Gabriel García Márquez
(Aracata,
Colombia 1928—)
Un día de éstos
El lunes amaneció
tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista
sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a
las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza
montada aún en el molde de yeso y puso sobre la
mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor
a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa
a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón
dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores
elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que
raras veces correspondía a la situación, como la
mirada de los sordos.
Cuando
tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la
fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a
pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo
que hacía, pero trabajaba con obstinación,
pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía
de ella.
Después
de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la
ventana y vio dos gallinazos pensativos que se
secaban al sol en el caballete de la casa vecina.
Siguió trabajando con la idea de que antes del
almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de
su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
—Papá.
—Qué
—Dice
el alcalde que si le sacas una muela.
—Dile
que no estoy aquí.
Estaba
puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia
del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar.
En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
—Dice
que sí estás porque te está oyendo.
El
dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando
lo puso en la mesa con los trabajos terminados,
dijo:
—Mejor.
Volvió
a operar la fresa. De una cajita de cartón donde
guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de
varias piezas y empezó a pulir el oro.
—Papá.
—Qué.
Aún
no había cambiado de expresión.
—Dice
que si no le sacas la mela te pega un tiro.
Sin
apresurarse, con un movimiento extremadamente
tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró
del sillón y abrió por completo la gaveta inferior
de la mesa. Allí estaba el revólver.
—Bueno
—dijo—. Dile que venga a pegármelo.
Hizo
girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta,
la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde
apareció en el umbral. Se había afeitado la
mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y
dolorida, tenía una barba de cinco días. El
dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de
desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los
dedos y dijo suavemente:
—Siéntese.
—Buenos
días —dijo el alcalde.
—Buenos
—dijo el dentista.
Mientras
hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el
cráneo en el cabezal de la silla y se sintió
mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete
pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal,
y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla,
una ventana con un cancel de tela hasta la altura de
un hombre. Cuando sintió que el dentista se
acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la
boca.
Don
Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz.
Después de observar la muela dañada, ajustó la
mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.
—Tiene
que ser sin anestesia —dijo.
—¿Por
qué?
—Porque
tiene un absceso.
El
alcalde lo miró en los ojos.
—Esta
bien —dijo, y trató de sonreír. El dentista no
le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la
cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó
del agua con unas pinzas frías, todavía sin
apresurarse. Después rodó la escupidera con la
punta del zapato y fue a lavarse las manos en el
aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el
alcalde no lo perdió de vista.
Era
una cordal inferior. El dentista abrió las piernas
y apretó la muela con el gatillo caliente. El
alcalde se aferró a las barras de la silla,
descargó toda su fuerza en los pies y sintió un
vacío helado en los riñones, pero no soltó un
suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin
rencor, mas bien con una marga ternura, dijo:
—Aquí
nos paga veinte muertos, teniente.
El
alcalde sintió un crujido de huesos en la
mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero
no suspiró hasta que no sintió salir la muela.
Entonces la vio a través de las lágrimas. Le
pareció tan extraña a su dolor, que no pudo
entender la tortura de sus cinco noches anteriores.
Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante,
se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el
pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista
le dio un trapo limpio.
—Séquese
las lágrimas —dijo.
El
alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el
dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso
desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de
araña e insectos muertos. El dentista regresó
secándose. "Acuéstese —dijo— y haga
buches de agua de sal." El alcalde se puso de
pie, se despidió con un displicente saludo militar,
y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin
abotonarse la guerrera.
—Me
pasa la cuenta -dijo.
—¿A
usted o al municipio?
El
alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a
través de la red metálica:
—Es
la misma vaina.
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