Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 1929 - Londres, 2005)

Tres tristes tigres (1965)
(Barcelona: Seix Barral, 1967, 451 pp.)


A Miriam, a quien este libro debe mucho más
de lo que parece.


NOTICIA

      Los personajes, aunque basados en personas reales, aparecen como seres de ficción. Los nombres propios mencionados a lo largo del libro deben considerarse como pseudónimos. Los hechos están, a veces, tomados de la realidad, pero son resueltos finalmente como imaginarios. Cualquier semejanza entre la literatura y la historia es accidental.

ADVERTENCIA

      El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto. La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta. Finalmente, quiero hacer mío este reparo de Mark Twain:
       «Hago estas explicaciones por la simple razón de que sin ellas muchos lectores supondrían que todos los personajes tratan de hablar igual sin conseguirlo.»

GCI


«Y trató de imaginar cómo se vería la luz
de una vela cuando está apagada.»
Lewis Carroll


PRÓLOGO

      Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies gentlemen. Tropicana, el cabaret MÁS fabuloso del mundo… «Tropicana», the most fabulous night-club in the WORLD… presenta… presents… su nuevo espectáculo… its new show… en el que artistas de fama continental… where performers of continental fame… se encargarán de transportarlos a ustedes al mundo maravilloso… They will take you all to the wonderful world… y extraordinario… of supernatural beauty… y hermoso… of the Tropics… El Trópico para ustedes queridos compatriotas… ¡El Trópico en Tropicana! In the marvelous production of our Rodney the Great… En la gran, maravillosa producción de nuestro GRANDE, ¡roderico Neyra!…
       «Going to Brazil»… Intitulada, Me voy pal Brasil… Taratará tarará, taratará tarará taratareo… Brazuil terra dye nostra felichidade… That was Brezill for you, ladies and gentlemen. That is, my very, very particular version of it!
       Brasil, damas y caballeros que me escucháis esta noche. Es decir, mi versión del Brazil de Carmen Miranda y de Joe Carioca. Pero… ¡Brasil, público amable que colma este coliseo del placer y de la alegría y la felicidad! ¡Brasil una vez más y siempre, el Brasil eterno, amables y dignos concurrentes a nuestro forro romano del canto y la danza y el amor a medialuz! Ouh, ouh, ouh. My apologies!… Público amable, amable público, pueblo de Cuba, la tierra más hermosa que ojos humanos vieran, como dijo el Descubridor Colón (no el Colón de Colón, Castillo y Campanario, no…
       Jojojó. Sino ¡Cristóbal Colón, el de las carabelas!)… Pueblo, público, queridos concurrentes, perdonen un momento mientras me dirijo, en el idioma de Chakespeare, en English, me dirijo a la selecta concurrencia que colma todas y cada unas de las localidades de este emporio del amor y la vida risueña. Quiero hablarle, si la amabilida proverbial del Respetable cubano me lo permite, a nuestra ENorme concurrencia americana: caballerosos y radiantes turistas que visitan la tierra de las gay senyoritaes and brave caballerros… For your exclusive pleasure, ladies and gentlemen our Good Neighbours, you that are now in Cuba, the most beautiful land human eyes have ever seen, as Christofry Columbus, The Discoverer, said once, you, hap-py visitors, are once and for all, welcome. WelCOME to Cuba! All of you… be WELLcome! Bienvenidos, as we say in our romantic language, the language of colonizadors and toreros (bullfighters) and very, very, but very (I know what I say) beautiful duennas. I know that you are here to sunbathe and seabathe and sweatbathe Jo jo jo… My excuses, thousand of apologies for You-There that are freezing in this cold of the rich, that sometimes is the chill of our coollness and the sneeze of our colds: the Air Conditioned I mean. For you as for every-one here, its time to get warm and that will be with our coming show. In fact, to many of you it will mean heat! And I mean, with my apologies to the very, very oldfashioned ladies in the audience, I mean, Heat. And when, ladies and gentlemen, I mean heat is HEAT! Estimable, muy estimado, estimadísimo público, ahora para ustedes una traducción literaria. Decía yo a mis amigos americanos, a los buenos vecinos del Norte que nos visitan, le decía, damas y caballeros, caballeros y damas, señoras y señoritas y… señoritos, que de todo tenemos esta noche… Le decía a la amable concurrencia norteña que pronto, muy pronto, en unos segundos, esa cortina de plata y lame dorado que distingue el escenario prestigioso de Tropicana, ¡el cabaret más lujoso del mundo!, le decía que el frío invernal bajo techo de esta noche de verano tropical, hielo del trópico bajo los arcos de cristal de Tropicana… (Me quedó bonito, ¿eh? ¡Di-vi-no!), este frío de los ricos de nuestro clima acondicionado, se derretirá muy pronto con el calor y la pimienta de nuestro primer gran show de la noche, al descubrirse esa cortina de plata y oro. Pero antes, con la excusa de la amable concurrencia, quiero saludar a algunos viejos amigos de este palacio de la alegría… Ladies and gentlemen tonight we are honored by one famous and lovely and talented guest… The gorgeous, beautious famous film-star, madmuasel Martin Carol! Lights, Lights! Miss Carol, will you please?… Thank you, thank you so much Miss Carol! As they say in your language, Mercsí bocú! (Comoustedesvieronamableconcurrenciaeslavisitadelagranestrelladelapant allalabellahermosa Martin Carol!). Less beautiful but as rich and as famous is our very good friend and frequent guest of Tropicana, the wealthy and healthy (he is an early-riser). Mr William Campbell the notorious soupfortune heir and World champion of indoor golf and indoor tennis (and other not so mentionable indoor sports-Jojojojó), William Campbell, our favorite play-boy! Lights (Thank-you, Mr Campbell), Lights, Lights! Thanks so much, Mr Campbell, Thank-you very much! (AmableypacientepúblicocubanoesMisterCampbellelfamosomillonariohered erodeunafortunaensopas). Is also to-night with us the Great Emperor of the Shriners, His Excellency Mr Lincoln Jefferson Bruga. Mr Lincoln Jefferson? Mr. Jefferson? (Es mister Lincoln Bruga, emperador de los Shriners, público paciente). Thank-YOU, Mr Bruga. Ladies and Gentlemen, with your kind permission… Damas y Caballeros, cubanos todos, nos toca ahora hacer las presentaciones de nuestros favorecedores del patio, que han sabido acoger con la generosidad proverbial y la típica caballerosidad criolla, tan nuestra, tan cubana como esas palmas que se ven al fondo y esas guayaberas (con su lacito, ¿eh?) que visten los elegantes habaneros, con esa misma hospitalidad de siempre, han permitido ustedes que presentáramos primero a nuestros parroquianos internacionales. Ahora, como es debido, les toca a los espectadores más connotados de nuestra vida social, política y cultural. ¡Paso a la juventud triunfante y seria y a la invicta vejez juvenil! ¡Paso a la concurrencia más alegre y encantadora del Universo-MUNDO! Las luces, ¿por favor? Así, así. Saludamos a la encantadora jeune-fille, como dicen nuestros cronistas sociales, señorita Vivian Smith Corona Álvarez del Real, que celebra esta noche sus quince y ha escogido para festejarlos el marco siempre glorioso del cabaret bajo las estrellas, esta noche en su arcada de cristales por el mal tiempo y la lluvia.
       Vivian cumple sus anheladas, doradas quince primaveras, ay, que para nosotros ya pasaron hace rato. Pero podemos consolarnos diciendo que tenemos quince años dos veces. Vivian, felicidades. Happy, happy birthday! Vamos a cantarle el happy-birthday a Vivian. ¡Vamos! Happy-birthday to you, happy birthday to you, happy birthday dear Vivian, happy-birthday to you! Ahora, un esfuercito y lo cantamos todos, toditos, sin quedar uno, conjuntamente con los padres de Vivian, los esposos Smith Corona Álvarez del Real, que se encuentran junto a su retoño adorado. ¡Arriba, corazones! Happy birthday to you, happy-birthday to you, happy-birthday dear Vivian, happyyy-birthdaaayyy tooo-yyyoouuuuu! ¡Así se hace! Bueno, ahora a cosas más serias. También tenemos el honor de tener entre nuestra selectísima concurrencia al coronel Cipriano Suárez Dámera, M. M., M. N. y P., pundonoroso militar y correcto caballero, acompañado, como siempre, por su bella y gentil y elegante esposa, Arabella Longoria de Suárez Dámera. ¡Una buena noche feliz para usted coronel, en compañía de su esposa! Veo por allí, en esa mesa, sí ahí mismo, junto a la pista, al senador y publicista doctor Viriato Solaún, concurrencia frecuente en este domo del placer, Tropicana! El senador bien acompañado, como siempre. Del mundo de la cultura viene a engalanar nuestras noches de Tropicana la bella, elegante y culta poetisa Minerva Eros, recitadora de altos quilates dramáticos y acendrada y fina voz: los versos se hacen rimas de terciopelo en su decir suave y acariciador. ¡MINERVA!, ¡luz!, ¡luz! ¡LUZ!, (coño). Un minuto, amigo, por favor, que ahora le toca a las bellas. Pero ¡un momento!, que es nuestro gran fotógrafo de las estrellas. Yes, the Photographer of the Stars. Not a great astronomer but our friend, the Official Photographer of Cuban Beauties. Lees greet him as he deserves! ¡Un aplauso para el Gran Códac! Así y aquí sí está por fin Minerva, Minerva Eros para ustedes público gentil. Un aplauso. Eso es. Quiero anunciarles que desde el próximo día primero, Minerva engalanará con sus ademanes clásicos y su figura escultural y su voz que es la voz de la cultura, el último show en cada noche de Tropicana. ¡Hasta entonces, Minerva! ¡Y éxitos! No, Minerva, gracias a ti que eres la musa de nuestras mesas. Y ahora… and now… señoras y señores… ladies and gentlemen… público que sabe lo que es bueno… Discriminatory public… Sin traducción… without translation… Sin más palabras que vuestras exclamaciones y sin más ruido que vuestros calurosos aplausos… Without words but with your admiration and your applause… Sin palabras pero con música y sana alegría y esparcimiento… Without words but with music and happiness and joy… ¡Para ustedes!… To you all! Nuestro primer gran show de la noche… ¡en Tropicana! Our first great show of the evening… in Tropicana! ¡Arriba el telón!… Curtains up!


Los debutantes

      Lo que no le dijimos nunca a nadie fue que nosotras también hacíamos cositas debajo del camión. Pero todo lo demás lo contamos y toda la gente del pueblo lo supo enseguida y venían a preguntarnos y todo. Mami estaba de lo más orgullosa y cada vez que llegaba alguien de visita a casa, lo mandaba pasar y hacía café y cuando el café estaba servido, la gente se lo tomaba de un viaje y luego dejaban, despacito, la taza, con mucho cuidado, como si fuera de cáscara de huevo, encima de la mesita y me miraban riéndose ya con los ojos, pero haciendo ver que no sabían nada, muy inocentes en la voz, haciendo la misma pregunta de siempre, «Muchachita, ven acá y dime, ¿qué cosa estaban haciendo ustedes debajo del camión?» Yo no decía nada y entonces Mami se paraba frente a mí y me levantaba la cabeza por la barbilla y decía, «Niña, di lo que viste. Cuéntalo todo tal como me lo contaste a mí, sin pena». Yo no tenía ni pena ni cosa parecida, pero no decía nada si no venía a contarlo conmigo Aurelita y entonces siempre mandaban a buscar a Aurelita y ella venía con su mamá y todo y lo contábamos las dos de lo más bien. Nosotras sabíamos que éramos la atracción del barrio, de todo el pueblo, del barrio primero y del pueblo entero después, así que nos paseábamos juntas por el parque, muy tiesas, derechitas, sin mirar a nadie, pero sabiendo que todo el mundo nos miraba y cuando pasábamos, se decían cosas bajito y nos miraban con el rabo del ojo y todo.
       Durante toda esa semana Mami me puso la bata nueva y yo salía a buscar a Aurelita (que también se había estrenado) y salíamos a pasear por la calle Real antes de que cayera la tarde. Y el pueblo entero salía a la puerta de la calle a vernos pasar y a veces nos llamaban de una casa y todo, y nosotras hacíamos el cuento completico. Al final de la semana todo el mundo lo sabía ya y ya la gente no nos llamaban ni nos preguntaban nada y entonces Aurelita y yo nos pusimos a inventar cosas. Cada vez contábamos el cuento con más detalles y hasta por poco decimos lo que hacíamos, aunque Aurelita y yo siempre nos parábamos a tiempo y lo único que nunca contábamos fue que ella y yo hacíamos cositas mientras mirábamos. Cuando al final Ciana Cabrera se mudó con Petra su hija para Pueblo Nuevo, dejaron de preguntarnos en el pueblo y entonces Aurelita y yo cogimos así y nos fuimos caminando hasta Pueblo Nuevo y se lo contamos a todo el mundo. Cada vez inventábamos nuevas cosas y cuando me hacían jurar por mi madre yo podía besarme todos los dedos y jurar por mi madre santa y todo, porque yo no sabía ya qué cosa era verdad y qué cosa era mentira. En Pueblo Nuevo, al revés de lo que pasaba en el barrio, eran los hombres los que más nos preguntaban y siempre estaban en la tienda de la entrada del pueblo y nos llamaban y ponían los codos en el mostrador y se colocaban los tabacos en la boca, sonriéndose también con los ojos como si ya supieran el cuento, pero parecían muy interesados y nos preguntaban después, con mucha inocencia y todo, con la voz finita, «Muchachitas, vengan acá». Dejaban de hablar y aunque nosotras estábamos ahí mismo teníamos que acercarnos más y era entonces que decían, «Digan una cosa, ¿qué cosa estaban haciendo ustedes debajo de ese camión?» Lo más cómico del caso era que cada vez que yo oía la pregunta yo me creía que ellos querían preguntar otra cosa, que querían que le dijéramos lo que estábamos haciendo en realidad Aurelita y yo debajo del camión, y más de una vez por poco se me va. Pero siempre Aurelita y yo hacíamos el cuento y nunca decíamos que nosotras también hacíamos cositas debajo del camión.
       La cosa era que Aurelita y yo íbamos al cine los jueves, porque era el día de las damas, pero en realidad no íbamos al cine. Mami me daba un medio y Aurelita venía a buscarme temprano y nos íbamos para el cine todos los jueves, porque los jueves era día de las damas y nada más que teníamos que pagar un medio las niñas. En el cine siempre ponían películas de Jorge Negrete y de Gardel y eso, y nosotras nos aburríamos enseguida y nos íbamos del cine y dábamos la vuelta al parque de las madres y nos poníamos a mirar. Había veces, que las películas eran de risa y nos gustaban, pero las otras según empezaban, nosotras cogíamos y nos íbamos y nos escondíamos debajo del camión de la escogida. Cuando no estaba el camión de la escogida, entonces nos escondíamos entre el espartillo que crecía en el solar. Desde allí era más difícil mirar, pero cuando no estaba el camión ellos hacían muchas cosas más. Toca la casualidad que el novio de Petra la hija de Ciana venía todos los jueves. Bueno, él venía los jueves y los domingos, pero el domingo se iban a pasear al parque y como los jueves todo el mundo estaba en el cine porque era el día de las damas, ellos se quedaban en la casa, sentados en la sala y aprovechaban. Nosotras nunca íbamos el domingo, pero los jueves hacíamos que íbamos al cine y veníamos a mirar por la puerta. La madre también estaba en la casa, pero andaba por allá adentro y parece que como el piso de la casa era de madera, crujía cuando ella venía y entonces ella se levantaba y se volvía a sentar en su asiento y ella venía y hablaba con ellos o se asomaba a la ventana y miraba para la calle para arriba y para abajo o miraba para el cielo o hacía que miraba para la calle o para el cielo y entonces volvía a entrar y se quedaba allá dentro. Pero entre el tiempo que la madre andaba por dentro de la casa y venía a la sala a conversar con ellos o a mirar por la ventana o a hacer que miraba por la ventana, ellos se aprovechaban, y nosotras bien que los veíamos, porque dejaban la puerta abierta para hacerse los inocentes.
       Siempre la cosa empezaba igual. Ella estaba sentada en su balance y él estaba sentado en el suyo, así, de lado y ella siempre se ponía unos vestidos de campana, muy anchos, y se quedaba muy tranquilita en su balance vestida con sus vestidos de campana de medio luto, hablando o haciendo como que estaba hablando. Entonces cuando la vieja estaba dentro, ella sacaba la cabeza por un costado y miraba y entonces él se sacaba la cosa y ella empezaba a tocársela, a pasarle la mano y entonces acariciándola, se ponía a vigilar si la vieja venía o no venía, luego cogía y se levantaba del balance y se levantaba las faldas y se sentaba encima del hombre y entonces ella se empezaba a mover y el hombre se empezaba a dar balance y de pronto ella saltaba y se colocaba en su asiento y él cruzaba la pierna, así, hacia allá, de manera que no se le viera nada, porque era que la vieja venía, y la vieja muy inocente salía a la ventana y miraba para la calle o para el cielo o hacía que miraba para la calle o para el cielo y volvía a entrar y ellos volvían a acariciarse ella tocándole la cosa al hombre y el hombre ahora manoseándola a ella y ella cogía y bajaba la cabeza y la metía entre las piernas del hombre y la dejaba ahí un rato y luego la sacaba de pronto porque la vieja venía de nuevo, y ellos volvían a acariciarse. Se pasaban así toda la noche haciendo así y la vieja viniendo y mirando para afuera por la ventana o si no él disimulaba y hablaba con la vieja y se reía y ella, Petra, también se reía y hablaba alto y la vieja salía de nuevo a la ventana y volvía para dentro y se estaba un gran rato allá dentro, rezando o cosa así porque era de lo más religiosa y siempre estaba rezando, sobre todo desde que se le murió el marido. Entonces ellos cogían y volvían a empezar la función y nosotras los veíamos desde allí, debajo del camión y también nos aprovechábamos.
       Cuando se formó el escándalo fue el día que por poco nos mata el camión, porque el chofer arrancó el camión sin saber que nosotras estábamos debajo y por poco nos aplasta con sus ruedas de atrás y nosotras empezamos a gritar y a gritar y todo el mundo salió a ver qué pasaba. Yo creo que el chofer no sabía que estábamos debajo del camión, pero a veces pienso que el chofer sí lo sabía y que era el único que sabía que Aurelita y yo hacíamos cositas debajo del camión. La cosa es que salió todo el mundo y el chofer nos estaba insultando y Petra nos estaba insultando y el novio de Petra nos estaba insultando y la madre de Petra, Ciana, no nos insultó, pero nos dijo que se lo iba a decir a mi madre y a la madre de Aurelita también, y fue entonces cuando nosotras decidimos que si ella, Ciana Cabrera, lo contaba todo, también nosotras lo íbamos a contar todo. Como ella lo contó, nosotras lo contamos. Mima seguro que me iba a pegar y todo, pero cuando yo se lo conté todo se echó a reír y dijo que ya era hora de que Petra se aprovechara. Parece que ella quería decir que Petra era muy vieja y hacía como diez años que era novia de su novio, porque era eso lo que todo el mundo decía en el barrio y lo que mi madre dijo exactamente fue, «Bueno, parece que Petra se decidió a casarse por detrás de la iglesia». Yo sé que eso no quiere decir que Petra se casara por la otra parte de la iglesia, por el fondo, sino que quiere decir otra cosa, pero yo sé muy bien que no lo podía decir (como no podía decir lo que Aurelita y yo hacíamos debajo del camión) y le pregunté a Mima, «Mima, ¿cómo se casan por detrás de la iglesia? ¿Sin el cura?», y Mima soltó una carcajada y dijo, «Sí, niña, eso mismo: sin el cura», y por poco se ahoga de la risa ahí mismo. Entonces fue que llamó a las vecinas.
       Así fue como Aurelita y yo empezamos a contar lo que pasó y cada vez que llegaba alguien a casa lo único que hacía era (ya para entonces Mima no daba café) dar las buenas noches o los buenos días o las buenas tardes y preguntar enseguida, «Niñas, vengan acá. ¿Qué cosa estaban haciendo ustedes debajo del camión?». Y nosotras lo contamos y lo contamos, hasta que por poco contamos qué estábamos haciendo de verdad debajo del camión. Pero entonces Ciana Cabrera y su hija Petra se mudaron para Pueblo Nuevo, que no es en realidad otro pueblo ni es nuevo, sino un barrio que hay al otro extremo del pueblo mucho más pobre todavía, donde la gente vive en casas con piso de tierra y techo de guano y eso, y la gente del barrio dejaron de preguntarnos y Aurelita y yo decidimos ir a Pueblo Nuevo todos los días cuando salíamos del colegio, a que nos preguntaran, «Muchachitas, vengan acá, ¿qué cosa estaban haciendo ustedes debajo de ese camión?)».
       Fue en Pueblo Nuevo que supimos que el novio de Petra no había vuelto más al pueblo los jueves ni los domingos y que luego volvió al pueblo nada más que los domingos a pasear por el parque y nos enteramos de que Petra no salía a ningún lado, porque la madre tenía la puerta de la casa todo el día cerrada y nadie la veía y la vieja no hablaba con nadie cuando salía a hacer los mandados y no se trataban con nadie, como antes, que siempre estaban haciendo visitas.

[ii]

Habana Abril 22 de 1953

      Querida Estelvina:
       Mis mayores deseos son que al recibo de ésta te encuentres bien en unión de los tuyos, por acá como siempre ni bien ni mal. Estelvina tu carta me dio lo que se dice un alegrón, no sabes como me gustó resibir carta tuya después de tanto y tanto tiempo sin que nos escribieras. Ya se que tu tienes toda tu razón de estar molesta y estar brava con nosotros, vaya, por todo lo que pasó, y eso, pero en rialidá no fue culpa nuestra si Gloria te se uyó de la casa y vino pacá pa la Habana. Recuerda que ella también nos engañó a nosotros pues nos dijo que tu la habías mandado pacá a estudiar y hasta nos enseñó una carta que ella decía ella que era de tu parte y en esa carta tú decías que nos la mandabas pacá que estudiara y se iciera una mujer de provecho y todo y nosotros fuimos tan bobera que nos lo creimos y la dejamos dormir aquí y todo eso ya tu sabes lo que eso significa por que en este cuarto nunca se ha cavido a derecha.
       Tu me preguntas ahora por ella y me dice que hace como cosa de ocho meses que no te escribe y yo te puedo decir que hace mucho pero mucho tiempo que no sabemos ni j de ella, pero ni una palabra tan siquiera. No se si allá endonde ustedes viben ahora que es donde se perdió el chaleco como dice Gilberto yegará la rebista Bohemia, si no llega cuando Basilio valla al pueblo que te consiga un número y ya tu sabrá enseguida en lo que anda esa hija tuya. Ella parece se metió artista de esas. Yo no se si tu te habrás enterao que ella empesó a trabajar aquí como a los quince días justos de haber llegado acá a la Habana y que se colocó de manejadora por allá por el barrio del Bedado o cosa así y la cuestión fue que cuando nosotros le preguntamos que donde estaba ella estudiando nos dijo que ella no pensaba estudiar ni cosa que se le pareciera eso fue lo que nos dijo y nos dijo además que ella no iba a pasarse cuatro o cinco años de su vida matándose trabajando por el día y luego teniendo que estudiar por la noche sin salir ni ir a ningún lado y sin divertirse, para que luego tener que trabajar como una mula en una oficina y ganar como una pulga, eso fue lo que dijo.
       Te juro por mi madre santa Estel que me dieron ganas de romperle la cara por la frescura y la sinberguensería conque lo dijo, con la parejería conque habló como si no fuera más que una bejiga culicagá que todavía no ha cumplido dies y seis. Valga que Gilberto me dijo que después de todo ella ni era hija mía ni cosa que se le paresiera y que yo lo que tenía que haser era ocuparme de mi casa y dejar que el mundo se callera. Tu hija ¿tú sabes lo que dijo? Eso mismo, eso mismo fue lo que dijo y se fué. La cosa es que no volbió por mi casa como en cuestión de quince días o dos semanas almeno y cuando volbió venía de lo más arregladita y me pidió que la perdonara y todo y me dijo que ya no era manejadora que aora estaba trabajando en una peluquería que así ganaba mucho más dinero y era mejor y que se abía mudado para una casa de huespedes. Te juro que yo hasta me alegré y todo y me dije valla una hija de mi amiga Estelvina que se encarrila en La Habana y lo juro por lo más sagrado Estel que me acordé de cuando eramos niñas y jugabamos en el batey del injenio y ibamos juntas a la escuela y todos aqueyos recuerdos y ya tu sabes lo boba y lo simple que soy yo que se me salieron las lágrimas y todo y hasta Gilberto se me puso brabo por que dice que yo estaba llorando por gusto. Dispués tubimos un agarrón por ese asunto y andamos peliados como cosa de una semana o cosa así y fué entonse que llegó tu carta que a mí, te lo juro mi hermana por que tú para mi eres como una hermana, que me dolió en el halma y que lloré como una boba por eso. Pero supongo que todo pasa hasta la siruela pasa como dice Gilberto y se me pasó aquel dijusto. Te lo juro por la Virgen Santa que nosotros no sabíamos nada de todo ese asunto y que esa hija tulla que no parese hija tulla engaña a Maríasantísima.
       La cuestión es que ella se volbió por aquí muy poquito después y le leí la cartiya. Ud. le dije a ella, no parese hija de mi co madre Estelvina Garcés, mi co madre Estelvina le dije es una mujer desente y caval y le digo de nuevo, tú muchacha deberías aprender con tu madre Estelvina y le digo que como tu Estelvina no hay dos y que te iba a matar a disjusto y que después ella iba a saber lo que era vivir sin madre como tú y como yo que nos criamos uérfanas y entonse tu hija se pone a llorar a moco tendío y me da mucha pena y la consuelo y todo y a qué tu no sabes lo que me dijo antes de irse, después que se calmó y dejó de llorar y eso le ice café y se lo tomó todo. Pues se para en la puerta y con una mano en la puerta y en la otra una carterita muy mona que traía, me dice muy campante muerta de risa casi, me dice, no se dice Estelvina usté sabe, se dice Etelvina sin ese y me tira la puerta en la cara y se me va antes de que la pueda poner en su sitio. Esa hija tulla que tú has parlo Estel te salió por un mal costado, porque todabía me falta contarte otras cositas.
       Ya acabé de fregar la losa del almuerzo y ya Gilberto se fué otra vez para el trabajo y puedo seguirte la carta de esta mañana con más tranquilidá. Como te iba diciendo esa hija tulla se ha buelto buena perla aquí en la Habana que es una ciudá pernisiosa para la jente joven y sin esperensia. Por Harsenio Qué que está trabajando aquí nos enteramos que ella estaba andando mucho por Radiosentro que es ese edifisio grande donde está la estación de radio CMQ y hay un teatro y cafés y restoranes y muchísimas cosas más. Gloria entubo mucho pero mucho tiempo sin venir por aquí y un día vino a la casa y no hizo más que llegar y sentarse y pidió una servesa, así como lo olles. Muchacha le dije yo. Te crees que estás en una barra, aquí ni tenemos servesa ni refrigidaire ni Gilberto puede tomar por el hígado y tú sabes que me dijo. Pues más bale que Gilberto se compre una servesa para que vean ustedes cómo he subido. Yo no entendía lo que me quería desir. Subido le dije a ella ¿subido adónde? Ella me dijo entonse, bueno consiganse un diario para que me vean. Gilberto el pobre fué a casa de Genaro que es un vecino tabaquero que tenemos, negro él pero muy buena persona, y que le prestó el periódico. No bien lo trajo Gilberto ella se lo quitó de las manos, lo abrió y nos lo entregó y que tú crees que bimos allí en El Mundo, pues a tu hija anunciando la Polar. Ella está allí casi en cueros, con una trusita de esa que se llaman bequini y que no creo que tú conoscas ni cosa por el estilo, nada más que con dos tiritas una arriba y otra abajo que parecen más bien un antifás y un pañuelito de mujer y sin más nada pero más nada está parada junto a un oso blanco y le pone la mano ensima y todo. El anunsio dise La bella y el oso son simonimos de Polar y luego sigue un letrero que parece una cosa indesente y no lo es y sí lo es si lo miras bien y en medio de todo esto como si el letrero fuera una mano de letras los dedos así como de letras manosean toda a tu hija Gloria Pérez que ya no se llama ni Gloria ni Pérez ni cosa que se le paresca.
       Ella se llama ahora Cuba Venegas que parese ser un nombre que vende según nos dijo ella, pero a mí no me preguntes qué es lo que vende. Pues bien tu hija Cuba Venegas también anunsia otros productos comersiales y entre otras cosas anunsia la Materva y hay un anunsio que en ves de desir como siempre dice bien clarito Tome lo que Toma Cuba, y con todas esas cosas ella parese ser muy famosa y ganar mucho dinero porque vino aquí en una máquina grande de esas sin techo ni nada arriba y nos llamó desde la calle para que saliéramos a ver su conbertible como lo llama ella. Yo no salí, porque la calsada, la calle del frente, es de mucho tráfico y estaba vestía con los trapos de casa que me pongo todo el día, pero Gilberto que es como un muchacho y que siempre ha sido un fanático de las máquinas él pobre sí salió y me dijo que el carro era una maravilla. También me dijo que iba un hombre manejándola, le pregunté a Gilberto que quién era y me dijo que no lo conosía, le pregunté que como era y me dijo que ni se había fijado y que podían matarlo si tenía que decir que era rubio o trigueño o si le faltaba la nariz y que sabía que era un hombre porque tenía bigote y que aunque hay mujeres bigotudas nunca tienen bigotes de manubrio, que parece ser que los tenía el tipo de la máquina.
       Tu hija Cuba Venegas, perdóname Estel pero es que me da una risa, ella bino por aquí varias veces, cada ves mejor vestida que la otra ves. Una de las veses bino y entró y benía junto con ella un muchachito muy delgadito, muy delicado que siempre se pasaba la lengua por los labios y se los mojaba y tenía el pelo muy lasio así como una onda sobre la cara y que le yebava una maletica chiquita de pajilla y que no quiso sentarse parese que por temor a ensuciarse con mis miserables asientos sus pantalonsitos blancos de algo así como raso espejo te lo juro. Tu hija benía muy bien vestida y se veía muy tiposa y muy elegante y me dijo que ahora también era bedete o algo paresido, que trabajaba por el radio y la televisión vaya y me dijo que estaba ganando buena plata, así me lo dijo y cuando le pregunté si te estaba mandando algo me dijo que sí que te había mandado algún dinero por las pascuas pero que tenía que gastar mucho en ropa y en sapatos y en maquillaje y eso y también en un secretario y me señaló para el muchachito del maletín de pajilla. Imaginate tú hija con secretario, qué te parese. Pues bien ella me dijo que quería que la viera yo por la televisión y me dijo otras cosas más que no recuerdo ya. Otra vez bino con un traje presioso de zatén o algo así y me dijo que le estaban asiendo un reportaje gráfico y vino aquí con el fotógrafo que era un tipo de espejuelos verdinegros con cara de sapo que se deja el bigote finito como una raya con lapis y no era el tipo que bino la otra ocasión al meno eso me dijo Gilberto y le tiró fotografías aquí en la casa y tu hija, antiguamente Gloria, me dijo que el fotógrafo quería sacar en la revista Carteles que es otra rebista de aquí de la Habana un artículo con los detalles de su vida esto fué lo que me dijo y estubieron tirando planchas aquí toda la santísima tarde. Por sierto que el fotógrafo es un tipo realmente descarado y se pasó la tarde toqueteando a tu hija y dándose besitos en cada rincón y por poco los boto porque no me gusta ese desorden en mi casa. Me dijo al irse que me iba a regalar unas fotografías a mí que me iso labando en el patio y todabía lo estoy esperando. Gilberto compró la rebista y de la casa lo que se ve es lo peor que es el patio y la pila de agua y los escusados y esa parte que uele mal de la casa, pero detrás, con tu hija haciendo visajes delante, nada que no me gusto nada el escrito y menos mal que no salimos nosotros en los retratos.
       La última ves que vi a tu hija que ya no sé ni como se yama fue hase como seis meses. Bino aquí una tarde por la tarde con una amiga rubia y las dos traían pantalones, pantalones largos más apretados que visto en mi vida entera y benían fumando sigarros, unos sigarros que olían muy rico y muy dulse. Les ise café y todo y ellas estubieron un rato aquí y se sentaron y todo y casi me puse contenta porque lusía tan linda. Verdá es que se unta mucha pintura y mucho polbo y mucho crellón de labio pero estaba rialmente bonita. Ella y la amiga se cuchichiaban y se traían un secreto de lo más molesto y te juro que no me gusto nada y asta se ensendían los sigarros una a la otra tú sabes, con los dos sigarros en la boca de una de ellas y nada de eso me gustó y luego desían cosas que yo no entendía casi y se reían después y también se reían por gusto y salieron al patio se rieron de los becinos y se cojían las manos y se desían contantemente mi hermana y mi amiga y mi amiguita y cosas así y cuando se fueron iban con las manos cojidas y se despidieron muertesitas de risa como si le ubiera contado un gran chiste al salir y yo las acompañé hasta la puerta de la cesoria y me dijeron adiós con la mano de la máquina y se fueron con mucho ruido y muertas pero muertas de risa. Esa fue la última vez que tu hija, la que antes se yamaba Gloria Pérez y que a ora se llama Cuba Venegas entubo por acá.
       Con todo este brete por poco olbido de decirte que perdí la última esperanza de tener una criaturita hase como un año ya. Estube de lo más enbullada pero no resultó y ahora me despido de esa ilusión también porque ya estoy casi en el retiro. Nada Estel que ya bamos para vieja y orita un poquito más pa allá. Escribe pronto y no te olbides de esta amiga que siempre te quiere y que no se olbida de que en el colegio cuando chiquita las confundían como hermanas, tuya afectuosamente,

Delia Doce

Pos Data Gilberto te manda saludos también a tu marío.


       La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va: primero vilgen, y entonse ella que me dise, tú, me dise así, moviendo su manito parriba y pabajo, de lo más picúa ella, díseme, tú te puededil-aonde-te-de-la-gana, que yo no te voy paral ni ponel freno: por finés que yo no soy tu madre, me oíte, me dice poniéndose su manito así al revés sobre la bemba negra que tiene y gritándome en el mismo oído que por poco que me rompe el témpano, y dígole lo que pasa señora (sí sí de señoreo y to, que yo sé cuándo botarme de fisna) e que uté no sabe vivil el momento y la vida se le base dificilísima o séase que ya etá muy antañona pa comprendel-me, y me replica con su dalequedale: si tú te puedil cuando te de la rial gana, eta niña, que a mi no me impolta nada de nada de tu vida ni de lo que haga con lo que tiene entre la pierna que eso e asunto tuyo y del otro y no llevo papeleta en esa rifa, así que arranca pallá cuando quiera que paluego e talde, y dígole, digo, pero mijita que confundía, pero que confundía etás tu: quien te dijo, dígole, que el carnaval e un hombre, ademá bailal no e delito, dígole y me dise, bueno enún final yo no te tengo amarrá ni con pendón de cantidá y ya me miba subiendo con tanto insulto, casi con mi nueve punto, y le digo, dígole, nada ma que se vive una ve, miamiga, y hay que sabelo hasel que eso e también una siensia ¿te enterate?, y ella va y me dise, cucha cucha ahí tiene tu musiquita y tu bailoteo y tu revolvimiento: vete cuanto tú quiera, ahora o-y-e-l-o bien, te va y no vuelve má, en eta casa tú no vuelva polque tevasencontlal la puelta trancó y con candao y si te queda nel pasillo traigo la encargá pa que te bote de la asesoria mira como e la cosa, me oite, y ya yo que toy metía en la piña de a mil y que oigo que, fetivamente, la música viene con su rimmo y su sandunganga y su bombobombo, casi como polequina, le digo hay hija pero qué apurativa tú ere: cálmate cálmate mi vida o toma pasiflorina y que e lo que hase eta hija de, mira déjame callame, coje así y no dise ma nada nada nada pero nada y me da lepalda y yo cojo así, con la mima, miestola y mi carterita y doy un paso, e, y otro paso, e, y otro paso, ey, y ya etoy en la puelta y cojo y me viro, así, rápida, como Betedavi y le digo, dígole, óyeme bien lo que te voy adesil: nada más que se vive una ve, me oíte, dígole, así gritando al paltil un pulmón: nada má que se vive una ve, dígole, y cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida, me entendite, le digo dígole, polque éta que etá aquí, Magalena Crús, vastar del otro lao y de allí pacá sí que no se ve nada ni se oye nada y entonse, mivida, se acabó el acabóse, me oíte, le digo y entonse ella base así, muy dinna, que se me vira de medio lao y se me queda de pesfil y va y me dise muchachita, que tú ere la abogá del casnaval, me dise. Acabate dil de una ve, díjome.

       Mi hermano y yo habíamos descubierto un método para ir al cine que debimos patentar. Ya no podíamos hacer lo que hacíamos antes cuando nos colábamos en el Esmeralda, porque éramos grandes para eso: entretener conversando o armando una falsa pelea o gritando ¡ataja!, ¡ataja!, al portero para que uno de los dos se colara y luego venir el otro y pedir permiso para entrar a buscar a su hermano para darle un recado urgente de su mamá y aprovechar y quedarnos los dos dentro, eso, ya no era posible. Pero ahora cogíamos el camino de Santa Fe. Primero reuníamos todos los cartuchos usados, que daban un centavo por cada diez en el puesto de frutas de la calle Bernaza (donde una vez el dueño me dijo que me daría veinticinco centavos por cada cien cartuchos y cuando yo, todavía deslumbrado por el descubrimiento que acababa de hacer: una mina: un idiota: uno que no sabía contar: la veta a explotar, regresé con veinte cartuchos, corriendo, presa de la fiebre del oro y le pedí los cinco centavos y solamente recogí su sonrisa, luego risa y la respuesta, «Usté se cree que yo soy bobo», con su cola para mi asombro. «Llévese sus cartuchos ¡coño!», supe lo que era el doble engaño), si el día andaba malo para la caza de cartuchos, veíamos cuántos periódicos viejos teníamos, salíamos a pedir por toda la cuartería o a buscar dondequiera y al final nos íbamos con el cargamento precioso a la pescadería donde los periódicos valían menos que los cartuchos. (Siempre hubo que olvidarse de la propina por hacer mandados porque había que hacerlos de gratis: eran tan pobres en el solar y ya Lesbia Dumois, la generosa puta de quince años, Max Urquiola, el botarate, maduro crupié trasnochador, y doña Lala, la dadivosa y vieja y casi venerada mantenida del triple héroe: aviador, coronel, político (todos ellos eran, fueron personajes épicos: no desdeñen como pobre caracterización lo que quiere ser solamente, únicamente, eternamente una otiose), ellos todos se habían mudado, se habían ido, se habían muerto: los habíamos perdido tanto como la inocencia infantil para aceptar una regalía sin sonrojo: ahora crecíamos y sabíamos ya lo que es vender un favor más fácil es vender cartuchos usados, periódicos viejos o…).
       Nuestro último, gran filón fueron los libros: los de mi padre, los de su tío, los del padre de su tío: vendíamos el patrimonio literario familiar. Primero que nada fue una colección —más bien una tonga— de una pésima obra de teatro de Carlos Montenegro, regalada a mi padre con el objeto de sacarle dinero (mi padre) y fama (el autor) y propaganda (el libro), que se llamaba Los perros de Radziwill. Nunca la pude leer, es más: nadie la leyó, porque los libros estaban en rústica y siempre conservaron la virginidad original. También hubo otro regalo del mismo autor pero de otro libro. Seis meses con las fuerzas (o las tropas) de choque. Ambas colecciones cogieron el camino de Santa Fe, inmaculadas como la concepción: las vendimos por el peso. Quiero decir, por lo que pesaban, no por un peso —porque no llegaron siquiera a los cincuenta centavos: los libreros nunca han sabido apreciar la literatura. Después otros libros menos ilustres o más leídos (y por tanto escasos) seguían la escondida senda. A veces iban (acompañados por mi hermano y yo: las mercancías no pueden ir ellas solas al mercado) de cinco en cinco, otras de diez en diez, otras más de tres en siete, de cuatro en dos, etcétera. (Dispenso al lector los gritos, estallidos de cólera, amenazas damoclianas de mi padre, no lo dispenso de las malas palabras, porque nunca le oí decir ninguna. Lo alivio también de los malos, óptimos argumentos de mi madre, que no sabemos cómo neutralizaba el amor de mi padre por aquella biblioteca que cada día era más el recuerdo de una biblioteca: los anaqueles vacíos, los estantes con libros que se recostaban demasiado a la derecha o a la izquierda, echando de menos la apretada promiscuidad de un compañero sacrificado en aras del cine (porque hay que decir que cada libro conducido al campo de exterminio de la librería de viejo (y cómo había librerías de viejo en el barrio: uno se asombra de la cantidad de ellas que pueden ser, tentadoras, en el camino… de Santa Fe) era trasmutado de plomo literario en oro del cine por la piedra filosofal de una caminata y un cantico), los títulos que la memoria creía ver todavía pero que el conocimiento negaba, eran pruebas de que la zorra entraba en el gallinero. Qué imagen más fabulosa: ¿no sería mejor decir el gavilán pollero?).

Voy cogiendo el camino
de Santa Fe


(Variación primera:
Voy cogiendo
corriendo
el camino de Santa Fe).


(Variación segunda:
Voy cogiendo voy cogiendo voy cogiendo voy
cogiendo el camino de Santa Fe)
.

(Variación tercera:
Voy
Cogiendo voy
voy
cogiendo cogiendo
el camino / el camino / el camino / el camino
deee Saaantaaaaaaa Feeeeeeeeeeeeeeeeeee)
.

       Esta tonada (y sus variaciones Goldwyn) era cantada con la música equivalente, que es la música de The Santa Fe Trail, sólo que nosotros no lo sabíamos entonces. ¿De dónde la sacaríamos mi hermano y yo? Seguramente de una película del Oeste.
       Este día, este jueves (los jueves el cine costaba menos entonces) de que hablo, ya habíamos completado la primera parte de la jornada a Santa Fe (porque Santa Fe, ustedes deben haberlo adivinado, era Arcadia, la gloria, la panacea de todos los dolores de la adolescencia: el cine) y antes que regresara mi padre del trabajo, nos habíamos bañado, escogido el programa (más bien escogido el cine: el Verdún, que a pesar de recordar una batalla, era apacible, barriotero y fresco, con su techo de hierro y planchas de zinc, que se corría con ruidos, chirridos, traqueteos tan pronto entraba la noche calurosa y que no podía hacer el cierre de vuelta tan rápido los días que llovía: se estaba bien allí, en la tertulia, frente a la pantalla (sobre todo si se sabía coger primera fila de gallinero (llamada también el paraíso): una localidad de príncipes, el palco de la realeza en otro tiempo, otro espectáculo) y directamente bajo las estrellas: se estaba casi mejor que en el recuerdo) y salíamos, cuando nos encontramos en la escalera a Nena la Chiquita, que era, como muchos de los vecinos, no una persona sino un personaje. Pero, ay, Nena la Chiquita (una vieja encogida y sin dientes y sucia, y con un insaciable apetito sexual) era también un ave de mal agüero. «Al cine, ¿no?», creo que fue lo que dijo. Mi hermano y yo le dijimos que sí, sin dejar de bajar la escalera barroca y torcida y sucia. «Que se diviertan», dijo ella, la pobre, subiendo con pena la escalera. No le dimos las gracias: lo único que se podía hacer era escupir tres veces en el suelo, cruzar los dedos y vigilar el tránsito.
       Seguimos para el cine. Atravesando el parque Central ya oscurecía. Cruzamos el Centro Gallego a ver las fotos de las bailarinas españolas y, quizás, de una rumbera en trusa. Luego seguimos por la acera del Louvre, con los conversadores nocturnos que ya empezaban a llegar y los tomadores constantes de café, en el café de la esquina y nos detuvimos en el puesto de revistas, atraídos como otras tantas mariposas por las luces de colores de los magazines americanos y dimos vueltas y vueltas y vueltas, sin comprar, sin tocar, sin entender. La acera del Louvre no termina nunca: ahí hay otro puesto de café y más gente y un grupo de conversadores parados junto a los grandes retratos al óleo de los candidatos a alcalde, a concejal, a senador que parecen todos nominados al Oscar, de creer al artista del pincel que los magnificó —y retocó un poco. Aquí hay un tiro al blanco y seis flippers y un punchingbag mecánico. Los tiros secos estallan por sobre las campanitas de los pin-balls y por sobre la mala palabra del tramposo que provocó un tilt. El punto final es la trompada esponjosa al estropeado punching-bag que debía tener todo su mecanismo punch-drunk hace rato. Alguien (el muchacho del flicker, el marinero del tiro al blanco, el negro del punchingbag) hace diana. Salimos envueltos en el aroma de las fritas y los perros calientes y los panes con bisteques que hay casi en la esquina, en un puesto de ad hoc dog. No hemos comido, no vamos a comer. ¿Quién piensa en comer cuando le espera un largo camino que la ansiedad hace corto —o al revés— y en Santa Fe la aventura, la libertad y el sueño? Cruzamos con pocos pasos tres calles —un pedazo de Prado, Neptuno y San Miguel— en esta ajetreada, ruidosa, oliente, coloreada, espesa encrucijada donde un día del futuro se ha de pasear La Engañadora, caminando con la armonía de un chachachá. Llegamos a una de las etapas del camino, El Rialto. Esta noche ponen El filo de la navaja, pero (tememos) ¿no es este título demasiado metafísico? Decidimos que sí (que lo es) solamente que lo decimos con otras palabras. Mejor esperar a la próxima semana, a la sección de la biblioteca que viene, mejor dicho, para ver La breve vida feliz de Francis Macomber. El título es muy largo y muy complicado y está esta mujer, la que se parece a Hedy Lamarr tanto, por el medio. Pero, pero hay leones y safaris y cazadores: está el África que es como decir el corazón de Santa Fe. Vendremos.
       Seguimos envueltos en el ruido de la ciudad y ahora en el olor de frutas (mamey, mango, anón sin duda: esa fruta siniestra, verde camaleón por fuera y gris de masa gris, con la pulpa como un encéfalo enfermo, por dentro, con tanto punto negro de las semillas envueltas en su quiste viscoso, pero con ese olor a todas las frutas posibles del árbol de la ciencia del bien y del mal, con el aroma de los jardines de Babilonia y el sabor de la ambrosía sea ésta lo que fuere, adentro) de batidos, de refrescos de melón, de tamarindo, de coco, y en la mezcla otro olor de fruta, el olor del betún y la tintarrápida y el paño del salón monumental de limpiabotas y ahí en la esquina la estación para el cambio de caballos de nuestra diligencia: Los parados, con ese nombre que quiere decir que los clientes no se sientan jamás, pero que parece, decididamente, otra cosa: ahí donde por seis centavos (por una colección de la revista Nueva Generación, como quien dice) podremos tomar dos caficolas, antes de atravesar el sediento desierto con todos sus riesgos, sus venturas.
       De nuevo el camino polvoriento. Tenemos ahí delante la tentación del Alkazar donde siempre dan buenas películas. Pero la semana pasada había una cantante dando gritos que se oían desde la calle aunque la película, Sangre en la nieve, era de guerra: la culpa es de esos shows obligatorios que inventaron los artistas. Más adelante, pegado a Santa Fe, está el Majestic, con tan buenos programas, dobles, triples, cuádruples (esa palabra era difícil entonces) aunque muchas veces no son aptas y hay que rogarle al portero o irle a buscar café a la esquina para después (total) no ver más que gente enferma y una mujer (muy flaca) que se baña con un gran misterio en una tina (de espuma) y una pareja que se escapa de casa una noche y después de una tormenta, ella da a luz. Basuras.
       De pronto, todo es confusión. La gente corre, alguien me empuja por un hombro, una mujer chilla y se esconde tras una máquina y mi hermano me hala me hala me hala como un sueño persistente por la mano, por el brazo, por la camisa y grita: «¡Silvestre que te matan!», y me siento impulsado hacia un lugar que luego sabré que es una fonda de chinos y caigo bajo una mesa, donde ya hay una pareja compartiendo el precario refugio de una silla de madera y paja y el tiesto de una areca y oigo que mi hermano me pregunta con la voz por el suelo si estoy herido o no y es entonces que oigo los disparos muy lejos/muy cerca y me levanto (¿para huir?, ¿para correr hacia adentro de la fonda?, ¿para enfrentar el peligro?, no, solamente para ver) y me asomo por la puerta y ya la calle está desierta y a media cuadra o al fondo o solamente a unos pasos (no recuerdo) veo un hombre gordo y viejo y mulato (no sé cómo sé ya que es mulato) tirado en el suelo, agarrando por las piernas a otro hombre, que trata de sacudirlo con los pies una y otra vez y como no puede no ve otro medio de apartarlo que dispararle dos veces seguidas en la cabeza y no oigo los tiros, sólo veo una chispa, un relámpago blanco y rojo y naranja o simplemente verde que sale de la mano del hombre que está de pie y alumbra la cara del mulato muerto porque no hay dudas de que ahora está muerto y el hombre suelta una de sus piernas, luego otra y echa a correr, disparando su pistola al aire, no para asustar, no para abrirse camino, sino como el anuncio de una victoria, me parece, como un gallo que cantara después de matar al otro gallo del corral, y la calle se llena otra vez de gente y comienzan a gritar y a pedir auxilio y las mujeres a llorar aullando y alguien dice muy cerca «¡Lo han matado!», como si se tratara de un muerto famoso no de un bulto que está tirado en medio de la calle que ahora levantan que se llevan cuatro hombres casi sin poder con él y desaparece en una esquina, en una máquina tal vez, de seguro en la noche. Mi hermano regresa de alguna parte y está asustado. Se lo digo: «Si te vieras la cara que tienes». Él me dice: «¡Si tú vieras la tuya!».
       Seguimos para el cine. En la esquina hay una mancha negra de sangre bajo el farol y la gente se reúne alrededor y miran y comentan. No puedo recordar por más que quiero el nombre de la película que íbamos a ver, que seguimos a ver y que vimos.

       ¿Livia? Beba, Beba Longoria. La misma. ¿Cómo andas miamiga? Me alegro verdá. Yo, en el duro. No, qué va miamiga, sanita comuna mansanita. A, no base mucho pero tengo la vos tomade todas maneras. Sí debe ser el sueño. El que puede puede y el que no que se tire al mar que hay de sobra. Tú me conoce que yo siempre sío dormilona, media haraganota así y ahora que puedo aprovecho. Bueno al pie del coco se bebe el aua desía miabuela y yo digo que hay que descansar donde uno se cansa. ¿Yo? La misma la misma siempre. ¿Y por quiba cambiar? Oye, Livia, pélate un minutico miamiga, no vaya colgar… ¿Qué te hablaba? No que dejé destapao un pomo de Chanel y tenía miedo que se me vaporara. ¿Qué testaba disiendo? Bueno da lo mismo. No no tiene importansia miamor. Tú me preguntate si me acababe levantar y yo te dije lo mismitico de siempre, lo que desía cuando vivíamo juntas. ¿Correto? Correto. No si del mismo se me pegó, tú sabes quél lo imita en todo en todo en todo pero en todo. Bueno, menos en eso. Creo. Sí todos ellos hablan así. Bueno déjame acabar con esta conversadera atrata como dise mi marío y te digo el chisme que te iba decir cuando te llamé, pa lo que te llamé mejor dicho. Tú sabes que acmitieron a mi marío en el Vedadoténis. Sí muchacha sí. Bueno no les quedó otro remedio que haserlo. Fue el chif el que hizo presión con dos ministros que son socios fundadores y tuvieron que acmitirlo así como tú lo-o-yes. Bueno ahora creo que tendremos que casalno pola iglesia y toese lío, tú sabe queso una moda hora. Ya me encargué el trusó. Mira tú para eso, yo de novia hora después haber sío querida de Sipriano desde tengo uso rasón y después de vieja y pelleja meterme a novia de punten blanco. Bueno la cuestión que ya somos sosios y para eso que te llamé. Anoche, para selebrarlo, nos metimos en Tropicana. No, niña, con ene no con eme. Qué mal pensá tú eres hija. Nos fuimos a Tropicana y pasamos una noche ma-ra-bi-llo-sa. Tú sabe cómo Sipriano es… E, e ¿e? Sí hija no seas boba, si yo misma me río. Él se pone hecho una furia pero yo no puedo aguantar larrisa. Con todo él dise ques un nombre que le ha traío suerte. Total, si el General se llama Fulgensio y un hermano Ermenegildo ¿por qué no se va llamar él Sipriano? Al meno eso lo quel dise. ¿Sipriano? De lo mejol de lo mejol. En la prángana. Yo no sé si tú sabe quel le habían dao la consesión del mercado La Lisa. Sí hase como un mes. A-de-más lo del Ténis eso era lo que selebramo anoche también. Senkiu miamiga. No, la gasolinera la aministra el hermano del, Deograsia. Y di-lo. Ardiendo, a la madre debe haberle quedao ardiendo el selebro. Tos tienen nombres raros desos. Otro hermano del se llama Berenise y uno, murió hase años el pobre, se llamaba Metodio y otro que vive el campo entodavía se llama, si no se ha muerto, porque ese una casasola que no quiere saber de la familia, se llama Diójene Laesio. Sí claro, de dónde si no iban a ser, del campo, de Moa de Toa de Baracoa, de allá dOriente. Bueno yo no sé rialmente, pero él conosió al Yéneral por allá por lo rejendone y junto entraron al ejército y junto asendieron y eso… Eso mismo lo que le digo yo, pero él dise que con lo de coronel es bastante y que me fije en Genovevo dise él y me fije en Gomesgome y se pone a nombrarme una partía de nombres quel se sabe y me tapa la boca con eso. Dise que lo mejor no sinnificarse mucho pa poder tener las manos libre… No mijita, nadade-so. Trataron de mandarlo pero él se escabulló. Mi marío es un bicho, muy vivo que es. Fue y le dijo a Fulgen quel hasía falta en el estadomayor y que sus conosimientos de tática y de no sé cuántas cosas más y allí lo dejaron quietesito. No, aquello anda tranquilo ahora. Ya tú sabes lo de Curbelo. Al meno lo que se dise. Sí de las dietas y eso. Sí seguro, claro que seguro, pero to eso es muy muy ajetriao y además él sabe que yo no me voy a vivir al campo por to el oro del Orinoco y que yo no quiero saber más nada ni con los mosquito ni con los jejene ni con el abuje y que pa mí de Almendare pallá, eso ejel campo. Si por eso que yo no me mudo de aquí, con toas las casa le han ofresío a Sipriano en el Contri y en el Bilmor y eso. ¡Y tú sabe quel no me pierde pie ni pisada! Eso mismo: ni lo otro. Sí, sí loquito. ¿Dalle? Yo no le dao ná. Nananina. Tú sabe yo no entro en eso. No pierdo mi tiempo en esa bobera. Yo estoy por lo positivo: lo que le doy lo que tengo más la esperiensia. Eso es unnivel: mientras má tenga de una cosa meno tengo de la otra. Y a la visconversa. Pero con todo algo tengo tener todavía porque él está pegajoso. Pegajosísimo. Sí sí sincuenta y bien cumplido. Muchacha, ¡ni que Dios no lo quiera! Mira no me hable embolia ni desas cosas que entonse sí me asusto. Muchacha, ¿tú no tenterate de lo que le pasó a Miguel Torruco? Torruco. To-rru-có. Sí elator del cine mejicano. Esemismo. Se le murió a la mujer en el mismísimo sofá. Sofá, sofacama, da igual hija. ¿Y tú no sabe lo que le pasó a una amiga de una amiga mía? Pues se le murió un tipo conque ella andaba en 11 y 24. ¡Ay niña no-te-haga la inocente! Claro que hotelito. La posada niña la que está ahí junto al río, como quien va para Miramar. Ah, vea. Claro que la conoco. ¿Seguro tú me vas de-sir que no la conoce tú tampoco? Ah bueno. Pues bueno, esta amiga de mi amiga va y se le queda muerto el hombre la cama. A las dos de la mañana. Ni un alma. ¿Y a que tú no sabe lo que hizo ella? Cojió, muy tranquila, calmadita así y lo vistió, llamó al que atiende, lo metió la máquina, se puso al timón… No si por eso yo estoy aprendiendo manejar. Bueno, pues arrancó y se fue a la casa socorro y va y dise que el individuo en cuestión como disen la crónica roja, se murió dun infacto cardiaco mientra manejaba. ¿Qué te parese? El crimen perfetto. Sí, claro que yo tengo cuidao. El ni se ocupa, bobita… No, si él me deja, porque él sabe bien a mí no se me puede amarrar corta. Yo creo, confidensialmente miamiga, que hasta le gusta su poquito y todo. Sí, hija: todos son así. Es la edá. La vejés… Sí un viejo sato. Sí, sí. Total. Si eso lo que nos vamos a llevar. A mí que me quiten lo bailao… Bueno, pon otra palabra si tú quiere y te gusta más. Pero, por favor, no lo corras por ahí. Sí, sí, cuando tú quieras. Bueno, ya tú sabe te puedo invitar al Tenis un día desto. ¿Oye? Bueno, miamiga, voy a colgarte que quiero darme un baño y lavarme la cabesa que me voy pa la peluquería. No, Mirta de Pera-le. Muy bueno tú, un tiro. Se me ha puesto el pelo de mara-bi-lla. Deja que tú me vea. Bueno, miami, hasta luego, olón.

       ¡Cosa más grande! Una lección de sumar fue lo que fue. Me quedé de piedra picada mirando a la pared. No a la pared, a una litografía que había detrás-detrás de él, no de la pared: soy más Superratón que Supermán. Era un dibujo romántico en que unos tiburones caprichosos (y por ende bugas, diría Códac) rodeaban una balsa, bote o barca a la deriva, donde iban dos o tres tipos tan musculosos y lindos que más que náufragos parecían modelos de Youth & Health, todos artísticamente tumbados a babor. Pensé que los tiburones del grabado eran tímidas sardinas comparados con este tiburón de la vida diaria que me miraba buscando mis ojos sin sentir rubor ni pena, creyendo seguramente que era yo quien debía ponerme colorado. Recuerdo que miré del cuadro al escritorio, del azuloso mar procelado (¿o se dice azulado mar proceloso?) que terminaba en olas lejanas en el Malecón o donde está hoy el Malecón porque al fondo, en último término, aunque parezca increíble, se veía La Habana gris del siglo
XVIII, salté a la terra firma o nera de su negativa, pasé del azul marino al verde billar de la carpeta, al agresivo cortapapeles que era un colmillo largo con la encía del mango enchapada en oro, al bruñido y marrón estuche de tabacos con un monograma rococó, encima diseñado tal vez por el mismo grabador de los tiburones y los maricones, al barroco portacartas de cuero negro y presillas doradas, y subí con mis ojos trepadores por su corbata gris carbón de seda italiana, detuve mis pupilas incrédulas en la enorme perla cipollina debajo del triángulo perfecto del nudo, grabé en mi resentida retina el dibujado cuello de la camisa hecha a la medida en Mieres y vi ahora su cabeza (duro trabajo para la guillotina si hubiera sido él un tiburón del siglo XVIII: no tenía cuello) de golpe, como esas lunas llenas de Okusai que salen en verano con un asombro naranja y uno cree primero que es un farol luego que es la luna y finalmente está convencido de que es una insólita bomba del alumbrado público antes de saber que es de veras la luna de los caribes y no una madura, invisiblemente suspendida fruta tropical para confundir a Newton. Su cara bien afeitada, gorda, reluciente casi sonreía mientras los ojos claros y europeos me miraban con la franca mirada comercial que lo convirtió de emigrante miserable en jefe de empresa (¿es jefe de presa?), y su boca, sus labios finos sin sangre, sus dientes costosos, su lengua acostumbrada hace rato a las delicias de la cocina se movieron para decirme suavemente:
       —¿Comprende?
       Le iba a decir que además de saber dibujar números yo sé sumarlos también, pero no abrí la boca sino la puerta que decía sobre cristal, odavirP. Diez. No, menos. Cinco, tres minutos antes estaba también aquí fuera, en la antesala a que regreso porque no queda más nada que hacer que decir adiós y no hasta luego y salir y cerrar la puerta sin ruido tras de mí y volver a la mesa de dibujo. (Mis cuarteles, como diría Arsenio Cué, con su voz en chiaroscuro). Entonces, antes, pensé que no me recibiría, lo estaba pensando cuando Yosi o Yossi o Jossie me dijo: «El señor Solaún lo recibirá enseguida, Ribot». Le dije a Jossie o Yossi o Yosi, «Ciudadano Maximiliano Robespierre Ribot», pero no entendió. Ése es mi autorretrato: me paso la vida gastando mis cartuchos pocos en muchas salvas. Podía haberle dicho, como otras veces en que tampoco entendió o siquiera oyó, Giambattista Bodoni Ribotto o William Caslon Rybot o Silvio Grifo di Bologna. Ahora no era un tipógrafo de genio o un famoso músico popular (Sergio Krupa o Chanopozo Ribó), sino un notorio revolucionario, un villano reivindicador de mí mismo. Casi encima de la voz para arriba servil y para mí superior que me preguntaba desde lo alto «¿Cómo dice?», pensé que el señor de Solaún me admitía al castillo y me concedía audiencia privada, aunque sabía que iba a pedir un artesanal aumento de sueldo, únicamente por lo que pasó ayer, y respondí: «Nada».
       Hacía más de un mes que intentaba que el Guilde de Publicitarios me gestionara un aumentico y no conseguía nada y exactamente eso podía esperar del sindicato de Artes Gráficas, porque no era un obrero. Tampoco era un artista ni un artesano. Era un profesional (¿lo pongo con mayúscula y lo hago imprimir en Stymie Bolds de 90 puntos?) y me hallaba refugiado en esa tierra de nadie, en el foso que era mi oficio del siglo
XX: ni artista ni técnico ni artesano ni obrero ni científico ni lumpen ni puta: un híbrido, una cruza, un engendro, un parturiunt montes (como dirías tú, Silvestre, hablando latín con acento oriental) nascetur ridiculus mus. Un publicitario, vaya. Ahora, hoy, desde hace una semana, intentaba la gestión personal, que parecía navegar a la ventura por un mar indiferente o enemigo, como la botella mensajera de otro náufrago. Porque yo, en mi balsa heterosexual, también iba a la deriva.
       Entonces ocurrió el número del trapecio. Desde por la mañana, ayer, había visto un hombre oscuro, sucio y lleno de remiendos en la sala de espera. No fumaba ni hablaba con los demás que siempre esperan, ni cargaba un portafolio, vademecum o cartera. ¿Sería un anarquista, un desesperado lector tardío de Bakunin con su bomba a fortiori, un magnicida criollo? Me hice la triple pregunta tres veces. Lo vi al entrar, estaba allí a la hora de almorzar, lo volví a ver al mediodía y por la tarde, cuando me iba, levantó sus seis pies de estatura al salir yo y bajamos juntos. En ese momento llegaba el senador Solaún, dueño, administrador, jerarca nato. Saltó gordo y pequeño y ágil de la máquina, vestido todo de dril 100 blanco y con el sombrero de jipijapa calado sobre la cabeza calva. Se oyó un redoble de tambores. Casi una voz anunció, «¡Señoras y señores! El senador Solaún sube la escalera. ¡Sin red, señoras y señores! ¡Sin red! Se suplica silencio, ya que el menor ruido puede costarle la vida». El visitante y yo lo vimos a un tiempo pero estoy seguro de que no pensamos lo mismo. El hombre se encogió más de hombros, bajó la cabeza y sin mirar al Gran Solaún que subía la escalera, casi tendió una mano en el gesto, más bien en la ausencia del gesto de petición que salía de su figura: era la metafísica de la mendicidad.
       —Señor Solaún —dijo el hombre con una voz que no se habría oído a no ser por el silencio del momento estelar de que éramos, él y yo, testigos mudos. Solaún, lo miró de arriba abajo y supe entonces que no hay que ser más alto que el otro para mirarlo de arriba abajo. El redoble cesó y fue sustituido por un rugido: no eran los leones, era Solaún que hablaba.
       —Pero por fa-vor, ¡cómo me va usted a interrumpir en la escalera!
       No necesitó decir más, porque el visitante, el pedigüeño, el profesional del sablazo desaparecieron y en el lugar que ocupaban había ahora solamente un pobre hombre encogido, burlado, puesto en ridículo final. Pensé reírme, aplaudir, protestar pero no hice nada de eso, porque miraba fascinado la escena. ¿O era miedo y no fascinación? Solaún me vio y le dijo al hombre:
       —Hable con mi secretaria —y siguió subiendo la escalera, pero esta vez era un hombre como otro cualquiera que subía con paso ordinario una escalera corriente. Fui yo, no el intruso en la escalera quien siguió el consejo y ahora Yossie o quizás Josefa Martínez me bajaba el puente levadizo y salvaba yo el foso feudal con la torpe gracia del villano admitido por la primera vez en el castillo.
       —Pase, pase —me dijo Viriato Solaún, con todo el obsequio que se puede transmitir mientras se hace algo importante, vital: firmar un cheque a la esposa para ir de compras, hablar por teléfono con la chiquita una vez más, encender ese Churchill (era ran rico que podía permitirse el lujo de fumarse, metafóricamente, un primer ministro inglés cada hora) aromático de media tarde—. ¿Qué se le ofrece, jovenzuelo?
       Lo miré y casi le dije, toda la vida y tal vez también la muerte. Lo que dije fue:
       —Es que, usted sabe, realmente, tengo un aprieto…
       —Diga, diga.
       —Estoy ganando muy poco. —¡Cómo! ¿Pero no le aumentamos ya hace seis meses?
       —Sí, es verdad. Eso fue cuando me casé, pero…
       —Diga, diga.
       Era como si dijera, No diga nada, pero sabía colocar aquellas dos palabras o aquella palabra repetida con tal sabiduría, que me rendí.
       —Bueno, es que voy a tener un hijo.
       —Ah caramba. Un hijo —podía haberle corregido: O una hija, tal vez un hermafrodita. Pero fue él quien habló—: Eso son palabras mayores. ¿Usted lo ha pensado bien?
       Lo cierto era que no lo había pensado, ni bien ni mal ni regular. Los hijos no se piensan ni siquiera se sienten o se ven venir. Cuando aparecen ya están ahí. Son casi como erratas. Caray, se me fue un hijo en ese lay-out de Mejoral. Debí haberlo hecho interruptus.
       —No, pensarlo, lo que se dice pensarlo, no lo pensé.
       —Ah Ribot, pues a los hijos hay que pensarlos.
       La prole es una cosa mental, diría Leonardo. Ya sé. La próxima vez me sentaría a mi mesa, me pondría una mano en la mejilla, como Nobel en todos sus retratos y clavaría un cartel en la puerta. No molesten. Estoy diseñando un hermoso varón de ocho libras.
       —Usted tiene razón —dije servil—, hay que pintarlo, pensarlo.
       Ahora el amo podía mostrarse conciliador con este Sergio de la gleba.
       —Vamos ver —dijo—. ¿Qué puedo hacer yo por usted?
       No dije nada, de momento. No esperaba que mi petición fuera una respuesta. Yo venía a hacer preguntas, todas ensayadas de antemano. ¿Qué puede hacer la tierra firme por un náufrago? Era todo lo que se me ocurría ahora. ¿Encontrarnos en la orilla? ¿Echarme un cabo? ¿Olvidarme detrás del horizonte? Me decidí por pedir lo más fácil. ¿O fue lo más difícil?
       —Quisiera ver, si puede, que me hiciera el favor, usted, de que me aumenten, a mí, el suelo, el sueldo. De ser posible, claro.
       Hablé con la construcción gramatical exacta para producir en el castellano la idea de respeto y jerarquía y necesaria distancia. Todo lo que predispone a la caridad, pública y privada. Pero no hubo respuesta. No inmediata. Ése es el secreto de los grandes hombres. De los pequeños grandes hombres también. Conocen el precio y el valor de todo, aun de las palabras. Y del silencio, como los músicos. Y de los gestos. Como los actores o los budistas. Solaún, como en una ceremonia religiosa, sacó una funda de cuero de cerdo de un bolsillo interior y extrajo con tanta lentitud como cuidado sus espejuelos bifocales. Se los puso pausadamente. Me miró, miró el block en blanco (¿o miró en blanco el block?) que tenía sobre la carpeta, tomó con calma una pluma inútil de un tintero innecesario, porque tintero y pluma, negros, eran como el grabado, la perla, el estuche de tabacos, el portacartas y el cortapapeles, otro adorno. Consiguió en ese momento hacer silencio. Habría podido, yo, oír todos los ruidos de la Creación, sin embargo no oía más que el rumor refrigerante del aire acondicionado, el rascante tatuaje de la pluma maorí sobre el papel blanco y el viento fenomenal que creaba en sus tripas de la tarde los gases de la digestión. Habló la esfingerente.
       —¿Cuánto gana ustez?
       —Veinticinco a la semana.
       Hubo otro silencio que me pareció definitivo. Esta vez le tocaba el turno al olfato, pero apenas había que oler sino el tenue aroma comercial de la Guerlain en el pañuelo azul, que salía como raya del horizonte sartorial un poco más arriba de la costa del bolsillo de la pechera. Creo que fue entonces, por simpatía metafórica, que comencé a mirar con ojo atento la obra maestra de la litografía que maridaba el grabado cartográfico, los temas exóticos y la mariconería. Su mano actual, ya hecha (ante aquel objetivo tonsorial mis manos eran el feto impensado de una mano y la mano del artista anónimo que grabó con perfección la escena de tragedia romántica que un día será alegoría, esa mano hecha ya polvo y olvido, era la no idea de una mano, según el concepto de una mano que tiene su manicura) empuñaba grotesca la pluma como una espada comercial y ambas subían y bajaban con precisión falsa por gratuita. De no haber sido ése el comienzo del momento de la vista y de las reflexiones marinas, habría oído los rumores de la suma, ya que tengo tan buen oído como ojo. En realidad, si fuera más modesto yo sería el autor de Cuadros en una Exposición y no Mussorgsky. Un movimiento visiblemente sonoro me sacó de esta ilusión digna (o calcada) de Bustrófedon.
       Solaún y Zuleta, Viriato-Senador vitalicio de la República, hombre de negocios presidente de honor del Centro Vasco y del Centro de Dependientes, socio fundador del Habana Yacht Country Club, primer accionista de Parelimport y administrador gerente de Publicaciones Solaz, S. A., que en la Guía Social de La Habana era una página entera, con hijos, hijas, nueras, yernos y nietos y sobrinos y sobrino-nietos, convenientemente ilustrada con fotos del grupo familiar, habló de nuevo y por fin:
       —¿Veinticinco a la semana? Pero hombre, Ribot, eso son cien pesos al mes.

       Antes de tocar me miré las manos: tenía una medialuna negra en cada uña. Bajé las escaleras otra vez. Era la segunda vez que lo hacía. La otra vez vi que tenía los zapatos llenos de fango y bajé a limpiarlos en la calle. Lo que fue una mala idea después de todo. El zapato izquierdo casi soltó el tacón y tuve que asegurarlo taconeando como un vesánico en la acera. No conseguí apretar el tacón, pero sí que una vieja que paseaba un perro se parara a verme desde la acera de enfrente. «Soy la respuesta cubana a Fred Astaire», le grité, pero hizo como si no oyera: fue el perro quien respondió ladrando como otro loco más en aquel pedazo tranquilo de calle. Ahora busqué abajo hasta que encontré un palito y me limpié las uñas con cuidado. Volví a subir los escalones de mármol, lentamente, mirando con atención el jardín cuidado, admirando la blanca fachada de piedra de cantería. Cuando llegué arriba pensé que lo mejor era volver otro día, pero ya tenía agarrado el aldabón y además, ¿podría volver? Casi no tenía fuerzas hoy.
       Llamé una vez. Quise llamar suave, con cuidado, pero el llamador se me fue de la mano y sonó como un tiro: era un trozo, pesado, de bronce. No venía nadie. Mejor que me vaya. Volví a llamar, esta vez dos veces, más suave. Creo sentir que venía alguien, pero la puerta se abrió mucho después. La abrió un tipo de uniforme.
       —¿Qué quieres —me dijo, como diciéndome que había llamado tres veces de más, y añadió con un tono que estaba sin duda más cerca del desprecio que del amor—: Tú?
       Empecé a buscar en los bolsillos el papel que traía. No lo encontraba. Saqué una transferencia y la dirección del profesor de dicción y fonética Edelmiro Sanjuán y la última carta de mi madre, sin sobre, arrugada. ¿Dónde metería el papelito? El hombre estaba esperando y parecía más capaz de cerrarme la puerta en la cara que de tener paciencia. Lo encontré al fin y se lo di y lo cogió con un gesto antiséptico. Creyó que ahí acabaría todo. Le dije para quien era y que tenía respuesta.
       —Espere aquí —me dijo y cerró la puerta. Miré bien el aldabón. Era la amputada garra de un león de bronce, que con largas uñas de bronce apretaba una bola de bronce. Debía ser importado del Bronx. Oí que unos niños jugaban en algún lado, gritando nombres. En los árboles del parque había un pájaro cantando tiatira tiatira con un graznido. No hacía calor, aunque parecía que iba a llover por la tarde. La puerta se abrió de nuevo.
       —Que pase —dijo el tipo, contra su voluntad.
       Cuando entré lo primero que sentí fue un olor, sabroso, a comida. Pensé, si me invitaran a almorzar. Hacía por lo menos tres días que no comía más que café con leche y algunas veces pan con aceite. Vi frente a mí un hombre joven (cuando entré estaba a mi lado, pero me volví) de aspecto cansado, pelo revuelto y ojos opacos. Estaba mal vestido, con la camisa sucia y la corbata que no anudaba bien separada del cuello sin abrochar sin botón. Le hacía falta afeitarse y por los lados de la boca le bajaba un bigote lacio y mal cuidado. Levanté la mano para dársela, al tiempo que inclinaba un poco la cabeza y él hizo lo mismo. Vi que sonreía y sentí que yo también sonreía: los dos comprendimos al mismo tiempo: era un espejo.
       El tipo (¿qué era: un mayordomo, secretario, el guardaespaldas?) me esperaba todavía al terminar el pasillo. Parecía impaciente o quizás aburrido.
       —Dice que se siente —dijo y me indicó una puerta que se abría a la izquierda como la sola escapatoria a la oscuridad del salón, donde presentí jarrones con flores artificiales, sillones mullidos, una mesa con revistas. La puerta abierta anticipaba la acogida del otro salón, iluminado. (Desde el salón oscuro me dio la impresión de que era luminoso). Entré. Vi que la luz se colaba por las ventanas: dos grandes puerta-ventanas abiertas de par en par. Había un sofá de paja manila tejida, complicado y una butaca de cuero marrón y un sillón Viena, y también un secreter de maderas preciosas y creo que una espineta o un piano barroco. De las paredes colgaban cuadros en marcos laboriosos. No vi su asunto o los colores porque la demasiada luz brillaba en el barniz y los velaba. Creo que había otros muebles y antes de sentarme con la definida impresión de que entraba en un anticuario sucedieron tres cosas simultáneamente o una muy cerca de la otra. Oí un sonido vibrante, tenso y luego, estruendosa, una palmada, oí un disparo y vi cómo una mano y un brazo uniformado cerraban la puerta.
       Me senté pensando que alguien llamaba afuera y cuando estuve cómodo (me di cuenta que estaba realmente fatigado, casi con náuseas) vi el angelito. Era una estatua de baccarat o de biscuit o de porcelana opaca, sobre un pedestal del mismo material o de yeso. Era un ángel fuerte, con un halo arriba y detrás. Tenía en una mano un libro abierto y el pie izquierdo sobre un manto de rocas y el derecho en la base, que debía figurar la tierra, y una sola mano levantada al cielo. Lo que más me llamó la atención fue el librito color de turrón (la estatuita era policromada), con aspecto de mazapán, casi comestible. Sentí tal hambre (esa mañana no había tomado más que un café solo en la esquina) que me habría comido el librito si el ángel me lo hubiera ofrecido. Decidí olvidarlo.
       Aunque lo habría olvidado sin decidirlo, porque la puerta se abrió y apareció una muchacha, una mujer muy joven, que me miró sin extrañarse. Estaba mojada de pies a cabeza, es más, chorreaba agua por el pelo negro encolado al cráneo, a la cara y por brazos y piernas. Tenía una cara de pómulos altos, anchos, con una barbilla cuadrada, partida en la punta, una boca larga, gruesa, la nariz chata, de puente alto y los ojos grandes y negros y pestañas y cejas más negras todavía. Hubiera sido bella, si no fuera por la frente que era demasiado alta y abombada y masculina. Sacaba la lengua para chupar el agua o para mitigar el es fuerzo de atarse la parte de arriba del bikini amarillo que llevaba por toda ropa. Perdió uno de los cordones del lazo y aguantó el ajustador con la axila derecha, mientras dejaba la mano izquierda atrás. Era de estatura media, de muslos arqueados delante y piernas llenas. Estaba muy tostada, aunque nunca fue blanca. Miró de nuevo, con la mandíbula pegada al pecho, como si sujetara una imaginaria toalla elusiva con la quijada.
       —¿Vite a Grabiel? —me preguntó y debió ver sólo mi asombro, porque dio media vuelta y sin esperar la respuesta se fue, dejando la puerta abierta. Vi que se quitaba el sostén de la trusa finalmente. Tenía una espalda larga, tostada y brillante, con una canal de carne honda que bajaba hasta el pantalón. Me levanté y cerré la puerta. Antes de cerrarla oí otro aldabonazo, otro disparo.
       No me había sentado, cuando de nuevo la puerta se abrió. Casi pensé, otro visitante inesperado, pero no, no lo pensé finalmente: era él. Traía mi papel en la mano. Me miró o trató de mirarme, porque yo estaba de pie entre él y las ventanas abiertas. No me saludó, sino que levantó el papel en la mano.
       —Esto es-s su-suyo —no lo dijo ni lo preguntó, pero no me extrañó su tono mediocre ni el tartamudeo (inesperado: yo esperaba otra voz, tal vez más autoritaria o más viril: se contaban de él tantas historias que parecían siempre leyendas o chismes) ni que caminara hacia mí con el papel levantado como un índice indagador ni que no me tuteara (todos lo habían hecho en la casa) ni fuera insolente: lo que me pasmó fue que trajera en la mano izquierda una larga, negra pistola. Avanzó hasta mí y pensé tenderle la mano y estrechar la suya, ¿pero cuál? Siguió hasta la ventana y la cerró: con ella tapó las voces de los niños, el canto y graznido del pájaro y la luz: la tarde. Luego se sentó en frente. Se dio cuenta de que no lo miraba, que me fascinaba el arma en su mano.
       —Tiro al blanco —dijo, sin explicar nada. No era joven, tampoco era viejo: estaba envejecido. Nunca lo había visto en persona: nada más que en la televisión, de pasada, comiendo perros calientes uno tras otro, mientras anunciaba una marca de salchichas. Eso ocurrió hace tiempo y ahora era una celebridad, un magnate, un líder político. Los perros los comía de verdad, porque estaba gordo, indecentemente. Vestía un pull-over blanco y shorts azul celeste y alpargatas de fantasía de color azul marino. Llevaba espejuelos y un bigote despeluzado («inglés», decían los periódicos al describirlo) y tenía el pelo más rizo y más claro que en la televisión. Se parecía a Groucho Marx, pero se veía bien que tenía de negro. «Un ruso», me dijo alguien. «Un mulato ruso». Sus ojos eran pequeños y mezquinos, también astutos.
       —Así que tú eres el hijo de María —dijo ahora, sin declarar nada.
       —Así dicen —dije yo, sonriendo. No me sonrió.
       —Tú quieres algo.
       —Sí —le dije—. Quiero una orientación.
       —¿Cómo? —era su primera pregunta. Iba a responder cuando oí que de mi boca salía un chorro de música: violento, incontenible, rítmico. Era un rocanrol que sonaba en alguna parte de la casa, debajo de mi asiento, creo. No esperó a encontrar la fuente de la música: sabía más. Se levantó y se disparó hacia la puerta. La abrió con la mano derecha (me pregunté dónde habría dejado el papelito) y gritó, gesticulando con la otra mano y la pistola, vociferando por encima de la música que entraba por la puerta comprimiendo todo el aire contra el fondo del cuarto:
       —¡Maga!
       La música seguía su ritmo ondulante, bárbaro.
       —¡Maga!
       Creo que oí una voz humana por entre las guitarras eléctricas, los saxofones en celo y los aullidos de algún Elvis Presley traducido al español.
       —¡Magalena cOÑo!
       La música bajó y se quedó como un fondo discreto para aquella dulce voz inocente.
       —¿Qué Pipo? Tan pronto como dijo Pipo supe que él no era su padre.
       —Esa cosa —dijo él.
       —¿Cuála? —dijo ella.
       —La música. —¿Qué pasa con la música? ¿No te gusta?
       —Sí vidita, pero no tan alto, plis.
       —Yestá bajita —dijo ella, siempre una voz en algún lugar de la casa.
       —Bien —dijo él y cerró la puerta.
       Volvió a sentarse y volvió a mirarme. Esta vez noté algo raro en su mirada. No raro, sino esquinado. Traté de hacerle recordar el punto en que el discurso musical sustituyó mi nota biográfica.
       —Pues sí: necesito una orientación.
       —Pero de qué clase —dijo él, de nuevo apagada su voz, chata.
       —No sé. No sé, realmente, qué hacer con mi vida. No pude seguir en el pueblo. Allá no hay futuro para nadie. – Y qué vas hacer.
       —Eso quiero saber. Querría que usted me ayudara. Quisiera estudiar.
       No lo pensó mucho.
       —Dónde. Escuelas hay dondequiera. Qué quieres estudiar.
       —Teatro. —¿Actor, tú?
       —No, quiero ser escritor de teatro, de tevé.
       Dije así, tevé. Me movía el péndulo de la ilusión, entre el ridículo y el hambre.
       —Pero tú sabes lo que es esa vida. Hay mucha depravación. Eso no sirve para un muchacho de campo como tú.
       —No crea, he corrido mundo. También he escrito.
       Debía haberle dicho que corrí el mundo desde mi pueblo hasta La Habana, que aquí terminó mi impulso, que escribí un libro de sonetos y unos cuentos. Pero no se lo dije: el hambre no me dejó: la había aguantado bien hasta este momento, olvidada en el mediodía que cada vez se hacía más caliente dentro del cuarto cerrado. Miré de nuevo al ángel y el hambre creció. Si el libro de mazapán fuera de verdad comestible, si en vez de hojas tuviera hojaldre. Miré al ángel cara a cara. Parecía ofrecerme su libro abierto. Luego lo miré a él y creí ver que sonreía. ¿El hambre beatifica?
       —Ah ah s-sí —dijo y me sorprendió que gagueara en dos palabras.
       Había conversado conmigo todo este tiempo sin hacerlo. Me di cuenta que me tuteaba, no porque empezara a tutearme ahora sino por el cambiado tono de su voz.
       —Sí. ¿No vio el papel? Estaba en verso.
       En realidad no vio ni oyó nada.
       —¿Qué te parece? —me preguntó con una pregunta.
       —¿Qué cosa? —vagamente pensé que hablaba de la poesía.
       Se sonrió por primera vez.
       —Ella.
       —¿Quién?
       —Magalena.
       Me preguntaba por la muchacha: la que detonaba rocanroles arriba era la misma que se bañaba en la piscina del patio y la que buscaba algún Gabriel que debía ser el tipo de uniforme. Estuve a punto de preguntarle si era su hija, por curiosidad, para ver qué decía. No me dejó preguntar.
       —Verdad que está bien.
       No sabía qué decir y dije lo más simple.
       —Sí claro.
       —¿Te gusta?
       —¿Ella? ¿A mí?
       —¿Quién si no y a quién otro? Pero algo tenía que decir. Lamento decir que eso fue lo que dije.
       —Claro, a ti. A mí me gusta mucho, claro.
       —A mí, no sé. No la vi bien, apenas la vi.
       —Pero ella estuvo aquí, hablando contigo.
       —No, ella vino, abrió la puerta, preguntó por un tal Gabriel y se fue sin cerrar la puerta —añadí algo que fue como para morirse de risa, que es mejor que morir de hambre—: Chorreaba agua —pero lo tomó en serio:
       —Sí y dejó manchada de agua toda la sala y la escalera y arriba.
       Pareció sumirse en una meditación hidráulica, pero volvió al tema inmediato.
       —Bueno, te gusta o no te gusta.
       —Quizás sí —dije, tímidamente. Soy del campo. Se puso de pie. Algo lo molestaba.
       —Bueno, vamos acabar. Qué es lo que tú q-quieres.
       —Una ayuda en la vida —creo que me puse dramático—. Estoy cerrado. En el pueblo no puedo seguir. Aquí estoy sin dinero, llevo días enteros a café con leche nada más. Si no me ayudan no me queda más que el suicidio, porque a mi pueblo yo no vuelvo.
       —Tu nombre es Antonio.
       Pensé que me preguntaba.
       —No, Arsenio.
       —No, digo que tu verdadero nombre es Antonio, que tú eres San Antonio.
       —No entiendo. ¿Por qué?
       —Ya entenderás. Tú quieres una ayuda.
       —Sí —dije.
       —Bueno, te la voy a dar —dijo y levantó la pistola y apuntó para mí.
       Estaba a menos de dos metros. Disparó. Sentí un golpe en el pecho y un empellón en el hombro y una patada salvaje en la boca del estómago. Luego oí los tres disparos que me parecieron llamadas a la puerta. Me aflojé todo y caí para delante, sin ver ya, mi cabeza golpeando, duro, el brocal de un pozo que había en el suelo y caía dentro.


Ella cantaba boleros

      Yo conocí a la Estrella cuando se llamaba Estrella Rodríguez y no era famosa y nadie pensaba que se iba a morir y ninguno de los que la conocían la iba a llorar si se moría. Yo soy fotógrafo y mi trabajo por esa época era de tiraplanchas de los cantantes y la gente de la farándula y la vida nocturna, y yo andaba siempre por los cabarets y nite-clubs y eso, haciendo fotografías. Me pasaba toda la noche en eso, toda la noche y toda la madrugada y también toda la mañana. A veces no tenía nada qué hacer, había terminado mi guardia en el periódico y, a las tres o las cuatro de la mañana, me iba para El Sierra o para Las Vegas o al Nacional y por ahí, a conversar con un animador amigo mío o a mirar a las coristas o a oír las cantantes y a envenenarme con el humo y el olor rancio del aire acondicionado y la bebida. Así que así era yo y no había quien me cambiara, porque pasaba el tiempo y me ponía viejo y los días pasaban y se convertían en fecha y los años se convertían en efemérides y yo seguía así, quedándome con las noches, metiéndolas en un vaso con hielo o en un negativo o en el recuerdo.
       Una de estas noches yo llegué a Las Vegas y me encontré con toda esa gente que no había quién las cambiara y una voz zambullida en la oscuridad me dijo, Fotógrafo, siéntate aquí y toma algo, que yo pago, y era nada menos que Vítor Perla. Vítor tiene una revista que se dedica a poner muchachitas medio encueros y a decir: Una modelo con un futuro que salta a la vista o las poderosas razones de Tania Talporcual o la BB cubana dice que es Brigitte la que se parece a ella y cosas parecidas, que no sé de dónde sacan porque deben de tener un almacén de mierda en el cerebro para poder decir tantas cosas de una chiquita que ayer nada más era manejadora o criadita o trabajaba en Muralla y hoy está luchando con todo lo que tiene para destacarse. Ya ven, ya estoy hablando como ellos. Pero por alguna razón misteriosa (y si yo fuera un redactor de chismes en vez de las eses de misterioso pondría dos signos de peso). Vítor había caído en desgracia, fue por eso que me asombré de que todavía tuviera tan buen humor. Mentira, lo primero que me asombró es que todavía estuviera suelto y me dije, Este mierda todavía flota, y se lo dije. Bueno, quiero decir que le dije, Gallego, eres un corcho español, y él sin perder la calma me contestó muerto de risa, Sí, pero tengo que tener algún plomo clavao adentro, porque ando medio escorao. Y nos pusimos a hablar y él me contó muchas cosas, me contó casi todas sus desgracias, pero no las voy a repetir aquí porque él me las contó en confidencia y yo soy un hombre y no voy a andar chismeando. Además, los problemas de Vítor son sus problemas y si él los resuelve, mejor para él y si no pues, Uruguay, Vítor Perla. La cuestión es que me cansé de oírle contar sus desgracias y como ponía su cara torcida y no tenía gana de ver una boca fea, cambié de conversación y empezamos a hablar de otras cosas, como mujeres y eso, y de pronto me dijo, Te voy a presentar a Irena y no sé de dónde sacó una rubita chiquitica, preciosa, que se parecía a Marilyn Monroe si a Marilyn Monroe la hubieran cogido los indios jibaros y hubieran perdido su tiempo poniéndole chiquita no la cabeza sino el cuerpo y todo lo demás, y cuando digo todo lo demás quiero decir todo lo demás. Así que sacó a Irena por un brazo como si la pescara del mar de la oscuridad y me dijo, mejor dicho, le dijo, Irena te presento al mejor fotógrafo del mundo, pero lo dijo queriendo decir que yo trabajaba en el periódico El Mundo, y la rubita se rió con ganas levantando los labios y enseñando los dientes como si se levantara el vestido y enseñara los muslos y tenía los dientes más bonitos que yo he visto en la oscuridad: unos dientes parejos, bien formados, perfectos y sensuales como unos muslos, y nos pusimos a hablar y a cada rato ella enseñaba sus dientes sin ningún pudor y me gustaban tanto que por poco le pido que me dejara tocarle los dientes, y nos sentamos a hablar en una mesa y eso y Vítor llamó al camarero y nos pusimos a beber, y al poco rato yo le había pisado con mucha delicadeza, como sin querer, un pie a la rubita y casi no me di cuenta que se lo había pisado por lo chiquito que lo tenía, pero ella se sonrió cuando yo le pedí perdón y al poco rato le había cogido una mano, que se viera que era con querer y la mano se me perdió en mi mano y la estuve buscando como una hora por entre las manchas amarillas del hipo que yo muy charlesboyerescamente hacía pasar por manchas de nicotina y eso, y ya después, cuando encontré su mano y la acaricié sin pedirle perdón yo la estaba llamando Irenita que era el nombre que más le pegaba y nos besamos y eso, y cuando vine a ver, ya Vítor se había levantado, muy discreto él y así estuvimos allí un rato tocándonos, apretados, allí sumergidos en la oscuridad besándonos, olvidados de todo, de que el show se había acabado, de que la orquesta estaba tocando para bailar, de que la gente bailaba y bailaba y se cansaba de bailar y de que los músicos empaquetaban sus instrumentos y se iban y de que nosotros nos quedábamos solos allí, ahora profundamente en la oscuridad, no ya en la penumbra vaga como canta Cuba Venegas, sino en la penumbra profunda, en la oscuridad cincuenta, cien, ciento cincuenta metros por debajo de la superficie de la luz nadando en la oscuridad, mojados, besándonos, olvidados, besos y besos y besos, olvidándonos, sin cuerpo, solamente con bocas y con dientes y con lengua solamente, perdidos entre la baba de los besos, ahora silentes, silenciosos, húmedos, oliendo a saliva sin siquiera sentirlo, hinchados, besándonos, besándonos, chico, idos del mundo, absolutamente en órbita. De pronto, ya nos íbamos. Fue entonces cuando la vi por primera vez.
       Era una mulata enorme, gorda gorda, de brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque del agua que era su cuerpo. Le dije a Irenita, le pregunté a Irenita, le dije, Quién es la gorda, porque la mujer parecía dominar absolutamente el chowcito-y ahora tengo que explicar qué es el chowcito. El chowcito era el grupo de gente que se reunía a descargar en la barra, pegados a la vitrola, después que terminaba el último show y que descargando se negaban a reconocer que afuera era de día y que todo el mundo estaba ya trabajando hace rato o entrando al trabajo ahora mismo, todo el mundo menos este mundo de la gente que se sumergía en las noches y nadaba en cualquier hueco oscuro, aunque fuera artificial, en este mundo de los hombres rana de la noche. Pues allá en el centro del chowcito estaba ahora la gorda vestida con un vestido barato, de una tela carmelita cobarde que se confundía con el chocolate de su piel chocolate y unas sandalias viejas, malucas, y un vaso en la mano, moviéndose al compás de la música, moviendo las caderas, todo su cuerpo de una manera bella, no obscena pero sí sexual y bellamente, meneándose a ritmo, canturreando por entre los labios aporreados, sus labios gordos y morados, a ritmo, agitando el vaso a ritmo, rítmicamente, bellamente, artísticamente ahora y el efecto total era una belleza tan distinta, tan horrible, tan nueva que lamenté no haber llevado la cámara para haber retratado aquel elefante que bailaba ballet, aquel hipopótamo en punta, aquel edificio movido por la música y le dije a Irenita, antes de preguntarle el nombre, interrumpiéndome cuando preguntaba el nombre, al preguntarle el nombre, Es la salvaje belleza de la vida, sin que me oyera naturalmente, sin que me entendiera si me había oído, naturalmente y le dije, le pregunté, le dije, Quién es, tú. Ella me dijo con un tono muy desagradable, Es la caguama que canta, la única tortuga que canta boleros, y se rió y Vítor pasó entonces por mi lado del lado de la oscuridad y me dijo bajito al oído, Ten cuidado que es la prima de Moby Dick, La Ballena Negra, y me alegré de estar alegre, de haber tomado dos o tres tragos, porque pude agarrar a Vítor por su brazo de dril cien y decirle, Gallego de mierda, eres un discriminador de mierda, eres un racista de mierda, culo: eres un culo, y él me dijo, Te lo paso porque estás borracho, no me dijo más que eso y se metió como quien pasa entre unas cortinas en la oscuridad del fondo. Me acerqué y le pregunté que quién era ella y me dijo, La Estrella, y yo le dije, No, no, su nombre, y ella me dijo, La Estrella, yo soy la Estrella, niño, y soltó una carcajada profunda de barítono o como se llame la voz de mujer que corresponde al bajo pero que suena a barítono, contralto o cosa así, y me dijo sonriendo, Me llamo Estrella, Estrella Rodríguez para servirle, me dijo y me dije, Es negra, negra negra, totalmente negra, y empezamos a hablar y pensé qué país más aburrido sería éste si no hubiera existido el padre Las Casas y le dije, Te bendigo, cura, por haber traído negros del África como esclavos para aliviar la esclavitud de los indios que de todas maneras ya se estaban acabando, y le dije, Cura te bendigo, has salvado este país, y le dije otra vez a Estrella, La Estrella yo la amo a usted, y ella se rió a carcajadas y me dijo, Estás completamente borracho, yo protesté y le dije, No, borracho no estoy, le dije, estoy sobrio, y ella me interrumpió, Estás borracho como carajo, me dijo y yo le dije, Usted es una dama y las damas no dicen malas palabras, y ella me dijo, Yo no soy una dama, yo soy una artista coño, y yo la interrumpí y le dije, Usted es La Estrella, bromeando le dije y ella me dijo, Pero estás borracho y yo le dije, Estoy como una botella, le dije, estoy lleno de alcohol, pero no borracho, y le pregunté, Están borrachas las botellas, y ella dijo, No, qué va, y se rió de nuevo, y yo le dije, Pero por sobre todas las cosas, la amo La Estrella, me gusta usted más que todos los demás aparatos juntos, prefiero La Estrella a la montaña rusa, al avión del mar, a los caballitos, y ella se rió de nuevo a carcajadas, se bamboleó y finalmente se golpeó uno de los muslos infinitos con una de sus manos interminables y el chasquido rebotó en las paredes como si el cañonazo de las nueve se disparara, por la mañana, en aquel bar, y entonces ella me preguntó, Con la pasión, y yo le dije, Con pasión y con locura y con amor, y ella me dijo, No, no, yo decía que si con mi pasión si con la pasa, y se llevó las manos a la cabeza queriendo decir con su pelo, y yo le dije, A usted entera, y pareció de pronto la criatura más feliz sobre la tierra. Fue entonces que yo le hice la gran, única, imposible proposición a La Estrella. Me acerqué y muy bajito, al oído, le dije, La Estrella quiero hacerle una proposición deshonesta, le dije, La Estrella vamos a tomar algo, y me dijo, En-can-ta-da, y se bebió de un trago, el trago que tenía en la mano, tiró dos pasillos de chachachá para llegar al mostrador y le dijo al cantinero, Muñecón, de lo mío, y yo le pregunté, Qué es de lo mismo, y ella me respondió, No, de lo mismo no, de lo mío, que no es lo mismo que de lo mismo, y se rió y dijo, Lo mío es lo que toma La Estrella y nadie más puede tomarlo, te enteraste, y se volvió a reír a carcajadas que sacudían sus enormes senos como un motor sacude cancaneando los guardafangos de un camión viejo.
       Entonces una manito me agarró por un brazo y era Irenita. Te vas a quedar toda la noche, me preguntó, ahí con la gorda, y yo no le contesté y volvió a preguntarme, Te quedas con la gorda, y le dije, Sí, nada más que sí, y no dijo nada pero me clavó las uñas en la mano y entonces La Estrella se rió a carcajadas, muy superior, segura de ella misma y me cogió la mano y me dijo, Déjala, las gatas están mejor en el tejado, y le dijo a Irenita, Esta niña, vamos, súbete en una silla, y todo el mundo se rió, hasta Irenita, que se rió por compromiso, por no quedar mal, por no hacer el ridículo, y que enseñó dos huecos de las muelas que le faltaban detrás de los colmillos de arriba cuando se reía.
       En el chowcito siempre había show después que se acababa el show y ahora había una rumbera bailando al son de la vitrola, la rumbera se quedaba en el aire y daba unos pasillos raros, largos, con su cuerpo tremendo y alargaba una pierna sepia, tierra ahora, chocolate ahora, tabaco ahora, azúcar, prieta ahora, canela ahora, café ahora, café con leche ahora, miel ahora, brillante por el sudor, tersa por el baile, en este momento dejando que la falda subiese por las rodillas redondas y pulidas y sepia y canela y tabaco y café y miel, sobre los muslos largos, llenos, elásticos y perfectos y su cara se echaba hacia atrás, arriba, a un lado, al otro, izquierda y derecha, atrás de nuevo, atrás siempre, atrás golpeando en la nuca, en la espalda escotada y radiante y tabaco, atrás y alante, moviendo las manos, los brazos, los hombros de una piel de increíble erotismo, increíblemente sensual, increíble siempre, moviéndolos por sobre los senos, al frente, sobre los senos llenos y duros, sueltos evidentemente, parados evidentemente, evidentemente suaves: la rumbera sin nada debajo, Oliva, se llamaba, se llama todavía por Brasil, ya sin pareja, suelta, libre ahora, con la cara de una niña terriblemente pervertida increíblemente inocente también, inventando el movimiento, el baile, la rumba ahora frente a mis ojos: todo el movimiento, toda África, todas las hembras, todo el baile, toda la vida, frente a mis ojos y yo sin una maldita cámara, y detrás de mí La Estrella que lo veía todo y decía, Te gusta, te gusta, y se levantó del trono de su banqueta y cuando la rumbera no había acabado todavía, fue hasta el tocadiscos, hasta el chucho, diciendo, Tanta novelería, lo apagó, lo arrancó casi con furia, como echando espuma de malas palabras por la boca y dijo, Se acabó, ahora viene la música. Y sin música, quiero decir sin orquesta, sin acompañante, comenzó a cantar una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso, y apenas me dejó acordarme del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental, fingido sentimiento en la canción, nada de bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz y de pronto me estremecí. Hacía tiempo que algo no me conmovía así y comencé a sonreírme en alta voz, porque acababa de reconocer la canción, a reírme, a soltar carcajadas porque era Noche de ronda y pensé, Agustín no has inventado nada, no has compuesto nada, esta mujer te está inventando tu canción ahora: ven mañana y recógela y cópiala y ponla a tu nombre de nuevo: Noche de ronda está naciendo esta noche.
       La Estrella cantó más. Parecía incansable. Una vez le pidieron que cantara la Pachanga y ella, detenida, un pie delante del otro, los rollos sucesivos de sus brazos sobre el gran oleaje de rollos de su cadera, golpeando el suelo con una sandalia que era una lancha naufragando debajo del océano de rollos de sus piernas, golpeando, haciendo sonar el bote contra el suelo, repetidamente, echando la cara sudada, la jeta de animal salvaje, de jabalí pelón, los bigotes goteando sudor, echando por delante toda la fealdad de su cara, los ojos ahora más pequeños, más malvados, más ocultos bajo las cejas que no existían más que como dos viseras de grasa donde se dibuja con un chocolate más oscuro las líneas de las cejas de maquillaje, toda su cara por delante del cuerpo infinito, respondió, La Estrella no canta más que boleros, dijo y añadió, Canciones dulces, con sentimiento, del corazón a los labios y de la boca a tu oreja, nena, para que lo sepas, y comenzó a cantar, Nosotros, inventando al Malogrado Pedrito Junco, convirtiendo su canción plañidera en una verdadera canción, en una canción vigorosa, llena de nostalgia poderosa y verdadera. Cantó más La Estrella, cantó hasta las ocho de la mañana, sin que nosotros supiéramos que eran las ocho de la ma ñana hasta que los camareros empezaron a recogerlo todo y uno de ellos, el cajero dijo, Lo sentimos, familia, y quería decir de veras, familia, no decía la palabra por decirla, decir familia y decir otra cosa bien diferente de familia, sino que quería decir familia de verdad, dijo: Familia, tenemos que cerrar. Pero antes, un poco antes, antes de eso, un guitarrista, un buen guitarrista, un tipo flaquito, chupado, un mulatico sencillo y noble, que no tenía trabajo porque era muy modesto y muy natural y muy bueno, pero un gran guitarrista, que sabía cómo sacar melodías extrañas de una canción de moda por barata y comercial que fuera, que sabía pescar sentimiento del fondo de la guitarra, que de entre las cuerdas podía extraerle la semilla a cualquier canción, a cualquier melodía, a cualquier ritmo, a ese que le falta una pierna y tiene una pata de palo y una gardenia en el ojal, siempre, al que decíamos, cariñosamente, en broma, el Niño Nené, imitando a los niños cantaores de flamenco, el Niño Sabicas o el Niño de Utrera o el Niño de Parma, el Niño Nené, dijo, pidió, Déjame acompañarte en un bolero, Estrella, y La Estrella le respondió muy altanera, llevándose la mano al pecho y dándose dos o tres palmadas sobre las tetas enormes, No, Niñito, le dijo, La Estrella canta siempre sola: a ella le sobra la música. Después fue que cantó Mala noche, haciendo su luego famosa parodia de Cuba Venegas, en que todos nos moríamos de risa y después fue que cantó Noche y día y después fue que el cajero nos pidió que nos fuéramos. Y como ya la noche se había acabado, nos fuimos.
       La Estrella me pidió que la llevara a su casa. Me dijo que la esperara un momento que iba a buscar una cosa y lo que hizo fue recoger un paquete, y cuando salimos que montamos en mi máquina que es un carrito de esos deportivos, inglés, ella que aún no había podido acomodarse bien, metiendo sus trescientas libras en el asiento en que no cabía uno de sus muslos solo, me dijo, dejando el paquete en el medio, Son unos zapatos que me regalaron, y la miré y me di cuenta de que era pobre como carajo, y arrancamos. Ella vivía con un matrimonio de actores, quiero decir con un actor que se llamaba Alex Bayer. El tipo este no se llama así realmente, sino Alberto Pérez o Juan García o cosa así, pero él se puso eso de Alex Bayer, porque Alex es un nombre que esta gente siempre usa y el Bayer lo sacó de la casa Bayer, esa que fabrica calmantes, el caso es que a este tipo no le decían, alguna gente, la gente de la cafetería Radiocentro, por ejemplo, sus amigos no le decían Alex Bayer de la manera que él pronunciaba A-leks Bay-er cuando terminaba un programa, sino que le decían, como le dicen todavía, le decían Alex Aspirina, Alex OK, Alex Mejoral y cosas por el estilo, y todo el mundo sabía que es maricón, de manera que vivía con un médico en su casa como un matrimonio reconocido y salían a todas partes juntos, a toditas las partes juntitos, y allí en su casa ella, La Estrella, vivía en su casa, era su cocinera, su criada y les hacía la comidita y les tendía la camita y les preparaba el bañito, etceterita, y si ella cantaba era por gusto, por el puro placer de cantar, y ella cantaba porque le daba la gana, por el gusto de hacerlo en Las Vegas y en el Bar Celeste o en el Café Ñico o por cualquiera de los cafés o los bares o los clubes que hay alrededor de La Rampa. De manera que yo la llevaba a ella en mi carro, yo muy orondo en la mañana por las mismas razones pero al revés que otras gentes se hubieran sentido muy apenadas o muy molestas o simplemente incómodas de llevar aquella negra enorme allí en el carrito, exhibiéndola en la mañana con toda la gente a tu alrededor, con todo el mundo yendo al trabajo, trabajando, caminando, cogiendo las guaguas, llenando las calles, inundándolo todo: las avenidas, las calzadas, las calles, los callejones, abejeando por entre los edificios como zunzunes constantes, así. Yo la llevaba hasta la casa de ellos, donde ella trabajaba, ella, La Estrella, que era allí la cocinera, la criada, la sirvienta de este matrimonio particular. Llegamos.
       Era en una calle apartada del Vedado, con la gente durmiendo todavía, soñando todavía y todavía roncando, y estaba apagando el motor, dejando una velocidad puesta, sacando un pie del cloche, mirando las agujas nerviosas cómo regresaban al punto muerto de descanso, viendo el reflejo de mi cara gastada en los cristales de los relojes matutinamente envejecida, vencido por la noche, cuando sentí su mano sobre mi muslo: ella puso sus cinco chorizos sobre mi muslo, casi sus cinco salamis que adornan un jamón sobre mi muslo, su mano sobre mi muslo y vi que me cubría todo el muslo y pensé, La bella y la bestia, y pensando en la bella y la bestia me sonreí y fue entonces que ella me dijo, Sube, que estoy sola, me dijo, Alex y su médico de cabecera, me dijo y se rió con su risa que parecía capaz de sacar del sueño, de las pesadillas o de la muerte o de lo que fuese a todo el vecindario, me dijo, no están: se fueron a la playa, de wikén, sube que vamos a estar solos, me dijo. No vi nada en eso, no vi ninguna alusión a nada, nada sexual, nada de nada, pero le dije igualmente, No, tengo que irme, le dije. Tengo que trabajar, tengo que dormir, y ella no dijo nada, nada más que dijo, Está bien, y se bajó del carro, mejor dicho, inició la operación de salir del carro y media hora más tarde, saliendo yo de un pestañazo, oí que me dijo, ya en la acera, poniendo el otro pie en la acera (al agacharse amenazadoramente sobre el carrito a recoger su paquete con zapatos, se le cayó uno de los zapatos y no eran zapatos de mujer, sino unos zapatos viejos de muchacho, al recogerlos de nuevo) me dijo, Tú sabes, yo tengo un hijo, no como una excusa, ni como una explicación, sino como información simplemente, me dijo, Tú sabes, El bobo, tú sabes, pero lo quiero más, me dijo y se fue.

Primera
       usted se va a reír. No usted no se va a reír. Usted no se ríe nunca. Ni se ríe ni llora ni dice nada. Nada más se sienta ahí y toma nota. ¿Sabe lo que dice mi marido? Que usted es Edipo y yo soy la esfinge, pero que yo no pregunto nada porque no me interesan ya las respuestas. Ahora nada más que digo, Oye o te devoro, y cuento y cuento y cuento. Lo cuento todo. Hasta lo que no sé lo cuento. Por eso soy la esfinge ajita de secretos. Así dice mi marido. Muy culto mi marido, muy ingenioso mi marido, muy inteligente mi marido. En lo único en que falla es en que yo estoy aquí y él está allá, dondequiera que eso sea, y yo hablo y usted oye y cuando llega a casa él se sienta a leer o come y se pone a oír música en su cuarto, en eso que él llama el estudio, o me dice, Vístete que vamos al cine, y yo cojo y me visto y salimos de la casa y como él va manejando tampoco dice nada, nada más que mueve la cabeza o dice que sí o que no a todo lo que yo le pregunto.
       ¿Usted sabía que mi marido es escritor? Sí, claro que lo sabe, si usted lo sabe todo. Pero a que no sabe que mi marido escribió un cuento sobre ustedes. No, no lo sabe. Es muy ingenioso el cuento. Es el cuento de un psiquiatra que se hace rico, no porque tenga una clientela millonaria, sino porque cuanto sueño le cuentan él va y apunta un terminal. Que alguien le cuenta que soñó que veía una jicotea en un estanque, él va y llama a su apuntador y le dice, Pancho, $5 al 6. Que otra persona le cuenta que vio en sueños un caballo, él llama y dice, Pancho $10 al 1. Que todavía otra persona le cuenta que sueña con un toro metido en el agua y el agua estaba llena de camarones, él va y llama a Pancho y le dice, Viejo, $5 al 16 y $5 al 30 por la incidencia. Y este psiquiatra del cuento, siempre se saca los terminales porque sus clientes sueñan todas las veces con el número que va a salir y un día se saca la lotería y se retira y vive muy feliz el resto de sus días sacando crucigramas en su casa que es un palacio en forma de sofá. ¿Qué le parece? Simpático, ¿verdad? Pero usted no se ríe. A veces pienso que usted es quien es la esfinge. También mi marido se ríe poco. Él hace reír a los demás con sus cuentos y con su columna en el periódico, pero no se ríe mucho.
       ¿Usted sabe que yo también tengo un cuento sobre un psiquiatra? No, no lo sabe, porque nunca lo he escrito, porque éste es un cuento que nunca he contado más que a mi marido. Fue algo que me pasó la primera vez que se me ocurrió ir a un psiquiatra. ¿Fue la primera o fue la segunda vez? No, fue la primera. Sí fue la primera. Fui dos veces a la consulta. Este psiquiatra tenía música indirecta en la consulta. Imagínese música indirecta. Recuerdo que siempre se terminaba una pieza y pasaba un rato y uno podía reconocerla porque la estaban tocando de nuevo. Era como un sinfín. ¿Se dice un sinfín? La consulta comenzaba y allí estaba yo oyendo la música mientras esperaba mi turno y luego cuando me tocaba mi turno la música seguía sonando y todavía cuando me iba ya de noche y la recepcionista disfrazada de enfermera me sonreía adiós con sus dientes picados y me decía Hata luego, muy segura de que yo regresaba el próximo día de consulta, todavía esa dichosa música seguía sin parar. A veces eran tangos argentinos, dale que dale. O rumbas internacionales. O música realmente indirecta porque no sabía de dónde venía, no de qué parte de la casa venía, sino de qué parte del mundo venía. Ya yo llevaba dos turnos yendo allí a oír la música y oyendo aquel médico con cara de caimán y espejuelos pregunta y pregunta y preguntando. Y las cosas que preguntaba. Qué manera de hacer preguntas indiscretas. Perdóneme, pero yo creo que al revés del psiquiatra de mi marido, el psiquiatra del cuento de mi marido, este psiquiatra después que terminaba mi consultaba al fondo de la casa y se masturbaba o qué sé yo. A lo mejor cuando me iba, la enfermera entraba y él le contaba todo y ella se excitaba y allí mismo en el sofá se masturbaba con ella. Tengo una mente sucia, verdad. Eso dice mi marido. Pero todavía más sucia es la mente de aquel psiquiatra. El primer día me dio una libreta para que escribiera todo lo que se me ocurriera, en mi casa. Yo tenía que enseñársela luego. Era la escuelita otra vez. Yo me llevaba la libreta, apuntaba todo lo que se me ocurría, no lo que me ocurría, lo que pensaba, sino todo lo que se me ocurría, lo que pensaba o lo que pensaba que pensaba, y luego él lo leía, con mucha calma y lo leía una y otra vez y mientras leía se pellizcaba el labio, encima del labio donde tenía una raya negra que era el bigote y movía la cabeza para alante y para atrás. Cuando terminaba decía, Perfecto y no me decía más nada. A la tercera consulta, vino y se me sentó en el sofá, pegado a mis piernas. Me senté de un brinco y entonces me dijo, No tenga miedo, señora, me dijo. Soy la ciencia, me dijo. La ciencia, dije yo, me dije yo a mí misma, la ciencia del descaro es lo que usted es, pero no le dije nada, sino que me senté con las piernas muy juntas y con las manos en la rodilla. No miraba yo a ningún lado, nada más que para el piso y así estuvimos un momento, hasta que sentí que el hombre se levantaba y venía a sentarse casi encima de mí, a mi lado, pero tan pegadito a mí que parecía que se me había sentado en las piernas. Fue lo que me creí, se lo juro. Cerré los ojos y me levanté, pero no pude levantarme del todo y lo que hice fue una tontería. Me senté de nuevo en el sofá, pero un poco más lejos, y el hombre volvió a sentarse junto a mí y yo volví a separarme y sentarme un tanto más allá en el sofá y él volvió a pegarse a mí. Así estuvimos hasta que recorrimos todo el sofá y nadie dijo una palabra. El final del sofá me pareció un acantilado y me costaba tanto trabajo mantenerme sentada como si estuviera de veras al borde de un abismo. Entonces me levanté y no sé de dónde saqué una voz finita, viejísima para decirle al tipo, Doctor lo siento pero se le acabó el sofá, y cogí y me fui. Mi marido se moría de la risa cuando se lo conté y me dijo que estaba bueno para escribirlo, eso fue lo que me dijo. Pero cuando volví a sentirme así, como ahora, volvió con la matraquilla del psiquiatra, hasta que me hizo ir a otro psiquiatra. Éste era de la escuela de los reflejitos. Pavloviano como decía él. También era de la escuela del hinnotismo. Hipnótica, decía él. Se parecía a Valentino por las miradas que daba. Me estuvo así mirando como cosa de un mes. Ni me hacía apuntar cosas en la libreta, ni me acostaba en el sofá ni me enseñaba manchitas de tinta ni nada. Al final, como al mes y medio, me dijo, de sopetón, Usted necesita un hombre como yo. Estaba tan convencido como un candidato. Casi pareció que dijo, La Habana necesita un alcalde como yo. Se lo dije a mi marido, ¿y sabe lo que me dijo? Vas a tener que escribir un libro, me dijo, que se titule Mi psiquiatra, el sofá cama y yo. Gracioso mi marido. Sin embargo, es siempre él el que me manda al psiquiatra.
       ¿Usted es ortodoso, doctor? ¿Se dice or-to-do-xo? Se lo pregunto porque no veo sofá ni butacón junto a la pared ni nada por el estilo y yo sé que usted no es reflexólogo. Al menos usted no tiene mirada de pavloviano. Ah, ahora se sonríe. No, es serio, doctor, se lo digo en serio: Usted sabe, doctor, esta vez yo he venido a verlo por mi propio peso.

Ella cantaba boleros

       Eres injusto me dijo Alex y yo iba a protestar cuando me dijo, No, déjame hablar y después que sepas, verás que eres injusto, y yo lo dejé hablar, lo dejé hablar con su voz redonda, bella, bien cuidada, que decía todas las eses y todas las des y donde todas las eres eran eres y comencé a comprender mientras hablaba por qué era tan famoso actor de radio y por qué recibía miles de cartas femeninas todas las semanas y comprendía por qué rechazaba las proposiciones que le hacían y comprendí también por qué le gustaba conversar, contar, hablar: era un Narciso que dejaba caer sus palabras en el estanque de la conversación y se oía complacido en las ondas sonoras que creaba. ¿Fue su voz lo que le hizo homosexual? ¿O al revés? ¿O es que en cada actor hay escondido una actriz? Ah, yo no sirvo para hacer preguntas.
       Lo que dices no es cierto, me dijo, nosotros, dijo y nunca pasó de ahí, nosotros no somos los amos de Estrella o de La Estrella como sé que tú dices. En realidad de verdad somos las ovejas de Polifemo. (Lindo ¿verdad? Pero había que oírlo). Ella hace y deshace en casa. No es criada ni cosa parecida, sino un huésped no invitado: llegó un día hace seis meses porque la invitamos una noche que la oímos cantar en el Bar Celeste: yo la invité, a tomar un trago con nosotros. Se quedó a dormir esa madrugada y durmió todo el día y por la noche se fue sin decir nada, pero a la mañana siguiente estaba en la puerta tocando para que le abrieran. Subió, se acostó en el cuarto que le dimos, que era el cuarto mío de pintar, incidentalmente, que mudé para el cuarto de criados de la azotea, después que ella despidió a la criada que teníamos desde hace añísimos, aprovechándose de que estábamos de vacaciones, y trajo a la casa un cocinero, un negrito que la obedecía en todo y con el que salía todas las noches. ¿Te das cuenta? Él le llevaba el neceser, que en ese tiempo podía ser una cartera comando vieja o una jaba de El Encanto, y salían a recorrer los centros nocturnos y volvían por la mañana. Hasta que lo botamos. Eso ocurrió, claro, mucho después. Fue a la semana de estar de invitada que nos hizo el cuento de su hijo inválido y aprovechándose de nuestra pena —momentánea, déjame decirte— nos pidió que la recogiéramos en la casa, ya que pedirnos que la dejáramos estar con nosotros no podía pedírnoslo, porque hacía una semana que ya venía estando. La recogimos, como ella dice y a los pocos días nos pidió una llave prestada «para no molestar», nos dijo y la devolvió al día siguiente, es verdad, pero no volvió a molestarnos más, porque no volvió a tocar a la puerta. ¿Sabes por qué? Porque se había mandado a hacer otra llave, que era la suya ahora.
       ¿Te conmovió lo del hijo idiota, como a nosotros? Pues no es verdad, puedo decírtelo: no hay ningún niño, ni morón ni prodigio. Es su marido, el que tenía una hija, bien normal, como de 12 años. La tuvo que mandar para el campo, porque ella le hacía la vida imposible. Está casada, es cierto, con un fritero de la playa de Marianao (se detuvo y fue porque, estuvo a punto de decir Marianado) que es un pobre hombre al que chantajea y cuando lo visita en su negocio, es para robarle perros calientes, huevos y papas rellenas, que se come en su cuarto. Debo decirte que come como una troupe de titiriteros y toda esa comida tenemos que pagarla nosotros y se queda con hambre, siempre. Es así que está enorme como un hipopótamo y como ellos, es anfibia. Se baña tres veces al día: cuando llega por la mañana, por el mediodía que se despierta a almorzar y por la noche antes de salir, porque ¡cómo suda!: suelta agua como si sudara siempre una fiebre eterna y es así como se pasa la vida en el agua: sudando y bebiendo agua y bañándose. Y todo cantando: canta cuando regresa por la mañana, canta en la ducha, canta arreglándose para salir y siempre canta. Por la mañana, cuando entra, la sentimos antes de que arranque a cantar, porque se agarra del pasamanos para subir las escaleras y tú conoces estas escaleras de mármol y baranda de hierro de las casas del antiguo Vedado. Así ella sube y sube aferrada al pasamanos y toda la baranda tiembla y retumba en la casa y en cuanto los hierros repican contra el mármol ella comienza a cantar. Hemos tenido mil y un problemas con los vecinos de los bajos, pero no hay quien le diga nada, porque no entra en razones. «Envidia», dice, «mucha envidia. Ya verán cómo me adulan cuando yo sea famosa». Porque tiene obsesión con la fama y nosotros también tenemos obsesión con su fama: estamos locos por que sea famosa y se acabe de largar con su música o con su voz —porque ella insiste en que no necesita música para cantar ya que la lleva adentro— con su voz a otra parte.
       Cuando no está cantando está roncando y cuando no está roncando invade la casa con el perfume en que se baña, porque no se lo pone —Colonia 1800, imagínate: aunque esté mal que yo hable del producto que patrocina mi Novela de la Una—, se lo echa encima, se ducha con él y como es desaforada, se echa talco como se echa perfume y como se tira agua encima y cómo come, querido, no a la medida humana, créeme, no a la medida humana. (Y éste es uno de los pocos cubanos que pronuncia la segunda e del verbo creer, créanme). ¿Tú has visto las roscas de carne, de grasa que tiene en el cuello? Pues mírala la próxima vez que la veas y verás que tiene una costra de talco en el pliegue de cada una de las roscas. Tiene, también obsesión con las pestes del cuerpo y se pasa el día oliéndose y echándose desodorante y perfume y depilándose desde las cejas hasta los pies y te juro que no exagero, que un día llegamos a casa a destiempo y la cogimos paseando desnuda, en cueros por toda la casa y la vimos bien, por desgracia, toda llena de rollos de carne humana y sin un pelo. Créeme, tu Estrella es una fuerza de la naturaleza o más que eso, un fenómeno cósmico. Su única debilidad, su solo aspecto humano son sus pies, no por la forma, sino porque le duelen, ya que los tiene planos, y se queja, es de lo único que se queja, se queja y los pone altos y cuando lleva un tiempo quejándose, casi cuando puede uno comenzar a cogerle lástima, pena, se levanta y empieza a gritar por toda la casa, «¡Pero voy a ser famosa! ¡Voy a ser famosa! ¡Famosa, coño!». ¿Tú sabes cuáles son sus enemigos? Los viejos, porque nada más que le gustan los jóvenes y se enamora de los muchachitos como una perra; los empresarios que la van a explotar cuando sea famosa; que le digan negra o hagan alusión a la raza negra delante de ella; hacer en su presencia señas que no entienda o que se rían sin saber de qué se ríen o que empleen alguna clave que ella no pueda descifrar ipso facto. Y morirse antes de llegar. Ya sé lo que vas a decirme antes de darme razón: que es patética. Sí, es patética, pero el patetismo, fuera de las tragedias clásicas, querido, es insoportable.
       ¿Se me olvida algo? Sí, decirte que prefiero la libertad a la justicia. No creas la verdad. Sigue siendo injusto con nosotros. Ama a La Estrella. Pero por favor, ayúdala a ser famosa, hazla llegar, líbranos de ella. La adoraremos, como a los santos, místicamente, en el éxtasis del recuerdo.



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