Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Gúsiev (1890)
(“Гусев”)
Originalmente publicado en la revista Tiempo nuevo, Núm. 5326 (25 de diciembre de 1890);
La sala número seis (1893);
Obras completas (vol. IV, 1903)


I

      Han caído ya las primeras sombras, la noche está al llegar.
       Gúsiev, un soldado raso al que han enviado de vuelta a casa, se incorpora en su catre y dice con voz queda:
       —¿Me oyes, Pável Ivánich? Un soldado me dijo en Suchan que en mitad de la travesía su barco chocó con un enorme pez que les abrió la quilla.
       El hombre al que Gúsiev se dirige, de condición indefinida y al que en la enfermería del barco todos llaman Pável Ivánich, no responde, como si estuviera sordo.
       De nuevo se hace el silencio… El viento sopla entre los aparejos, la hélice zumba, las olas rugen, chirrían los catres, pero el oído ya se ha acostumbrado a esos sonidos y los hombres tienen la impresión de que a su alrededor todo duerme y calla. El tedio es indescriptible. Los tres enfermos —dos soldados y un marinero— que se han pasado el día entero jugando a las cartas, duermen y sueñan en voz alta.
       Se diría que el barco comienza a cabecear. El lecho de Gúsiev sube y baja lentamente, como si suspirara, y así una, dos, tres veces… Algún objeto golpea el suelo y tintinea: probablemente ha caído una jarra.
       —Se ha desencadenado el viento… —dice Gúsiev, aguzando el oído.
       Esta vez Pável Ivánich tose y responde con voz irritada:
       —Que si un pez ha chocado con el fondo, que si el viento se ha desencadenado… ¿Es que acaso el viento es una fiera que pueda romper sus cadenas?
       —Así hablan los cristianos.
       —Y los cristianos son tan ignorantes como tú… Dios sabe las cosas que dicen. Hay que tener la cabeza sobre los hombros y reflexionar. ¡Qué tipo más estúpido!
       Pável Ivánich sufre de mareos. Cuando el barco se balancea, se enfada y se irrita por la menor menudencia. En opinión de Gúsiev, se enfada sin motivo. ¿Qué hay de extraño o de complicado en ese pez, por ejemplo, o en que el viento que se desencadene? Supongamos que el pez sea del tamaño de una montaña y tenga el lomo duro como un esturión; supongamos también que donde termina el mundo haya unos gruesos muros de piedra y que los vientos malignos estén encadenados a ellos… Si no se han liberado de sus cadenas, ¿por qué se agitan sobre la superficie del mar como posesos y aúllan como perros? Si no están encadenados, ¿qué pasa con ellos cuando reina la calma?
       Gúsiev pasa largo rato pensando en peces del tamaño de una montaña y en gruesas cadenas herrumbrosas; luego se siente dominado por el aburrimiento y empieza a evocar su aldea natal, a la que regresa después de quince años de servicio en el Extremo Oriente. Ante sus ojos se perfila un enorme estanque cubierto de nieve… A un lado se alza una fábrica de porcelana de color ladrillo, con una alta chimenea y nubes de humo negro; al otro, la aldea… Del patio de la quinta isba, contando desde el fondo, sale el trineo de su hermano Alekséi; detrás va sentado su hijo Vanka, con grandes botas de fieltro, y su hija Akulka, con idéntico calzado. Alekséi está achispado y Vanka se ríe; Akulka lleva el rostro embozado, de modo que no puede verlo.
       «Esperemos que los niños no se hielen… —piensa Gúsiev— Señor —susurra—, concédeles sentido común y buen juicio para que respeten a sus padres y no sean más listos que ellos…».
       —Se necesitan suelas nuevas —delira el marinero enfermo con voz de bajo—. ¡Sí, sí!
       Los pensamientos de Gúsiev se interrumpen y, en lugar de un estanque, ve de pronto, sin venir a cuento, una gran cabeza de buey sin ojos; el caballo y el trineo ya no avanzan, sino que giran en medio de un humo negro. En cualquier caso, se alegra de haber visto a su familia. La felicidad le corta la respiración, siente un hormigueo en todo el cuerpo, le tiemblan los dedos.
       —¡Quiera Dios que podamos volver a vemos! —delira; en ese momento abre los ojos y busca en la penumbra un vaso de agua.
       Bebe, se acuesta y de nuevo desfilan por su cabeza el trineo, la cabeza de buey sin ojos, el humo, las nubes… Y así hasta el amanecer.


II

      Al principio se perfila en las tinieblas un círculo azul: es el ventanuco redondo; luego, poco a poco, Gúsiev empieza a distinguir a su vecino Pável Ivánich, quien duerme sentado, porque tumbado se ahoga. Tiene un rostro grisáceo, nariz larga, aguileña, ojos a los que su terrible delgadez hace parecer enormes, sienes hundidas, barba rala, cabellos largos… Por su rostro resulta imposible determinar su condición social: ¿es un noble, un comerciante o un campesino? A juzgar por su expresión y sus cabellos largos, se le podría tomar por un anacoreta o un novicio, pero basta oírle hablar para darse cuenta de que no tiene nada de monje. La tos, el ambiente sofocante y su propia enfermedad lo han agotado; respira con dificultad y sus labios secos se mueven. Cuando advierte que Gúsiev le está mirando, se vuelve hacia él y dice:
       —Empiezo a adivinar… Sí… Ahora lo entiendo todo perfectamente.
       —¿Qué es lo que entiende, Pável Ivánich?
       —Pues verás… Me parecía muy raro que personas gravemente enfermas como vosotros, en lugar de guardar reposo, os encontrarais en un vapor sofocante y abrasador, que no para de balancearse; en una palabra, en un lugar donde la amenaza de muerte es constante; pero ahora lo veo todo claro… Sí… Vuestros médicos os han puesto en este barco para desembarazarse de vosotros. Estaban hartos de ocuparse de animales de vuestra especie… No les pagáis, les causáis molestias y echáis a perder sus informes con vuestras muertes. ¡En definitiva, sois ganado! Pero librarse de vosotros no es difícil… Basta, en primer lugar, con no tener conciencia ni humanidad y, en segundo, con engañar a las autoridades del barco. No es necesario tener en cuenta la primera condición, pues en ese sentido somos unos verdaderos artistas; en lo que respecta a la segunda, es suficiente con tener un poco de experiencia. En una muchedumbre de cuatrocientos soldados y marineros sanos, cinco enfermos pasan desapercibidos; en definitiva, os traen al barco y os mezclan con hombres sanos; luego se hace el recuento a toda prisa y, en el barullo general, nadie advierte ninguna anormalidad; ahora bien, una vez que el vapor ha levado anclas, los oficiales descubren que en cubierta yacen varios paralíticos y tuberculosos en fase terminal…
       Gúsiev no comprende a Pável Ivánich; pensando que le está amonestando, dice a modo de justificación:
       —Me tumbé en cubierta porque no tenía fuerzas; cuando hicimos el trasbordo de la barcaza al vapor, sentí un frío tremendo.
       —¡Es indignante! —continúa Pável Ivánich—. ¡Saben perfectamente que no soportaréis esta larga travesía y de todos modos os meten aquí! Supongamos que lleguéis al océano índico, ¿y después? Solo de pensarlo da miedo… ¡Ese es el pago por vuestros años de leal e irreprochable servicio! —Pável Ivánich adopta una expresión maligna, tuerce la boca en una mueca de disgusto y añade, respirando con dificultad—: ¡A esa gente habría que crucificarla en los periódicos, hacerla picadillo!
       Los dos soldados enfermos y el marinero se despiertan y se ponen a jugar a las cartas. El marinero está reclinado en el catre, mientras los soldados se han sentado en el suelo, a su lado, en posturas muy incómodas. Uno de ellos tiene el brazo derecho vendado y la mano cubierta de un apósito en forma de gorro, de manera que debe sostener las cartas en la axila derecha o en el pliegue del codo y jugar con la mano izquierda. El balanceo es muy pronunciado. Imposible levantarse, ni beber té, ni tomar los medicamentos.
       —¿Eras ordenanza? —le pregunta Pável Ivánich a Gúsiev.
       —En efecto.
       —¡Dios mío, Dios mío! —dice Pável Ivánich, sacudiendo la cabeza con aire pesaroso—. Arrancar a un hombre de su nido familiar, llevarlo a quince mil verstas de distancia, obligarle a contraer la tuberculosis; y todo eso ¿para qué?, permitidme que os lo pregunte. ¡Para convertirlo en ordenanza de algún capitán Kopeikin o de algún alférez Dirka[63]! ¡Menuda lógica!
       —Las tareas no son difíciles, Pável Ivánich. Te levantas por la mañana, limpias las botas, preparas el samovar, arreglas la habitación y ya no tienes que ocuparte de nada. El teniente se pasa todo el santo día dibujando planos, de modo que puedes hacer lo que te plazca: rezar a Dios, leer un libro, dar un paseo. Que Dios conceda a todo el mundo una vida semejante.
       —¡Sí, está muy bien! El teniente dibuja planos y tú te pasas todo el día en la cocina, pensando en tu país… Planos… ¡No se trata de planos, sino de la vida de los hombres! No se vive dos veces, hay que aprovechar cada momento.
       —Así es, Pável Ivánich, pero a los malvados no se les tolera en ninguna parte, ni en casa, ni en el trabajo; en cambio, si te comportas como es debido y obedeces, nadie te ofenderá. Los señores son instruidos, comprensivos… En cinco años no he pasado un solo día en el calabozo y, si la memoria no me falla, solo me han pegado una vez…
       —¿Por qué?
       —Por una pelea. Tengo el genio muy vivo, Pável Ivánich. Cuatro chinos entraron en nuestro patio; creo que llevaban leña, pero no me acuerdo bien. Estaba aburrido, así que les molí las costillas; uno de esos malditos empezó a sangrar por la nariz… El teniente lo vio por el ventanuco, se enfadó y me dio una bofetada.
       —Eres un estúpido, me das lástima… —murmura Pável Ivánich—. No entiendes nada.
       Totalmente agotado por el balanceo, cierra los ojos; tan pronto echa la cabeza hacia atrás, como la reposa sobre el pecho. Varias veces trata de tumbarse, pero no lo consigue: el asma se lo impide.
       —¿Y por qué la emprendiste con esos cuatro chinos? —pregunta al cabo de un rato.
       —Porque sí. Entraron en el patio y les golpeé.
       Se produce un silencio… Los jugadores continúan la frenética partida durante unas dos horas, entre reniegos constantes. Gúsiev vuelve a ver el estanque, la fábrica, la aldea… Vislumbra de nuevo el trineo, Vanka ríe otra vez, mientras la tonta de Akulka abre la pelliza y saca las piernas: miradme, buenas gentes, parece decir, mis botas son nuevas, no como las de Vanka.
       —¡Va a cumplir seis años y sigue sin entrar en razón! —delira Gúsiev— En lugar de enseñar las piernas, ven a darle de beber a tu tío, el soldado. Te haré un regalo.
       De pronto aparece Andréi con un fusil de chispa al hombro y una liebre muerta, seguido del viejo judío Isáichik, que le propone cambiarle la pieza por un trozo de jabón; luego ve una temerá negra en el umbral, más tarde a Domna zurciendo una camisa y llorando, y por último otra vez la cabeza de buey sin ojos, el humo negro…
       Alguien lanza un estridente grito arriba, unos marineros pasan corriendo; parece como si arrastraran un objeto enorme por cubierta o una madera hubiera crujido. Vuelven a pasar hombres corriendo… ¿No habrá sucedido alguna desgracia? Gúsiev levanta la cabeza, aguza el oído y abre los ojos: los dos soldados y el marinero han retomado el juego de cartas; Pável Ivánich está sentado y mueve los labios. El ambiente es sofocante, las fuerzas apenas alcanzan para respirar, la sed acucia, pero el agua está caliente y tiene un sabor nauseabundo… El balanceo no cesa.
       De pronto a uno de los soldados que juegan a las cartas le sucede algo extraño… Llama corazones a los diamantes, se equivoca en las cuentas y se le caen las cartas; luego, asustado, sonríe con aire estúpido y pasea la mirada por todos los presentes.
       —Ahora vuelvo, muchachos… —dice, tumbándose en el suelo.
       Sus compañeros se quedan perplejos. Lo llaman, pero no responde.
       —Stepán, ¿no estarás enfermo? —le pregunta el soldado del brazo vendado—. Tal vez haya que llamar al pope.
       —Stepán, bebe agua… —dice el marinero—. Vamos, amigo, bebe.
       —¿Por qué le pones la jarra entre los dientes? —se enfada Gúsiev—. ¿Es que estás ciego, cabeza de chorlito?
       —¿Qué pasa?
       —¿Qué pasa? —le remeda Gúsiev—. ¡No respira, está muerto! ¡Eso es lo que pasa! Qué gente más tonta, Dios mío.


III

       El barco ya no cabecea y Pável Ivánich ha recuperado su alegría. Ya no está enfadado. Luce una expresión jactanciosa, provocativa y socarrona, como si quisiera decir: «Sí, os voy a contar una broma que os vais a partir de risa». El ventanuco redondo está abierto y una brisa ligera acaricia su cara. Se oyen algunas voces y un chapoteo de remos en el agua… Al lado mismo del ventanuco alguien berrea con voz aguda y desagradable: probablemente un chino está cantando.
       —Sí, hemos llegado a puerto —dice Pável Ivánich, con una sonrisa burlona—. Un mes más y estaremos en Rusia. Sí, ilustrísimos señores soldadotes. Llegaré a Odessa y de allí me dirigiré directamente a Járkov, donde tengo un amigo escritor. Iré a verle y le diré: bueno, muchacho, deja por un tiempo tus repugnantes argumentos de amoríos femeninos y las bellezas de la naturaleza y ocúpate de desenmascarar a los granujas de dos patas… ¿Quieres temas? Pues aquí los tienes… —se quedó pensativo durante un minuto y añadió—: Gúsiev, ¿sabes cómo los he engañado?
       —¿A quiénes, Pável Ivánich?
       —A ésos… Figúrate, en este barco solo hay camarotes de primera clase y de tercera, y a los de tercera mandan únicamente a los campesinos, es decir, a los patanes. Si llevas levita y te pareces, aunque sea de lejos, a un señor o a un burgués, te piden que viajes en primera clase. Revienta si quieres, pero suelta quinientos rublos. «¿Por qué, permítame que le pregunte, han establecido ustedes un reglamento semejante? ¿No será que quieren realzar el prestigio de los intelectuales rusos?». «En absoluto. Tan solo se trata de que un hombre como Dios manda no puede viajar en tercera: es demasiado sucio y desagradable». «¿Sí? Gracias por sus atenciones por los hombres como Dios manda. Pero, en cualquier caso, ya sea desagradable o no, no dispongo de quinientos rublos. No me he quedado con dinero público, no he explotado a los extranjeros, no me he ocupado del contrabando, no he matado a nadie a latigazos, de modo que juzgue usted: ¿tengo derecho a ocupar una plaza en primera clase y, en consecuencia, a contarme entre los miembros de la intelectualidad rusa?». Pero la lógica no les impresiona… Así que tuve que recurrir a la astucia. Me vestí con un caftán y unas botas altas de muzhik, puse cara de granuja borracho y le dije al agente: «Deme un billete de tercera, excelencia…».
       —Y ¿a qué estamento pertenece usted? —le pregunta el marinero
       —Al clero. Mi padre era un honrado pope. Siempre decía la verdad a la cara a los grandes de este mundo, lo que le costó no pocos sinsabores —Pável Ivánich está fatigado de hablar y se sofoca, pero de todos modos continúa—: Sí, yo siempre digo la verdad a la cara… No temo a nada ni a nadie. En ese sentido entre vosotros y yo hay una diferencia enorme. Vosotros sois unos seres oscuros, ciegos, embrutecidos, no veis nada y lo que veis no lo comprendéis… Os dicen que el viento rompe sus cadenas que sois ganado, pechenegos, y vosotros os lo creéis; os dan una tunda y vosotros besáis la mano que os ha golpeado; un animal con pelliza de castor os despoja y a continuación os arroja una moneda de quince kopeks de propina y vosotros decís: «Deje que bese su mano, señor». Sois parias, dais pena… Mi caso es muy distinto. Vivo de manera consciente, lo veo todo, como el águila o el gavilán que planean sobre la tierra, y lo comprendo todo. Soy la encamación de la protesta. Si veo un acto de arbitrariedad, protesto; si veo a un hipócrita o a un farsante, protesto; si veo a un cerdo triunfante, protesto. Y soy indomable, ninguna inquisición española me obligará a callar. Así es… Si me arrancan la lengua, protestaré con gestos; si me encierran en un sótano, pegaré tales gritos que me oirán en una versta a la redonda o me dejaré morir de hambre para que tengan un peso más sobre su sucia conciencia; si me matan, mi sombra reaparecerá. Todos mis conocidos me dicen: «¡Es usted totalmente insoportable, Pável Ivánich!». Estoy orgulloso de esa reputación. He cumplido tres años de servicio en el Extremo Oriente y he dejado tras de mí un recuerdo que perdurará cien años: me he enfadado con todo el mundo. Mis amigos me escriben desde Rusia pidiéndome que no vaya, pero yo, solo por hacerles rabiar, he emprendido el regreso… Sí… Eso es vivir, darse cuenta de las cosas. A eso se le puede llamar vida.
       Gúsiev no le escucha y mira por el ventanuco. En las aguas transparentes y turquesas, en las que cabrillea la cegadora y ardiente luz del sol, cabecea una barca en cuyo interior unos chinos desnudos tienden hacia lo alto unas jaulas con canarios y gritan:
       —¡Canta! ¡Canta!
       Una segunda barca choca con la primera; un cutter pasa a toda máquina. De pronto aparece otra barca, en la que va sentado un chino obeso comiendo arroz con unos palillos. Sobre las lánguidas olas revolotean, también lánguidas, las blancas gaviotas.
       «Habría que darle una buena paliza a ese gordo…», piensa Gúsiev, contemplando al chino grueso, y bosteza.
       Luego se queda adormilado y se figura que la naturaleza entera se hunde en la somnolencia. El tiempo transcurre deprisa. El día pasa inadvertido y la noche llega de la misma manera… El vapor ha salido del puerto y prosigue su ruta.


IV

       Pasan dos días. Pável Ivánich ya no está sentado, sino tumbado; tiene los ojos cerrados y la nariz parece haberse vuelto más aguda.
       —¡Pável Ivánich! —le llama Gúsiev—. ¡Eh, Pável Ivánich!
       Pável Ivánich abre los ojos y mueve los labios.
       —¿Se encuentra usted mal?
       —No es nada… —responde Pável Ivánich, jadeando—. No es nada, al contrario, hasta me siento mejor… Mire, ya puedo tumbarme… Las molestias han remitido…
       —Dios sea loado, Pável Ivánich.
       —Cuando me comparo con vosotros, me dais pena… sois unos desgraciados. Mis pulmones están sanos, esta tos viene del estómago… Soy capaz de soportar el infierno, no digamos el mar Rojo. Además, puedo mostrar una actitud crítica con mi propia enfermedad y los medicamentos. Mientras que para vosotros… pobres ignorantes… la situación es difícil, ¡muy difícil!
       El barco no cabecea, la mar está en calma y hace tanto calor como en una sauna; cuesta trabajo no solo hablar, sino también escuchar. Gúsiev rodea las rodillas con los brazos, apoya en ellas la cabeza y recuerda su aldea natal. ¡Dios mío, en medio de ese bochorno, qué placer da pensar en la nieve y en el frío! Vas en trineo; de pronto los caballos se asustan y se embalan… Sin distinguir los caminos, ni las zanjas ni los barrancos, recorren al galope como enrabietados, toda la aldea, atravesando el estanque, pasando junto a la fábrica, internándose en el campo… «¡Detente! —gritan a pleno pulmón los obreros y los transeúntes—. ¡Detente!». Pero ¿por qué hacerlo? Que el viento helado y penetrante azote el rostro y muerda las manos, que los torbellinos de nieve, levantados por los cascos, aneguen el gorro, se deslicen por el cuello y por el pecho, que los patines del trineo chirríen, que el tiro y el balancín se rompan, ¡al diablo con ellos! ¡Y qué placer cuando el trineo vuelca y te caes sobre un montón de nieve, hundiendo la cara en los copos; luego te levantas todo blanco, con escarcha en el bigote, sin gorro, sin manoplas, con el cinturón desabrochado…! La gente se ríe a carcajadas, los perros ladran…
       Pável Ivánich entreabre un solo ojo, mira a Gúsiev y le pregunta en voz baja:
       —Gúsiev, ¿tu comandante robaba?
       —¡Y quién lo sabe, Pável Ivánich! Nosotros no sabemos nada; no nos enteramos de esas cosas.
       Se produce un largo silencio. Gúsiev piensa, delira y no para de beber agua; le cuesta trabajo hablar y escuchar, y teme que le dirijan la palabra. Pasa una hora, luego otra y otra más; llega la tarde, cae la noche, pero él no se da cuenta; sigue sentado, evocando el frío.
       Por el ruido, se diría que alguien ha entrado en la enfermería; se oyen voces, pero al cabo de unos cinco minutos todo queda en silencio.
       —Que el Señor le conceda el reino de los Cielos y el reposo eterno —dice el soldado del brazo vendado—. ¡Qué hombre tan inquieto!
       —¿Qué? —pregunta Gúsiev—. ¿Quién?
       —Ha muerto. Acaban de llevarlo a cubierta.
       —Bueno —balbucea Gúsiev, bostezando—, que el Señor le conceda el reino de los Cielos.
       —¿Y a ti qué te parece, Gúsiev? —le pregunta después de una pausa el soldado del brazo vendado—. ¿Irá al cielo o no?
       —¿De quién hablas?
       —De Pável Ivánich.
       —Irá… Ha sufrido mucho… Además, pertenece al clero y los popes tienen mucha familia. Rezarán por él.
       El soldado del brazo vendado se sienta en el catre junto a Gúsiev y dice en voz baja:
       , —Tú tampoco durarás mucho en este mundo, Gúsiev. No llegarás a Rusia.
       —¿Lo ha dicho algún médico o enfermero? —le pregunta Gúsiev.
       —No lo ha dicho nadie, pero se ve… Cuando un hombre va a morir, se ve enseguida. No comes, no bebes, has adelgazado tanto que da miedo mirarte. En una palabra, tienes tuberculosis. No lo digo para inquietarte, sino para que comulgues y recibas la extremaunción, si lo deseas. Y en caso de que tengas dinero, deberías dárselo al comandante.
       —No he escrito a casa… —suspira Gúsiev—. Me moriré y no sabrán nada.
       —Lo sabrán —dice el marinero enfermo con voz de bajo—. Cuando mueras, anotarán tu fallecimiento en el diario de a bordo y, una vez en Odessa, entregarán una nota al gobernador militar, quien la remitirá al distrito o donde haga falta…
       Esa conversación llena de angustia a Gúsiev, a quien comienza a acuciar un deseo indefinible. Bebe, pero no es eso; se arrastra hasta el ventanuco redondo y aspira el aire cálido y húmedo, pero no es eso; trata de pensar en su aldea natal, en el frío, pero no es eso… Por último, le asalta el convencimiento de que, si se queda un solo minuto más en la enfermería, se ahogará irremisiblemente.
       —Me encuentro mal, muchachos… —dice— Me voy arriba. ¡Llevadme arriba, por el amor de Dios!
       —De acuerdo —conviene el soldado del brazo vendado—. No llegarás, pero te llevaré. Cógete de mi cuello.
       Gúsiev se abraza al soldado, que lo sostiene con el brazo sano y lo lleva arriba. En cubierta duermen amontonados varios soldados y marineros que vuelven a sus hogares; hay tantos que apenas se puede pasar.
       —Pon los pies en el suelo —dice suavemente el soldado del brazo vendado—. Sígueme con cuidado, agárrate a mi camisa…
       Reina la oscuridad. Ni en cubierta ni en los mástiles ni en el mar brilla luz alguna. En la proa se alza inmóvil, como una estatua, el centinela, pero se diría que también él duerme. Parece como si el vapor siguiera su propio rumbo y navegara a su antojo.
       —Acaban de arrojar al mar a Pável Ivánich… —dice el soldado del brazo vendado—. Lo metieron en un saco y lo echaron al agua.
       —Sí. Así son las reglas.
       —Es mejor reposar en casa, bajo tierra. Al menos tu madre irá a llorar a la tumba.
       —Seguro.
       Huele a estiércol y a heno. Junto a la borda hay algunos toros con la cabeza gacha. Uno, dos, tres… ocho en total. También hay un pequeño caballo. Gúsiev alarga el brazo para acariciarlo, pero el caballo sacude la testa, enseña los dientes y trata de morderle la manga.
       —Maldito… —dice Gúsiev enfadado.
       El soldado y él avanzan sin ruido en dirección a la proa, se detienen junto a la borda y, sin despegar los labios, miran ya hacia arriba ya hacia abajo. Arriba se extiende el cielo profundo, sereno, silencioso, las brillantes estrellas, igual que en la casa de la aldea; abajo reinan la oscuridad y el desorden. No se sabe para qué rugen las altas olas. Da lo mismo sobre cuál se pose la vista, todas tratan de sobrepasar a las demás, aplastándolas y rechazándolas; cada una de ellas, reluciente con su blanca cresta, se precipita sobre la anterior con estruendo, furiosa y horrible.
       El mar no tiene conciencia ni piedad. Si el vapor fuera demasiado pequeño y no estuviera construido con gruesas planchas de hierro, las olas lo destrozarían sin compasión y se tragarían a todos los pasajeros, sin distinguir a los santos de los pecadores. El vapor también tiene una expresión indiferente y cruel. Ese monstruo narigudo avanza y corta a su paso millones de olas; no teme a la oscuridad, ni al viento, ni a los espacios inmensos, ni a la soledad; no le importa nada, y si el océano estuviera poblado de hombres, ese monstruo los aplastaría, sin distinguir tampoco a los santos de los pecadores.
       —¿Dónde estamos ahora? —pregunta Gúsiev.
       —No lo sé. Seguramente en medio del mar.
       —No se ve tierra…
       —¡Claro que no! Dicen que no la veremos en siete días.
       Ambos guardan silencio y contemplan meditabundos la blanca espuma, irisada de resplandores fosforescentes. Gúsiev es el primero en hablar.
       —No tiene nada de terrible —dice—, pero se siente angustia, como en un bosque oscuro; si echaran una chalupa al agua y un oficial diera la orden de ir a pescar a cien verstas de aquí, yo iría; o si, pongamos por caso, un cristiano cayera al mar, yo me lanzaría tras él. A un alemán o a un chino no los salvaría, pero a un cristiano sí.
       —¿No tienes miedo de morir?
       —Sí. Me da pena de la casa. En la aldea ha quedado mi hermano, pero es un irresponsable; bebe, pega a su mujer sin motivo, no respeta a sus padres. Cuando yo falte, todo se echará a perder y mi padre y madre acabarán pidiendo limosna. Pero las piernas no me sostienen, amigo, y apenas puedo respirar… Vamos a acostamos.


V

       Gúsiev regresa a la enfermería y se tumba en el catre. Lo mismo que antes, se siente oprimido por un deseo indefinido, pero, por más que lo intenta, no consigue determinar qué necesita. Siente un peso en el pecho, un zumbido en la cabeza y una sequedad tal en la boca que apenas puede mover la lengua. Dormita y delira; por la mañana, atormentado por las pesadillas, la tos y el calor sofocante, se queda profundamente dormido. Sueña que en el cuartel acaban de cocer pan y que él se ha deslizado en el interior del homo, donde toma un baño de vapor y se frota con una escobilla de abedul. Duerme dos días seguidos y el tercero, a mediodía, dos marineros bajan a la enfermería para sacarlo de allí.
       Lo cubren con una lona y, para que pese más, ponen a su lado dos barras de hierro. Una vez encerrado en la lona, parece una zanahoria o un rábano: ancho en la cabeza, estrecho en los pies… Antes de la puesta de sol lo llevan a cubierta y lo colocan sobre una tabla, uno de cuyos extremos se apoya en la borda y el otro en una caja situada sobre un taburete. Alrededor se agrupan los soldados licenciados y la tripulación, todos con la cabeza descubierta.
       —Alabado sea el Señor —empieza el sacerdote—, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
       —¡Amén! —cantan tres marineros.
       Los soldados licenciados y los miembros de la tripulación se santiguan y dirigen una mirada de soslayo a las olas. Es extraño que se encierre a un hombre en una lona y se lo arroje al mar. ¿No podría sucederle eso a cualquiera de ellos?
       El sacerdote vierte un puñado de tierra sobre el cuerpo de Gúsiev y se inclina. Suenan los acordes del Réquiem.
       El oficial de guardia levanta el extremo de la tabla, Gúsiev se desliza por ella, cae de cabeza, luego da una vuelta en el aire y ¡paf! La espuma lo envuelve; por un instante parece cubierto de encajes, pero al cabo de un momento el cadáver desaparece entre las olas.
       Se hunde rápidamente. ¿Alcanzará el fondo? Dicen que hay una profundidad de cuatro verstas. Cuando ha recorrido ocho o diez sazhens, el cuerpo ralentiza su caída, se balancea rítmicamente, como si vacilara y, arrastrado por la corriente, se desplaza más deprisa de lo que se hunde.
       Pero de pronto se topa en su camino con un banco de peces de los llamados pilotos. Al ver un cuerpo oscuro, los peces se detienen, como petrificados, y al punto se dan la vuelta todos a una y desaparecen. No ha pasado ni un minuto cuando, rápidos como flechas, se lanzan de nuevo sobre Gúsiev y empiezan a zigzaguear a su alrededor…
       Después aparece otro cuerpo oscuro. Es un tiburón. Con aire altanero y displicente, como si no hubiera reparado en Gúsiev, pasa por debajo del cadáver, que cae sobre su lomo; luego el escualo se da la vuelta y, con la panza hacia arriba, retoza en el agua tibia y transparente, abriendo con languidez su mandíbula con dos hileras de dientes. Los pilotos están embelesados; se detienen y contemplan la escena. Tras jugar con el cadáver, el tiburón acerca con desgana las fauces, roza cuidadosamente con los dientes la parte inferior, y la lona se desgarra a lo largo de todo el cuerpo, de la cabeza a los pies; una de las barras cae, asustando a los pilotos, golpea al tiburón en un costado y se hunde rápidamente.
       Durante ese tiempo, en la superficie, del lado de poniente, se amontonan las nubes; una de ellas parece un arco de triunfo, otra un león, una tercera unas tijeras… Por detrás de las nubes surge un ancho rayo verde que se extiende hasta la mitad del cielo; poco después aparece a su lado uno violeta, a continuación uno dorado, luego uno rosa… El cielo se vuelve de un lila suave. Al contemplar ese cielo espléndido y fascinante, el océano empieza a ensombrecerse, pero pronto adquiere unos colores delicados, alegres, apasionados, que apenas encuentran definición en el lenguaje de los hombres.



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