Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

Mar, mar, enemigo
Así en la paz como en la guerra
(La Habana: Ediciones R, 1960)



      En oleadas sucesivas, como una continuación de las olas formadas en el mar, le llegó la brisa, fresca, húmeda, evanescente, y con ella vino el rumor del mar y el picante olor a salitre: todo le llegaba del mar, hasta la espera. Y ella odiaba al mar, porque sabía que le era hostil. El mar debe ser una mujer, pensó.
       —Sólo una mujer puede ser tan dura con las mujeres y tan blanda con los hombres —dijo y recordó que alguien dijo que al mar debía llamársele la mar porque también lo afectaba la luna; no podía recordar quién lo dijo: —Pero debe ser una mujer —dijo.
       Más que nada lo odiaba por la misma razón que se maldice al cartero que pasa de largo: porque el mar era un medio de comunicación entre ella y él y ahora le negaba toda noticia. El dijo: «Mira al mar. Míralo siempre y sabrás si vuelvo o no. El te dirá», pero él no había contado con el mar, de donde el mar era un mensajero sin saberlo. Nadie contaba con él y todos querían que fuese el recadero perfecto. Se despachaban embarcaciones, se echaban botellas llenas de mensajes, se tendían cables, y todos querían que las noticias llegaran pronto y sin novedad y con precisión al punto de destino. Y ahora ese hombre, ese marino misterioso, envuelto en sombras, ocupado en raros trajines, que utilizaba el mar y la noche como cómplices, no decía más que «Mira al mar: él te dirá» y dejaba el resto (la improbabilidad, el error, la mala fortuna) al azar, y esta mujer odiaba al mar porque el mar, siempre sin saberlo, demoraba en decir que sí o que no.
       Se recostaba a una de las delgadas varas de ocu je que servían de columnas al soportal, parada allí, cuello y espalda envueltos en un rebozo negro, mirando a la distante y extensa llanura del mar, las blancas y móviles costras de espuma como algodoneros florecidos sembrados por error en un campo de espartillo iluminado por la luna,- buscando con los ojos inútilmente el punto luminoso, la señal.
       La mujer (que no es de ahí, que no vive en ese lugar, que ha llegado al atardecer en una camioneta silenciosa como la noche) es todavía joven pero ya ha pasado los años de la primera juventud y guarda la serena belleza de la mujer que sabe que sus años de frenesí y ajetreo, los años para malgastar han pasado. Sabe que son los años de la sonrisa, no de la risa; los años del reverso, de las sombras, del eco: más que el tiempo de la guerra, el de la paz; el tiempo de la tregua con la vida. La mujer aunque ha nacido en el país, ha vivido tanto tiempo en el extranjero que hay que considerarla una extranjera. Habla y viste como extranjera, no una extranjera de un lugar determinado, sino de cualquier parte, o mejor de ninguna parte.
       La otra mujer (que tampoco es de ahí y que también ha llegado sin ruido, es tan silenciosa que su compañera a veces comienza a buscarla en su memoria, porque cree que la ha dejado olvidada en el camino o en el lugar de donde vino), porque hay otra mujer dentro de la casa, no es una mujer, sino algo remoto, y desvaído, algo de otra época y otra civilización enquistado en aquella casucha, ajena a lo que la rodea y sin embargo alerta: parece dormitar y siempre se la ve presente en todo, participando en el menor suceso con una prisa detenida, o más bien: disparándose lentamente, llegando siempre al objetivo en el momento preciso, pero haciendo ver como si desde el principio de la acción ésta sería inútil porque llegaría demasiado tarde. Era una india y se vestía como india: con un amplio sayo de una sarga de un gris indefinido, sus grandes y sucios pies calzados en unos huaraches estropeados por el uso y penetrados de ese molesto y repelente olor que despide el cuero mojado, y sus negros cabellos peinados en una trenza de la nuca a la cadera. Era una india y se sentaba como las indias: acurrucada, su cuerpo recogido sobre sí mismo en un taburete ridiculamente pequeño, que está arrumbado en uno de los rincones de la casa. Era una india y sabía (no era presentimiento sino conocimiento) que la espera era inútil. Era una india y parecía una india.
       La casa, porque de alguna manera hay que llamarla, era un bohío. Menos que eso: una choza abandonada, construida de yaguas y con techo de guano y en la que el único detalle importante es ese portal de varas de ocuje (¿traídas desde lejos, por un raro capricho del constructor, o encontradas en la playa, varadas, como náufragos?) que da al mar: un lujo inútil en aquella región y que le confiere la inquietante apariencia de una casa de playa construida por indigentes, quizá el hogar de carboneros de la Ciénaga o la cabaña de un pescador, y no tiene más que una espaciosa habitación de piso de tierra y sin ventanas, con una puerta al frente y otra detrás, las dos sin hojas, no sólo para permitir la ventilación sino para dar salida a una casita casi de juguete, también de guano y yaguas, que es el retrete, construidas ambas en una elevación de la costa que le sirve de protección y de atalaya, medio confundidas entre la profusión de caletas y la grava oscura sembrada de hicacos y salvia marina, y un poco detrás las canas, las palmas canas secas y amarillosas y la yana, dura, recia, las pocas que quedan, las que no talaron los carboneros, resisten al sol y al mar y al viento; más allá, al otro extremo de la playa, de arenas prietas, está el estero y dentro la impenetrable vegetación de los mangles, extendiéndose, como una gangrena verde, de las arenas negras del playazo a las mansas aguas sepias, coloreadas por el tanino: el manglar, dilatado, misterioso y fascinante, un monstruo vegetal que usa zancos para cruzar el agua.
       Lo conoció cuando un día del colegio las llevaron al circo (entonces ella no tenía más de dieciséis años) y él trabajaba en él, no de estrella principal, ni siquiera de segunda figura, sino que era uno de los seis cuidadores que salían con los elefantes, y era el más insignificante de ellos, casi enano entre los seis elefantes y los cinco americanos enfundados en amplios monos azules, pero se distinguía por ser el que mejor gobernaba su elefante, blandiendo el bastón de hierro y pegando duro sobre la trompa, el pobre animal hurtando su costrosa corpulencia, temeroso de los golpes. El no era más que eso: un cuidador, un tarugo, uno (el menos significado) entre todos los que salían a la pista, pero ella lo vio y no miró más a los trapecistas, ni al domador de leones, ni al jinete español y su alazán, que tanto le gustaban. El también la vio a ella.
       En el circo no eran sólo los animales los que le temían y cuando propinó una terrible paliza al que tenía a su cuidado, lo despidieron. El amenazó de muerte al domador de elefantes, pero al mes el circo marchó a la Elorida, y sus amenazas no sabían nadar.
       Volvió a trabajar como chofer (porque tenía el inexplicable atractivo de los gigolós para las damas ricas) para una viuda adinerada, que trataba de esa manera de justificar el dinero que le daba, aunque sus manos pocas veces las puso en el timón. Como se veía bien en su uniforme azul pizarra, pronto visitaba por las noches el cuarto de la sirvienta y también entraba en el cuartuco junto a la cocina a morderle la oreja a la negra cocinera, en ambos lados furtivamente, porque la señora siempre estaba mirando a través de las persianas para las ventanas de la habitación sobre el garaje, hasta que la luz de allá se apagaba o hasta que Chani apagaba la luz de acá. Y por encima de estas turbias aventuras, o más bien: echándolas a un lado, estaban las vueltas al colegio, para ver de lejos a Elorencia, que acudía al portón enrejado a verlo pasar en su máquina —esas veces sin uniforme. Y él sabía que aquella estampa de la niña estrujando su cara contra los barrotes de hierro, le ponía algo ajeno dentro, no honradez ni pureza, porque esas palabras no entraban en sus planes, sino algo nuevo, diferente, no sentido hasta ahora, un objeto tangible pero impalpable que se colaba dentro, desplazando sus entrañas y poniendo en su lugar una nada que se desbordaba por cada hoyo del cuerpo, inagotablemente: algo como una enfermedad, como una gripe del alma, un estado de sensualidad y fiebre que desde el principio él no pudo o no quiso diagnosticar como amor.
       ¿Y la niña? Bien, aunque la piel de la niñez la dejó en diciembre, en el circo, como algo que ya no necesitaba. Sentía que todo cambiaba, que el colegio no era más un hogar, sino una casa, casi una prisión, y veía los hierros del portón no como antes, sino como barrotes que aprisionaban su carne, y el mismo portón no era una entrada sino la salida a un mundo que la llamaba, a una vida que le pertenecía y sin embargo le estaba prohibida, como el monte para un pájaro enjaulado.
       El pájaro escapó. Primero fueron salidas breves, vueltas a la manzana cuando ya había sonado la queda, después se extendieron al barrio y al centro de la ciudad, por último ella se quedó toda la noche fuera y al amanecer, cuando regresaba a su cama, se encontró una comitiva de espera, con la superiora al frente. Oyó adjetivos que nunca había oído y que jamás olvidaría, y después de una semana de confesiones, arrepentimiento y padrenuestros, vinieron a buscarla de su casa, por lo que ella, que creía que el perdón religioso lo arreglaba todo, encontró inútiles, con rencor, los ejercicios de purgatorio a que la habían sometido. Fue enviada por la familia a una finca lejana de la que ella había oído hablar como de algo remoto e inaccesible que asociaba con Constantinopla, y mantenida allí como en cuarentena. Pero su mal no era de la calidad efímera de las epidemias, sino una enfermedad crónica, incurable, que había hecho de su cuerpo campo de cultivo.
       Chani (el hombre se llamaba Chani Picahia) encontró el escondite y la rescató o la raptó y le contó cómo había tenido que robar a la señora dinero y el auto, que pronto convertiría también en dinero, y cómo escaparían en una goleta anclada en un puerto de la costa sur. Él no habló de cambiar aquella vez pero, por si tratara de hacerlo, ella le dijo; «No me digas nada de cambiar o cosa parecida. No te quiero reformado, sino formado como estás. Quizá te quiero porque eres el reverso de la medalla del bien. Porque eres justamente lo contrario a todas esas prédicas que me han metido en la cabeza a la fuerza, sin dejarme decir si las quería o no, si las necesitaba o sobraban.» Él respondió que estaba bien, que eso lo hacía todo más fácil, pero que, sobre todo, no quería discursos.
       Así comenzó. Y continuó por espacio de diez a quince años, durante los cuales el hombre participó en confusas, riesgosas aventuras, y la mujer, siempre junto a él a veces, le ayudó. Como ahora.
       Dijo: «Éste es un gran golpe. No puede fallar.» Lo había madurado desde el principio. «Será un doble juego perfecto. Claro que los riesgos serán dobles también. Pero lo tengo todo tan bien planeado. Qué va; no puede fallar.» Y le dio a ella sus instrucciones: vendría a la isla, al cuartel de la ciénaga, como ellos le llamaban al bohío; porque no sabía el camino vendría con la india, alquilaría un carro, preferiblemente un pisicorre, y esperaría su señal en la noche o la madrugada, seguidamente, si todo salía bien, traerían el cargamento a la capital, donde lo venderían. Con ese dinero se marcharía bien lejos, a ponerlo en algún nuevo negocio no mucho más limpio, pero sí más productivo y menos peligroso. Habló también de lo que debía hacer si no veía la señal: «Oye, Flor, si a las tres no hay candela, te vas a escape, y esperas un día o dos en Aguada. Si no regreso en ese tiempo vuelves a la capital o vas a casa de los viejos, como quieras. Si no sabes más de mí, puedes imaginar lo más heroico, lo más espectacular, lo más literario. Que será todo lo contrario.» Y la besó larga y fuertemente, tanto que aún le duele. Después, ya yéndose, fue que dijo lo del mar.
       Ahora, diez, quince años después, se ve de regreso a la isla, que ha sido siempre el accidente geográfico que más ha aborrecido, una porción de tierra más o menos limitada, rodeada de agua por todas partes, menos por arriba, excepto cuando llovía: una roca miserable, un escollo, una balsa inmóvil, una astilla del naufragio de la tierra firme aislada por el mar, una jaula de agua: una prisión. Ahora frente al mar, hosco, iluminado por una luna irreal e inútil y por eso oscuro, engañoso, con leves rizos en la superficie y dentro sólido, un bloque, no estático como la tierra sino una mole que avanza y se retira incesantemente siempre agresivo y sin embargo tranquilo, manso, acostado, con un rumor de gatos que roncan, un ronroneo que invita peligrosamente a tenderse y dormir, confiado, sabiendo que tiene a la tierra a su merced y que siempre que ataque saldrá vencedor, laso, reposante en su lecho, pero atento, vigilante y presto a saltar y golpear: el mar es un gallo negro de crestas blancas de espuelas de olas, enfuriado y pasivo a la vez: es un cuervo de alas de agua y de la negrura de su plumaje entresalen blancos plumones: es un caballo-loco, negro y salvaje, que atado sin embargo cabalga con furia dentro de un hoyo, sus dispersas crines blancas al viento, la boca babeando blanca espuma, el belfo que arrastra con ruido de resaca los guijarros de la orilla, bufando locamente mientras con tenacidad piafa, sus cascos golpeando obstinadamente la arena de la playa: cuervo de malagüero, gallo negro y caballo-loco, adversarios, rivales, enemigos de aquella mujer que, también con hostilidad, lo espía confiando salir triunfante porque conoce sus secretos y porque aguardar para ella es una segunda naturaleza y porque a la larga ha aprendido que su hombre es un vencedor, no un guerrero medieval ni un caballero andante, sino un contrario agazapado, traidor pero, hasta hoy, siempre ganador.
       Pero algo dentro de ella susurra: El mar no es un elefante.
       Se vuelve, atraviesa el portal y penetra en la casa, con paso largo y suelto, pero según traspasa la puerta, se detiene, parada en seco porque en el suelo y a la poca luz del quinqué ha visto una mancha oscura, un nudo de pelos, una axila, la sombra de una mano, y supo al tiempo que la veía que era una araña. Siente que las piernas le flaquean a pesar de que todo su cuerpo está rígido por la sorpresa y el miedo. Trata a la vez de llamar, de correr afuera, de aplastarla con el pie, pero está fascinada por aquella pequeña alimaña que ahora está segura que la mira desde su minúscula cabeza barbada.
       No la vio saltar pero sintió el leve golpe en un seno y se dio cuenta que la araña había caído justamente encima del rebozo y aunque no se atrevía a mirar, por sobre el párpado inferior, por debajo de la rosada y difusa línea de la boca podía distinguir la mancha más negra como estampada en la tela negra y, cuando trató de llamar a la india, de su boca no salió más que un «¡ Aa!», que era mitad ah y mitad ay. Pero la india, un instante antes de dar el salto la araña, se había disparado hacia la puerta, una mano, la derecha, en alto y la otra levantando el extremo de su larga y ancha enagua, cubriendo en tres pasos la distancia que la separaba de la puerta, los labios apretados y sus ojos fijos en la araña, toda su cara estirada como una flecha que indicara el bicho, la nariz y la barbilla formando las aristas convergentes, ella veloz e infalible como saeta que no yerra, arrancó decididamente la araña de la tela, en su cara (ya una flecha encajada, en reposo) una mezcla de disgusto y placer, y la aplastó contra la pared.
       La mujer al fin pudo hablar:
       —¿No te mordió?
       —No más en la mano niña. Pero...
       —Vaya. Qué suerte.
       —Dejó su figa en las cachazas. ¿Ya usté niña?
       —Nada más el susto. Anastasia —dijo la mujer.
       —No estaba de Dios —dijo la india.
       —Gracias a ti.
       —Yo no hice na niña. No estaba de Dios no más.
       —Son unos animales repugnantes —dijo la mujer.
       —Tienen que vivir niña. Son como los cristianos, niña, que pa vivir unos tienen que matar a otros —dijo la india, hablando palabra a palabra.
       «¿Por qué tendrá que hablar tan despacio?», pensó irritada Florencia, la mujer, y dijo: —Gracias de todas formas.
       —De nada niña. No estaba de... —comenzó la india, pero la mujer, volviendo la espalda, saliendo al portal, cortó:
       —Bueno, ya ya ya ya.
       —Como mande, niña —dijo la india.
       «Tenía que salir», tenía que salir a respirar aire puro, a bañarse en la brisa del mar, a que el salitre le quitara el miedo y el hedor, «si no, me ahogaba».
       —Es mejor encarar al mar —dijo, detenida en el portal, mirando a un punto imposible entre el mar y el cielo. De seguida recordó el incidente de la araña y pensó que le debía a aquella mujer, a quien nunca había considerado una mujer, un gran favor, y se sintió encadenada a ella.
       —La gratitud es la peor forma de servidumbre —dijo y se dijo que debía encontrar la manera de devolver aquel favor con uno mayor, no por la india sino por ella.
       Una hora, una o dos: ella diría diez, antes había visto salir la luna, una luna mal hecha, chafada por los bordes como una canica estropeada, que emergió de entre unos rabos de nubes por sobre el horizonte; luego aquella caricatura de la luna logró desprenderse de los harapos de nube y brillar con intensidad, alumbrando el mar y la costa, y la mujer había pensado que una luna tan luminosa lo hacía todo más difícil. Ahora la luna se había ocultado y la mujer se sintió más tranquila.
       Arriba, los puntos luminosos de las estrellas cobraron brillantez y abundaron, y la mujer pensó con agrado que el cielo era un espejo que reflejaba una ciudad lejana. Desde los mapas del cielo del atlas, los hermosos mapas negros con la línea del reloj de arena dibujados en ellos, vistos en la niñez cuando estudiaba geografía universal, de la voz cómicamente aflautada de Sor Circuncisión, llegaba a este mapa del cielo dibujado en el cielo, la lección:

       «etcétera. Las más brillantes se llaman de primera magnitud, las que siguen a éstas en resplandor, de segunda magnitud, y así se conviene en que hay estrellas de cuarta, de quinta magnitudes, etcétera. El tamaño que para nosotros tiene una estrella depende no sólo de su volumen real, sino sobre todo de la distancia. Son estrellas de primera magnitud: Sirio, que es la estrella más brillante, Arturo, Vega, Aldebarán, Antares, etcétera: de segunda; las de la constelación de la Osa Mayor o Carro de David; de tercera; las de la Osa Menor, etcétera. Aquí encontramos la estrella Polar, que marca el Norte siempre, y que, por tanto, sirve para la orientación. El firmamento está plagado de soles, satélites, planetas, etcétera, mayores y menores que nuestros familiares Sol, Marte, etcétera, pero sólo la Tierra ha sido escogida por el Sumo Creador, Dios, para habitación del hombre, perros, caballos, etcétera y los demás animales de la Creación. El firmamento es brillante, pero su brillo, como la vanidad humana, es cosa efímera, pues el día del Juicio Final, lo ha dicho el Apóstol San Juan en su Apocalipsis, todas las estrellas se han de apagar».

      —Esa de ahí es Sirio. Aquélla es la constelación de Orion. Osa Mayor, Can Menor, Osa Menor, Can Mayor. ¿Se apagará también la hermosa Betelgeuse, mi buena e ignorante Sor etcétera?
       «La estrella Polar que marca el Norte, siempre sirve para orientarse», pensó.
       Sus ojos descendieron desde el brillante punto solitario hasta la raya que marcaba el horizonte y sin notarlo se halló buscando en la inerte masa oscura que tenía delante, extendida a izquierda y derecha de los ojos, un indicio, una señal.
       Llamó fuertemente:
       —¡Anastasia, ven acá!
       La india se acercó presurosa y callada, sólo su enagua produjo algún sonido al rozar el marco de la puerta.
       —Mande, niña —dijo.
       La mujer, de espaldas, andando hacia la playa, habló:
       —Acompáñame.
       Echaron a caminar hasta la orilla del mar, la india detrás de Florencia, cumpliendo aquel acuerdo tácito que convertía a la primera en criada y guardaespaldas de la última. Descendieron el ribazo, sembrado aquí y allá de hicacos y salvia marina y caminaron sobre los guijarros sueltos de más abajo. Oyen aletear, muy cerca del agua, un pájaro que vuela rápido a lo largo de la costa y se pierde entre el rurnor de la resaca. La arena es muy suelta al principio y los pies de las dos mujeres se hunden suavemente, haciendo la marcha titubeante y lenta; luego, más próximo al mar, el agua la solidifica y los zapatos van dejando una huella bien impresa y efímera, porque la próxima ola, más larga, cubrirá de agua el molde de la huella y después la borrará. La mujer siente que un menudo roción moja su cara, los pequeños puntos salobres picando en su labio como leves mordidas, y la brisa le despeja la frente, llevando hacia atrás su cabellera y, como lo considera un regalo del mar, se aparta de su lado y vuelve a caminar sobre la arena suelta, casi en las faldas del ribazo. Siempre en fila, vadearon cuidadosamente algunos charcos dejados por la marea en su retirada y recorrieron la desolada playa una y otra vez, la mujer delante, oteando con obstinación al mar, la india detrás caminando lentamente, mirando al suelo, el andar pausado, quedo, la cabeza gacha, su enagua y su pelo tan negros que dejan su cetrino rostro suspendido, en toda ella un misterioso aire de caminar dormida o más bien; indiferente a todo.
       Al cabo, la mujer se detuvo y llamó:
       —¡Anastasia, ven acá!
       La india se adelantó hasta ella, escurridiza, silenciosa, como resbala una gota de aceite sobre la mano mojada.
       —Mande niña —dijo.
       La mujer aguardó para mandar, como si esperase que la otra mujer acomodara sus ojos al cuarto oscuro de la noche.
       —Anastasia, ¿qué ves?
       La india se quedó callada.
       —¿Puedes ver tú la señal?
       No tenía que esperar para contestar, pero se demoró mucho en hacerlo, quizá dando tiempo para que la respuesta fuese acatada, quizá porque era india, pero nunca porque guardase la esperanza de ver la señal.
       —Nada niña. Ni asomo.
       La mujer no tuvo que decirle a la india que volviesen a la casa.
       —¿Por qué no pasa adentro? Aquí se va jelar —dijo la india, como la viese sentada mucho rato en la tierra apisonada del portal, mirando a lo lejos.
       —Estoy bien aquí.
       —Al menos le traigo en qué sentarse.
       —No te molestes —dijo la mujer.
       —No es nenguna —dijo la india.
       —Como quieras.
       —Es que habrán bichos por ahí —dijo la india.
       —Está bien. Trae un taburete —dijo la mujer.
       —Le trairé un taurete.
       En este momento, la mujer sentada en un viejo taburete de cuero, su cabeza recostada contra uno de los postes, mira al mar y a las estrellas, tratando de encontrar la contraparte de alguna de ellas en el mar. La oscuridad y el esfuerzo le forman puntos luminosos que ella ve brillar con sorpresa repetidamente, hasta que pestañeando logra borrarlos, como a engañosos puntos de tiza en la pizarra del mar. Arriba pasa graznando con sonido de tijeras de podar, una lechuza. La oscuridad se hace tan extrema, ahora que la india por orden suya ha apagado el quinqué, que los oídos le zumban y siente que se va a desmayar. La negrura le entra por los huecos de la cara como un líquido baboso. Piensa que ya es de madrugada y por primera vez tiene sueño. Sosegadamente, adormilada por el distante rumor del mar, soñando que está despierta, duerme.
       Despierta sobresaltada y mira al cielo. Una lluvia de estrellas cae sobre el mar. Todas las estrellas se desprenden y caen, una a una, y bajan flotando, sin prisa, luminosas como bengalas, y luego quedan ardiendo sobre el mar, soltando un humo blanco y espeso, y permanecen como puntos de luz, como señales acordadas. Una se disparó hacia arriba como el cohete de auxilio de un buque que se hunde. Del cielo siguieron cayendo las estrellas, hasta que la concha de arriba quedó a oscuras y la comba de abajo se sumió en una oscuridad aún mayor, después que la última señal se apagó.
       Sintió que en la oscuridad alguien le echaba encima una manta y un calor confortable la hundió más en el hueco del sueño.
       La india la tocó suavemente por un hombro y la mujer entreabrió los ojos y vio que ya era de día. La india ensayaba muy cerca de su cara lo que a duras penas podía llamarse una sonrisa. Tenía dientes amarillos y cariados.
       —Buen día niña —dijo.
       —¿Qué hora es, Anastasia?
       —-Temprano niña.
       —No debiste haberme dejado dormir —dijo la mujer, con reproche.
       —Usté dormía y yo miraba niña. No podía con el sueño.
       —¿Viste algo? —preguntó la mujer.
       —No más que el fegofato de los pejes.
       La india entró en la casa y luego regresó con una vasija de esmalte en las manos.
       —Hice café pa usté niña.
       —¿Y este jarro? —preguntó, desconfiada, la mujer.
       —Lo traje niña.
       —No quiero ese café.
       —Tómelo no más niña. Verá que le hace bien —dijo la india.
       —No quiero, te he dicho.
       La india se encimó más sobre la mujer y trató de ponerle el vaso en las manos.
       —Está limpio niña —dijo.
       La mujer tomó el vaso en sus manos y lo arrojó lejos. La india no dijo nada.
       —Te dije que no quería —dijo la mujer, fuera de sí.
       —Usté manda niña —dijo la india.
       Florencia echó a un lado la fra2ada y se dirigió a la playa. Cuando descendía el ribazo vio a la india recoger el jarro del suelo y limpiarlo en la falda.
       Caminó por la playa mirando alternativamente al mar y a la sinuosa línea de costa que marcaban las olas. El crujido de sus pies oprimiendo con fuerza la arena, hizo que una cayama, que daba breves saltos en la arena emprendiera el vuelo a lo largo de la playa hasta perderse en el bosque de mangles, a lo lejos. Se detuvo frente al mar: estaba liso y cubierto de un gris plomizo hasta la mitad, de ahí en adelante tenía una suave coloración azul cobalto, con manchas blancas que se levantaban y desaparecían y, a veces, corrían de izquierda a derecha, saltando, como marsopas de espuma. Par algún lado, el sol, que ahora brillaba fuerte, hacía reverberar el cielo sin nubes. Siguió su camino, que era incierto e inútil.
       Cerca del ribazo, entre una profusión de chinas pelonas batidas por las olas, encontró una botella verde llena de agua hasta la mitad. Sin saber por qué, se vio llorando frente al mar.
       Cuando regresó halló a la india agachada sobre un plantío de hicacos, comiéndolos despaciosamente.
       —Nos vamos —le dijo.
       —Sí niña —dijo la india.
       Detuvo la camioneta junto a la casa.
       —Anoche soñé con una lluvia de estrellas, Anastasia —dijo la mujer, aferrando con sus manos el timón—. El cielo se quedó sin ninguna y luego una de ellas quiso regresar al lugar de donde había venido.
       —Es un sueño raro niña.
       Miró al mar por última vez y lo sintió tan hostil como cuando había llegado el día anterior, al atardecer, y pensó que nada se parece tanto al alba como el ocaso.
       —Sí, fue un sueño raro. ¿Qué querrá decir, Anastasia?
       —No sé niña.
       Se miró las manos y las vio ajenas y hostiles como el mar. Ahora sabía que no tendría que buscar más nada en el mar.
       —Dime, Anastasia, ¿es buena o mala suerte? —preguntó la mujer.
       —No puedo decirle niña —dijo la india.
       Ella miró a la india, a sus ojos amarillos como las cuencas de los ojos de las aves disecadas.
       —Pero tu gente... sabe —dijo la mujer.
       —No saben niña. Mi gente no sueña con estrellas que llueven.
       —Tú sabes —dijo con reticencia la mujer.
       —No sé niña. Se lo juro.
       La mujer comprendió que nunca sabría nada de aquella otra mujer.
       —Fue un sueño raro, Anastasia -—dijo.
       —Sí niña —dijo la india.



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