Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Del amor (1898)
(“О любви”)
Otros títulos en español:
“Sobre el amor”, “Acerca del amor”
Originalmente publicado en la revista El pensamiento ruso [Русская мысль]
(número 8, agosto de 1898);
Obras completas (Vol. XII, segunda edición, 1903)


      A la mañana siguiente sirvieron para el desayuno pasteles muy sabrosos, cangrejos y albóndigas de cordero. Mientras comían subió el cocinero Nicanor para preguntar qué deseaban para el almuerzo los invitados. Era un hombre de mediana estatura, hinchado de cara, de ojos pequeños, afeitado. Daba la impresión de que el bigote no había sido afeitado, sino depilado.
       Aliojin contó que la bella Pelagueia estaba enamorada de ese cocinero. Como bebía y era violento, ella no quería casarse con él, pero aceptaba vivir así. Era muy piadoso y sus creencias religiosas no le permitían vivir así. Le exigía que se casara con él, de otra manera no quería vivir con ella, la insultaba cuando estaba borracho e incluso la pegaba. Cuando bebía, ella se escondía en el piso de arriba y lloraba sus penas; entonces, Aliojin y la sirvienta no salían de la casa, para protegerla en caso de necesidad.
       Se pusieron a hablar del amor.
       —Cómo nace el amor —dijo Aliojin—, por qué Pelagueia no se ha enamorado de otro hombre más parecido a ella por sus cualidades morales y su aspecto físico, sino que se ha enamorado precisamente de Nicanor, este bruto, como todos lo llaman aquí, puesto que en el amor, lo que cuenta es la felicidad personal: todo eso no se sabe, y cada cual puede interpretarlo como quiera. Hasta ahora, sólo se ha dicho del amor una verdad indiscutible, que es «un gran misterio», en todo lo demás, lo que se ha escrito y dicho del amor, no está la solución, sino sólo el planteamiento de las cuestiones que siguen sin resolver. La explicación que parecería válida para un caso, no vale para decenas de otros; lo mejor, en mi opinión, es explicar cada caso en particular, sin tratar de generalizar. Es preciso, como dicen los doctores, individualizar cada caso particular.
       —Es absolutamente cierto —convino Burkin.
       —Nosotros, los rusos decentes, sentimos pasión por estas cuestiones que quedan sin resolver. Es habitual poetizar el amor, adornarlo de rosas y ruiseñores. Nosotros, los rusos, adornamos nuestro amor con esas cuestiones fatales, y además, elegimos para ello las menos interesantes. En Moscú, cuando todavía era estudiante, tenía una amiga de la vida, una señora encantadora, que, cada vez que la abrazaba, pensaba en cuánto dinero le daría al mes y en el precio de una libra de carne de vaca. Del mismo modo, cuando amamos, no dejamos de hacemos preguntas: si ese amor es honrado o no, inteligente o estúpido, adonde nos llevará, etcétera. No sé si eso es bueno o malo, pero sí sé que molesta, no nos satisface, nos irrita.
       Parecía que quería contar algo. Las personas que viven solas siempre tienen en el corazón alguna cosa que les gustaría contar. En la ciudad, los solteros van aposta a las casas de baño y a los restaurantes, sólo para hablar y a veces cuentan a los empleados o a los camareros historias muy interesantes; en los pueblos, suelen abrir sus corazones a sus invitados. Ahora se veía por la ventana un cielo gris y unos árboles húmedos por la lluvia. Con ese tiempo no había adónde ir y no quedaba otro remedio que contar y escuchar.
       —Hace tiempo que vivo en Sófino y me ocupo de la hacienda —empezó Aliojin—, desde que acabé la universidad. Por mi formación, soy un cuello blanco[137]; por naturaleza, soy un hombre de despacho, pero cuando llegué aquí la hacienda tenía una hipoteca grande, pues mi padre se había endeudado, en parte porque gastó mucho en mi educación, entonces decidí que no me iría de aquí y que trabajaría hasta saldar esa deuda. Tomé esa decisión y comencé a trabajar, lo reconozco, no sin cierta repugnancia. La tierna de aquí da poco y para que una explotación agrícola no produzca pérdidas, hay que recurrir al trabajo de siervos o de jornaleros, que casi es lo mismo, o bien explotar la hacienda a la manera de los campesinos, es decir, trabajar el campo uno mismo, con su propia familia. No hay término medio. Pero por aquel entonces yo no entraba en esas sutilezas. No dejé en paz ni una sola parcela de tierra, hice venir a los campesinos y a las campesinas de los pueblos vecinos, en mi casa el trabajo era frenético; yo mismo también araba, sembraba, segaba. Todo eso me aburría y hacía muecas de asco como un gato de aldea que por hambre come pepinos en el huerto. Me dolía el cuerpo y me dormía de pie. Al principio me parecía que podría conciliar esa vida de trabajo con mis hábitos culturales; para eso sólo valía, pensaba yo, mantener en la vida un orden externo conocido. Me instalé en el piso de arriba, en las alcobas principales y dispuse que después del almuerzo y de la cena me sirvieran el café con licores, y al irme a acostar de noche leía El Mensajero de Europa. Pero un día recibí la visita de nuestro sacerdote, el padre Iván, y en una sentada se bebió todos mis licores; y El Mensajero de Europa pasó a manos de las hijas del pope, pues en verano, sobre todo en tiempo de la siega, no me daba tiempo para volver a casa y dormía en un granero, en un trineo o en la caseta del guarda forestal. ¿Cómo iba a leer allí? Poco a poco fui trasladándome al piso de abajo y empecé a comer en la cocina de los criados; del lujo de antaño sólo quedan todos estos sirvientes que ya atendían a mi padre y a la que me daría pena despedir.
       En los primeros años que pasé aquí me eligieron como juez de paz honorario. De vez en cuando tenía que ir a la ciudad y tomar parte en las sesiones del consejo de los jueces y del tribunal del distrito, y eso me distraía. Cuando vives aquí sin salir a ninguna parte dos o tres meses, sobre todo en invierno, acabas echando de menos la levita negra. Y en el tribunal del distrito había levitas, uniformes y fracs, todos eran juristas, personas instruidas; había con quién conversar. Después de dormir en un trineo, después de comer en la cocina, el hecho de sentarme en un sillón, llevar ropa limpia, zapatos de vestir y una cadena al pecho era todo un lujo.
       En la ciudad me recibían cordialmente y yo de buen grado hacía amistades. De todas las personas que conocí, la más importante y, a decir verdad, la más agradable fue Lugánovich, vicepresidente del tribunal del distrito. Ustedes lo conocen: es una bellísima persona. Todo esto sucedió después del caso famoso de los incendiarios. Las deliberaciones duraron dos días y estábamos agotados. Lugánovich me miró y me dijo:
       —¿Sabe qué le digo? Vayamos a cenar a mi casa.
       Fue algo inesperado, pues yo apenas conocía a Lugánovich, sólo oficialmente, y no había estado en su casa ni una sola vez. Pasé por mi habitación para cambiarme y me dirigí al almuerzo. Allí tuve la ocasión de conocer a Anna Aleksiévna, la mujer de Lugánovich. Entonces ella era muy joven todavía, tenía menos de veintidós años, y seis meses antes había dado a luz a su primer hijo. Es una historia de hace mucho tiempo y ahora me resultaría difícil determinar qué era exactamente lo que tenía de extraordinario, qué me gustó tanto de ella, pero entonces, durante la comida, todo estaba irresistiblemente claro para mí. Yo veía a una mujer joven, bella, buena, culta, fascinante; una mujer como nunca antes había visto. Enseguida sentí en ella a un ser cercano, conocido, como si hubiera visto esa cara y esos ojos cariñosos e inteligentes en la infancia, en el álbum que había en la cómoda de mi madre.
       En el caso de los incendiarios acusaron a cuatro judíos y dieron por sentado la existencia de una banda, en mi opinión sin fundamento alguno. Durante el almuerzo, estaba muy inquieto, aquello me pesaba mucho y ya no recuerdo qué dije, sólo que Anna asentía a cada instante con la cabeza y que dijo a su marido:
       —Dmitri, ¿cómo puede ser eso así?
       Lugánovich es un bonachón, una de esas personas simples que sostienen firmemente la opinión de que si alguien se encuentra ante un juez, eso significa que es culpable, y que sólo se pueden expresar dudas sobre la justicia de una sentencia a través de los cauces legales, por escrito, pero de ningún modo en un almuerzo y en una conversación privada.
       —Ni usted ni yo hemos provocado los incendios —dijo con voz suave—, y no nos juzgarán ni nos meterán en la cárcel.
       Ambos, marido y mujer, trataban de que comiera y bebiera más. Por algunos detalles, por ejemplo, cómo hacían juntos café y cómo se comprendían con pocas palabras, pude llegar a la conclusión de que vivían en paz, de modo confortable, y que se alegraban de tener invitados. Tras el almuerzo tocaron el piano a cuatro manos, luego empezó a oscurecer y me fui a mi casa. Era al principio de la primavera. Después pasé todo el verano en Sófino, sin hacer ninguna salida, y ni siquiera tuve tiempo para pensar en la ciudad, pero el recuerdo de aquella mujer rubia y esbelta permaneció en mí todos los días. No pensaba en ella, pero era como si su leve sombra reposara en mi alma.
       Al final del otoño había en la ciudad un espectáculo con fines benéficos. Entré en el palco del gobernador (me habían invitado a ir allí en el entreacto), miro, y veo al lado de la mujer del gobernador a Anna Aleksiévna, y de nuevo sentí esa impresión fascinante e irresistible de belleza y de sus ojos tiernos y afectuosos, y de nuevo, tuve esa sensación de cercanía.
       Me senté a su lado y luego salimos juntos al vestíbulo.
       —Está más delgado —me dijo—. ¿Ha estado enfermo?
       —Sí, he cogido frío en el hombro, y cuando llueve, duermo mal.
       —Parece mustio. En primavera, cuando vino a comer estaba más joven, más vigoroso. Entonces estaba animado, hablaba mucho, era muy interesante, e incluso me sentí un poco atraída por usted, lo confieso. No sé por qué, pero este verano me he acordado a menudo de usted, y hoy, cuando me preparaba para venir al teatro, me pareció que le vería.
       Y sonrió.
       —Pero hoy está mustio —repitió—. Eso le envejece.
       Al día siguiente desayuné en casa de los Lugánovich; después del almuerzo fueron a su dacha para dar las disposiciones pertinentes para el invierno, y yo les acompañé. Regresé con ellos a la ciudad y a medianoche tomé el té en su casa, en un ambiente tranquilo y familiar, mientras ardía el fuego en la chimenea y la joven madre salía de vez en cuando a ver si su niña dormía. Después de aquel día, iba a verles cada vez que acudía a la ciudad. Se acostumbraron a mí y yo me acostumbré a ellos. Normalmente, iba sin avisar, como uno más de la familia.
       —¿Quién es? —preguntaba desde una habitación lejana esa voz lánguida, que me parecía tan bonita.
       —Es Pável Konstantinovich —respondía la doncella o la niñera.
       Anna Aleksiévna salía a recibirme con aspecto preocupado y siempre me preguntaba:
       —¿Por qué lleva tanto tiempo sin venir? ¿Ha sucedido algo?
       Su mirada, la mano elegante y noble que me tendía, su vestido de andar por casa, el peinado, la voz y los pasos me producían cada vez la impresión de algo nuevo, extraordinario en mi vida, e importante. Conversábamos largo tiempo y también permanecíamos callados largo tiempo, pensando cada uno en sus asuntos, o bien tocaba el piano para mí. Si no había nadie en casa, me quedaba y esperaba, charlaba con la niñera, jugaba con la niña o me tumbaba a leer una revista en el diván turco del despacho, y cuando Anna Aleksiévna regresaba, la saludaba en el vestíbulo y llevaba todas sus compras y cada vez, por alguna razón, las llevaba con tanto amor y con tanto aire triunfal como si fuera un muchacho.
       Hay un proverbio: «La mujer no tenía ninguna preocupación, así que ha comprado un cerdo». Los Lugánovich no tenían ninguna preocupación, así que trabaron amistad conmigo. Si pasaba mucho tiempo sin ir a la ciudad, eso significaba que estaba enfermo o que me había sucedido algo, y ambos se preocupaban mucho. Les preocupaba que yo, hombre instruido que sabía lenguas, en lugar de dedicarse a la ciencia o a la literatura, viviera en el campo, fuera de aquí para allá sin parar, trabajara mucho y siempre estuviera sin un céntimo. Les parecía que yo sufría y que si hablaba, reía o comía sólo lo hacía para ocultar mi sufrimiento, e incluso en los momentos alegres, cuando estaba bien, yo sentía sobre mí sus miradas escrutadoras. Eran especialmente conmovedores en los momentos difíciles, cuando me acosaba un acreedor o no tenía bastante dinero suficiente para un pago urgente; ambos, marido y mujer, susurraban junto a la ventana, luego él se acercaba a mí y me decía con cara seria:
       —Pável Konstantinovich, si en este momento necesita dinero, mi esposa y yo le rogamos que no sea tímido y nos lo pida.
       Se le ponían las orejas coloradas de la emoción. A veces, después de susurrar junto a la ventana, se acercaba a mí con las orejas coloradas y decía:
       —Mi esposa y yo le rogamos encarecidamente que acepte este regalo.
       Y me tendía unos gemelos, una pitillera o una lámpara; y yo, a cambio de eso, les enviaba aves, mantequilla y flores. A propósito, ambos poseían una fortuna considerable. En los primeros tiempos, tomaba dinero prestado a menudo y no era particularmente exigente, lo tomaba de donde podía, pero por nada del mundo se lo habría pedido a los Lugánovich. ¡Vamos, ni hablar de eso!
       No era feliz. En casa, en el campo y en el granero pensaba en ella, trataba de entender el misterio de una mujer joven, bella e inteligente, que se había casado con un hombre anodino, casi viejo (su marido era un cuarentón), que había tenido hijos con él; trataba de entender el misterio de ese hombre anodino, bonachón, simple, que razonaba con un sentido común tan tedioso, que en los bailes y en las veladas se juntaba con las personas de buena posición, indolente, inútil, con una expresión sumisa e indiferente, como si lo hubieran llevado allí para venderlo, y que, sin embargo, creía en su derecho a ser feliz, a tener hijos con ella. Trataba de entender por qué ella le había conocido precisamente a él, y no a mí, y por qué era necesario que en nuestras vidas se hubiera producido ese error tan terrible.
       Al llegar a la ciudad, veía cada vez en sus ojos que me esperaba; y ella misma me confesaba que ya desde la mañana había tenido una sensación especial y que había adivinado mi llegada. Hablábamos mucho tiempo y guardábamos silencio, pero no nos confesábamos nuestro amor y lo ocultábamos tímida, celosamente. Teníamos miedo de todo lo que pudiera revelarnos nuestro secreto a nosotros mismos. Yo la quería tierna y profundamente, pero reflexionaba y me preguntaba adonde podría llevar nuestro amor si no tuviéramos fuerzas suficientes para luchar contra él: no podía creer que mi amor silencioso y melancólico pudiera de pronto romper brutalmente el curso feliz de la vida de su marido, de los niños, y de toda esa casa, donde tanto me querían y donde tanto confiaban en mí. ¿Sería honesto? Ella habría venido conmigo, pero ¿adónde? ¿Adónde la podría haber llevado? Otro caso sería si yo hubiera tenido una vida bella e interesante, si yo, por ejemplo, hubiera luchado por la liberación de la patria o hubiera sido un científico, artista o pintor famoso, pero así, de una vida ordinaria y prosaica habría tenido que llevarla a otra tan prosaica o aún más. ¿Cuánto tiempo habría durado nuestra felicidad? ¿Qué habría sido de ella en caso de que yo cayera enfermo, muriese o sencillamente dejáramos de querernos?
       Y ella, al parecer, pensaba de manera semejante. Pensaba en su marido, en sus hijos, en su madre, que quería a su marido como a un hijo. Si hubiese cedido a sus sentimientos, habría tenido que mentir o decir la verdad, y en su situación, una cosa u otra habría sido igual de terrible e incómodo. Le atormentaba una cuestión: ¿me procuraría su amor la felicidad, o acaso me complicaría mi vida, ya de por sí dura y llena de toda clase de desdichas? Le parecía que ella ya no era lo bastante joven para mí, lo bastante laboriosa y enérgica para comenzar una nueva vida, y a menudo le decía a su marido que yo necesitaba casarme con una muchacha inteligente y digna, que fuera buen ama de casa, que me ayudara, y a continuación añadía que sería difícil encontrar en la ciudad a alguien así.
       Mientras tanto, pasaban los años. Anna Aleksiévna tenía ya dos hijos. Cuando yo llegaba a casa de los Lugánovich, los criados me sonreían amablemente, los niños gritaban que había llegado el tío Pável Konstantinovich, y se me colgaban del cuello; todos se alegraban. No entendían qué pasaba en mi corazón, y pensaban que yo también me alegraba. Todos veían en mí a una persona noble. Los adultos y los niños sentían que por las habitaciones pasaba una persona noble, y eso aportaba a sus relaciones conmigo un encanto especial, como si en mi presencia sus vidas fueran más puras y más bellas. Anna Aleksiévna y yo íbamos juntos al teatro, siempre a pie; nos sentábamos en butacas contiguas, nuestros hombros se rozaban, y yo cogía en silencio los gemelos de su mano y en ese instante sentía que ella estaba cerca mí, que era mía, que no podíamos vivir el uno sin el otro, pero que, por un extraño malentendido, al salir del teatro siempre nos despedíamos y nos separábamos como si fuéramos extraños. En la ciudad ya hablaban de nosotros Dios sabe qué, pero todas esas habladurías no tenían ni una sola palabra de verdad.
       En los últimos años Anna Aleksiévna había empezado a ir más a menudo a casa de su madre y de su hermana; solía estar de mal humor, era consciente de su vida insatisfecha, echada a perder, y entonces no quería ver a su marido ni a sus hijos. Estaba en tratamiento por un trastorno nervioso.
       Seguíamos guardando silencio, pero en presencia de extraños ella experimentaba una extraña irritación contra mí; dijera lo que dijera, ella se mostraba en desacuerdo conmigo, y si yo discutía, ella me llevaba la contraria. Cuando se me caía algo, ella me decía:
       —Le felicito.
       Si, al ir con ella al teatro me olvidaba de llevar los binoculares, entonces ella después me decía:
       —Sabía que los olvidaría.
       Por fortuna o por desgracia, no hay nada en nuestra vida que no acabe tarde o temprano. La hora de la separación llegó cuando nombraron a Lugánovich presidente en una de las provincias occidentales. Tuvieron que vender los muebles, los caballos y la dacha. Cuando fuimos a la dacha y después regresamos y nos dimos la vuelta para contemplar por última vez el jardín, todos nos sentimos tristes, y yo comprendí que había llegado la hora de despedirse no sólo de la dacha. Se tomó la decisión de que a finales de agosto iría Anna Aleksiévna a Crimea, adonde la enviaban los doctores, y que poco después partirían Lugánovich y los niños hacia la provincia occidental.
       Acudió mucha gente a despedir a Anna Aleksiévna. Cuando ya se había despedido de su marido y de sus hijos, un momento antes del tercer aviso de partida, subí con ella al compartimento del tren para poner en el estante una cesta que ella casi olvidaba; y tuvimos que despedirnos. Cuando nuestras miradas se encontraron, las fuerzas espirituales nos abandonaron y yo la abracé, ella apoyó su cara en mi hombro y rompió a llorar. Mientras besaba su cara, sus hombros, sus manos, mojadas por las lágrimas —¡ah, qué desdichados éramos los dos!—, le confesé mi amor, y con punzante dolor de corazón comprendí qué inútil, mezquino y engañoso era todo lo que nos había impedido amamos. Comprendí que cuando se ama, para juzgar uno mismo ese amor, hay que partir de algo más elevado, más importante que la felicidad o la desdicha, el pecado o la virtud en su sentido corriente, o no hay que juzgar en absoluto.
       La besé por última vez, apreté su mano y nos separamos para siempre. El tren ya había echado a andar. Me senté en el compartimento contiguo, que estaba vacío, hasta la primera estación, y lloré. Luego fui a pie a mi casa de Sófino.
       Durante la narración de Aliojin dejó de llover y salió el sol. Burkin y Iván Ivánovich salieron al balcón: desde allí había una hermosa vista al jardín y al recodo del río, que ahora brillaba al sol, como un espejo. Admiraban el paisaje y lamentaban que ese hombre de ojos buenos e inteligentes, que con tanta sinceridad les había contado es historia, fuera de un lado a otro en esa enorme propiedad, como una ardilla en una jaula, y no se dedicara a la ciencia o a otra cosa que hiciera su vida más agradable; y pensaban en la expresión de dolor que debía tener la joven dama cuando Aliojin se separó de ella en el compartimento y besó su rostro y sus hombros. Ambos la habían visto en la ciudad, y Burkin incluso la conocía y la encontraba bella.




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