Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

La mosca en el vaso de leche
Así en la paz como en la guerra
(La Habana: Ediciones R, 1960)



      Eran dos, no una sola, como al principio había pensado. Su vista era cada día más corta, según creía ella, debido a la costura y no a la vejez. Cuando vio una mancha sobre la cubrecamas pensó que era una mosca, una quizá un poco más crecida, pero una sola. En este momento podía ver, posadas sobre su muslo, un poco por debajo de la línea de sombras que proyectaba la falda recogida hasta media anca, las dos moscas claramente cogidas en un abrazo de amor.
       —Nunca pensé que fuera así —dijo.
       Una de las moscas abandonó el ayuntamiento y voló hasta la mesa. Se posó sobre el mantel y quedó allí, descansando, sin movimiento. La otra que había saltado a la tela en que ella cosía hace un rato, comenzó a lavarse con las patas delanteras, prolijamente, pasaba y repasaba sus artejos con su pequeña y a la vez monstruosa cabeza, limpiando con cuidado de gato su cara, sus ojos abultados y poblados de celdas y su larga y peluda trompa, que flexionaba arriba y abajo, a ritmo con las patas, empeñada en limpiar cada parte de su cuerpo, ahora se ocupa de las alas, de sus hermosas, traslúcidas alas, frágiles y poderosas a un tiempo: ahí friccionando sus antenas ante su cara, era un bello animalito, grácil y de colores oscuros y llenos de vida.
       La mujer la observó, callada, haciendo con sus labios la forma que toma la boca cuando se pronuncia la o con extrema perfección, y luego abría sus ojos desmesuradamente hacia el insecto, por último, se incorporó y fue hasta la máquina de coser donde reposaba el retazo de raso azul-celeste, como un manto en las pinturas religiosas, levantó su grande y pesada mano cargada de para que no lo hagas más y la aplastó sobre la mosca.
       Pero la mosca la había observado con una de las múltiples facetas de cualquiera de sus ojos y voló fuera del alcance del manotazo un segundo antes. Al principio, no cayó en cuenta, pero cuando no la encontró muerta al retirar su mano, bajo ella, rompió a llorar rabiosamente:
       —No lo hagas más, no lo hagas más —dijo entre sollozos.
       Se sentó en la cama, gimiendo todavía, y arrojó lejos las chancletas de palo que llevaba, recostó su cabeza de descuidados y sucios cabellos cenizos contra la almohada y dobló el brazo derecho sobre sus ojos, para evitar que la claridad que manaba del tubo de luz fría le molestara.
       La había tenido que encender media hora atrás porque la oscuridad ya no le permitía coser. Antes se había levantado de la máquina para ver qué había hecho que todo oscureciera tan de repente y temprano, y se asomó a la ventana. La reja tenía un complicado dibujo bordado en hierro y a través de ella podía ver la calle y de día, el cielo.
       —Parece que va a llover —dijo a la reja.
       Marchó adentro, rengueando por el calambre que le habían producido las horas pasadas junto a la máquina de coser, sentada cosiendo.
       —A ver si se va el calor —bisbiseó a la oreja redonda de la máquina, antes de que diera vueltas.
       Pero el calor no se había ido en media hora y tal parece que no se irá en medio día. Ahora siente que el grueso colchón y la sangre de su cuerpo aumentan el calor y lo acumulan en la espalda, pero no desea cambiar de posición y mucho menos levantarse. ¡Está tan cansada!
       —¡Sí, cansada de todo y de todos ustedes; de cocinar, de lavar, de limpiar esta puerca casa tres veces al día, y luego tener que pegarme a la máquina, a coser la tarea del día, cansada de servirles a ustedes de madre y de mujer sin serlo, sin haber tenido ni hijos ni marido! ¡Qué coño se creen? —les había gritado a sus dos hermanos por la mañana, cuando uno de ellos respondió a su lamento de siempre: “¿Cansada de qué?”
       —¡De todo, me oíste, de todo! No puedo seguir viviendo así; es que no puedo. ¡Me iré de aquí! Buscaré marido y me iré de aquí, ¿lo oyen?
       —Ya estás vieja para las dos cosas.
       El que contestó fue el hermano mayor y el hermano menor dijo:
       —Sí, muy vieja.
       —Vieja, pero todavía tengo con qué. Tengo piernas y tengo brazos y tengo... —pero el hermano mayor no la dejó terminar de un manotazo. Sintió cómo un gusto entre salobre y dulzón inundaba su boca y quizá pensó que no era desagradable.
       —Te quedarás aquí y trabajarás. Como nosotros, en esta casa nadie puede vivir a costillas de nadie. Los tiempos están malos —dijo el mayor. Y el eco fraterno repitió:
       —No, los tiempos están malos. Viene el tiempo muerto, el tiempo de la zafra se va y el tiempo de los bobos se acabó y se rió con su risa de idiota.
       Pero la cama se calentaba demasiado para permanecer sobre ella, y aunque se había virado sobre el lado derecho, un caluroso vaho sofocaba su brazo y su muslo. El vestido estaba pegado a la espalda por una zona más oscura sobre el pardo indefenido de la sarga pringada, costrosa.
       Se puso en pie.
       —Dicen que es el calor. Sí, es el calor —dijo mientras echaba hacia atrás su pelo pegado a la cara. Pasó el dorso de una mano por la frente y lo retiró mojado, limpiándolo en la falda—. Pero ¿por qué no podré tranquilizarme? Quiero vivir tranquila. ¿Por qué no soy de piedra, Señor?
       Buscó con los ojos la abigarrada lámina, y no halló respuesta.
       Pronto olvidó sus ruegos y sintió sed. El calor había aumentado hasta hacerse ciertamente insoportable. Renqueó, a trompic ones, rascando alternativamente sus cabellos o sus muslos, golpeando, leve, con el puño cerrado, el costado derecho de su vientre hasta conseguir eructar, llegó al cubo donde guardaban el agua para tomar, pero antes de ver el fondo de la vasija, seco, cubierto de algún polvo y uno que otro insecto muerto, recordó que el agua se había terminado durante el almuerzo. Y aunque sabía que no saldría agua por la llave del agua, fue hasta ella, dando tumbos, acalambrados sus miembros, mesándose la cabeza, gritando hasta enronquecer, y antes de acordarse que quedaba alguna leche en el fondo del litro, en la alacena, y decidir que la leche podía quitarle algo la sed.
       Vació totalmente el pomo en un vaso de borde graso y cubierto de restos de comida, cogido del fregadero, junto a la loza del almuerzo. La leche llegaba casi a la mitad del vaso y se sintió feliz. Calmada, se sentó a beber la leche.
       Entonces fue cuando las vio de nuevo. La primera que regresó fue la que debía ir debajo, luego vino la otra. La mujer las vio claramente esta vez, porque estaban posada sobre el mantel que todavía cubría la mesa, pero no quiso mirar. Aunque no tenía que mirar. Allí estaban las dos, ocupando el lugar de una sola, regodeánse en el pecado, moscas como hombre y mujer. Dejó el vaso de leche, moscas como hombre y mujer. Dejó el vaso de leche, del que apenas había bebido, en la mesa y fue hasta el armario y sacó de entre la ropa propia planchada y la recién hecha ajena, un abanico de guano.
       De vuelta a la mesa, vuelta que había realizado de puntillas, evitando respirar empezó a levantar lentamente el abanico encima de la mosca, las moscas. Súbitamente lo hizo descender. Sobre el mantel blanco, aunque manchado de grasa y con fideos pegados a él, el abanico de fibras de colores tejidas se veía con agrado. Pero las moscas, abrazadas, volaron ilesas, juntas, hasta la pared extrema de la habitación.
       «¿Por qué yo siempre tendré que coser ropa de hombre? ¿Por qué siempre pantalones y pantalones y nada más que pantalones? ¿Por qué no me dan batas lindas o vestidos de vieja u otra cosa? ¿Qué se creen que soy yo, una cualquiera? Están equivocados, pero muy equivocados. No hago más que coser pantalones y pantalones. Seguro que lo hacen para ver si yo todavía abrazo las piernas y lloro o me olvido de ponerle los botones justos donde van, o que los escondo para dormir con ellos. ¡Éstán...
       —... muy equivocados!» —gritó, ya en alta voz.
       —¿Equivocados en qué? —le había preguntado, lentamente, su hermano mayor, que aseguraba los forros de una chaqueta frente a la mujer, mirándola por sobre los espejuelos.
       —Nada. Pensaba... pensaba... —¿para que hubiera otra pelea? Mejor callarse.
       Y callada comenzó a recordar los días de niña, cuando su padre, entonces adinerado porque la sastrería tenía su clientela, la llevaba los domingos por la mañana a un picadero, ¿dónde, dónde estaba? ¿en qué lugar era?, y ella montaba a caballo, como los hombres, por no querer abandonar sus lindas batas, y el sudor del caballo mojaba sus muslos y en seguida el sudor de sus muslos respondía al del caballo. Luego había otras fiestas, otras diversiones, pero no podía recordar. ¿Por qué el caballo y los paseos a caballo, siempre?
       Las dos moscas ahora se revolcaban cerca, a pesar de que les había huido hasta la máquina de coser, pero ellas se posaron sobre el raso, zumbando sobre la tela.
       —¡No, ahí no! —gritó ella, ahuyentándolas con la mano—. Ese es el manto de la Virgen.
       Pero se posaron más cerca de su cuerpo, frente a su cara. Retrocedió hasta el extremo de la silla y cuando ellas volaron hacia ella, cayó de espaldas, al suelo. Se puso en pie y corrió hasta la otra habitación y deseó que hubiera puertas que cerrar, mas ellas dos la siguieron hasta allá. En otro cuarto, cerca del fogón, se armó con la escoba y tomándola por el mango, golpeó a las moscas en el aire. Por supuesto que no pudo darles. Volvió a pegar de nuevo, esta vez sobre el fregadero, destrozando el amasijo de vasos y platos cubiertos de desperdicios, las moscas se habían ido, sin daño, pero a pesar de ello, siguió golpeando sobre los añicos. Las moscas volaron, no era posible determinar si en retirada o en un simple viaje de luna de miel, a la primera pieza y se posaron sobre el armario. Ella llegó y golpeó concienzudamente cada sección del mueble y también sobre el espejo, que primero rajó y luego cayó en pedazos. Las moscas saltaron a la cama y ella atacó el colchón más de una vez y a las almohadas pegó con escoba y mango para que el plumón y la lana reventaran las fundas en diversos sitios. Las moscas en cada vez se posaban sobre algo rompible, como para que ella lo destrozase, y lo hacía.
       Al cabo, sudorosa y jadeante, no veía dónde golpeaba, y pegaba aquí y allá, sin mirar siquiera, los ojos llenos de lágrimas y sudor, llorando a grito. Así estuvo un rato. Cuando no pudo más, cayó al suelo, sofocada y extenuada, gimiendo sobre las losetas. Allí el calor se hizo más intenso a cada jadeo de la mujer, hasta que en un vaho caldeado, imposible, rompió una lluvia fuerte y continua, que chocaba con el piso del patio con un ruido hirviente, que crecía.
       El aire fresco y húmedo que venía del patio, la hizo alzar primero al cabeza y después los ojos a la lluvia, y quedó mirándola por un tiempo. Luego se levantó de repente, se despejó de las ropas y corrió hasta el agua que caía. Allí dejó que la lluvia la mojara un buen rato.
       Cuando regresó, desnuda, su cuerpo oscuro y ya viejo chorreando agua del patio donde se ha dejado que le caiga todo el aguacero encontró que una de las moscas se había ahogado en el vaso de leche.



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