Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Tifus (1887)
(“Тиф”)
Originalmente publicado, en la sección “Notas volátiles”, en la Gaceta de San Petersburgo,
Número 80 (23 de marzo de 1887);
Cuentos [Рассказы)] (1888);
Obras completas (vol. IV)


      El joven teniente Klimov viajaba en el compartimento de fumadores del expreso que cubría la ruta San Petersburgo-Moscú. Frente a él estaba sentado un hombre maduro, con rostro afeitado de capitán de navío, según todas las apariencias un finés o un sueco acomodado, que se pasó todo el trayecto chupando su pipa y hablando de un mismo tema:
       —¡De modo que es usted oficial! Mi hermano también lo es, pero de marina… Sí, oficial de marina y sirve en Kronstadt… ¿Por qué va usted a Moscú?
       —He sido destinado a esa ciudad.
       —¡Ah! ¿Está casado?
       —No, vivo con una tía y una hermana.
       —Mi hermano también es oficial, oficial de marina, pero está casado, tiene mujer y tres hijos. ¡Ah!
       El finés parecía sorprenderse de todo, sonreía de oreja a oreja con aire estúpido cada vez que dejaba escapar la exclamación “¡ah!” y no paraba de lanzar bocanadas de humo sobre su apestosa pipa. Klimov, que no se encontraba bien y apenas tenía fuerzas para responder a sus preguntas, lo aborrecía con toda su alma. Soñaba con arrancarle la sibilante pipa de las manos, arrojarla debajo del asiento y mandar al finés a otro vagón.
       “Qué gente más repugnante son los fineses y… los griegos —pensaba—. Una gente inútil, odiosa, que no vale para nada. No hacen más que ocupar sitio en la tierra. ¿Para qué sirven?”.
       Esas cavilaciones sobre los fineses y los griegos le causaron una especie de náusea que recorrió todo su cuerpo. Con el fin de establecer comparaciones, trató de pensar en los franceses y los italianos, pero la evocación de esos pueblos solo le aportó imágenes de organilleros, mujeres desnudas y oleografías extranjeras como las que colgaban en casa de su tía, sobre la cómoda.
       En definitiva, el oficial no se sentía bien. No acababa de acomodar las piernas y los brazos en el asiento, a pesar de que estaba a su entera disposición; tenía la boca seca y pastosa, y la cabeza llena de pesada niebla; sus pensamientos parecían vagar no solo por su cabeza, sino también fuera de su cráneo, entre los asientos y las personas, envueltas en la oscuridad de la noche. A través de la bruma de su cerebro, como a través de un sueño, oía el murmullo de las voces, el rumor de las ruedas, el golpeteo de las puertas. El sonido de los timbres, el silbato de los jefes de estación y las carreras de los pasajeros en los andenes eran más frecuentes de lo habitual. El tiempo pasaba deprisa, casi imperceptible, dándole la impresión de que el tren se detenía a cada momento y que del exterior llegaban sin tregua voces metálicas:
       —¿Está preparado el correo?
       —Sí.
       Le parecía que el encargado de la calefacción entraba demasiado a menudo en el vagón para examinar el termómetro, que el ruido de los trenes con los que se cruzaban y el estruendo de las ruedas en los puentes no se apagaban nunca. El mido, los silbidos, el finés, el humo del tabaco, todo eso, mezclado con las amenazas y guiños de visiones brumosas, cuya forma y carácter escapan a la comprensión de un hombre sano, oprimían a Klímov como una pesadilla insoportable. Presa de un terrible abatimiento, levantaba la pesada cabeza y contemplaba el farol, en cuyos rayos giraban sombras y manchas nebulosas; quería pedir agua, pero su lengua seca apenas se movía y las fuerzas a duras penas le alcanzaban para responder a las preguntas del finés. Trataba de encontrar una postura más cómoda y hundirse en el sueño, pero no lo conseguía; el finés se quedó traspuesto más de una vez; cuando se despertaba, encendía la pipa, le dirigía un “¡ah!” y de nuevo se quedaba adormilado; entre tanto, el teniente no conseguía acomodar las piernas en el asiento ni desembarazarse de las amenazadoras imágenes que asediaban sus ojos.
       En la estación de Spírovo se apeó para beber un vaso de agua y en la cantina vio a varias personas sentadas a la mesa, comiendo de manera apresurada.
       “¡Cómo pueden comer!”, pensaba, tratando de no respirar el aire que olía a carne asada, y de no ver cómo masticaban las mandíbulas, pues una y otra cosa le repugnaban hasta el punto de darle náuseas.
       Una hermosa dama hablaba en voz muy alta con un militar tocado de una gorra roja y al sonreír mostraba unos magníficos dientes blancos; esa sonrisa, esos dientes y la misma dama causaron en Klímov la misma repulsión que el jamón y las croquetas fritas. No podía entender cómo a ese militar de gorra roja no le angustiaba estar sentado al lado de esa mujer, mirando su rostro sonriente y rebosante de salud.
       Una vez que bebió el agua, volvió a su vagón, donde el finés seguía fumando. Su pipa silbaba y borboteaba, como un chanclo agujereado en un día de lluvia.
       —¡Ah! —se sorprendió— ¿Qué estación es esta?
       —No lo sé —respondió Klímov, tumbándose y tapándose la boca para no respirar el humo acre del tabaco.
       —¿Y cuándo llegaremos a Tver?
       —No lo sé. Perdone… no puedo contestarle. Estoy enfermo, me he resfriado.
       El finés golpeó el marco de la ventana con la pipa y empezó a hablar de su hermano el marino. Klímov, sin escucharle ya, pensaba con pesar en su cómoda y mullida cama, en una garrafa de agua fría y en su hermana Katia, que tanta maña se daba para arroparle aunó, tranquilizarle y darle de beber. Hasta llegó a sonreír cuando pasó fugazmente por su imaginación el recuerdo de su ordenanza Pável quitándole las gruesas y recalentadas botas y dejando un vaso de agua sobre la mesilla de noche. Tenía la impresión de que bastaría con acostarse en su cama y beber un poco de agua para que la pesadilla cediera su lugar a un sueño profundo y reparador.
       —¿Está listo el correo? —dijo a lo lejos una voz sorda.
       —¡Sí! —respondió una voz de bajo al pie mismo de la ventanilla.
       Era ya la segunda o tercera estación desde Spírovo.
       El tiempo pasaba deprisa, como a saltos, y parecía que los timbrazos, los silbidos y las paradas no fueran a tener fin. Presa de la desesperación, Klímov hundió el rostro en un rincón del asiento, se cogió la cabeza con las manos y de nuevo empezó a pensar en su hermana Katia y en su ordenanza Pável, pero esas dos imágenes se entreveraron con las visiones nebulosas, giraron y desaparecieron. Su febril aliento, devuelto por el respaldo del asiento, le quemaba el rostro, mientras las piernas no encontraban acomodo y una corriente de aire, procedente de la ventana, soplaba sobre su espalda; no obstante, por grandes que fueran sus padecimientos, no tenía ganas de cambiar de postura… Un agarrotamiento angustioso, como el de las pesadillas, fue apoderándose poco a poco de él, paralizando sus miembros.
       Cuando se decidió a levantar la cabeza, en el vagón ya había luz. Los pasajeros se ponían las pellizas y echaban a andar. El tren se había detenido. Los mozos, ataviados con delantales blancos y una placa en el pecho, se arremolinaban entre los pasajeros, cogiendo sus maletas. Klimov se puso el capote y salió maquinalmente del vagón, detrás de los demás; le parecía que no era él quien andaba, sino alguna otra persona, un extraño, y tuvo la impresión de que con él salían del compartimento su fiebre, su sed y aquellas imágenes amenazadoras que no le habían dejado dormir en toda la noche. Recogió el equipaje como un autómata y tomó un coche. El cochero le pidió un rublo y veinticinco kopeks por llevarle a la calle Póvarskaia, pero él no regateó y tomó asiento en el trineo con aire sumiso, sin hacer la menor objeción. Aún entendía la diferencia que había entre una cifra y otra, pero el dinero ya no tenía ningún valor para él.
       Una vez en casa salieron a recibirle su tía y su hermana Katia, una muchacha de dieciocho años. Cuando le dio la bienvenida, Katia tenía entre las manos un cuaderno y un lápiz; ese detalle le recordó que la joven estaba preparando el examen de maestra. Sin responder a sus preguntas y saludos, y con la única intención de atemperar el calor de la fiebre, Klímov se paseó por todas las habitaciones y, cuando llegó a su cama, se desplomó sobre la almohada. El finés, la gorra roja, la dama de los dientes blancos, el olor a carne asada y las manchas centelleantes ocupaban su conciencia y le impedían saber dónde se encontraba y oír las voces inquietas que se alzaban a su alrededor.
       Al volver en sí, se vio en la cama, desvestido; a su lado distinguió a Pável y una jarra de agua, pero ese descubrimiento no le proporcionó la menor sensación de frescor, de blandura, de comodidad. Lo mismo que antes, no encontraba postura para las piernas y los brazos, la lengua se le pegaba al paladar y oía el borboteo de la pipa del finés… Junto a la cama, empujando a Pável con su ancha espalda, se afanaba un médico grueso de barba negra.
       —No es nada, no es nada, joven —farfullaba—. Todo va perfectamente, perfectamente… “Asé, asé…”.
       El médico llamaba joven a Klímov, decía “asé” en vez de “así” y “se” en lugar de “sí”.
       —Se, se, se —comentaba— Asé, asé… Todo va perfectamente, joven… ¡No hay que desanimarse!
       El discurso apresurado y deslavazado del médico, su cara rolliza y aquel condescendiente “joven” irritaron a Klímov.
       —¿Por qué me llama joven? —gimió—. ¿Qué familiaridades son esas? ¡Váyase al diablo!
       Su propia voz le asustó. Era tan sorda, débil y cantarina que no había manera de reconocerla.
       —Todo va perfectamente, perfectamente —balbució el médico, sin ofenderse lo más mínimo—. No debe enfadarse… Se, se, se…
       En casa el tiempo pasaba a una velocidad tan sorprendente como en el vagón… En el dormitorio la luz del día cedía su lugar a cada momento al crepúsculo vespertino. Parecía como si el médico no se apartara de la cabecera, pues continuamente se le oía decir: “Se, se, se”. En la habitación se sucedía un desfile ininterrumpido de rostros. Estaban allí Pável, el finés, el capitán ayudante Yaroshévich, el sargento Maksimenko, la gorra roja, la dama de los dientes blancos, el médico. Todos hablaban, movían las manos, fumaban, comían. Una vez, a plena luz del día, Klímov llegó a ver al capellán de su regimiento, el padre Aleksandr, con una estola y el libro de oraciones en la mano; estaba junto a la cama y murmuraba alguna cosa con una cara tan seria como Klímov no le había visto nunca antes. El teniente recordó que el padre Aleksandr llamaba amistosamente “polacos” a todos los oficiales católicos y, deseando hacerle reír, gritó:
       —¡Padre, el polaco Yaroshévich se ha marchado al campo!
       Pero el padre Aleksandr, hombre jovial y bromista, en lugar de reírse, se puso aún más serio e hizo la señal de la cruz sobre Klímov. Durante la noche, una tras otra, entraban y salían en silencio dos sombras. Eran su tía y su hermana. La sombra de la hermana se ponía de rodillas y rezaba; al inclinarse ante el icono, su sombra gris se doblaba también sobre la pared: el resultado eran dos sombras implorando a Dios. El olor de la carne asada y el de la pipa del finés no se borraba, pero en una ocasión Klimov percibió el acre aroma del incienso. Atormentado por la náusea, se removió en el lecho y empezó a gritar:
       —¡El incienso! ¡Llevaos el incienso!
       No obtuvo respuesta. Solo se oyó el débil canto de unos sacerdotes en alguna parte y ruido de carreras en la escalera.
       Cuando Klimov recobró el sentido, en el dormitorio no había nadie. El sol matinal atravesaba las cortinas corridas de la ventana y un rayo tembloroso, delgado y gracioso como un filo de cuchillo, jugueteaba sobre la garrafa. Se oía un rumor de ruedas, indicio de que ya no había nieve en las calles. El teniente contempló ese rayo, los muebles conocidos, la puerta, y lo primero que hizo fue echarse a reír. Una risa dulce, feliz y cosquilleante sacudió su pecho y su vientre. De todo su ser, de la cabeza a los pies, se apoderó una sensación de felicidad infinita y esa alegría de vivir que probablemente sintió el primer hombre cuando fue creado y vio por primera vez el mundo. Klimov tenía unas ganas enormes de moverse, de ver gente, de hablar. Su cuerpo yacía inmóvil como un tronco; solo sus manos se agitaban, aunque él apenas se daba cuenta, pues toda su atención se concentraba en naderías. Se regocijaba de su propia respiración, de su risa, de la existencia de esa garrafa, de ese techo, de ese rayo de sol, de la cinta de la cortina. Aquel mundo de Dios, incluso en un lugar tan exiguo como su dormitorio, le parecía espléndido, diverso, grandioso. Cuando apareció el facultativo, al teniente se le antojó cortés y simpático, y pensó que la medicina era una gran cosa y, en general, que los hombres eran buenos e interesantes.
       —Se, se, se… —dijo el médico—. Todo va perfectamente, perfectamente… Ya estamos curados… Asé, asé.
       El teniente le escuchaba y reía con despreocupación. Se acordó del finés, de la dama de los dientes blancos, del jamón, y sintió ganas de fumar, de comer.
       —Doctor —dijo—, mande que me traigan un currusco de pan negro con sal y… unas sardinas.
       El médico no le obedeció; tampoco Pável. El teniente no pudo soportarlo y se echó a llorar como un niño caprichoso.
       —¡Pequeñín! —dijo el médico riéndose— ¡Mamá! ¡Adormir!
       Klimov también rompió a reír y, una vez que el médico se fue, se quedó profundamente dormido. Se despertó con el mismo regocijo y la misma sensación de felicidad. Su tía estaba sentada a un lado de la cama.
       —¡Ah, tía! —dijo con alegría— ¿Qué he tenido?
       —Tifus.
       —¡Vaya! ¡Pues ahora me encuentro bien, muy bien! ¿Dónde está Katia?
       —Ha salido. Probablemente ha ido a algún sitio para el examen.
       Al pronunciar esas palabras, la anciana hundió la cabeza en la media que estaba tejiendo; con los labios temblorosos, se dio la vuelta y de pronto estalló en sollozos. Presa de la desesperación y olvidando la prohibición del médico, exclamó:
       —¡Ah, Katia, Katia! ¡Nuestro ángel ya no está con nosotros! ¡No está!
       Se le cayó la media y se inclinó para recogerla; en ese momento la cofia resbaló de su cabeza. Al ver su cabello lleno de canas y sin entender nada, Klimov sintió miedo de Katia y preguntó:
       —¿Dónde está? ¡Tía!
       La anciana, que ya se había olvidado de Klimov y solo pensaba en su dolor, dijo:
       —Le contagiaste el tifus y… murió. La enterramos anteayer.
       Esa terrible e inesperada novedad se apoderó por entero de la conciencia de Klimov, pero por horrible y violenta que fuera, no logró vencer la alegría animal que anegaba al oficial convaleciente. Lloró, rio y no tardó en enfadarse porque no le daban de comer.
       Solo al cabo de una semana, cuando, vestido con una bata y sostenido por Pável, contempló el cielo encapotado de ese día de primavera y escuchó el ruido desagradable de unos viejos raíles que alguien transportaba por la calle, sintió que el corazón se le encogía de dolor, se echó a llorar y apoyó la frente en el marco de la ventana…
       —¡Qué desdichado soy! —balbució—. ¡Dios mío, qué desdichado!
       Y la alegría cedió su lugar al tedio de la vida cotidiana y a un sentimiento de pérdida irreparable.



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