Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


El obispo (1902)
(“Журнал для всех”)
Originalmente publicado en la revista Diario de todos [Пёстрые рассказы]
(número 4, marzo de 1902);
Obras completas (Vol. XII, segunda edición, 1903)


I

      En el monasterio de Staro-Petrovski se celebraba la víspera del Domingo de Ramos. Cuando se empezó a repartir las palmas eran ya casi las diez; los cirios, llenos de pábilos, apenas ardían, y todo estaba envuelto en una especie de tiniebla. En la iglesia en penumbra la muchedumbre se agitaba como el mar y monseñor Piotr, que llevaba ya tres días indispuesto, tenía la impresión de que todos los rostros —de viejos y jóvenes, de hombres y mujeres— se parecían entre sí, que todos los que se acercaban a recoger la palma tenían la misma expresión en la mirada. En la neblina no se veían las puertas, la multitud no paraba de moverse y parecía que aquello no tenía fin. Cantaba un coro de mujeres y una monja leía el canon.
       ¡Qué calor hacía! ¡Qué sofoco! ¡Cuánto había durado el oficio! Monseñor Piotr estaba cansado. Su respiración era pesada, entrecortada, seca, le dolían los hombros del cansancio y le temblaban las piernas. ¡Qué desagradable era oír chillar de vez en cuando a un loco de Dios en el coro! De pronto, como en un sueño o delirio, le pareció a Monseñor que entre la multitud se acercaba su madre, Maria Timoféievna, a la que no había visto en nueve años, o una vieja parecida a su madre, y tras recibir de él la palma, se alejaba mirándole afablemente, con una sonrisa bonachona y alegre, hasta desaparecer entre el gentío. Sin saber por qué, las lágrimas fluyeron por su rostro. El alma estaba en paz, todo iba bien, pero miraba fijamente al coro de la izquierda, donde leían el canon, donde en la bruma vespertina ya no se podía reconocer a nadie, y lloraba. Las lágrimas relucían en su rostro y en su barba. Alguien que estaba cerca también rompió a llorar, luego otro, y después otros y otros, hasta que, poco a poco, la iglesia se llenó de silenciosos sollozos. Más tarde, al cabo de unos cinco minutos, el coro de monjas empezó a cantar y cesaron los llantos, todo volvió a ser como antes.
       Pronto terminaron los oficios. Cuando el obispo se sentó en la carroza para regresar a casa, por todo el jardín, iluminado por la luna, se esparció el alegre y bello tañido de las espléndidas y pesadas campanas. Los muros blancos, las blancas cruces de las tumbas, los blancos abedules, las sombras negras y la lejana luna suspendida en el cielo justo sobre el monasterio, parecían vivir su propia vida, incomprensible, pero cercana al hombre. Era comienzos de abril y tras un cálido día primaveral, refrescó, heló un poco, y en la liviana y fría brisa se sentía el aliento de la primavera. El camino que iba desde el monasterio a la ciudad era arenoso, y había que ir al paso; a ambos lados de la carroza, a la luz de la luna, clara y serena, caminaban despacio por la arena los peregrinos. Todos iban en silencio, pensativos. En tomo todo era apacible, juvenil, tan cercano, todo: los árboles y el cielo, e incluso la luna, y daban ganas de creer que todo sería así siempre.
       Finalmente la carroza entró en la ciudad, y recorrió la calle principal. Las tiendas ya estaban cerradas, y sólo en la de Yerakin, el millonario, estaban probando el alumbrado eléctrico, que lanzaba fuertes destellos, y a su alrededor se agolpaba la gente. Luego pasaron, una tras otra, por anchas, oscuras y desiertas calles, la carretera del zemstvo, fuera de la ciudad, los campos, el olor a pino. De pronto surgió ante los ojos un muro blanco y almenado, y tras él un alto campanario, inundado de luz, con cinco grandes cúpulas doradas y brillantes: era el monasterio Pankrátievski, donde residía monseñor Piotr. También allí, en lo alto, sobre el monasterio, estaba serena y pensativa la luna. La carroza entró por el portón, crujiendo en la arena, a la luz de la luna surgieron negras siluetas monacales, cuyos pasos resonaban en las losas…
       —Monseñor, ha venido su madre cuando usted no estaba —informó el hermano lego cuando el obispo entró en sus aposentos.
       —¿Mi madre? ¿Cuándo ha venido?
       —Antes del oficio de vísperas. Preguntó primero dónde estaba usted y luego se marchó al monasterio de las monjas.
       —Entonces, ha sido a ella a quien he visto en la iglesia. ¡Oh, Señor!
       El obispo sonrió de alegría.
       —Me encargó que le dijera, monseñor —prosiguió el hermano lego—, que vendría mañana. Venía con ella una muchacha, debe ser su nieta. Se alojaron en la posada de Ovsiánnikov.
       —¿Qué hora es?
       —Las once y pico.
       —¡Ah, qué pena!
       El obispo se sentó un rato en el salón, meditabundo, como si no creyese que era tan tarde. Tenía los brazos y las piernas embotados, le dolía la nuca. Tenía calor y se sentía incómodo. Tras reposar un poco, fue a su dormitorio y volvió a sentarse, pensando en su madre. Oyó cómo se retiraba el hermano lego y cómo al otro lado de la pared tosía el padre Sisói. El reloj del monasterio dio el cuarto de hora.
       El obispo se mudó de ropa y empezó a decir las oraciones para el sueño. Recitaba con atención esas viejas plegarias, conocidas desde hacía tiempo, a la vez que pensaba en su madre. Tenía nueve hijos y cerca de cuarenta nietos. En el pasado había vivido con su marido, diácono, en una pobre aldea; había pasado allí mucho tiempo, desde los diecisiete a los sesenta años. Se acordaba de ella desde su más tierna infancia, quizás desde que tenía tres años. ¡Cómo la quería! ¡Una infancia dulce, preciosa, inolvidable! ¿Por qué ese tiempo perdido para siempre, que jamás volvería, le parecía más brillante, festivo y rico de lo que realmente había sido? Cuando en su infancia o en su juventud caía enfermo, ¡qué tierna y solícita se mostraba su madre! Y ahora las oraciones se mezclaban con los recuerdos, que se avivaban cada vez más, como una llama, y esas oraciones no le impedían pensar en su madre.
       Cuando acabó de rezar se desvistió y se acostó, y en cuanto se hizo la oscuridad a su alrededor, recordó a su difunto padre, a su madre y su aldea natal de Lesopolie… El chirrido de las ruedas, el balar de las ovejas, el tañido de las campanas de la iglesia en las claras mañanas de estío, los gitanos bajo la ventana… ¡Ah, qué dulce era pensar en ello! Se acordó del sacerdote de Lesopolie, el padre Simeón, sumiso, bondadoso y apacible; era bajo y flaco, y tenía un hijo seminarista muy alto, que hablaba con profunda voz de bajo; un día el hijo del sacerdote se enfadó con la cocinera y la increpó: «¡Burra de Yehudael!». El padre Simeón, al oír eso no dijo palabra, sólo sintió vergüenza de no poder recordar en qué lugar de las Sagradas Escrituras se mencionaba esa burra. El sacerdote que le sucedió en Lesopolie fue el padre Demián, que bebía tanto que a veces veía serpientes verdes, por lo que le apodaron «Demián, el que ve serpientes». El maestro de Lesopolie era Matvéi Nikolaich, antiguo seminarista, buena persona e inteligente, pero también borracho. Nunca pegaba a los niños, pero, por algún motivo siempre tenía colgado de la pared un manojo de varas de abedul, sobre el que había una inscripción en latín absolutamente incomprensible: «betula kinderbalsamica secuta». Tenía un perro negro y peludo al que llamaba Sintaxis.
       El obispo sonrió. A ocho verstas de Lesopolie se encontraba la aldea de Óbnino, donde había un icono milagroso. En verano lo llevaban en procesión a las aldeas vecinas y repicaban todo el día las campanas, ya en una aldea, ya en otra; entonces le parecía al obispo que la alegría vibraba en el aire, y que él (a quien llamaban Pavlusha) iba tras el icono descalzo y sin gorra, con fe ingenua, con ingenua sonrisa, y una felicidad infinita. Recordó ahora que en Óbnino siempre había mucha gente y que el sacerdote local, el padre Alekséi, para aligerar el ofertorio, hacía que su sobrino sordo leyera las papeletas y notas que acompañaban las hostias, en las que se rogaba por la salud o el eterno descanso. Hilarión las leía y a veces le daban una moneda de cinco o diez kopeks. Y sólo cuando ya estaba canoso y calvo, cuando la vida había pasado, vio de pronto escrito en un papel: «¡Qué tonto eres, Hilarión!». Al menos hasta los quince años Pavlusha estuvo atrasado y era mal estudiante, hasta tal punto que quisieron sacarlo del seminario y emplearlo en una tienda. Un día en que fue al correo de Óbnino a por unas cartas, se quedó mirando largo rato a los funcionarios y les espetó: «Permítanme que les pregunte: ¿cómo reciben ustedes el salario, por meses o por días?».
       El obispo se santiguó y se volvió del otro lado, tratando de no pensar más y dormirse.
       —Ha venido mi madre… —recordó y sonrió.
       La luna asomaba por la ventana e iluminaba el suelo, en el que había sombras. Cantaba un grillo. En la habitación contigua, al otro lado de la pared, el padre Sisói roncaba, y algo de solitario, huérfano y vagabundo resonaba en ese ronquido de viejo. Sisói había sido ecónomo del obispo de la diócesis, y ahora le llamaban el «padre ex ecónomo». Tenía setenta años, vivía en un monasterio a dieciséis verstas de la ciudad, o en la ciudad, o donde tocara. Había llegado al monasterio Pankrátievski hacía tres días, y el obispo le retuvo para hablar con él a sus anchas de varias cosas y asuntos locales…
       A la una y media tocaron a maitines. Se oía toser al padre Sisói, rezongó algo con voz malhumorada, luego se levantó y se paseó descalzo por las habitaciones.
       —¡Padre Sisói! —le llamó el obispo.
       Sisói regresó a su cuarto, y apareció poco después, ya con las botas puestas y una vela. Llevaba una sotana sobre la camisa de dormir y un viejo y descolorido birrete en la cabeza.
       —No puedo dormir —dijo el obispo, sentándose—. Debe ser que no estoy bien. No sé lo que es. Tengo fiebre.
       —Debe haberse resfriado, monseñor. Habría que darle unas friegas de sebo.
       Sisói se quedó un rato de pie y bostezó: «¡Ay, Señor, perdona a este pecador!».
       —Hoy han puesto luz eléctrica en la tienda de Yerakin —dijo—. ¡No me gusta!
       El padre Sisói era viejo, flaco, encorvado, y siempre estaba descontento de algo; tenía ojos enojados, saltones, como los de un cangrejo.
       —¡No me gusta! —repitió al salir—. ¡No me gusta! ¡Que Dios se apiade de él!


II

      Al día siguiente, Domingo de Ramos, monseñor celebró misa en la catedral de la ciudad, luego visitó al obispo de la diócesis, fue a ver a la vieja viuda de un general, que estaba muy enferma, y por fin volvió a casa. Entre la una y las dos almorzó en compañía de dos invitados muy queridos: su anciana madre y su sobrina Katia, una niña de ocho años. Durante el almuerzo entró un sol primaveral por la ventana del patio e iluminó alegremente el blanco mantel y los cabellos pelirrojos de Katia. A través de las dobles ventanas se oía el graznido de los grajos y el trino de los estorninos en el jardín.
       —Hace ya nueve años que no nos vemos —dijo la anciana—, y ayer en el monasterio, en cuanto le vi pensé: Señor, no ha cambiado nada, sólo que quizá está un poco más delgado y tiene la barba más larga. ¡Madre de Dios, Reina de los Cielos! Anoche, durante las vísperas, nadie pudo contenerse, todos lloraron. Y yo también, mirándole, eché a llorar, aunque sin saber por qué. ¡Es la voluntad del Señor!
       A pesar del tono afectuoso con que hablaba, era evidente que se encontraba incómoda, como si no supiera si tutearle o tratarle de usted, reír o no, como si se sintiera mujer de diácono más que madre de obispo. Katia miraba sin pestañear a su tío el obispo como si quisiera adivinar qué clase de persona era. Sus cabellos sobresalían de la peineta y de la cinta de terciopelo, formando una especie de aureola; tenía una nariz respingona y ojos astutos. Antes de sentarse a comer había roto un vaso y ahora la abuela, mientras hablaba, apartó de ella primero un vaso y luego una copa. El obispo escuchaba a su madre y recordaba que muchísimos años antes ella le llevaba, junto con sus hermanos y hermanas, a visitar parientes a quienes consideraba gente rica; entonces intercedía por sus hijos, ahora por sus nietos, por esa Katia…
       —Várenka, la hermana de usted, tiene cuatro hijos —contó la madre—. Katia es la mayor. Dios sabe por qué, mi yerno, el padre Iván, cayó enfermo y murió tres días antes de la Asunción. Y mi Várenka tiene que andar pidiendo caridad.
       —Y, ¿cómo está Nicanor? —preguntó el obispo por su hermano mayor.
       —Está bien, loado sea Dios. No tiene mucho, pero gracias a Dios puede vivir. Sólo una cosa: su hijo Nikolasha, mi nieto, no ha querido hacerse sacerdote y ha ingresado en la universidad para ser médico. Cree que es mejor, pero ¡quién sabe! ¡Sea lo que Dios quiera!
       —Nikolasha raja a los muertos —dijo Katia, derramando el agua sobre sus rodillas.
       —Siéntate bien, niña —dijo tranquila la abuela, quitándole el vaso de las manos—. Come y reza.
       —¡Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos! —exclamó el obispo y acarició tiernamente el hombro y la mano de su madre—. La he echado de menos en el extranjero, mamá, la he echado mucho de menos.
       —Se lo agradezco.
       —A veces, por la tarde, me sentaba junto a una ventana abierta, completamente solo, sonaba la música y de pronto sentía nostalgia de mi patria y me parecía que habría dado todo por regresar a casa, por verla a usted…
       La madre sonrió radiante, pero en seguida volvió a ponerse seria y dijo:
       —Se lo agradezco.
       El humor del obispo cambió de pronto. Miraba a su madre y no comprendía de dónde venía esa expresión tímida y respetuosa, de la cara y de la voz, por qué la hacía, y no la reconocía. Se sintió triste y enojado. Además, le dolía la cabeza como la víspera, le dolían mucho las piernas y el pescado le parecía soso e insípido, siempre tenía sed…
       Después de la comida llegaron dos ricas damas, hacendadas, que pasaron hora y media en silencio, con caras largas. Llegó también el archimandrita, taciturno y bastante sordo, para tratar unos asuntos. Luego tocaron a vísperas, el sol se puso tras el bosque y el día se fue. Al volver de la iglesia el obispo dijo con premura sus oraciones, se acostó en la cama y se abrigó.
       Le resultaba desagradable recordar el pescado que había comido en el almuerzo. La luz de la luna le inquietaba, y luego oyó una conversación. En una habitación contigua, probablemente en el salón, el padre Sisói hablaba de política:
       —Ahora los japoneses están en guerra. Combaten. Los japoneses, madre mía, son iguales a los montenegrinos, son de la misma raza. Ambos estuvieron bajo el yugo turco.
       Luego se oyó la voz de Maria Timoféievna:
       —Entonces, después de rezar a Dios y tomar té, fuimos a ver al padre Yegor a Novojátnoie…
       Decía «después de tomar té» o «después de beber té», como si de su vida sólo supiera que tomó té. Monseñor fue recordando lenta y vagamente el seminario, la academia. Durante tres años fue profesor de griego en el seminario, sin lentes no conseguía leer un libro, luego se hizo monje y le nombraron inspector. Más tarde, defendió su tesis. Cuando tenía treinta y dos años le nombraron rector del seminario, y le consagraron archimandrita. En aquel tiempo la vida era tan fácil y agradable, parecía larga, muy larga, no se veía su fin. Fue entonces cuando cayó enfermo, adelgazó mucho, se quedó casi ciego y, por consejo de los médicos, tuvo que dejarlo todo y marcharse al extranjero.
       —¿Y luego, qué? —preguntó Sisói en la habitación contigua.
       —Luego tomamos té… —respondió Maria Timoféievna.
       —¡Padre, tiene usted la barba verde! —exclamó sorprendida Katia, y sonrió.
       El obispo recordó que, en efecto, el canoso padre Sisói tenía la barba de color verdoso, y sonrió.
       —¡Dios mío, esta niña es un castigo! —dijo en voz alta Sisói, enfadado—. ¡Qué consentida está! ¡Compórtate bien!
       El obispo recordó la iglesia blanca, completamente nueva, en la que oficiaba cuando vivía en el extranjero; le vino a la mente el cálido rumor del mar. El piso tenía cinco habitaciones, altas y luminosas; en el despacho había un escritorio nuevo y una biblioteca. Leía mucho, escribía a menudo. Recordó cómo había añorado su patria, cómo cada día una mendiga ciega cantaba canciones de amor y tocaba la guitarra bajo su ventana, y él, al escucharla, sin saber por qué, pensaba siempre en el pasado. Pasaron ocho años y lo llamaron a Rusia, y ahora ya era obispo vicario, y todo el pasado se había ido a un lugar lejano, en la niebla, como si hubiera sido un sueño…
       El padre Sisói entró en el dormitorio con una vela.
       —¡Vaya! —dijo sorprendido—. ¿Duerme usted ya, monseñor?
       —¿Qué pasa?
       —Pues que aún es temprano, las diez o menos de las diez. He comprado una vela y quería darle unas friegas de sebo.
       —Tengo fiebre… —dijo el obispo, y se sentó—. Sí, habría que hacer algo. La cabeza no anda bien…
       Sisói le quitó la camisa de dormir y empezó a frotarle con sebo el pecho y la espalda.
       —Así es… así es… —decía—. Señor Jesucristo… Así es. Hoy he ido a la ciudad, he estado en casa de…, ¿cómo se llama?…, del arcipreste Sidonski… Tomé el té en su casa… ¡No me gusta! Señor mío Jesucristo… Así es… ¡No me gusta!


III

      
      El obispo de la diócesis, viejo y muy grueso, padecía de reumatismo o gota y hacía un mes que no se levantaba de la cama. El obispo Piotr le visitaba casi a diario y recibía, en su lugar, a los solicitantes. Y ahora que él no se encontraba bien, se sorprendía de la vacuidad y mezquindad de todo aquello que le pedían, por lo que venían a llorarle; le indignaba la ignorancia y la timidez; se sentía abrumado por una ingente cantidad de cuestiones triviales y menudas. Ahora creía comprender al obispo de la diócesis que en sus años de juventud había escrito una Doctrina del libre albedrío y que ahora parecía ocuparse sólo de minucias, haber olvidado todo y no pensar en Dios. En el extranjero, el obispo se había deshabituado de la vida rusa y no le era fácil; la gente le parecía burda; las solicitantes, aburridas y estúpidas; los seminaristas y sus maestros, incultos y a veces salvajes. Las entradas y salidas de documentos se contaban por decenas de miles, ¡y qué papeles! Los diáconos de toda la diócesis calificaban la conducta de los sacerdotes, jóvenes y mayores, e incluso de sus mujeres e hijos, con notas de cinco, cuatro y a veces hasta de tres sobre cinco; y había que hablar, leer y escribir serios documentos de todo eso. Por tanto, no le quedaba ni un solo minuto libre, tenía el alma contrita todo el día; el obispo Piotr sólo hallaba sosiego en la iglesia.
       Tampoco podía habituarse al temor que, sin quererlo, inspiraba en la gente, a pesar de su carácter apacible y discreto. Toda la gente de la provincia le parecía, cuando la miraba, pequeña, asustadiza y culpable. En su presencia todos se sentían intimidados, incluso los viejos arciprestes, todos «caían» a sus pies. Hacía poco tiempo, una solicitante, una vieja, esposa de un sacerdote de una aldea, no pudo articular ni una sola palabra del temor que sentía, de modo que se fue sin pedir nada. Y él, que nunca se había atrevido a hablar de la gente en sus sermones, que nunca hacía reproches, porque le daba pena, perdía los estribos con los solicitantes y arrojaba al suelo sus peticiones. Durante todo el tiempo que llevaba allí no había habido ni una sola persona que le hablara sinceramente, con sencillez, como a un ser humano; le parecía que hasta su anciana madre no era la misma, que era otra. ¿Por qué —se preguntaba— con Sisói hablaba sin parar y se reía tanto y con él, con su hijo, se mostraba seria, por lo común callada y cohibida, cosa que no era propio de ella? La única persona que se comportaba libremente en su presencia y decía lo que quería, era el viejo Sisói, que había pasado toda su vida en compañía de obispos y había sobrevivido a once de ellos. Por eso se sentía a gusto con él, aunque sin duda alguna era un hombre cargante e insensato.
       El martes, después de la misa, monseñor fue al obispado y recibió allí a los solicitantes, se alteró, se irritó y luego regresó a casa. Se sentía indispuesto como antes, tenía ganas de acostarse; pero nada más entrar, anunciaron la visita de Yerakin, joven comerciante, gran benefactor, para tratar un asunto importante. Era preciso recibirle. Yerakin se quedó cerca de una hora, habló en voz muy alta, casi a gritos, y era difícil entender lo que decía.
       —¡Quiera Dios que sea así! —dijo al salir—. ¡Es absolutamente esencial! ¡Según las circunstancias, eminencia! ¡Espero que sea así!
       Tras él vino la madre superiora de un monasterio lejano. Cuando se fue, tocaron a vísperas y tuvo que ir a la iglesia.
       Por la tarde los monjes cantaron inspirados, con armonía. Ofició la misa un joven sacerdote de barba negra; y el obispo, al escuchar el pasaje del esposo que llega a medianoche y el de la casa engalanada, no sentía arrepentimiento por sus pecados, ni aflicción, sino paz espiritual, silencio, y se trasladó con el pensamiento al pasado lejano, a la infancia y la juventud, cuando también cantaban el pasaje del esposo y el de la casa engalanada, y ahora ese pasado le parecía vivo, bello y alegre, como probablemente no lo había sido nunca. Quizá en el otro mundo, en la otra vida, recordaremos el pasado lejano, nuestra vida de aquí, con el mismo sentimiento. ¡Quién sabe! Monseñor estaba sentado en el altar, en la penumbra. Las lágrimas resbalaban por su rostro. Pensaba que había logrado todo cuanto podía lograr un hombre en su situación, tenía fe y, sin embargo, no todo estaba claro, le faltaba algo, no quería morir. Tenía la impresión de que le faltaba lo más importante, que confusamente soñaba en cierto tiempo, y en el presente le inquietaba esa misma esperanza en el porvenir que tuvo en la infancia, en la academia y en el extranjero.
       «¡Qué bien cantan hoy! —pensaba, prestando atención al canto—. ¡Qué bien!».


IV

       El jueves ofició la misa en la catedral, era la ablución de los pies. Cuando terminó el oficio y la gente se repartía por sus casas, hacía sol, un día cálido, alegre, corría el agua en las alcantarillas, y desde los campos de los alrededores llegaba el incesante y tierno trino de las alondras, que invitaba al reposo. Los árboles ya se habían despertado y sonreían amablemente; por encima de ellos se extendía, Dios sabe adónde, el infinito e insondable cielo azul.
       Al llegar a casa, monseñor Piotr tomó té, luego se cambió, se echó en la cama y pidió al hermano lego que entornase los postigos de las ventanas. La habitación quedó a oscuras. ¡Pero qué fatiga, qué dolor en las piernas y en la espalda, un dolor pesado y frío, qué zumbido en los oídos! No dormía desde hacía tiempo —desde muchísimo tiempo, le parecía ahora—; lo que le impedía conciliar el sueño era cualquier nimiedad que brillaba en su mente nada más cerrar los ojos. Al igual que la noche anterior, a través de la pared de la habitación contigua le llegaban voces, ruido de vasos y cucharillas de té… Maria Timoféievna, alegre, contaba algo con refranes al padre Sisói, y él respondía malhumorado, con voz gruñona: «¡Allá ellos! ¡Qué va! ¡Adónde vamos a parar!». De nuevo el obispo volvió a sentirse ofendido porque su madre se comportara con otras personas de modo campechano, mientras que con él, con su hijo, se mostraba cohibida, hablaba poco y no decía lo que quería decir; incluso tenía la impresión de que en esos días, en su presencia ella buscaba pretextos para permanecer de pie, pues sentía vergüenza de sentarse. ¿Y su padre? Si viviera, probablemente no podría articular ni una palabra…
       Algo cayó al suelo en la habitación contigua y se rompió; seguramente se le había caído una taza o un platillo, porque de pronto el padre Sisói escupió y dijo enfadado:
       —¡Esta niña es un auténtico castigo! ¡Señor, perdona a este pecador! ¡Qué desgracia!
       Luego se hizo el silencio, sólo llegaban sonidos del patio. Cuando el obispo abrió los ojos, vio a Katia en su habitación, de pie e inmóvil, mirándole fijamente. Sus cabellos pelirrojos, como de costumbre, sobresalían de la peineta, como una aureola.
       —¿Eres tú, Katia? —preguntó—. ¿Quién es el que no para de abrir y cerrar la puerta allá abajo?
       —No lo oigo —respondió Katia, aguzando el oído.
       —Alguien acaba de pasar ahora mismo.
       —¡Pero, si son sus tripas, tío!
       Sonrió y le acarició la cabeza.
       —¿Así que dices que el primo Nikolasha raja a los muertos? —preguntó, después de una pausa.
       —Sí, está estudiando.
       —¿Y es bueno?
       —Sí, es bueno. Sólo que bebe mucho vodka.
       —¿Y tu padre de qué enfermedad murió?
       —Papá estaba muy débil y delgado y de pronto, la garganta. Yo también estaba mala… y mi hermano Fedia: todos, de la garganta. Papá murió, tío, pero nosotros nos curamos.
       A Katia le temblaba el mentón y las lágrimas empañaron sus ojos y se deslizaron por sus mejillas.
       —Monseñor —dijo en voz baja, llorando ya amargamente—, tío, mamá y todos nosotros estamos ahora en la miseria… Denos un poco de dinero… Sea bondadoso…, ¡querido tío!
       Él también lloró y embargado por la emoción no pudo articular palabra alguna durante un rato, luego le acarició la cabeza, le dio una palmadita en el hombro, y dijo:
       —Está bien, está bien, niña. Cuando llegue la Pascua hablaremos de eso… Os ayudaré…, os ayudaré…
       Tímida, silenciosamente entró la madre y rezó ante el icono. Al ver que él no dormía, le preguntó:
       —¿Quiere un poco de sopa?
       —No, se lo agradezco… —respondió él—. No tengo ganas.
       —Ahora que le miro… parece que no está usted bien. ¡Cómo no va a estarlo! Todo el día de pie, todo el día, ¡Dios mío! Da pena hasta mirarle. Bueno, la Pascua ya no está lejos y entonces, si Dios quiere, descansará. Entonces hablaremos, pero ahora no le molestaré con mi charla. Vamos, Katia, que monseñor duerma.
       Él recordó que muchísimo tiempo antes, cuando era un crío, ella hablaba exactamente con el mismo tono divertido y respetuoso con el diácono… Sólo por sus ojos sumamente bondadosos y por la mirada tímida y preocupada que le dirigió de soslayo al salir de la habitación, se habría podido adivinar que era su madre. Él entornó los ojos y le pareció que se dormía, pero oyó dos veces cómo el reloj daba las horas y cómo tosía tras la pared el padre Sisói. Su madre volvió a entrar y le miró tímidamente por un instante. Se oyó llegar a alguien al porche, en carroza o en carreta. De pronto, una llamada, y chirrió la puerta: entró en la habitación el hermano lego.
       —¡Monseñor! —le llamó.
       —¿Qué?
       —Los caballos están enganchados. Es hora de ir al oficio de la Pasión.
       —¿Qué hora es?
       —Las siete y cuarto.
       Se vistió y fue a la catedral. Durante la lectura de los doce Evangelios había que permanecer de pie, inmóvil, en medio de la iglesia, y el primer evangelio, el más largo, el más bello, lo leyó él. Un estado de ánimo enérgico y sano se apoderó de él. Sabía de memoria ese pasaje del primer evangelio: «Ahora es glorificado el Hijo de Dios»; al leerlo, alzaba a veces los ojos y veía a ambos lados un mar de luces y oía el crepitar de las velas, pero al igual que en años anteriores no distinguía a la gente, y le parecía que toda esa gente era la misma que en su infancia y juventud, y que sería la misma cada año, y lo seguiría siendo hasta Dios sabe cuándo.
       Su padre era diácono, su abuelo, sacerdote; su bisabuelo, diácono. Probablemente toda su estirpe había pertenecido al clero desde los tiempos de la cristianización de Rusia; y su amor por los oficios religiosos, por el clero y por el tañido de las campanas, era innato, profundo, inextirpable; en la iglesia, sobre todo si oficiaba él mismo, se sentía activo, enérgico, feliz. Así sucedía ahora. Sólo tras la lectura del octavo evangelio, notó que su voz se había debilitado, ni siquiera se le oía toser, le dolía mucho la cabeza, y temía caer a plomo en cualquier momento. En realidad, sus piernas estaban completamente entumecidas, así que poco a poco dejó de sentirlas, y no podía comprender cómo y por qué se mantenía todavía de pie, por qué no se caía…
       Cuando terminó el oficio eran las doce menos cuarto. Al llegar a casa, se desvistió en seguida y se acostó, sin siquiera rezar a Dios. Era incapaz de hablar, y creía que tampoco podía mantenerse en pie. Cuando se tapó con el edredón, deseó de repente ir al extranjero, lo deseó vivamente. Le parecía que habría dado la vida sólo por no ver esos postigos tan penosos y miserables, esos techos tan bajos, por no sentir ese agobiante olor a monasterio. ¡Si al menos hubiera una persona con quien conversar y desahogarse!
       Durante largo rato oyó pasos en la habitación contigua, pero de ningún modo podía recordar de quién. Finalmente se abrió la puerta y entró Sisói con una vela y una taza de té en las manos.
       —¿Ya está acostado, monseñor? —le preguntó—. Yo he venido a darle unas friegas de vodka con vinagre. Unas buenas friegas mejoran mucho la salud. ¡Señor mío Jesucristo! Así es…, así es… Acabo de estar en nuestro monasterio… ¡No me gusta! Me voy mañana, eminencia, no quiero quedarme más. ¡Señor mío Jesucristo!… Así es…
       Sisói no podía quedarse mucho tiempo en un mismo sitio; le parecía llevar un año entero en el monasterio Pankrátievski. Y sobre todo, al escucharle resultaba difícil entender dónde estaba su casa, si le gustaba alguien o algo, si creía en Dios… Ni él mismo entendía por qué se había hecho monje; además, ni pensaba en ello, ya se había borrado de su memoria la época en que le tonsuraron; parecía como si hubiera nacido siendo monje.
       —Me marcho mañana. ¡Queden con Dios!
       —Me gustaría charlar con usted…, y no hallo la ocasión propicia… —dijo el obispo con voz queda, esforzándose por hablar—. Aquí no conozco nada ni a nadie…
       —Me quedaré hasta el domingo, si así lo desea, pero no quiero quedarme más. ¡Estoy harto!
       —¿Qué clase de obispo soy? —continuó en voz baja—. Debería haber sido cura de aldea, diácono…, o simple monje… Todo esto me oprime… Me oprime…
       —¿Qué? Señor mío Jesucristo… Así es… ¡Ahora, duérmase, monseñor! ¡Qué cosas dice! ¡Hay que ver! ¡Buenas noches!
       El obispo no durmió en toda la noche. Por la mañana, a eso de las ocho, tuvo una hemorragia intestinal. El hermano lego se asustó y fue corriendo a ver primero al archimandrita y luego al médico del monasterio, Iván Andréich, que vivía en la ciudad. El médico, un anciano grueso, de larga barba canosa, examinó detenidamente al obispo, sacudiendo la cabeza y frunciendo el ceño. Por fin, dijo:
       —¿Sabe, monseñor? Tiene usted la fiebre tifoidea.
       Debido a la hemorragia, al cabo de una hora el obispo adelgazó mucho, se quedó pálido, amojamado, sus ojos se hicieron más grandes, su rostro se arrugó, como si hubiera envejecido y menguado; tenía la impresión de ser más flaco, débil e insignificante que nadie; de que todo lo que había sido se había marchado a algún lugar muy lejano, y que no se repetiría ni continuaría.
       «¡Qué bien! —pensó—. ¡Qué bien!».
       Llegó su anciana madre. Al ver su rostro ajado y sus grandes ojos, se asustó, se hincó de rodillas ante la cama y comenzó a besarle la cara, los hombros, las manos. Por alguna razón, a ella también le pareció que era el más delgado, débil e insignificante de todos; ya no se acordaba de que era obispo y le besaba como a un niño muy próximo y querido.
       —¡Pavlusha, cariño —decía—, mi niño querido! ¡Hijito mío! ¿Por qué estás así? ¡Pavlusha, contéstame!
       Katia, pálida y seria, estaba de pie junto a ella y no comprendía qué le pasaba al tío, por qué en la cara de su abuela había tanto dolor, por qué decía aquellas palabras tan tristes y conmovedoras. Pero él ya no podía articular palabra alguna, no entendía nada y se imaginaba que era ya un hombre sencillo y corriente que caminaba deprisa y alegre por el campo, golpeando el suelo con un bastón y que sobre él se extendía el ancho cielo inundado de sol, y que él, libre ahora como un pájaro, podía ir donde quisiera.
       —¡Pavlusha, hijito, contéstame! —decía la anciana—. ¿Qué te pasa? ¡Hijo mío!
       —No moleste a su eminencia —dijo Sisói irritado, deambulando por la habitación—. Déjele que duerma… No se puede hacer nada…, ¿para qué?
       Llegaron tres médicos, se consultaron y luego se fueron. El día fue largo, increíblemente largo, luego llegó y pasó muy lentamente la noche, y a la mañana del sábado, el hermano lego se acercó a la anciana, que estaba acostaba en un sofá del salón, y le pidió que entrara en el dormitorio: monseñor había pasado a mejor vida.
       El día siguiente era Domingo de Resurrección. En la ciudad había cuarenta y dos iglesias y dos monasterios; el sonoro y alegre repicar de las campanas desde la mañana a la noche resonó incesante por la ciudad, haciendo vibrar el aire primaveral; los pájaros cantaban, lucía un sol espléndido. En la gran plaza del mercado reinaba el bullicio, los columpios se balanceaban, los organillos sonaban, los acordeones chirriaban, se oían las voces chillonas de los borrachos. A partir de mediodía en la calle principal la gente empezó a pasear en coche de caballos; en una palabra, todo era alegría y bonanza, igual que había sido el año anterior y probablemente sería el siguiente.
       Al cabo de un mes fue nombrado un nuevo obispo vicario, y ya nadie se acordaba del obispo Piotr. Luego se olvidaron completamente de él. Sólo la anciana madre del difunto, que vivía ahora en casa de su yerno el diácono en una remota y pequeña ciudad de provincias, cuando salía de casa al atardecer para recoger a su vaca y se encontraba en el prado con otras mujeres, se ponía a hablar de sus hijos y nietos, y contaba que tuvo un hijo que fue obispo, pero lo decía tímidamente, como temiendo que no la creyeran…
       Y, en efecto, no todas la creían.




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