Alice Munro
(Wingham, Ontario, 1931–)


Amistad de juventud (1990)
(“Friend of My Youth”)
Friend of My Youth
(Toronto: McClelland and Stewart, 1990, 274 págs.)



Con mi agradecimiento para R.J.T.

      Soñaba a menudo con mi madre y, aunque los detalles del sueño variaban, la sorpresa era siempre la misma. El sueño se detenía, supongo que porque era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón.
       En el sueño, yo tenía mi edad real, vivía la vida que estaba viviendo realmente, y descubría que mi madre vivía todavía. (El hecho es que ella murió cuando yo tenía veintipocos años y ella cincuenta y pocos.) A veces me encontraba en nuestra vieja cocina, donde mi madre estaba extendiendo una masa de pastel sobre la mesa, o lavando los platos en el maltrecho fregadero de color crema y borde rojo. Pero otras veces me la encontraba por la calle, en lugares donde nunca habría esperado verla. Podía ir andando por el vestíbulo de un hotel elegante, o estar haciendo cola en un aeropuerto. Se la veía bastante bien, no del todo joven, no totalmente a salvo de la enfermedad paralizante que la tuvo en sus garras durante una década o más antes de morir, pero mucho mejor de como yo la recordaba, lo cual me dejaba asombrada. «Oh, solo tengo este ligero temblor en el brazo —decía—, y algo de rigidez en este lado de la cara. Es una molestia, pero puedo moverme.»
       Recuperaba entonces lo que en la vida consciente había perdido: la vivacidad del rostro de mi madre y su voz, antes de que los músculos de la garganta se le pusieran rígidos y una máscara afligida, impersonal se le fijase a los rasgos. ¿Cómo podía haber olvidado, pensaba yo en mi sueño, el humor despreocupado que tenía, no irónico, sino alegre, su liviandad, su impaciencia, su confianza? Yo le decía que sentía no haberla ido a ver en tanto tiempo, sin que eso quisiera decir que me sintiera culpable, sino que sentía haber guardado un fantasma en mi mente en lugar de aquella realidad…, y lo más extraño, la cosa más tierna de todas, era su desapasionada respuesta.
       «Bueno —decía—, es mejor tarde que nunca. Estaba segura de que te vería algún día.»

       Cuando mi madre era una mujer joven, de cara suave y traviesa, que llevaba medias de seda opacas en las piernas rollizas —he visto una fotografía suya, con sus alumnos—, fue a dar clases a una escuela que solo tenía un aula, la Escuela Grieves, en el valle de Ottawa. La escuela estaba en una parte de la granja que pertenecía a la familia Grieves, una granja muy buena para aquella región. Terrenos bien desecados, sin piedras precámbricas que emergieran del suelo, con un riachuelo bordeado de sauces que corría a su vera, una arboleda de arces de azúcar, establos de troncos y una casa grande y sin adornos, cuyas paredes de madera nunca habían sido pintadas, sino dejadas a merced del tiempo. «Y cuando la madera sufre la acción de la intemperie en el valle de Ottawa —decía mi madre—, no sé por qué, pero nunca se vuelve gris, se vuelve negra. Debe de ser algo del aire», decía. Hablaba a menudo del valle de Ottawa, que era donde había nacido —se había criado a unos treinta kilómetros de la Escuela Grieves—, de una manera dogmática y desconcertante, recalcando cosas del valle que lo distinguían de cualquier otro lugar del mundo. Las casas se vuelven negras, el jarabe de arce tiene un sabor que ningún otro jarabe de arce producido en otra parte puede igualar, los osos deambulan a la vista de las granjas. Por supuesto, me quedé decepcionada cuando finalmente fui a ver ese lugar. No era en absoluto un valle, si por eso se entiende una hendedura entre colinas; era una mezcla de campos llanos y peñascos bajos, de matorral denso y pequeños lagos; una región mezclada desordenadamente, sin armonía natural y que no se rendía fácilmente a descripción alguna.
       Los establos de troncos y la casa sin pintar, bastante comunes en las granjas pobres, no eran un signo de pobreza en el caso de los Grieves, sino de costumbre. Eso fue lo que la gente le dijo a mi madre. Los Grieves trabajaban mucho y estaban lejos de ser ignorantes, pero estaban muy atrasados. No tenían ni coche, ni electricidad, ni teléfono, ni tractor. Algunas personas pensaban que se debía a que eran cameronianos: eran los únicos de esa religión en el distrito escolar, pero de hecho su iglesia (que ellos llamaban siempre Iglesia presbiteriana reformada) no prohibía ni motores, ni electricidad, ni invención alguna de esa clase, solo jugar a las cartas, bailar, ver películas y, los domingos, cualquier actividad que no fuese religiosa o ineludible.
       Mi madre no sabía quiénes eran los cameronianos ni por qué se les llamaba así. Alguna religión rara de Escocia, decía desde el pedestal de su obediente y despreocupado anglicanismo. La maestra siempre se hospedaba con los Grieves y mi madre estaba algo atemorizada ante la idea de ir a vivir en aquella casa de madera negra, con sus domingos paralizados, sus lámparas de parafina y sus ideas primitivas. Pero para entonces estaba prometida y quería trabajar en su ajuar en lugar de dar vueltas por la región divirtiéndose, y pensaba que podría ir a su casa un domingo de cada tres. (Los domingos, en casa de los Grieves, se podía encender un fuego para calentarse, pero no para cocinar, ni siquiera se podía poner a hervir el agua para hacer té, y se suponía que no se podía escribir cartas ni matar una mosca. Pero resultó que mi madre estaba libre de esas normas. «No, no —decía Flora Grieves, riéndose de ella—. Eso no te afecta a ti. Tú sigue haciendo lo que acostumbras hacer.» Y al poco mi madre se había hecho tan amiga de Flora que ni siquiera iba a su casa los domingos que tenía pensado ir.)
       Flora y Ellie Grieves eran las dos hermanas que quedaban de la familia. Ellie estaba casada con un hombre llamado Robert Deal, que vivía allí y trabajaba la granja, la cual no había cambiado su nombre por el de Deal en la mente de nadie. Por la manera en que la gente hablaba, mi madre pensaba que las hermanas Grieves y Robert Deal debían de ser al menos de mediana edad, pero Ellie, la hermana más joven, solo tenía unos treinta años, y Flora era siete u ocho años mayor. Robert Deal podría estar en medio de las dos.
       La casa estaba dividida de un modo sorprendente. El matrimonio no vivía con Flora. Cuando se casaron, ella les cedió el salón y el comedor, las habitaciones delanteras, la escalera y la cocina de invierno. No hubo necesidad de decidir sobre el cuarto de baño, porque no había. Flora tenía la cocina de verano, con sus cabrios abiertos y sus paredes de ladrillo descubierto, la antigua despensa convertida en un estrecho comedor y las dos habitaciones traseras, una de las cuales era la de mi madre. La maestra se alojaba con Flora, en la parte más pobre de la casa, pero a mi madre no le importó. Prefirió de inmediato a Flora y su jovialidad al silencio y la atmósfera de cuarto de enfermo de las habitaciones delanteras. En el territorio de Flora ni siquiera era cierto que todas las diversiones estuviesen prohibidas. Tenía un tablero de crokinole y enseñó a mi madre cómo se jugaba.
       La división se hizo, desde luego, esperando que Robert y Ellie tuvieran familia y que necesitasen la habitación. Pero esto no había sucedido. Hacía más de una docena de años que se habían casado y ninguno de sus hijos sobrevivió. Una y otra vez, Ellie se había quedado embarazada, pero dos bebés nacieron muertos y el resto fueron abortos. Durante el primer año de estancia de mi madre, Ellie parecía guardar cama más a menudo, y mi madre pensó que debía de estar embarazada de nuevo, pero nada se dijo al respecto. Una gente así no lo mencionaría. No se podía saber por el aspecto de Ellie cuando se levantaba y paseaba, porque mostraba una figura ancha y estropeada, aunque de pecho caído. Olía a lecho de enfermo y, igual que un niño, se impacientaba por todo. Flora la cuidaba y hacía todo el trabajo. Lavaba la ropa, arreglaba las habitaciones y preparaba la comida que se servía a ambos lados de la casa, además de ayudar a Robert a ordeñar y desnatar. Se levantaba antes del amanecer y nunca parecía cansarse. Durante la primera primavera que mi madre estuvo allí se emprendió una limpieza a fondo de la casa. Flora se subió sola a las escaleras, bajó las contraventanas, las limpió y las guardó, llevó todo el mobiliario de una habitación a otra para poder restregar el enmaderado y barnizar los suelos. Lavó todos los platos y los vasos que había en los aparadores, supuestamente limpios. Escaldó todos los potes y las cucharas. La poseían tal urgencia y energía que apenas podía dormir: a mi madre la despertaba el sonido de los tubos de la chimenea cuando los desmontaba o el de la escoba envuelta en un paño de cocina, con la que golpeaba las ahumadas telarañas. A través de las limpias ventanas sin cortinas entraba un torrente de luz despiadada. La limpieza era arrolladora. Entonces mi madre dormía en sábanas que habían sido blanqueadas y almidonadas y que le provocaron una erupción. Ellie, enferma, se quejaba cada día del olor del barniz y de los polvos de limpiar. Las manos de Flora estaban ásperas, pero su disposición seguía siendo excelente. El pañuelo, el delantal y los holgados pantalones de trabajo de Robert le daban el aire de un cómico, deportivo, impredecible.
       Mi madre la llamaba derviche danzante.
       «Pareces un derviche danzante, Flora», le decía, y Flora se detenía. Quería saber qué significaba. Mi madre continuaba y explicaba, aunque tenía algo de miedo a ofender la piedad. (No se trataba exactamente de piedad, no se le podría llamar así. Rigurosidad religiosa.) Por supuesto, no era así. Nada había de ofensivo ni de vigilancia pagada de sí en la observancia de Flora a su religión. No temía a los paganos: siempre había vivido en medio de ellos. Le gustaba la idea de ser un derviche y fue a decírselo a su hermana.
       «¿Sabes lo que la maestra dice que soy?»
       Flora y Ellie eran mujeres de cabello y ojos oscuros, altas, de hombros estrechos y de piernas largas. Ellie era una ruina, desde luego, pero Flora se mantenía espléndidamente erguida y garbosa. Podía parecer una reina, decía mi madre, incluso yendo a la ciudad en aquella carreta que tenían. Para ir a la iglesia utilizaban una calesa o un trineo de un solo caballo, pero cuando iban a la ciudad a menudo debían transportar sacos de lana (tenían unas cuantas ovejas), o de productos agrícolas para vender, y debían llevar provisiones a casa. El viaje, de unos cuantos kilómetros, no lo hacían a menudo. Robert iba delante, para guiar el caballo; Flora podía guiar un caballo perfectamente bien, pero siempre debía ser el hombre el que condujese. Ella iba de pie, detrás, agarrándose a los sacos. Iba hasta la ciudad y volvía de pie, manteniendo un equilibrio natural y llevando su sombrero negro. Casi ridícula, pero no del todo. Parecía una reina gitana, creía mi madre, con su pelo negro y su piel que siempre parecía ligeramente bronceada, y con su ágil y valiente serenidad. Desde luego, le faltaban las ajorcas de oro y los vestidos brillantes. Mi madre le envidiaba la esbeltez y los pómulos.

       Al volver en otoño, en su segundo año, mi madre se enteró de lo que le pasaba a Ellie. «Mi hermana tiene un tumor», dijo Flora. Nadie hablaba entonces de cáncer. Mi madre lo había oído anteriormente. La gente se lo imaginaba. Mi madre conocía a muchas personas de la región para entonces. Se había hecho muy amiga de una mujer joven que trabajaba en la oficina de Correos; aquella mujer sería una de las damas de honor de mi madre. La historia de Flora, Ellie y Robert, o lo que la gente sabía de ella, había sido contada en varias versiones. A mi madre no le pareció que escuchaba chismes, porque siempre estaba alerta a cualquier observación despectiva acerca de Flora; ella no la habría tolerado. Pero realmente nadie le hizo ninguna. Todo el mundo decía que Flora se había portado como una santa. Incluso cuando llegaba demasiado lejos, como en lo de dividir la casa, se comportaba como una santa.
       Robert había ido a trabajar a Grieves unos meses antes de que el padre de las muchachas falleciera. Ellos ya le conocían, de la iglesia. (Oh, esa iglesia, decía mi madre, donde había ido una vez por curiosidad, aquel edificio lóbrego unos cuantos kilómetros al otro lado de la ciudad, sin órgano ni piano, con cristales sin adornos en las ventanas y con un ministro anciano y tambaleante, con sermones que duraban horas y un hombre que golpeaba un diapasón para cantar.) Robert había llegado de Escocia e iba camino del Oeste. Se detuvo en casa de unos parientes o conocidos, miembros de la reducida congregación. Para ganar algún dinero, probablemente, fue a casa de los Grieves. Muy pronto, él y Flora se prometieron. No podían ir a bailar ni a partidas de cartas como otras parejas, pero iban a dar largos paseos. La carabina, no oficial, era Ellie. Ellie era entonces una muchacha aniñada, de cabello largo, atrevida y muy bromista, llena de energía. Subía corriendo por las colinas y golpeaba con un palo los tallos de gordolobo, gritando, haciendo cabriolas y simulando ser un guerrero a caballo. Eso, o el mismo caballo. Esto cuando tenía quince o dieciséis años. Nadie, excepto Flora, podía controlarla y, por lo general, Flora solo se reía por estar demasiado acostumbrada a ella para preguntarse si estaba del todo bien de la cabeza. Sentían mucho cariño la una por la otra. Ellie, con su cuerpo largo y flaco, con su cara larga y pálida, era como una copia de Flora, la clase de copias que a menudo se ven en las familias en las que, debido a algún descuido o exageración de rasgos o de color, la hermosura de una persona pasa a ser fealdad o casi fealdad en la otra. Pero Ellie no estaba celosa por eso. Le encantaba peinar el pelo de Flora y sujetárselo. Pasaban muy buenos ratos lavándose el pelo la una a la otra. Ellie apretaba su rostro contra el cuello de Flora, como un potro hocicando a su madre. De modo que cuando Robert pretendió a Flora, o Flora a él, nadie sabía cómo había sido, hubo que incluir a Ellie. Ella no mostró la menor inquina hacia Robert, pero los seguía y los acechaba en sus paseos, se abalanzaba sobre ellos desde los arbustos o les seguía a hurtadillas tan de cerca que podía soplarles en el cuello. La gente vio cómo lo hacía. Y oyeron sus bromas. Siempre había sido terrible para las bromas y a veces eso le había acarreado problemas con su padre, pero Flora la protegía. Así pues, ponía cardos en la cama de Robert. Ponía su sitio en la mesa con el cuchillo y el tenedor al revés. Cambiaba los cubos de la leche y le daba el viejo con un agujero. Quizá por Flora, Robert le seguía la broma.
       El padre había hecho que Flora y Robert fijasen la fecha de la boda con un año de antelación, y después de su muerte no la adelantaron. Robert siguió viviendo en la casa. Nadie sabía cómo decirle a Flora que aquello era escandaloso, o que parecía escandaloso. Flora solo habría preguntado por qué. En lugar de adelantar la fecha de la boda, la atrasó: de la primavera siguiente a principios del otoño, de manera que hubiese transcurrido todo un año entre la boda y la muerte de su padre. Un año entre la boda y el funeral, eso le parecía lo correcto. Confiaba plenamente en la paciencia de Robert y en su propia pureza.
       Y bien podía ella. Pero en invierno empezó la conmoción. Allí estaba Ellie, vomitando, llorando, escapándose y escondiéndose en el henil, dando alaridos cuando la encontraron y la sacaron de allí, tirándose al suelo del granero, corriendo en círculos, revolcándose sobre la nieve. Ellie estaba trastornada. Flora tuvo que llamar al médico. Le dijo que su hermana había dejado de tener el período. ¿Podía la retención de la sangre estar volviéndola loca? Robert había tenido que cogerla y atarla, y junto con Flora la pusieron en la cama. No quería comer, solo movía la cabeza de un lado a otro, gritando. Parecía como si se fuese a morir muda. Pero de alguna manera la verdad salió. No por el doctor, que no pudo acercarse lo suficiente para examinarla por la manera en que ella se debatía. Probablemente Robert confesó. Flora por fin llegó a saber la verdad, con toda su magnanimidad. Tenía que haber boda, entonces, aunque no la que había sido planeada.
       Sin pastel, ni trajes nuevos, ni viaje de novios, ni felicitaciones. Solo una vergonzosa visita apresurada a la rectoría. Algunas personas, al ver los nombres en el periódico, pensaron que el director debía de haberse confundido de hermana. Creyeron que debía de ser Flora. ¡Una boda apresurada para Flora! Pero no…, fue Flora quien planchó el traje de Robert (debió de ser ella), sacó a Ellie de la cama, la lavó y la puso presentable. Sería Flora quien cogiera un geranio de la planta de la ventana y lo prendiera en el vestido de su hermana. Y Ellie no se lo había arrancado. Ellie se había amansado; ya no gritaba, ni pataleaba, ni lloraba. Dejó que Flora la arreglase, dejó que la casaran; a partir de aquel día ya nunca, nunca más fue salvaje.
       Flora dividió la casa. Ella misma ayudó a Robert a construir los tabiques necesarios. El niño llegó en su momento, nadie aparentó siquiera que fuese prematuro, pero nació muerto después de un parto largo y laborioso. Quizá Ellie le hubiese hecho daño cuando saltó desde la viga del establo y se revolcó por la nieve y se golpeó. Aunque ella no lo hubiera hecho, la gente esperaba que algo anduviese mal, con aquel niño o quizá con otro que llegó después. Dios castigaba las bodas apresuradas; no eran solo los presbiterianos quienes lo creían, casi todo el mundo lo creía. Dios pagaba la lujuria con hijos muertos, tontos, de labios leporinos y con miembros escuálidos y pies zopos.
       En este caso el castigo continuó. Ellie tuvo un aborto detrás de otro, luego le nació otro niño muerto y tuvo más abortos. Estaba constantemente embarazada, y los embarazos iban acompañados de vómitos que le duraban días, de dolores de cabeza, de mareos. Los abortos eran tan dolorosos como los embarazos que llegaban a buen fin. Ellie no podía trabajar. Caminaba cogiéndose a las sillas. Su aturdido silencio pasó y se convirtió en una quejica. Si alguien iba de visita, hablaba de las peculiaridades de sus dolores de cabeza, o describía su último desmayo o, incluso delante de los hombres, o delante de chicas solteras o de niños, entraba en sangrientos detalles acerca de lo que Flora llamaba sus «contratiempos». Cuando las personas cambiaban de tema o se llevaban arrastrando a los niños, se quedaba taciturna. Pedía medicamentos nuevos, vilipendiaba al doctor, importunaba a Flora. Acusaba a Flora de lavar los platos con gran estruendo, por despecho, de tirarle del pelo cuando se lo peinaba, de sustituir con tacañería la medicina por agua con melaza. Dijera lo que dijese, Flora la calmaba. Toda persona que fuese a la casa tenía alguna historia de esa clase que contar. Flora decía: «¿Dónde está mi muchachita? ¿Dónde está mi Ellie? ¡Esta no es mi Ellie, esta es alguna cascarrabias que la ha suplantado!».
       En las noches de invierno, cuando entraba en casa después de haber ayudado a Robert en las tareas del establo, Flora se lavaba y se cambiaba de ropa e iba a la puerta de al lado a leerle a Ellie hasta que se durmiese. Mi madre también podía añadirse, llevando con ella lo que estuviese cosiendo de su ajuar. La cama de Ellie estaba instalada en el comedor grande, en el que había una lámpara de gas sobre la mesa. Mi madre se sentaba a un lado de la mesa y cosía, y Flora se sentaba al otro y leía en voz alta. Ellie decía: «No te puedo oír». O si Flora hacía una pausa para descansar un momento decía: «No estoy dormida todavía».
       ¿Qué leía Flora? Historias sobre la vida escocesa…, clásicos no. Historias de golfillos y de abuelas cómicas. El único título que mi madre podía recordar era Wee MacGregor. No podía seguir muy bien las historias, ni reír cuando Flora se reía y Ellie emitía un quejido, porque gran parte de ellas era en dialecto escocés o porque las leía con aquel fuerte acento. Le sorprendía que Flora pudiera hacerlo…, no era en absoluto el modo en que ella hablaba habitualmente.
       (Pero ¿no sería el modo en que Robert hablaba? Quizá esa sea la razón por la que mi madre nunca dice palabra de lo que Robert decía, nunca le hace aparecer aportando algo a la escena. Debía de estar allí, debía de estar allí sentado en el cuarto; solo calentaban la pieza principal de la casa. Le veo con el pelo negro, los hombros anchos, con la fuerza de un caballo de labranza y la misma clase de belleza sombría y encadenada.)
       Luego Flora decía: «Eso es todo por esta noche». Cogía otro libro, un libro viejo escrito por algún predicador de su religión. Había en él unas cosas que mi madre nunca había oído. ¿Qué cosas? No sabía explicarlas. Todas las cosas que había en su monstruosa y antigua religión. Eso hacía dormir a Ellie, o hacía que fingiera estar dormida al cabo de un par de páginas.
       Toda aquella configuración de los elegidos y los condenados, debía de querer decir mi madre…, todos los argumentos sobre la ilusión y la necesidad del libre albedrío. El juicio y la esquiva redención. El torturante y frustrante, pero para algunas mentes irresistible, cúmulo de nociones enlazadas y contradictorias. Mi madre pudo resistirlo. Su fe era sencilla, su temple, en aquella época, robusto. Las ideas no eran algo por lo que ella sintiera curiosidad, nunca.
       Pero ¿qué cosa era aquella, se preguntaba —en silencio—, para leerle a una mujer moribunda? Aquello fue lo más cerca que estuvo de criticar a Flora.
       La respuesta —y era lo único que cabía si uno creía en ello— nunca pareció habérsele ocurrido.

       En la primavera llegó una enfermera. Aquella era la manera en que se hacían las cosas entonces. Las personas morían en su casa, y una enfermera iba a hacerse cargo.
       El nombre de la enfermera era Audrey Atkinson. Era una mujer robusta, con corsés tan rígidos como los aros de un tonel, de cabello ondulado del color de candelabros de cobre y con una boca delineada por el lápiz de labios más allá de su propio y estrecho contorno. Llegó con su coche hasta el patio, su propio coche, un cupé verde oscuro, brillante y elegante. Las noticias de Audrey Atkinson y de su coche corrieron rápidamente. Se hicieron preguntas. ¿De dónde había sacado el dinero? ¿Había cambiado algún tonto su testamento a su favor? ¿Había influido ella? ¿O simplemente había cogido billetes escondidos debajo del colchón? ¿Cómo se podía confiar en ella?
       El suyo era el primer coche que pasaba la noche en el patio de los Grieves.
       Audrey Atkinson dijo que nunca la habían llamado para cuidar de un paciente en una casa tan primitiva. Escapaba a su comprensión, decía, cómo había gente que podía vivir de aquel modo.
       «Ni siquiera es que sean pobres —le dijo a mi madre—. No es así, ¿verdad? Eso lo podría entender. Ni siquiera es por su religión. Entonces, ¿qué es? ¡Es que no les importa!» Al principio trató de entablar amistad con mi madre, como si fueran aliadas naturales en aquel lugar sumido en la ignorancia. Hablaba como si fuesen aproximadamente de la misma edad, como si ambas fuesen mujeres elegantes e inteligentes a quienes les gustaba pasárselo bien y que tenían ideas modernas. Se ofreció a enseñarle a conducir el coche. Le ofreció cigarrillos. A mi madre le tentó más la idea de aprender a conducir que la de los cigarrillos, pero dijo que no, que esperaría a que su marido le enseñase. Audrey Atkinson arqueó sus cejas de un naranja rosado a espaldas de Flora y mi madre se enfadó. La enfermera le gustaba todavía menos que a Flora.
       «Yo sabía cómo era y Flora no —decía mi madre. Quería decir que ella había percibido el tufo de una vida barata, quizá incluso de establecimientos de bebidas y de hombres repugnantes, y de duros regateos, cosas que Flora era demasiado poco mundana para percibir.»
       Flora emprendió de nuevo una gran limpieza de la casa. Extendió las cortinas, sacudió las alfombras colgadas de una cuerda, se subió a las escaleras para limpiar el polvo de las molduras. Pero la estorbaban constantemente las quejas de la enfermera Atkinson.
       «Me pregunto si podría hacer algo menos de ruido —decía la enfermera Atkinson con ofensiva cortesía—. Solo lo pido por el bien de mi paciente.»
       Siempre hablaba de Ellie como de «mi paciente» y pretendía ser la única que la protegía e imponía respeto. Pero no le tenía tanto respeto a la propia Ellie.
       «Ale op —decía, arrastrando a la pobre criatura para ponerla sobre las almohadas, y le decía a Ellie que no iba a tolerar ni quejas ni lloriqueos—. De ese modo no se hace el menor bien. Y por supuesto no hace que yo venga más rápidamente. Sería mejor que aprendiese a dominarse.»
       Esto exclamaba ante la espalda de Ellie a manera de reprensión, como si fuera otra desgracia de la casa. Pedía lociones, ungüentos, jabón caro…, la mayor parte de ello, sin duda, para proteger su propia piel, a la que ella aseguraba que perjudicaba el agua dura. (¿Cómo podía ser dura?, le preguntaba mi madre, defendiendo la casa cuando nadie más lo hacía, ¿cómo podía ser dura si procedía directamente del agua de lluvia?)
       La enfermera Atkinson también quería nata; decía que debían guardar un poco, no vendérsela toda a la lechería. Quería hacer sopas y pudines nutritivos para su paciente. Y realmente hacía pudines y jaleas de mezclas empaquetadas de las que nunca habían entrado anteriormente en aquella casa. Mi madre estaba convencida de que se las comía todas ella.
       Flora todavía le leía a Ellie, pero entonces solo pequeños párrafos de la Biblia. Cuando terminaba y se levantaba, Ellie intentaba agarrarse a ella. Ellie lloraba y a veces se quejaba de cosas ridículas. Decía que fuera había una vaca con cuernos que intentaba entrar en la habitación y matarla.
       —A menudo les cogen manías así —decía la enfermera Atkinson—. No debe ceder ante ella o no la dejará ni de día ni de noche. Así es como son, solo piensan en sí mismas. Cuando estoy a solas con ella, se comporta muy bien. No tengo problema alguno. Pero cuando ha estado usted aquí, vuelvo a tener problemas porque la ve y se trastorna. No querrá usted hacerme el trabajo más difícil, ¿verdad? Quiero decir que me hicieron venir para que me hiciera cargo, ¿no es así?
       —Ellie, cariño, Ellie, ahora debo irme —decía Flora; y a la enfermera—: Lo entiendo. Comprendo que tiene que hacerse usted cargo y la admiro. La admiro por su trabajo. En un trabajo como el suyo hay que tener mucha paciencia y amabilidad.
       Mi madre se quedaba perpleja ante aquello. ¿Estaba Flora realmente tan ciega o esperaba con aquel elogio inmerecido exhortar a la enfermera Atkinson a tener la paciencia y la amabilidad que no tenía? La enfermera Atkinson era demasiado insensible y autocomplaciente para que funcionara un truco como aquel.
       —Es un trabajo duro, realmente, y no hay muchas personas que puedan hacerlo —decía—. No es como el de las enfermeras de hospital donde lo tienen todo dispuesto para ellas. —No tenía tiempo de conversar más…, estaba intentando captar «Baile de salón imaginario» en su radio a pilas.
       Mi madre estaba ocupada con los exámenes finales y los ejercicios de junio en la escuela. Se estaba preparando para la boda en julio. Llegaban amigos en coche y se la llevaban a la modista, a fiestas, a escoger las invitaciones y a encargar el pastel. Las lilas florecieron, las tardes se hicieron más largas, los pájaros volvieron a hacer sus nidos y mi madre atraía la atención de todo el mundo, a punto de iniciar la deliciosamente solemne aventura del matrimonio. Su vestido tenía que ser de encaje con rosas de seda, el velo sostenido por un casquete de perlitas. Pertenecía a la primera generación de mujeres jóvenes que ahorraban dinero y se pagaban sus propias bodas, mucho más lujosas de lo que sus padres se habrían podido permitir.
       En su última tarde, la amiga de la oficina de Correos fue para llevarla en coche, con la ropa, los libros y las cosas que había preparado para su ajuar y con los regalos que sus alumnos y otras personas le habían hecho. Hubo una gran conmoción y risas al cargarlo todo en el coche. Flora salió a ayudar. Eso de casarse da todavía más molestias de las que había pensado, dijo Flora, riendo. Le regaló a mi madre un tapete de ganchillo para la cómoda que había hecho en secreto. La enfermera Atkinson no podía ser excluida de una ocasión importante: le obsequió una botella de colonia con atomizador. Flora se quedó en la cuesta en el lateral de la casa para decirle adiós con la mano. Había sido invitada a la boda, pero, por supuesto, había dicho que no podía ir, que no podía «salir» en un momento como aquel. Lo último que mi madre vio de ella fue aquella figura solitaria, diciendo adiós con energía, con el delantal de limpiar y un pañuelo, en la cuesta verde junto a la casa de paredes negras, a la luz del atardecer.
       «Bueno, quizá ahora tenga lo que debería haber tenido la primera vez —dijo la amiga de la oficina de Correos—. Quizá ahora puedan casarse. ¿Es demasiado vieja para formar una familia? Y, en cualquier caso, ¿cuántos años tiene?»
       Mi madre pensó que aquella era una manera grosera de hablar de Flora y respondió que no lo sabía. Pero tenía que admitir que había estado pensando exactamente lo mismo.

       Una vez casada e instalada en su propio hogar, a casi quinientos kilómetros, mi madre recibió una carta de Flora. Ellie había muerto. Había muerto firme en su fe, decía Flora, y agradecida por su liberación. La enfermera Atkinson se iba a quedar durante algún tiempo más, hasta que tuviera que ir a atender a su próximo paciente. Eso fue a fines del verano.
       Las noticias de lo que sucedió a continuación no procedían de Flora. Cuando escribió en Navidad, parecía dar por sentado que la información se le había anticipado.
       «Con toda probabilidad habrás oído —escribió Flora— que Robert y la enfermera Atkinson se han casado. Viven aquí, en la parte de la casa de Robert. La están arreglando a su gusto. Es de muy mala educación llamarla enfermera Atkinson, como veo que he hecho. Debería haberla llamado Audrey.»
       Desde luego la amiga de la oficina de Correos le había escrito, y también otras personas. Fue una gran conmoción, un escándalo, una cuestión que había excitado a las gentes de la zona: la boda tan secreta y sorprendente como lo había sido la primera de Robert —aunque seguramente no por la misma razón—, la enfermera Atkinson instalada permanentemente en la comunidad y Flora derrotada por segunda vez. Nadie se había dado cuenta de galanteo alguno, y se preguntaban cómo la mujer podía haberle engatusado. ¿Le habría prometido hijos mintiendo acerca de su edad?
       Las sorpresas no iban a terminar con la boda. La novia se puso inmediatamente a la tarea de hacer «los arreglos» que Flora mencionaba. Llegó la electricidad a la casa y luego el teléfono. Entonces a la enfermera Atkinson —siempre se la llamaría enfermera Atkinson— se la podía oír en la línea telefónica colectiva reprendiendo a los pintores y a los empapeladores y a los servicios de reparto. Se lo hacía hacer todo. Había comprado una cocina eléctrica e iba a instalar un baño… ¿Quién sabía de dónde procedía el dinero? ¿Era todo suyo?, ¿procedía de sus tratos en los lechos de muerte?, ¿de donaciones dudosas? ¿Era de Robert, que reclamaba su parte, la parte de Ellie, legada a él y a la enfermera Atkinson para que la pareja desvergonzada se lo pasara bien?
       Todas esas mejoras tuvieron lugar solamente en un lado de la casa. La parte de Flora siguió exactamente como estaba. Allí no había luz eléctrica, ni empapelado nuevo, ni persianas nuevas. Cuando se pintó el exterior de la casa, de color crema con un adorno verde oscuro, la parte de Flora se dejó sin pintar. Esta extraña manifestación pública fue recibida al principio con compasión y desaprobación, luego con menos simpatía, como una señal de la terquedad y excentricidad de Flora —ella podría haberse comprado su propia pintura y haberla adecentado— y finalmente como una broma. La gente se apartaba del camino para ir a verlo.
       Siempre se ofrecía un baile en la escuela a una pareja de recién casados. Se les obsequiaba con el producto de una colecta en efectivo, llamada «bolsa de dinero». La enfermera Atkinson hizo correr la voz de que no le importaría que se siguiera esa costumbre, aunque la familia en la que había entrado por matrimonio era contraria al baile. Algunas personas pensaron que sería una vergüenza satisfacerla, una bofetada para Flora. Otras tenían demasiada curiosidad para no hacerlo. Querían ver cómo se comportarían los recién casados. ¿Bailaría Robert? ¿Con qué clase de atuendo se presentaría la novia? Se postergó un poco, pero finalmente se celebró el baile y mi madre tuvo su informe.
       La novia llevaba el vestido que se había puesto para la boda, o eso dijo, pero ¿quién se pondría un vestido así para una boda en la casa del párroco? Era más que probable que lo hubiese comprado especialmente para hacer su aparición en el baile. Satén de un blanco puro, con un escote en forma de corazón tontamente juvenil. El novio se vistió con un traje azul oscuro y ella le puso una flor en el ojal. Eran algo digno de verse. El pelo de ella estaba recién arreglado para cegar con sus reflejos cobrizos, y la cara parecía que se le iba a desprender sobre la chaqueta de algún hombre si se apoyaba sobre el hombro en el baile. Desde luego que bailó. Bailó con cada uno de los hombres presentes, excepto con el novio, que estaba sentado aplastado en uno de los pupitres de la escuela que había junto a la pared. Bailó con cada uno de los hombres presentes, todos dijeron que tenía que hacerlo, que era la costumbre, y luego arrastró a Robert para que recibiera el dinero y les diera las gracias a todos por sus buenos deseos. A las señoras, en los aseos, incluso les insinuó que no se sentía bien por la razón habitual en las recién casadas. Nadie la creyó, y en efecto, nada surgió jamás de esa esperanza, si es que realmente la tenía. Algunas de las mujeres pensaron que les estaba mintiendo por malevolencia, insultándolas, dando a entender que eran muy crédulas, pero nadie le expresó sus dudas, quizá porque estaba claro que podía soltar una grosería capaz de dejar mudo a cualquiera.
       Flora no estuvo presente en el baile.
       «Mi cuñada no es una bailarina —decía la enfermera Atkinson—, se ha quedado anclada en los viejos tiempos. —Les invitó a que se rieran de Flora, a quien siempre llamaba su cuñada, aunque no tenía derecho a hacerlo.»
       Mi madre le escribió una carta a Flora después de haberse enterado de todas esas cosas. Al estar alejada de la escena, y quizá en un ataque de importancia debido a su propio y reciente estado de casada, debió de olvidarse de la clase de persona a quien estaba escribiendo. Le ofreció su solidaridad, le demostró su indignación e hizo comentarios despectivos y contundentes acerca de la mujer que, según consideraba mi madre, le había propinado tal golpe. En respuesta, recibió una carta de Flora en la que decía que no sabía de dónde había obtenido su información, pero que parecía que no lo hubiera comprendido bien, o que hubiese escuchado a personas maliciosas, o que hubiera llegado precipitadamente a conclusiones injustificadas. Lo que sucediera en la familia de Flora no era asunto de los demás, y por supuesto nadie necesitaba sentirse ni apenado ni enfadado por ella. Flora decía que era feliz y que estaba satisfecha de su vida, como siempre lo había estado, y que ella no se metía en lo que los demás hacían o querían, porque esas cosas no eran de su incumbencia. Deseaba toda la felicidad a mi madre en su matrimonio y esperaba que pronto estuviera demasiado ocupada con sus propias responsabilidades para preocuparse de las vidas de la gente que había conocido.
       Esta carta tan bien escrita hirió a mi madre, como ella decía, en lo más vivo. Ella y Flora dejaron de escribirse. Mi madre estuvo realmente ocupada con su propia vida, y finalmente fue prisionera de ella.
       Pero pensaba en Flora. Años más tarde, cuando a veces hablaba de las cosas que podría haber sido, o hecho, decía: «Si hubiera podido ser escritora, y realmente creo que lo hubiera podido ser, entonces habría escrito la historia de la vida de Flora. Y ¿sabes cómo la habría llamado? “La dama soltera”».
       La dama soltera. Decía esas palabras con un tono de voz sentimental y solemne que a mí no me gustaba. Yo conocía, o creía que conocía, exactamente el valor que encontraba en ellas. La dignidad y el misterio. El indicio de burla convirtiéndose en respeto. Yo tenía quince o dieciséis años entonces y creía que podía leer el pensamiento de mi madre. Veía lo que haría con Flora, lo que ya había hecho. La convertiría en una figura noble que acepta el abandono, la traición, que perdona y se mantiene al margen, no una vez, sino dos. Sin un momento de queja. Flora anda de un lado para otro con sus placenteras labores, asea la casa y limpia con la pala el establo de las vacas, quita la porquería de la cama de su hermana, y cuando por fin el futuro parece abierto para ella (Ellie morirá, Robert le pedirá perdón y Flora lo silenciará con el glorioso regalo de sí misma), Audrey Atkinson llega al patio y deja a Flora fuera de nuevo, más inexplicable y concienzudamente la segunda vez que la primera. Debe soportar la pintura de la casa, la luz eléctrica, toda la próspera actividad en la puerta de al lado. «Baile de salón imaginario», «Amos y Andy». Ya no más comedias escocesas ni sermones antiguos. Tenía que verles salir a bailar, a su antiguo novio y a aquella mujer insensible, estúpida y en absoluto hermosa, con el vestido de novia de satén blanco. Se burlan de ella. (Y por supuesto ella ha cedido la granja a Ellie y a Robert, por supuesto él la ha heredado, y ahora todo pertenece a Audrey Atkinson.) Los malvados medran. Pero está bien. Está bien, los elegidos están ocultos bajo la paciencia y la humildad e iluminados por una certeza que los acontecimientos no pueden perturbar.
       Así es como yo creí que le parecían las cosas a mi madre. En su insistencia, sus ideas se habían vuelto místicas, y a veces había un silencio, un solemne estremecimiento en su voz, que me molestaba, que me alertaba sobre lo que parecía un peligro personal. Yo sentía una gran confusión de tópicos y devociones al acecho, un poder incontestable de madre impedida que podía capturarme y ahogarme. Nunca se acabaría. Tenía que mantenerme mordaz y cínica, discutir y rebajar los humos. Finalmente abandoné incluso ese reconocimiento y me opuse a ella en silencio.
       Esta es una extraña manera de decir que no le serví de consuelo y que fui una pobre compañía para ella cuando casi no tenía otra parte adonde ir.
       Yo tenía mis propias ideas sobre la historia de Flora. Yo no creía poder escribir una novela, sino que escribiría una. Pero yo tomaría otro punto de partida. Miré a través de la historia de mi madre y añadí lo que ella se dejó. Mi Flora sería tan negra como blanca era la suya. Alegrándose de las malas pasadas que le hacían a ella y, en su propia misericordia, espiando la ruina de la vida de su hermana. Una bruja presbiteriana, leyendo en voz alta su venenoso libro. Se precisa una crueldad rival, la comparativamente inocente brutalidad de la insensible enfermera para hacerla retroceder, florecer en su sombra. Pero se la obliga a retroceder; el poder del sexo y una avaricia ordinaria la hacen retroceder y encerrarse en su propia parte de la casa con las lámparas de parafina. Se contrae, se hunde, sus huesos se endurecen y sus articulaciones se entumecen, y (¡oh, ya lo tengo, ya lo tengo, veo la desnuda belleza del final que inventaré!) ella misma queda paralítica, con artritis, apenas capaz de moverse. Entonces Audrey Atkinson llega a su pleno poder…, pide toda la casa. Quiere que las divisiones que Robert construyó con la ayuda de Flora cuando se casó con Ellie sean derribadas. Ella le dará a Flora una habitación y la cuidará. (Audrey Atkinson no desea que se la considere un monstruo, y quizá no lo sea realmente.) De modo que un día Robert lleva a Flora (por primera y última vez la lleva en brazos) a la habitación que su esposa Audrey ha preparado para ella. Y una vez que Flora está instalada en su rincón bien iluminado y caliente, Audrey Atkinson se encarga de limpiar las habitaciones recién desocupadas, las habitaciones de Flora. Lleva un montón de libros viejos al patio. Es primavera de nuevo, el tiempo de la limpieza de la casa, la estación en la que la misma Flora llevaba a cabo esas hazañas, y entonces el pálido rostro de Flora aparece detrás de los nuevos visillos. Se ha arrastrado desde su rincón, ve el luminoso cielo azul con sus nubes que se deslizan en lo alto sobre los campos mojados, los cuervos en lucha, los riachuelos desbordados, las ramas de los árboles teñidas de rojo. Ve salir el humo del incinerador del patio, en el que sus libros se están quemando. Esos malolientes libros viejos, como Audrey les ha llamado. Palabras y páginas, los siniestros lomos oscuros. Los elegidos, los condenados, las débiles esperanzas, los extraordinarios tormentos… suben con el humo. Ese era el final.
       Para mí la persona realmente misteriosa de la historia, según la contaba mi madre, era Robert. Nunca tiene una palabra que decir. Se promete a Flora. Camina a su lado junto al río cuando Ellie salta sobre ellos. Encuentra los cardos que le pone Ellie en la cama. Realiza los trabajos que se hacen necesarios para su boda con Ellie. Escucha o no escucha mientras Flora lee. Finalmente está sentado encogido en el pupitre de la escuela mientras su ostentosa novia baila con todos los hombres.
       Hasta aquí en cuanto a sus actos y apariciones públicas. Pero él fue quien lo empezó todo, en secreto. Él «se lo hizo a» Ellie. Se lo hizo a aquella delgada muchacha salvaje estando comprometido con su hermana, y se lo volvió a hacer una y otra vez cuando no era más que un pobre cuerpo arruinado, una mujer fracasada en su maternidad, en cama.
       También debió de hacérselo a Audrey Atkinson, pero con resultados menos desastrosos.
       Esas palabras, «se lo hizo a», las palabras que ni mi madre ni tampoco Flora se atreverían nunca a pronunciar, eran simplemente excitantes para mí. No sentía la menor repugnancia ni indignación razonable. Yo rechazaba la advertencia. Ni siquiera el destino de Ellie podía darme asco. No cuando pensaba en aquel primer encuentro, en la desesperación del mismo, en la acometida y en la lucha. En aquel tiempo yo acostumbraba lanzar a los hombres miradas de deseo a hurtadillas. Admiraba sus muñecas, sus cuellos y cualquier trozo del pecho que un botón suelto dejase entrever, incluso las orejas y los pies en los zapatos. Nada razonable esperaba de ellos, solo que estuviesen envueltos en su pasión. Yo tenía similares pensamientos acerca de Robert.
       Lo que hacía mala a Flora en mi historia era exactamente lo que la hacía admirable en la de mi madre: su rechazo del sexo. Luché contra todo lo que mi madre quería explicarme sobre este asunto; despreciaba incluso que bajase la voz, la tenebrosa cautela con la que lo abordaba. Mi madre había crecido en un tiempo y en un lugar en los que el sexo era una oscura empresa para las mujeres. Sabía que se podía morir a causa de él. Así que honraba la decencia, la gazmoñería, la frigidez que podían protegerla a una. Y yo crecí sintiendo horror por esa misma protección, por la elegante tiranía que a mí me parecía que se extendía a todas las áreas de la vida, para imponer tertulias y guantes blancos y todas las demás estupideces de campanillas. Yo era partidaria de las palabrotas y de una ruptura; me atormentaba el pensamiento de la falta de consideración y de la dominación de un hombre. Lo curioso es que las ideas de mi madre estaban en consonancia con algunos conceptos progresistas de su época, y las mías se hacían eco de los conceptos preferidos en mis tiempos. Eso a pesar del hecho de que las dos nos considerábamos independientes y vivíamos en lugares apartados que no registraban tales cambios. Es como si las tendencias que parecen más profundamente arraigadas en nuestra mente, las más personales y singulares, hubieran entrado como esporas en el viento predominante, buscando un lugar apropiado donde aterrizar, una bienvenida.

       No mucho antes de morir, pero cuando yo estaba todavía en casa, mi madre recibió una carta de la Flora real. Procedía de aquella ciudad cercana a la granja, de la ciudad a la que Flora acostumbraba ir, con Robert, en la carreta, agarrada a los sacos de lana o de patatas.
       Flora contaba que ya no vivía en la granja.
       «Robert y Audrey todavía siguen allí —escribía—. Robert tiene problemas con la espalda, pero, por lo demás, está muy bien. Audrey tiene mal la circulación y a menudo se queda sin aliento. El doctor dice que tiene que perder peso, pero ninguno de los regímenes parece funcionar. La granja ha ido muy bien. Ya no tienen ovejas y ahora se dedican a las vacas lecheras. Como es posible que sepas, lo principal hoy en día es obtener la cuota de leche del gobierno y entonces ya está. En el antiguo establo se han puesto máquinas de ordeñar y el equipo más moderno, es una maravilla. Cuando voy allí de visita apenas sé dónde estoy.»
       Seguía diciendo que hacía algunos años que vivía en la ciudad y que tenía un trabajo de dependienta en una tienda. Debía de decir qué clase de tienda era, pero ahora no lo recuerdo. Por supuesto, nada decía cerca de qué le había llevado a tomar esa decisión, si realmente la habían echado de su propia granja o si había vendido su parte, aparentemente sin mucho provecho. Ella subrayaba el hecho de su amistad con Robert y Audrey. Decía que estaba bien de salud.
       «Me he enterado de que tú no has tenido tanta suerte en ese sentido —escribió—. Me encontré con Cleta Barnes, antes Cleta Stapleton, en la oficina de Correos de delante de casa y me dijo que tienes problemas con tus músculos y que tu habla también se ha visto afectada. Es triste escuchar eso, pero se pueden hacer cosas tan maravillosas hoy en día que espero que los doctores puedan ayudarte.»
       Una carta inquietante, pues dejaba muchas cosas fuera. Nada había en ella sobre la voluntad de Dios o Su papel en nuestras aflicciones. No mencionaba si Flora seguía yendo a aquella iglesia. No creo que mi madre le respondiese. Su excelente y legible escritura, su caligrafía de maestra de escuela, se había deteriorado y tenía dificultad para sostener una pluma. Siempre estaba comenzando cartas y nunca las terminaba. Yo las encontraba por la casa. «Mi querida Mary», comenzaban. «Queridísima Ruth», «Mi pequeña Joanne (aunque ya me doy cuenta de que ya no eres pequeña)», «Mi querida y vieja amiga Cleta», «Mi encantadora Margaret». Estas mujeres eran amigas de sus días de maestra, de sus tiempos en la Escuela Normal, y del instituto. Unas cuantas eran antiguas alumnas. Tengo amigas por todo el país, decía, desafiante. Tengo amigas muy, muy queridas.
       Recuerdo haber visto una carta que empezaba: «Amiga de mi juventud». No sé a quién iba dirigida. Todas eran amigas de su juventud. No recuerdo una sola que comenzase con «Mi muy querida y admirada Flora». Yo siempre las miraba, intentaba leer el encabezamiento y las pocas frases que había escrito, y como no podía soportar sentir tristeza, me impacientaba con el lenguaje florido, la petición directa de amor y compasión. Tendría más, pensaba yo —más de mí, quería decir— si pudiera conseguir retirarse con dignidad, en lugar de alargarse todo el tiempo para proyectar su sombra enferma.
       Para entonces había perdido mi interés por Flora. Estaba siempre pensando en historias y en aquel momento probablemente tenía una nueva en mente.
       Pero he pensado en ella desde entonces. Me he preguntado en qué clase de tienda trabajaría. ¿Una ferretería o un almacén de baratillo, en la que tendría que llevar una bata, o una farmacia en la que se lleva uniforme como una enfermera, o una tienda de ropa de señora en la que generalmente se espera que se vaya elegante? Quizá había tenido que aprender sobre batidoras o sobre sierras de cadena, saltos de cama, cosméticos o incluso condones. Tendría que trabajar todo el día con luz eléctrica y manejar una caja registradora. ¿Se haría la permanente, se pintaría las uñas y los labios? Debía de haber encontrado un lugar donde vivir; un pequeño apartamento con cocina que diese a la calle principal, o una habitación en una casa de huéspedes. ¿Qué hacía para seguir siendo cameroniana? ¿Qué para llegar a aquella iglesia alejada a no ser que consiguiese comprar un coche y aprendiera a conducirlo? Y si lo hiciera, podría ir no solamente a la iglesia, sino también a otros sitios. Podría irse de vacaciones. Podría alquilar una casita junto a un lago por una semana, aprender a nadar, visitar una ciudad. Podría comer en un restaurante, posiblemente en un restaurante en el que se sirvieran bebidas. Podría hacerse amiga de mujeres que estuvieran divorciadas.
       Podría encontrar un hombre. El hermano viudo de una amiga, quizá. Un hombre que no supiese que era cameroniana, ni qué eran los cameronianos. Que nada supiese de su historia. Un hombre que nunca hubiese oído hablar de la pintura parcial de la casa, ni de las dos traiciones, o que evitar ser tomada a broma había requerido de toda su dignidad e inocencia. Él podría querer llevarla a bailar, y ella tendría que explicarle que no podría ir. Él estaría sorprendido, pero no desanimado…, toda esa cuestión de los cameronianos podría parecerle peculiar, incluso encantadora. Y también al resto del mundo. La educaron en una religión extraña, diría la gente. Vivió durante mucho tiempo en alguna granja olvidada de Dios. Es un poco rara, pero realmente muy agradable. Y también guapa. Especialmente desde que se arregló el pelo.
       Podría ir a una tienda y encontrarla.
       No, no. Debe de estar muerta hace mucho tiempo.
       Pero supongamos que yo hubiese ido a una tienda: quizá a unos almacenes. Veo un lugar con una atmósfera de actividad, con escaparates sencillos, la antigua apariencia moderna de los años cincuenta. Imaginemos que una mujer alta, guapa y bien arreglada hubiese venido a atenderme y que yo hubiese sabido, de alguna manera, a pesar del cabello cardado y con laca y de los labios y las uñas rosas o de coral, que hubiese sabido que aquella era Flora. Habría querido decirle que yo sabía, que yo conocía su historia, aunque nunca nos hubiésemos conocido. Me imagino a mí misma intentando decírselo. (Esto ahora es un sueño, lo entiendo como un sueño.) La imagino escuchando, con una agradable compostura. Pero sacude la cabeza. Me sonríe, y en su sonrisa hay algo de burla, una tenue y confiada malicia. Aburrimiento, también. No le sorprende que le diga esto, pero está cansada de ello, de mí y de la idea que tengo de ella, de mi información, de que me imagine que puedo saber algo de ella.
       Por supuesto, es en mi madre en quien estoy pensando, en mi madre como era en aquellos sueños en los que decía: «No es nada, es solo este ligero temblor», o con aquella indulgencia asombrosamente feliz: «Oh, sabía que algún día vendrías». Mi madre me sorprendía y lo hacía casi desinteresadamente. Su máscara, su destino y la mayor parte de su mal habían desaparecido. Qué aliviada y qué feliz me sentí. Pero ahora recuerdo que también me sentí desconcertada. Tendría que decir que también me sentí ligeramente engañada. Sí. Ofendida, burlada, engañada, por aquel cambio bien recibido, por aquel alivio temporal. Mi madre, que salía más bien con descuido de su antigua prisión, mostrando facultades y poderes que nunca soñé que tuviera, cambiaba así algo más que su propia persona. Cambia el amargo bulto de amor que he llevado todo este tiempo en un fantasma, en algo inútil e inapropiado, como un embarazo fantasma.

       He descubierto que los cameronianos eran o fueron un residuo irreconciliable de los Covenanters, aquellos escoceses que en el siglo
XVII se comprometieron con Dios a resistir a los libros de oraciones, a los obispos, a cualquier mancha de papismo por parte del rey. Su nombre procede de Richard Cameron, un predicador proscrito, o «de campo», pronto derribado. Los cameronianos —durante largo tiempo han preferido ser llamados presbiterianos reformados— iban a la batalla cantando los salmos 74 y 78. Acuchillaron en la carretera al arrogante obispo de Saint Andrews hasta matarlo e hicieron que sus caballos pasaran sobre su cuerpo. Uno de sus ministros, con el ánimo de gozar firmemente de su propia ejecución en la horca, excomulgó a todos los demás sacerdotes del mundo.



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