Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

Ostras interrogadas
Así en la paz como en la guerra
(La Habana: Ediciones R, 1960)



      La muchacha cruzó las piernas y dejó ver sus pantorrillas bien torneadas. No era bonita, pero irradiaba ese atractivo tenaz de animal sano de algunas mujeres jóvenes. Lo más notable de su cara quizá vulgar era su boca: una boca botada e imperfecta, y decididamente sensual. Cuando reía mostraba unos dientes fuertes y encías muy rosadas. Vestía unos pantalones de látex negro, ajustados alrededor de los muslos y las caderas; un zíper se abría invisible hasta mas arriba de los jarretes. Una camisa masculina, arremangada, mostraba el nacimiento de los senos opulentos y sin permitir comprobarlo, insinuaba que no llevaba ajustadores. Era muy joven.
       Volvió a cruzar y descruzar las piernas. No las exhibía; simplemente se aburría y desesperaba y ésa era su manera elemental de demostrar a la vez inconformidad y molestia. Dentro de unos momentos comenzaría a golpear el suelo con un pie y terminaría por pedir algo. Asimismo, no tardaría en ser complacida. Ella estaba acostumbrada a pedir y a ver convertidos sus deseos en órdenes por el hombre que la acompañaba.
       El hombre era viejo. Lo mismo podría tener cincuenta y siete que setenta y cinco, mas no parecía importarle gran cosa el orden que tomaran los dígitos. Era calvo y no muy gordo, aunque momentos antes había comido una comida deliciosa (según un gourmet: él mismo), atiborrada de calorías (según la mujer gorda de dos mesas más allá), lenta (según la muchacha) y fastidiosa (según el camarero y el cocinero). Vestía con extrema sencillez y la única nota de suntuosidad en su atuendo era un alfiler de corbata rematado por una perla que, dado su tamaño, no podía ser falsa.
       Ahora fumaba un enorme tabaco y disfrutaba el placer reposado del fumar, aliñado con el recuerdo de la comida. Por entre el humo miraba a la muchacha y su vista acariciaba sus ojos grandes y negros, sus orejas desnudas, su cuello terso y una y otra vez se detenía en la boca carnosa. A su memoria acudía el recuerdo de otros momentos gratos y el hombre se sonrió mientras se dijo que no debía pensar así después de aquel almuerzo. «Gonzalo, ya no eres un niño», pensó. «No, ya no soy un niño, ni un joven, ni un hombre maduro: soy un viejo. Pero qué importa. Lo que importa es esto: los ostiones, la sopa de cebollas au gratín, el Chateaubriand con salsa de trufas y los crepe-suzettes, y esta, chiquita y esta chiquita y esta chiquita... Una verdadera hoccata di cardinale... una... ». —Boccata di Pacelli —dijo en voz alta.
       La mujer que pensaba ahora en que el hombre le había prometido llevarla a Tropicana por la noche y que no tenía exactamente qué ponerse, preguntó:
       —¿Qué cosa, Pipo?
       —Nada, nada, mi vida. Una herejía.
       El sabía que ella no sabría qué cosa es una herejía y lo comprobó en la mueca que hizo, y cuando ella empezó a preguntar «¿Qué cosa...» él rememoraba —ésa era la palabra que le gustaba, porque era dulce y grata y le venía perfectamente a los recuerdos sobre ella— los instantes en que la conoció y lo que sucedió después. Ella era la recepcionista de sus oficinas de la Lonja desde hacía un mes, cuando la vio por primera vez. Fue pura casualidad que dejara caer su vademécum ante el elevador y que ella lo recogiese. Una bendita («Gonzalo, no emplees ese adjetivo para eso»), curiosa casualidad, porque él jamás miraba a los empleados de pasillo —recepcionistas, telefonistas, ujieres, serenos, sirvientes o lo que fueran— y porque de no haberla visto aquel día, no la habría visto nunca, ya que ella iba a ser cesanteada al día siguiente. «Por incompetente. Mi madre, qué palabra: incompetente». Luego recordó con gracia la anécdota de cuando decidió no cesantearla, sino ascenderla hasta convertirla en su tercera secretaria privada —no se piense mal: las otras dos secretarias tenían más o menos su edad y sí eran competentes... en el buen sentido, en el sentido de Esteban Balbuena, director del Departamento de Sicometría e Ingeniería Humana: una denominación que no cabía en la puerta y era suficiencia que no cabía dentro de aquel hombre seco y esmirriado— y Balbuena le relató el resultado del test, perdón: de las investigaciones, como decía Balbuena. «Señor Solaún, es inútil», le comunicó Balbuena. «Absolutamente ineficiente. ¿Sabe lo que ocurrió? Pues que An- dreu la hizo pasar a mis oficinas y para calmar sus nervios le dijo a la muchacha que no le íbamos más que a hacer un test simple. ¿Sabe lo que dijo ella antes de salir tan rápido como entró? ¡Ah, no! Eso sí que no. Yo no me pongo ninguna vacuna de ésas. Eso fue lo que dijo.» Gonzalo Solaún se rió mentalmente y se sintió bien al recordar la experiencia de la primera vez con ella, la sensación exacta de regresar al género humano desde un inframundo de cotizaciones, juegos de bolsa, fragmentos de puntos que se clavaban como esquirlas de plata en su cerebro cuando descendían levemente. Pero la risa terminó ahí y ahí se detuvo el mecanismo del recuerdo, porque evitaba tan concienzudamente recordar los altercados con sus hijos y el llanto de su mujer y la partida de ella al extranjero y el alejamiento de sus nietos y el vivir solo en aquella casona (no, no había llevado su «locura» a vivir en el penthouse de ella), que se había convertido en un reflejo más de su cerebro lleno de reflejos condicionados a algo tan sutil y ajeno como el tableteo mecánico de la teleprinter.
       —...es una herejía? —terminó de preguntar ella y el hombre regresó desde su memoria al salón comedor iluminado.
       —Ah una herejía, herejía, una herejía es mantenerte en la posición vertical —y para evitar una tercera pregunta sobre un mismo tema, que era la única cosa odiosa de esta preciosa liberación, reformó la explicación—. Una herejía es sacarte de la cama tan sólo un instante. «Gonzalo, ¿por qué no tratas de simplificar tu lenguaje con ella, Gonzalo?»
       —Pipo —exclamó la muchacha entre indignada y halagada—, tú no piensas más que en eso. Te va a hacer daño. Mi vieja siempre me ha dicho que no es bueno pensar siempre en eso y que además que quien siempre piensa mucho en eso no hace eso como se debe hacer eso.
       Y Gonzalo Solaún no escuchó más que la palabra eso en toda la parrafada. «De ahí es donde la he cogido», pensó. A menudo se preguntaba desde cuándo había empezado a sustituir la palabra exacta y vulgar (y que tanto le complacía) que designaba el acto sexual por aquel eso y no acertaba a explicárselo. «Me estoy disfrazando las palabras. Dentro de poco comenzaré a ocultarme la realidad.» Cosa que le molestaría sobremanera a un hombre que tantas muestras de realismo se había dado a sí mismo y a los demás. Porque, ¿qué otra cosa sino realismo había sido dejar de confesarse, primero, y de ir a misa, después? ¿Habría él podido estar aquí sentado, comiendo con ella? No comiendo, porque la gula no es exactamente un pecado, aunque esté entre los siete pecados capitales. Pero sí con ella. ¿Habría podido siquiera, de seguir confesándose como toda su vida, pensar el chiste sobre el ilustre cardinale transformado en el Santo Padre? No. Por eso era mejor terminar de una vez. ¿El infierno? No creía mucho en él y dudaba que se inventase algún sistema capaz de reducir un camello al grueso de un milímetro sin quitarle la vida. Además, estaban las indulgencias y el arrepentimiento final y el último acto de contrición.
       Se alejó velozmente de aquella rampa de asociaciones que le haría descender hasta pensar en la muerte y en una fosa húmeda y nada confortable y comenzó a escuchar la música indirecta, para llenar su mente con aquella melodía conocida. ¿Conocida? ¿Cuánto tiempo hacía desde que no había oído L’amour toujours l’amour? Años. «Siglos», pensó finalmente. «Ah, la orquesta de Mantovani —otra de las influencias de ella: saberse el nombre de las orquestas y de los intérpretes y de las piezas musicales y hasta su letra— lo estaba asesinando con sus violines helados y la profundidad macabra de la cámara de ecos y apenas si se reconocía el vals. Pero no importa: «Yo puedo recordarlo». Comenzó a tararearlo mentalmente, mientras movía rítmicamente —rítmicamente con el recuerdo— la cabeza. Finalmente, no pudo menos que comunicar lo que sentía, con esa gestión tan humana de transmitir las preferencias.
       —Lindo vals, eh.
       La muchacha hizo un gesto que lo mismo podía ser de desprecio que de hastío.
       —Qué, ¿no es lindo?
       Ella encogió sus labios y sus hombros redondeados y dio vueltas de anverso y reverso a su bien cuidada mano derecha.
       —Así así.
       —¿No te gusta el vals?
       —Ay, Pipo, no me fastidies más. Sabes que la música clásica me cae como un plomo.
       El vals, la orquesta y la sensación de tibio agrado se esfumaron. «Señor, ¿por qué las mujeres hermosas tienen que ser siempre o vanidosas o frígidas o estúpidas? Bueno, me imagino que es el precio que pagan por su hermosura. Siempre es así: siempre hay que pagar un precio por todo.» Si lo sabría él. ¿Cuánto le había costado este juguete que se había permitido regalarse? No, no en dinero. Para él el dinero no contaba. En otras cosas. «Mejor no pensar. Mejor no pensar ni en esto ni en lo otro, sino en eso, aunque el médico me haya recomendado que evite hacerlo.» Fijó su vista y su mente sobre los labios gordos y golosos y húmedos. «El amor es esencialmente húmedo. Es curioso. El odio es seco y la muerte es helada y el cariño es tibio, pero el amor es húmedo, y no sólo la idea del amor. Físicamente, el amor es húmedo.» Nunca le había gustado particularmente esta calidad húmeda del amor, sobre la que pensaba hoy, pero que la experiencia había recogido antier, mucho antes de que la memoria lo registrase ayer u hoy. «Esta mañana». Quitó la vista de los labios y la posó en los ojos. Ella lo miró y mantuvo su mirada. Eso le gustaba. A él. Nunca se le había ocurrido preguntarse si le gustaba a ella. Jamás le había preguntado si le gustaba nada. Hombre, los regalos y esas cosas sí. Pero no referente a eso. Se sonrió: no sólo era Mantovani, era también Roque Barcia. Había perdido sus sinónimos y hablaba ya como ella, que siempre decía el «eso», la «cosa», el «coso», el «cachivache» y «así» a un sinnúmero de cosas, tan disímiles entre sí como un solitario de brillantes y la natilla.
       Sintió que la sonrisa se le paralizaba totalmente. Levantó la cabeza y miró por encima de la cabeza de ella a través de los cristales empañados por la humedad, a la terraza llovida y la calle, por entre los árboles. Nada. La calma volvió y el alma le regresó al cuerpo, pero no la sonrisa. Creía haber visto al mayor de sus hijos, pero sólo fue una visión. «Una alucinación. Dentro de poco comenzaré a ver espíritus.» O lo que sería peor; vería a sus hijos y a su mujer por todas partes. El parqueador sería uno de sus hijos, un camarero otro, el head-waiter otro, su mujer le cobraría la cuenta en la caja. «Bah. Esa es una idea boba. Yo nunca pago la cuenta en la caja. Le firmo la cuenta al camarero y se acabó.» Ella hablaba.
       —¿Te pasa algo, Pipo?
       En su voz había una solicitud muy cercana a la que uno pondría al preguntarle al administrador del banco donde guarda sus ahorros, si son fundados o infundados los rumores de quiebra escuchados en el banco rival.
       —No, nada. Es que creí ver a alguien.
       Ella revisó sus uñas y pensó en sacar el peine de la cartera (no lo hizo porque recordó que él le había dicho una vez que ésa era la peor muestra de mala educación que podía dar una mujer, pues era también una tremenda falta de higiene: «Los pelos pueden ir a parar a la comida ajena o a la propia, que es peor», eso era exactamente lo que recordaba) y peinarse, antes de preguntarle, sonando su apodo muy melosamente.
       —Pipo...
       —¿Qué ocurre? —preguntó él ante su demora. Sabía que venía una petición, pero no la presentía muy exigente: hasta ese punto había aprendido a evaluar el tono de aquel ridículo mote de cuatro letras: «Al menos, eso no se le puede negar» pensó. «Sabe cómo impartir las inflexiones necesarias a su escaso vocabulario. Eso es bastante humano.»
       —Pipo, viejito, ¿por qué no nos vamos?
       «¿No era más que eso?, se está ablandando».
       —Ya te lo he dicho, mi vida —-respondió él, indulgente.
       —¿Qué cosa?
       —Estamos esperando a Sotolongo —le pareció que espaciaba demasiado las sílabas, como si le estuviera hablando a un niño. «Después de todo, ella no es una niña», pensó y volvió a hablar, esta vez más normalmente—: Recuerda que quedó en verme aquí y es importante para mí... para nosotros... que le veamos hoy. Traerá noticias de qué es lo que quiere tu madre exactamente...
       Ella mostró ahora una cara diametralmente opuesta a su melosidad de hace poco.
       —Ah, esa mamá jode...
       —No, no —le interrumpió él—. Malas palabras no. Recuerda dónde estamos.
       La mujer se contuvo. Finalmente, resopló.
       —Es que mamá me ataca de verdá.
       —Ya lo sé. Y no creas, que a mí también. Pero bajo las presentes condiciones, es más prudente aguardar las ofertas.
       «Pura jerga financiera», pensó cuando terminó de hablar.
       —Está bien, espéralo tú. Dame la llave de la máquina —dijo la mujer y se puso de pie: era verdaderamente hermosa.
       —¿Te vas? —preguntó el hombre, casi alarmado.
       —No, Pipo, tú eres bobo: cómo me voy a ir. Dame las llaves, que quiero oír la novela —y miró a su costoso, diminuto reloj de oro—, ya son casi las dos y no me voy a perder el capítulo de hoy. Figúrate tú...
       La mujer comenzó a relatar una serie de increíbles vicisitudes humanas y mientras parecía oírlas, el hombre pensaba: «¡Las novelas! No hay manera que las deje de oír. Basta, basta, basta... ».
       —Toma la llave. Ve y oye tu novelita tranquilita y ya me la contarás después.
       El hombre se levantó cuando la mujer tomó la llave y comenzó a salir de entre las partes de la silla que todavía aprisionaban sus piernas y la vio irse. No pudo menos que admitir que verla caminar era un espectáculo. «Y eso estando con ropas».
       Pasaron unos cinco minutos antes de que aparecieran. Esta vez sí era cierto. «Vaya, una comitiva». Venían su hijo mayor y su hijo menor. «¿Dónde habrán dejado al del medio?». No saludaron al llegar a la mesa y tampoco se sentaron. El mayor habló primero. «A cada uno su turno».
       —Papá, ¿es necesario que se exhiba usted así? —preguntó el hijo mayor, con tono indignado, pero en voz baja. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años de edad. No se parecía en nada a su padre, aunque quizá hubiera algo suyo en la voz autoritaria. El padre iba a responder airado, pero recordó a su médico y dijo conciliador:
       —¿Exhibirme yo? —iba a agregar: En todo caso la que se exhibe es ella. Yo la exhibo a ella. Pero dijo—: ¿Ustedes creen que la vejez es un espectáculo?
       —Eso es exactamente lo que yo iba a recomendarle —dijo el hijo mayor—: que recordara sus años.
       —No hay necesidad. Sé sumar. Y restar. Y multiplicar, sobre todo multiplicar.
       El hijo mayor pareció ver alguna oculta indirecta en las palabras de su padre y dio un paso atrás, como si retirara su cuerpo en señal de que retiraba sus palabras.
       —Vamos a ver, hijo —dijo el padre—, ¿qué me reprochan ustedes, que trate de vivir como un hombre los últimos años de mi vida, en vez de seguir siendo una máquina de sumar hasta que salte el muelle?
       El hijo mayor no dijo nada, pero el hijo menor pareció dispuesto a hablar. Era un hombre de treinta años, de aspecto débil: muy pálido, usaba espejuelos color naranja subido que le ocultaban los ojos y se peinaba el pelo renegrido muy apretadamente. Habló con una voz suplicante y conminatoria:
       —Papá, ¿pero no ve usted, papá, que esa mujer le roba el dinero? ¿Es que está usted ciego para no ver que usted no le puede gustar, que sólo está con usted por su dinero y que si usted no fuera rico ni siquiera miraría en su dirección si se caía usted muerto?
       El padre de pronto sintió su veje2. Algo crujió en su interior, pero fue sólo un instante. Dio una última chupada al tabaco antes de apagarlo en el cenicero y preguntar a su vez:
       —Dime una cosa, Eddy. ¿Cuál es mi plato favorito?
       —Los ostiones —respondió el hijo enseguida.
       —Bien. Veo que todavía te acuerdas de mis preferencias.
       El hombre hizo chasquear un dedo y llamó:
       —Eusebio, la cuenta.
       Demoró su respuesta hasta que le trajeron la cuenta y la firmó. Entonces se puso en pie y le dijo al hijo, su cara frente a la otra:
       —Los ostiones. ¿Y le he preguntado alguna vez a los ostiones si yo les gusto, para comérmelos?



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