Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Vérochka (1887)
(“Верочка”)
Originalmente publicado en Tiempo nuevo, Número 3944 (21 de febrero de 1887);
En el crepúsculo [В сумерках] (1887);
Obras completas (vol. III)


      Iván Alekséievich Ogniov recuerda que esa tarde de agosto abrió ruidosamente la puerta acristalada de la terraza. Llevaba a la sazón una capa ligera y un sombrero de paja de ala ancha, el mismo que ahora, lleno de polvo, descansa debajo de la cama junto a las botas de montar. Tenía en una mano un grueso paquete de libros y cuadernos y en la otra un nudoso bastón.
       Detrás de la puerta, alumbrándole el camino con una lámpara, estaba el dueño de la casa, Kuznetsov, un anciano calvo con una larga barba canosa y una chaqueta de piqué blanca como la nieve. El anciano esbozaba una bondadosa sonrisa y sacudía la cabeza.
       —¡Adiós, viejecito! —le gritó Ogniov.
       Kuznetsov dejó la lámpara en una mesita y salió a la terraza. Dos sombras largas y estrechas se deslizaron por los peldaños en dirección a los parterres de flores, oscilaron y apoyaron la cabeza en los troncos de los tilos.
       —¡Adiós, viejo amigo, y gracias una vez más! —dijo Iván Alekséievich—. Le agradezco su afabilidad, sus atenciones, su cariño… No olvidaré su hospitalidad en toda mi vida. Tanto usted como su hija son muy bondadosos y los lugareños me han parecido gente amable, alegre, acogedora… ¡No encuentro palabras para definir lo maravillosos que son!
       El exceso de sensibilidad y el efecto del licor que acababa de beber hacían que Ogniov hablara con la voz cantarina de un seminarista; estaba tan conmovido que expresaba sus sentimientos no tanto con palabras como con visajes y movimiento de hombros. Kuznetsov, también achispado y conmovido, se inclinó hacia el joven y lo besó.
       —¡Me he acostumbrado a ustedes como un sabueso! —continuó Ogniov—. He venido a verles casi todos los días, he pasado aquí la noche unas diez veces y he bebido tanto licor que hasta me asusta recordarlo. Le agradezco en especial su colaboración y su ayuda, Gavril Petróvich. De no haber sido por usted, habría tenido que quedarme aquí, ocupado con mis estadísticas, al menos hasta octubre. Así lo aclararé en el prefacio: “Considero mi deber expresar mi agradecimiento al presidente de la comisión rural del distrito de N., señor Kuznetsov, por su amable colaboración”. ¡La estadística tiene un brillante futuro! Transmita mis más respetuosos saludos a Vera Gavrílovna y dígales a los doctores y a los dos jueces de instrucción que jamás olvidaré su ayuda. Y ahora, viejo amigo, abracémonos y besémonos por última vez.
       Todo emocionado, Ogniov besó una vez más al anciano y empezó a bajar por las escaleras. En el último peldaño se volvió y preguntó:
       —¿Volveremos a vernos algún día?
       —¡Quién sabe! —respondió el anciano— ¡Probablemente no!
       —¡Sí, es verdad! Usted no pone el pie en Petersburgo por nada del mundo y en cuanto a mí es difícil que vuelva a caer otra vez por este distrito. ¡Bueno, adiós!
       —¡Debería dejar usted los libros! —le gritó Kuznetsov—. ¡Ya tiene ganas de cargar con semejante peso! Mañana se los haré llevar por un criado.
       Pero Ogniov ya no le escuchaba y se alejaba a buen paso de la casa. En su corazón, caldeado por el vino, se mezclaban la alegría, la satisfacción y la tristeza… Mientras caminaba, iba pensando que la vida depara frecuentes encuentros con personas de buen corazón y que era una pena que éstos no dejaran más huella que el recuerdo. A veces en el horizonte surgen algunas grullas, un viento suave transporta su grito quejumbroso y exaltado, pero al cabo de un instante, por más que uno escrute la lejanía celeste, no verá ningún punto ni oirá ningún sonido; de la misma manera, las personas, con sus rostros y sus palabras, pasan fugaces por nuestra vida y se hunden en el pasado, dejando apenas una huella insignificante en la memoria. Al encontrarse desde la primavera en el distrito de N. y visitar casi a diario a los gentiles Kuznetsov, Iván Alekséievich se había acostumbrado al anciano, a su hija y a los criados como a miembros de su propia familia; conocía en sus menores detalles la casa, la acogedora terraza, las curvas de las alamedas, la silueta de los árboles junto a la cocina y la sala de baños; sin embargo, en cuanto atravesara la cancela, todo eso se convertiría en recuerdo, perdería para siempre su significado real y al cabo de uno o dos años esas gratas imágenes palidecerían en la conciencia, del mismo modo que las quimeras y los frutos de la fantasía.
       “¡En la vida no hay nada más preciado que la gente! —pensaba Ogniov, profundamente conmovido, mientras avanzaba por la alameda en dirección a la cancela—. ¡Nada!”.
       En el jardín, sumido en el silencio, el ambiente era tibio. Olía a reseda, a tabaco y a heliotropo, que aún florecía en los parterres. Los espacios entre los arbustos y los troncos de los árboles estaban llenos de una niebla liviana, acariciadora, empapada de luz lunar; algunos flecos de niebla semejantes a fantasmas —Ogniov tardaría en olvidarlos— se perseguían unos a otros a través de la alameda, de forma lenta pero perceptible. La luna flotaba a gran altura sobre el jardín; más abajo algunas manchas nebulosas y transparentes se desplazaban hacia oriente. Parecía como si todo el universo se compusiera solo de siluetas negras y de blancas sombras errantes; Ogniov, que acaso por primera vez en su vida contemplaba la niebla en una noche de agosto con luna, pensaba que no estaba viendo un espectáculo natural, sino un decorado, donde desmañados pirotécnicos, queriendo iluminar el jardín con blancas bengalas, se habían apostado detrás de los arbustos y habían llenado el aire no solo de luz, sino también de humo blanquecino.
       Cuando Ogniov se acercaba a la cancela del jardín, una oscura sombra se separó de la baja cerca y salió a su encuentro.
       —¡Vera Gavrílovna! —exclamó él con alegría—. ¿Está usted ahí? La he buscado por todas partes, quería despedirme… ¡Adiós, me marcho!
       —¿Tan pronto? ¡Si aún no son las once!
       —¡Sí, ya es hora! Tengo cinco verstas por delante y todavía no he hecho el equipaje. Mañana hay que levantarse temprano…
       Ante Ogniov se encontraba la hija de Kuznetsov, Vera, una muchacha de veintiún años, de apariencia triste, ataviada con desaliño y muy atractiva. Las muchachas que sueñan mucho y se pasan el día entero tumbadas con indolencia, leyendo todo lo que cae en sus manos, que se dejan ganar por el aburrimiento y la melancolía, suelen vestir con descuido. A las que la naturaleza ha dotado de gusto y del instinto de la belleza esa ligera negligencia en el atuendo les infunde un encanto singular. Al menos, cuando Ogniov evocó más tarde el recuerdo de la hermosa Vérochka, no pudo representársela sin su amplia blusa, con profundos pliegues en el talle, pero que no llegaban a rozar el busto, sin su rizo escapándose del alto peinado y cayendo sobre la frente, sin ese pañuelo rojo de punto con borlas afelpadas en los bordes que, por la noche, colgaba tristemente de su hombro como una bandera con tiempo apacible y, durante el día, estaba hecho un ovillo en el recibidor, entre gorros de hombre, e incluso en el comedor, sobre el cofre en el que la vieja gata dormía sin ceremonias. Ese pañuelo y los pliegues de la blusa denotaban una pereza plena de libertad, una vida sedentaria y un alma bondadosa. Quizá porque Vera le gustaba, Ogniov veía en cada uno de sus botones y volantes una marca de cordialidad, intimidad e ingenuidad, esa aura de hermosura y poesía de la que carecen las mujeres insinceras, frías y desprovistas del sentido de la belleza.
       Vérochka tenía una bonita figura, un perfil regular y hermosos cabellos rizados. Ogniov, que no había visto muchas mujeres en su vida, la consideraba una belleza.
       —¡Me marcho! —dijo, despidiéndose de ella cerca de la cancela—. ¡No guarde mal recuerdo de mí! ¡Gracias por todo!
       Con la misma voz cantarina de seminarista que había adoptado para hablar con el padre, con los mismos visajes y movimientos de hombro, empezó a agradecer a Vera su hospitalidad, sus atenciones y su afabilidad.
       —Le he hablado de usted a mi madre en cada una de mis cartas —dijo—. Si todo el mundo fuera como su padre y usted, la vida sería una delicia. ¡Aquí toda la gente es extraordinaria! Unas personas sencillas, afectuosas, sinceras.
       —¿Adónde se dirige ahora? —preguntó Vera.
       —A casa de mi madre, en Oriol, donde pasaré un par de semanas; desde allí volveré a San Petersburgo para reincorporarme a mi trabajo.
       —¿Y luego?
       —¿Luego? Pasaré el invierno trabajando y en primavera viajaré de nuevo a algún distrito para recopilar datos. Bueno, le deseo mucha felicidad y que viva cien años… No guarde un mal recuerdo de mí. No volveremos a vemos.
       Ogniov se inclinó y besó a Vérochka en la mano. Luego, dominado por una callada emoción, se arregló la capa, se acomodó mejor el paquete de libros y, al cabo de unos instantes de silencio, dijo:
       —¡Vaya niebla ha caído!
       —Sí. ¿No ha olvidado usted nada en nuestra casa?
       —¿Qué? Creo que no…
       Ogniov se quedó callado durante un momento, luego se volvió torpemente hacia la cancela y salió del jardín.
       —Espere, le acompañaré hasta nuestro bosque —dijo Vera, siguiéndole.
       Emprendieron el camino. Los árboles ya no tapaban el espacio y alcanzaban a verse el cielo y la lejanía. Como cubierta por un velo, toda la naturaleza se ocultaba detrás de un vapor mate y transparente, a través del cual se asomaba su jovial belleza; la niebla, más densa y más blanca, se extendía en jirones irregulares en torno a los almiares y los arbustos o vagaba en forma de flecos a lo largo del camino y se pegaba a la tierra, como esforzándose por no enmascarar el espacio. A través del vapor se columbraba todo el camino hasta el bosque, circundado de dos zanjas oscuras con pequeños arbustos que entorpecían la marcha de las hilachas de niebla. A media versta de la cancela destacaba la banda oscura del bosque de los Kuznetsov.
       “¿Por qué habrá venido conmigo? ¡Ahora tendré que acompañarla cuando vuelva!”, pensaba Ogniov; no obstante, al contemplar el perfil de Vera, sonrió con ternura y dijo:
       —¡Con un tiempo tan agradable no se tienen ganas de partir! Es una noche de lo más romántica, con la luna, el silencio y todo lo demás. ¿Sabe una cosa, Vera Gavrílovna? Tengo ya veintinueve años, pero en mi vida no ha habido ninguna historia de amor, de modo que los rendez-vous, las alamedas llenas de suspiros y de besos solo las conozco de oídas. ¡No es normal! En la ciudad, cuando uno está encerrado en su cuarto, no advierte esa laguna; pero aquí, al aire libre, se percibe con fuerza… ¡Se siente cierta frustración!
       —¿Y a qué se debe todo eso?
       —No lo sé. Probablemente a que siempre me ha faltado tiempo o quizá, sencillamente, a que no he tenido ocasión de conocer a mujeres que… En general tengo pocas amistades y no voy a ninguna parte.
       Los jóvenes dieron unos trescientos pasos en silencio. Ogniov contemplaba la cabeza descubierta y el pañuelo de Vérochka, y en su recuerdo revivieron, uno tras otro, los días de primavera y de verano; era la época en que, lejos de su gris habitación petersburguesa, disfrutaba de las atenciones de gentes bondadosas, de la naturaleza y de su querido trabajo; en esos días no tenía tiempo de reparar en la sucesión de crepúsculos y amaneceres ni tampoco en la desaparición del canto del ruiseñor, que presagiaba el final del verano; luego dejaron de oírse las codornices y más tarde los rascones… El tiempo pasaba inadvertido, señal inequívoca de dicha y despreocupación… Se puso a evocar en voz alta el poco entusiasmo con que, escaso de dinero y poco habituado a los desplazamientos y a la gente, había emprendido a finales de abril el viaje al distrito de N., donde solo esperaba encontrar aburrimiento, soledad e indiferencia por la estadística, a la que concedía un lugar preeminente entre las ciencias. Tras llegar una mañana de abril a la pequeña ciudad del distrito de N., se había alojado en la posada del viejo creyente Riabujin, donde, por veinte kopeks al día, le había dado una habitación limpia y luminosa, a condición de que no fumara en ella. Después de reposar y averiguar quién era el presidente de la comisión rural del distrito, se dirigió a pie, sin pérdida de tiempo, a casa de Gavril Petróvich. Tuvo que caminar cuatro verstas a través de exuberantes praderas y jóvenes bosques. Bajo las nubes temblaban las alondras, llenando el aire con sus cantos argentinos y, sobre las verdes tierras de labor, pasaban los cuervos, agitando las alas con aire grave y solemne.
       —Señor —se sorprendió entonces Ogniov—, ¿es posible que siempre se respire aquí este aire o será solo hoy, en honor de mi llegada, que huele especialmente bien?
       Esperando un recibimiento seco y oficial, entró en casa de Kuznetsov con paso vacilante, mirando de soslayo y tirándose de la barba con aire tímido. En un principio el anciano frunció el ceño, sin entender qué necesidad tenía ese joven investigador del consejo rural, pero cuando aquél le explicó en detalle en qué consistían los datos estadísticos y dónde se recopilaban, Gavril Petróvich se animó, sonrió y hojeó los cuadernos de Ogniov con curiosidad infantil. Esa misma noche Iván Alekséievich ya cenó en casa de Kuznetsov y tomó fuertes licores que no tardaron en achisparle; al contemplar los rostros serenos y los gestos indolentes de sus nuevos conocidos, sentía en todo su cuerpo esa dulce y perezosa languidez que precede al sueño y que lleva a desperezarse y a sonreír. Sus nuevos conocidos lo examinaban con benevolencia y le preguntaban si vivían su padre y su madre, cuánto ganaba al mes, si iba con frecuencia al teatro…
       Recordó sus viajes por las diversas comarcas de la región, las meriendas campestres, las jomadas de pesca, una excursión en grupo al convento de la madre superiora Marfa, que había regalado a cada visitante un monedero de abalorios; rememoró las discusiones acaloradas e interminables, específicamente rusas, en las que los interlocutores, con espuma en los labios y puñetazos en la mesa, se malinterpretaban y se interrumpían sin darse cuenta, contradiciéndose ellos mismos a cada frase y cambiando constantemente de tema, hasta que al cabo de dos o tres horas decían entre risas:
       —¡El diablo sabrá por qué nos hemos puesto a discutir! ¡Empezamos hablando de manera amistosa y hemos acabado tirándonos los trastos a la cabeza!
       —¿Y se acuerda cuando el médico, usted y yo fuimos a caballo hasta Shestovo? —dijo Iván Alekséievich a Vera, acercándose con ella al bosque—. En aquella ocasión nos encontramos con un pobre chiflado. Le di una moneda de cinco kopeks y él se santiguó tres veces y la arrojó a un sembrado. ¡Señor, me llevo tantas impresiones que, si fuera posible reunirlas en una masa compacta, resultaría un hermoso lingote de oro! No entiendo por qué las personas inteligentes y sensibles se apiñan en las ciudades en lugar de venir a este lugar. ¿Acaso en la Avenida Nevski y en las grandes casas llenas de humedad se goza de más espacio y de una vida más auténtica? En realidad, los departamentos amueblados en los que vivo, atestados de arriba abajo de pintores, sabios y periodistas, siempre me han parecido llenos de prejuicios.
       A veinte pasos del bosque el camino pasaba por un estrecho puentecillo, con pequeños postes en las esquinas, que durante los paseos nocturnos servía a los Kuznetsov y a sus invitados para hacer una breve parada. Desde allí el que quería podía burlarse del eco del bosque o contemplar cómo en lontananza el camino se convertía en una oscura senda.
       —¡Ahí está el puentecillo! —dijo Ogniov— En ese punto debe usted darse la vuelta…
       Vera se detuvo y tomó aliento.
       —Sentémonos un rato —comentó, encaramándose en uno de los postes—. En el momento de la partida, antes de despedirse, es costumbre que todo el mundo se siente.
       Ogniov se acomodó a su lado, sobre el paquete de libros, y siguió hablando. Ella, fatigada por la caminata, respiraba con dificultad; en lugar de mirar a Ogniov, se había girado del otro lado, de modo que él no veía su cara.
       —Imagine que nos encontramos de pronto al cabo de diez años —dijo él—. ¿En qué nos habremos convertido? Usted será ya una respetable madre de familia y yo autor de una meritoria e inútil compilación estadística, tan gruesa como cuarenta mil estudios. Nos encontraremos y evocaremos el pasado. Lo que ahora sentimos es el presente, que nos anega y nos emociona, pero, cuando volvamos a encontrarnos, ya no recordaremos ni la fecha, ni el mes, ni siquiera el año en que nos vimos por última vez en este puentecillo. Usted probablemente habrá cambiado… Dígame, ¿cambiará usted?
       Vera se estremeció y volvió el rostro hacia él.
       —¿Qué? —dijo.
       —Acabo de preguntarle…
       —Perdone, no le estaba escuchando.
       Solo en ese momento advirtió Ogniov el cambio que se había operado en ella. Estaba pálida, respiraba con dificultad, le temblaban las manos, los labios y la cabeza; de su peinado se escapaba no un mechón, como de costumbre, sino dos… Era evidente que evitaba mirarle directamente a los ojos y, tratando de ocultar su agitación, tan pronto se arreglaba el cuello del vestido, como si éste le estuviera ahogando, como se pasaba el pañuelo rojo de un hombro a otro…
       —Parece que tiene usted frío —dijo Ogniov—. No es bueno para la salud estar a la intemperie cuando hay niebla. Vamos, la acompañaré nach Hause
[en alemán: a casa] —Vera guardaba silencio—. ¿Qué le pasa? —preguntó él con una sonrisa—. No dice usted nada y no responde a mis preguntas. ¿Se encuentra mal o está enfadada? ¿Eh?
       Vera apretó con fuerza la palma de la mano contra la mejilla que estaba vuelta hacia Ogniov y al punto la retiró con brusco ademán.
       —Es una situación espantosa… —murmuró con una expresión de intenso dolor en el rostro—. ¡Espantosa!
       —¿Qué es lo que tiene de espantosa? —preguntó Ogniov, encogiéndose de hombros y sin ocultar su asombro—. ¿De qué se trata?
       Aún jadeante y temblorosa, Vera le dio la espalda, contempló el cielo unos instantes y comentó:
       —Tengo que hablar con usted, Iván Alekseich…
       —La escucho.
       —Tal vez le parezca extraño… y se sorprenda, pero me da igual…
       Ogniov volvió a encogerse de hombros y se dispuso a escuchar.
       —El caso es que… —empezó Vérochka, inclinando la cabeza y manoseando una borla del pañuelo—. Verá usted, lo que quería decirle… Le parecerá extraño y… estúpido, pero… no puedo más.
       Las palabras de Vera se convirtieron en un confuso balbuceo y de pronto la muchacha estalló en sollozos. Se cubrió el rostro con el pañuelo, se inclinó aún más y lloró con amargura. Iván Alekseich carraspeó con aire turbado y, todo confundido, sin saber qué decir ni qué hacer, dirigió una mirada desesperada a su alrededor. Poco habituado al llanto y a las lágrimas, sentía que sus propios ojos le picaban.
       —¡Vaya! —balbució, desconcertado—. Vera Gavrílovna, ¿a qué viene esto, dígame? Querida, ¿está usted enferma? ¿O la ha ofendido alguien? Dígamelo, tal vez yo… pueda ayudarla…
       Cuando, tratando de consolarla, se permitió apartar con cuidado las manos de su rostro, ella le sonrió a través de las lágrimas y exclamó:
       —¡Yo… le amo!
       Esas palabras, simples y corrientes, fueron pronunciadas con sencillez y sentimiento, pero Ogniov, presa de una gran turbación, se apartó de Vera y se levantó; poco a poco su confusión fue transformándose en miedo.
       La tristeza, la tibieza y la emoción motivadas por la despedida y el licor desaparecieron de pronto, cediendo su lugar a una aguda y desagradable sensación de malestar. Como si su alma se hubiera transformado, miró de soslayo a Vera, que en ese momento, tras confesarle su amor y haberse despojado de esa inaccesibilidad que tanto embellece a las mujeres, le pareció más baja de estatura, más ordinaria, más oscura.
       “¿Qué es esto? —se preguntó con espanto— Y yo… ¿la amo o no? ¡Menudo dilema!”.
       En cuanto a ella, una vez dicho lo más importante y difícil, respiraba libremente, sin trabas. También se puso en pie y, mirando a Iván Alekseich a la cara, estalló en un torrente de palabras apresuradas, irresistibles, apasionadas.
       De la misma manera que un hombre atenazado por un miedo repentino no puede recordar después el orden en el que se sucedieron los sonidos de la catástrofe que le aturdió, Ogniov no recordaba las palabras y las frases de Vera, solo el sentido de lo que había dicho, la propia figura de la joven y la impresión producida por su discurso. Recordaba una voz sorda, algo ronca por la emoción, la música extraordinaria y la vehemencia de la entonación. En medio de llantos, risas y lágrimas que centelleaban en sus pestañas, le dijo que desde los primeros días de su encuentro le habían impresionado su originalidad, su inteligencia, su mirada bondadosa y despierta, las ocupaciones y objetivos de su vida; que sentía por él un amor apasionado, loco, desaforado; que ese verano, cuando pasaba del jardín a la casa y veía su abrigo en el recibidor u oía su voz en la lejanía, de su corazón, estremecido por un escalofrío, se apoderaba un presentimiento de felicidad; que hasta sus bromas más triviales la hacían reír a carcajadas y en cada cifra de sus cuadernos veía un componente extremadamente lúcido y grandioso; que su nudoso bastón se le antojaba más hermoso que los árboles.
       El bosque, los jirones de niebla y las zanjas negras a lo largo del camino parecían guardar silencio y escucharla, pero en el alma de Ogniov había sucedido algo desagradable y extraño… Al confesarle su amor, Vera resplandecía de belleza, hablaba con distinción y pasión, pero él no experimentaba ningún regocijo ni satisfacción, como hubiera sido su deseo, sino un sentimiento de compasión por Vera, el dolor y la pena de que una persona bondadosa sufriera por su culpa. Ya fuera que hablara en él la razón libresca o se manifestara el irresistible hábito de la objetividad que tan a menudo impide a los hombres vivir —¡quién sabe!—, el caso es que el entusiasmo y el sufrimiento de la joven le parecieron insulsos e insignificantes, al tiempo que sus sentimientos se rebelaban y le susurraban que, desde el punto de vista de la naturaleza y la felicidad personal, cuanto veía y escuchaba en ese momento era algo mucho más importante que todas las estadísticas, los libros y las verdades… Estaba furioso consigo mismo y se acusaba, aunque no comprendía en qué consistía su falta.
       Para colmo de su turbación, no sabía qué decir; sin embargo, era imprescindible que hiciera algún comentario. Declarar abiertamente que no la amaba estaba por encima de sus fuerzas y no podía decir “sí” porque, por más que rebuscaba en su alma, no encontraba una chispa de pasión…
       Ogniov guardaba silencio y entre tanto Vera le decía que no concebía felicidad mayor que verlo, seguirlo a donde él quisiera desde ese mismo instante, ser su mujer y su apoyo, y que se moriría de pena si la abandonaba…
       —¡No puedo quedarme aquí! —dijo retorciéndose las manos—. La casa, el bosque y el aire se me han vuelto intolerables. No soporto esta calma constante y esta vida sin sentido; no aguanto a nuestras gentes pálidas y descoloridas, tan idénticas entre sí como dos gotas de agua. Son todos afables y bondadosos porque tienen el estómago lleno, no sufren, no luchan… Y yo ansío vivir en casas grandes y húmedas, donde las personas sufren, atormentadas por el trabajo y la necesidad…
       Ese comentario también le pareció a Ogniov insulso e insignificante. Cuando Vera terminó, aún no sabía qué decir, pero como no podía seguir guardando silencio, farfulló:
       —Le estoy muy agradecido Vera Gavrílovna, aunque sospecho que no merezco en absoluto… el sentimiento… que me profesa. En segundo lugar, mi condición de hombre honrado me obliga a decirle que… la felicidad se basa en el equilibrio, es decir, cuando las dos partes… se aman por igual…
       En ese momento Ogniov se avergonzó de su balbuceo y se calló. Se daba cuenta de lo estúpida, culpable y vulgar que era la expresión de su rostro, de la tensión y crispación de sus rasgos… Probablemente Vera había leído la verdad en su cara, pues de pronto se puso seria, palideció y bajó la cabeza.
       —Perdóneme —farfulló Ogniov, incapaz de soportar ese silencio—. ¡La aprecio tanto que… siento un inmenso dolor!
       Vera se volvió bruscamente y con paso rápido se dispuso a desandar el camino. Ogniov la siguió.
       —¡No es necesario! —dijo Vera, haciendo un gesto con la mano—. No hace falta que venga, puedo ir yo sola…
       —No, de ninguna manera… Tengo que acompañarla.
       Todo lo que decía, hasta la última palabra, le parecía repugnante y trivial. El sentimiento de culpa crecía en él a cada paso que daba. Estaba furioso, apretaba los puños y maldecía su frialdad y su poca maña con las mujeres. Tratando de estimular su sensualidad, miraba el hermoso talle de Vérochka, su trenza y las huellas que sus menudos pies dejaban en el polvoriento camino; recordaba sus palabras y sus lágrimas, pero ninguna de esas cosas encendía su alma, solo le enternecían.
       “¡Ah, no se puede amar a la fuerza! —se decía para convencerse, j al tiempo que pensaba—: ¿Cuándo amaré por propia iniciativa? ¡Tengo ya casi treinta años! Nunca he conocido ni conoceré a una mujer mejor que Vera… ¡Ah, maldita vejez! ¡Vejez a los treinta! Vera iba delante, cada vez más deprisa, sin darse la vuelta y con la cabeza gacha. Y él tenía la impresión de que se había encogido de pena y de que sus hombros se habían vuelto más estrechos…
       ”¡Me imagino lo que estará pasando ahora en su alma! —pensaba, mirando su espalda—. ¡Probablemente la vergüenza y el dolor le hagan desear la muerte! Señor, hay tanta vida, poesía y sentido en todo esto que hasta una piedra se ablandaría, pero yo… soy un estúpido y un necio”.
       Al llegar a la cancela, Vera le dirigió una mirada fugaz y, encorvándose y arrebujándose en su pañuelo, se alejó deprisa por la alameda.
       Iván Alekseich se quedó solo. Se dio la vuelta y con pasos lentos se encaminó de nuevo al bosque, deteniéndose a cada momento y volviéndose para mirar la cancela con una expresión de incredulidad. Buscaba con los ojos las huellas que Vérochka había dejado en el camino y no podía creer que una muchacha que tanto le gustaba acabara de declararle su amor y que él la hubiera “rechazado” con tanta torpeza y brusquedad. Por primera vez en su vida conocía por experiencia del escaso poder que la buena voluntad ejerce sobre los hombres y experimentaba en carne propia la situación del hombre honrado y sincero que, sin pretenderlo, causa sufrimientos crueles e inmerecidos al prójimo.
       La conciencia no le concedía tregua; además, una vez que Vera desapareció, tuvo la impresión de que había perdido algo muy querido y cercano que nunca volvería a encontrar. Sintió que con ella se había esfumado una parte de su juventud y que los instantes que acaba de vivir de forma tan estéril no se repetirían.
       Al llegar al puentecillo se detuvo y se quedó pensativo. Quería encontrar la razón de su extraña frialdad. Le parecía evidente que ésta no se hallaba fuera sino dentro de él. Con total sinceridad se confesó que no se trataba de la frialdad juiciosa de la que tanto suelen jactarse los hombres inteligentes ni de la frialdad de un imbécil pagado de sí mismo, sino simplemente de una deficiencia de su alma, de una incapacidad para captar la belleza en toda su profundidad, de un caso de vejez prematura, fruto de su educación, de la lucha desordenada que había librado por ganarse el pan y de la vida desarraigada que había llevado en habitaciones de hotel.
       Desde el puentecillo se internó lentamente, y como a desgana, en el bosque. Allí, entre la negra y espesa penumbra, donde el resplandor de la luna dibujaba aquí y allá intensas manchas de luz y no se percibía otra cosa que los propios pensamientos, sintió enormes deseos de recuperar lo que había perdido.
       Iván Alekseich recordaba haber vuelto de nuevo sobre sus pasos. Aguijoneándose con recuerdos, forzándose a trazar en su imaginación los rasgos de Vera, se dirigió a buen paso hacia el jardín. La niebla había levantado, tanto allí como en el camino, y una luna brillante, como recién lavada, miraba desde lo alto; solo a oriente el cielo estaba algo brumoso y cubierto… Ogniov recordaba sus pasos sigilosos, las ventanas oscuras, el olor embriagador de los heliotropos y de la reseda. El perro Caro se acercó a él y le olisqueó la mano, moviendo amistosamente el rabo… Fue la única criatura viva que le vio dar dos vueltas alrededor de la casa, detenerse bajo la ventana oscura de Vera y, con un gesto de desaliento y un profundo suspiro, abandonar el jardín.
       Al cabo de una hora estaba ya en el pueblo, donde, fatigado, destrozado, con el torso y el sofocado rostro apoyados en el portal de la fonda, sacudía la aldaba. En algún lugar del pueblo un perro desvelado se puso a ladrar y, como en respuesta a su llamada, un sereno hizo sonar su barra de hierro cerca de la iglesia…
       —Te pasas las noches vagabundeando… —rezongó el viejo creyente, vestido con un largo camisón que parecía de mujer, al tiempo que le abría la puerta—. En lugar de vagar por ahí, más valdría que rezaras a Dios.
       Una vez en su habitación, Iván Alekseich se dejó caer en la cama y pasó largo rato contemplando la llama de la lámpara; luego sacudió la cabeza y empezó a hacer el equipaje…



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