Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Ariadna (1895)
(“Ариадна”)
Originalmente publicado en El pensamiento ruso [Русская мысль], Núm. 12 (diciembre de 1895);
Obras completas (edición de A. Marx, con modificaciones significativas en la segunda parte)


      En la cubierta del vapor que cubre el trayecto entre Odessa y Sebastopol, un señor bastante atractivo, con perilla, se acercó a mí para pedirme fuego y me dijo:
       —Fíjese en esos alemanes sentados cerca del puente. Cuando los alemanes o los ingleses se reúnen, hablan del precio de la lana, de la cosecha y de sus asuntos personales; en cambio, cuando los rusos nos juntamos sólo hablamos de mujeres o de temas elevados. Pero sobre todo de mujeres.
       El rostro de ese señor me resultaba familiar. La víspera habíamos regresado del extranjero en el mismo tren y en Volochisk lo había visto, durante el paso de la aduana, en compañía de una dama, su compañera de viaje, ante una verdadera montaña de maletas y canastas, llenas de vestidos de mujer; había advertido su turbación y descontento cuando tuvo que pagar derechos por algunos paños de seda, mientras su compañera protestaba y amenazaba con quejarse a alguien; luego, de camino a Odessa, le había visto llevar al compartimiento reservado a las mujeres tan pronto pasteles como naranjas.
       Hacía algo de humedad, el barco se balanceaba un poco y las damas se habían retirado a sus camarotes. El señor de la perilla se sentó a mi lado y siguió hablando:
       —Sí, cuando los rusos se reúnen sólo hablan de temas elevados o de mujeres. Somos tan inteligentes y tan importantes que sólo proferimos verdades y no podemos resolver más que cuestiones de orden superior. El actor ruso no sabe mostrarse alegre e interpreta el vodevil con profunda gravedad; lo mismo hacemos nosotros: cuando hay que hablar de naderías, las tratamos desde el punto de vista más elevado. Es una señal de falta de arrojo, sinceridad y sencillez. En cuanto a las mujeres, tengo la impresión de que hablamos tan a menudo de ellas porque nos sentimos insatisfechos. Las idealizamos demasiado y planteamos exigencias que no se ajustan a lo que la realidad puede ofrecemos, de modo que lo que obtenemos está muy lejos de lo que deseamos; el resultado es la insatisfacción, la quiebra de las ilusiones, los sufrimientos morales y la costumbre de hablar siempre de la causa de nuestro dolor. ¿Le molesta a usted que sigamos conversando?
       —En absoluto.
       —En ese caso, permítame que me presente —dijo mi interlocutor, incorporándose ligeramente—, Iván Ilich Shamojin, propietario moscovita, en cierta manera… Yo a usted lo conozco bien —se sentó y continuó, mirándome a la cara con cordialidad y franqueza—. Un filósofo de medio pelo, como por ejemplo Max Nordau, explicaría esas continuas conversaciones sobre mujeres por un desarreglo erótico, por el hecho de que tengamos siervos o por alguna otra razón del mismo jaez; pero yo contemplo la cuestión de otra manera. Se lo repito: estamos insatisfechos porque somos idealistas. Querríamos que las criaturas que nos dan la vida fueran superiores a nosotros y a cuanto hay en el mundo. Cuando somos jóvenes, poetizamos y adoramos a la mujer de la que nos enamoramos; entre nosotros amor y felicidad son términos sinónimos. En Rusia se desprecia el matrimonio sin amor y la sensualidad no sólo es objeto de burlas, sino motivo de repulsión; las novelas y relatos de más éxito son los que presentan mujeres bellas, poéticas y sublimes; en cuanto a la admiración que despiertan desde siempre entre nosotros las madonas de Rafael o la preocupación que mostramos por la emancipación de la mujer, puedo asegurarle que no hay en ello el menor rastro de afectación. Pero he aquí el problema: en cuanto nos casamos o nos unimos a una mujer, al cabo de dos o tres años nos sentimos ya desencantados y decepcionados; nos ligamos a otras y volvemos a desilusionarnos y angustiamos; al final nos convencemos de que las mujeres son mendaces, frívolas, fatuas, injustas, inferiores, crueles; en definitiva, que, lejos de ser superiores a nosotros, los hombres, son incomparablemente inferiores. Entonces, insatisfechos, decepcionados, no nos queda otro remedio que refunfuñar y comentar, llegado el caso, que hemos cometido una grave equivocación.
       Mientras Shamojin hablaba, reparé en que la lengua y el ambiente rusos le causaban un intenso placer. Probablemente se debía a que en el extranjero había sentido nostalgia de la patria. Alababa a los rasos y les asignaba un raro idealismo, sin por ello hablar mal de los extranjeros, y eso predisponía en su favor. No era menos evidente que le abrumaba alguna pena, que tenía más ganas de hablar de sí mismo que de las mujeres y que no iba a librarme de escuchar una larga historia con tintes de confesión.
       Y, de hecho, cuando pedimos una botella de vino y bebimos un vaso, empezó así:
       —Recuerdo que en un relato de Weltman alguien dice: «¡Ahí tienen una historia!». Y otro le responde: «Eso no es una historia, sino la introducción de una historia». De la misma manera, lo que le he dicho hasta ahora sólo es una introducción; a decir verdad, me gustaría contarle mi última aventura. Perdone que vuelva a preguntarle: ¿no le aburre escucharme?
       Le dije que no y él continuó:
       —La acción transcurre en la provincia de Moscú, en uno de sus distritos septentrionales. La naturaleza del lugar, debo confesarlo, es sorprendente. Nuestra propiedad se encuentra en la escarpada orilla de un río de rápida corriente, en un paraje llamado El Remolino, donde las aguas braman día y noche; imagínese un gran jardín a la antigua, amenos parterres, colmenas, un huerto y abajo el río con sus rizados sauces, los cuales, cuando cae en abundancia el rocío, parecen algo mates, como si hubieran encanecido; en la otra orilla se extienden las praderas y más allá, coronando una colina, un terrible y oscuro pinar. En ese bosque los níscalos crecen a puñados y en lo más profundo de su seno se ocultan los alces. Tengo la impresión de que, cuando me muera y claven mi ataúd, seguiré soñando con esos amaneceres deslumbrantes de sol, sabe usted, o con los maravillosos atardeceres de primavera durante los cuales, en el jardín y en la lejanía, cantan los ruiseñores y los rascones, y desde la aldea llegan los sones de un acordeón o los de un piano desde la casa, con el rumor del río siempre de fondo; en definitiva, cuando se escucha una música que dan ganas de llorar y a la vez de cantar a pleno pulmón. No tenemos mucha tierra labrantía, pero nos las arreglamos con los prados, que junto con los bosques nos rinden cerca de dos mil rublos al año. Soy hijo único; mi padre y yo somos personas de gustos modestos, de modo que con ese dinero, más la pensión de mi padre, teníamos más que suficiente. Una vez acabados mis estudios en la universidad, pasé tres años en el campo, ocupándome de la hacienda y esperando que me destinaran a algún sitio; pero lo más importante era que me había enamorado de una muchacha extraordinariamente bella y seductora. Se trataba de la hermana de mi vecino, el hacendado Kotlóvich, noble completamente arruinado, que tenía piñas, unos melocotones excelentes, pararrayos y una fuente en medio del patio, pero ni un solo kopek en el bolsillo. No se ocupaba de ninguna actividad, no sabía hacer nada, era un tipo escuchimizado que parecía hecho de nabos cocidos; curaba a los campesinos mediante la homeopatía y se interesaba por el espiritismo. Por lo demás, era un hombre afable, cordial y nada tonto, pero no tengo simpatía por esos señores que conversan con los espíritus y curan a las labriegas por medio del magnetismo. En primer lugar, las personas obsesionadas con alguna cuestión tienen ideas confusas, de modo que resulta bastante difícil hablar con ellas; en segundo, no suelen sentir afecto por nadie, evitan a las mujeres y su carácter misterioso causa un efecto desagradable en las personas impresionables. Su aspecto exterior tampoco me gustaba. Era alto, obeso, de piel blanca, con la cabeza pequeña, ojos brillantes y dedos blancos y fofos. No estrechaba la mano, sino que la amasaba. Y no paraba de excusarse. Si le pedías una cosa, se excusaba; si se la dabas, lo mismo. Pero su hermana era otra canción. Debo decirle que durante mi infancia y mi juventud no traté a los Kotlóvich, pues mi padre era profesor en N. y vivimos mucho tiempo en provincias; cuando trabé conocimiento con ellos, la joven ya tenía veintidós años, había terminado sus estudios en el instituto y había vivido dos o tres años en Moscú, en casa de una tía rica que la había presentado en sociedad. Cuando me la presentaron a mí y le dirigí la palabra por primera vez, lo que más me sorprendió fue su raro y hermoso nombre: Ariadna. ¡Qué bien le iba! Era una morena muy delgada, muy menuda, grácil, esbelta, de formas sumamente armoniosas, con unas facciones elegantes de indiscutible nobleza. También tenía los ojos brillantes, pero mientras los de su hermano despedían un brillo frío y empalagoso, como un caramelo, en la mirada de ella resplandecían la juventud, la belleza y el orgullo. Como no podía ser de otra manera, me subyugó desde el día en que la conocí. La primera impresión fue tan intensa que todavía hoy no me han abandonado las ilusiones y sigo pensando que la naturaleza, cuando creó a esa muchacha, tenía un vasto y sorprendente plan. La voz de Ariadna, sus andares, su sombrero y hasta la huella de sus pasos en la orilla de arena, donde pescaba gobios, me colmaban de alegría y de una sed apasionada de vida. Juzgaba sus prendas espirituales a partir de su bello rostro y sus armoniosas formas, y cada palabra suya, cada sonrisa, me maravillaban, me seducían y me obligaban a atribuirle un corazón noble. Era amable, comunicativa, alegre, sencilla de trato, hablaba de Dios y de la muerte con palabras llenas de poesía y en su registro moral había tal cantidad de matices que hasta a sus defectos sabía dar un toque personal y encantador. Supongamos que tuviera necesidad de un caballo nuevo y careciera de dinero. ¿Dónde estaba la dificultad? Podía vender o hipotecar alguna propiedad, y si el administrador juraba que no había nada que vender o hipotecar, podían quitarse los tejados de chapa de los pabellones y expedirlos a la fábrica, o bien, cuando el trabajo estaba en su máximo apogeo, llevar los caballos de tiro al mercado y venderlos por una minucia. Esos deseos desenfrenados a veces llevaban la desesperación a la casa entera, pero los expresaba con tanta gracia que al final se le perdonaba y se le permitía todo, como si fuese una diosa o la mujer del César. Mi amor era tan arrebatador que pronto dejó de ser un secreto para mi padre, para los vecinos, para los campesinos. Y mi persona era objeto de la compasión general. Cuando, por ejemplo, ofrecía vodka a los trabajadores, ellos se inclinaban y decían:
       »—Que Dios le conceda casarse con la señorita Kotlóvich.
       »La propia Ariadna sabía que la amaba. A menudo llegaba hasta nuestra casa, montada a caballo o en coche, y a veces pasaba días enteros con mi padre y conmigo. Había trabado amistad con mi padre y él le había enseñado incluso a montar en bicicleta, que era su distracción favorita. Recuerdo que una tarde se disponían a dar un paseo y ella solicitó mi ayuda para subir al sillín; estaba tan guapa ese día que, al tocarla, tuve la impresión de quemarme los dedos y me vi sacudido por temblores de éxtasis; los dos se alejaron por la carretera, apuestos y gráciles, y al cruzarse con el caballo moro del administrador, éste se echó a un lado, como si también él se hubiera quedado impresionado por la belleza de Ariadna. Mi amor y mi adoración la conmovían, la enternecían, y ella deseaba apasionadamente sentir la misma fascinación que yo y corresponderme de la misma manera. ¡Era tan poético!
       »Pero no podía como yo amar de verdad, pues era de natural frío y estaba ya bastante corrompida. En su corazón se había aposentado un demonio que le susurraba día y noche lo encantadora y divina que era; y, como no sabía para qué había sido creada y por qué se le había concedido la vida, se imaginaba que en el futuro sería muy rica y famosa, soñaba con bailes, carreras de caballos, libreas, aposentos suntuosos y un salon propio con un verdadero enjambre de condes, príncipes, embajadores, pintores y artistas célebres, todos inclinándose ante ella y admirando su belleza y su vestuario… Esa sed de poder y de éxitos personales, esa preocupación constante por una misma cuestión hacen que la gente se vuelva fría, y Ariadna lo era, no sólo conmigo, sino también con la naturaleza, con la música. Entre tanto, el tiempo pasaba y los embajadores no llegaban; Ariadna seguía viviendo en casa de su hermano espiritista, donde los asuntos cada vez iban peor, hasta el punto de que la joven ya no tenía con qué comprarse un vestido o un sombrero, viéndose obligada a recurrir al ingenio y a la astucia para ocultar su pobreza.
       »Como hecho a propósito, cuando vivía en Moscú, en casa de su tía, un tal príncipe Maktúiev, hombre adinerado pero totalmente insignificante, había solicitado su mano. Ella lo rechazó sin contemplaciones. Pero ahora, a veces, la atormentaba el gusano del arrepentimiento: ¿por qué había rehusado? Lo mismo que nuestros campesinos soplan con repulsión cuando en el kvas[38] flotan cucarachas, pero de todos modos se lo beben, ella recordaba al príncipe torciendo el gesto con desprecio, pero no dejaba de comentar:
       »—Diga lo que quiera, pero un título encierra algo inefable y fascinador…
       »Soñaba con títulos, con esplendores, y al mismo tiempo no quería perderme. Por mucho que sueñe uno con embajadores, el corazón no es de piedra y lamenta el marchitamiento de la juventud. Ariadna quería enamorarse, hacía ver que se sentía atraída por mí e incluso juraba que me amaba. Pero yo soy un hombre nervioso y sensible; cuando alguien me ama, lo percibo incluso a distancia, sin necesidad de protestas y juramentos; y en ese caso sólo sentía un soplo frío, y cuando ella me hablaba de amor me parecía estar oyendo el canto de un ruiseñor mecánico. La propia Ariadna comprendía que le faltaba pasión, sufría por ello y más de una vez la vi llorar. El caso es que un día, figúrese, me abrazó de pronto con ímpetu y me besó —fue al atardecer, a la orilla del río— y yo pude ver en sus ojos que no me amaba, que sólo me abrazaba por curiosidad, para probarse, como diciéndose: “Veamos lo que sucede”. La experiencia se me antojó espantosa. Le cogí las manos y le dije con desesperación:
       »—¡Esas caricias sin amor me hacen daño!
       »—¡Qué estrafalario… es usted! —exclamó ella con despecho, al tiempo que se alejaba.
       »Es muy probable que al cabo de un año o dos me hubiera casado con ella, poniendo fin a esta historia, pero al destino se le antojó organizar nuestro romance de otro modo. Sucedió que en nuestro horizonte surgió un personaje nuevo. El hermano de Ariadna recibió la visita de un compañero de universidad llamado Mijaíl Ivánich Lubkov, hombre amable, del que los cocheros y criados decían: “Es un señor muy interesante”. Era de talla mediana, enjuto, calvo, con cara de buen burgués, pálida y poco atractiva, aunque no desagradable, bigote tupido y bien cuidado, cuello arrugado como el de un ganso, lleno de granos y con una gran nuez. Llevaba un pince-nez con ancha cinta de color negro, tartajeaba y articulaba tan mal las erres y las eles que, cuando por ejemplo pronunciaba la palabra “realizar”, se oía “lealizal”. Siempre estaba alegre y todo lo encontraba divertido. Se había casado de la forma más estúpida, a los veinte años, y su mujer había aportado como dote dos casas en Moscú, cerca del monasterio de Novodévichi; se había ocupado de la reparación y construcción de un establecimiento de baños, se había quedado sin un céntimo y ahora su mujer y sus cuatro hijos vivían en las habitaciones orientales, sumidos en la miseria; él debía mantenerlos, circunstancia que encontraba divertida. Tenía treinta y seis años, mientras que la mujer ya había cumplido los cuarenta y dos, lo que también le hacía gracia. Su madre, mujer vanidosa y altanera, llena de pretensiones aristocráticas, despreciaba a su nuera y vivía aparte, con toda una jauría de perros y de gatos, y su hijo se veía obligado a pasarle setenta y cinco rublos al mes; él mismo era un hombre distinguido, le gustaba desayunar en el Slavianski Bazar y almorzar en el Hermitage; necesitaba mucho dinero, pero su tío sólo le daba dos mil rublos al año, cantidad a todas luces insuficiente, de modo que debía pasarse todo el día recorriendo las calles de Moscú, con la lengua fuera, como suele decirse, buscando a alguien a quien poder dar un sablazo; también eso lo encontraba divertido. Había ido a casa de Kotlóvich, según decía, para descansar en el seno de la naturaleza de los trabajos de la vida familiar. En el almuerzo y la cena, y también durante los paseos, nos hablaba de su mujer, de su madre, de sus acreedores y de los ujieres del juzgado, burlándose de todos ellos; se reía de sí mismo y aseguraba que, gracias a su capacidad para pedir prestado, había establecido muchas relaciones interesantes. No paraba de reírse y nosotros le imitábamos. Desde que llegó, nuestras actividades cambiaron. Yo me mostraba más inclinado a placeres serenos e idílicos, por así decir; me gustaba ir a buscar setas, pescar, pasear al atardecer; Lubkov prefería las meriendas campestres, los fuegos de artificio, la caza con perros. Unas tres veces por semana organizaba picnics y Ariadna, con aire serio y concentrado, escribía en un trozo de papel: ostras, champán, caramelos, y me enviaba a Moscú a por esos productos, por supuesto sin preguntarme si tenía dinero. En el transcurso de esas meriendas se sucedían los brindis, las risas y, una vez más, los alegres relatos sobre la vejez de su mujer, la gordura de los perros de su madre y la delicadeza de sus acreedores…
       »A Lubkov le gustaba la naturaleza, pero la contemplaba como una cosa conocida de antaño, de una esencia muy inferior a él y sólo creada para su disfrute. A veces se detenía ante un magnífico paisaje y decía: “Un buen sitio para tomar una taza de té”. Un día, al ver de lejos a Ariadna, que caminaba con una sombrilla en la mano, la señaló con la cabeza y dijo:
       »—Es delgada y eso me gusta. Me desagradan las mujeres gordas.
       »Ese comentario me ofendió. Le pedí que en mi presencia no hablara así de las mujeres. Él me miró con sorpresa y dijo:
       »—¿Qué hay de malo en que me gusten las mujeres delgadas y me desagraden las gordas?
       »Yo no le respondí. En otra ocasión, estando de excelente humor y algo achispado, dijo:
       »—Me he dado cuenta de que Ariadna Grigorievna le gusta. Me pregunto a qué está esperando usted.
       »Esas palabras me turbaron y, todo confundido, traté de exponerle mi punto de vista sobre el amor y las mujeres.
       »—No sé —suspiró—. En mi opinión, una mujer es una mujer y un hombre, un hombre. Que Ariadna Grigorievna sea una criatura poética y sublime, como usted dice, no significa que deba escapar a las leyes de la naturaleza. Como usted mismo ve, ha alcanzado ya una edad en que necesita un marido o un amante. Respeto a las mujeres no menos que usted, pero pienso que ciertas relaciones no excluyen la poesía. La poesía es una cosa y un amante otra. Lo mismo pasa con la agricultura: la belleza de la naturaleza es una cosa y el beneficio que rinden los bosques y los campos otra.
       »Cuando Ariadna y yo pescábamos gobios, Lubkov se tumbaba en la arena y me gastaba bromas o me enseñaba preceptos de vida.
       »—¡Me sorprende, señor, que pueda pasarse sin una aventura amorosa! —decía—. Es usted joven, atractivo, interesante; en una palabra, un hombre como hay pocos y, sin embargo, vive usted como un monje. ¡Ah, estos viejos de veintiocho años! Soy casi diez años mayor que usted, pero ¿quién es más joven de los dos? Díganoslo usted, Ariadna Grigorievna.
       »—Usted, sin duda —respondía ella.
       »Y cuando se aburría de nuestro silencio y de la atención con que vigilábamos nuestras boyas, se volvía a la casa; Ariadna entonces me decía, mirándome con irritación:
       »—Que Dios me perdone, pero más que un hombre parece usted la indecisión personificada. ¡Los hombres deben desbocarse, perder la cabeza, cometer errores, sufrir! Una mujer puede perdonar la insolencia y el descaro, pero nunca ese carácter suyo tan reflexivo —estaba enfadada de veras y añadió—: Para tener éxito, hay que ser decidido y arrojado. Lubkov no es tan apuesto como usted, pero sí más interesante, y siempre tendrá éxito con las mujeres porque, a diferencia de usted, es un hombre…
       »Se percibía incluso cierta exasperación en su voz. Un día, durante la cena, sin dirigirse a mí, empezó a decir que si fuera un hombre no enmohecería en el campo, sino que emprendería un viaje y pasaría el invierno en algún lugar del extranjero, en Italia, por ejemplo. ¡Ah, Italia! En ese momento mi padre, sin darse cuenta, añadió más leña al fuego: habló largo rato de Italia, de lo bien que se estaba allí, de lo maravillosa que era la naturaleza, de los magníficos museos. De Ariadna se apoderó un deseo repentino e irreprimible de visitar Italia. Hasta dio un puñetazo en la mesa y sus ojos centellearon: ¡quería partir!
       »Desde ese momento sólo hablaba de lo agradable que sería visitar Italia. “¡Ah, Italia! ¡Oh, Italia!”, y así todos los días. Cuando me miraba por encima del hombro, veía en su expresión fría y obstinada que en sus sueños había conquistado ya el país entero, con sus salones, sus extranjeros y sus turistas célebres, que no había manera de retenerla. Yo le aconsejaba esperar un poco, aplazar el viaje un año o dos, pero ella comentaba con una mueca de disgusto:
       »—Es usted tan razonable como una vieja.
       »Lubkov se mostró favorable al viaje. Aseguraba que saldría muy barato y que también él iría con gusto, para descansar de las preocupaciones de la vida familiar. Le confieso que me comporté con tanta ingenuidad como un colegial. Movido menos por los celos que por el presentimiento de algo espantoso e insólito, me esforzaba cuanto podía en no dejarlos solos y ellos se burlaban de mí; por ejemplo, cuando entraba en la habitación, hacían como si acabaran de besarse, etcétera.
       »Pero he aquí que una hermosa mañana su hermano el espiritista, pálido y abotargado, vino a verme y pidió hablar a solas conmigo. Era un hombre sin voluntad; a pesar de su educación y de su delicadeza, no podía abstenerse de leer una carta ajena, si la encontraba encima de la mesa. Y ese día, durante la conversación, me confesó implícitamente que había leído una carta de Lubkov a Ariadna.
       »—Por esa carta me he enterado de que ella se dispone a partir para el extranjero en los próximos días. ¡Querido amigo, estoy muy preocupado! ¡Explíquemelo usted, por el amor de Dios! ¡No entiendo nada! —hablaba y respiraba con dificultad, echándome el aliento en la cara, que olía a carne cocida—. Perdone que le haga partícipe del secreto de esa carta —continuó—, pero es amigo de Ariadna y ella le tiene en alta estima. Quizá sepa usted algo. Ella tiene intención de partir, pero ¿con quién? El señor Lubkov también se apresta a viajar con ella. Perdone, pero ese comportamiento me parece extraño por su parte. Es un hombre casado, tiene hijos y, sin embargo, hace declaraciones de amor, tutea a Ariadna en la carta. Perdóneme, pero es muy extraño.
       »Sentí que el frío se apoderaba de mí, que mis manos y mis pies se agarrotaban y noté un dolor tan intenso en el pecho como si me hubieran introducido una piedra afilada. Kotlóvich, desfallecido, se dejó caer en un sillón, con los brazos colgando como las correas de un látigo.
       »—¿Qué puedo hacer yo? —le pregunté.
       »—Influir en ella, convencerla… Juzgue usted mismo: ¿qué es Lubkov para ella? ¿Están juntos? ¡Oh, Dios mío, es terrible, terrible! —prosiguió, cogiéndose la cabeza con las manos—. Tiene excelentes pretendientes, el príncipe Maktúiev y… y otros. El príncipe la adora; sin ir más lejos, el miércoles de la semana pasada su difunto abuelo Hilarión me aseguró categóricamente, como dos y dos son cuatro, que Ariadna sería la mujer de su nieto. ¡Categóricamente! El abuelo Hilarión está muerto, pero era un hombre de una inteligencia sorprendente. Convoco su espíritu todos los días…
       »Después de esa conversación no pegué ojo en toda la noche; quería descerrajarme un tiro en la cabeza. Por la mañana escribí cinco cartas, que rompí en mil pedazos, luego lloré de desesperación; más tarde le pedí dinero a mi padre y partí para el Cáucaso sin despedirme de nadie.
       »Por supuesto una mujer es una mujer y un hombre un hombre, pero ¿acaso las cosas son tan sencillas en nuestro tiempo como antes del Diluvio? ¿Es que un hombre cultivado como yo, dotado de una estructura mental compleja, debe explicar la intensa atracción que siente por una mujer sólo por la diferencia de forma entre su cuerpo y el de ella? ¡Ah, qué terrible sería eso! Quiero pensar que el genio humano, en su lucha con la naturaleza, también ha batallado con el amor físico como con un enemigo y que, si no lo ha derrotado, al menos ha conseguido cubrirlo con un velo de ilusiones de fraternidad y de amor; al menos en lo que a mí respecta, ya no se trata de una simple función de mi organismo animal, como sucede en el caso de un perro o de una rana, sino de verdadero amor y cada abrazo está espiritualizado por un impulso puro del corazón y por el respeto a la mujer. En realidad, la repugnancia por el instinto animal ha sido alimentada durante siglos, durante cientos de generaciones, me ha sido transmitida en la sangre y constituye una parte de mi ser; en nuestra época, poetizar el amor es tan natural e inevitable como tener las orejas inmóviles y no estar cubierto de pelo. Me parece que así piensa la mayoría de la gente cultivada, ya que en la actualidad la ausencia de un elemento moral y poético en el amor se considera una marca de atavismo; se dice que es un síntoma de degeneración y, en muchos casos, de locura. Cierto que, al poetizar el amor, suponemos en el ser amado cualidades de las que a menudo carece y que esa circunstancia es fuente de errores y sufrimientos constantes; pero en mi opinión, más vale que sea así; es decir, más vale sufrir que consolarse con la premisa de que una mujer es una mujer y un hombre un hombre.
       »En Tiflis recibí una carta de mi padre. Me escribía que Ariadna Grigorievna había partido tal día para el extranjero con la intención de pasar allí todo el invierno. Al cabo de un mes regresé a casa. Estábamos ya en otoño. Cada semana Ariadna enviaba una carta a mi padre, escrita en papel perfumado, siempre interesante y redactada con un cuidado estilo literario. Soy de la opinión de que toda mujer es una escritora en potencia. Ariadna contaba con lujo de detalles las dificultades que había tenido para entenderse con su tía y conseguir que le entregara mil rublos para el viaje y el mucho tiempo que había pasado en Moscú buscando a una viejecita, pariente lejana, para convencerla de que la acompañara. Esa abundancia de pormenores dejaba traslucir que todo era una invención y yo me daba cuenta de que no tenía con ella ninguna carabina. Poco después recibí una carta suya, también perfumada y escrita con primor. Me decía que me echaba de menos, que sentía nostalgia de mis bellos ojos, inteligentes y enamorados, y me reprochaba en tono amistoso que estuviera perdiendo mi juventud y enmoheciera en el campo cuando hubiera podido, como ella, vivir en el paraíso, bajo las palmeras, y aspirar el aroma de los naranjos. Firmaba así: “Ariadna, abandonada por usted”. Luego, al cabo de un par de días, llegó otra carta del mismo jaez y con la siguiente firma: “La olvidada por usted”. Mi cabeza se llenó de niebla. La amaba apasionadamente, soñaba con ella cada noche y ella me decía que la había “abandonado”, “olvidado”. ¿Por qué? ¿Para qué? A todo eso hay que añadir el tedio de la vida rural, los largos atardeceres, los pensamientos angustiosos sobre Lubkov… La incertidumbre me atormentaba, emponzoñaba mis días y mis noches, se me hacía insoportable. No pude resistirlo más y partí.
       »Ariadna me esperaba en Abbazia. Llegué allí una jornada tibia y luminosa; había llovido y las gotas todavía colgaban de los árboles; me detuve ante la inmensa dépendance, semejante a un cuartel, donde vivían Ariadna y Lubkov. No estaban en casa. Me dirigí al parque municipal, paseé por sus alamedas y luego me senté. Junto a mí pasó un general austríaco, con las manos en la espalda y las mismas franjas rojas en el pantalón que lucen los nuestros; luego un coche de niño, cuyas ruedas chirriaban en la arena húmeda; más tarde un anciano decrépito de tez biliosa, un grupo de ingleses, un cura y de nuevo el general austríaco. Una banda militar, que acababa de llegar de Fiume con sus instrumentos resplandecientes, fue ganando poco a poco el templete; empezó el concierto. ¿Ha estado usted alguna vez en Abbazia? Es una pequeña ciudad eslava, con una sola calle sucia y apestosa, por la que, después de la lluvia, sólo se puede caminar con chanclos. Había leído tantos comentarios sobre ese paraíso terrenal, siempre con fascinación, que luego, al atravesar con precaución, levantándome el pantalón, esa estrecha calle, al comprar, llevado por el aburrimiento, unas peras duras a una vieja campesina que, al enterarse de mi nacionalidad, balbució algunas cifras en ruso, y al preguntarme, lleno de perplejidad, dónde podía ir y qué podía hacer, encontrándome inevitablemente con otros rusos tan decepcionados como yo, sentí despecho y vergüenza. Hay en esa localidad una tranquila bahía surcada por vapores y barcas de velas multicolores; desde allí alcanzan a verse Fiume y las islas lejanas, envueltas en una bruma de color lila; sería un hermoso panorama si la vista de la bahía no estuviera obstruida por hoteles y dépendances de una torpe arquitectura burguesa, con los que los rapaces especuladores han cubierto toda esa verde orilla; el resultado es que la mayor parte del tiempo no ve usted otra cosa en ese paraíso que ventanas, terrazas y placitas con veladores blancos y camareros con fracs negros. Hay un parque similar al de todas las ciudades balneario del extranjero. Las frondas oscuras, inmóviles y taciturnas de las palmeras, la arena brillante y amarilla de las alamedas, el verde intenso de los bancos, los resplandecientes y retumbantes instrumentos de la banda militar, las franjas rojas en el pantalón del general: todo eso acaba cansando en sólo diez minutos. Y sin embargo, está uno obligado, Dios sabe por qué, a pasar allí diez días, diez semanas. A lo largo de mi forzada peregrinación por distintas ciudades balneario, fui convenciéndome cada vez más de lo incómoda y aburrida que es la vida de las personas satisfechas y adineradas, de lo débil y desvaído de su imaginación, de lo pusilánime de sus gustos y deseos. Cuánto más felices que ellos son esos turistas jóvenes y viejos, que, faltos de dinero para vivir en un hotel, se alojan en cualquier sitio, disfrutan de la visión del mar desde lo alto de las montañas, tumbados en la verde hierba, van a pie, ven de cerca los bosques y los pueblos, observan las costumbres del país, escuchan sus canciones, se enamoran de sus mujeres…
       »Mientras esperaba en el parque, cayó la tarde, y en medio del crepúsculo apareció mi Ariadna, elegante y resplandeciente como una princesa; tras ella venía Lubkov, vestido de pies a cabeza con ropas nuevas y amplias, compradas probablemente en Viena.
       »—¿Por qué se ha enfadado usted? —le decía—. ¿Qué le he hecho?
       »Al verme, dio un grito de alegría; seguramente, de no habernos encontrado en un parque, se habría arrojado a mi cuello; me apretaba las manos con fuerza y se reía; yo también reía y la emoción casi me hacía llorar. Empezaron las preguntas: ¿cómo iba todo en el campo? ¿Cómo estaba mi padre? ¿Había visto a su hermano?, etcétera. Exigía que la mirara a los ojos y me preguntaba si recordaba los gobios, nuestras pequeñas discusiones, las meriendas campestres…
       »—Qué agradable era todo eso, la verdad —dijo con un suspiro—. Pero aquí tampoco nos aburrimos. Tenemos muchos conocidos, mi querido y buen amigo. Mañana le presentaré a una familia rusa. Sólo le pido, por favor, que se compre otro sombrero —me examinó y frunció el ceño—. Abbazia no es una aldea —añadió—. Aquí todo tiene que ser comme il faut.
       »Luego fuimos a un restaurante. Ariadna no dejaba de reír, de bromear, de llamarme su querido, bueno e inteligente amigo; parecía como si no acabara de creer que estuviera a su lado. Permanecimos en el local hasta eso de las once y nos separamos muy satisfechos de la cena y de nuestra compañía. Al día siguiente me presentó a la familia rusa como “el hijo de un célebre profesor, vecino nuestro”. Con esa familia sólo hablaba de haciendas y cosechas, tomándome en todo momento como testigo. Trataba de aparecer como una propietaria muy acaudalada y la verdad es que lo conseguía. Se comportaba de un modo exquisito, como la aristócrata de pura cepa que era.
       »—¡Hay que ver cómo es mi tía! —dijo de pronto, mirándome con una sonrisa—. Tuvimos una pequeña disputa y se marchó a Méran. ¿Qué le parece?
       »Más tarde, cuando paseaba con ella por el parque, le pregunté:
       »—¿De qué tía me hablaba hace un momento? ¿Qué más tiene que decirme de ella?
       »—Es una mentira piadosa —contestó Ariadna, riéndose—. No deben saber que estoy aquí sin acompañante —al cabo de un minuto de silencio se apretó contra mí y dijo—: ¡Mi querido y buen amigo, reconcíliese con Lubkov! ¡Es tan desdichado! Su madre y su mujer son verdaderamente horribles.
       »Trataba a Lubkov de usted y, cuando se iba a la cama, le decía lo mismo que a mí: “Hasta mañana”; vivían en plantas diferentes; eso me hacía concebir esperanzas de que no había nada serio entre ellos, ninguna aventura; también con él me encontraba a gusto. Y cuando un día me pidió prestados trescientos rublos, se los entregué de buena gana.
       »Durante el día no hacíamos otra cosa que pasear. O bien deambulábamos por el parque, o comíamos o bebíamos. Todas las jornadas departíamos con la familia rusa. Poco a poco fui acostumbrándome a la idea de que, al entrar en el parque, me encontraría infaliblemente con el viejo de la tez biliosa, con el cura y con el general austríaco, que llevaba consigo un pequeño mazo de cartas y, en cuanto encontraba un sitio libre, se ponía a hacer solitarios, moviendo nerviosamente los hombros. La orquesta tocaba siempre las mismas composiciones. En mi hacienda de Rusia, sentía vergüenza ante los campesinos cuando, en días laborables, celebraba una merienda campestre con mis amigos o iba de pesca; de la misma manera, en esa localidad, sentía vergüenza ante los criados, los cocheros y los obreros con los que me cruzaba; en todo momento tenía la impresión de que me miraban y pensaban: “¿Por qué no haces nada?”. Esa sensación de vergüenza me acompañaba de la mañana a la noche, todos los días. Época extraña, desagradable, monótona; lo único que ponía un punto de variedad eran las solicitudes de Lubkov, que tan pronto me pedía cien gúldenes como cincuenta; ese dinero le resucitaba al momento, como a un morfinómano la droga, y empezaba a reírse ruidosamente de su mujer, de sí mismo o de sus acreedores.
       »Pero llegaron las lluvias y empezó a hacer frío. Partimos para Italia y yo telegrafié a mi padre para pedirle que me enviara a Roma, en nombre del cielo, un giro de ochocientos rublos. Nos detuvimos en Venecia, Bolonia, Florencia y en cada una de esas ciudades nos alojábamos sin falta en un hotel caro, donde nos estafaban, cobrándonos aparte la luz, el servicio y la calefacción, amén del pan del desayuno y el derecho a almorzar fuera del comedor. Comíamos muchísimo. Por la mañana nos servían un café complet. A la una el almuerzo, compuesto de carne, pescado, una tortilla, queso, fruta y vino. A las seis, cena de ocho platos, con largos intervalos durante los cuales bebíamos vino y cerveza. A las nueve tomábamos el té. Antes de medianoche, Ariadna declaraba que tenía hambre y pedía que le trajeran jamón y unos huevos pasados por agua. Nosotros también comíamos para hacerle compañía. Entre colación y colación, recorríamos los museos y las exposiciones, siempre obsesionados por el pensamiento de llegar tarde al almuerzo o a la cena. Yo me aburría delante de los cuadros y me entraban deseos de volver a mi habitación para tumbarme; me sentía fatigado, buscaba con los ojos una silla y repetía con hipocresía ante los otros: “¡Qué maravilla! ¡Qué ligereza!”. Como boas saciadas, sólo prestábamos atención a los objetos brillantes; los escaparates de las tiendas nos hipnotizaban, nos quedábamos extasiados ante broches de bisutería y comprábamos toda suerte de artículos inútiles e insignificantes.
       »Lo mismo sucedió en Roma. El tiempo en aquella ciudad era lluvioso y soplaba un viento frío. Después de un copioso desayuno, fuimos a visitar el templo de San Pedro, que, debido a nuestros vientres llenos y quizá al mal tiempo, no nos causó ninguna impresión; en aquella ocasión, nos acusamos mutuamente de indiferencia por el arte y estuvimos a punto de discutir.
       »Llegó el dinero enviado por mi padre. Recuerdo que fui a recogerlo por la mañana. Me acompañó Lubkov.
       »—El presente no puede ser pleno y feliz cuando existe un pasado —dijo—. En mi caso, ese pasado es como un pesado fardo al cuello. Por lo demás, si tuviera dinero, no habría de qué preocuparse, pero soy más pobre que una rata… Créame si le digo que sólo me quedan ocho francos —continuó, bajando la voz—; y sin embargo, tengo que enviar cien rublos a mi mujer y otros tantos a mi madre. Y correr con los gastos de aquí. Ariadna es como una niña, no quiere entender la situación y gasta a manos llenas como una duquesa. ¿Por qué se compró ayer un reloj? Y, dígame, ¿por qué seguimos interpretando el papel de corderitos? Ocultar nuestra relación al servicio y a los conocidos nos cuesta entre diez y quince francos al día, pues yo tomo una habitación aparte. ¿Para qué?
       »La afilada piedra giró en mi pecho. Ya no había dudas, todo estaba claro para mí; me quedé helado y al punto tomé la resolución de no volver a verlos, de alejarme de ellos, de regresar de inmediato a mi casa…
       »—Es fácil unirse a una mujer —continuó Lubkov—, sólo hay que desvestirla, pero luego, ¡qué penoso y estúpido resulta todo!
       »Mientras yo contaba mi dinero, comentó:
       »—Si no me presta usted mil francos, estoy perdido. Su dinero es mi único recurso.
       »Se los di y al momento resucitó y empezó a reírse de su tío, un chiflado que no había podido abstenerse de revelarle su dirección a la señora Lubkov. Cuando llegamos al hotel, hice las maletas y pagué la cuenta. Sólo me quedaba despedirme de Ariadna.
       »Llamé a su puerta.
       »—Entrez!
       »En su habitación reinaba ese desorden típico de las mañanas: sobre la mesa el servicio de té, un bollo a medio comer, cáscaras de huevo. La cama estaba deshecha y era evidente que en ella habían dormido dos personas. La propia Ariadna acababa de levantarse, llevaba una bata de franela y estaba sin peinar.
       »La saludé, luego guardé silencio durante un minuto, mientras ella trataba de poner en orden sus cabellos, y le pregunté, temblando de pies a cabeza:
       »—¿Por qué… por qué me pidió usted que viniera?
       »Por lo visto, ella adivinó lo que estaba pensando, pues me cogió la mano y dijo:
       »—Quería que estuviera usted aquí. ¡Es usted tan puro!
       »Me avergoncé de mi propia emoción, de mis temblores. ¿Y si de pronto rompía a llorar? Salí sin añadir palabra y al cabo de una hora ya había tomado asiento en un tren. Durante todo el viaje, Dios sabe por qué, no deje de figurarme que Ariadna estaba embarazada, su recuerdo me inspiraba repugnancia, y todas las mujeres a las que veía en los vagones y en las estaciones me parecían también embarazadas y a su vez despertaban en mí repulsión y piedad. Me encontraba en la posición de un avaro, lleno de avidez y de codicia, que descubre de pronto que todas sus monedas son falsas. Las escenas puras y graciosas que durante tanto tiempo había arrullado mi imaginación, movida por la pasión, mis planes y esperanzas, mis recuerdos, mis consideraciones sobre el amor y las mujeres, todo eso se burlaba ahora de mí y me sacaba la lengua. ¿Es posible que Ariadna, me preguntaba con horror, esa muchacha de deslumbrante hermosura e inteligencia, hija de un senador, haya podido unirse a ese hombre banal, insulso y sin interés? Y ¿por qué no iba a amar a Lubkov?, me respondía. ¿En qué es peor que yo? Ah, que amara a quien quisiera, pero ¿por qué mentir? No obstante, ¿por qué razón debía ser sincera conmigo? Y así seguía reflexionando, siempre en el mismo tono, hasta que la cabeza me daba vueltas. En el tren hacía frío. Iba en primera clase, pero había tres personas por asiento, el vagón carecía de dobles ventanas, la puerta de salida daba directamente al compartimento, y yo me sentía como encadenado, oprimido, abandonado, digno de lástima, tenía los pies ateridos y no dejaba de recordar lo seductora que estaba esa mañana con su bata y sus cabellos revueltos; en esos momentos, sobrecogido por unos celos terribles y un dolor moral angustioso, me veía sacudido por tales estremecimientos que mis compañeros de vagón me miraban con sorpresa e incluso pavor.
       »Una vez en Rusia me encontré montoneras de nieve y una temperatura de veinte grados bajo cero. Me gusta el invierno porque en esa época, en el interior de las casas, incluso durante la más cruda helada, el ambiente es especialmente templado. ¡Qué gusto da ponerse una zamarra de piel y unas botas de fieltro, en un día gélido y despejado, y ocuparse de alguna tarea en el jardín o en el patio, o leer en una habitación bien caldeada, sentarse en el despacho paterno, ante la chimenea, tomar un baño de vapor…! Pero cuando no se tiene madre, ni hermanas ni hijos, se siente una especie de angustia ante la llegada de las tardes invernales y se tiene la impresión de que éstas son extraordinariamente largas y serenas. Y cuanto más cálido y agradable es el ambiente, con mayor fuerza se percibe esa ausencia. Ese invierno, cuando regresé del extranjero, las tardes se me hicieron interminables y me sentí invadido por una nostalgia tan intensa que me impedía hasta leer; durante el día la situación era soportable, retiraba la nieve del jardín, daba de comer a las gallinas y las terneras, pero por la tarde me sentía morir.
       »Antes no me gustaban las visitas, ahora me alegraban porque sabía que la conversación versaría inevitablemente sobre Ariadna. El espiritista Kotlóvich venía a vemos con frecuencia para hablar de su hermana y a veces traía consigo a su amigo el príncipe Maktúiev, que estaba enamorado de Ariadna no menos que yo. Para poder vivir, ese hombre necesitaba entrar en la habitación de Ariadna, pasar los dedos por el teclado de su piano, mirar sus partituras; y mientras, el espíritu de su abuelo Hilarión seguía prediciendo que, más tarde o más temprano, ella se convertiría en su mujer. Por lo común, el príncipe se quedaba largo rato con nosotros, desde el desayuno hasta la medianoche, sin abrir la boca en todo ese tiempo; se bebía dos o tres botellas de cerveza en silencio y sólo de vez en cuando, para demostrar que participaba en la conversación, dejaba escapar una risa entrecortada, triste y algo estúpida. Antes de regresar a su casa, me llevaba aparte y me decía en voz baja:
       »—¿Cuándo vio por última vez a Ariadna Grigorievna? ¿Gozaba de buena salud? ¿No se aburrirá allí?
       »Llegó la primavera. Era el momento de ir a la caza de las aves de paso, de sembrar los cereales de primavera y el trébol. El ambiente era triste, pero ya primaveral; trataba de resignarme a la pérdida que había sufrido. Mientras trabajaba en los campos y escuchaba a las alondras, me preguntaba si no sería mejor acabar de una vez por todas con esa cuestión de la felicidad personal, si no me convendría formalizar un casamiento sin pretensiones, con una simple campesina. Pero de pronto, cuando los trabajos estaban en su apogeo, recibí una carta con sello de Italia. Y el trébol, las colmenas, los terneros y la muchacha campesina se desvanecieron como humo. Esta vez Ariadna me escribía que era profunda e infinitamente desdichada. Me reprochaba que no le hubiera tendido una mano salvadora, que la hubiera contemplado desde lo alto de mi virtud y la hubiera abandonado en un momento de peligro. Todo ello escrito con gruesos y nerviosos trazos, con borrones y tachaduras; era evidente que había escrito la misiva a toda prisa y que sufría. Por último, me suplicaba que fuera a salvarla.
       »De nuevo levé anclas y me puse en camino. Ariadna vivía en Roma. Llegué a última hora de la tarde; cuando ella me vio, estalló en sollozos y se arrojó a mi cuello. No había cambiado nada durante el invierno y seguía igual de joven y fascinante. Cenamos juntos y luego paseamos en coche por Roma hasta el amanecer; durante todo el tiempo, ella no dejó de hablarme de sus vicisitudes. Yo le pregunté dónde estaba Lubkov.
       »—¡No me recuerde a esa bestia! —gritó—. ¡Me repugna, me da asco!
       »—Pero estaba usted enamorada de él, creo —le dije.
       »—¡Nada de eso! Al principio lo encontraba original y me daba pena, nada más. Es descarado, toma a las mujeres por asalto, y todo eso tiene su encanto. Pero no hablemos de él. Es una triste página de mi vida. Se ha ido a Rusia en busca de dinero, ¡que tenga buen viaje! Le he dicho que no se atreva a volver.
       »Ya no se alojaba en un hotel, sino en un apartamento privado de dos habitaciones que había amueblado a su gusto, con un toque frío y lujoso. Después de la marcha de Lubkov, había contraído con sus conocidos una deuda de cerca de cinco mil francos, de modo que mi llegada era en verdad una salvación para ella. Tenía intención de llevarla de vuelta a casa, pero no lo conseguí. Sentía nostalgia de la patria, pero el recuerdo de las privaciones sufridas, de la pobreza, del tejado herrumbroso de la casa de su hermano despertaba en ella repulsión y le hacía temblar, de manera que, cuando le propuse regresar, me apretó las manos convulsivamente y dijo:
       »—¡No, no! ¡Allí me moriría de aburrimiento!
       »Luego mi amor entró en su última fase, en su último cuarto.
       »—Sea el mismo enamorado de antaño, quiérame un poco —me decía, inclinándose hacia mí—. Es usted un hombre taciturno y reflexivo, le asusta ceder a los impulsos y siempre está pensando en las consecuencias. ¡Ah, qué aburrido! ¡Se lo ruego, se lo suplico, muéstrese cariñoso…! Mi puro, mi santo, mi querido amigo, ¡le amo tanto!
       »Me convertí en su amante. Al menos durante un mes estuve como loco, sintiéndome arrebatado por el éxtasis. Tener en los brazos un cuerpo joven y hermoso, disfrutar de él, percibir su calor cada vez que te despiertas y recordar que ella, mi Ariadna, estaba allí conmigo, ¡ah, no es fácil acostumbrarse a todo eso! Pero, de todos modos, fui habituándome y poco a poco empecé a analizar con mayor serenidad mi nueva situación. Ante todo me daba cuenta de que Ariadna sentía tan poca inclinación por mí como antes. Pero quería amar de verdad, temía la soledad y, sobre todo, era joven, saludable, fuerte y sensual, como en general todas las personas frías, de modo que los dos hacíamos ver que estábamos unidos por un amor apasionado. Más tarde comprendí también otras cosas.
       »Vivimos en Roma, en Nápoles, en Florencia; también fuimos a París, pero esa ciudad nos pareció fría, así que regresamos a Italia. En todas partes nos presentábamos como marido y mujer, como propietarios acaudalados; la gente trababa amistad con nosotros de buena gana y Ariadna tenía mucho éxito. Como recibía lecciones de pintura, la llamaban artista, figúrese, y ese calificativo le quedaba muy bien, aunque no tenía el menor talento. Todos los días dormía hasta las dos o las tres; tomaba el café y el desayuno en la cama. Para el almuerzo encargaba sopa, langosta, pescado, carne, espárragos y caza; luego, cuando se acostaba, yo le llevaba a la cama alguna cosa, rosbif, por ejemplo, que ella masticaba con una expresión triste y preocupada, y cuando se levantaba por la noche, comía manzanas y naranjas.
       »La cualidad principal y, por así decir, fundamental de esa mujer era una sorprendente astucia. Se valía de artimañas sin parar, a cada momento, sin necesidad aparente, como por instinto, lo mismo que el gorrión pía y la cucaracha mueve sus antenas. Fingía conmigo, con el servicio, con el portero, con los propietarios de las tiendas, con los conocidos; no había conversación ni encuentro que estuviera exento de visajes y poses. Bastaba que en nuestra habitación entrara un hombre —daba igual quién, un camarero o un barón— para que su mirada, su expresión, su voz y hasta las líneas de su cuerpo cambiaran. Si la hubiera visto entonces al menos una vez, habría pensado que en toda Italia no había personas más mundanas y adineradas que nosotros. No dejaba que un pintor o un músico se le escapara sin comentar toda suerte de sandeces sobre su notable talento.
       »—¡Qué talento el suyo! —decía con voz suave y cantarina—. En su presencia hasta siento miedo. Tengo la impresión de que puede ver el interior de las personas.
       »¡Y todo eso para despertar aplausos, alcanzar reconocimiento y causar admiración! Cada mañana se levantaba con el mismo pensamiento: “¡Gustar!”. Ése era el único fin y sentido de su existencia. Si le hubiera dicho que en tal calle o tal casa vivía un hombre al que no le gustaba, se habría sentido desdichada. Todos los días necesitaba encandilar, cautivar, hacer enloquecer a alguien. Tenerme en su poder y anularme por completo con sus encantos suscitaba en ella la misma delectación que embargaba antaño a los vencedores de los torneos. Mi humillación no le bastaba, de modo que por las noches, arrellanada como una tigresa, sin taparse con la ropa de cama —siempre tenía calor—, me leía las cartas que le enviaba Lubkov, en las que le rogaba que regresara a Rusia; de lo contrario, juraba que desvalijaría o mataría a alguien para procurarse dinero y poder reunirse con ella. Aunque lo odiaba, sus cartas apasionadas y serviles la conmovían. Tenía en alta estima sus atributos; consideraba que, si en una concurrida reunión hubieran visto la armonía de sus formas y el color de su piel, habría conquistado no sólo toda Italia, sino el mundo entero. Esas conversaciones sobre sus formas y el color de su piel me disgustaban y, como ella se había dado cuenta, cuando se enfadaba, para molestarme, decía toda clase de vulgaridades y me provocaba; un día, en la casa de campo de una dama, llegó a decirme en un arrebato de cólera:
       »—¡Si no deja usted de importunarme con sus sermones, me desvestiré en este mismo instante y me tumbaré completamente desnuda sobre estas flores!
       »A menudo, cuando la veía dormir, comer o tratar de imprimir a su rostro una expresión ingenua, pensaba: “¿Para qué le ha dado Dios esa extraordinaria belleza, ese encanto y esa inteligencia? ¿Sólo para tumbarse en la cama, comer y decir una mentira tras otra?”. Pero ¿merecía el calificativo de inteligente? Le asustaba ver tres velas, así como el número trece; le aterraba pensar en el mal de ojo y en los sueños de mal agüero; hablaba del amor libre y en general de la libertad como una vieja beata; aseguraba que Boleslav Markevich escribía mejor que Turguéniev. Pero era diabólicamente astuta e ingeniosa y sabía mostrarse en sociedad como una persona muy cultivada y avanzada.
       »No le costaba nada, ni siquiera en los momentos de mayor alegría, ofender a un criado o matar un insecto; le gustaban las corridas de toros, disfrutaba leyendo las informaciones sobre asesinatos y se enfadaba cuando se absolvía a los encausados.
       »Con la vida que llevábamos, necesitábamos mucho dinero. Mi pobre padre me enviaba su pensión y todos sus magros ingresos, pedía prestado para mí en cuanto se le presentaba la ocasión; una vez me respondió non habeo y yo le envié un telegrama en el que le suplicaba que hipotecara la hacienda. Poco después le pedí que obtuviera dinero mediante una segunda hipoteca. En uno y otro caso cumplió mi petición sin un reproche y me envió todo el dinero, hasta el último kopek. Ariadna desdeñaba las cuestiones prácticas, se desentendía de ellas y, cuando yo gastaba miles de francos para satisfacer sus deseos insensatos, gimiendo como un árbol viejo, ella se ponía a cantar con total serenidad Addio, bella Napoli. Poco a poco mis sentimientos por ella fueron enfriándose y empecé a avergonzarme de nuestra relación. No me gustan los embarazos y los partos, pero a veces soñaba con un niño, que habría sido la justificación formal de nuestra existencia. Para no caer en el mayor desprecio de mí mismo, empecé a frecuentar los museos y las galerías, me aficioné a la lectura, me acostumbré a comer con frugalidad, abandoné la bebida. Me obligaba a seguir ese régimen de vida de la mañana a la noche y sentía cierto alivio en el alma.
       »Ariadna, por su parte, se había cansado de mí. Además, las personas entre las que tenía éxito eran todas de condición mediana, había tan pocos embajadores y salones como antes y carecíamos de dinero; todo eso la humillaba y la hacía sollozar; finalmente, acabó confesándome que no le importaría volver a Rusia. Nos pusimos en camino. Los meses previos a nuestra partida intercambió una copiosa correspondencia con su hermano; era evidente que concebía unos planes secretos que sólo Dios conocía. Yo ya me había cansado de desentrañar sus artimañas. Pero no volvimos a la aldea, sino que fuimos a Yalta y después al Cáucaso. Ella ya sólo puede vivir en ciudades balneario. ¡Si supiera usted cuánto las odio, qué ahogo y vergüenza me producen! ¡Cómo me gustaría volver a la aldea! ¡Cómo me gustaría trabajar, ganarme el pan con el sudor de mi frente, enmendar mis errores! Siento en mi interior un aluvión de fuerzas y tengo la impresión de que, si las pusiera en tensión, recuperaría la hacienda en cinco años. Pero, como ve, existe una complicación. Aquí no estamos en el extranjero, sino en nuestra santa madre Rusia, de modo que hay que pensar en el matrimonio. Por supuesto, la pasión ha desaparecido, del amor de antaño no queda ni rastro, pero, sea como fuere, estoy obligado a casarme con ella».
       Shamojin, conmovido por su propio relato, y yo, bajamos y seguimos hablando de las mujeres. Era ya tarde. Resultó que estábamos alojados en el mismo camarote.
       —Por el momento, el campo es el único lugar donde la mujer no está atrasada con respecto al hombre —decía Shamojin—; allí piensa, siente y lucha con la naturaleza, en nombre de la cultura, con el mismo celo que él. La mujer urbana, burguesa e intelectual está atrasada desde hace mucho tiempo y retoma a su condición primigenia; es ya un ser medio humano medio animal y a ella se debe que se hayan perdido muchas de las conquistas del genio humano; la mujer está desapareciendo poco a poco, sustituida por una criatura primitiva. Ese aspecto retrógrado de la mujer intelectual constituye una seria amenaza para la cultura; trata de arrastrar al hombre en ese movimiento regresivo y detiene su avance. Es algo indudable.
       Le pregunté por qué generalizaba, por qué juzgaba a todas las mujeres a partir del ejemplo de esa Ariadna. La aspiración de las mujeres a la instrucción y la igualdad de los sexos, que considero una pretensión justa, excluye en sí misma la suposición de un movimiento regresivo. Pero Shamojin apenas me escuchaba y sonreía con aire incrédulo. Era ya un misógino apasionado y recalcitrante y no había manera de hacerle cambiar de opinión.
       —¡Oh, basta! —me interrumpió—. Desde el momento en que la mujer, en lugar de ver en mí un ser humano y un igual, me considera un macho, y a lo largo de toda su vida no se preocupa de otra cosa que de gustarme, es decir, de conquistarme, ¿cómo puede hablarse de igualdad de derechos? ¡Ah, no las crea, son muy, muy astutas! Los hombres nos preocupamos de su libertad, pero ellas en verdad no la desean, sólo fingen quererla. ¡Su astucia es espantosa, terrible!
       Yo ya estaba aburrido de discutir y además tenía sueño. Me volví de cara a la pared.
       —Sí —oí, antes de quedarme dormido—. Sí. La culpa de todo la tiene nuestra educación, amigo. En las ciudades toda la educación y la instrucción que reciben las mujeres consiste fundamentalmente en convertirlas en seres medio humanos medio animales, es decir, en seres que gusten al macho y sepan conquistarlo. Sí —añadió Shamojin con un suspiro—. Sería necesario que fueran educadas e instruidas con los niños para que unos y otras estuvieran siempre juntos. Hay que educar a la mujer de modo que sepa, como el hombre, reconocer sus yerros, pues ahora, de creer en su palabra, siempre tienen razón. Hay que enseñar a las niñas, desde la cuna, que el hombre no es ante todo un galán ni un partido, sino una criatura semejante, su igual en todo. Hay que enseñarlas a utilizar la lógica, a generalizar, y no asegurarles que su cerebro pesa menos que el del hombre y, en consecuencia, pueden mostrar indiferencia pollas ciencias, por las artes y, en general, por las cuestiones culturales. El aprendiz de zapatero o de pintor de brocha gorda también tiene un cerebro de menores dimensiones que un hombre adulto y, sin embargo, participa en la lucha general por la existencia, trabaja, sufre. Hay que abandonar también esa manera de referirse a la fisiología, el embarazo y el parto, ya que, en primer lugar, la mujer no da a luz todos los meses; en segundo, no todas las mujeres tienen hijos; y en tercero, una campesina normal trabaja en los campos la víspera misma del alumbramiento, sin que le pase nada. Además, hay que llegar a una igualdad absoluta en la vida diaria. Si un hombre le ofrece una silla a una dama o coge del suelo el pañuelo que ella ha dejado caer, ella debe pagarle con la misma moneda. No pongo la menor objeción a que una muchacha de buena familia me ayude a ponerme el abrigo o me dé un vaso de agua…
       Ésas fueron las últimas palabras que escuché, pues me quedé dormido. A la mañana siguiente, mientras nos aproximábamos a Sebastopol, el tiempo era húmedo y desagradable. El barco cabeceaba. Shamojin estaba sentado conmigo en el puente, meditabundo y silencioso. Cuando llamaron para el té, hombres con el cuello del abrigo levantado y mujeres con rostros pálidos y soñolientos empezaron a bajar. Una dama, joven y muy hermosa, la misma que en Volochisk se había enfadado con los funcionarios locales, se detuvo ante Shamojin y le dijo con la expresión de un niño caprichoso y mimado:
       —Jean, tu pajarito se ha mareado.
       Luego, en el transcurso de mi estancia en Yalta, vi cómo esa hermosa dama pasaba al galope en un caballo amblador, perseguida por dos oficiales que apenas podían seguir su paso; más tarde, una mañana, la descubrí tocada de gorro frigio y ataviada con un delantal; estaba sentada en el malecón y pintaba un estudio al óleo, rodeada a cierta distancia de una gran multitud que la admiraba. También yo trabé conocimiento con ella. Me apretó la mano con fuerza y, mirándome extasiada, me agradeció con voz cantarina y suave el placer que le procuraban mis obras.
       —No la crea —me susurró Shamojin—. No ha leído un solo libro suyo.
       Una tarde, mientras paseaba por el malecón, me encontré con Shamojin, que cargaba con unos voluminosos paquetes llenos de aperitivos y frutas.
       —¡El príncipe Maktúiev está aquí! —dijo con alegría—. Llegó ayer con el hermano de Ariadna, el espiritista. ¡Ahora entiendo el motivo de aquella correspondencia! ¡Señor —continuó, levantando los ojos al cielo y apretando los paquetes contra el pecho—, si llegara a algún acuerdo con el príncipe, eso significaría la libertad, podría regresar al campo, a casa de mi padre!
       Y se alejó corriendo.
       —¡Empiezo a creer en los espíritus! —me gritó, dándose la vuelta—. ¡Parece que el espíritu del abuelo Hilarión estaba en lo cierto! ¡Ah, ojalá sea así!
       Al día siguiente de ese encuentro partí de Yalta, de modo que desconozco cómo habrá acabado la aventura de Shamojin.



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