Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

Jazz
Así en la paz como en la guerra
(La Habana: Ediciones R, 1960)



      Cuando volví a ver a Gianni en E1 Jardín crei que no me reconocería. Pero me reconoció bien. Me lo habían presentado una semana antes en una exposición. Me preguntó qué me parecían los cuadros y yo le dije, con franqueza, que pura mierda. Se rió.
       —Ésa es una palabra que no tiene en italiano la fuerza que tiene en español —dijo.
       —O en francés —dije yo.
       —Sí. O en francés.
       Había nacido en Italia y luego sus padres se habían mudado para el sur de Francia y ahora era francés. O mejor dicho: ahora no se sabía lo que era, porque estaba aquí y hablaba muy bien el español y no parecía francés ni italiano. Su padre tenía una buena trattorìa y una mejor clientela. Él se había quedado en Francia cuando su familia emigró a acá, pero luego tuvo que salir él también, huyéndole al servicio militar. Tenía unas ideas muy precisas de lo que era el servicio obligatorio y del papel que tendría que desempeñar en Argelia, matando gente que se parecían a él entonces, como ahora se parecía él a mí.
       Fsta segunda vez todavía llevaba la misma revista surrealista bajo el brazo y tomaba un cubalibre, despacio y a través de una pajita, lo que resultaba bastante chocante. Hablamos. Aparte los comentacomentarios de política internacional y una decidida antipatía por De Gaulle, teníamos otro interés común; el jazz. Yo había dejado de oír toda otra música por el jazz y mi hermana y mis amigos me jugaban bromas de lo lindo por ello.
       —¿Cómo van los discos? —me preguntó.
       —Bien —le dije—. Los discos bien. El que anda mal soy yo, que no he podido comprar ninguno más porque el viejo se niega a darme un centavo para discos. Dice que es una nueva locura y que pronto me voy a cansar de ellos como me cansé de la tumbadora, de la cámara fotográfica y de los libros de reproducciones.
       —¿Y tiene razón?
       —Es posible —le dije y se sonrió con su sonrisa sana y ajena.
       Luego vinieron otros amigos de él y míos y cuando salimos del café era más de la una. Decidí acompañarlo a su casa y coger allá el autobús. Al llegar me dijo:
       —¿Quieres comer algo, Silvestre?
       Le dije que me daba lo mismo y como si hubiera aceptado con entusiasmo me abrió la puerta al restorán y pasamos a la cocina. ¡De veras que cocinan bien los italianos! Yo no sé cómo se las arreglan para hacer una comida tan variada con un mismo elemento: la pasta. Estuvimos mordisqueando el salami, unas lascas de parmesano, aceitunas, y me sirvió un poco de timballo di maccheroni, frío. Luego subimos a su casa.
       Cuando entramos me rogó que no hiciéramos ruido, porque sus padres dormían al fondo. Me sorprendió ver que los muebles de la casa no se diferenciaban mucho de los de casa, pero que, sin embargo, aquella sala tenía un definido aire europeo. Había unas reproducciones de Utrillo casi idénticas en su perfección a las que había en casa, de Cézanne, y un fino mantel en la mesa de centro, una o dos mesitas bajas y en un rincón, un tocadiscos.
       —¿Qué quieres oír? —me preguntó.
       —No sé —le dije y en realidad no sabía. Era un poco tarde para oír cualquier cosa, ni siquiera jazz, que es una música de medianoche.
       —¿Tú conoces a Miles Davis? —me preguntó.
       Yo no lo conocía entonces, pero de haberlo conocido no lo habría reconocido en su pronunciación. Si hay algún idioma que nunca habla bien un europeo del continente —francés, italiano o español— es el inglés.
       —No. ¿Quién es?
       —Es un trompeta formidable. Para mí es el músico más importante que hay hoy día en el jazz.
       —¿Mejor que Gillespie?
       —Dizzy es otra cosa. Tiene un gran sentido del humor y es un músico con mucho swing y mucho ritmo. Pero Davis es un músico de hoy.
       Yo he comprado mis discos de jazz con un criterio histórico. Por supuesto que me he guiado más por los libros de crítica que por mi gusto, pero tengo una colección que está bien equilibrada, históricamente hablando. Tengo a Blind Lemmon Jefferson y Ma Rayney y Louis Armstrong y Duke Ellington y a Benny Goodman —a quien no considero un jazzista particularmente, pero que tiene uno 0 dos discos logrados— y a Cootie Williams y sobre todo a un músico que es mi favorito, aunque no toque mi instrumento preferido: Charlie Parker. Me acordé de Armstrong.
       —¿Y Armstrong?
       —Eso es prehistoria —me dijo—. Está bien, para su tiempo, pero la música que se siente de veras, la que llega dentro y por la que se expresa el músico, es el jazz moderno. Llámalo cool—pronunció coo1— o como te dé la gana.
       Se dio cuenta que hablábamos muy alto.
       —Bueno, está bien de discusión y vamos a oír a Davis.
       Puso Round’Bout Midnight que desde entonces se ha convertido en mi disco favorito. Sobre todo la interpretación que hace Miles Davis de All of you. Comencé a oír aquellos extraños lamentos, estirados, elásticos. La trompeta, tocada con sordina y muy cerca del micrófono, sonaba anestesiada, como envuelta en algodones empapados en éter, y la música se escurría por el cuarto pegajosa, cálida. Oímos en silencio.
       Cuando comenzó la rápida Ah-leu-cha, Gianni fue adentro. Regresó con dos vasos mediados de ron y una botella de Cawy.
       —¿Qué es eso? —le pregunté.
       —Ron con Cawy.
       —¿Y es bueno?
       —Pruébalo —me dijo.
       Lo probé. No sabía mal. Me sonreí.
       —¿De qué te ríes?
       —De que un europeo me venga a mí a enseñar cómo tomar ron.
       Me miró significativamente y me dijo:
       —A un niño se le pueden enseñar muchas cosas.
       —Yo no soy un niño.
       —¿No?
       —No —le respondí serio.
       —Pues lo pareces —me dijo sonriendo una sonrisa torcida.
       —Tal vez. Pero no lo soy.
       Se sonrió más. Me molestaba su sonrisa.
       —Está bien. No te pongas bravo —dijo. No dijo exactamente eso, pero era eso más o menos lo que quiso decir.
       Seguimos oyendo el disco y cuando acabó All of you, le dio vuelta y empezó a sonar Bye-bye, Blackhird, que no sé por qué me recuerda a Poe. Quizá sea por el pájaro negro y por El Cuervo.
       Pasó un rato y yo noté algo extraño en Gianni, tan extraño como su sonrisa. De pronto comencé a pensar que si no sería un homosexual disfrazado y pensé que si su familia estaría o no en la casa. Ya una vez me había ocurrido una experiencia desagradable con un individuo que me invitó a su casa a oír ópera. Era un tipo con la cara llena de barros y muy miope. Tenía por lo menos diez mil discos de ópera en un pequeño cuarto que cerraba a cal y canto. Me puso unas cuantas arias y entre ellas un vals. ¿Y a que ustedes no saben lo que hizo el tipo? Se acercó y me dijo (le vi las espinillas tan cerca que pensé que si una se reventaba en ese momento me caería el pus en los ojos), muy meloso: «¿Quieres bailar conmigo?»
       Lo recordaba ahora viendo a Gianni desesperado por decirme algo que o era muy embarazoso o era muy extraordinario. Entonces ocurrió una cosa que recuerdo con toda nitidez. Sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros y dentro de ella extrajo una bolsita de tela.
       —¿Quieres? —me preguntó. Todavía no comprendía.
       —¿Qué cosa?
       —Algo que ayuda a oír el jazz.
       —¿Qué cosa es?
       —Mariguana.
       Yo debí saltar en mi asiento, porque me dijo, sonriendo otra vez con su sonrisa sana:
       —No te asustes, que no mata.
       —No me asusta —le dije.
       —¿No?
       —No. Yo la he fumado ya —mentí.
       —¿De veras? ¿Y qué efecto produce?
       —A mí me dio mareos y vómitos.
       —Pues no has fumado mariguana, porque la mariguana ni da mareos ni vómitos. Es exactamente como la bebida, sólo que no hay despertar malo al día siguiente. ¿De veras que no quieres?
       —No —me mantuve ahí.
       —Bueno, ¿entonces no te importa que yo la fume?
       —No —le dije, muy blasé—. No me importa.
       En realidad estaba muerto de miedo. Pensaba en la familia que dormía al fondo (ahora no tenía duda de ello, porque oí un ronquido que debía pertenecer al padre), en la policía, en mis padres si se enteraban de esto.
       —Puedes fumarla —le dije.
       Entonces él, con mucha paciencia y mucho método, consiguió de alguno de sus bolsillos una libretica de papel de fumar —muy bonito, hecho en Barcelona— y tomó una hoja. La puso en sus piernas y vació un poco de una picadura gruesa, suelta, verde, en el papel blanco. Cerró la bolsita y enrolló la picadura con el papel. Finalmente, dobló rudimentariamente las puntas del milito y tuvo un cigarrillo. Lo encendió y comenzó a fumar. Yo no sentía olor ni nada por el estilo. Puede ser que hubiera sido el miedo o la sorpresa, porque insistí, muy ingenuamente, en preguntarle:
       —¿Es mariguana de veras?
       Me miró. Se sonrió con su sonrisa doblada. Me dijo, simplemente:
       —Mi nombre es Gianni, no Zanni.
       Zanni, en italiano, quiere decir bufón, cómico, payaso.



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