Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

Cuando se estudia gramática
Así en la paz como en la guerra
(La Habana: Ediciones R, 1960)



      Al oír la chicharra, Silvestre empujó la puerta y entró. Subió la escalera en penumbras y al llegar al descanso y mirar a arriba vio a Mariella sonriente.
       —Creí que ya no venías —dijo ella.
       —Nada. La maldita guagua. No había manera que pasara una trentidós.
       —Si salieras más temprano de la casa no te pasaría eso.
       —Llegaría tarde de todos modos —dijo él.
       Ella se hizo a un lado y él pasó a la sala. Siempre que llegaba a la amplia sala de mosaicos blancos y negros le asaltaba la misma sensación de molestia inexplicable. Claro que él no sabía que los muebles de pesante estilo Renacimiento español, el gigantesco corazón de Jesús de la pared del fondo, la lámpara de falsas lágrimas y los múltiples búcaros, jarrones y figuritas de porcelana y yeso le golpeaban con su infinito mal gusto. Solamente le alcanzaba una vaga desazón.
       —A donde sí vamos a llegar tarde nosotros es al aprobado si seguimos así —dijo ella.
       —Bah, no te preocupes. Siempre sacamos las asignaturas, ¿no?
       —Hasta ahora, sí. Pero este Español II está duro, no creas.
       —La sacaremos, no te ocupes.
       Notó el silencio de la casa.
       —¿Y la gente?
       —Mami salió con Cuca.
       Marni era la madre de Mariella, Cuca era la criada. La madre de Mariella se había divorciado hacía unos cinco años y la madre y la hija vivían solas en la casa grande, sin otra compañía que una criada, ya vieja. La madre de Mariella tendría unos treinta y cinco años y era una mujer muy bella, más bella que la mujer que estaba en el retrato del hall, que era la madre de Mariella cuando tenía veinte años. La madre de Mariella era una mujer alta, hermosa. Tenía los ojos verdes y muy grandes y el pelo negro y largo, y en su cara había algo duro, masculino, que no dejaba de hacerla más atractiva. En cuanto a Mariella, Mariella era otra cosa.
       Ahora Silvestre la estaba mirando mientras disponía los balances en la terraza, ordenaba los libros, agrupaba los lápices dentro de un pote de barro y alistaba las libretas de notas. Mariella tenía quince años, pero muy bien podía decir que era mayor. No era alta ni baja y sin embargo no era proporcionada. Tenía las piernas largas, redondas y levemente gruesas, y eran lo más importante de su cuerpo. Su talle era corto y sus senos abultaban bastante bajo la blusa blanca que llevaba ahora, la que hacía resaltar su rostro moreno y su pelo negro. Por debajo de la amplia saya se adivinaban sus caderas ya marcadas.
       —¿Por qué traes el uniforme? —preguntó él.
       —Mami. Salí con ella a almorzar en casa de una tía de Papi y se empeñó que fuera de uniforme. ¿Qué pasa? Si quieres me lo quito.
       —No, no. ¿Para qué? Te ves muy bien así.
       Ella hizo una reverencia en broma y dijo, afectando melosidad:
       —Muuuchas graciasss.
       Todavía dentro de Mariella había una niña.
       —¿Repasamos? -—preguntó ella.
       —Cuando quieras —dijo él.
       Comenzaron a leer una y otra vez un trozo gramatical y cuando decidieron que habían leído bastante, Mariella dijo:
       —Dilo ahora.
       —¿Todo?
       —Sí, todo.
       —No voy a poder.
       —Bueno, hasta donde puedas. Yo te ayudo.
       —Bueno... Los pronombres relativos... A. Si dijésemos: de una dama era galán un vidriero y ese vidriero vivía en Tremecén, enunciaríamos dos oraciones independientes coo —lo pensó un instante— coordinadas, cuyo sujeto, obrero...
       —Vidriero...
       —Vidriero. ¿Y de qué manera se ganará la vida un vidriero en Tremecén?
       —Ah, yo no sé. Vamos sigue.
       —A lo mejor por la noche se dedica a romper los cristales de las ventanas con un tiraflechas...
       —Vamos, amor, sigue.
       —O a lo mejor vive de la dama que es galán.
       —Ah, mi vida, vamos: sigue.
       —¿Se te fue o lo dijiste? —preguntó Silvestre.
       —¿Qué cosa? —preguntó ella.
       —Lo de amor y lo de vida.
       —Lo dije —dijo ella.
       Silvestre la miró sonriente, con alguna picardía en sus ojos todavía adolescentes.
       —¿Qué te parece si yo fuera vidriero en Tremecén?
       —Que no te encargaba un solo trabajo.
       —Ah, sí. Bueno, pues decepcionado porque no eres mi dama y además eres mala clienta, me suicido moliendo una vidriera y echando el vidrio molido en dulce-guayaba.
       Ella se rió a pesar suyo. Luego se puso seria.
       —Vamos, viejo, continúa.
       —Viejo, no, vidriero.
       —Bueno, sigue, por favor.
       —Bien... Obrero...
       —Vidriero.
       —Perdón, vidriero... Vidriero lleva en la primera el artículo un por ser... por ser... por ser...
       —Por ser indeterminado. ¿Ves? No te la sabes ¿Estudiaste en casa por la mañana?
       —Bueno, no mucho.
       —Bueno no mucho... ¿Pues sabes lo que va a pasar?
       —No. ¿Qué cosa?
       —Que te van a suspender.
       —Nos van.
       —No, nos van no. Te van. Porque yo me sé la lección completica.
       —Ah, ¡de manera que estudiando a mis espaldas! Eso sí está bueno.
       —A tus espaldas no, frente a ti. Ayer, cuando te pasaste toda la tarde leyendo las revistas de Mami, yo estudiaba.
       —Bueno, pues vamos a ver si es verdad. Dime esa parte.
       —Qué fresco. Lo haces para no tomarte el trabajo de decirla tú.
       —Y tú lo haces porque no te la sabes. Dila tú, vamos a ver.
       —Está bien.
       Ella comenzó a recitar la lección con la fidelidad de una poetisa provinciana y casi con la misma entonación. La dijo toda de arriba a abajo y luego conminó a Silvestre a que le hiciera preguntas. Cuando terminaron había pasado una hora.
       —¿Qué tal si comemos algo? —preguntó ella.
       —No me parece mal.
       Ella trajo galleticas y refrescos.
       —¿Por qué no comemos en la sala? Los asientos son más cómodos.
       —Está bien.
       Entraron. Silvestre se apoltronó en un buta- cón de felpa y Mariella se acercó al sofá, puso las botellas y los vasos en la mesita contigua y luego se acostó. Silvestre comía en silencio y miraba las largas, tersas piernas de Mariella. De pronto se puso en pie y cerró el ventanal que se abría sobre la terraza.
       —¿Qué haces? —preguntó ella, casi incorporándose.
       —Nada —dijo él, volviendo a sentarse—. Había demasiada claridad.
       Ahora miraba los pocos rayos de sol que se colaban por las persianas, iluminando la sala con una luz suave, lenta. La sala había adquirido otro aspecto, desdibujados los retorcidos contornos de los muebles, indiscernible ahora el retrato de Jesús, atenuada la agresividad lustrosa de los objetos de porcelana.
       —Ponte de pie —dijo Silvestre tan inesperadamente como había ido a cerrar la ventana.
       —¿Para qué? Estoy muy cómoda así.
       —Ponte de pie —repitió él.
       —Pero, ¿para qué? —dijo ella.
       —Ponte de pie.
       Ella lo hizo.
       —-Camina hasta el centro.
       Caminó hasta el centro.
       —¿Qué es esto?
      —preguntó ella intrigada—. ¿Un fashion show?
       —No, al revés. —No te entiendo —dijo ella.
       —Ya me entenderás —dijo él. La voz se le enronqueció—: Quítate la ropa.
       Ella saltó. No físicamente, pero algo dentro de ella saltó.
       —Cómo.
       —Que te quites la ropa.
       —¿En serio?
       —Sí, en serio.
       —¿Para qué?
       —Para nada. Quiero verte desnuda.
       —¿Así como así?
       —Sí, quiero verte desnuda. Eso es todo.
       Ella lo miró un instante. Luego comenzó a quitarse la ropa, su cara de una seriedad casi cómica ahora. Se quitó la blusa blanca y dejó ver los ajustadores rosados. Luego se quitó la falda también blanca y mostró una saya interior igualmente blanca.
       Lo miró.
       —¿Así?
       -No, toda.
       Dejó caer hasta el suelo la saya interior y ahora estaba en pantalones y ajustadores.
       Volvió a mirarlo.
       —¿Así?
       —No, toda.
       —¿Más?
       —Sí, más. Toda.
       Se llevó ambas manos a la espalda y desabotonó el sostén, que prácticamente saltó, dejando los senos desnudos. Después se bajó el pantalón y sacó una pierna y luego otra. Ahora estaba completamente desnuda.
       Él la miró. Ella tuvo intención de cubrirse con las manos, pero por alguna causa no lo hizo.
       —¿Ya? —preguntó ella.
       —Sí —dijo él—. Ponte la ropa de nuevo.
       Ella recogió la ropa del suelo y corrió desnuda —ahora él vio que no se había quitado los zapatos— hacia adentro. Cuando regresó venía vestida con un vestido color azul violeta.
       —¿Y ahora? —preguntó ella.
       —Ahora vamos a seguir estudiando —dijo él.



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