Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Mercancía viva (1882)
(“Живой товар”)
Originalmente publicado en la revista El provecho mundano
(números 28, 29, 30 y 31, desde el 6 hasta el 27 de agosto de 1882)


Para F. F. Popudoglo
[Fiódor Fedoséievich Popudoglo (1846-1883), periodista y dramaturgo, amigo de Chéjov]

I

      Grojolski abrazó a Liza, le besuqueó todos los dedos, que tenían las uñas rosadas y mordisqueadas, y la sentó en un sofá tapizado con terciopelo barato. Liza cruzó las piernas, se colocó las manos bajo la cabeza y se tumbó.
       Grojolski se sentó a su lado, en una silla, y se inclinó hacia ella. Era todo ojos.
       ¡Qué guapa le parecía, así iluminada por los rayos del poniente!
       El sol de la tarde, dorado, levemente teñido de púrpura: todo eso podía verse por la ventana.
       Toda la estancia, Liza incluida, quedaba iluminada por una luz viva, que no llegaba a herir la vista, como bañada en oro momentáneamente…
       Grojolski estaba embobado. Liza tampoco es que fuera una belleza extraordinaria. Es verdad que su carita de gato, de ojos castaños y nariz respingona, resultaba fresca y hasta picante, que sus ralos cabellos rizados eran negros como el carbón, que su cuerpo menudo parecía gracioso, ágil y correcto, como el cuerpo de una anguila eléctrica, pero en conjunto… En fin, mi gusto es lo de menos. Grojolski, mimado por las mujeres, que se había enamorado y desenamorado cien veces a lo largo de su vida, veía en ella a una belleza. La amaba, y el ciego amor encuentra en todas partes la belleza ideal.
       —Escucha —empezó, mirándola a los ojos—. Necesitaba hablar un rato contigo, cariño. El amor no soporta lo impreciso, lo confuso… Las relaciones indefinidas, ya sabes… Ya te lo dije ayer, Liza. Vamos a intentar zanjar hoy la discusión que ayer se planteó. Venga, tenemos que tomar una decisión de común acuerdo. ¿Qué podemos hacer?
       Liza bostezó y, torciendo el gesto, sacó de debajo de la cabeza la mano derecha.
       —¿Qué podemos hacer? —repitió las palabras de Grojolski con voz casi inaudible.
       —Sí, ¿qué? Tienes que decidirte, cabecita sabia… Yo te quiero, y al hombre enamorado no le gusta compartir. Es peor que egoísta. Yo no tengo fuerzas para compartirte con tu marido. Me entran ganas de hacerle pedazos cada vez que pienso que él también te quiere. En segundo lugar, tú a quien quieres es a mí. Una condición indispensable para el amor es disfrutar de plena libertad. Pero ¿acaso tú eres libre? ¿Es que no te hace sufrir la idea de que ese hombre esté siempre presente en tu espíritu? Un hombre al que no amas, al que puede que odies, cosa que sería muy natural… Eso en segundo lugar. Y en tercer lugar… ¿Qué era lo que te iba a decir? Ah, sí… Le estamos engañando, y eso… no está bien. La verdad ante todo, Liza. ¡Nada de mentiras!
       —Muy bien, pero entonces ¿qué hacemos?
       —Ya te lo puedes imaginar… Considero necesario, imprescindible, que le pongas al corriente de nuestra relación y que le dejes, que te vayas a vivir por tu cuenta. Y tanto lo uno como lo otro tienes que hacerlo cuanto antes. No sé, esta misma tarde… deberías tener una explicación con él. Ya es hora de acabar con esta situación. ¿No estás cansada de este amor furtivo?
       —¿Tener una explicación? ¿Con Vania?
       —Pues ¡claro!
       —¡Eso es imposible! Ya te lo dije ayer, Michel, ¡es imposible!
       —Pero ¿por qué?
       —Se sentirá ofendido, se pondrá a gritar, a hacer toda clase de cosas desagradables… ¿Es que no sabes cómo es él? ¡Dios no lo quiera! ¡Nada de explicaciones! ¡Menuda ocurrencia!
       Grojolski se pasó la mano por la frente y suspiró.
       —Sí —dijo—. Tiene razones para sentirse ofendido. Le estoy arrebatando su felicidad. ¿Te quiere?
       —Sí. Me quiere mucho.
       —¡Menuda papeleta! No sabe uno por dónde empezar. Ocultárselo es una vileza, confesárselo supone matarlo… ¡Cualquiera se aclara! Bueno, ¿qué hacemos?
       Grojolski se quedó pensativo. Su pálido rostro se cubrió de arrugas.
       —Seguiremos así, como estamos ahora —dijo Liza—. Que lo descubra él si quiere.
       —Pero eso… eso no está bien y… Al fin y al cabo, tú eres mía, y nadie tiene derecho a pensar que no eres mía, sino de otro. ¡Eres mía! ¡No pienso ceder ante nadie! Siento lástima de él, ¡sólo Dios sabe cuánta lástima, Liza! ¡Cada vez que le veo, me pongo enfermo! Pero… pero ¿qué podemos hacer, en definitiva? Si tú no le quieres… Entonces ¿a santo de qué tienes que seguir a su lado pasándolo mal? ¡Tenemos que aclarar las cosas! Aclaramos las cosas con él y te vienes a vivir conmigo. Tú eres mi mujer, no la suya. Tiene que saberlo. Ya verás cómo se sobrepone a su pena… No es el primero, ni será el último… ¿Quieres fugarte? ¿Eh? ¡Dímelo ahora mismo! ¿Quieres fugarte?
       Liza se levantó y miró a Grojolski con ojos inquisitivos.
       —¿Fugarme?
       —Pues claro… A mi hacienda, conmigo… Después a Crimea… Se lo explicaremos por carta. Podemos irnos esta misma noche. Hay un tren a la una y media. ¿Eh? ¿De acuerdo?
       Liza se rascaba indolentemente el entrecejo, pensativa.
       —De acuerdo —dijo y se echó a llorar.
       Unas manchitas coloradas comenzaron a brillar en sus mejillas, los ojos se le hincharon y las lágrimas se deslizaron por su rostro felino…
       —¿Qué te pasa? —se inquietó Grojolski—. ¡Liza! ¿Qué te pasa? ¡Pero bueno! ¿Por qué lloras? ¡Hay que ver! Pero ¿por qué? ¡Cariño! ¡Tesoro!
       Liza tendió los brazos hacia Grojolski y se colgó de su cuello. Se la oía sollozar.
       —Me da pena… —murmuró Liza—. ¡Ay, me da mucha pena!
       —¿Quién te da pena?
       —Va… Vania…
       —¿Y yo no te doy pena? Pero ¿qué podemos hacer? Vamos a causarle un sufrimiento… Va a sufrir, va a maldecir… Pero ¿qué culpa tenemos nosotros de querernos?
       Nada más decir esto, Grojolski se apartó de un salto de Liza, como si le hubieran pinchado, y se sentó en una butaca. Liza se desprendió de su cuello y rápidamente, en un santiamén, se dejó caer en el sofá.
       Ambos se pusieron muy colorados, bajaron los ojos y empezaron a toser.
       Un individuo alto y fornido, de unos treinta años, con uniforme de funcionario, acababa de aparecer en el cuarto de estar. Había entrado discretamente. Sólo el ruido que había hecho al tropezar con una silla que había junto a la puerta había advertido a los amantes de su llegada, obligándolos a reparar en su presencia. Era el marido.
       Habían tardado en darse cuenta. Para entonces, el marido ya había visto a Grojolski cogiendo a Liza por el talle y a ella colgada del cuello, blanco y aristocrático, de él.
       «¡Nos ha visto!», pensaron simultáneamente Liza y Grojolski, procurando ocultar como pudieron sus manos repentinamente inmóviles y sus ojos perplejos…
       El rostro sonrosado del estupefacto marido había perdido su color.
       Un silencio penoso y extraño, que removía el alma, reinó durante tres minutos. ¡Oh, aquellos tres minutos! Grojolski aún no los ha olvidado.
       El primero en reaccionar y romper el silencio fue el marido. Dio unos pasos en dirección a Grojolski y, con una mueca absurda, parecida a una sonrisa, le tendió la mano. Grojolski estrechó suavemente aquella mano blanda y sudorosa y tembló de pies a cabeza, como si estuviera apretando con el puño a una fría rana.
       —Buenos días —farfulló.
       —¿Cómo está usted? —dijo el marido con voz ronca, apenas audible, y se sentó enfrente de Grojolski, arreglándose la parte de atrás del cuello de la camisa.
       Una vez más se hizo un silencio abrumador. Pero este silencio ya no resultaba tan estúpido. El primer impulso, el más difícil, el más molesto, ya había pasado.
       Ya sólo quedaba que alguno de los dos se retirase a buscar unas cerillas o algún otro objeto trivial. Los dos hombres tenían unas ganas locas de marcharse. Estaban allí sentados y, sin mirarse, dándose tirones de la perilla, buscaban en sus mentes alteradas alguna salida para aquella situación extremadamente embarazosa. Ambos estaban bañados en sudor. Ambos sufrían de un modo insoportable, a ambos los consumía el odio. De buena gana se habrían enzarzado en una pelea, pero… ¿cómo empezar? Y ¿quién tendría que empezar? ¡Si al menos ella se ausentara!
       —Ayer le vi en la velada —balbuceó Bugrov (así se llamaba el marido).
       —Sí, estuve allí… sí… ¿Bailó usted?
       —Hum… sí. Con la hija menor de los Liukotski. Es muy pesada bailando. Resulta inaguantable. Sólo sabe parlotear. —Hizo una pausa—. Nunca se cansa de hablar.
       —Sí… fue aburrido. Ya lo vi…
       Grojolski, sin querer, miró a Bugrov. Sus ojos se encontraron con la mirada perdida del marido engañado, y fue incapaz de seguir aguantando. Se levantó impetuosamente, le tendió bruscamente la mano a Bugrov, se la estrechó, cogió su sombrero y se dirigió hacia la puerta, sintiendo algo a su espalda. Le dio la sensación de que mil ojos se clavaban en su espalda. La misma sensación que experimenta un actor abucheado cuando se retira del proscenio, la misma sensación que tiene un hombre fatuo a quien dan un pescozón y se lo lleva escoltado la policía…
       En cuanto se apagaron los pasos de Grojolski y rechinó la puerta del vestíbulo, Bugrov se levantó de un salto y, tras dar unas cuantas vueltas por el cuarto de estar, se acercó a su mujer. El rostro felino se contrajo y empezó a pestañear, como esperando recibir un manotazo. Al llegar hasta ella, el marido le pisó el vestido, le golpeó las rodillas con las suyas y, con la cara pálida y descompuesta, le sacudió los brazos, la cabeza y los hombros.
       —Como se te ocurra, desvergonzada —dijo con voz sorda y llorosa—, volver a admitirle aquí otra vez, entonces yo… ¡No te atrevas a dar un solo paso! ¡Te mato! ¿Entendido? Aaah… ¡Monstruo inmundo! ¡Tiembla! ¡Infame! —Bugrov la agarró del codo, la zarandeó y la arrojó, como una pelota de goma, hacia la ventana—. ¡Basura! ¡Miserable! ¡No tienes vergüenza!
       La mujer salió despedida en dirección a la ventana, rozando apenas el suelo con los pies, y se agarró a las cortinas.
       —¡Silencio! —gritó el marido; llegó hasta ella y, con los ojos rojos de ira, le dio una patada.
       La mujer se quedó callada. Miraba al techo y sollozaba, con una expresión de niña arrepentida a la que van a castigar.
       —¿Conque esas tenemos? ¿Eh? ¿Con un petimetre? ¡Muy bien! Y ante el altar, ¿qué? ¡Una buena esposa y madre! ¡Silencio! —Y le golpeó el hermoso y delicado hombro—. ¡Cállate! ¡Basura! ¡No te tolero ni una más! Si ese canalla se atreve a aparecer por aquí otra vez, si te vuelvo a ver una sola vez… ¡óyeme bien!… una sola vez con ese miserable, entonces… ¡no me pidas piedad! ¡Aunque me manden a Siberia, yo te mato! ¡Y lo mismo a él! ¡No me importa nada! ¡Largo de aquí! ¡No quiero verte!
       Bugrov se enjugó la frente y los ojos con la manga y se puso a dar vueltas por el cuarto. Liza, sollozando cada vez con más fuerza, contrayendo los hombros y la nariz respingona, se quedó mirando los encajes de las cortinas.
       —¡Caprichos! —gritó su marido—. ¡Cuántas memeces en esa cabeza de chorlito! ¡Nada más que antojos! Pues yo, Lizaveta, por ahí… ¡no paso! ¡No hay más que hablar! ¡No me gusta! Si quieres hacer marranadas, entonces… ¡largo! ¡En mi casa no hay sitio para ti! Lárgate de aquí si… Una vez casada, tenías la obligación de olvidarte, de apartar de esa cabeza loca a todos esos lechuguinos. ¡Cuánta tontería! ¡Que no se vuelva a repetir! ¡Y encima habla! ¡A quien tienes que querer es a tu marido! Te has unido a tu marido, pues ¡tienes que querer a tu marido! ¡Eso es! ¿Piensas que uno es poco? Lárgate, antes de que… ¡Verdugos! —Y gritó, después de una pausa—: ¡Que te largues, te he dicho! ¡Vete al cuarto del niño! ¿A qué viene ese llanto? ¡Tiene ella la culpa y no para de llorar! ¡Lo que hay que ver! El año pasado se encaprichó de Petka Tochkov, y ahora de este… que el Señor me perdone… de este diablo. ¡Uf! ¡Ya va siendo hora de saber quién eres! ¡Mujer! ¡Madre! El año pasado ya tuvimos problemas, y ahora otra vez… ¡Uf! —Bugrov suspiró con fuerza, y el aire se impregnó de olor a jerez. Venía de una comida y estaba un tanto achispado—. ¿Acaso no sabes cuáles son tus deberes? ¡No! ¡Habrá que enseñártelos! ¡No habéis aprendido nada! ¡Si vuestras madres ya eran unas busconas! ¡Llora más fuerte! ¡Venga! ¡Llora, anda, llora! —Bugrov se acercó a su mujer y le quitó las cortinas de las manos—. No te quedes aquí al lado de la ventana… Te van a ver llorando. Que no se vuelva a repetir. Esos abrazos van a ser tu ruina. Te estás metiendo en un buen lío. ¿O es que te crees que me gusta llevar cuernos? Pues me los pones cada vez que te revuelcas con uno de esos desvergonzados. Bueno, ya basta… La próxima vez que no… Porque yo… Liza… Déjalo ya… —Suspiró y envolvió a su mujer en vapores de jerez—. No eres más que una joven estúpida, no te enteras de nada. Yo nunca estoy en casa… Y, claro, entonces ellos se aprovechan. ¡Hay que tener cabeza, hay que ser sensato! ¡Me engañan! ¡Y eso ya no lo aguanto! ¡Por ahí sí que no paso! ¡Se acabó! Eso sería la muerte. Antes que consentir el adulterio, yo… yo, mátushka
[“madrecita”; esta forma de tratamiento combinaba la familiaridad y el respeto], estoy dispuesto a cualquier cosa. Soy capaz de molerte a palos y… echarte de casa. Y vete tú entonces a vivir con esos caraduras.
       Y Bugrov, con su mano grande y suave (horribile dictu!)
[¡da horror decirlo!], enjugó el rostro empapado en lágrimas de la infiel Liza. ¡Trataba a su mujer de veinte años como a una criatura!
       —Bueno, ya basta. Te perdono, pero la próxima vez… ¡que Dios te ampare! Te perdono por quinta vez, pero a la sexta ya no te voy a perdonar. Como hay Dios. Estas cosas no las perdona ni el mismísimo Dios.
       Bugrov se inclinó y acercó sus labios brillantes a la cabeza de Liza.
       Pero no llegó a besarla.
       Sucesivamente, las puertas del vestíbulo, el comedor, la sala y el cuarto de estar se fueron cerrando de un portazo, y Grojolski entró precipitadamente, como un torbellino, en el cuarto. Estaba pálido y temblaba. Hacía aspavientos, traía chafado en las manos su valioso sombrero. La levita le colgaba por todas partes. Daba la impresión de sufrir un agudo acceso febril. Al verlo, Bugrov se apartó de su mujer y se puso a mirar por otra ventana. Grojolski se dirigió corriendo hacia él y, agitando las manos, respirando con esfuerzo y sin mirar a nadie, dijo con voz temblorosa:
       —¡Iván Petróvich! ¡Vamos a dejarnos de comedias! ¡Bastante nos hemos engañado ya! ¡Ya es suficiente! ¡Yo ya no aguanto más! Haga usted lo que quiera, pero yo ya no puedo más. Ya sabe, ¡se trata de algo vil y repugnante! ¡Es un verdadero escándalo! ¡Tiene que admitir que es un escándalo! —Grojolski se atropellaba y se ahogaba—. Esto no va con mis principios. También usted es un hombre honrado. ¡Yo la quiero! ¡La quiero más que a nada en el mundo! Usted ya ha podido verlo y… ¡Estaba obligado a decírselo!
       «¿Qué puedo decirle?», pensaba Iván Petróvich.
       —¡Hay que acabar con esto! ¡Esta comedia no puede durar más tiempo! Hay que resolver esto de algún modo. —Grojolski tomó aire y prosiguió—: Yo no puedo vivir sin ella. Tampoco ella sin mí. Usted es un hombre culto, es consciente de que en estas condiciones su vida familiar es imposible. Esta mujer no le pertenece. Sí… En una palabra, le ruego que considere este asunto desde un punto de vista humano… con indulgencia. ¡Iván Petróvich! ¡Tiene que entender que yo la amo, que la amo más que a mí mismo, más que a nada en el mundo, y que resistirme a este amor es algo superior a mis fuerzas!
       —¿Y ella qué dice? —preguntó Bugrov en tono lúgubre y un tanto burlón.
       —¡Pregúntele! ¡Vamos, pregúntele a ella! Para ella, vivir con un hombre al que no ama, vivir con usted, amando a otro, pues eso… eso… ¡eso supone un tormento!
       —¿Y ella qué dice? —repitió Bugrov, sin sombra ya de burla.
       —Ella… ¡ella me quiere! Estamos enamorados… ¡Iván Petróvich! Puede usted matarnos, puede usted despreciarnos, puede usted perseguirnos, haga usted lo que le venga en gana… pero ¡nosotros ya no estamos dispuestos a seguir escondiéndonos! ¡No tenemos nada que ocultar! Puede usted juzgarnos con toda la severidad que cabe esperar de una persona a la que nosotros… ¡a la que el destino le ha arrebatado la felicidad!
       Bugrov se puso colorado como un cangrejo recocido y miró a Liza de reojo. Empezó a pestañear. Le temblaban los dedos, los labios y los párpados. ¡Pobre hombre! Los ojos llorosos de Liza le decían que Grojolski estaba en lo cierto, que la cosa iba en serio…
       —¿Y entonces? —balbuceó—. Si ustedes… En estos tiempos… En todo caso, ustedes…
       —¡Dios es testigo —chilló Grojolski con voz aguda de tenor— de cómo le comprendemos! ¿O acaso piensa usted que no le comprendemos, que no sentimos lo que le pasa? Sé qué clase de sufrimientos le estoy causando. ¡Bien lo sabe Dios! Pero ¡tiene que ser comprensivo! ¡Se lo suplico! ¡No es culpa nuestra! Nadie tiene la culpa de amar. No hay voluntad capaz de oponerse al amor… ¡Entréguemela, Iván Petróvich! ¡Permita que se venga conmigo! Quíteme lo que quiera en pago por sus sufrimientos, quíteme la vida, pero ¡deme usted a Liza! Estoy dispuesto a lo que sea… Vamos, indíqueme cómo puedo compensarle, aunque sólo sea en parte. ¡A cambio de la dicha que pierde yo puedo ofrecerle otra dicha! ¡Sé que puedo, Iván Petróvich! ¡Estoy conforme con cualquier cosa que usted me diga! Sería una vileza por mi parte no darle a usted una satisfacción… Le entiendo perfectamente en estos momentos.
       Bugrov hizo un gesto con la mano, como diciendo: «¡Márchese, por el amor de Dios!». Sus ojos empezaban a cubrirse de una humedad delatora. No iban a tardar en verlo llorar.
       —¡Si yo le comprendo, Iván Petróvich! Yo puedo ofrecerle otra clase de felicidad, una como jamás ha experimentado. ¿Qué desea usted? Yo soy rico, mi padre es un hombre influyente… ¿Quiere algo? Diga, ¿cuánto quiere?
       De pronto a Bugrov el corazón empezó a latirle con violencia… Tuvo que agarrarse de las cortinas con ambas manos.
       —¿Quiere usted… cincuenta mil? Iván Petróvich, se lo suplico… Esto no es un soborno, no es una compra… Lo único que pretendo es reparar en alguna medida su inmensa pérdida con un sacrificio por mi parte… ¿Quiere cien mil? ¡Estoy dispuesto! ¿No quiere cien mil?
       ¡Dios mío! Dos colosales martillos machacaban las sienes sudorosas del desdichado Iván Petróvich… Por sus oídos corrían, con sus campanillas y cascabeles, unas troikas rusas…
       —¡Acepte este sacrificio que le ofrezco! —insistía Grojolski—. ¡Se lo suplico! Me quitaría usted un peso de encima. ¡Por favor!
       ¡Dios mío! Bajo la ventana por la que miraban los ojos llorosos de Bugrov, sobre el pavimento ligeramente humedecido por la suave llovizna de mayo, pasaba una ostentosa calesa de cuatro plazas. Los caballos eran veloces, bravíos, lustrosos, con estilo. Los pasajeros llevaban sombreros de paja y tenían cara de satisfacción; viajaban con cañas y redes de pesca. Un estudiante con una gorra blanca sostenía una escopeta. Se dirigían a la dacha a pescar, a cazar, a tomar té al aire libre. Marchaban a los mismos lugares benditos por los que había corrido en su día, por campos, bosques y riberas, descalzo, quemado por el sol, pero mil veces feliz, el hijo de un diácono de aldea, el pequeño Bugrov. ¡Oh, qué endiabladamente seductor era aquel mes de mayo! Qué felices aquellos que, despojándose de los pesados uniformes, podían subir a una calesa y correr al campo, donde chillaban las codornices y olía a heno recién segado. Una sensación grata y refrescante sobrecogió el corazón de Bugrov… ¡Cien mil rublos! Junto con la calesa desfilaron por delante de él sus sueños más secretos, aquéllos con los que solía distraerse en medio de su rutina de funcionario, sentado en la oficina del gobierno provincial o en su diminuto despacho… Un río profundo, lleno de peces, un amplio jardín con estrechos paseos, con fuentes, umbrías flores, cenadores, una dacha lujosa con su terraza y su torre, con un arpa de Eolo y unas campanillas de plata… (Sabía de la existencia de las arpas de Eolo por las novelas alemanas). El cielo azul y despejado; un aire transparente, puro, empapado de aromas que le hicieran recordar su infancia hambrienta, descalza y atemorizada… Levantarse a las cinco, acostarse a las nueve; pasarse los días pescando, cazando, platicando con los aldeanos… ¡Qué maravilla!
       —¡Iván Petróvich! ¡No me haga sufrir! ¿Quiere los cien mil?
       —Hum… ¡Ciento cincuenta mil! —mugió Bugrov con voz sorda, con voz de toro ronco. Mugió aquellas palabras y se inclinó, avergonzado de lo que acababa de decir, esperando la respuesta…
       —Muy bien —dijo Grojolski—. ¡De acuerdo! Se lo agradezco, Iván Petróvich. Ahora mismo… No le haré esperar…
       Grojolski dio un salto, se puso el sombrero y, reculando, salió a toda prisa del cuarto de estar.
       Bugrov se agarró aún con más fuerza de las cortinas. Estaba avergonzado. Se sentía miserable y estúpido en el fondo de su alma, pero, a pesar de todo, ¡qué esperanzas tan radiantes, tan hermosas, pululaban entre sus sienes palpitantes! ¡Era rico!
       Liza, que no entendía nada, temerosa de que su marido se acercara a la ventana donde ella estaba y la apartara de un empujón, temblando de pies a cabeza, se coló rápidamente por la puerta entreabierta. Se marchó al cuarto del niño, se tumbó en la cama de la niñera y se acurrucó. Tiritaba de fiebre.
       Bugrov se quedó solo. Se sentía sofocado y abrió la ventana. ¡Qué aire tan maravilloso notó en la cara y el cuello! Con ese aire daba gusto respirar, dejándose caer sobre los cojines del cochecito… Allá, lejos de la ciudad, cerca de las aldeas y las dachas, el aire era aún más puro… Bugrov llegó a sonreír soñando con el aire que le envolvería cada vez que saliese a la terraza de su dacha a disfrutar de las vistas. Estuvo mucho tiempo soñando. El sol ya se había puesto, pero él seguía soñando, procurando con todas sus fuerzas desterrar de su cabeza la imagen de Liza, imagen que le perseguía obsesivamente en todos sus sueños.
       —¡Aquí lo traigo, Iván Petróvich! —le susurró al oído Grojolski, que acababa de entrar—. Aquí lo traigo… Tenga… Mire, en este fajo hay cuarenta mil. Con este impreso, pasado mañana podrá usted obtener de Valentinov otros veinte mil. Aquí tiene esta otra letra de cambio… Y este cheque… Los treinta mil que faltan los tendrá dentro de unos días. Se los traerá mi administrador.
       Grojolski, sonrosado, agitado, moviendo todos sus miembros, colocó ante Bugrov un montón de fajos, de papeles, de sobres. Era un montón enorme, multicolor, variopinto. ¡En su vida había visto Bugrov un montón semejante! Abrió sus gruesos dedos y, sin mirar a Grojolski, se puso a examinar los fajos de billetes y los impresos…
       Una vez desplegado todo el dinero, Grojolski se puso a corretear por las habitaciones en busca de su Dulcinea, que acababa de ser vendida y comprada.
       Tras llenar bolsillos y billeteras, Bugrov guardó los documentos en una mesa, se bebió media jarra de agua y salió apresuradamente a la calle.
       —¡Cochero! —gritó con voz salvaje.
       Aquella noche, a las once y media, se presentó en el hotel París. Subió ruidosamente las escaleras y llamó a la puerta de la habitación en la que estaba alojado Grojolski. Le abrieron. Grojolski estaba haciendo las maletas. Liza estaba sentada detrás de una mesa, probándose unas pulseras. Los dos se asustaron al ver entrar a Bugrov. Les dio la impresión de que venía a buscar a Liza y a devolver un dinero que acaso había aceptado sin convicción, en un arrebato. Pero Bugrov no venía a llevársela. Avergonzado de su nueva indumentaria, sintiéndose terriblemente incómodo con ella, saludó con una reverencia y se quedó junto a la puerta, adoptando una postura de lacayo. Su nueva indumentaria era primorosa. Bugrov estaba irreconocible. Un traje de estreno, impecable, de factura francesa, a la última moda, envolvía su enorme corpachón, habituado hasta entonces a vestir un vulgar uniforme. En los pies exhibía unos botines con unas hebillas relucientes. Se quedó allí parado, avergonzado de su nuevo envoltorio, tapando con la mano derecha unos colgantes por los que había pagado, una hora antes, trescientos rublos.
       —He venido por lo siguiente… —empezó a decir—. Conviene llegar a un acuerdo. No pienso ceder a Míshutka…
       —¿Qué Míshutka? —preguntó Grojolski.
       —Nuestro hijo.
       Grojolski y Liza intercambiaron una mirada. A Liza se le desencajaron los ojos, se le encendieron las mejillas y le temblaron los labios.
       —De acuerdo —dijo. Pensó en la tibia camita de Míshutka. Sería muy cruel reemplazar esa tibia camita por el frío diván de un cuarto de hotel, así que se mostró conforme—. Pero iré a verlo.
       Bugrov inclinó la cabeza, salió de la habitación y bajó exultante las escaleras, cortando el aire con su valioso bastón.
       —¡A casa! —le dijo al cochero—. Mañana por la mañana, a las cinco, necesito un coche. Ven a buscarme. Si estoy dormido, me despiertas. Saldremos de la ciudad…


II

       Era un precioso atardecer de agosto. El sol, orlado por un fondo de oro, ligeramente velado de púrpura, brillaba en el horizonte occidental, listo para ocultarse tras las lejanas colinas. En los jardines ya habían desaparecido las sombras y penumbras, el aire se había vuelto gris, pero en las cimas de los árboles relucía aún un resplandor dorado. La temperatura era agradable. Había llovido recientemente y el aire, ya de por sí fresco, transparente, aromático, refrescaba aún más.
       No estoy describiendo el mes de agosto de la capital: brumoso, lloroso, oscuro, con sus crepúsculos fríos, extremadamente húmedos. ¡Dios me libre! No estoy describiendo nuestro crudo agosto norteño. Le ruego al lector que se desplace a una de las riberas de Crimea, cerca de Teodosia
[Teodosia (o Feodosia) es una ciudad portuaria situada en la costa suroriental de la península de Crimea. Entre los siglos XIII y XV, con el nombre de Caifa, fue una pujante colonia genovesa], al lugar preciso donde se hallaba la dacha de uno de mis personajes. Era una dacha muy bonita, limpia, rodeada de flores y setos bien podados. A su espalda, a un centenar de pasos, relucía un huerto por donde solían pasear los veraneantes. Grojolski pagaba un buen dinero por esa dacha: mil rublos al año, por lo visto. La dacha no los valía, pero era tan bonita… Alta, grácil, con paredes finas y balaustradas aún más finas, delicada, tierna, pintada de azul claro, toda adornada con cortinas, guardapuertas, colgaduras: recordaba a una señorita graciosa, delicada y un tanto melindrosa.
       Aquella tarde, en la terraza de esa dacha estaban sentados Grojolski y Liza. Grojolski leía Nuevos Tiempos
[Nóvoie vremia, diario publicado en San Petersburgo de 1868 a 1917] y tomaba leche en una jarrita verde. En la mesa, delante de él, había un sifón con agua de Seltz. Grojolski se creía enfermo, con catarro pulmonar, y, siguiendo los consejos del doctor Dmitriev, daba cuenta de ingentes cantidades de uvas, de leche y de agua de Seltz. Liza estaba sentada lejos de la mesa, en una mullida butaca. Con los codos sobre la balaustrada y con su rostro menudo apoyado en los puños, contemplaba la dacha de enfrente. El sol daba de lleno en las ventanas del edificio. Los brillantes cristales arrojaban en los ojos de Liza unos rayos cegadores. Más allá del cercado y de los escasos árboles que rodeaban la dacha se veía el mar con sus olas, su azul, su infinitud, sus blancos mástiles… ¡Era tan placentero!
       Grojolski leía la crónica del Desconocido
[el periodista y dramaturgo Alekséi Serguéievich Suvorin (1834-1912) publicó, desde mediados de la década de 1860, unos artículos de opinión semanales en La Gaceta de San Petersburgo (Sankt-Peterburgskie védomosti), firmados con el seudónimo de “El Desconocido” (Neznakómets). A partir de 1876 Suvorin desarrolló su labor periodística en Nuevos Tiempos] y cada diez líneas levantaba sus ojos azules y los dirigía hacia la espalda de Liza. El mismo amor de antes, apasionado, ardiente, brillaba en esos ojos. Era infinitamente feliz, a pesar del presunto catarro pulmonar. Liza notaba los ojos de su amante en su espalda, pensaba en el brillante porvenir de Míshutka y sentía tanta paz en su alma, tanta dicha… Para ella, lo más ameno no era el mar ni los cegadores destellos de los cristales de la dacha de enfrente, sino los carros cargados que, uno tras otro, pausadamente, iban llegando hasta ella.
       Los carros llegaban llenos de muebles y toda clase de enseres domésticos. Liza había visto abrir el portón enrejado de acceso y la gran puerta acristalada, y asistía al alboroto de los carreteros, con sus incesantes disputas, en torno a los muebles. Habían introducido por la puerta acristalada unas grandes butacas y un diván, tapizado en terciopelo de color carmesí, unas sillas destinadas a la sala, el cuarto de estar y el comedor, una amplia cama de matrimonio, una cama de niño… Después metieron un objeto grande, envuelto con esteras, pesado…
       «Un piano», pensó Liza, y el corazón le palpitó con fuerza.
       Llevaba ya tiempo sin escuchar las notas de un piano, ¡con lo que a ella le gustaba! En su dacha no había un solo instrumento musical. A Grojolski y a ella les gustaba la música, pero sólo de espíritu, nada más.
       Después del piano, metieron un sinfín de cajas y fardos en los que se leía: «Precaución». En esos cajones venían los espejos y la vajilla.
       Una lujosa y reluciente calesa franqueó el portón; tiraban de ella dos caballos blancos que parecían dos cisnes.
       «¡Dios mío! ¡Cuánto lujo!», se dijo Liza, pensando en el viejo poni que, por cien rublos, había comprado Grojolski, a quien no le gustaban ni los paseos ni los caballos. Aquel poni, comparado con esos cisnes, le parecía ahora una chinche. Como a Grojolski le daban miedo las cabalgadas veloces, le había comprado a propósito a Liza un caballo malo.
       «¡Cuánto lujo!», pensaba y musitaba Liza, observando a los ruidosos carreteros.
       El sol se había ocultado detrás de las colinas, el aire empezaba a perder su nitidez y sequedad, pero aún seguían trayendo y arrastrando muebles. Llegó un momento en que estaba tan oscuro que Grojolski dejó de leer el periódico, pero Liza no se cansaba de admirar el espectáculo.
       —¿Y si encendemos la lámpara? —propuso Grojolski, temeroso de que le cayera una mosca en la leche y de que pudiera tragársela en la oscuridad—. ¡Liza! ¿Y si encendemos la lámpara? ¿O prefieres que sigamos a oscuras, ángel mío?
       Liza no contestó. Estaba más pendiente de un charabán que se situaba en ese momento enfrente del portón de la dacha vecina. ¡Qué preciosidad de caballo tiraba del vehículo! De una altura mediana, no muy grande, gracioso… En el charabán venía montado un caballero con sombrero de copa. Sentado en sus rodillas, agitando las manos, venía una criatura como de tres años, un niño al parecer. Agitaba las manos y gritaba entusiasmado…
       De pronto, Liza dio un chillido, se levantó e inclinó el tronco hacia delante.
       —¿Qué te pasa? —preguntó Grojolski.
       —Nada… Sólo que… Me había parecido…
       El hombre del sombrero de copa, alto y fornido, saltó del charabán, cogió al chiquillo en brazos y echó a correr animosamente hacia la puerta acristalada.
       La puerta se abrió ruidosamente, y el hombre desapareció en la oscuridad de las estancias.
       Dos lacayos se acercaron rápidamente al caballo que tiraba del charabán y lo introdujeron por el portón, con muchos miramientos. Enseguida en la dacha de enfrente prendieron las luces y se oyó el golpeteo de los platos, los cuchillos y los tenedores. El hombre del sombrero de copa se sentó a cenar y, a juzgar por lo que duró el tintineo de la vajilla, la cena fue larga. Liza tenía la sensación de que olía a shchi
[sopa de legumbres con carne] con gallina y a pato asado. Después de la cena se oyeron en la dacha las notas confusas del piano. Muy probablemente, el hombre del sombrero de copa, queriendo distraer al niño como fuera, le habría dado permiso para pulsar las teclas.
       Grojolski se acercó a Liza y la cogió por la cintura.
       —¡Qué tiempo más maravilloso! —dijo—. ¡Qué aire! ¿No lo notas? Yo, Liza, soy muy feliz… demasiado incluso. Mi felicidad es tan inmensa que tengo miedo de que se desmorone. Por lo general, son los objetos grandes los que se desploman. Y ¿sabes una cosa, Liza? A pesar de tanta dicha, yo no acabo de estar del todo… tranquilo… Me atormenta un pensamiento obsesivo. Me atormenta de una forma atroz. No me deja descansar ni de día ni de noche.
       —¿Qué pensamiento?
       —¿Qué pensamiento? Un pensamiento horrible, alma mía. Me atormenta pensar en… tu marido. Hasta ahora no te había dicho nada, temiendo alterar tu paz interior. Pero ya no soy capaz de seguir callado. ¿Dónde está? ¿Qué es de él? ¿Qué ha hecho con su dinero? ¡Es horrible! Todas las noches me imagino su cara: demacrada, torturada, suplicante… ¡Date cuenta, ángel mío! ¡Si es que nosotros le arrebatamos la alegría! ¡Se la destruimos, se la pulverizamos! Hemos edificado nuestra felicidad sobre las ruinas de la suya. ¿Acaso el dinero, que él aceptó en un gesto magnánimo, puede sustituirte? Porque me imagino que te querría mucho…
       —¡Sí, mucho!
       —¡Ya lo ves! O se ha dado a la bebida o… ¡Me da miedo! ¡Ay, no sabes cuánto! ¿No convendría escribirle? Haría falta consolarle. Una buena palabra, ya sabes…
       Grojolski suspiró hondo, sacudió la cabeza y, agotado por sus profundas reflexiones, se desplomó en su asiento. Con la cabeza apoyada en los puños, se puso a meditar. A juzgar por la expresión de su rostro, sus pensamientos le hacían sufrir…
       —Me voy a dormir —dijo Liza—. Ya es hora…
       Liza se retiró a su cuarto, se desvistió y se puso a flotar entre las sábanas. Solía acostarse a las diez de la noche y levantarse a las diez de la mañana. Le gustaba vivir como una sibarita.
       Morfeo no tardó en acogerla en sus brazos. Toda la noche tuvo unos sueños fascinantes. Sus sueños fueron verdaderas novelas, relatos, cuentos árabes… El protagonista de todos esos sueños fue… el caballero del sombrero de copa, que la había hecho chillar esa misma tarde.
       El caballero del sombrero de copa se la quitaba a Grojolski, cantaba, pegaba a Grojolski y también a ella, le daba unos azotes al niño pequeño al pie de su ventana, le declaraba su amor, la conducía a rastras hasta el charabán… ¡Ah, los sueños! En una sola noche, con los ojos cerrados y acostados, a veces es posible vivir más de una década de años dichosos… En el curso de aquella noche Liza vivió muchas cosas, y muy felices, a pesar incluso de la paliza…
       Se despertó antes de las ocho, se echó un vestido por encima, se atusó a toda prisa el pelo y, sin enfundarse siquiera sus afiladas chinelas tártaras, corrió precipitadamente a la terraza. Protegiéndose con una mano los ojos del sol y sujetándose como podía el vestido con la otra, se fijó en la dacha de enfrente… Su rostro se iluminó.
       Ya no cabía ninguna duda. Era él.
       Bajo la terraza de la dacha vecina, delante de la puerta acristalada, había una mesa. Sobre la mesa brillaba, resplandecía y relumbraba el servicio de té, empezando por un pequeño samovar de plata. Sentado a aquella mesa estaba Iván Petróvich. Tenía en las manos un platillo de plata y tomaba té. Lo tomaba con avidez. Esto último se podía apreciar por el chasqueo que llegaba hasta oídos de Liza. Llevaba puesto un batín marrón con flores negras. Las recias manos le colgaban hasta el suelo. Era la primera vez que Liza veía a su marido en batín, y para colmo en uno tan lujoso. En una de sus rodillas estaba Míshutka, que le estorbaba y apenas le dejaba tomar el té. Daba saltitos e intentaba agarrarle el brillante labio a su papá. Éste, después de tres o cuatro tragos, se inclinó hacia su hijo y le besó en la coronilla. Cerca de una de las patas de la mesa, con la cola levantada, se restregaba un gato gris que expresaba con sus maullidos lastimeros sus ganas de comer.
       Liza se ocultó detrás de la balaustrada y clavó los ojos en los miembros de su antigua familia. La alegría iluminaba su rostro…
       —¡Michel! —susurró—. ¡Misha! ¡Estás aquí, Misha! ¡Tesoro! ¡Hay que ver cómo quiere a Vania! ¡Señor!
       Y Liza se desternilló de risa cuando Míshutka se puso a remover el té de su padre con la cucharilla.
       —¡Y lo que quiere Vania a Michel! ¡Queridos míos!
       Y a Liza, de pura felicidad, se le desbocó el corazón y le empezó a dar vueltas la cabeza. Se dejó caer en un sillón y desde allí se dedicó a espiar.
       «¿Cómo habrán venido a parar aquí? —se preguntaba, mandando a Míshutka besos por el aire—. ¿Quién les habrá recomendado este sitio? ¡Señor! ¿Será posible que todas estas riquezas les pertenezcan? ¿Que aquellos dos caballos, que parecían dos cisnes, que entraron ayer por ese portón, sean propiedad de Iván Petróvich? ¡Ay!».
       Después de tomar el té, Iván Petróvich entró en la casa. Al cabo de diez minutos apareció en el porche y… Liza se quedó pasmada. Aquel jovencito al que hacía apenas siete años aún llamaban Vanka o Vániushka
[Vanka y Vániushka son diminutivos de Vania, hipocorístico del nombre de Iván], que se mostraba siempre dispuesto, por una triste moneda, a jugarse el cuello o a poner la casa patas arriba, estaba ahora admirablemente vestido. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha, unas primorosas botas de montar, todas relucientes, un chaleco de piqué… Un millar de soles, grandes y pequeños, se reflejaban en sus dijes. En la mano derecha sostenía con ostentación unos guantes y una fusta…
       ¡Cuánta arrogancia, cuánta distinción transmitió su voluminosa figura cuando, con un gracioso gesto con la mano, ordenó al criado que le acercara el caballo!
       Se sentó en el charabán con gravedad y mandó a los criados que flanqueaban el vehículo que le entregaran a Míshutka y le pasaran unas cañas de pescar. Tras acomodar al niño a su lado, rodeándolo con su brazo izquierdo, tomó las riendas y se pusieron en marcha.
       —¡Eaaa! —gritó Míshutka.
       Liza, sin darse cuenta de lo que hacía, agitó un pañuelo, a modo de despedida. Si se hubiera mirado en el espejo, habría visto su carita colorada, risueña y, a la vez, llorosa. Le daba rabia no estar al lado de Míshutka, viéndolo tan animado, y no poder, por una serie de razones, comérselo a besos en ese mismo instante.
       ¡Por una serie de razones! ¡Al diablo con los escrúpulos!
       —¡Grisha! ¡Grisha! —Liza entró corriendo en el dormitorio y empezó a despertar a Grojolski—. ¡Levanta! ¡Están aquí! ¡Cariño!
       —¿Quiénes están aquí? —preguntó Grojolski nada más despertarse.
       —Los nuestros… Vania y Misha… ¡Están aquí! En esa dacha de ahí enfrente… Resulta que me he asomado, y ahí estaban… Tomando el té… Y también Misha… Está hecho un ángel, ¡si lo hubieras visto! ¡Virgen santísima!
       —¿Quién? Pero tú de qué… ¿Quién dices que está aquí? ¿Dónde?
       —Vania y Misha. Estaba mirando la dacha de enfrente, y los he visto allí, tomando el té. Misha ya sabe tomar sólo el té… ¿No te fijaste ayer en todo lo que trajeron? ¡Eran ellos!
       Grojolski se puso muy serio, se enjugó la frente y palideció.
       —¿Que ha venido? ¿Tu marido? —preguntó.
       —Pues sí…
       —¿A qué?
       —Probablemente vivirán aquí. No saben que estamos aquí. Si lo hubieran sabido, habrían mirado hacia nuestra dacha, pero estaban tomando el té y… no se han fijado en ningún momento…
       —¿Dónde está él ahora? ¡Y habla claro, por el amor de Dios! ¡Ay! Bueno, ¿dónde está?
       —Se ha marchado con Misha a pescar… En el charabán. ¿Viste ayer los caballos? Eran suyos. De Vania… Vania los monta. ¿Sabes una cosa, Grisha? Podríamos tener aquí a Misha con nosotros, como invitado. ¿Qué te parece? ¡Es un niño tan bueno! ¡Es una maravilla!
       Grojolski se quedó pensativo, y Liza no paraba de hablar.
       —Vaya un encuentro más imprevisto —dijo Grojolski tras una larga y, como de costumbre, penosa reflexión—. ¿Quién iba a esperar que fuéramos a encontrarnos aquí? Bueno… qué se le va a hacer… Así son las cosas. Así lo ha querido el destino. ¡Me imagino que se va a sentir muy incómodo cuando nos vea!
       —¿Podemos traernos a Misha?
       —Sí, claro… Pero no me gustaría ver a tu marido. No sé, ¿para qué iba a hablar con él? ¿De qué íbamos a hablar? Él se sentiría incómodo, y yo también. Es mejor que no coincidamos. Podemos entendernos, en caso de necesidad, a través de la servidumbre. No sabes cómo me duele la cabeza, Lizochka. Los brazos, las piernas… Estoy molido. ¿Tengo la cabeza caliente?
       Liza le puso la mano en la frente y detectó que la tenía caliente.
       —He tenido unas pesadillas espantosas toda la noche. No me voy a levantar en todo el día, me voy a acostar. Tendré que tomar quinina. Di que me sirvan aquí el té, cariño.
       Grojolski tomó quinina y se pasó todo el día en la cama. Bebió agua caliente, gimió, le cambiaron la ropa de cama, se quejó y acabó con la paciencia de todos cuantos le rodeaban. Se ponía insoportable siempre que se creía acatarrado. Liza se veía obligada a interrumpir cada dos por tres su atenta vigilancia en la terraza para acudir corriendo a su cuarto. Durante la comida no tuvo más remedio que aplicarle unos sinapismos. Imagina, lector, qué fastidioso le habría resultado todo esto a mi heroína de no haber tenido a su alcance la dacha de enfrente. Liza se pasó todo el día observando esa dacha y no cabía en sí de gozo.
       A las diez Iván Petróvich y Míshutka, de vuelta de pescar, desayunaron. A las dos almorzaron y a las cuatro salieron a dar un paseo en calesa. Los blancos caballos partieron raudos como centellas. A las ocho tuvieron invitados, unos hombres. Estuvieron hasta medianoche en la terraza, jugando a las cartas en dos mesas. Uno de aquellos hombres tocó el piano divinamente. Los invitados jugaron, bebieron, comieron, rieron a carcajadas. Iván Petróvich, riendo como un condenado, les contó un chiste sobre las costumbres de los armenios; lo contó a grito pelado, así que lo oyeron en todas las dachas de los alrededores. ¡Se lo pasaron en grande! Y Míshutka estuvo con ellos hasta medianoche.
       «Misha está alegre, no llora —pensaba Liza—, lo cual quiere decir que no se acuerda de su madre. ¡Así que se ha olvidado de mí!».
       Y Liza sintió un terrible pesar en el alma. Se pasó llorando toda la noche. Se lamentaba de su escasa conciencia, sentía rabia, y angustia, y un vivo deseo de hablar con Míshutka, de besarlo… A la mañana siguiente se levantó con dolor de cabeza, con los ojos enrojecidos por el llanto. Esas lágrimas se las anotó Grojolski en su propia cuenta.
       —¡No llores, preciosa! —le dijo—. Hoy ya me encuentro mejor… Tengo una pequeña molestia en el pecho, pero no es nada.
       Mientras tomaban el té, en la dacha de enfrente estaban desayunando. Iván Petróvich miraba al plato y lo que veía era una jugosa tajada de ganso.
       —Estoy encantado —musitó Grojolski, mirando de reojo a Bugrov—. ¡Realmente encantado de que pueda vivir decentemente! Así al menos las buenas condiciones de vida le ayudarán a mitigar su dolor. ¡Ocúltate, Liza! Nos van a ver… Ahora mismo no me apetecería tener una charla con él… ¡Que Dios le guarde! ¿Para qué molestarle?
       Pero el almuerzo ya no fue tan tranquilo. Durante la comida se produjo esa «situación embarazosa» a la que tanto miedo le tenía Grojolski. Nada más servirse las perdices, el plato favorito de Grojolski, Liza de repente se quedó desconcertada, y él empezó a enjugarse el rostro con la servilleta. Habían visto a Bugrov en la terraza de la dacha de enfrente. Estaba de pie, con las manos apoyadas en la balaustrada, y los miraba fijamente, con los ojos a cuadros.
       —Entra, Liza… Entra… —susurró Grojolski—. ¡Ya te había dicho que teníamos que comer dentro! Hay que ver cómo eres…
       Bugrov miraba y miraba y de pronto soltó un grito. Grojolski se fijó en él y advirtió una profunda sorpresa en su rostro…
       —¿Es usted? —gritó Iván Petróvich—. ¿Usted? ¿Están aquí? ¿Qué tal?
       Grojolski arrastró los dedos de un hombro a otro. Quería hacer ver que estaba flojo del pecho y no le era posible gritar desde esa distancia. A Liza se le aceleró el corazón y se le nubló la vista. Bugrov abandonó a toda prisa su terraza, cruzó corriendo el camino y a los pocos segundos ya se encontraba al pie de la terraza donde Liza y Grojolski estaban comiendo. ¡Se les quitaron las ganas de tomar las perdices!
       —¿Qué tal? —dijo, ruborizándose y metiéndose las manazas en los bolsillos—. ¿Así que están aquí? ¿También ustedes?
       —Pues sí, aquí estamos.
       —¿Cómo es que están aquí?
       —¿Y usted?
       —¿Yo? ¡Menuda historia! ¡Toda una peripecia, amigo mío! Pero no se preocupen, ¡sigan comiendo! No sé si saben que he estado viviendo, desde que… en la provincia de Oriol… Tenía arrendada una pequeña hacienda. ¡Una hacienda estupenda! Pero ¡coman! Estuve allí viviendo hasta finales de mayo, sí, pero ahora lo he dejado… Es un sitio frío, la verdad, y el médico me recomendó viajar a Crimea…
       —No me diga que está usted enfermo —dijo Grojolski.
       —Pues sí… parece que está todo aquí dentro como… alterado…
       Iván Petróvich, al pronunciar las palabras «aquí dentro», se llevó la mano desde el cuello hasta la mitad de la tripa.
       —Así que ustedes también están aquí… Ya veo… Qué cosa más agradable. ¿Llevan aquí mucho tiempo?
       —Desde junio.
       —Muy bien. Y tú, Liza, ¿cómo estás? ¿Estás bien?
       —Sí, estoy bien —respondió Liza, y se sintió turbada.
       —¿Has echado de menos a Míshutka? ¿Eh? Pues está aquí conmigo… Ahora mismo os lo mando con Nikifor. ¡Qué agradable! Bueno, ¡adiós! Ahora tengo que salir. Ayer conocí al príncipe Ter-Gaimazov. ¡Un hombre encantador, a pesar de ser armenio! Hoy hay partido de croquet en su casa. Así que jugaremos al croquet… ¡Adiós! El caballo ya está preparado.
       Iván Petróvich titubeó, sacudió la cabeza y, diciendo adieu con la mano, regresó rápidamente a su casa.
       —¡Pobre desdichado! —dijo Grojolski, siguiéndole con la mirada, y suspiró profundamente.
       —¿Por qué desdichado? —preguntó Liza.
       —¡Verte y no tener derecho a llamarte «suya»!
       «¡Imbécil! —se atrevió a pensar Liza— ¡Blandengue!».
       Esa tarde Liza pudo abrazar y besar a Míshutka, al que había llevado Nikifor. Al principio Míshutka se cogió una pataleta, pero cuando le ofrecieron mermelada de cornejo sonrió con agrado.
       Durante tres días Grojolski y Liza no vieron a Bugrov. Se pasaba el día por ahí y sólo de noche regresaba a casa. Al cuarto día volvió a presentarse en casa de sus vecinos a la hora de comer… Llegó, les dio a los dos la mano y se sentó a la mesa. Traía el semblante serio…
       —Tengo un asunto que tratar con ustedes —dijo—. ¡Lea! —Y le dio una carta a Grojolski—. ¡Léala! ¡Léala en voz alta!
       Grojolski leyó en voz alta lo siguiente:
       —«¡Mi muy querido y añorado Ioann
[forma antigua, propia del eslavo eclesiástico, correspondiente al nombre ruso “Iván”], hijo mío del alma! He recibido tu carta, henchida de respeto y amor, en la que invitas a este anciano padre tuyo a la benigna y salutífera Crimea, a fin de que respire sus aires purísimos y pueda visitar unas tierras ignotas. Por la presente respondo a tu misiva y te hago saber que, una vez recibida la oportuna licencia, me dispongo a hacerte compañía, si bien será por una breve temporada. Mi compañero, el padre Guerásim, es un hombre débil y enfermo y no puede estar solo largo tiempo. Yo aprecio en lo que vale que no te olvides de tus progenitores, de tu padre y de tu madre… A tu padre lo haces muy feliz con tu cariño, y a tu madre la tienes presente en tus oraciones; y así es como debe ser. Ve a recibirme a Teodosia. ¿Qué clase de ciudad es Teodosia? ¿Cómo es? Será muy grato visitarla. Tu madrina, la mujer que te tomó en la pila bautismal, se llamaba Teodosia. Me escribes que Dios te ha permitido ganar doscientos mil rublos. Eso me resulta muy grato. Pero, en cambio, no me parece bien que tú, habiendo servido hasta alcanzar un rango estimable, hayas renunciado al servicio al Estado. Servir es apropiado incluso para la gente acaudalada. Recibe mi bendición, ahora y siempre. Te saludan respetuosamente Andrónov Iliá y Seriozhka. Podrías enviarles diez rublos a cada uno. ¡Están en la miseria! Tu amante padre, el sacerdote Piotr Bugrov».
       Grojolski leyó en voz alta la carta y tanto él como Liza le dirigieron a Bugrov una mirada inquisitiva.
       —Pues miren lo que ocurre —empezó, balbuceante, Iván Petróvich—. Yo, Liza, te pediría que, mientras él esté aquí, no te dejes ver, que te ocultes a su vista. Yo le había escrito diciéndole que estabas enferma y habías viajado al Cáucaso para tratarte. Si te ve, entonces… ya sabes… Sería embarazoso… Hum…
       —De acuerdo —dijo Liza.
       «Puede ser —pensó Grojolski—. Ya que él se sacrifica, ¿por qué no podemos sacrificarnos nosotros?».
       —Por favor… Si no, como te vea, va a pasar algo… Es tremendamente riguroso. Enseguida pone el grito en el cielo. Tú, Liza, no salgas de tu cuarto, eso es lo único que te pido. No va a estar aquí mucho tiempo. No te preocupes…
       El padre Piotr no se hizo esperar demasiado. Una hermosa mañana llegó corriendo Iván Petróvich y, en tono enigmático, cuchicheó:
       —¡Ha llegado! ¡Ahora está durmiendo! Ya saben… ¡se lo ruego!
       Y Liza se encerró entre aquellas cuatro paredes. No se permitía a sí misma salir al patio o a la terraza. Sólo podía ver el cielo a través de las cortinas. Para su desgracia, el progenitor de Iván Petróvich estaba todo el rato al aire libre e incluso dormía en la terraza. Habitualmente el padre Piotr, un pope menudo, vestido con una sotana marrón y tocado con un sombrero de copa con el ala levantada, paseaba despacio alrededor de la dacha y observaba con curiosidad, a través de sus gafas de anciano, aquellas «tierras ignotas». Le acompañaba Iván Petróvich con la Cruz de San Estanislao prendida del ojal. Por lo general no llevaba puesta la condecoración, pero ante la parentela a Iván Petróvich le gustaba presumir. En presencia de sus deudos siempre lucía la Cruz de San Estanislao.
       Liza estaba muerta de aburrimiento. Grojolski también lo pasaba mal. Se veía obligado a pasear solo, sin su pareja. A punto estuvo de echarse a llorar, pero… había que someterse al destino. Además, cada mañana se acercaba corriendo Bugrov y, bisbiseando, les transmitía el parte sanitario del menudo padre Piotr, algo que nadie echaba de menos. Los tenía aburridos con sus partes.
       —¡Esta noche ha dormido bien! —informaba—. Ayer se enfadó porque no teníamos pepinos en salmuera. Le ha cogido mucho cariño a Míshutka. Siempre está acariciándole la cabeza…
       Por fin, al cabo de un par de semanas, el menudo padre Piotr dio su último paseo alrededor de las dachas y, para gran alegría de Grojolski, se marchó. Había paseado hasta hartarse y se marchó satisfecho. Grojolski y Liza retomaron su vida anterior. Grojolski volvió a bendecir su destino. Pero su dicha no duró mucho. Se produjo una nueva desgracia, peor aún que el padre Piotr.
       Iván Petróvich adoptó la costumbre de visitarlos a diario. Iván Petróvich, para ser sinceros, era una bellísima persona, pero era un hombre muy pesado. Llegaba a la hora de comer, se sumaba a ellos y se quedaba largo rato haciéndoles compañía. Y eso era lo de menos. Encima había que servirle vodka con las comidas, a pesar de que Grojolski no soportaba esa bebida. Se bebía unas cinco copas y no paraba de hablar en toda la comida. Pero aún había más… Y es que se quedaba con ellos hasta las dos de la madrugada y no les dejaba dormir. Y, para colmo, se permitía hablar de temas de los que debería callar. A eso de las dos, harto ya de vodka y de champán, cogía de la mano a Míshutka y, llorando, le decía en presencia de Grojolski y de Liza:
       —¡Hijo mío! ¡Mijaíl! ¿Quién soy yo? ¿Quién? Yo soy un… ¡un canalla! ¡Vendí a tu madre! La vendí por treinta monedas de plata… ¡Que el Señor me castigue! ¡Mijaíl Ivánich! ¡Lechoncito mío! ¿Dónde está tu madre? ¡Se ha largado! ¡Ya no está! ¡Vendida como esclava! ¿Entonces? Soy un canalla… Está claro…
       Aquellas lágrimas y aquellas palabras a Grojolski le partían el alma. Miraba tímidamente a Liza, que estaba pálida, y se retorcía las manos.
       —¡Váyase a dormir, Iván Petróvich! —apenas se atrevía a decir.
       —Ya me voy… ¡Vámonos, Míshutka! ¡Que Dios nos perdone! Soy incapaz de pensar en dormir, sabiendo que mi mujer es una esclava. Pero la culpa no es de Grojolski. Mía era la mercancía, suyo el dinero. La voluntad es para los libres, el paraíso para los salvados…
       De día, la presencia de Iván Petróvich se le hacía igualmente insoportable a Grojolski. Para gran horror de éste, no dejaba a Liza ni a sol ni a sombra. Iba con ella a pescar, le contaba chistes, paseaban juntos. Una vez, incluso, aprovechando un catarro de Grojolski, se la llevó en su calesa, a saber adónde, hasta bien entrada la noche.
       «¡Es indignante! ¡Inhumano!», pensaba Grojolski, mordiéndose los labios.
       A Grojolski le gustaba besar a Liza continuamente. Sin esos dulcísimos besos no podía vivir, y en presencia de Iván Petróvich resultaba muy embarazoso besarse. ¡Qué tormento! El pobrecillo se sentía solo. Pero el destino no tardó en apiadarse de él. De buenas a primeras, Iván Petróvich desapareció una semana entera. Se presentaron unos conocidos y se lo llevaron consigo. También se llevaron a Misha.
       Una hermosa mañana, después de su paseo, Grojolski regresaba a su dacha alegre y radiante.
       —Ha vuelto —le dijo a Liza, frotándose las manos—. Estoy encantado de que haya vuelto… ¡Ja, ja, ja!
       —¿De qué te ríes?
       —Ha venido con unas mujeres…
       —¿Qué clase de mujeres?
       —No sé… Pero está muy bien que haya invitado a unas mujeres… Es algo estupendo… Es tan joven aún, tan fresco… ¡Ven aquí un momento! Fíjate…
       Grojolski salió con Liza a la terraza y le señaló la dacha de enfrente. Los dos se desternillaron de la risa. Era muy divertido. En la terraza de enfrente estaba Iván Petróvich, sonriente. Debajo, al pie de la terraza, había dos señoras morenas con Míshutka. Las señoras estaban comentando algo en francés, en voz alta, y se reían a carcajadas.
       —Unas francesas —advirtió Grojolski—. Esa que está más cerca es bastante guapa. Caballería ligera, pero es lo de menos… También entre ellas hay buenas mujeres. Aunque es verdad que son un tanto… descaradas.
       Fue divertido ver a Iván Petróvich inclinarse al borde de la terraza, extender sus largos brazos hacia abajo, coger de los hombros a una de las francesas y, entre risotadas, tirar de ella hasta depositarla en la terraza.
       Tras subir a las dos señoras, cogió también a Míshutka. Las damas bajaron corriendo de la terraza y él volvió a levantarlas…
       —¡Vaya unos músculos robustos! —farfulló Grojolski, que estaba contemplando la escena.
       Hasta seis veces se repitió la operación. Las señoras eran tan simpáticas que no mostraron la menor turbación cuando el viento sopló con fuerza mientras las estaban levantando y dispuso libremente de sus vestidos hinchados. Grojolski apartaba la vista avergonzado cada vez que las damas, al alcanzar el balcón, pasaban las piernas por encima de la balaustrada. ¡Liza, en cambio, no les quitaba ojo y se reía a carcajadas! ¿A ella qué más le daba? No eran hombres los que se estaban comportando de forma indecorosa, sino mujeres, así que ¿por qué iba a avergonzarse?
       Aquella tarde llegó corriendo Iván Petróvich y, turbado, les comunicó que ahora era un hombre hogareño…
       —No se vayan a creer que son unas cualquieras —dijo—. Naturalmente, son francesas, no paran de gritar, beben vino… ¡ya se sabe! ¡Cosas de la educación de los franceses! Qué se le va a hacer…
       —A mí —añadió Iván Petróvich— me las ha cedido el príncipe… Prácticamente de balde. Dicho y hecho. Deberían ustedes conocer alguna vez al príncipe. ¡Es un hombre muy educado! No hace más que escribir y escribir… Y ¿saben cómo se llaman? Una es Fanny, la otra es Isabella… ¡Europa! Ja, ja, ja… ¡Occidente! ¡Adiós!
       Iván Petróvich dejó en paz a Grojolski y a Liza y se pegó a sus señoras. Todo el santo día se oían en su dacha voces, risas, ruido de platos… Hasta altas horas de la noche no se apagaban las luces. Grojolski podía descansar tranquilo. Por fin, después de aquel largo y penoso entreacto, volvía a sentirse feliz y relajado. Iván Petróvich con aquellas dos mujeres no saboreaba tanta dicha como él con una sola. Pero… ¡ay! El destino no tiene corazón. Juega con los Grojolski, las Liza, los Iván, los Míshutka, como si fueran peones. Grojolski volvió a perder la paz.
       Un día, al cabo de una semana y media, se levantó tarde, se asomó a la terraza y se encontró con un cuadro que le turbó, le escandalizó y le indignó profundamente. Al pie de la terraza de la dacha de enfrente vio a las francesas, y en medio de ellas estaba… Liza. Mientras charlaba con ellas, miraba de reojo hacia su propia dacha, como preguntándose: «¿No se habrá levantado ese tirano, ese déspota?». (Así fue como interpretó Grojolski aquellas miradas). Iván Petróvich, desde la terraza, remangado, subió a Isabella, luego a Fanny y luego… a Liza. Mientras subía a Liza, a Grojolski le dio la impresión de que la estrechaba contra su cuerpo. También Liza pasó una pierna por encima de la balaustrada. ¡Ay, estas mujeres! ¡Todas, de la primera a la última, son unas esfinges!
       Cuando Liza volvió a casa y entró de puntillas en el dormitorio, como si no pasara nada, se encontró a Grojolski pálido, con manchas sonrosadas en las mejillas, tumbado en una postura de completa postración, gimiendo.
       Al ver a Liza, se levantó de la cama de un salto y dio unos pasos por la habitación.
       —¿Cómo ha podido usted?
[en ruso resulta relativamente normal la alternancia entre el tratamiento de “tú” y de “usted” en función de los estados de ánimo de los interlocutores; de ahí que, en este caso, Grojolski, irritado, trate de “usted” a Liza, para volver, inmediatamente, al tuteo habitual] —chilló con voz de tenor—. ¿Cómo ha podido? ¡No sabe cuánto se lo agradezco! ¡Es algo escandaloso, señora mía! ¡Es algo inmoral, en definitiva! ¡Entiéndalo!
       Liza palideció y, naturalmente, se echó a llorar. Las mujeres, cuando sienten que tienen razón, discuten y lloran; en cambio, cuando saben que tienen la culpa, únicamente lloran.
       —¿Se entiende usted con esas pervertidas? Eso… eso… ¡eso supera cualquier indecencia! ¿Acaso no sabe quiénes son? ¡Son mujeres venales! Cocottes! ¿Y usted, una mujer decente, se ha arrastrado por los mismos lugares que ellas? En cuanto a ese… ¡ése! ¿Qué quiere? ¿Qué más quiere de mí? ¡No comprendo! ¡Le di la mitad de mis bienes, le di más! ¡Usted lo sabe bien! Le di lo que no tenía… Casi todo se lo di… Y él… He soportado que te tratara de «tú», algo a lo que no tiene ningún derecho, he soportado vuestros paseos, los besos después de la comida… Todo lo he soportado, pero esto ya no lo soporto. ¡O él o yo! ¡Si él no se marcha de aquí, me marcho yo! Ahora mismo voy a hablar con él. ¡En este preciso instante! ¿Quién es ese hombre, al fin y al cabo? ¡Valiente es él! Bueno… Tanto pensar en sí mismo no va a servirle de nada…
       Grojolski soltó aún muchos sarcasmos y muchas bravuconadas, pero ese «preciso instante» no acababa de llegar: se acobardó y se avergonzó. Fue a ver a Iván Petrovich a los tres días…
       Al entrar en su vivienda, se quedó boquiabierto. Se asombró del lujo y la riqueza que rodeaban a Bugrov. Las tapicerías de terciopelo, las sillas tremendamente caras… Daba miedo entrar allí. Grojolski había conocido a lo largo de su vida a mucha gente rica, pero ninguno de ellos vivía con un lujo tan frenético. Pero ¡cuánto desbarajuste se encontró al entrar en la sala con un temblor inexplicable! Encima del piano había platos con restos de pan, en una silla había un vaso, debajo de la mesa un cesto con unos trapos indecentes. Las ventanas estaban cubiertas de cáscaras de nuez… El propio Bugrov, cuando llegó Grojolski, tampoco estaba muy presentable. Paseaba por la sala, sonrosado, sin peinar, en déshabillé, y hablaba solo… Al parecer, estaba muy alterado. Sentado en un sofá, en esa misma sala, estaba Míshutka, que agitaba el aire con un grito penetrante.
       —¡Es terrible, Grigori Vasílich! —dijo Bugrov al ver a Grojolski—. Cuánto desorden, cuánto desorden… ¡Siéntese, se lo ruego! Disculpe que le reciba vestido como Adán y Eva. Eso es lo de menos… ¡Un trastorno terrible! ¡No comprendo cómo nadie puede vivir aquí! ¡No lo comprendo! El servicio no obedece, el clima es horrible, todo está caro… ¡Cállate! —gritó Bugrov, parándose de pronto delante de Míshutka—. ¡A callar! ¡Te están hablando! ¡Serás animal! ¿No te callarás?
       Y Bugrov le dio un tirón de orejas al niño.
       —¡Es escandaloso, Iván Petróvich! —dijo Grojolski con voz quejumbrosa—. ¿Cómo se puede pegar a un niño tan pequeño? Hay que ver cómo es usted, la verdad sea dicha…
       —Con tal de que no berree… ¡A callar! ¡O te zurro!
       —No llores, Misha, tesoro… Papá no te va a tocar más. ¡No le pegue usted, Iván Petróvich! Si no es más que un bebé… Bueno, bueno… ¿Quieres el caballito? Ya te traigo yo el caballito… Pero qué… cruel es usted… —Y Grojolski, tras una pausa, preguntó—: ¿Cómo están las señoras, Iván Petróvich?
       —Ni bien ni mal… Las he echado. Sin miramientos. Yo las habría tenido aquí más tiempo, pero resultaba incómodo: el crío está creciendo… Toma ejemplo de su padre… Si hubiera estado solo, entonces ya sería otra cosa. Aparte de eso, ¿qué sentido tenía que siguieran aquí? Uf… ¡Era una pura comedia! Yo les hablaba en ruso, y ellas a mí en francés. No entendían ni jota, eran muy duras de mollera.
       —Yo venía a tratar de un asunto, Iván Petróvich, a hablarle un momento… Hum… No es nada especial, únicamente… dos o tres palabras… En realidad, quería pedirle una cosa.
       —¿Qué cosa?
       —¿Sería posible, Iván Petróvich, que se marchara usted… de aquí? Nosotros estamos encantados con su presencia, nos resulta muy agradable, pero ya sabe, no es lo más conveniente… Es un tanto embarazoso… Hay cierta indefinición en las relaciones, una permanente incomodidad en el trato mutuo… Es preciso separarse. Y hasta imprescindible… Perdóneme, pero… usted, naturalmente, se hace cargo de que en estas situaciones la vida en común desemboca en… ciertas reflexiones… No exactamente reflexiones, pero sí surge una especie de sensación incómoda.
       —Sí… Así es. Yo mismo lo había pensado. Muy bien, me marcharé.
       —Vamos a estarle muy agradecidos. ¡Puede estar seguro, Iván Petróvich, de que guardaremos un magnífico recuerdo de usted! Una víctima, a la que…
       —Muy bien… Pero ¿dónde meto todas estas cosas? Escuche, ¿por qué no me compran estos muebles? ¿Qué le parece? No son caros… Ocho mil, pongamos… diez mil… El mobiliario, la calesa, el piano…
       —De acuerdo… Le doy diez mil…
       —¡Estupendo! Me voy mañana mismo… Me voy a Moscú. ¡Aquí no hay quien viva! ¡Está todo carísimo! ¡Horriblemente caro! Se gasta el dinero a espuertas. A cada paso, son mil rublos… Yo así no puedo… Tengo una familia… Bueno, gracias a Dios que me compra usted los muebles. Así tendré más dinero; de otro modo, me quedaba en la ruina…
       Grojolski se levantó, se despidió de Bugrov y, exultante de felicidad, se dirigió a su casa. Por la tarde le hizo llegar los diez mil rublos.
       A la mañana siguiente, muy temprano, Bugrov y Míshutka ya estaban en Teodosia.


III

       Transcurrieron algunos meses. Llegó la primavera.
       Con la primavera llegaron también los días claros y radiantes, cuando la vida no es tan odiosa y aburrida y la tierra resulta más agradable. Una cálida brisa soplaba desde el mar y los campos. La tierra se cubría de tiernos pastos, en los árboles brotaban las hojas verdes. La naturaleza resucitaba y se exhibía con nuevos ropajes…
       Se diría que nuevas esperanzas y nuevos deseos tendrían que bullir en el hombre cuando en la naturaleza todo aparece renovado, joven, fresco… Pero al ser humano le cuesta mucho resucitar.
       Grojolski seguía viviendo en la misma dacha. Sus esperanzas y deseos, pequeños, sin pretensiones, seguían reduciéndose a Liza, a ella sola, a nada más. Como al principio, no apartaba los ojos de ella y se deleitaba con una sola idea: «¡Qué feliz soy!». El pobrecillo, en efecto, se sentía tremendamente feliz. Liza, igual que antes, se sentaba en la terraza y miraba aburrida y perpleja la dacha de enfrente y los árboles que la rodeaban, a través de los cuales podía verse el mar azul. Igual que antes, estaba callada casi todo el tiempo, lloraba a menudo y de vez en cuando le aplicaba sinapismos a Grojolski. Con todo, sí se le podía dar la enhorabuena por una novedad. En su interior crecía un gusano. El gusano de la añoranza. Sentía una gran añoranza, añoranza de su hijo, de su vida pasada, de su alegría. Su vida anterior no había sido especialmente alegre, pero en cualquier caso sí más alegre que la presente. Cuando vivía con su marido, de vez en cuando iba al teatro, a fiestas, a visitar a los amigos. ¿Y aquí, con Grojolski? Aquí todo era vacío, silencio… A su lado sólo había un hombre, y aun éste, con sus achaques y sus continuos besos, tan empalagosos, parecía un viejo chocho, siempre lloriqueando de alegría. ¡Qué aburrimiento! Allí no tenía a Mijéi Sergueich, que solía bailar la mazurca con ella, ni a Spiridón Nikolaich, hijo del redactor de La Gaceta Provincial
[en las distintas capitales de provincia del Imperio ruso existieron a lo largo del siglo XIX, y hasta los primeros años del siglo XX, publicaciones oficiales con el nombre genérico de “gacetas provinciales” (gubernskie védomosti)]. Spiridón Nikolaich cantaba y recitaba versos divinamente. Tampoco había una mesa con entremeses, ni había invitados, ni estaba allí con ella Gerásimovna, la niñera que la regañaba por comer tanta confitura. ¡Allí no había nadie! Allí se moría una de aburrimiento. Grojolski se regocijaba con su soledad, pero… hacía mal en regocijarse. Antes de lo previsto le tocó pagar por su egoísmo. A principios de mayo, cuando hasta el aire parecía amar y no cabía en sí de gozo, Grojolski lo perdió todo: la mujer amada y…
       Ese año Bugrov también viajó a Crimea. No alquiló la dacha de enfrente, sino que estuvo de gira con Míshutka por distintas ciudades. En ellas bebió, comió, durmió y jugó a las cartas. Había perdido por completo la afición a la pesca, a la caza y a las francesas, las cuales, dicho sea entre nosotros, le habían desvalijado lo suyo. Había adelgazado, ya no se mostraba radiante ni sonreía francamente, vestía ropas de lona. También visitó Iván Petróvich en alguna ocasión la dacha de Grojolski. Le llevaba a Liza confitura, bombones, frutas, en un intento de distraerla un poco. A Grojolski no le inquietaban esas visitas, sobre todo porque eran esporádicas, breves y, aparentemente, se hacían por el bien de Míshutka, a quien no había por qué privar del derecho a verse con su madre. Bugrov llegaba, sacaba sus regalos y, tras pronunciar unas pocas palabras, se marchaba. Y esas pocas palabras no las intercambiaba con Liza, sino con Grojolski. Con Liza callaba. Y Grojolski estaba tranquilo… Pero hay un dicho que no le habría venido mal recordar a Grojolski: «Más hace el lobo callando que el perro ladrando»… Es un dicho malicioso, pero a veces para la vida práctica resulta muy conveniente.
       En cierta ocasión, paseando por el jardín, Grojolski oyó el murmullo de dos voces. Una de las voces era de hombre, la otra de mujer. La primera era la de Bugrov, la segunda la de Liza. Grojolski escuchó con atención, se puso pálido como la muerte y se acercó en silencio a los que estaban conversando. Se escondió detrás de un lilo y se dedicó a observar y escuchar. Tenía los pies y las manos helados. Un sudor frío le cubrió la frente. Para no tambalearse y caer, tuvo que agarrarse con ambas manos a las ramas del lilo. ¡Todo había terminado!
       Bugrov tenía cogida a Liza de la cintura y le decía:
       —¡Amada mía! ¿Qué podemos hacer? Así lo ha querido Dios. Soy un miserable. Te vendí. Me dejé tentar por el monstruo de la riqueza, mil veces maldito… ¿Y de qué me ha servido esta riqueza? ¡Sólo me ha traído inquietud y presunción! Ni paz, ni felicidad, ni dignidades… Te quedas ahí parado, como un zoquete, sin avanzar un paso… ¿Sabías? Andriushka Markuzin ya es jefe de despacho. ¡Andriushka, ese bobo! Y yo sin hacer nada… ¡Señor, Señor! Renuncié a ti y renuncié a la felicidad. ¡Seré miserable! ¡Canalla! ¿Tú crees que saldré bien parado en el Juicio Final?
       —¡Vámonos de aquí, Vania! —Liza se echó a llorar—. Me aburro… Me muero de pena.
       —No es posible… Acepté su dinero.
       —Pues ¡devuélveselo!
       —Se lo devolvería encantado, sí… ¡Alto ahí, no hay que correr tanto! Hay que resignarse, mátushka. Dios nos ha castigado. A mí por mi codicia, a ti por tu frivolidad. Así pues, nos tocará sufrir… En el otro mundo todo será más fácil.
       Y arrastrado por la ola de sentimientos religiosos Bugrov levantó los ojos al cielo.
       —Pero ¡yo aquí no puedo vivir! ¡Me aburro!
       —¿Qué se le va a hacer? ¿Es que yo no me aburro? ¿Acaso estoy alegre sin ti? ¡No puedo más, estoy consumido! ¡Y el pecho ha empezado a dolerme! Tú eres mi legítima esposa, carne de mi carne… Eres una conmigo… ¡Vive, aguanta! Y, en cuanto a mí… tengo que ir a hacer unas visitas… —E, inclinándose hacia Liza, Bugrov le susurró unas palabras, pero tan alto que se pudo oír a varios sazheny
[el sazhén o sazhen (en plural, sazheny o sázheny) era una antigua medida rusa de longitud, equivalente a 2,13 m., aproximadamente] de distancia—: Vendré también a verte por las noches, Lízanka. No te preocupes. Estoy en Teodosia, cerca de aquí. Voy a estar viviendo cerca de ti, hasta que acabe de gastármelo todo. ¡Y pronto me habré gastado hasta el último kopek! ¡Ayayay! ¿Qué vida es ésta? Un aburrimiento, siempre estoy enfermo… Me duele el pecho, me duele la tripa…
       Bugrov se calló. Era el turno de Liza. ¡Dios mío, qué mujer más cruel! Se puso a llorar, a quejarse, a enumerar todos los defectos de su amante, sus sufrimientos… Grojolski, escuchándola, se sintió un bandido, un ladrón, un rompecorazones…
       —¡Me ha hecho la vida imposible! —concluyó Liza.
       Tras despedirse de ella con un beso, Bugrov al salir del jardín se topó con Grojolski, que le estaba esperando junto al portillo.
       —¡Iván Petróvich! —dijo Grojolski con voz de agonizante—. Lo he visto y lo he oído todo… No ha sido nada honroso por su parte, pero tampoco le culpo. También usted la ama. Pero ¡entienda que es mía! ¡Mía! ¡Yo no puedo vivir sin ella! ¿Es que no lo entiende? Muy bien, pongamos que usted la ama, que sufre por ella, pero ¿acaso no le compensé yo, al menos en parte, por su sufrimiento? ¡Márchese, por el amor de Dios! ¡Por el amor de Dios! Márchese de aquí para siempre. ¡Se lo suplico! De otro modo, acabará usted conmigo…
       —No tengo adónde ir —declaró Bugrov sordamente.
       —Hum… Ya se lo ha gastado todo. Es usted un hombre apasionado. Muy bien… Puede ir usted a mi hacienda en la provincia de Chernígov… ¿Quiere? Le regalo esa hacienda. Es pequeña, pero es magnífica. Le doy mi palabra, es magnífica…
       A Bugrov se le iluminó la cara con una sonrisa. De pronto se sentía en el séptimo cielo.
       —Se la regalo… Hoy mismo escribo al administrador y le envío un poder para que redacte el título de compraventa. Dígale usted a todo el mundo que ha comprado la hacienda. ¡Márchese! ¡Se lo suplico!
       —De acuerdo… Me iré. Comprendo.
       —Podemos ir al notario. Ahora mismo —propuso Grojolski, más animado, y fue a ordenar que engancharan los caballos.
       Al día siguiente, por la tarde, estando Liza sentada en el banco donde solían celebrarse sus rendez-vous con Iván Petróvich, Grojolski se acercó a ella con mucha cautela. Se sentó a su lado y la tomó de la mano.
       —¿Estás aburrida, Lizochka? —dijo después de un breve silencio—. ¿Te aburres? ¿Por qué no nos vamos por ahí? ¿A santo de qué tenemos que quedarnos siempre en casa? Conviene moverse, divertirse, hacer amistades… ¿O no?
       —Yo no necesito nada —dijo Liza, pálida y desmejorada, mirando hacia el camino por el que solía venir Bugrov.
       Grojolski se quedó pensativo. Sabía a quién esperaba y a quién necesitaba.
       —Vámonos a casa, Liza —dijo—. Aquí hay mucha humedad…
       —Ve tú… Yo voy enseguida.
       Grojolski volvió a quedarse pensativo.
       —¿Le esperas a él? —preguntó y torció el gesto, como si le hubieran hundido en el corazón unas tenazas al rojo vivo.
       —Sí… Quería darle unos calcetines para Misha.
       —No va a venir.
       —¿Y tú cómo lo sabes?
       —Se ha marchado.
       Liza puso cara de asombro.
       —Se ha marchado. Se ha ido a la provincia de Chemígov. Le he regalado mi hacienda.
       Liza palideció de un modo espantoso y, para no derrumbarse, tuvo que agarrarse de los hombros de Grojolski.
       —Le he acompañado al barco. A las tres.
       Liza, de repente, se llevó las manos a la cabeza, intentó moverse y, tras desplomarse en el banco, empezó a temblar de la cabeza a los pies.
       —¡Vania! —empezó a vociferar—. ¡Vania! ¡Yo también quiero irme, Vania! ¡Cariño!
       Sufrió un ataque de histeria.
       Desde aquella tarde hasta el mes de julio, en el jardín por donde paseaban los veraneantes podían verse dos sombras. Las sombras caminaban de la mañana a la noche, llenando de tristeza a los veraneantes. Por detrás de la sombra de Liza se movía la sombra de Grojolski. Si hablo de sombras es porque ambos habían perdido su aspecto anterior.
       Estaban flacos, pálidos, encorvados, y parecían sombras, más que personas vivas. Estaban consumidos, como la pulga de aquel viejo chiste sobre un judío que vendía unos polvos contra las pulgas.
       A principios de julio Liza abandonó a Grojolski, dejándole una nota en la que decía que iba a reunirse con su «hijo» por un tiempo… ¡Por un tiempo! Se marchó de noche, cuando Grojolski estaba dormido.
       Después de leer su carta, Grojolski se pasó una semana entera deambulando alrededor de la dacha como un enajenado, sin comer ni dormir. En agosto sufrió unas fiebres reincidentes, y en septiembre se marchó al extranjero. Allí se dio a la bebida. Creía que hallaría consuelo en el vino y la depravación. Dilapidó todos sus bienes, pero el pobrecillo fue incapaz de apartar de su cabeza la imagen de la mujer amada con su carita felina. La gente no muere de felicidad, tampoco muere de tristeza. Grojolski encaneció, pero no se murió. A día de hoy, aún sigue vivo. De vuelta del extranjero, quiso ir a ver a Liza «con el rabillo del ojo». Bugrov lo recibió con los brazos abiertos y lo invitó a quedarse en su casa por un tiempo indefinido. Aún sigue viviendo en casa de Bugrov…
       Este mismo año tuve ocasión de visitar Grojolevka, la hacienda de Bugrov. Cuando llegué, los señores estaban cenando. Iván Petrovich se alegró enormemente de verme y empezó a agasajarme. Había engordado y tendía a la obesidad. Como en otros tiempos, tenía la cara rolliza, lustrosa y sonrosada. Conservaba el cabello. Liza también había engordado. La gordura no le sentaba bien. Su carita empezaba a perder su aire gatuno y —¡ay!— recordaba más bien a la de una foca. Le rebosaban las mejillas hacia arriba, hacia delante y hacia los lados. Los Bugrov vivían por todo lo alto. No les faltaba de nada. En su casa abundaba la servidumbre y los alimentos…
       Cuando acabamos de cenar, nos entretuvimos con la sobremesa. Yo no me acordaba de que Liza no toca y le pedí que nos interpretara alguna pieza al piano.
       —¡Ella no toca! —dijo Bugrov—. No está aquí para eso… ¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Iván! ¡Dile a Grigori Vasílich que venga! ¿Qué es lo que está haciendo? —Y, dirigiéndose a mí, Bugrov añadió—: Ahora viene el músico… Toca la guitarra. El piano lo tenemos por Míshutka, le dan clases…
       Al cabo de unos cinco minutos entró Grojolski en la sala; venía adormilado, despeinado, sin afeitar… Entró, me saludó con una reverencia y se sentó algo retirado.
       —Bueno, ¿cómo es que nos acostamos tan temprano? —le preguntó Bugrov—. ¡Cómo eres, hermano! Siempre durmiendo, siempre durmiendo… ¡Dormilón! Venga, tócanos algo alegre.
       Grojolski afinó la guitarra, tañó las cuerdas y rompió a cantar:

Ayer esperaba a su amigo…

       Yo escuchaba la canción, observaba la oronda fisonomía de Bugrov y pensaba: «¡Tiene una cara repelente!». Me entraron ganas de llorar. Al acabar la canción, Grojolski hizo una reverencia y se fue.
       —¿Qué puedo hacer con él? —dijo Bugrov, dirigiéndose a mí, tras la salida de Grojolski—. ¡Menuda me ha caído encima! De día está todo el rato pensando y pensando… y de noche gimiendo. Incluso dormido no hace más que gemir y quejarse. Es una enfermedad… No sé qué hacer con él, ¡no alcanzo a comprenderlo! No nos deja dormir. Me temo que me voy a volver loco. La gente cree que no es bueno para él vivir en mi casa… pero ¿por qué no? Come con nosotros, bebe con nosotros… Dinero es lo único que no le damos. Si le diéramos dinero, se lo gastaría en bebida o lo derrocharía. ¡Sólo me faltaría esto! ¡Señor, apiádate de mí!
       Me quedé a pasar la noche. A la mañana siguiente, cuando me desperté, en la habitación vecina Bugrov estaba leyéndole a alguien la cartilla:
       —¡Dale a un tonto una cuerda y se ahorcará con ella! ¿A quién se le ocurre pintar los remos con pintura verde? ¡A ver, piensa un poco! ¡Reflexiona! ¿Por qué no respondes?
       —Yo… yo… me he equivocado… —se justificaba una voz ronca de tenor…
       Era la voz de Grojolski.
       Fue él quien me acompañó a la estación…
       —Es un déspota, un tirano —fue murmurando todo el camino—. Es un hombre generoso, pero ¡es un tirano! No se le ha desarrollado el corazón, tampoco el cerebro… ¡Me tortura! Si no fuera por esa mujer tan noble, yo ya me habría marchado hace tiempo… Me da pena dejarla. Estando los dos juntos, la situación se sobrelleva mejor. —Grojolski suspiró y prosiguió—: Está embarazada. ¿Se ha dado usted cuenta? De hecho, es hijo mío. Sí señor, mío. No tardó en darse cuenta de que había cometido un error y ha vuelto a mis brazos. A él no lo soporta.
       —¡Es usted incorregible! —le dije a Grojolski, sin poder reprimirme.
       —Sí, soy débil de carácter. Eso es verdad. He nacido así. ¿Conoce usted mi origen? Mi difunto padre traía por la calle de la amargura a un pobre empleado. ¡Lo maltrataba de un modo terrible! ¡Le hacía la vida imposible! En fin… Pero mi difunta madre tenía un gran corazón, venía de una familia modesta, de clase media. Por pura compasión, le tomó cariño a ese empleado. Y claro… Así que yo desciendo… del maltratado. ¿Cómo iba yo a tener carácter? ¿De dónde iba a sacarlo? Bueno, ya es la segunda llamada… ¡Adiós! ¡Vuelva otra vez a visitarnos, pero no le vaya a comentar a Iván Petróvich lo que le he contado!
       Le di la mano a Grojolski y subí de un salto al tren. Él inclinó la cabeza en dirección a mi vagón y se acercó a beber agua de una tina. Sin duda, estaba sediento.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar