tercera vez, vivió de nuevo sus terrores de recién casada.
Por aquel tiempo iba
a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en los
oficios domésticos y sabia leer el porvenir en la baraja. Úrsula le
habló de su hijo. Pensaba que su desproporción era algo tan
desnaturalizado como la cola de cerdo del primo. La mujer soltó una risa
expansiva que repercutió en toda la casa como un reguero de vidrio.
"Al contrario", dijo. "Será feliz." Para confirmar su
pronóstico llevó los naipes a la casa pocos días después, y se
encerró con José Arcadio en un depósito de granos contiguo a la cocina.
Colocó las barajas con mucha calma en un viejo mesón de carpintería,
hablando de cualquier cosa, mientras el muchacho esperaba cerca de ella
más aburrido que intrigado. De pronto extendió la mano y lo tocó.
"Qué bárbaro", dijo, sinceramente asustada, y fue todo lo que
pudo decir. José Arcadio sintió que los huesos se le llenaban de espuma,
que tenía un miedo lánguido y unos terribles deseos de llorar. La mujer
no le hizo ninguna insinuación. Pero José Arcadio la siguió buscando
toda la noche en el olor de humo que ella tenía en las axilas y que le
quedó metido debajo del pellejo. Quería estar con ella en todo momento,
quería que ella fuera su madre, que nunca salieran del granero y que le
dijera qué bárbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qué bárbaro.
Un día no pudo soportar más y fue a buscarla a su casa. Hizo una visita
formal, incomprensible, sentado en la sala sin pronunciar una palabra. En
ese momento no la deseó. La encontraba distinta, enteramente ajena a la
imagen que inspiraba su olor, como si fuera otra. Tomó el café y
abandonó la casa deprimido. Esa noche, en el espanto de la vigilia, la
volvió a desear con una ansiedad brutal, pero entonces no la quería como
era en el granero, sino como había sido aquella tarde.
Días después, de
un modo intempestivo, la mujer lo llamó a, su casa, donde estaba sola con
su madre, y lo hizo entrar en el dormitorio con el pretexto de enseñarle
un truco de barajas. Entonces lo tocó con tanta libertad que él sufrió
una desilusión después del estremecimiento inicial, y experimentó más
miedo que placer. Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla. Él
estuvo de acuerdo, por salir del paso, sabiendo que no sería capaz de ir.
Pero esa noche, en la cama ardiente, comprendió que tenía que ir a
buscarla aunque no fuera capaz. Se vistió a tientas, oyendo en la
oscuridad la reposada respiración de su hermano, la tos seca de su padre
en el cuarto vecino, el asma de las gallinas en el patio, el zumbido de
los mosquitos, el bombo de su corazón y el desmesurado bullicio del mundo
que no había advertido hasta entonces, y salió a la calle dormida.
Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera atrancada, y no
simplemente ajustada, como ella le había prometido. Pero estaba abierta.
La empujó con la punta de los dedos y los goznes soltaron un quejido
lúgubre y articulado que tuvo una resonancia helada en sus entrañas.
Desde el instante en que entró, de medio lado y tratando de no hacer
ruido, sintió el olor. Todavía estaba en la salita donde los tres
hermanos de la mujer colgaban las hamacas en posiciones que él ignoraba y
que no podía determinar en las tinieblas, así que le faltaba atravesarla
a tientas, empujar la puerta del dormitorio y orientarse allí de tal modo
que no fuera a equivocarse de cama. Lo consiguió. Tropezó con los hicos
de las hamacas, que estaban más bajas de lo que él había supuesto, y un
hombre que roncaba hasta entonces se revolvió en el sueño y dijo con una
especie de desilusión: "Era miércoles." Cuando empujó la
puerta del dormitorio, no pudo impedir que raspara el desnivel del piso.
De pronto, en la oscuridad absoluta, comprendió con una irremediable
nostalgia que estaba completamente desorientado. En la estrecha
habitación dormían la madre, otra hija con el marido y dos niños, y la
mujer que tal vez no lo esperaba. Habría podido guiarse por el olor si el
olor no hubiera estado en toda la casa, tan engañoso y al mismo tiempo
tan definido como había estado siempre en su pellejo. Permaneció
inmóvil un largo rato, preguntándose asombrado cómo había hecho para
llegar a ese abismo de desamparo, cuando una mano con todos los dedos
extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le tropezó la cara. No se
sorprendió, porque sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se
confió a aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó
llevar hasta un lugar sin formas donde le quitaron la ropa y lo
zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al derecho y al revés,
en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no
olía más a mujer, sino a amoníaco, y donde trataba de acordarse del
rostro de ella y se encontraba con el rostro de Ursula, confusamente
consciente de que estaba haciendo algo que desde hacia mucho tiempo
deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado que en
realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no
sabía dónde estaban los pies y dónde la cabeza, ni los pies de quién
ni la cabeza de quién, y sintiendo que no podía resistir más el rumor
glacial de sus riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia
atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel
silencio exasperado y aquella soledad espantosa.
Se llamaba Pilar
Ternera. Había formado parte del éxodo que culminó con la fundación de
Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó
a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que
nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre
ajeno. Le prometió seguirla hasta el fin del mundo, pero más tarde,
cuando arreglara sus asuntos, y ella se había cansado de esperarlo
identificándolo siempre con los hombres altos y bajos, rubios y morenos,
que las barajas le prometían por los caminos de la tierra y los caminos
del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años. Había
perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el
hábito de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón.
Trastornado por aquel juguete prodigioso, José Arcadio buscó su rastro
todas las noches a través del laberinto del cuarto. En cierta ocasión
encontró la puerta atrancada y tocó varias veces, sabiendo que si había
tenido el arresto de tocar la primera vez tenía que tocar hasta la
última, y al cabo de una espera interminable ella le abrió la puerta.
Durante el día, derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los
recuerdos de la noche anterior. Pero cuando ella entraba en la casa,
alegre, indiferente, dicharachera, él no tenía que hacer ningún
esfuerzo para disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa
explosiva espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder
invisible que lo enseñaba a respirar hacia dentro y a controlar los
golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los hombres
le tienen miedo a la muerte. Estaba tan ensimismado que ni siquiera
comprendió la alegría de todos cuando su padre y su hermano alborotaron
la casa con la noticia de que habían logrado vulnerar el cascote
metálico y separar el oro de Úrsula.
En efecto, tras
complicadas y perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula
estaba feliz, y hasta dio gracias a Dios por la invención de la alquimia,
mientras la gente de la aldea se apretujaba en el laboratorio, y les
servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el prodigio, y
José Arcadio Buendía les dejaba ver el crisol con el oro rescatado, como
si acabara de inventarío. De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo
mayor, que en los últimos tiempos apenas se asomaba por el laboratorio.
Puso frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le preguntó:
"¿Qué te parece?" José Arcadio, sinceramente, contestó:
—Mierda de perro.
Su padre le dio con
el revés de la mano un violento golpe en la boca que le hizo saltar la
sangre y las lágrimas. Esa noche Pilar Ternera le puso compresas de
árnica en la hinchazón, adivinando el frasco y los algodones en la
oscuridad, y le hizo todo lo que quiso sin que él se molestara, para
amarlo sin lastimarlo. Lograron tal estado de intimidad que un momento
después, sin darse cuenta, estaban hablando en murmullos.
—Quiero estar solo
contigo —decía él—. Un día de estos le cuento todo a todo el mundo
y se acaban los escondrijos.
Ella no trató de
apaciguarlo.
—Sería muy bueno
—dijo—. Si estamos solos, dejamos la lámpara encendida para vernos
bien, y yo puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse
y tú me dices en la oreja todas las porquerías que se te ocurran.
Esta conversación,
el rencor mordiente que sentía contra su padre, y la inminente
posibilidad del amor desaforado, le inspiraron una serena valentía. De un
modo espontáneo, sin ninguna preparación, le contó todo a su hermano.
Al principio el
pequeño Aureliano sólo comprendía el riesgo, la inmensa posibilidad de
peligro que implicaban las aventuras de su hermano, pero no lograba
concebir la fascinación del objetivo. Poco a poco se fue contaminando de
ansiedad. Se hacia contar las minuciosas peripecias, se identificaba con
el sufrimiento y el gozo del hermano, se sentía asustado y feliz. Lo
esperaba despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que parecía
tener una estera de brasas, y seguían hablando sin sueño hasta la hora
de levantarse, de modo que muy pronto padecieron ambos la misma
somnolencia, sintieron el mismo desprecio por la alquimia y la sabiduría
de su padre, y se refugiaron en la soledad. "Estos niños andan como
zurumbáticos", decía Úrsula. "Deben tener lombrices."
Les preparó una repugnante pócima de paico machacado, que ambos bebieron
con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas
once veces en un solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que
mostraron a todos con gran júbilo, porque les permitieron desorientar a
Úrsula en cuanto al origen de sus distraimientos y languideces. Aureliano
no sólo podía entonces entender, sino que podía vivir como cosa propia
las experiencias de su hermano, porque en una ocasión en que éste
explicaba con muchos pormenores el mecanismo del amor, lo interrumpió
para preguntarle: "¿Qué se siente?" José Arcadio le dio una
respuesta inmediata:
—Es como un
temblor de tierra.
Un jueves de enero,
a las dos de la madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara en
el cuarto, Úrsula la examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como
una lagartija, pero todas sus partes eran humanas. Aureliano no se dio
cuenta de la novedad sino cuando sintió la casa llena de gente. Protegido
por la confusión salió en busca de su hermano, que no estaba en la cama
desde las once, y fue una decisión tan impulsiva que ni siquiera tuvo
tiempo de preguntarse cómo haría para sacarlo del dormitorio de Pilar
Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas, silbando claves privadas,
hasta que la proximidad del alba lo obligó a regresar. En el cuarto de su
madre, jugando con la hermanita recién nacida y con una cara que se le
caía de inocencia, encontró a José Arcadio.
Úrsula había
cumplido apenas su reposo de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos.
Eran los mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A
diferencia de la tribu de Melquíades, habían demostrado en poco tiempo
que no eran heraldos del progreso, sino mercachifles de diversiones.
Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo anunciaron en función de su
utilidad en la vida de los hombres, sino como una simple curiosidad de
circo. Esta vez, entre muchos otros juegos de artificio, llevaban una
estera voladora. Pero no la ofrecieron como un aporte fundamental al
desarrollo del transporte, sino corno un objeto de recreo. La gente, desde
luego, desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un
vuelo fugaz sobre las casas de la aldea. Amparados por la deliciosa
impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de
desahogo. Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre, y hasta
llegaron a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y
profundo que la felicidad desaforada pero momentánea de sus noches
secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto. Estimulada por el
entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la
forma y la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima.
"Ahora sí eres un hombre", le dijo. Y como él no entendió lo
que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:
—Vas a tener un
hijo.
José Arcadio no se
atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la
risotada trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el
laboratorio, donde los artefactos de alquimia habían revivido con la
bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía recibió con alborozo al
hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra filosofal, que
había por fin emprendido. Una tarde se entusiasmaron los muchachos con la
estera voladora que pasó veloz al nivel de la ventana del laboratorio
llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que hacían
alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la
miré. "Déjenlos que sueñen" dijo. "Nosotros volaremos
mejor que ellos con recursos más científicos que ese miserable
sobrecamas." A pesar de su fingido interés, José Arcadio no
entendió nunca los poderes del huevo filosófico, que simplemente le
parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su preocupación.
Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre
ante el fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el
propio José Arcadio Buendía lo relevé de los deberes en el laboratorio
creyendo que habla tomado la alquimia demasiado a pecho. Aureliano, por
supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la
búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una
confidencia. Habla perdido su antigua espontaneidad. De cómplice y
comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso de' soledad, mordido por
un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó la cama como de
costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse con el
tumulto de la feria. Después de deambular por entre toda suerte de
máquinas de artificio, sin interesarse por ninguna, se fijó en algo que
no estaba en juego: una gitana muy joven, casi una niña, agobiada de
abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su vida.
Estaba entre la multitud que presenciaba el triste espectáculo del hombre
que se convirtió en víbora por desobedecer a sus padres.
José Arcadio no
puso atención. Mientras se desarrollaba el triste interrogatorio del
hombre—víbora, se había abierto paso por entre la multitud hasta la
primera fila en que se encontraba la gitana, y se habla detenido detrás
de ella. Se apretó contra sus espaldas. La muchacha trató de separarse,
pero José Arcadio se apretó con más fuerza contra sus espaldas.
Entonces ella lo sintió. Se quedó inmóvil contra él, temblando de
sorpresa y pavor, sin poder creer en la evidencia, y por último volvió
la cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos gitanos
metieron al hombre víbora en su jaula y la llevaron al interior de la
tienda. El gitano que dirigía el espectáculo anunció:
—Y ahora, señoras
y señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que
ser decapitada todas las noches a esta hora durante ciento cincuenta
años, como castigo por haber visto lo que no debía.
José Arcadio y la
muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella,
donde se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la
ropa. La gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos
pollerines de encaje almidonado, de su inútil corset alambrado, de su.
carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada. Era una
ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le
ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio, pero tenía una
decisión y un calor que compensaban su fragilidad. Sin embargo, José
Arcadio no podía responderle porque estaban en una especie de carpa
pública, por donde los gitanos pasaban con sus cosas de circo y
arreglaban sus asuntos, y hasta se demoraban junto a la cama a echar una
partida de dados. La lámpara colgada en la vara central iluminaba todo el
ámbito. En una pausa de las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en
la cama, sin saber qué hacer, mientras la muchacha trataba de alentarlo.
Una gitana de carnes espléndidas entró poco después acompañada de un
hombre que no hacía parte de la farándula, pero que tampoco era de la
aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la cama. Sin
proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie
de fervor patético su magnífico animal en reposo.
—Muchacho —exclamó—,
que Dios te la conserve.
La compañera de
José Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se
acostó en el suelo, muy cerca de la cama. La pasión de los otros
despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la
muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de
un fichero de dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos
se llenaron de lágrimas y todo su cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un
vago olor de lodo. Pero soportó el impacto con una firmeza de carácter y
una valentía admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en
vilo hacia un estado de inspiración seráfica, donde su corazón se
desbarató en un manantial de obscenidades tiernas que le entraban a la
muchacha por los oídos y le salían por la boca traducidas a su idioma.
Era jueves. La noche del sábado José Arcadio se amarró un trapo rojo en
la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando Úrsula
descubrió su ausencia, lo buscó por toda la aldea. En el desmantelado
campamento de los gitanos no habla más que un reguero de desperdicios
entre las cenizas todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que
andaba por ahí buscando abalorios entre la basura le dijo a Ursula que la
noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de la farándula,
empujando una carretilla con la jaula del hombre—víbora: "¡Se
metió de gitano!", le gritó ella a su marido, quien no había dado
la menor señal de alarma ante la desaparición.
—Ojalá fuera
cierto —dijo José Arcadio Buendía, machacando en el mortero la materia
mil veces machacada y recalentada y vuelta a machacar—. Así aprenderá
a ser hombre.
Úrsula preguntó
por dónde se habían ido los gitanos. Siguió preguntando en el camino
que le indicaron, y creyendo que todavía tenía tiempo de alcanzarlos,
siguió alejándose de la aldea, hasta que tuvo conciencia de estar tan
lejos que ya no pensó en regresar. José Arcadio Buendía no descubrió
la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando dejó la materia
recalentándose en una cama de estiércol, y fue a ver qué le pasaba a la
pequeña Amaranta que estaba ronca de llorar. En pocas horas reunió un
grupo de hombres bien equipados, puso a Amaranta en manos de una mujer que
se ofreció para amamantaría, y se perdió por senderos invisibles en pos
de Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya
lengua desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían
visto pasar a nadie. Al cabo de tres días de búsqueda inútil,
regresaron a la aldea.
Durante varias
semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se
ocupaba como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de
ropa, la llevaba a ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba
en la noche las canciones que Úrsula nunca supo cantar. En cierta
ocasión Pilar Ternera se ofreció para hacer los oficios de la casa
mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa intuición se habla
sensibilizado en la desdicha, experimentó un fulgor de clarividencia al
verla entrar. Entonces supo que de algún modo inexplicable ella tenía la
culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de su
madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad,
que la mujer no volvió a la casa.
El tiempo puso las
cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué
momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo,
prendiendo fuego al atanor, entregados una vez más a la paciente
manipulación de la materia dormida desde hacia varios meses en su cama de
estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre,
observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en
el cuartito enrarecido por los vapores del mercurio. En cierta ocasión,
meses después de la partida de Úrsula, empezaron a suceder cosas
extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en un
armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua
colocada en la mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta
evaporarse por completo. José Arcadio Buendía y su hijo observaban
aquellos fenómenos con asustado alborozo, sin legrar explicárselos, pero
interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de
Amaranta empezó a moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa
en el cuarto, ante la consternación de Aureliano, que se apresuró a
detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su puesto y
la amarró a la pata de una mesa, convencida de que el acontecimiento
esperado era inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó
decir:
—Si no temes a
Dios, témele a los metales.
De pronto, casi
cinco meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó
exaltada, rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la
aldea. José Arcadio Buendia apenas si pudo resistir el impacto.
"¡Era esto!", gritaba. "Yo sabía que iba a ocurrir."
Y lo creía de veras, porque en sus prolongados encierros, mientras
manipulaba la materia, rogaba en el fondo de su corazón que el prodigio
esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la liberación
del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro
las bisagras y cerraduras de la casa, sino lo que ahora había ocurrido:
el regreso de Úrsula. Pero ella no compartía su alborozo. Le dio un beso
convencional, como sí no hubiera estado ausente más de una hora, y le
dijo:
—Asómate a la
puerta.
José Arcadio
Buendía tardó mucho tiempo para restablecerse de la perplejidad cuando
salió a la calle y vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y
mujeres como ellos, de cabellos lacios y piel parda, que hablaban su misma
lengua y se lamentaban de los mismos dolores. Traían mulas cargadas de
cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domésticos,
puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por
los mercachifles de la realidad cotidiana. Venían del otro lado de la
ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había pueblos que recibían
el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula
no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no
pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.
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