Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Cirugía (1884)
(“Хирургия”)
Originalmente publicado, con el subtítulo “Escena”,
en la revista Fragmentos, Núm. 32 (11 de agosto de 1884);
Relatos abigarrados [Пестрых рассказов] (1886, aún con el subtítulo);
Obras completas (vol. II, con algunos cambios y recortes, sin el subtítulo)


      Un hospital provincial. En ausencia del médico, que ha emprendido viaje para casarse, se ocupa de los pacientes el enfermero Kuriatin, un hombre gordo de unos cuarenta años, con raída chaqueta de seda y gastados pantalones de lana. En la expresión de su rostro se lee que es un hombre afable y amante del deber. Entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda sostiene un cigarrillo que despide un olor apestoso.
       En la sala de espera entra el sacristán Vonmiglásov, un anciano alto y rechoncho, con una sotana pardusca y un ancho cinturón de cuero. En el ojo derecho, semicerrado, tiene una catarata y en la nariz una verruga que de lejos parece una mosca de gran tamaño. Por un instante el sacristán busca con los ojos el icono y, al no encontrarlo, se santigua delante de una botella de fenol; luego saca de su pañuelo rojo un pan bendito y, con una inclinación, lo pone delante del enfermero.
       —¡A-a-ah…! ¡Hola! —bosteza el enfermero—. ¿Qué le trae por aquí?
       —Le deseo un buen día de domingo, Serguéi Kuzmich… Necesito su ayuda… Como dice el salmo, perdóneme, con mucha verdad y justicia: “Mi bebida está mezclada con lágrimas”. El otro día me senté a tomar el té con mi vieja, pero no pude pasar ni una sola gota, nada de nada, Dios mío, y creí que me moría… Tomé un sorbo… y no pude más. No sólo me molestaba la muela, sino toda esta parte… ¡Qué dolor, qué dolor! Llega hasta la oreja, perdóneme, y es como si me hundieran un clavo o algo parecido. ¡Qué punzadas, qué punzadas! Soy un pecador, he faltado a la ley… Pues he dejado que el pecado enfriara mi alma y he pasado mi vida sumido en la pereza… ¡Me lo merezco por mis pecados, por mis pecados, Serguéi Kuzmich! Tras la misa, el sacerdote me ha reprendido: “Tartajeas, Yefim, y tu voz se ha vuelto gangosa. Cuando cantas, no hay manera de entender ni una palabra”. Pero cómo voy a cantar, hágase cargo, cuando no puedo ni abrir la boca; tengo toda la mandíbula hinchada, perdóneme, y no he pegado ojo en toda la noche…
       —Bueno… Siéntese… ¡Abra la boca!
       Vonmiglásov se sienta y abre la boca.
       Kuriatin frunce el ceño, examina la boca y, entre los dientes amarillentos por los años y el tabaco, descubre una muela adornada con un gran agujero.
       —El diácono me dijo que aplicara vodka con rábano, pero no ha surtido efecto. Glikeria Anisimovna, que Dios le conserve la salud, me dio un hilo del monte Athos para que me lo atara a la muñeca y me aconsejó que me enjuagara la muela con leche tibia; me puse el hilo, pero confieso que, en lo que respecta a la leche, no hice nada: temo a Dios, estamos en cuaresma…
       —Prejuicios… (Un silencio.) ¡Hay que arrancarla, Yefim Mijeich!
       —Usted sabrá, Serguéi Kuzmich. Para eso ha estudiado, para saber lo que hay que hacer en estos casos: si es necesario arrancar o basta con aplicar gotas o alguna otra cosa… Para eso estáis aquí, bienhechores nuestros, que Dios os conserve la salud, para que nosotros recemos por vosotros, que sois nuestros verdaderos padres, día y noche… hasta la hora final…
       —Una nadería… —dijo el enfermero, dándoselas de modesto, al tiempo que se acercaba al armario y rebuscaba entre los instrumentos—. La cirugía es una nadería… Basta con tener práctica y mano firme… Es muy sencillo… El otro día vino al hospital, como usted, el hacendado Aleksandr Ivánich Yeguípetski… También le dolía una muela… Es un hombre instruido, no para de hacer preguntas, todo lo quiere saber, el qué y el cómo. Me aprieta la mano, me llama por mi nombre… Ha vivido siete años en San Petersburgo, se ha codeado con todos los profesores… Hablamos durante un buen rato… “¡Por el amor de Dios —me dijo—, arránquemela, Serguéi Kuzmich!”. ¿Arrancarla? ¿Por qué no? No hay de qué preocuparse. Pero hay que saber lo que se hace, de otro modo es imposible… Hay muchas clases de muelas. En un caso hay que usar las tenazas, en otro las pinzas, en un tercero la llave… A cada una lo suyo.
       El enfermero coge las pinzas, se queda mirándolas un momento con indecisión, luego las deja en su sitio y toma las tenazas.
       —Bueno, abra bien la boca… —dice, acercándose con ellas al sacristán—. Ahora mismo… así… es muy sencillo… Sólo hay que separar la encía… efectuar una tracción en sentido vertical… y ya está… (separa la encía) y ya está.
       —Sois nuestros bienhechores… Nosotros, pobres idiotas, no comprendemos nada, pero a vosotros el Señor os ha iluminado…
       —Déjese de razonamientos mientras tiene la boca abierta… Esta muela es fácil de arrancar, pero a veces no quedan más que las raíces… Es muy sencillo… (Aplica las tenazas). Espere, no se mueva… Estese quieto… En un abrir y cerrar de ojos… (Efectúa una tracción). Lo esencial es coger la muela lo más abajo posible (tira)… para que la corona no se rompa…
       —Por todos los santos… Madre de Dios… ¡Ay!
       —No… No… Así no puedo. ¡No me coja usted las manos! ¡Deje las manos! (Tira). Ahora… Ya está, ya está… No es un caso fácil.
       —Por todos los santos… Padres de la Iglesia… (Grita). ¡Angeles del cielo! ¡Ay! ¡Ay…! ¡Pero arránquela, arránquela! ¿Va a pasarse cinco años tirando?
       —Es que… la cirugía… no es cosa de un momento… Ya está, ya está…
       Vonmiglásov levanta las rodillas hasta los codos, mueve los dedos, desencaja los ojos, respira con dificultad… Su rostro purpúreo se cubre de sudor, sus ojos se llenan de lágrimas. Kuriatin jadea, se afana alrededor del sacristán y tira… Pasan treinta segundos de una tortura inenarrable y las tenazas se desprenden de la muela. El sacristán pega un salto y se mete los dedos en la boca, pero encuentra la muela en su lugar.
       —¡Pues sí que has tirado bien! —dice con voz llorosa y al mismo tiempo burlona—. ¡Ojalá tiren así de ti en el otro mundo! ¡Te estoy muuy agradecido! ¡Si no sabes arrancar muelas, mejor no te metas! No veo nada…
       —¿Y por qué me has cogido las manos? —pregunta enfadado el enfermero—. Mientras yo trato de tirar, tú me apartas el brazo y dices toda suerte de idioteces… ¡Imbécil!
       —¡Tú sí que eres un imbécil!
       —¿Acaso crees que es fácil arrancar una muela semejante, muzhik del demonio? ¡Inténtalo! ¡Esto no es como subir al campanario y darle a la cuerda! (Le imita). “¡No sabes, no sabes!”. ¿Es que vas a enseñarme mi oficio? Lo que hay que ver… Cuando le arranqué la muela al señor Aleksandr Ivánich Yeguípetski no dijo ni una palabra… Es un hombre más respetuoso que tú y no se puso a cogerme las manos… ¡Siéntate! ¡Siéntate, te digo!
       —No veo nada… Deja que me recupere… ¡Ay! (Se sienta). Sólo te pido que no tires mucho tiempo, que la arranques. No tires, arráncala… ¡De un tirón!
       —¡Y todavía pretende darme lecciones! ¡Ah, Señor, qué pueblo más ignorante! ¡Vivir en medio de esta gente embrutece! Abre la boca… (Aplica las tenazas). La cirugía, amigo, no es ninguna broma… No es como cantar en el coro… (Efectúa una tracción). No te retuerzas… Es una muela vieja, tiene raíces profundas… (Tira). No te muevas… Así… Así… No te muevas… Bueno, bueno… (Se oye un crujido). ¡Ya lo sabía yo!
       Vonmiglásov se queda inmóvil durante un minuto, como privado de sentido. Está aturdido… Sus ojos miran el vacío con aire estúpido, el sudor baña su rostro demudado.
       —Tenía que haber empleado las pinzas… —murmura el enfermero—. ¡Menuda historia!
       Al volver en sí, el sacristán se mete los dedos en la boca y en el lugar de la muela enferma encuentra dos raigones salientes.
       —Diablo sarnoso… —exclama—. ¡Para martirizarnos os ha creado Dios, malditos!
       —Y todavía me insulta… —farfulla el enfermero, dejando las tenazas en el armario—. Grosero… No te debieron zurrar mucho en el seminario… El señor Aleksandr Ivánich Yeguípetski, que ha vivido siete años en San Petersburgo… es un hombre educado… sólo su traje costará unos cien rublos… y, sin embargo, no se atrevió a insultarme… ¿Quién te has creído que eres? ¡No te preocupes, no te morirás de ésta!
       El sacristán coge el pan bendito que había dejado sobre la mesa y, sujetándose la mejilla con la mano, se vuelve a su casa…




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar